Capítulo 1: El león está en la bolsa
A fines de Agosto, los niños inquietos se podían ver corriendo por las calles y otros, más tranquilos y pequeños, tomados de las manos de sus padres y madres. Las imágenes que veía a través de la vitrina junto a la época provocaban siempre algo de nostalgia en Ron quien, acompañado de su hermano, administraban el negocio de dulces y sortilegios, siendo estos productos ya conocidos por gran parte del territorio europeo. Ya hace más de 10 años que el negocio estaba activo, y aunque Ron jamás lo hubiese imaginado, su hermano George tenía una gran visión para los negocios, siendo para George Weasley el trabajar en su primera tienda, más que una forma de sustentar sus necesidades, una forma de mantener ocupado su tiempo; ojalá se pudiese decir lo mismo de Ron.
Tanto Ron como Hermione no pudieron gozar de la suerte del resto de hermanos Weasley, él con un trabajo de vendedor que podría hacer incluso un muggle, y ella siendo incapaz de cumplir sus metas autoimpuestas. Ante los pensamientos de inferioridad que pasaban por su cabeza, recordó cuando su esposa le contó hace unas semanas que, después de tantos años y un trabajo impecable en el Ministerio de Magia, por fin iba a poder ser parte del tribunal, aplicando la ley mágica.
—No es lo quiero… pero sabes que es un gran paso— Le había dicho en aquella ocasión, casi sin aire y abrazando a su esposo de la emoción.
—Ya me voy, dormilón— Le dijo su hermano mayor, desordenándole el cabello. Ron no se había dado cuenta, pero se había recostado en el mesón junto a la caja registradora; cualquiera, al verlo con los codos sobre la mesa y afirmando su mentón con las manos, hubiese pensado que estaba a punto de quedarse dormido en el trabajo.
—¿Qué hago?, ¿cierro ya el negocio?...— Dijo incorporándose, sin siquiera notar que su pelo todavía estaba hecho un caos.
—Te dejo la decisión a ti…— Respondió su hermano, quien ya tenía la mano posada en el pomo de la puerta. —Ya sabes que la economía no está muy bien y parece que no habrá nadie más por hoy—.
Ronald miró a través de la vitrina, es cierto, no vio a nadie pasar por la calle, a pesar de que hace muy poco sentía que una marea de gente entraba y salía de la tienda. En esta fecha anochece temprano, pero siempre antes del comienzo de clases los niños pasaban para ir bien surtidos a su primer día. Él sabía que, otra vez, George lo trataba con lo que Ron llamaba "condescendencia amistosa", algo como "no te esfuerces tanto, si de todos modos somos familia"…
—Yo me encargo, alguien tiene que salvar el negocio…— Dijo riendo. Aquello hubiese sido más gracioso si George hubiese podido saber lo que Ronald estaba haciendo detrás de la tienda.
Pasados unos minutos, Ron volteó el letrero "abierto" a "cerrado" de la tienda, yéndose a la parte posterior del negocio. Ahí un gran caldero le esperaba, cientos de ingredientes diversos aguardaban en estantes y cajones, muchos de éstos los reponía el mismo para que su hermano no notase su uso. Muchas veces se imaginaba como su fallecido hermano y George creaban los dulces y magias más impresionantes con esos mismos materiales, las mezclas de Ronald nunca tuvieron su calidad, y sus mejores pociones eran sencillas recetas que cualquier mago pudiese hacer, sin embargo, una de estas recetas se pagaba bien, no por su complejidad que era de media a alta, sino porque pocos se atrevían a prepararla.
La felicidad cristalizada era una preparación diluida de la felicidad líquida, aquella es una pócima increíblemente costosa y difícil de preparar, no es algo con lo que se pudiese hacer un negocio, sin embargo, si se diluían los compuestos activos mágicos principales se podía obtener un cristal que simulaba la sensación de tener suerte líquida. Ronald sabía que no era lo mismo, pero disfrutaba las sensaciones que provocaba aspirarla, sin contar que con el dinero extra que generaba vendiéndola podía darse los pocos gustos que tenía en su vida.
Estuvo casi una hora, ya con su producto listo comenzó a rellenar unos saquitos con sus polvos mágicos, pero cuando estaba limpiando los calderos que había estado ocupando se sobresaltó ante el sonido de la puerta abriéndose, las campanillas que indicaban la llegada de un cliente sonaron y Ron maldijo junto a ellas, un rastro de residuos cayó sobre la camisa que llevaba, por lo que rápidamente se limpió apuntándose a la ropa con la varita y partió a ver de quién se trataba.
Ronald lo reconoció fácilmente, no era la primera vez que Severus Snape pisaba la tienda, pero tampoco diría que era un cliente frecuente.
—Ya está cerrado— Dijo Ron, un poco despistado ante la aparición de Snape, no le agradaba su presencia, ya que le seguía recordando al colegio y sentía que en cualquier momento podría castigarlo como si fuese aún un estudiante.
—Lo siento, no me fijé en que estaba cerrado, las luces estaban encendidas y la puerta abierta— Dijo el mago, aunque no todo era igual para Ron, el hombre sonaba más agradable fuera de Hogwarts y el pelirrojo se arrepintió un poco de ser tan brusco con su respuesta.
—No se preocupe, fue mi erro, enseguida le atiendo…—
Ron pasó por detrás del mostrador e hizo funcionar la máquina registradora, le daba curiosidad la cantidad de dulces que compraba Severus Snape, no se lo imaginaba como alguien que disfrutase de cualquier cosa divertida, pero ya quería regresar a su hogar y por mínima que fuese la conversación con Snape, no quería tenerla.
Ronald notaba como Snape lo miraba, reconoció que lo veía en un punto particular, la macha que no pudo quitarse por completo de la camisa. Se sentía asechado, Snape le parecía un zorro y lo peor, uno con olfato de sabueso. Snape enanchaba las aletas de la nariz y antes de que Ron pudiese preguntarle algo él habló primero…
—¿Hace alguna poción especial, señor Weasley?...—
Ronald negó, le habló de preparaciones para caramelos experimentales, pero sin sentir que esos ojos astutos se clavaban en los suyos. Al final se calmó cuando su ex profesor se retiró con su gran bolsa de dulces, se sintió aliviado, pero no debió hacerlo. Snape regresaría ahora que sospechaba de las prohibidas preparaciones de su ex estudiante, nunca lo había sentido en persona, pero un olfato como el suyo, junto a sus conocimientos le permitieron reconocer rápidamente la combinación ilegal de magia, felicidad cristalizada.
