Capítulo 3: Un puñado de nada
La esposa de Ron llegaba siempre tarde del trabajo, él creía que era algo innato en ella esforzarse más de lo debido; era algo que no había cambiado desde el colegio. Lo que ganaba con ello era al menos dos horas en días de semana para hacer lo que quisiese.
De vuelta del trabajo Ron recorría los suburbios de Londres para juntarse con amigos y conocidos, muchos de los cuáles no sería de la aprobación de Hermione Granger. Éstos conocidos eran compañeros de colegio, además de algún que otro sujeto al que le atrajo su producto. Stanley Shunpike fue uno de estos, el se hacía llamar "El rey de la magia", aunque aún siendo él quien le enseñó a Ron la receta para la felicidad cristalizada, se volvió loco al probar la hecha por su amigo.
—Con esta vuelas sin escoba —Dijo tras inhalarla. Ambos estaban solos en la casa de Stan, el lugar estaba en condiciones precarias, no lo había limpiado en días; lo que es bastante tiempo considerando que un mago puede limpiar con un par de movimientos de varita.
—Sí, sí… es porque es mi nuevo invento, ranas de chocolate, son mi toque personal —Le respondió. Ron igual había probado sus cristales, aunque nunca había consumido tanto como Stan, él tenía una pareja a la que ocultarle algo, mientras que Stanley sólo se tenía a sí mismo y podría consumir hasta perder el conocimiento si así lo quisiese.
—Viejo, eres el Príncipe de la magia… —Le dijo Shunpike mientras se hundía cada vez más en el sillón en el que estaba sentado. Era como si cada movimiento y pensamiento de su cabeza se hubiese ralentizado, Ron supo que pronto sería inútil intentar socializar con Stan.
—Espero que lo vendas, ¿eh?... —Ron le dejó una bolsa con lo que había preparado, después de unos días volvería y Stan le pasaría su dinero, habiéndole descontado una parte por vender, claro.
—Tranquilo… —Empezó él con una voz ida y casi inaudible —se venderá como la mantequilla de los domingos, es fabulosa.
El mago pelirrojo se retiró pensando en el sentido que tenían las palabras de Stan, descubriendo que no valía la pena pensarlo si estaba "volando sin escoba". Al salir de la casa de Stanley palpó sus cosas a través de la ropa, tenía en un bolsillo de su chaqueta las llaves de Sortilegios Weasley, al otro lado una pequeña bolsita para su consumo personal, y por último su varita enfundada junto a la cintura, pero… percibió un movimiento entre su ropa, rápidamente volvió a palpar y notó como había perdido sus cristales. Nervioso por ser descubierto vio rápidamente a sus alrededores, estaba oscuro y una neblina, aunque ligera, le impedía reconocer a su bolsita en el suelo…
"¡¿Dónde estás, perra bolsa?!" —Pensó mientras recorría la calle, tras unos segundos sacó su varita para atraerla, pero la varita no duró más de un par de segundos en su mano.
Difícil de reconocer de entre las zonas más oscuras de la calle Severus Snape, aún apuntando después de realizar un hechizo silencioso, comenzó a cercarse a Ron.
—¿Me está siguiendo, anciano? —Preguntó Ron con altanería, realizando gestos con las manos que Snape recordó de su estancia en Hogwarts.
—Es fácil de encontrar, señor Weasley —Le respondió, haciendo caso omiso a las vulgaridades de su ex alumno. Snape arrojó la bolsa con cristales a Ron, quien la recibió al vuelo, luego haría lo mismo con su varita.
—¿Y qué quiere, eh?... ¿va a delatarme, viejo? —Dijo con un tono de coraje, más aún ahora que había recuperado su varita.
—Quiero que trabajemos juntos —Snape no mostró una emoción, como siempre parecía sólo estar sumido dentro de un aura de amargura.
—¿Qué?, ¿acaso aspirar el vapor de las pociones lo volvió loco?... —Preguntó Ron, genuinamente sorprendido. —¿Qué sabe usted de esto, eh?...
Severus se acercó más, estando ahora ambos iluminados bajo el mismo poste de luz. Ron pudo notar como su capa le envolvía escondiendo gran parte de su cuerpo, como si fuese un murciélago con las alas recogidas.
—Sé mucho más de pociones que tú, además sé de tu secreto… —Empezó él, provocando muecas en el rostro de Ron —entenderás que trabajar conmigo, que no te delate, y repartiendo las ganancias mitad y mitad es un trato más que justo…
—¿Ve esto, viejo? —Respondió Ron, alzando la pequeña bolsa de cristales mágicos. —Esta es mi receta personal, yo cree esto y es una bomba.
—Eso es un insulto a la magia, lo que tiene en sus manos es nada, señor Weasley.
Dubitativo y menos encolerizado, Ron escondió las manos en sus bolsillos. Pensó en cómo sería un cristal hecho por un profesional, Snape realmente es alguien a quien pudiesen llamar un príncipe de la magia.
—¿Y qué propone para comenzar?...
