Nota: Agradezco a las personas que han leído esta historia, con un saludo especial para las que han comentado con una review. Me alegran con sus opiniones, gracias :3

Capítulo 4: Me sigo preguntando, ¿quién hubiese hecho algo como esto?...

Ron revisó una última vez la lista que le había dado Snape, se encargó de comprar todo lo que había pedido, siguiendo todas sus precauciones y evitando comprar ingredientes que se pudiesen relacionar a los cristales en el mismo negocio.

—Ya no más pociones dentro de la tienda —Le había advertido cuando le entregó la lista, según él, más temprano que tarde habría sido atrapado si continuaba haciendo eso.

Ron se encontraba esperando en un parque de niños muggles, con el anochecer acercándose ya no se veía a nadie paseando por ahí. Se sentía tranquilo ya que era casi imposible encontrarse con otro mago en esos sitios. Ron se había sentado a esperar en una banca a que llegase su compañero. Antes de que pudiese ver que alguien se acercaba, una mano envolvió su brazo derecho y lo asió fuertemente, al darse vuelta vio el rostro del profesor por encima de él, como siempre se veía amargado.

Snape había tardado algunos minutos en presentarse a su primera reunión, Ronald iba a comentarle algo cuando sintió la presión en sus oídos, una fuerza aplastaba su cuerpo y el parque desapareció ante sus ojos. Al instante se habían aparecido en medio de la nada, Ron cayó de mala manera, evitando por muy poco golpearse el rostro con la tierra si no hubiese sido por el reflejo de sus manos; su ropa quedó manchada con un color verdoso del pasto en el que se embarró.

—¡Casi me mata, viejo loco!, odio aparecerme… —Se quejó Ron mientras se reincorporaba.

—Busque algo y lo convertiremos en un traslador —Respondió el profesor, ignorando los arrebatos de su ex alumno mientras examinaba con la mirada el campo en el que se encontraban.

—¿Y dónde estamos de todos modos? —Preguntó Ron, pensando en que debían estar lejos de casa ya que, al buscar una referencia a sus alrededores, se percató de que el sol todavía no se ponía por completo en el horizonte, a diferencia del parque londinense en el que estuvieron hace unos segundos.

—Aquí haremos la poción, nos aparecimos en Gales, a más de 100 kilometros de la ciudad más cercana.

Ron se quedó viendo a sus alrededores, sólo había verde, pasto, arbustos, árboles, y todo se bamboleaba por el viento que azotaba a esa región del Reino Unido. Después de una inspección general a los terrenos, Ron tomó la mochila que cargaba y sacó su contenido. Por encima de todo venía una vieja tienda de campaña usada por los Weasley, estaba hechizada y lo suficientemente vieja como para no ser extrañada por ninguno de sus hermanos.

Mientras sus ropas y cabello se movían para todos lados, Snape intentaba sacar ciertos objetos de los bolsillos de su túnica. Le mostró a Ron una caja alargada envuelta en una tela de color gris, al descubrir la tapa le mostró dos varitas de una madera irreconocible y barnizada…

—¡No podemos usar nuestras varitas! —Dijo Snape. El viento se había intensificado, por lo que ambos tuvieron que comenzar a alzar la voz —¡ningún hechizo puede relacionarse con nosotros!.

Ron tomó una varita, era muy distinta a la suya, tenía menor longitud y su forma era básica y sin adornos. Ron había escuchado de ese tipo de varitas, no eran de buenas terminaciones y se solían vender para magos que hubiesen perdido su varita principal, y a diferencia de las varitas personales, el diseño simplificado y casi industrial permitía que cualquier mago pudiese usarlas para tareas sencillas. Ronald la probó levantando la tienda de campaña con ella, sintió como la tienda de campaña se movía algo torpe mientras se instalaba, lo sintió como si fuese algo de sugestión, pero imaginó que las estacas se hubiesen clavado más rápidamente si la hubiese levantado con su varita original.

—¡¿Entiende que a partir de ahora siempre usaremos esas varitas, señor Weasley?!... ¡en lo que a usted, a mi, y a su varita respecta, nunca levantó esa carpa!...

—¡Entiendo! —Respondió él, luchando porque el viento deje oír su voz. Aunque claramente se preocupaba por no dejar ninguna pista, en esos momentos pensaba en el frío y en poder meterse dentro de la carpa y encender la chimenea, nada más.

Cuando estuvo lista ambos entraron rápidamente para refugiarse del viento, la carpa poseía un ligero olor a orines de gato los que, por suerte, no se permeaban al interior. Dentro de la carpa todo el espacio se incrementaba, era un buen lugar para un laboratorio de pociones, de los Weasley no quedaba casi nada, una mesa familiar en terribles condiciones y un juego de sillas incompleto para la misma, un poco de vajilla, un juego de ollas de pésima calidad y una tetera era todo lo que sobrevivió a los viajes familiares. Mientras Snape caminaba por el interior de la carpa, Ron frotaba sus manos para ganar algo de calor, caminaba de un extremo al otro y se lo imaginó haciendo cálculos con el espacio.

—Es un buen lugar, señor Weasley —Le dijo, y comenzó a hacer espacio moviendo los muebles, apegándolos a las paredes.

—La podemos hechizar para protegerla del viento y la lluvia…

—No. —Respondió Snape secamente —Cada vez que vengamos armaremos el laboratorio, y tú te encargarás de eso.

—¡¿Qué?!, ¿y no se supone que somos un equipo?! —Se quejó Ron.

—Yo me encargaré de las pociones, usted me ayuda y entre esas cosas en las que me puede ayudar estará armar y desarmar la carpa cada vez que vengamos aquí. Eso es repartición de trabajo.

Ron se había quedado tranquilo con esa respuesta, por lo que pasaron varios minutos acomodando el material. Snape se había ido para aparecer con un baúl enorme de herramientas para pociones, además de una gran cantidad de calderos, bandejas y cucharones.

—Ahora haremos una verdadera poción —Dijo Snape, cuando cada uno de los elementos del laboratorio se encontraba en el lugar que había escogido.