N/A Holaa! Pretendía subir este capítulo antes, pero tuve problemillas técnicos – básicamente cerré el documentó sin guardarlo y no pude recuperarlo, sí soy bastante despistada – así que tuve que reescribirlo; a cambio, ha salido un capítulo bastante largo, más de 3600 palabras.
Ya solamente quedaría un capítulo más y el epílogo, pretendo publicarlos la semana que viene, pero no quiero prometer nada. Cuando termine Despertar querría empezar con el long-fic Dramione, tendrá un toque oscuro y gótico.
Por otro lado voy a aprovechar para hacer un poco de spam: la semana pasada subí el último capítulo de Nuestro Mejor Error mi three-shot Dramione, está en mi perfil por si os apetece echarle un vistazo.
Por último (y lo más importante) agradecer una y mil veces a las personas que dedicáis un poco de vuestro tiempo a visitar mis historias, dejar favoritos o reviews o que simplemente, entráis por curiosidad. Significa todo que alguien lea algo que tú has escrito. Así que MUCHÍSIMAS GRACIAS.
Sin más, os dejo con la cita de Draco y Hermione. A leer!
Despertar
IV
Draco se enderezó la corbata frente al espejo. Se sentía patético: había salido con decenas de mujeres y sin embargo ahí estaba, tan nervioso como un quinceañero virgen antes de su cita con Granger. "Cena de ofrenda de paz" se corrigió a sí mismo; lo cierto es que estaba resuelto a conquistarla, pero había camuflado la cena bajo aquel estúpido eufemismo tratando de evitar el más que posible rechazo de ella. Tal vez Granger no querría salir con él en términos de una cita, pero si aquella noche su ofrenda de paz iba lo suficientemente bien, quizás podría ser capaz de convencerla para que salieran una segunda vez, en una cita propiamente dicha y si no, si ella no quería saber nada más de él, bueno, al menos podría decir que lo había intentado.
Echó un último vistazo a su aspecto y, suspirando, se puso el abrigo y se encaminó a la puerta del apartamento. Puesto que habían quedado en un lugar muggle, iría hasta allí por medios no mágicos. Además, se le antojaba que caminar sería perfecto para serenarse y aclarar sus pensamientos.
Hermione llegó al restaurante dando un paseo. Draco había insistido en que se encontraran directamente allí en lugar de pasar a recogerla. Aquello era otra prueba más de que estaba evitando por todos los medios que ella pensara que se trataba de una cita. Cena de "ofrenda de paz" ese era el estúpido nombre que le había dado; vale, Hermione lo había pillado a la primera, él simplemente quería una especie de reconciliación entre ellos, que su relación fuera algo más cordial por su bienestar mental y el de sus amigos. Así que aquello no era una cita, Draco no podía haberlo dejado más claro, pero aún así no podía evitar sentirse emocionada ante la perspectiva de cenar a solas con él por primera vez.
Pese a encontrarse todavía a una buena distancia de él, se quedó sin aliento al verlo. Apoyado en una farola, con las manos en los bolsillos de su abrigo gris y el flequillo rubio sobre la frente, estaba insoportablemente atractivo. En cuanto vio a Hermione, se acercó y ella notó la sonrisa vacilante en sus labios, casi tímida – si es que algo en Draco Malfoy se podía calificar como remotamente tímido –; tras dudar por un instante sobre cuál sería la mejor manera de saludarla, Draco se inclinó hacia ella y depositó un par de besos en sus mejillas. Cuando se apartó, estaba algo sonrojado.
– Siento llegar tarde – Hermione sabía que apenas habían pasado 3 minutos de la hora acordada, simplemente dijo aquello como estrategia para romper el hielo.
– No te preocupes, yo acabo de llegar. ¿Entramos?
Draco sostuvo la puerta para que Hermione pudiera entrar en primer lugar; pese a que aquél era un gesto contra el cual la feminista que habitaba en ella debía rebelarse, su lado más vanidoso y presumido se sentía perversamente halagado ante el hecho de que Draco le dedicara tales atenciones. Hermione se reprendió mentalmente, probablemente él se comportara así con cualquier mujer; después de todo, aunque había dejado atrás casi toda la ideología y las enseñanzas que le habían inculcado de niño, aún conservaba gran parte de los estirados modales de la sociedad sangre pura.
El local era todo lo opuesto a lo que Hermione esperaba teniendo en cuenta los sofisticados y lujosos gustos de Draco. Se trataba de una trattoria pequeña y acogedora, con muebles de madera y una decoración sencilla. Draco debía acudir allí con frecuencia, a juzgar por la prisa con que el maître les atendió, situándoles en una mesa en un rincón, bastante oculta de los demás comensales. Hermione pensó que probablemente Draco llevaba allí a sus ligues muggles y sintió una irracional punzada de celos. Enfadada consigo misma por sobredimensionar las cosas – no debía olvidar en ningún momento el término "ofrenda de paz"–, se obligó a mantenerse relajada, dedicándole una pequeña sonrisa cuando le apartó la silla para que se sentara. Enseguida un camarero se apresuró a traerles las cartas y a recitarles la lista de especialidades de la casa. Antes de marcharse, guiñó un ojo a Hermione, diciéndole que era un placer servir a una joven tan hermosa y después se dirigió a Draco.
– ¡Ah signore Malfoy! ¡Cómo me alegra verle tan bien acompañado por una bella signorina! Siempre que viene aquí le veo tan solitario, en este rincón isolato – Hermione vio como el rostro de Draco adquiría un tono carmesí, al tiempo que trataba que sus ojos se fijaran en cualquier lugar menos en ella. Mientras tanto, el camarero permanecía ajeno a la incomodidad del momento y continuaba parloteando –. Ahora mismo les traigo la carta de vinos.
Cuando al fin se quedaron solos, Hermione observó que Draco parecía terriblemente mortificado, por lo que tratando de aligerar el ambiente, preguntó:
– ¿Y qué tal ha ido la reincorporación al trabajo?
– Bien, la verdad es que estoy contento por estar de vuelta – sonó profundamente aliviado ante el cambio de tema –, incluso aunque Potter me haya sepultado bajo una montaña de informes pendientes de revisar.
Hermione se animó; aunque la situación era extraña, mantener una conversación los dos solos, sin pullas o crueles insinuaciones por parte de ninguno, era un cambio agradable. Tal vez aquella ofrenda de paz no fuera tan mala idea después de todo. No obstante, era consciente de que aún quedaba un asunto pendiente por su parte.
– Malfoy yo… – trató de encontrar las palabras adecuadas – quería darte las gracias. Por salvarme la vida y todo eso.
– No fue nada Granger. Lo habría hecho una y mil veces. Lo sabes ¿verdad? – ella sintió como ante aquellas palabras, su corazón se saltaba un par de latidos –. En cualquier caso no tienes nada que agradecerme. Al contrario, soy yo el que debe pedirte perdón. Por todo.
Pese a que Draco no añadió nada más, Hermione comprendió que aquel perdón incluía todo lo que no se podía expresar con palabras: "perdón por haberte atormentado durante toda tu adolescencia, perdón por haber sido un niño estúpido, por haberme dejado arrastrar por ideas tan erróneas y causar tanto dolor, perdón por no haber impedido que te hicieran tanto daño".
Alzó la mirada y vio que los ojos grises de Draco estaban húmedos. No pudo evitar alargar el brazo por encima de la mesa y tomar su mano, Draco miró sorprendido sus manos unidas y simplemente entrelazó los dedos. Con ese simple gesto entendió que hacía años que había sido perdonado. Era cierto, pese a que él nunca hubiera hecho alusión a ello, Hermione sabía lo arrepentido que estaba; jamás desde el fin de la guerra había empleado ninguna expresión peyorativa para referirse a los hijos de muggles – incluso presumía de tenido bastantes rollos de una noche con chicas muggles –, había realizado multimillonarias donaciones a huérfanos y heridos de guerra y ella sospechaba que sus ocasionales acciones temerarias como auror constituían únicamente una forma de intentar expiar sus crímenes del pasado. Sintió un odio irracional hacia aquella estúpida mesa que se interponía entre los dos: le impedía acercarse a él y poder reconfortarlo, abrazarlo, acariciarle el pelo, borrar aquel rastro de tristeza de su mirada.
Pronto regresó el camarero locuaz y la atmósfera se hizo menos pesada. Durante la cena no dejaron de hablar; más allá de la magia y el trabajo, compartían un montón de intereses y aficiones; Hermione sabía que a Draco le gustaban los libros tanto como a ella pero descubrió que también era un gran cinéfilo y que sentía gran curiosidad por la tecnología muggle. Eso la hizo sentir algo de pena: hacía años que tenían el mismo grupo de amigos, habían hecho muchísimos planes conjuntos pero después de todo ese tiempo apenas se conocían, más allá de chincharse y lanzarse comentarios maliciosos, sabían muy poco el uno del otro.
El tiempo pasó asombrosamente deprisa, después de los postres fueron invitados a limoncello por cuenta de la casa que les dejo la boca dulce y pegajosa y la mente ligeramente achispada. Tuvieron una breve discusión: Draco insistía en invitarla pero Hermione quería que pagaran a medias. Finalmente, Draco alegó que puesto que él había escogido el lugar, le correspondía pagar la cuenta y añadió que en la siguiente cena, ella podría elegir restaurante y entonces también sería la encargada de pagar. Hermione creyó que su propio rostro resplandecía ante la perspectiva de una segunda cena juntos.
Cuando salieron del local, Draco propuso que dieran un paseo; aunque era invierno, el cielo estaba despejado y el frío les ayudaría a recuperar la sobriedad. Caminaron por la orilla del Támesis, muy juntos pero sin llegar a tocarse. Hermione se moría de ganas por volver a darle la mano y sentir la calidez de sus dedos enredados en los suyos pero logró contenerse; era posible que la vez anterior Draco solamente hubiera necesitado consuelo, una mano amiga; en aquel momento, ese mismo gesto se sentiría pueril y fuera de lugar.
Por fin llegaron a una especie de mirador sobre el río. Se apoyaron en la barandilla de metal, contemplando cómo las luces de los rascacielos de la City se reflejaban en el agua. Las temperaturas estaban bajando conforme avanzaba la noche y la proximidad del Támesis incrementaba aún más la sensación de frío. Sin darse cuenta, Hermione comenzó a tiritar bajo su abrigo de lana y se frotó las manos tratando de darse calor. A su lado, Draco se giró un poco para poder verla mejor y le echó un brazo sobre los hombros, estrechándola contra él, buscando transmitirle un poco de su calor. Cuando Hermione logró salir de su estupor, cerró los ojos y le rodeó la cintura con los brazos, al tiempo que hundió la nariz en su jersey, deleitándose con su olor: a pergamino nuevo y menta y ropa limpia.
Draco no supo qué fue lo que le impulsó a lanzarse a abrazarla. Al fin y al cabo era un gesto estúpido, teniendo en cuenta que ambos eran magos y podían lanzarse un simple hechizo calentador. Cuando notó que Granger se tensaba, deseó que se lo tragara la tierra, seguro que ahora le empujaría por tomarse semejantes libertades y le diría que no volviera a tocarla jamás. Pero entonces pareció que ella se relajaba en su abrazo y que, algo titubeante, le rodeaba el cuerpo con sus delgados brazos. Apoyando la barbilla en la coronilla de Granger, se quedó muy quieto, disfrutando el momento, disfrutándola a ella.
Pasaron así bastante tiempo, abrazados junto al río, muy pegados, tratando de darse calor mutuamente. Por fin Draco salió de la ensoñación y alegando que era bastante tarde, se ofreció para acompañarla a casa. Granger estuvo de acuerdo sin poner ninguna objeción – Draco había temido que ella argumentara que era perfectamente capaz de aparecerse sola en su propio apartamento –, y para su inmensa satisfacción, puso rumbo a su calle sin apenas apartarse de él, que se apresuró a caminar a su lado, manteniendo aún el brazo descuidadamente sobre sus hombros. A Granger no pareció molestarle especialmente porque se apretujó contra él y Draco vislumbró que sonreía antes de bajar la cabeza tímidamente.
Hermione se sentía levitar de vuelta a su apartamento, envuelta en el abrazo de Draco, sintiendo su presencia reconfortante, caminando junto a ella. Probablemente estaba horrible, tendría la nariz y las mejillas rojas por el frío, pero a él no parecía importarle porque la miraba de una manera que le hacía sentirse especial, como si fuera la única persona que existiera en el mundo.
Al llegar a su portal Hermione se detuvo con Draco a unos pocos pasos de ella. Se mordió el labio, indecisa: aquel era el momento clave, sus citas anteriores, normalmente terminaban allí, al llegar al portal; en alguna ocasión después de algunos cuantos besos apasionados, pero jamás cruzaban más allá. Pero con Draco no quería eso, no quería que la noche terminara allí, no quería despedirse de él. Observó cómo él se acercaba con cautela y, tras retirarle un rizo que le caía sobre los ojos, se quedaba parado, esperando que fuera ella la que diera el siguiente paso.
Hermione alzó lentamente una mano para acariciarle la mejilla, cuando comprobó que él no se apartaba, ni hacía amago alguno de rechazarla, continuó recorriendo con los dedos su mandíbula, siguiendo la línea que bajaba hasta su cuello. Aquello pareció afectar especialmente a Draco porque cerró los ojos y respiró hondo. Hermione se puso de puntillas al tiempo que la yema de sus dedos le rozaba los labios. Retiró los dedos y lo siguiente que supo es que los labios de él estaban sobre los suyos. Siempre había imaginado que besar a Draco Malfoy sería agresivo, salvaje, descontrolado. Resultó ser exactamente lo contrario.
El beso comenzó como un contacto sutil, inocente, la boca de Draco se sentía tentativa, sin atreverse a cruzar unos límites invisibles. Hermione entreabrió los labios, concediéndole permiso, necesitando más de él. Sus lenguas se unieron, fue un encuentro tierno, dulce, como el de dos amantes que se conocen de hace años. Draco le acariciaba el paladar, los dientes, exploraba su boca como quien saborea un caramelo; la estrechó contra sí, con una mano rodeando su cintura mientras la otra se hundía en su cascada de rizos. Hermione se pegó más a él, tratando de que no quedara espacio alguno entre sus cuerpos, le echó los brazo al cuello; sus dedos jugueteaban con los cabellos de su nuca, aún más suaves de lo que ella había imaginado y lo atrajo más hacia ella, no queriéndolo dejar marchar de su lado. Aquel gesto pareció enardecerlo, porque sus besos perdieron todo rastro de dulzura y se volvieron frenéticos, necesitados. Ella se mantenía con los ojos cerrados, dejándose llevar; pronto sintió como los labios abandonaban su boca para concentrarse en un punto bajo su oreja, arrancándole un jadeo sorprendido.
De pronto, él se apartó y Hermione se sintió desprotegida, Draco no se alejó demasiado, mantenía sus frentes unidas y respiraba agitado, como si acabara de correr una maratón; cuando habló, su voz sonó extrañamente ronca.
– Creo que deberíamos parar aquí.
Hermione sabía que llevaba razón; que deberían darse un último beso de despedida y marcharse cada uno a su casa. No estaba segura de si se sentía preparada para llevar las cosas más lejos, de si quería cruzar aquel punto aún, pero tenía claro que si le dejaba marchar ahora, se arrepentiría toda su vida. Así que le miró a los ojos – oscuros, la pupila parecía haber absorbido todo el iris plateado – y reunió todas sus fuerzas para preguntarle.
– ¿Quieres subir a tomar una copa?
Draco sabía perfectamente qué debía contestar. No. Claro y rotundo. Si fuera cualquier otra de sus citas, él habría aceptado rápidamente, la habría seguido hasta el vestíbulo y se las habría ingeniado para comenzar a desnudarla en el ascensor. En cuanto hubieran entrado al apartamento, la chica en cuestión estaría ya retorciéndose en sus brazos, suplicándole por más y Draco se hubiera apresurado a complacerla, follándosela sobre la primera superficie horizontal que encontrara disponible. Si finalmente resultaba que tenían buena química, tal vez repetirían un par de veces y luego él se despediría dándole un beso en la frente. Las cosas funcionaban así, ellas no esperaban de él más que un buen polvo y él tampoco quería nada más de ellas. De ellas.
Pero no de Granger.
Con Granger no era así, ella no era como las demás chicas. Draco lo quería todo de ella. Al menos todo lo que ella fuera capaz de darle. Quería complacerla, amarla, hacerla reír, quería pasar tiempo con ella, conocerla aún mejor, saber qué cosas le gustaban y cuáles le hacían arrugar aquella adorable nariz pecosa. Por tanto, la respuesta más sensata a su proposición era sencillamente: No. Así que Draco abrió la boca para contestar y pronunció una sola palabra.
– Claro.
Tuvo la sensación de que la sonrisa de Granger era lo suficientemente luminosa para alumbrar todo Londres. Observó intrigado como ella rebuscaba en su diminuto bolsito hasta que dio con las llaves abriendo la puerta para ambos. En el ascensor Dracó se las ingenió para concentrarse en su propio reflejo en las puertas metálicas, cualquier cosa que sirviera para sacar de la cabeza la imagen de Granger contra la pared, con la falda remangada y su muslo desnudo rodeándole la cadera. "Céntrate Draco".
Al fin llegaron a su piso y tras otra breve trifulca con las llaves "Merlín, ¿es que esta mujer no puede usar un simple Alohomora?", pudieron entrar en el apartamento.
Aunque Draco había estado allí unas cuantas veces – si se les asignaba algún caso conjunto más complejo de lo habitual, solían trabajar en fin de semana, bien en su ático o en el apartamento de Granger; normalmente acababan a gritos y más de una vez había habido lanzamiento de objetos, pero habían logrado situar su ratio de resolución de casos en el 100% –, aquella noche se sentía completamente distinto. Más íntimo, más personal.
Nada más entrar, Granger se dirigió a la cocina y le preguntó que qué le apetecía tomar. Draco se decantó por una cerveza muggle mientras observaba distraído la pila de libros que se acumulaba sobre la mesita de café en el salón.
– ¿Los lees todos a la vez? – preguntó divertido.
– Qué va – Hermione regresó con un par de botellines, le tendió el suyo y quitó las chapas con una floritura de su varita – Están ahí por orden de prioridad para leer.
Draco arqueó una ceja, le resulto inverosímil que aquella montaña pudiera seguir algún tipo de orden, pero no comentó nada; al fin y al cabo era Slytherin, tenía un inmenso aprecio por su propio cuello. Se sentó en el sofá tratando de mantener una cómoda postura desenfadada, pese a que sentía sus nervios tensos como la cuerda de un violín. Granger le imitó, arrellanándose en el rincón opuesto, muy concentrada en la etiqueta del botellín.
– Bueno pues…
– Entonces…
Ambos hablaron al mismo tiempo y estallaron en carcajadas al comprobar su escasa elocuencia. Draco ladeó su cuerpo y Granger también cambió de postura para poder mirarlo de frente. Se le ocurrió que el hecho de que no quisiera que con Granger fuera como con las demás: algo sórdido y con prisas, no implicaba que no pudiera dedicar toda la noche a besarla. Después de todo, no recordaba en toda su vida un beso mejor que el que había compartido con Granger hacía unos minutos.
Draco se inclinó sobre ella, sin dejar de observarla para asegurarse de que era bien recibido; cuando no detectó signo alguno de oposición por su parte, se lanzó a reanudar lo que había iniciado en el portal.
Hermione se recostó en los cojines, sintiéndose en el paraíso. Dudaba que existiera una sensación mejor que la de estar en brazos de Draco, disfrutando de sus besos, sintiendo el sabor amargo y burbujeante de la cerveza en su boca. Sabía de su reputación, era muy probable que el objetivo final de él fuera llevársela a la cama y Hermione no quería llegar a ese punto aún, pero no sabía cómo decírselo sin romper la magia del momento.
Sintió que las manos de Draco se colaban por debajo de su blusa, acariciándole los costados sobre la piel de sus costillas y entonces, se tensó automáticamente. Pensó que él se sentiría defraudado con ella, decepcionado porque no le concediera lo que pretendía, pero Draco únicamente apartó las manos y trató de alisarle los cabellos rebeldes que se acumulaban a ambos lados de su cara. Acunó su rostro con ambas manos, como si Hermione fuera un objeto muy frágil y preciado y se quedó a unos pocos centímetros de ella, con sus alientos entremezclados.
– Tranquila – y su voz susurrante se sintió como una caricia más –, jamás cruzaría los límites que tú me impongas. Nunca haría algo para lo que no te sintieras preparada.
Hermione sabía que debía sentirse aliviada, pero aquellas palabras hicieron que se formara un nudo un su garganta, aterrorizándola. ¿Qué pasa si ahora él la veía como una frígida inexperta y no quería saber nada más de ella? Probablemente su torpeza era capaz de apagar la excitación de cualquier hombre. Pronto sus temores se perdieron en el limbo porque los labios de Draco estaban de nuevo en su cuello, inhibiendo cualquier rastro de racionalidad. Un espíritu salvaje se abrió paso en el interior de Hermione y la impulsó a empujarle un poco, situándose a horcajadas sobre su regazo. Él pareció aprobar aquel arrebato porque emitió un gruñido en su oreja que se asemejaba sospechosamente a un "Sí, Granger". Bueno, a juzgar por su reacción, parecía que Hermione no lo estaba haciendo tan mal para tratarse de una novata. Movió un poco las caderas buscando una posición más cómoda y entonces lo notó: la erección de él, dura y pesada, que se frotaba contra su bajo vientre. Aquello debería haberla asustado o al menos imponerla algo de respeto hacia el rumbo que estaban tomando las cosas, pero únicamente sirvió para enardecerla aún más. Sentía la sangre palpitante, como lava en sus venas, arrasándola.
Draco tomó su nuca, de forma algo brusca, tratando de encontrar algún rastro de renuencia en sus ojos, pero no encontró ninguno, por lo que siguió besándola en el cuello y acariciando sus muslos por encima de la falda. Las manos de Hermione tampoco podían quedarse quietas: bajaron por sus pectorales sobre el jersey, sintiendo las ondulaciones de sus músculos endurecidos a medida que su calor se filtraba a través de la tela. Eso la molestaba, la molestaba terriblemente que tanta tela los separara, así que tironeó un poco del maldito jersey y él pareció entenderla porque se separó del respaldo del sofá lo suficiente para sacarse la prenda por encima de la cabeza, quedándose en mangas de camisa. Los dedos de Hermione ya se ocupaban del nudo de la corbata cuando un repiqueteo los detuvo.
– Ignóralo – la voz de Draco contra su clavícula le produjo cosquillas, así que le hizo caso, reanudando entusiasmada la tarea que se traía entre manos.
El sonido se hizo más insistente, como si reclamara atención. Hermione abandonó el regazo de Draco que musitó algo entre dientes, malhumorado por la interrupción. Con el pelo revuelto, observó cómo ella se encaminaba hacia la ventana y la abría para dejar paso a un inmenso búho negro. El ave dejó caer una carta sobre la mesita de café y se posó sobre una silla, con gesto aburrido.
Hermione se inclinó y lanzó una exclamación sorprendida al ver el nombre en el sobre.
– Parece que es para ti – le explicó mientras le tendía la carta a Draco, que mostraba un aspecto desconcertado –, debe ser algo urgente, teniendo en cuenta que es más de medianoche de un viernes.
La nuez de Draco osciló en su garganta mientras tragaba saliva. Sus largos dedos rasgaron el sobre y por fin, leyó rápidamente su contenido. Alzó la cabeza, mirando a Hermione con un gesto indescifrable.
– Es mi padre – su voz sonó hueca, desprovista de toda emoción –. Le han encontrado ahorcado en su despacho.
