A menudo encontramos nuestro destino por los caminos que tomamos para evitarlo.

(Jean De La Fontaine)


PRÓLOGO

Bienvenidos sean los monos del circo

Inesperadamente, aquel día había llegado temprano. Tal vez porque no siguió roncando en cuanto apagó la alarma, como era lo usual; o porque Obito, su compañero de piso, armó una orquesta con los utensilios de la cocina con el ruin objetivo de dañar su siesta, alegando que si él seguía llegando tarde, lo echarían del trabajo.

Como sea... El caso es que allí estaba, frente a la puerta del salón 3-216, dudando entre entrar o renunciar a su labor como docente; cavilando qué tanto le costaría convertirse en la mano derecha del escritor de los libros Icha Icha, y si el trabajador compulsivo de Obito le permitiría quedarse en el apartamento sin pagar la cuota del arriendo.

Por debajo de su predilecta máscara de algodón, soltó un suspiro resignado. Quizás en otra vida.

Giró el picaporte con su mano libre. En la izquierda, tenía un cuadernillo en el que estaban registrados todos los expedientes de los estudiantes del instituto Konoha. Tipo de sangre, cursos reprobados, historia familiar; la vida entera de un centenar de adolescentes se hallaba patente en el denominado observador, pero a Kakashi, por el momento, sólo le interesaban cinco expedientes en específico.

Uno de ellos, era el de la tímida chica sentada en la silla frente al escritorio del profesor. Enfrascada en su propio mundo, la mujercilla movía sus dedos en círculos; mantenía la vista fija en las líneas de sus manos, sin darse cuenta del arribo de una nueva persona al aula de clase.

Kakashi miró el reloj de su muñeca, y al percatarse de la hora, silbó. Eran las siete en punto de la mañana del sábado 16 de mayo: un día frío, con pronóstico de nubes y lluvia leve, y aun así, la responsable Hinata Hyuga acudía a su primera detención con el uniforme del instituto. La falda negra, un poco más abajo de las rodillas, hacía juego con el suéter blanco que tenía el escudo del plantel en la parte superior izquierda. Imaginándose las burlas de las que sería objeto la estudiante modelo, caminó hacia el escritorio y dejó caer encima el cuadernillo grisáceo que sería su salvador durante el próximo mes, sobresaltando con el ruido a la ensimismada azabache.

—¡Kakashi-sensei! —exclamó en un hilo de voz, con los ojos abiertos de par en par. Enseguida, una expresión de angustia adornó su rostro—. Lo lamento mucho, no lo había visto.

—No pasa nada. Tranquila.

Continuaron en silencio. Kakashi, de vez en cuando, le dirigía una miradilla de soslayo, intentando comprender qué hacía una chica como Hinata en detención.

El primer mono del circo: la ñoña, según el retorcido de Orochimaru.

Y la única que no le causaría problemas… No muchos, al menos.

—¡No es justo, no es justo, no es justo!

—¡Entra de una jodida vez, imbécil!

El ruido, que inicialmente se escuchaba por el área de los pasillos, se fue acercando hasta alcanzar la puerta del aula. De un fuerte empujón, Naruto Uzumaki entró a la habitación casi que cayéndose en el acto. Por suerte —o por desgracia—, se aferró a una silla y frenó la caída, salvándose de un posible chichón en la frente.

Un anciano canoso y pintado, quien lo más seguro es que fuera su tutor, le sacó la lengua infantilmente al rubio y, de un manotazo, cerró la puerta.

—¡Reflexiona un poco, niño! ¡Nos vemos en casa!

Poseído por el demonio de la ira, el rubio se precipitó hacia la puerta y le proporcionó varios golpes a la estructura de madera. Se asemejaba a un zorro rabioso, y lucía tan engullido por Lucifer como en todos sus encuentros de lucha; sus cuerdas vocales estaban a punto de reventar a causa de la potencia con la que lanzaba bramidos, y sus puños terminarían con algo de piel al rojo vivo luego de chocar sin cesar contra la puerta de madera.

Hinata no pronunciaba palabra, limitándose a observar con temor el frenesí violento del Uzumaki. Kakashi cerró los ojos, mientras sonaban de fondo los guturales de Naruto, deseando estar en otra galaxia en ese preciso instante.

Adolescentes.

—¡Ya verá, viejo pervertido! ¡Le echaré fuego a toda su colección pornográfica! —siguió insultando, a pesar de reconocer que el inútil de su tutor ya estaría subiéndose al patético escarabajo amarillento que lo conduciría al trabajo.

La azabache, como la niña puritana que era, se persignó al escuchar algo relacionado con la palabra tabú que comenzaba con "s".

—Ya basta, Naruto. Deja de hacer tanto escándalo y siéntate de una buena vez —ordenó Kakashi, señalando el asiento detrás de la Hyuga. Su voz, aunque no habían pasado ni quince minutos desde que se resignó a ser el policía de cinco chiquillos, mostraba ya el cansancio de un veterano.

—Menuda mierda… —farfulló el recién llegado, dirigiéndole una filosa mirada al docente.

Hinata pegó un pequeño brinco cuando el rubio, con su habitual temperamento brusco, se sentó en la silla con más fuerza de la necesaria. Naruto resopló con fastidio, y subió los pies al pupitre para demostrar con su postura lo inconforme que estaba con la situación; sin embargo, cuando reparó en el calzado que llevaba, los bajó lentamente. Se agazapó en su asiento, como si fuese un animalito asustado, clamando para sus adentros que nadie lo viera en semejantes fachas.

Pero… ¿quién sería tan ciego para no ver esas pantuflas peludas y el pijama enterizo?

Kakashi suprimió una carcajada y anotó en la libreta la hora de llegada del Uzumaki. Por lo menos, el hecho de que Hinata llevase el uniforme escolar pasaría a segundo plano; los colores fosforescentes y las garras en las pantuflas de Naruto serían el centro de atención, tal como lo era él en cada evento competitivo del instituto.

El segundo mono del circo: el deportista, según el vigoréxico de Gai.

Hiperactivo, un tris eufórico, pero nada del otro mundo. En realidad, no era su mayor preocupación. Si se le salía de las manos, siempre podía mezclar una pastilla de ritalina en un batido dietético y dárselo en el receso. Pan comido.

—Todavía faltan otros tres, ¿eh? —comentó Kakashi, anotando cualquier estupidez que se le ocurría en la libreta—. Los jóvenes cada vez son más impuntuales.

Ambos adolescentes callaron, pues no querían aumentar la estrafalaria condena de un mes que los esclavizaba de lunes a sábado al instituto. Pero la expresión «burro hablando de orejas» se coló en sus mentes, lográndoles sacar una sonrisa.

El siguiente cuarto de hora fue tedioso. Naruto no se quedaba quieto: movía el pie, se daba cabezazos contra la pared, murmuraba incoherencias, le preguntaba al aire cuánto faltaba para irse a casa, le hacía trenzas a Hinata… La Hyuga, por su parte, permanecía quieta como una firme estatua; con la espalda recta, rostro de pánico y manos sudorosas, rogaba a los dioses que el rubio le dejase de acariciar el cabello.

Kakashi, al cabo de un par de minutos, cesó de escribir frases sin utilidad alguna y sacó un libro de bolsillo, del tamaño de una tajada de pan, que tenía como portada un par de novios en situación de romance. Bajo la estupefacción de Naruto, y la incredulidad de Hinata, leyó el para nada inocente libro mientras revisaba de tanto en tanto la hora en su reloj; las risas indecorosas, el sutil sonrojo en las mejillas y la espeluznante brillo en los ojos del profesor, ayudaron a aumentar la incómoda aura que ambientaba la habitación.

—¿Cuándo podremos salir a comer algo, Kakashi-sensei? —cuestionó el rubio, terminando de realizar la trenza número catorce en el lacio cabello de Hinata.

Sin despegar los ojos del libro, contestó:

—No lo sé. Eso dependerá de a qué hora lleguen los demás.

—¡¿Qué?! —exclamó Naruto, parándose de golpe—. ¡Eso es ridículo! No me quedaré sin desayunar sólo porque tres idiotas siguen acurrucados en sus camas.

El estómago de Hinata, al escuchar el mini discurso del Uzumaki, sonó en sintonía. Al parecer, no había sido el único que se saltó la primera comida del día con el propósito de arribar temprano.

—Yo también quisiera comer algo, sensei —susurró avergonzada la azabache, desviando la mirada hacia el suelo.

—¡Vamos! No sea cruel y déjenos salir.

—He dicho que no —sentenció sin lugar a réplicas, frenando en seco el lado sindicalista del rubio.

Naruto se sentó y cruzó los brazos, ofendido. Si se afinaba el oído, los gruñidos provenientes del estómago de los estudiantes eran audibles. Hinata formó un puchero de lamentación, sintiendo los estragos del extenso ayuno obligatorio en el que se veía envuelta.

De repente, la puerta comenzó a abrirse. Kakashi guardó el libro en uno de los compartimientos del escritorio y se giró, esperando por la identidad del tercer castigado. En el marco de la puerta, sin embargo, había dos personas: una enfadada Koharu y una castaña de expresión indiferente, a quien llevaba agarrada de la muñeca.

—¡Aquí le traigo a esta delincuente, Kakashi! —exclamó con desprecio, empujando hacia el interior a la adolescente—. Estaba tirando kunais a diestra y siniestra por los pasillos, ¡casi me mata de un susto cuando una de sus armas me rozó la mejilla! Pero tranquilo, ya confisqué todo lo que traía encima.

—Muchas gracias, Koharu. Lamento las molestias —mencionó con cordialidad, con ese fingido respeto que se utiliza al dialogar con algún jefe. La anciana asintió, mucho más calmada, y salió del aula con pasos parsimoniosos.

Tenten observó aburrida a las tres personas presentes, y sin aguardar por una invitación, se ubicó en la silla al lado derecho de Hinata. Se desparramó, literalmente, en el asiento, con una postura que le dañaría la columna más temprano que tarde; luego, del interior de sus desgastadas botas militares, extrajo una pequeña shuriken que comenzó a girar como si fuese un balón de baloncesto. Profesor y estudiantes veían el espectáculo con la boca abierta, tratando de asimilar lo que acababa de suceder.

El tercer mono del circo: la marimacha, según la femenina y conservadora de Kurenai.

Kakashi había escuchado varios rumores sobre la preocupante pasión por las armas y las artes marciales que profesaba Tenten, además de su perfecta puntería. Entre los más descabellados estaban un intento de homicidio y secuestro, cosa que —si bien los ojos de la chica demostraban cierta frialdad— creía imposible. Aun así, no podía evitar sentir un inexplicable temor cuando la veía jugar con un arma blanca como si fuese un juguete más; incluso Naruto, que se caracterizaba por tener puños de acero, tragaba en seco ante la mención de la afamada Tenten.

Se instauró un silencio sepulcral en el salón de clases. Kakashi, temiendo por su integridad física, decidió no decir una sola palabra acerca de la imprudencia de la castaña que por poco le cuesta la vida a la subdirectora del plantel.

Aunque, bueno, tampoco es que Koharu le cayese demasiado bien…

—¿Me prestas un borrador? —pidió la castaña a Hinata, subiendo uno de sus pies al banquillo. Su rostro carecía de turbación, al contrario, parecía ser una persona calmada y sensata; sin embargo, los dos hombres del aula no sabían cómo reaccionaría ante una negativa, y rezaban porque no decidiese apuntar con un kunai a la temblorosa azabache.

—Ehh… No tengo, lo siento —respondió, después de revolver los cachivaches de su bolso marrón unos segundos. Alzó la mirada con angustia, dispuesta a chillar por su vida si la castaña sacaba otra arma filosa de sus ropajes holgados.

Tenten hizo un mohín decepcionado. Luego, escupió directo al pedazo de madera que le servía de apoyo al escribir, y con sus antebrazos, cubiertos por un buzo negro del tamaño de una persona con sobrepeso, talló la superficie una y otra vez. Todo gracias a un graciosillo que le dio por dibujar los enormes atributos de la directora Tsunade, la persona a quien idolatraba, con color rojo.

Por supuesto, esto no lo sabían los otros tres presentes, por lo que le agregaron el término de rara al concepto que tenían sobre Tenten.

Después de borrar el impúdico dibujo, la castaña continuó admirando la shuriken que la vieja Koharu no pudo confiscarle, detallando su brillo y las pocas fisuras del material. Naruto era incapaz de quitarle la mirada de encima a Tenten, segurísimo de que en cualquier momento se chuzaría un ojo al tener el arma tan cerca del rostro. Hinata, valiéndose de su principal regla de fantasma, procuraba no mantener contacto visual con una persona que tenía tatuada en la frente la palabra «peligro»; y eso, al ser la azabache de naturaleza asustadiza, incluía al explosivo rubio que minutos antes intentó machacar la puerta con sus propias manos.

Transcurrieron otros diez minutos. Kakashi, por un lado, cavilaba en que esos tres, a pesar de ser tan diferentes entre sí, compartían un singular rastro: su pésimo gusto de la moda. Hinata y su uniforme escolar; Naruto y su pijama de colores; Tenten y su vestimenta ancha cual rapero neoyorquino. Ansioso por saber con qué clase de pintas saldrían los dos restantes, observaba a cada rato la puerta del salón y su reloj de muñeca.

…. Pero como dicen por ahí: «ten cuidado con lo que deseas».

—¡Joder, Gaara! ¡Detente!

Una serie de golpes durísimos resonaron en las afueras del instituto. Los cuatro presentes, alumnos y docente, corrieron a asomarse por la ventana, buscando el culpable de semejante ruido; unos con miedo, otros expectantes, y algunos cada vez más desalentados, observaron un espectáculo digno de cualquier película de acción.

En la zona de los parqueaderos, un pelirrojo volvía trizas un coche antiguo con un bate de béisbol. Unos metros atrás, un hombre de mayor edad gritaba ante los destrozos que ocasionaba el adolescente; impotente, lo único que podía hacer era ver como el iracundo muchacho destruía los retrovisores, hundía el capó y, entre risas, reducía a añicos el vidrio del parabrisas. Ciertamente, lo más tétrico del asunto era la expresión enloquecida del pelirrojo, quien expresaba por medio de exclamaciones ininteligibles una bola gigantesca de rabia acumulada.

—¡Genial! —silbó Tenten, con un par de estrellitas en sus orbes cafés. Sin dudarlo un segundo, abrió la ventana y lanzó la shuriken con dirección al auto en cuestión. Asomó la cabeza, y dirigiéndose al pelirrojo, profirió—. ¡Ahí te va un regalo!

El arma blanca aterrizó en una de las llantas, desinflándola de inmediato. Gaara ni siquiera se giró a darle una mirada de soslayo a su cómplice; sólo agarró la shuriken y continuó asestándola en las llantas, una por una, incluso en la de repuesto que se hallaba en el maletero, hasta que comprobó que lo único que quedaba del automóvil eran simples despojos.

Kakashi tragó en seco. Vestido con un montón de ropa negra, cadenas de plata y unos cuantos tatuajes alrededor del cuerpo, Gaara soltó el bate de béisbol y lo dejó allí, tirado en el suelo. Comenzó a caminar hacia la entrada del instituto, alejándose del desastre ocasionado y del señor, repleto de desesperación, que lloraba por la destrucción de su carro. Antes de atravesar la puerta principal de plantel y desaparecer de la vista del pobre diablo, le subió el dedo del medio; burlándose en sus narices.

El cuarto mono del circo: el rebelde sin causa, según el calculador —y, en esta ocasión, acertado— Asuma.

—¡Maldito seas, Gaara! ¡Ya te enterarás de esto en casa! ¡Te daré una buena tunda!—exclamó el afectado, soltando las palabras con absoluto desprecio.

Los cuatro se alejaron de las ventanas en cuanto escucharon las pisadas de las botas de cuero negro del pelirrojo recorrer los pasillos. Hinata, más nerviosa que de costumbre, comenzó a temblar de pies a cabeza; Naruto movía la cabeza a modo de calentamiento, preparándose por si se tenía que ir a los golpes con tan neurótico sujeto; Tenten no parecía muy impresionada al respecto, aunque sí se arrepentía de haber lanzado la última arma que le quedaba; Kakashi, con la muerte respirándole en la nuca, abrió la libretilla justo en el expediente de Sabaku no Garra, intentando idear una estrategia para que su plan futuro de jubilación no se viera desquebrajado.

Nadie dañaría su ilusión de beber agua de coco bajo una palmera en Hawái…

Pero lo que leyó no sirvió de mucho. Además, en menos de lo que canta un gallo, el pelirrojo entró por la puerta, con una cara tan inexpresiva que incluso ponía en duda sus actos anteriores. Le devolvió, eso sí, la shuriken a la castaña, y después se situó en las últimas sillas del salón, bien apartado de todos.

Miraba al frente, aunque a ningún objeto en específico. Y no parpadeaba.

—¿Riñas familiares? —preguntó la castaña, dándole la espalda al recién llegado. Su voz no contenía reproche, ni curiosidad, sólo hablaba por inercia.

—Hmph —respondió, cerrando los ojos—. Fue un obsequio por su cumpleaños.

Además del delineador negro, sus inexistentes cejas y la gótica vestimenta, Gaara tenía otro detalle vistoso: un tatuaje del kanji amor, en toda la frente, que lo asemejaba a la versión emo de un yakuza. Tenten elevó un poco sus comisuras a modo de sonrisa, reconociendo que eso sería lo único que le podría sacar de conversación al aclamado fenómeno del instituto Konoha.

Y tras esa breve charla, se sumieron en un largo silencio.

Kakashi, cada vez más inclinado a renunciar, contaba los segundos para que apareciese el último adolescente, y así poder darles un descanso de una hora a la parranda de mocosos problemáticos que tendría a su cargo durante el próximo mes. Necesitaba aire fresco, y sobre todo, le urgía llevarse a la boca un mísero cigarrillo.

Como por arte de magia, y atendiendo a las súplicas de Kakashi, apareció un joven de largo cabello marrón y ojos blancos, al igual que Hinata. Abrió y cerró la puerta con tranquilidad, se detuvo al ver a todos los presentes reunidos y, tras dar una breve inclinación, saludó a la concurrencia.

—Buenos días. Lamento el retraso.

Sin más preámbulos, se sentó en la silla que colindaba con la puerta, y sacó de la mochila blanca que portaba una hoja de periódico con un montón de sudokus impresos. Los demás observaron atentos cómo Neji Hyuga rellenaba a una velocidad impresionante las casillas del sudoku, ignorando olímpicamente a las otras cinco personas en la habitación.

El quinto y último mono del circo: el asocial, según el criticón de Iruka.

Era el único de ropaje normal. Su camiseta azul metálico, junto con sus jeans oscuros, lograban camuflarlo entre el séquito de pintorescos personajes que anidaban en el salón de clase; pero aun así, el docente reconocía que tampoco podía fiarse de que estuviese completamente cuerdo. No con dos intentos de suicidio encima.

Dios. El cigarrillo.

Kakashi se aclaró la garganta, observando la hora en su reloj por millonésima vez en el día.

—Bien, chicos. A partir de hora, tienen un receso de 60 minutos. Nos vemos aquí cuando finalice el tiempo —comentó, y salió con rapidez rumbo a la sala de profesores para fumarse el cigarro que tanto ansiaba desde que pisó el aula.

Hinata y Neji permanecieron en el salón de clases; la azabache degustaba la comida que había empacado en un bonito táper de flores, y su primo continuaba rellenando sudokus a la velocidad de la luz. Sin embargo, no se dirigían palabra. Y eso incomodaba a la azabache.

Tras saborear un pedazo de carne asada, soltó un suspiro. No podía hacer nada para conseguir la simpatía de su primo, por más que quisiera.

En la cancha del instituto, el disciplinado Naruto Uzumaki corría un par de vueltas luego de comerse una barrita energética. Era su forma de desquitarse; de descargar la rabia que bullía en su ser. Pero por andar tan enfrascado en sus emociones negativas, tropezó con una piedra de la gramilla sintética, y fue directo al suelo.

—Me cago en la…

Se le había olvidado quitarse las pantuflas.

En las graderías aledañas a la cancha, una castaña y un pelirrojo observaban el ridículo espectáculo del rubio, despotricando para sus adentros sobre el colorido pijama. Separados por una considerable distancia, ambos sacaron de sus bolsillos un cigarrillo y un encendedor, y procedieron a fumar. Se miraron de soslayo, y rápidamente esquivaron la mirada; aunque el pensamiento de que se parecían se instaló en sus mentes durante un buen tiempo.

Aquella sería la primera de muchas veces que los monos del circo se reunirían en horario extraescolar. Y Kakashi, al darle la segunda calada a su cigarrillo, se percató de una innegable verdad: definitivamente, se merecía un aumento.

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