N/A Bueno pues aquí estoy, antes de lo previsto. Al final me he puesto a escribir y ha salido un capítulo más largo de lo esperado, casi 3000 palabras. Originalmente había pensado en esta historia como un two-shots pero me han surgido más ideas así que añadir capítulos más.
Una vez más, muchísimas gracias a todas las personas que me leéis, me pone muy contenta el saber que me lee gente que está tan lejos! Espero que estéis bien y os dudéis mucho!
A leer!
PD: he publicado otro Dramione, Nuestro Mejor Error, son sólo 2 capítulos y espero poder publicar el tercero y último este fin de semana, si os apetece leer más, podéis pasaros por mi perfil.
Despertar
II
Draco era incapaz de moverse, notaba las extremidades pesadas como si fueran de plomo y sentía la garganta seca.
– Agua – su voz se asemejó más a un graznido que a cualquier otro sonido producido por la voz humana.
Granger se apresuró a tomar el vaso de agua que reposaba en la mesilla junto a su cama y se lo acercó a los labios mientras le sostenía la cabeza para impedir que se atragantara. Aunque aquella situación hubiera bastado para mortificar a Draco en cualquier otro momento, el hecho de tener a Granger tan cerca, medio apoyada contra su cama y la sensación de su mano en su nuca eran lo suficientemente agradables como para que pudiera olvidarse de lo patético que debía de resultar, incapaz incluso de beber por sí solo.
Sin embargo Draco no era estúpido, en cuanto su mente estuvo un poco más lúcida y el remolino de pensamientos que atosigaba su cerebro pareció calmarse fue plenamente consciente de la situación: recordó la misión con su desastroso final y cómo se había interpuesto entre la varita y Granger para impedir que la maldición la golpeara a ella. Granger era una Gryffindor de pies a cabeza: sentimientos como la gratitud, la lealtad y la justicia eran tan naturales en ella como el aire que respiraba y a Draco no le cabía duda de que aquellos eran los motivos por los que se encontraba allí con él, en lo que presumiblemente se trataba la habitación de un hospital. Granger se sentía en deuda con él por haberle salvado la vida y por eso creía que era su obligación moral acompañar a Draco en su convalecencia; él no era más que el nuevo destinatario de su compasión, un sujeto merecedor de la caridad de la Princesa de Gryffindor, a modo de elfo doméstico o licántropo abandonado.
Aquel pensamiento enfureció a Draco y le hizo apartarse bruscamente del alcance de Granger. La chica pareció sorprendida pero antes de que pudiera decir algo, se abrió la puerta de la habitación revelando a una mujer regordeta vistiendo la túnica verde lima de San Mungo, seguida de un joven con gafas que, a todas luces se trataba de su ayudante; nada más verle, la mujer se mostró muy complacida de ver a Draco despierto.
– Ah, cariño, te veo con muy buen aspecto; soy la doctora Mills, tu medimaga, y éste es el aprendiz Graham –. La doctora Mills comenzó a revolotear por la sala, al tiempo que comprobaba los apuntes que Graham le mostraba –. Si no te importa te haremos un reconocimiento completo y comprobaremos que todo está bien.
El ayudante le explicó a Granger que necesitaban quedarse a solas con el paciente y que podría volver en cuanto hubieran terminado. Granger se apresuró a recoger su bolso y su cazadora; antes de salir de la habitación, se permitió dirigir una última mirada a Draco, pero él fingió que no se había dado cuenta y continuó con la vista obstinadamente fija en el papel pintado de la pared.
Hermione apoyó la cabeza en la pared tan pronto como abandonó la sala, intentando controlar las lágrimas; estaba profundamente dolida por cómo Draco había decidido ignorarla. Ella había pasado las últimas dos semanas en aquella habitación, cuidándole y él ni siquiera se había despedido de ella.
Se sintió estúpida por haber albergado alguna esperanza cuando él se había despertado y le había dedicado aquella sonrisa tan sincera, tan pura, cuando descubrió que Hermione estaba a su lado. Estaba claro que se había equivocado, Draco se había despertado en un lugar desconocido, se hallaba aturdido y la había confundido con otra persona, alguna de sus voluptuosas amigas que, con total seguridad, constituirían una compañía mucho más placentera que la de Hermione. Sin querer darle más vueltas, salió del hospital y decidió volver a casa caminando, el frío del invierno londinense le ayudaba a pensar, le hacía sentirse viva.
Cuando al fin llegó a su apartamento, preparó una taza de chocolate caliente y haciéndose un ovillo en el sofá, se enfrascó en una novela, con Crookshanks acurrucado a sus pies. "Menos mal que a ti si te agrada mi compañía" pensó Hermione acariciando su pelaje anaranjado; después de unos cuantos capítulos, la chica se quedó dormida, sintiéndose muy sola.
Al día siguiente la habitación de Draco se había llenado de gente: Potter y Weasley (chica), Weasley (antiguamente apodado como la comadreja), Zabini y Nott (éste último acompañado de Lovegood) atiborraban la sala; todos hablaban en voz alta para hacerse entender sobre los demás, a Draco le dolía la cabeza y comenzó marearse. Más tarde también se pasó la señora Weasley con un gigantesco bizcocho; estaba plenamente convencida de que la comida de San Mungo no contribuiría positivamente a la recuperación del chico.
Draco escucho distraído cómo le ponían al día de todas las novedades en el trabajo – los traficantes que él mismo había atrapado habían sido internados en Azkaban a espera de juicio – Nott y Lovegood anunciaron que ya habían fijado fecha para su boda y Zabini estaba encantado con la marcha de su negocio recientemente inaugurado, un sofisticado club nocturno, en el que el propio Draco había invertido como socio. Sin embargo, lo único que realmente captó su interés fue el nombre de Granger que alguien mencionó casualmente.
– Qué pena que Hermione no haya podido venir hoy, colega – explicaba Weasley con la boca llena de migas de bizcocho. A Draco no se le pasó que Potter pareció fulminarle con la mirada, pero Weasley continuó hablando sin prestarle atención –. Claro que, teniendo en cuenta que se ha pasado las últimas dos semanas aquí, debe de tener muchísimo trabajo atrasado.
– Por suerte estará libre para fiesta del sábado – Zabini estaba en su salsa, encantado con el rumbo que estaba tomando la conversación –. Ni siguiera Granger podrá ampararse en el trabajo como excusa para no asistir.
– ¿Q…qué fiesta? – Draco sintió como su dolor de cabeza empeoraba, lo que solía ser un efecto colateral de tener a Zabini como amigo –. ¿De qué hablas?
– La fiesta para celebrar que estás bien, tío – Weasley intervino aún más emocionado –. Te darán el alta el viernes. Debo confesar que me encantas las juergas en tu ático.
Draco emitió un gruñido y se hundió en la cama, profundamente agotado. Joder, ¿es que acaso no podía estar solo? Draco no quería fiestas ni celebraciones, lo único que deseaba es que le dejaran todos en paz y se marcharan, dejándole allí, lamiéndose sus heridas, soñando con Granger.
Hermione lanzó otro vestido a la cama y suspiró resignada; había tratado de poner mil excusas para no acudir a la fiesta de Draco, pero ninguna había funcionado. Nadie trabajaba un sábado por la noche y habría sido de muy mal gusto no presentarse teniendo en cuenta que celebraban la recuperación de Draco después de haber sido herido para salvarle la vida a ella.
Pero es que realmente no estaba preparada para volver a verlo. Hermione había pasado prácticamente dos semanas consumiéndose en la angustia, junto a su cama, rogando porque se pusiera bien y luego él había despertado y finalmente parecía que algo había cambiado entre ellos, que existía una pequeña posibilidad de que Draco viera a Hermione de otra manera, de la forma en que ella lo veía a él. No. Aquella posibilidad había muerto antes incluso de nacer, Hermione lo notó perfectamente, percibió cómo su cuerpo se había tensado antes su contacto, cómo había rehuido su mirada y como antes de que se marchara, la había tratado con una indiferencia rayana en el desprecio. Draco no quería que ella estuviera allí con él, se sentía molesto, incómodo ante su presencia. Sin duda le parecería patética, pegada a su cama, como si fuera su.., ¿su qué?, ella no era nada, solo una enojosa compañera de trabajo, un fastidio que había tenido que tolerar únicamente porque compartían grupo de amigos. Draco la había salvado la vida como acto reflejo, como una obligación intrínseca al oficio de auror: arriesgar su vida por la de cualquier civil, incluso si se trataba de la sabelotodo Granger. Sin embargo, aquel instante había sido tan bonito, sus ojos grises fijos en ella, su sonrisa para ella, el modo que había inclinado la mejilla buscando su contacto…
¡Céntrate Hermione! Finalmente se decantó por un vestido comodín, negro y largo hasta la rodilla, algo discreto y que no llamara demasiado la atención, se aplicó un maquillaje ligero y se las arregló como pudo para recogerse la melena con unas cuantas horquillas. Después de un último vistazo en el espejo, lanzó un puñado de polvos flu a la chimenea y se dispuso a aparecerse directamente en el apartamento de Draco. "Me quedaré sólo una hora", pensó, el tiempo justo para hacer acto de presencia y saludar a algunos conocidos, luego volvería a casa y se echaría en el sofá, con su libro y su gato.
Draco fue consciente de la cara de estúpido que se le había quedado tan pronto como Granger se apareció en la chimenea de su apartamento. Ella había estado allí más veces, por supuesto: el apartamento de Draco era un ático exclusivo del Londres muggle, perfecto para celebrar fiestas y reuniones informales y Zabini siempre se las apañaba para sacar provecho de ello. Así que numerosas celebraciones del grupo de amigos: cumpleaños, final de la liga de quidditch del Ministerio, ascensos y otros eventos especiales tenían lugar allí; el ático se llenaba de un heterogéneo conjunto de Gryffindors, Slytherins y algún Ravenclaw – Draco no tenía constancia de que nunca hubiera ido allí algún Hufflepuff, sólo faltaría aquello – que bebían su alcohol y retozaban en sus sofás de cuero. Pero por alguna razón aquella vez se sintió diferente.
Ver a Granger allí, en su casa, con aquel vestido negro que se ajustaba perfectamente a su figura, hacía que la imaginación de Draco volara hacia lugares inexplorados. La vislumbró tendida en la isla de la cocina, mientras él deslizaba el maldito vestido muslo arriba, la imaginó en el sofá, ya en ropa interior, mientras él recorría su vientre con sus labios y se dirigía hacia abajo, más abajo, pensó en cómo entonces la cargaría en sus brazos, con las piernas de ella enredadas en torno a su cintura y la llevaría hasta su dormitorio y entonces…
– Cuando quieras, lanzo un hechizo para limpiar el charco de babas que estás formando – la voz de Blaise le sacó de su ensimismamiento.
– ¿Qué coño estás diciendo? – Draco sintió que su malhumor aumentaba por momentos.
– Nada, nada, sólo que, un poco más, y te la follas con la vista – Zabini tenía una sonrisa socarrona, mientras perseguía a Granger con la mirada. Draco comenzaba a sentir ganas de vomitar.
– Tú deliras, chaval. ¡Es Granger!
– Exacto, es Granger y esta noche está especialmente apetecible; así que, visto tu evidente desinterés… – Zabini alzó ambas cejas en un movimiento sugerente, una mueca depredadora dibujándose en su cara.
Draco contuvo sus deseos de estrangularle y dejando a su amigo con la palabra en la boca, se encaminó hacia el mueble-bar, dispuesto a emborracharse hasta rozar la inconsciencia. Lo cierto era que debería acercarse a saludar a Granger y agradecerle su asistencia, era un símbolo de pura cortesía por parte del anfitrión y, si algo caracterizaba a un Malfoy, eran sus impecables modales. Draco adoptó su mejor aire de casual indiferencia y se aproximó a Granger, rogando porque su voz fuera perfectamente capaz de enmascarar el nerviosismo que le atenazaba.
– Granger.
"Piensa en algo ocurrente que decir, piensa en algo ingenioso", toda su resolución se fue al traste cuando ella giró la cabeza, interrumpiendo su conversación con Michael Corner, "¿Quién cojones había invitado a ese tío a su fiesta?" y le dedicó una de sus deslumbrantes sonrisas.
– ¡Malfoy! ¡Cómo me alegro de verte tan bien!
Parecía verdaderamente contenta de verlo y Draco reprimió un gemido impotente "recuerda que sólo eres su acto caritativo del mes". Por suerte era todo un experto en oclumancia y lo habían educado para enmascara sus sentimientos, por lo que se aferró a la pose de anfitrión magnánimo y se las apañó para señalar con aire displicente la barra de bebidas.
– Yo también me alegro de veros por aquí. Por favor, sentíos libres de serviros lo que queráis –. Y dedicándoles una sonrisa hueca, impostada, se lanzó a saludar al resto de los invitados.
Hermione deseó simplemente desaparecer, que se la tragara la tierra.
Durante aquellos años su relación con Draco había sido una eterna montaña rusa: discutían por el motivo más ínfimo, en ocasiones durante horas, hasta que sus amigos, aburridos, amenazaban con marcharse y dejarlos solos en la mesa del restaurante hasta que dirimieran sus diferencias; a cada gran disputa le seguía un subsecuente período de tregua – de mayor o menor duración, en función de la magnitud de las ofensas infringidas – una especie de "entente cordiale", durante la cual, por la salud mental de sus amigos comunes, ambos mantenían una actitud pasivo-agresiva hacia el otro y sus altercados no pasaban más allá de puntillosas puntualizaciones o maliciosas alusiones a la vida personal del contrincante – generalmente consistían en "frígida" o "solterona" por parte de Draco o a la "manifiesta incapacidad para mantener el pene dentro de los pantalones" por parte de Hermione – esta etapa culminaba en un nuevo choque de gran entidad y el ciclo comenzaba de nuevo.
Nunca antes se habían visto en una situación como aquella: la más que evidente indiferencia, la frialdad hacia ella por parte de Draco, como si no fuera más que una antigua conocida con la que uno se encuentra por casualidad. Esa fue la gota que colmó el vaso para Hermione: llevaba años esperando a no sabía muy bien qué, años aguardando a que su situación cambiara, a que fueran capaces de aparcar sus diferencias. ¡Por Merlín! Hermione ni siquiera había sentido ganas de fijarse en otros chicos; a todos les consideraba demasiado simples, demasiado aburridos, demasiado vulgares comparados con el brillante ingenio y el encanto de Draco. Pero se acabó, Hermione había decidido romper con aquella dinámica: había aguantado demasiado, era una mujer joven y sana y tenía derecho a divertirse y a exprimir la vida.
Vio a Blaise Zabini aproximándose a ella con un cóctel en cada mano; Blaise era alto, moreno y de ojos verdes, poseía el tipo de salvaje atractivo que gritaba peligro para las mujeres. Estaba constantemente haciendo bromas y chistes subidos de tono que resultarían groseros en el resto de personas, pero en boca de Blaise eran encantadores e irresistibles. Hermione pensó que a nadie le amargaba un dulce y que bien podría empezar a disfrutar de su nueva vida hoy mismo. Así que sonrío intentando parecer ingenuamente seductora en cuanto se le acercó y rozó su mano de forma coqueta mientras él le tendía una copa.
Zabini no dejó pasar la oportunidad y la hizo una extravagante reverencia al tiempo que exhibía una deslumbrante sonrisa
– Mi muy adorada Granger, princesa de Gryffindor, aquí tiene a su siervo más fiel siempre dispuesto a servirla. Diga cuál es su mayor deseo y Blaise se apresurará a cumplirlo.
Muy a su pesar, Hermione no pudo reprimir una carcajada.
Desde su rincón en el mueble-bar, Draco sintió la furia abriéndose paso en su cuerpo. Iba por su cuarto whisky de fuego y, en contra de su voluntad, sus pensamientos comenzaron a ir por libre. Contempló a Blaise que, con una mano en la cintura de Granger parecía susurrale al oído algo muy divertido, a juzgar por las risas de ella.
Quería matarlo. Era su maldito mejor amigo y estaba en su maldita fiesta, bebiéndose su maldito whisky y tonteando con Granger. Sí, de todas las chicas que había en la puta fiesta, tenía que ser con Granger. La mano de Blaise se desplazó un poco más abajo y ahí fue cuando Draco comenzó a verlo todo rojo; cruzando el amplio salón en un par de zancadas, se plantó frente a Zabini, le agarró de la solapa de la americana para separarlo de Granger y, sin mediar palabra, le atizó un puñetazo en la nariz, derribándolo al suelo.
Muy lejos, como amortiguado por el torrente sanguíneo que le palpitaba en los oídos, Draco escuchó a Granger gritar, pero estaba demasiado ocupado abalanzándose sobre el chico, que, como podía intentaba incorporarse.
– ¡Eres un hijo de puta! ¿Me oyes? ¡Eres un pedazo de cabrón!
Draco sintió cómo los demás invitados comenzaban a congregarse en torno a ellos, sin saber muy bien el origen de la pelea, y percibió como varios pares de brazos lo rodeaban intentando apartarlo de Blaise, cuya nariz sangraba profusamente, manchando la impoluta moqueta blanca.
Después de unos segundos tratando de liberarse de Weasley y Nott que lo sujetaban, Draco por fin logró calmarse y se desplomó en un sofá, jadeando.
Zabini por fin logró ponerse en pie y se mantuvo a una prudente distancia de él,
– ¿Estás loco? ¿Se puede saber qué cojones te pasa? – era extraño verlo tan enfadado, teniendo en cuenta que su talente natural era afable y divertido.
– Será mejor que te pires, Zabini – en realidad Draco quería que se fueran todos, que se acabara la jodida fiesta y pudiera echarse a dormir la borrachera.
Nott pareció leerle los pensamientos y se apresuró a despejar el salón. Diplomáticamente despidió a todos los invitados y cuando por fin se quedó solo con Draco, lo tapó con una manta y dejó un vaso de agua en la mesa junto al sofá. Entre las nubes del vapor etílico, Draco se las apañó para escuchar a su amigo despedirse con un "Te hará falta cuando hayas dormido la mona". Lo último que recordó antes de caer profundamente dormido fue la mirada de decepción y profundo disgusto que le dedicó Granger antes de marcharse definitivamente de aquel apartamento.
