N/A Holaaa. Pensaba publicar este capítulo a mediados de semana, pero lo he terminado antes de lo que pensaba y no quería haceros esperar más.

Es un capítulo corto, una especie de cierre y el fic podría acabar perfectamente aquí, me gustaría añadir una especie de epílogo mostrando cómo les va a Draco y Hermione unos 6 meses después que supongo que publicaré el finde que viene y con esto esta historia quedará cerrada.

Como siempre, mil gracias por leer, dejar reviews/favoritos y en general por dedicar un poco de vuestro tiempo a mi historia ¡no sabéis lo mucho que me motiváis!


Despertar


V

Hermione no volvió a ver a Draco hasta el funeral. Ademas de Blaise y Theo, acudió casi todo el departamento de aurores, la familia Weasley y, para sorpresa de todos, Narcissa Malfoy acompañada de su hermana Andrómeda.

La ceremonia se celebró en los jardines de la Mansión. Hermione no había vuelto allí después de la guerra y su aspecto tétrico, acompañado de los terribles recuerdos que aquel lugar encerraba y el tiempo desapacible de aquella mañana invernal, hacían que se erizaran los cabellos en su nuca.

Mientras conducían el ataúd hacia el panteón familiar, un inmenso monumento de piedra en los terrenos de la propiedad en el que Lucius encontraría su eterno descanso, Hermione se dedicó a observar a Draco. Pese a que sólo habían transcurrido 3 días desde aquella noche de ensueño, se encontraba bastante cambiado: parecía no haberse afeitado desde entonces y lucía unas notables ojeras; además, su mirada se hallaba vacía, sin brillo. Cuando todo terminó, ella se las ingenió para situarse en último lugar en la cola de personas que ofrecían sus condolencias al hijo del fallecido – al parecer Narcissa se marchó nada más acabar el acto – y cuando por fin llegó su turno y se halló frente a él, no supo muy bien qué decirle exactamente por lo que sencillamente le abrazó, tal y como él había hecho aquella noche que ahora se sentía tan lejana.


Draco percibió como la gente los miraba; no era inusual que Granger se hubiera acercado a darle un último adiós a su padre teniendo en cuenta que eran compañeros de trabajo, pero sí que resultaba terriblemente extraño que mientras que el resto de personas se hubiera limitado a darle un apretón de manos, ella lo envolviera en sus brazos; era un gesto demasiado íntimo para dos personas que, aparentemente se odiaban.

Pero Draco estaba cansado; de guardar las apariencias, de comportarse según las expectativas de la sociedad, de llevar máscaras, así que simplemente se dejó llevar y abrazó a Granger de vuelta. Más allá de la mirada curiosa de Potter y las sonrisas de Theo y Blaise, no se fijó en ninguna otra reacción porque pronto comenzó a llover y los asistentes se apresuraron a desaparecerse de vuelta a sus casas.

Granger no se movió, permaneció junto a él, bajo la lluvia, empapándose el pelo y la ropa, hasta que Draco logró salir de su trance y la condujo al interior de la mansión. Ambos fueron dejando charcos sobre el mármol del vestíbulo por lo que Draco se dirigió a una sala en la planta baja, en la que una gran chimenea destacaba sobre el resto del mobiliario, lujoso y anticuado.

– Será mejor que te marches ya – mientras decía aquellas palabras, Draco tomó un puñado de polvos flu de la chimenea –, se ha hecho tarde y estás empapada. Sólo faltaría que enfermaras.

– Está bien, no importa – Granger se acercó, pero él dio un paso hacia atrás, tratando de esquivarla –, solo déjame estar contigo.

Draco le dedicó una sonrisa que más bien era una mueca, con cierto tinte malvado y burlón que se parecía demasiado a las del Malfoy de Hogwarts.

– Granger, créeme, ahora mismo soy la última persona con la que querrías estar – y añadió, de forma cruel – eso o que verdaderamente estás desesperada por estar con un hombre.

Aquella pulla no pareció funcionar tan bien con como tantas otras veces, porque en lugar de dedicarle algún insulto y marcharse, dejándole definitivamente solo; ella terminó por acortar la distancia que los separaba y le tomó de la mano. Draco se dejó guiar, como un niño pequeño hasta un diván situado en un rincón de la sala. Granger se sentó y le dio un tirón del brazo para que se sentara junto a ella. Contra los deseos y la propia razón de Draco, el diván no permitía que hubiera demasiada distancia entre ellos; sus piernas estaban muy juntas y el respaldo provocaba que prácticamente estuvieran acurrucados uno contra otro. Hace tres noches aquella situación habría hecho que su corazón se desbocara como un caballo al galope; ahora, ahora volvía a sentir cómo la oscuridad lo reclamaba.

– Hueles a whisky.

La voz de Granger sonó suave, sin rastro alguno de reproche, simplemente como si estuviera anunciando un hecho empírico, pero Draco no puedo contener las ganas de comportarse de manera mezquina con ella. No quería que estuviera allí, no quería que le viera así; en sus momentos más bajos, derrotado, hundido.

– Tan jodidamente brillante como siempre Granger, ¿no has pensado que tal vez quiera beber hasta desmayarme en lugar de escucharte decir estúpidas obviedades? ¡Quiero que te largues, que te pires de aquí y me dejes solo de una puta vez!

Enterró la cabeza entre las manos, respirando agitado. Sólo parte de sus palabras eran ciertas: quería emborracharse hasta perder la consciencia y dejar de pensar, quería que ella se fuera, pero únicamente porque no deseaba que lo viera en aquel estado: cuando todos sus traumas, todo el horror que arrastraba desde la adolescencia se apoderaba de él y lo convertía en un tipo al que él mismo despreciaba.


Hermione ignoró la provocación; sabía que estaba tratando de ser especialmente desagradable con el propósito de que ella se marchara, pero estaba absolutamente decidida a que en aquella ocasión, Draco no se saliera con la suya. Estiró la mano para acariciarle el pelo y pese a que mantuvo su expresión ceñuda, él no se apartó. Hermione continuó masajeando su cuero cabelludo, comprobando cómo se relajaba bajo su toque. La respiración de Draco se ralentizó, ella se inclinó hacia él, apoyando la cara en su espalda, sintiendo los latidos de su corazón.

– No importa lo que me digas Draco, no me voy a ir, no me voy a marchar de tu lado.

– Pues deberías, tu… – Draco levantó la cabeza, la miró sobre su hombro – Granger no sabes quién soy en realidad, no sabes la mierda que arrastro.

– Lo sé. Te conozco. Conozco tus rincones más oscuros, conozco la peor parte de ti, pero no me importa, todos arrastramos luz y tinieblas.

– No lo entiendes, yo… no sentí nada, cuando lo vi ahí, en el suelo del despacho, con los ojos abiertos, yo no sentí nada. – daba la impresión que las palabras se le atragantaban –. Mi propio padre se acababa de matar y a mí me dio igual, me sigue dando igual. He acudido a su entierro como al de un desconocido. ¿Qué tipo de persona soy, eh? Y ahora estoy aquí, en esta maldita casa y, yo… yo sólo quiero, destrozar cosas y… no siento nada, ¡¿Me oyes Granger?! ¡Soy exactamente igual que él, no tengo sentimientos! ¡Soy incapaz de sentir nada! ¡Solo causo dolor a las personas que me rodean!

Hermione lo abrazó desde atrás, muy fuerte, apoyando las manos en su abdomen, sintiendo como sus músculos vibraban de agitación. Bajo su mejilla, ella notó que la camisa mojada se le pegaba a los omóplatos.

– No eres como él, Draco. Tu padre ha hecho muchas cosas malas, pero no son las que te definen. Eres bueno a pesar de él.

Draco sacudió la cabeza, negándose a creerla. Con rabia, tiró del puño izquierdo de la camisa, rasgando la manga; la Marca Tenebrosa destacaba, oscura sobre la piel pálida del antebrazo.

– ¿Qué no soy cómo él? ¿Y esto qué coño es entonces, Granger? ¿Te parece ahora que sea bueno? No te engañes, estoy tan cubierto de mierda como él.

Por el rabillo del ojo pareció adivinar las intenciones de Hermione porque se apartó violentamente, poniéndose en pie bruscamente antes de que ella tuviera tiempo extender su mano para tocar la Marca.

– ¿Es que no lo entiendes? Te arrastraré conmigo, te cubriré con mi basura igual que hizo Lucius. Él se las apañó para ensuciarlo todo, todo era turbio a su alrededor – los ojos de Draco parecían enfebrecidos, como si estuvieran en otro lugar, uno al que Hermione no estaba segura de poder ni querer llegar –. Mi madre, yo… todos los que le queríamos terminamos tan llenos de oscuridad como él. Yo… no puedo hacerte eso, no puedo destruirte así.

Hermione se levantó, situándose frente a él. Colocó sus manos en sus mejillas, atrayéndolo hacia ella hasta que sus frentes se tocaron.

– ¿Te crees que no hay oscuridad en mí? ¿Que no albergo horrores en mi interior? – Draco cerró los ojos, mantenía el ceño fuertemente fruncido, casi como si sintiera dolor –. Han pasado años y aún sigo tomando pociones para dormir por la noche porque no puedo soportar las pesadillas; muchas veces cuando estoy sola aún escucho los gritos, a veces… creo que todo ha sido un sueño, que Voldemort sigue vivo y nosotros somos fugitivos en el bosque, huyendo… Draco todos arrastramos nuestros propios fantasmas.

– ¿Y qué propones? ¿Qué nos destruyamos el uno al otro?

– Que compartamos nuestras cargas, serán menos pesadas si las soportamos juntos. – Hermione esbozó una sonrisa triste, era consciente que la determinación de Draco comenzaba a flaquear. – Somos Draco Malfoy y Hermione Granger, ¿recuerdas? Nos peleamos, discutamos, gritamos, pero trabajando juntos tenemos el mayor porcentaje de éxitos de todo el ministerio.

– Joder Granger, ni en los momentos más dramáticos puedes dejar de ser toda una sabelotodo, ¿eh? – pese a que sus palabras no eran exactamente amables, Hermione percibió que Draco sonreía contra sus labios.

– Y tú no puedes dejar de ser irritablemente insoportable – depositó tentativamente un pequeño beso en la comisura de sus labios – molesto – otro beso – arrogante – otro – impertinente.

Al cabo de un rato, Draco se cansó del juego de Hermione porque tomó su cabeza, tratando de mantenerla quieta y la besó con ganas, casi con furia. Fue un beso completamente distinto que los que habían compartido la noche de su cita: impulsivo, febril, casi violento, como un ejército que arrasa todo a su paso sin dejar prisioneros. Entre suspiros, Hermione aún se las arregló para murmurar.

– No me apartes de tu lado, por favor, Draco. Ahora que nuestros caminos se han cruzado, no vuelvas a alejarme de ti.

Draco inspiró hondo, la miró a los ojos.

– ¿Sabes que esto no va a ser nada fácil, verdad?, soy… bastante complicado, por decirlo de manera diplomática y, haga lo que haga, nunca, jamás, llegaré a merecerte.

Ella sonrió, tomó cada una de sus manos, que descansaban en sus mejillas y beso sus dedos.

– Tú me comprendes, mejor que nadie en el mundo. Me haces desear seguir viva. Verte cada mañana en el Ministerio, aunque sólo fuera para pelearnos, me hacía querer seguir adelante. Quiero estar contigo. No necesito nada más que eso.


Draco la estrechó contra su pecho. Fuera la lluvia continuaba cayendo con fuerza contra los cristales.

Aquello era cierto, Granger llevaba razón; él la comprendía porque, en parte, sentía lo mismo; ella también le daba fuerzas para continuar viviendo; en todos aquellos años, su trabajo en el Ministerio, su desempeño como auror, en gran parte había sido por ella, para tratar de ser mejor persona, para demostrarle que aún había algo en su interior que merecía la pena. Draco también deseaba estar con ella, tanto que casi le dolía. Llevaba años deseándola y ahora por fin tenía la oportunidad. Y no pensaba dejarla escapar.

La sintió allí, acurrucada contra él, confiada, creyendo en él a pesar de todo y supo que sería capaz de seguir adelante, de luchar contra los monstruos y vencerlos, de cualquier hazaña por difícil que fuera, siempre y cuando Granger permaneciese a su lado.

Pero lo primero era salir de allí, de aquella casa que gritaba por los cuatro costados muerte, sufrimiento y dolor. Rozó la oreja de Granger con los labios mientras le susurraba.

– Vámonos a casa.

Y ella, por toda respuesta le abrazó más fuerte.