N/A Hola, he aprovechado que es festivo para actualizar! Ya sólo quedarían un par de capítulos. Como siempre, muchísimas gracias a las que leéis. Gracias también a las que dejáis reviews, me hacen mucha ilusión y me motivan a seguir escribiendo.
PD. Intentaré actualizar Nuestro Mejor Error el domingo o lunes, sería el último capítulo del fic. Tengo entre manos un long-fic Dramione y en cuanto termine estos dos mini-fics, comenzaré a publicar.
Feliz día del trabajo! Cuidaos mucho!
Despertar
III
Draco despertó con una punzante resaca, tirado en el sofá, con la incómoda sensación de que el techo daba vueltas. Entrecerrando los ojos, echó un vistazo a su salón en el que aún se sentían los estragos de la noche anterior y, tambaleándose, logró llegar a la cocina. Estaba tratando de prepararse un café para aliviar el maldito dolor de cabeza, cuando, tras un breve destello verde, su chimenea escupió a Theo Nott y Blaise Zabini.
"Lo que me faltaba" pensó. Lo último que deseaba en aquellos momentos era aguantar una reprimenda de Nott o los lamentos de Zabini. Draco esbozó una mueca no queriendo disimular el fastidio que le producía que aquellos dos se presentaran en su casa.
– Apuesto a que te sientes como una mierda, anoche te bebiste el equivalente a una destilería. – Las palabras de Nott fueron recibidas con un gruñido por parte de Draco, que sonó sospechosamente similar a "que te jodan" –. Bueno, bueno, entiendo que no estés de buen humor, solamente he venido a ver cómo os dais la mano y hacéis las paces como dos niños buenos. Vamos Draco, creo que debes unas disculpas.
Draco lanzó una mirada suspicaz a Zabini que, apoyado en su encimera, mantenía un gesto displicente, como si la cosa no fuera con él. Como hijos únicos de familias sangrepura, los tres amigos habían vivido infancias similares: padres ausentes (en el mejor de los casos, pues cuando estaban presentes eran sinónimo de palizas) y juegos solitarios en inmensas mansiones; Zabini y Nott habían estado presentes en la vida de Draco desde que eran bebés, eran prácticamente sus hermanos: no importaba lo que hicieran, las peleas que tuvieran, Draco sabía que ellos estarían ahí siempre para él; él por su parte estaba dispuesto a morir por ellos sin dudarlo un solo instante. No obstante, aún se hallaba jodidamente cabreado porque Blaise, su hermano, hubiera dedidido flirtear con Granger de entre todas las brujas de Inglaterra.
– Vamos, tío, un "lo siento", tampoco te va a matar, ¿sabes? – el aire despreocupado de Zabini era exasperante para Draco, pero era su amigo, había estado junto a él en los momentos más duros de su vida, jamás lo había abandonado, debía disculparse y lo sabía.
– Lo siento, ¿vale?, pero eso no quiere decir que no te merezcas una buena hostia de vez en cuando.
Una amplia sonrisa se dibujó en la cara de Zabini que compartió una mirada cómplice con Nott. Draco gimió, "no por favor", sabía lo que venía y no le apetecía en absoluto mantener aquella conversación.
– Vamos Draco, tienes que buscar una solución o acabarás por volverte loco – el siempre ecuánime Theo adoptó su habitual tono condescendiente –, llevas años así.
– Eres gilipollas, tío – Zabini no perdió la ocasión de hacer alarde de su brutal sinceridad – ¿cuánto tiempo más vas a dejar pasar antes de decirle a Granger que estás enamorado de ella? No te va a esperar eternamente y yo no soy el único que le ha echado el ojo.
Draco bufó irritado. Era consciente de ello; desde sus años en el colegio Granger había madurado hasta convertirse en una mujer preciosa: con sus ojos almendrados y su espesa melena, atraía las miradas de la mayoría de los magos del Ministerio cuando se paseaba por el Atrio enfundada en uno de sus formales trajes de chaqueta, sus tacones repiqueteando por el suelo de piedra. Para Draco era mucho más que eso: Granger era una mujer fuerte, valiente, sin miedo de expresar abiertamente sus opiniones, era honesta, divertida y era la única persona con la que Draco podía tirarse discutiendo más de dos horas sobre cuáles habían sido los auténticos detonantes de la Revolución de los Duendes de 1748. Pero aun así…
– No es tan fácil, joder – solamente entre sus amigos Draco era capaz en ocasiones de desprenderse de su habitual máscara de frialdad –. Ella… ella lo tiene todo. ¿Por qué querría estar con alguien como yo?
– ¿Por qué no querría? En estos años no ha encontrado a nadie lo suficientemente bueno como para salir con ella. Tal vez esté esperando que tú des el paso.
Draco no pudo reprimir la amarga carcajada que le provocaron las palabras de Nott.
– Claro, porque sin duda, yo soy lo mejor que Granger puede conseguir. Mortífago, hijo de mortífago, condenado por participación en banda armada y una brillante reputación. El tío perfecto, vamos.
– A lo mejor ella cree que eres el tío perfecto para ella – Zabini adoptó una actitud repentinamente seria –. He visto cómo te mira.
– ¿Cómo? – Draco preguntó a regañadientes, negándose a hacerse ilusiones, a tener alguna esperanza para que terminase estrellada contra el suelo.
– Del mismo modo en que tú la miras a ella –. Nott parecía dispuesto a zanjar el tema de una vez por todas, estaba cansado con aquel tira y afloja entre sus amigos. Aún no entendía como ambos eran tan reacios a admitir lo que para el resto del mundo era tan obvio: que estaban locos el uno por el otro. – Vamos Draco, ¿eres capaz de arriesgar tu vida por ella pero no te atreves a decirle que la quieres?
– ¿Y si ella…? – No fue necesario que Draco terminara la frase: Theo entendía lo que se escondía detrás, los múltiples "y si": ¿y si ella lo rechazaba?, ¿y si ella no sentía lo mismo?, ¿y si ante su declaración ella se mostraba asqueada, disgustada y no deseaba saber nada más de él?
– Nunca lo sabrás si no lo intentas al menos una vez.
– Vamos Draco – intervino Zabini – tampoco hace falta que te arrodilles ante ella y le ofrezcas un anillo, tan sólo basta con que seas con ella… yo que sé, un poco más amable. – Al ver a Draco fruncir el ceño, Blaise continuó – Siempre os estáis peleando, tirándoos los trastos a la cabeza, ¿por qué no intentas algún gesto más conciliador?, ¿hablar con ella por una vez sin necesidad de discutir? Podrías invitarla a salir, ya sabes, los dos solos.
Draco reflexionó, dicho así parecía sencillo; hacerlo resultaba mucho más complicado. Su relación con Granger estaba basada en aquellas discusiones que en secreto tanto disfrutaba, en lanzarse pullas mutuamente, en chincharse constantemente. Cambiar la dinámica de aquella relación a fin de mostrale sus verdaderos sentimientos parecía un auténtico desafío, uno que no estaba seguro de saber cómo afrontar. Pero si había algo que Draco adoraba eran los desafíos: como cuando decidió convertirse en auror y superó todas las pruebas con las calificaciones más altas o como cuando dejó atrás toda su educación, la ideología que le habían inculcado desde niño para ser un hombre nuevo, un hombre libre de prejuicios y odios.
Podía hacerlo. Sí, podía ser capaz de enamorar a Hermione Granger.
Al fin y al cabo, él era Draco Malfoy.
Lo primero que Hermione recordó al despertarse aquella mañana de domingo era la pelea de la noche anterior. Sabía que debía sentirse disgustada, contrariada ante aquella estúpida muestra de violencia e irracionalidad masculina pero algo en su interior la hacía sentirse secretamente complacida: la posibilidad de que Draco hubiera montado toda aquella escena, que se hubiera lanzado como un animal a atacar a su amigo por celos hacia ella era demasiado evidente como para ser ignorada con facilidad.
Hermione sabía que estaba mal, que los celos eran un sentimiento profundamente negativo, que no debía sentirse halagada ante aquel comportamiento tan bárbaro y primitivo por parte de Draco, pero el hecho de haber podido suscitar una emoción tan fuerte, tan intensa en el normalmente frío e imperturbable Draco Malfoy la excitaba de tal forma que estaba dispuesta a dejar de lado cualquier otra consideración.
Al mismo tiempo, la idea la desconcertaba: podía lidiar con un Draco enfadado, con un Draco molesto o con un Draco furioso; pero no tenía muy claro cómo debía comportarse ante un Draco celoso. En cualquier caso podía ser que estuviera confundida, que hubiera malinterpretado una reacción que podía tratarse únicamente de un arrebato causado por un consumo excesivo de alcohol.
De cualquier manera, la semana entrante supondría el regreso de Draco al Ministerio: se reincorporaba al departamento de Aurores limitando sus funciones exclusivamente al papeleo, era muy posible que tuviera que trabajar con Hermione y ella no tenía la menor idea de cómo tratarle.
El lunes resultó mortalmente aburrido: Hermione encontró sobre su escritorio una pila de informes pendientes de revisar, tuvo que reunirse con el responsable de Infracciones en el Uso de la Magia y redactar unos cuantos memos para su propio departamento. No vio a Draco en ningún momento; no se cruzó con él en los ascensores ni lo encontró en la cantina a la hora del café pero escuchó que los aurores le habían hecho un pequeño homenaje para celebrar su regreso.
El martes también transcurría con una espantosamente monotonía hasta que, aproximadamente a media mañana, Hermione escuchó cómo alguien llamaba a la puerta de su despacho y antes de que le concediera permiso siquiera para entrar, una cabellera rubia, seguida por la persona que tantos dolores de cabeza le causaba, se plantara en frente de su mesa.
– Granger – fueron sus únicas palabras y se quedó ahí parado, esperando a que ella hablara primero.
– ¿Malfoy? – No tenía ni idea de qué hacía allí, ni qué esperaba que ella dijera. Lo miró de arriba abajo. Mierda. Estaba insultantemente guapo; el traje gris a conjunto con sus ojos estaba hecho a medida y se ajustaba a su cuerpo a la perfección. Llevaba el pelo cuidadosamente despeinado y nada en su aspecto sugería la idea de que recientemente hubiera salido de un coma de dos semanas. Hermione se sintió obligada a añadir – ¿Querías algo?
– Yo… ejem, sí. Quiero cerrar el caso de los traficantes de polvos de doxy. He redactado el informe y sólo necesito tu firma ratificándolo.
Malfoy le tendió una carpeta roja.
– ¡Claro por supuesto! – Hermione se apresuró a estampar su firma en todas las páginas.
Cuando alzó la vista se encontró la mirada intensa de Malfoy fija en ella.
– Yo esto… también quería pedirte disculpas. Por mi comportamiento de la otra noche. Fue absolutamente inaceptable.
– Está bien de acuerdo, eeeh… – Hermione no salía de su estupor y tampoco hallaba nada inteligente que contestar. Ese Draco Malfoy tímido y casi humilde era completamente nuevo, impredecible –. Supongo que has pasado por unos días difíciles y… En realidad yo debería darte las gracias, por salvarme la vida y todo eso…
– Oh eso, bueno, tampoco tiene importancia, no realmente. Es mi trabajo y… verás… – de pronto parecía asustado, inseguro, desvalido como un niño que descubre que le han dejado solo. Carraspeó y agachó la vista, repentinamente interesado en la cutícula de sus uñas –. Verás Granger, después de lo que ha sucedido me preguntaba si vendrías a cenar conmigo. Algo así como una ofrenda de paz.
Vale, esto tenía que ser un sueño. Draco Malfoy se acababa de disculpar con ella y ahora la invitaba a cenar. Malfoy sin embargo pareció malinterpretar su expresión – los ojos muy abiertos y jugueteando nerviosamente con un mechón de pelo que se había escapado de su coleta – porque rápidamente aclaró.
– Sólo si tú quieres, claro. Si no te apetece, lo entiendo, yo…
– ¡No, no, no! – Hermione rogó porque no hubiera resultado demasiado desesperada –. O sea, me encantaría cenar contigo, si tú quieres claro.
La expresión de Draco se relajó, una ligera sonrisa formándose en su cara. ¡Merlín! Hermione hizo acopio de todo su autocontrol para no abalanzarse sobre él y besarle hasta dejarle sin sentido.
– Si te parece bien el viernes… – Draco hizo una pausa tratando de buscar las palabras adecuadas –, hay un italiano muggle en la City que me encanta, o bueno también podemos ir a un restaurante mágico si te apetece más. No quiero que pienses que me avergüenzo de que nos vean juntos o que quiero ocultarte o algo así. Yo…
– Italiano suena genial.
Hermione tuvo la sensación de que Draco prácticamente refulgía, la invadió un cosquilleo al pensar que ella podría ser el origen de aquella radiante felicidad. Una sensación que reflejaba sus propios sentimientos.
– Mañana nos vemos entonces.
Cuando Draco cerró la puerta tras de sí, Hermione logró al fin retener toda la tensión que había estado conteniendo y allí, en su despacho, detrás de su escritorio, tuvo un ataque de risa que tardó mucho rato en controlar.
Por su parte, nada más llegar a su cubículo en el departamento de aurores, Draco se percató que había olvidado la carpeta en el despacho de Granger.
El siguiente, la cita-ofrenda de paz de Draco y Hermione!
Gracias por vuestro tiempo!
