Disclaimer: La mayoría de los personajes utilizados en esta obra, pertenecen a CLAMP.
Capítulo III: Culpable dolor
—¿Cómo descubriste este lugar? —le preguntó el muchacho que la acompañaba desde hace un rato en el lugar.
Era extraño que, al estar allí con él, se sintiera aún más sola que cuando de verdad lo estaba. Tal vez, se debía al hecho que Eriol se había sumido en un silencio muy incómodo desde que se había sentado a su lado. ¿Quién sabe qué tanto pensaba? Ella no podía hacerse una idea clara, era difícil leer qué pasaba por la cabeza de aquel hombre. Si tuviese que describirlo en unas cuantas palabras, diría que era pragmático, misterioso y tremendamente interesante.
—¿No me oíste? —aquella premura en su pregunta la distrajo de sus pensamientos.
—Sí, lo siento —se disculpó volviendo la vista hacia él, quien parecía molesto de estar allí con ella, cosa que la apartó unos momentos de aquella plática, porque su cerebro trataba de hallar la razón de la aparente contrariedad de Hiragizawa—. Me gustan las colinas —respondió de forma algo atropellada. Era complejo el resistir esa mirada de reproche que él le estaba obsequiando.
Pasaron algunos segundos en que las miradas se quedaron conectadas. Algo había en los ojos de él, que le hicieron perder el aliento. No brillaban, parecían los ojos de un muerto.
No tenía idea de lo que pudo haberle hecho enfadar tanto, pero el sujeto que la taladraba con su mirada inerte y oscura, era uno que ella no conocía en absoluto.
Se preguntó dónde había quedado el brillo conspirador y travieso que solía reflejarse en sus ojos.
¿Qué le había pasado para lucir de ese modo?
Ella conocía perfectamente esa carencia de brillantez, la podía ver algunos días al mirarse en el espejo, cuando no lograba, siquiera, reconocerse a sí misma. Esos días tan negros que no lograba conectarse absolutamente con nada, en los cuales seguía respirando porque pensaba que merecía experimentar esa tortura. Era el precio.
Su pecho se apretó, fue consciente cómo de cierta manera el dolor de él eclipsó sus propios suplicios. Una idea empezó a burbujear en su cerebro.
—Eso no responde mi pregunta —enfatizó Eriol, volviendo su vista hacia el horizonte, haciendo un breve rechinado de dientes.
Tomoyo se permitió seguir estudiando sus inglesas facciones, con total descaro.
—Creí que sí —ella se encogió de hombros, sin quitar su atención violeta de él—. Me gustan mucho las colinas, por lo que busqué un lugar al cuál poder venir cuando… —dejó la frase hasta allí y enmudeció súbitamente, tratando de forma infructuosa el continuar con su relato, sin revelar la verdadera razón, pero falló. La frase quedó inconclusa.
Una ráfaga de viento, hizo que Tomoyo se tambaleará un poco. Ella cambió su mirada cuando notó que los mechones de cabellos de Hiragizawa eran acariciadas de forma brusca por las rachas.
—¿Cuándo qué? —le preguntó Eriol.
Tomoyo sonrió sin gracia. Por un ínfimo momento creyó que él no repararía en su desliz, aunque en el fondo supiera desde el principio que un hombre como él no dejaría pasar una oportunidad como esa.
Tomoyo miró su reloj y se percató que los treinta minutos se habían cumplido hace bastante tiempo.
—Ya se acabó el tiempo —anunció ella, poniéndose de pie.
Eriol la imitó. Ella se dispuso a alejarse del precipicio, pero su brazo fue fuertemente agarrado por la mano de Eriol, quien la miraba ceñudamente. Algo extraño recorrió a la muchacha, quien incluso se estremeció por el escalofrío que viajó por su espalda.
—¿No vas a responderme, Daidouji? —el semblante de Eriol revelaba más molestia a medida que transcurría el tiempo y Tomoyo no tenía idea por qué.
Quizás aún continuara molesto por la forma en que lo había obligado a acompañarla a ese lugar, lo que consiguió hacerla sentir culpable. Era lógico que a la gente no le gustara que la extorsionaran, y eso le había molestado desde el principio, pues lo único que ella quería era intentar calmar el dolor de aquel sujeto. Aunque todavía no tuviese claro el motivo. Por eso no le había insistido en el momento que él se mostró tan reticente a seguirla.
—Bueno, yo… —trató de explicarse, pero al estar tan sumida en el sentimiento de culpa, enmudeció.
Ella no podía quitar sus ojos de la mirada muerta de él, era como una hipnótica forma de perderse cada vez más.
¿Qué iba a decirle?
Que le gustaba mirar desde un peñasco cuando sentía que sus demonios la devoraban. Que la única forma que había encontrado para no trastornarse era mirando desde arriba, dónde todo parecía tan pequeño e insignificante…
—Tampoco es que me importe —aclaró Eriol, levantando una ceja—. Finalmente, no eres más que una extraña. ¿Por qué debería importarme? —susurró de forma ausente.
Ella dejó de mirarle. No supo la verdadera razón de que sus palabras le hubiesen dolido tanto, aunque lo hicieron. Él le había dicho sólo la verdad, pero quizás su tono desprovisto de humanidad llegó a lastimarla con profundidad.
Tomoyo cerró los ojos, intentando componer una sonrisa, para despedirse apropiadamente de él. No podía seguir obligándolo a verse con ella. Porque, aunque quisiera ayudarlo, tampoco sabía cómo. Sonrió mentalmente, ni siquiera sabía la forma de ayudarse a sí misma, ¿de qué modo pretendía aligerar la mirada marchita de Hiragizawa?
—Tiene razón… —trató de decir.
—Ya cumplí con mi promesa y espero que usted también cumpla con la suya—la interrumpió él—. Será mejor que bajemos, ya el atardecer hará lo suyo.
La implícita petición de que no volviese a cruzarse en su camino, terminó por desbaratar las esperanzas de la muchacha de hacerse amiga de Eriol. Con un nudo en la garganta logró decir:
—Cumpliré con lo pactado, Hiragizawa, pierda cuidado.
—Muy bien —respondió él con solemnidad, liberando finalmente a Tomoyo, dirigiéndose al camino que los había traído hasta ese lugar—. Vámonos.
—¿No recuerda cómo volver? —preguntó Tomoyo, sin voltear siquiera, su vista había quedado pegada en el horizonte.
—Por supuesto que sí —Eriol sonó ofendido.
—Estupendo —Tomoyo volvió a sentarse—. Yo me quedaré un rato más.
—Pero se oscurecerá pronto, puede ser peligroso si se queda más tiempo.
Ella dio vuelta la cabeza, logrando mirarle casi de costado.
—Lo bueno de ese hecho, es que no es algo que deba preocuparle. Usted lo ha dejado muy claro —enfatizó con algo de rencor mezclado con diversión—. Después de todo, ni siquiera nos conocemos. Fuimos compañeros de clases, sí. Eso es todo. Así que puede marcharse, yo volveré por mi propia cuenta —la diversión había ganado terreno a medida que soltaba las palabras, pues el rictus de incredulidad del inglés se descomponía a medida que ella entonaba las palabras. La situación se le antojó tan surrealista que se abstrajo, en ese momento, del vacío que reclamaba su ser con irrefutable fuerza—. Qué tenga una buena noche, joven.
Tomoyo volvió a concentrarse en el paisaje que se apreciaba desde el lugar. Casi le divirtió por completo el gruñido que logró percibir de Hiragizawa. Casi.
Aún sentía dolor en el pecho al rememorar las palabras que le soltó el chico; en la medida que los minutos se fueron completando, aquella isla de regodeo que sintió con la aparente molestia del muchacho, se fue diluyendo, dando paso a aquel frío agujero que la amenazaba en sus momentos de debilidad. Sonrió, haciéndose consciente del sufrimiento que comenzaba a llenarla y se introdujo en él. Era más rápido, más doloroso, pero más rápido si lo hacía de ese modo. Una sonrisa rígida seguía pegada en sus labios, aquella sonrisa que podía contener el mar de emociones negras que a veces la azotaban. La sonrisa que la hacía parecer fuerte, que la hacía sentir un poco más muerta cada vez.
Se quedó hasta que el sol se puso, le gustaba el color rojizo que traía consigo el atardecer. Era la parte que más le agradaba del día: el ocaso. Esa sensación de haber logrado vivir un día más. Una victoria. Así lo veía ella. Se aferraba a esa sensación imprecisa de triunfo, aquel sentimiento que cada tarde le era más esquivo.
«Mamá»
Aquella palabra trajo una real sensación de desgarro en su interior. La sonrisa se pegó con mayor fuerza en su boca, trayendo dolor a su cara por forzar tanto los músculos de su rostro. Enterró sus dedos en la piedra, arañándola y lastimándose en el proceso.
Movió la cabeza negativamente, con el afán de alejarse del remolino que empezaba a conformarse en su interior. No podía seguir allí. Se puso de pie de forma apresurada, miró embobada el rojo hermoso del atardecer para después alejarse del lugar tratando de tener su mente en blanco, aun sonriendo con el dolor patente en cada facción de su cara.
Comenzó a descender, sin embargo, una sensación de estar siendo observada no dejaba de golpearle la nuca. Maldita paranoia. Se volteó en varias ocasiones, sin conseguir ver nada más que el paisaje de costumbre. Apuró el paso, pero el sentimiento no se iba. Tanto así, que en un descuido tropezó con la piedra que no había advertido y cayó estrepitosamente.
Se incorporó hasta quedar sentada en el suelo, con la tenue luz que aún predominaba en el lugar, inspeccionó la rodilla, que resultó ser la más afectada, tenía un raspón y un ligero camino de sangre se abría paso por su pierna.
Sólo a ella se le ocurría ir a un lugar como ese con un vestido.
—Sé que debo estar loca para hacer esto, pero, ¿hay alguien ahí? —se atrevió a preguntar, porque todavía seguía sintiéndose vigilada.
No escuchó nada, ni siquiera la vida nocturna propia del bosque. Nada. Parecía que un manto de mutismo hubiese cubierto la zona y no escuchara otra cosa que no fuese su respiración.
—¡Santo cielo! Cada día debo estar más desequilibrada —se rio sintiendo realmente los atisbos del buen humor que caracterizaban su buen carácter, por algunos momentos se quedó mirando el cielo que ya no tenía matices rojizos, sino que era predominado de un azul cada vez más oscuro. Inspiró profundamente, sentada en medio del solitario grupo de árboles, la fuerza de la naturaleza le dio un poco de energías, ya que sintió que una parte de la opresión de su pecho se difuminó. Se enganchó a ese chute de fuerza y respirando nuevamente se mentalizó.
Se puso de pie y siguió caminando. No le dio importancia a la herida que le escocia en cada paso. Lo único que quería era salir del bosque, porque en determinado momento, no podría seguir aguantando y se entregaría al pánico que le reportaba la sensación de ser estudiada desde las sombras. Cosa que, por supuesto, descartó al tildarla de descabellada: ¿Quién sería tan retorcido para observar a alguien en medio de la nada?
Fue extraño todo aquello, ya que en el instante que logró llegar a la civilización, experimentó una enorme sensación de alivio porque esa impresión de estar siendo custodiada se diluyó.
Sus pasos se sucedieron hasta que logró llegar a su humilde departamento.
Se duchó y posteriormente curó el pequeño y sangrante raspón de su rodilla. No se había permitido pensar en Eriol Hiragizawa. Ni tampoco en lo otro. Aún necesitaba un poco más de normalidad para que sus recuerdos no provocaran el dolor lacerante que la invadió cuando él le había dicho que no era más que una extraña.
Porque así se sentía ella, como una extraña en su propia vida.
Nunca hubiese podido imaginar que aquel sujeto, el pianista que de cierta forma le había calado tan hondo fuese precisamente él. Sonrió al pensar en lo qué diría Sakura si le contase que se había encontrado con aquel amigo que a ella tanto le preocupaba, porque Eriol había dejado de comunicarse con Sakura hace más de un año.
Algo de culpabilidad subió desde la boca del estómago de Tomoyo, al pensar en la menor de los Kinomoto.
—Al parecer tienes muy mal ojo para escoger a tus amigos, Sakura —murmuró quedamente—. Quizás, algún día podré explicártelo todo —susurró, mientras miraba ausentemente la ventana y peinaba su largo cabello con los dedos.
Durante los siguientes días, evitó ir al bar. O dejarse ver por cualquier lugar cercano a ese lugar.
Era una pena, porque se había acostumbrado a asistir y ya no parecía una intrusa cuando entraba, al parecer, la habían aceptado como parte de la clientela. Pero ese lugar le pertenecía a Hiragizawa y ella quería que él siguiera asistiendo. Había llegado a la conclusión de que, para el muchacho, aquel bar significaba lo mismo que para ella la cima de aquel monte: Un refugio. O quizás: un escape. Tal vez, ambas cosas.
Llegó a su casa extenuada, tan sólo tenía que revisar y realizar algunos informes para la universidad y podría entregarse a un sueño que llevaba una vida necesitando. Porque desde hace mucho que no conseguía dormir y sentirse descansada.
Revisó su e-mail y se le apretó el estómago al notar que nuevamente Sakura le había escrito. Intentó borrarlo sin llegar a leerlo, pero no podía hacerlo, se merecía sufrir por causarle tanta preocupación a su prima. Y si leer los correos electrónicos era una forma mezquina de hacerlo, ella lo aceptaba.
Leyó las angustiadas palabras de Sakura, percibió que probablemente cuando las escribía, la chica de cabello castaño como el trigo, estaba llorando profusamente. Hasta llegó a imaginársela, cosa que logró hacerla sentir más miserable todavía.
—Lo lamento —musitó, con la garganta tan cargada de lágrimas no derramadas, que la voz le salió extraña—. Sólo lo hago para protegerte…
Llevó las rodillas hacia arriba y se abrazó a ellas, hundiendo su rostro entre la cuna de sus brazos. Se quedó a oscuras, sentada de esa extraña forma, hasta que los miembros se le durmieron; deseaba con todo el ímpetu que podía conjurar que fuese capaz de perderse y fusionarse con las sombras inertes que rodeaban el lugar.
Hace un poco más de dos años su vida había comenzado a desmoronarse como una torre de naipes:
Muchas veces se había sentido agradecida por todo lo que tenía en su vida. Tenía una situación acomodada, más que ello, su familia era una de las más pudientes de su país natal, por lo que el tema económico nunca había sido un problema en su vida.
Tenía gente que la amaba por lo que era, estaba su familia que siempre la apoyaba en cada idea, por muy descabellada que pudiese parecer, Tomoyo siempre había tenido el amor y la protección de sus padres. Pero no eran las únicas personas, pues también tenía a sus compañeras que ella consideraba tan valiosas, pero a quien le tenía un cariño mayor era a Sakura. Y hasta hace muy poco había conseguido aceptar que el amor que le tenía a la chica de cabello castaño, había mutado con el tiempo, ya no la amaba como su ser más especial, pero seguía queriéndola como a nadie.
Pese a que la vida de Tomoyo era perfecta, hubo algo que se salió de control.
Primero fue el divorcio de sus padres, intentó ser una hija que apoyase las decisiones de sus progenitores, pero no fue sencillo sobreponerse a la ruptura de la familia cómo ella la conocía. Había sufrido en silencio todo el proceso crudo. Se había esforzado en apoyar a sus padres, en especial a su madre, quien había quedado más afectada con la separación.
Y entonces cuando se sentía más perdida, lo conoció.
Recordaba perfectamente el momento en que lo había visto por primera vez. Ella se encontraba en su cafetería favorita, dibujando el diseño de un vestido. Ni siquiera volteó cuando la campanilla, que anunciaba que un nuevo cliente llegaba, sonó. Estaba concentrada a tal nivel que la voz profunda de él la hizo sobresaltarse.
—Es un diseño muy bonito —murmuró el hombre que ella miró por primera vez—, algo estrafalario, pero hermoso.
Tomoyo enarcó una ceja.
—Gracias, supongo —respondió con simpatía.
Las mejillas del sujeto se colorearon levemente, cosa que Tomoyo encontró adorable. El individuo se notaba bien entrado en sus treinta, era apuesto y su voz grave le gustó de inmediato. Tomoyo sonrió y eso pareció incomodar a su interlocutor.
—Tiene bastante talento para ser tan joven —anunció el hombre algo inquieto. Su tono mutó a uno en extremo formal.
—No soy tan joven, tengo veinte años —aclaró ella.
—Es una jovencita todavía, al menos para mí.
—Lo dudo verdaderamente, usted no parece tener más de treinta y cinco.
—Tengo más de cuarenta —explicó en tono confidente.
—No se le notan para nada... —rio Tomoyo—. Me llamo Tomoyo —se presentó la chica, estirando su mano hacia el tipo que seguía de pie frente a ella.
—Yo soy Takahiro, ¡qué curioso es que nuestros nombres comiencen con la misma letra! —dijo mientras tomaba levemente la mano de Tomoyo.
De esa manera comenzó la amistad con aquel hombre, Tomoyo se fue sintiendo atraída por aquel tipo, se emocionaba cada vez que quedaban de verse en la cafetería. Durante todo ese tiempo nunca pronunciaron sus apellidos, Tomoyo ya había tenido que lidiar con el interés malsano que atraía su fortuna, por lo que la amistad con Takahiro era una que deseaba que sí fuera auténtica. No le extrañó que él tampoco le diera mayores datos en lo que se refiere a su origen, sentía que era justo. En todo lo demás eran bastante abiertos. A él se atrevió a contarle su amor infantil por su prima, sus dudas sobre su propia persona. Él nunca la juzgó, cosa que logró hacer que Tomoyo se sintiera aún más interesada por él.
Al cabo de un par de meses de verse de esa manera, él la invitó a cenar. La chica trató de mantener su emoción a raya, pues esperaba que esa noche se convirtiera en una muy especial. Y lo fue. Se habían reunido en un restaurant. Es cierto que ella se había vestido arrebatadoramente. Utilizó todos sus conocimientos para verse deslumbrante y supo que había conseguido sus pretensiones, en el momento exacto en que él la miro evaluativamente, casi envolviendo su imagen con adoración. Él simplemente se había pasado la velada mirándola con aspiración. Cuando se despidieron, él sostuvo su mano, la jaló hacia sí mismo y la besó con apremiante necesidad.
—Sé que soy demasiado mayor para ti, pero creo que me he enamorado, Tomoyo —le confesó a centímetros de su boca.
En aquel instante, Tomoyo pensó que no podía ser más feliz.
La relación empezó de ese modo, pero nunca la bautizaron. No cambiaron mucho las cosas entre ellos, tan sólo eran personas que se atraían, se besaban con pasión, salían, veían películas. Sin embargo, a petición de ella, las cosas no habían llegado a la intimidad. En un principio él no opuso resistencia, decía que la esperaría cuanto fuese necesario. Pero desde después de un tiempo, comenzó a ser motivo de desavenencias. La frustración en él era evidente. Tanto así que Tomoyo se planteó realmente dar el siguiente paso, pero cuando iba a proponérselo él simplemente dejó de insistir y ella no tenía las agallas suficientes como para traerlo a discusión. Quiso creer que él había entendido que no era el momento y en ese instante la calidez le trajo la certeza que necesitaba. Amaba a Takahiro, no importaba si él nunca le había pedido que fuese su novia, estaba segura que para él significaba eso y más. Por esto quería sellar ese amor de la forma humana. Deseaba poder compartir esa entrega de la cual tantos eruditos y poetas habían escrito. Quería sentir las caricias que él podría darle, y aprender a complacerlo de la misma manera.
Sus planes se vieron un poco postergados, porque Takahiro le comentó que estaba enfrascado en una crisis bastante profunda en su trabajo, por lo que se verían con menor regularidad. Ella lo aceptó e intentó apoyarlo. No se dio cuenta la forma en que se estaban alejando. Dentro de su misma existencia, Tomoyo no se percató del rumbo que tomarían las cosas.
Desde su particular punto de vista, todo estaba fabuloso. Las cosas parecían volver a su cauce natural, todo volvía a encajar, ella era muy feliz; incluso su madre se notaba mucho más animada desde un par de meses.
La vida de la chica volvía a ser perfecta, al menos eso creyó hasta el momento en que el destino le jugó una mala pasada:
La casualidad había querido que un día se le ocurriera cenar cerca del trabajo de su madre. Tal vez si tenía suerte se encontraría con ella, pues fue específicamente dónde la mujer cenaba con regularidad. La vio desde lejos, ella no estaba sola, un varón la acompañaba. Tomoyo sonrió y se quedó observando unos momentos, era evidente que su madre tenía sentimientos por el sujeto que la acompañaba, pues la vio entornar los ojos cuando él tomó una de sus manos y la besó. En ese instante entendió por qué su progenitora parecía más radiante que nunca. Sonomi estaba enamorada.
Tomoyo pensaba retirarse, ya su madre se lo contaría cuando se sintiera lista. Entonces Sonomi levantó su mirada que recayó en Tomoyo; la mujer inmediatamente se puso de pie, como si los papeles fueran opuestos y tuviese que explicarle algo a su hija.
—Tomoyo —soltó con miedo la mujer.
Tomoyo sonrió y se acercó a la pareja. La chica fijó toda su atención en la aterrada mirada que tenía su madre.
—Hola, mamá.
—Él es… —la voz asfixiada de su madre hizo un buen conjunto con su cara desencajada—…es Takahiro.
Sólo cuando su madre lo apuntó fue que reparó en el hombre. Tenía marcado a fuego la mirada incrédula de Takahiro, quien fingió no conocerla en absoluto. Tomoyo le había seguido el juego y desde ese momento nunca había vuelto a verse con él a solas… salvo, claro, cuando la mierda había salpicado a todos.
Decidida a no seguir pensando en el pasado, denegó la posibilidad de seguir dando cabida a los recuerdos dolorosos. Ahora su vida estaba en Inglaterra y ella haría todo bien para no volver a Japón nunca más.
Los siguientes días todo comenzó a empeorar. La soledad y sus miedos no la dejaban en paz. No había tenido tiempo de ir a la colina, pues todo el ajetreo de la universidad y sus desvelos la consumían sin descanso.
Se encontraba llegando al límite de su capacidad para sobreponerse. Y saberlo era, de cierta forma, liberador.
Tan sólo estaba esperando un gatillante para entregarse a la locura que la acechaba con fiereza.
Esa tarde se saltó la última clase, porque simplemente no podía más. Estuvo muy tentada de ir al bar, pero no iba a romper su promesa, al menos no esa.
Sus pasos cansados se pasearon por la ciudad. Ingresó en un café que ofrecía conexión inalámbrica de internet, necesitaba ordenar un informe y enviárselo a alguien que pudiese ayudarle en el embrollo que se encontraba, pero no se decidía si debía dar el siguiente paso o no. No quería más gente involucrada, pues sabía que Takahiro era muy poderoso.
—Desear siempre ha sido peligroso —susurró.
No estaba pendiente de su alrededor, por lo que no notó que dijo aquella frase en voz alta, tan sólo el aclaramiento de garganta de un señor y su mirada enfurruñada le dio pistas a Tomoyo que había cometido algún desliz. Dejó que su mente repasara todos los detalles que la había llevado hasta allí, ¿qué más daba volver a repasarlo una vez más con su mente?
La boda de Sonomi y Takahiro había sucedido pocos meses después de que Tomoyo se encontrara con ellos en el restaurant. Había visto a su madre feliz, por lo que reprimió aquella atracción que sentía por el esposo de su madre. Desde ese instante él se había convertido en alguien prohibido. Nunca más le dirigió una mirada de cariño, jamás se permitió pensar en su traición. No tuvo el corazón como para decirle a su madre nada. La veía tan feliz que deseó sinceramente que los dos fuesen felices.
Takahiro nunca le explicó nada, ella tampoco lo exigió. Él la trataba con lejana cortesía, cosa que Tomoyo retornaba con igual cinismo.
Cuando sus recuerdos iban a llegar a la peor parte, se distrajo. Si pensaba en ello en aquel momento, se desmoronaría.
Decidió distraerse y seguir su plan, se dispuso a enviar el informe, notó que entre todo el correo basura, uno resaltaba: Tenía un correo electrónico de Takahiro Kurosawa.
El estómago se le revolvió, el terror que la invadió eclipsó su capacidad de respirar. Tan sólo cuando notó que se estaba ahogando, fue que inspiró profundamente.
Con las manos temblorosas dio clic en el mensaje y leyó el email de Takahiro:
«Por mucho que corras no podrás esconderte. Sé lo que hiciste y debes pagar»
Tomoyo ahogó un grito de miedo, guardó sus cosas con rapidez y salió con prisa del lugar, sus zancadas se dirigieron a la colina y cuando logró llegar a la cima, por poco corrió hasta la orilla. Se detuvo a menos de veinte centímetros del límite.
Sus erráticos latidos cardiacos, las lágrimas en sus ojos, la desesperación que sentía. Todo eso era invivible. Ya no podía más.
Miró hacia abajo y rezó pidiendo fuerzas para soportar todo lo que fuese a venir. Era sólo un salto y todo acabaría, ese pensamiento indomable siempre la asaltaba, aunque conseguía mantenerlo a raya persistentemente. Pero esta vez, se sentía tan presionada que no podía ordenarle a su cuerpo ir en dirección contraria, vacilantemente dio otro paso en dirección al acantilado, quedando prácticamente en el borde. Intentó calmarse, siempre funcionaba y esperaba que esta vez no fuese diferente.
Tomoyo abrió los brazos, disfrutando realmente la sensación libertadora que le ofrecía el viento. Su cabello ondeaba y algo de vida penetraba en su ser con ello. Miró hacia abajo, sorprendiéndose que el barranco no le causara vértigo.
—Si me cayera desde aquí, probablemente moriría —susurró.
—Eso no voy a permitirlo —logró escuchar Tomoyo, antes de verse violentamente alejada del acantilado, por un par de brazos que la cargaron como si ella no pesara nada.
Tomoyo se asustó tanto ante aquello que soltó un grito despavorido. Y trató de zafarse de quien la recluía, lo que los llevó a ambos a caer. Tomoyo casi quedó sin respiración cuando su cuerpo quedó bajo el de otra persona, dos ojos azules como el mar que tanto amaba mirar, la taladraron con amenaza. Ella pestañeó hasta que logró reconocer el rostro enfurruñado que la observaba a centímetros de su cara. Eriol estaba allí, encima de ella, aprisionándola por los brazos y respirando agitadamente.
—¿Acaso estás loca? —bramó con un enojo evidente, cuando sus jadeos se normalizaron—. ¡¿Qué diablos pretendías estando parada allí?! —gritó.
Ella quedó en shock.
Más que nada porque él no la soltaba, ni se apartaba de encima de ella.
Trató de evitar pensar en otros recuerdos, pero se estremeció cuando los notó tan cerca. El pavor que siempre venía con ellos no se hizo esperar.
Eriol pareció notar lo inadecuado de la situación y se alejó de ella, ayudándola a quedar sentada en el piso. Tomoyo logró tomar el mando de la situación y respiró profundamente.
—¿Estás bien? —preguntó el inglés, quien ahora parecía preocupado.
La chica negó con la cabeza y se cubrió el rostro con ambas manos.
Permanecieron en silencio algunos instantes.
—Lo siento, me asusté —confesó finalmente la chica—. Siente cómo va mi corazón —Tomoyo tomó la mano de Eriol y la puso encima de su pecho, efectivamente sus latidos eran vertiginosos. Sintió la mano del joven tensarse, pero él la dejó en ese lugar un par de segundos y luego la retiró delicadamente.
La atención del inglés se apartó de ella, y barrió con su mirada hacia el horizonte. Un leve rubor se hizo notar en las mejillas del hombre, algo que, estaba segura Tomoyo, no era un comportamiento usual en él.
En el momento en que Tomoyo se dio cuenta de lo que había hecho se sonrojó furiosamente. Prácticamente lo había obligado a tocarle el pecho.
—¡Oh Dios! Lo siento —se disculpó, sintiendo ganas de que la tierra se abriera y se la tragara—. Yo sólo… estaba asustada y… no pensé en lo que hacía.
No se atrevió a mirar al chico que de pronto se había quedado tan callado como un tuso.
—¿Estás mejor? —oyó que le preguntó él con voz muy tensa y ronca.
—Sí, ahora que ya pasó el susto —entonces ella le dirigió su atención, él la miraba con preocupación, sus ojos no parecían tan muertos como el primer día.
—Siento que envejecí diez años —confesó Eriol, algo que Tomoyo no comprendió.
—¿Por qué?
—¡Dios! ¡Estabas a punto de caerte! —Tomoyo lo miró confundida—. Y luego dijiste que, si te cayeras, seguro que morirías. Yo creí que… —su explicación se apagó.
Realmente no fue necesario que siguiese. Tomoyo había comprendido el cuadro completo. Ahora entendía por qué la alejó de esa forma de la orilla y por qué después le había gritado.
—¿Creíste que me iba a arrojar? —ella se sonrió, dando la bienvenida a la calidez de aquella confesión.
—Si lo dices en ese tono suena muy estúpido —reclamó Eriol, observándola directamente a los ojos, luego se permitió tomarla de ambos hombros.
Tomoyo se sintió nerviosa, muy nerviosa. Su expresión preocupada era una que fácilmente podría secarle la boca.
—No lo ibas a hacer, ¿verdad? —quiso confirmar él.
Ella agachó la cabeza.
—No era mi intención —eligió muy bien sus palabras. Porque se apegaban a la verdad, al menos a la verdad inicial, no a sus luchas en el momento que estuvo al borde. Eso no era mentir, ¿o sí?
Eriol se puso de pie y la ayudó a ella a hacer lo mismo, sosteniéndola de ambas manos, para impulsarla hacia arriba.
Tomoyo intentó fingir que no se daba cuenta del aspecto de chico guapo que tenía ese sujeto. Por un momento se perdió en su cuello, cuando el tragó y la protuberancia de su garganta se movió de forma acompasada. Trató de no evocar lo mucho que le agradaba su olor. Y lo llamativo que le resultaba el hecho de que sus ojos carecieran de ese velo de profunda agonía que tenían la última vez.
Pudo notar como algo de fuerza y vigor estaban contenidos allí, en aquellos orbes zafiros. Un regocijo nació en la profundidad de su pecho y se extendió, ramificándose por su cuerpo. No pudo desentrañar la verdadera razón de que la mirada refulgente que ahora notaba en Hiragizawa, le reportara entusiasmo y energía. Tal vez, era el hecho de saber, con un alto grado de certeza, que el alma de aquel hombre no estaba muerta, sino que tan sólo se encontraba extraviada o vetada de un modo complejo.
Aun cuando ella estuvo por completo de pie, él no la soltó, ella dirigió sus ojos al agarre e intentó romperlo, pero él lo impidió, imprimiendo un poco más de fuerza.
—Creo que malinterpreté la situación, Tomoyo.
Ella se estremeció violentamente cuando él murmuró su nombre.
N/A: Hola a tod s quienes leyeron este capítulo. Estoy algo avergonzada por todo lo que tardé en actualizar, porque para serles franca tenía en un ochenta por ciento avanzada esta entrega, pero no podía llegar a una conclusión sobre el rumbo que debía tomar la historia. Eso sumado a que este mes es horrible en el trabajo, me dejó con casi nulo tiempo para completar el capítulo.
Por eso hoy, desde un día tan caluroso como el invierno, me di a la tarea de completarlo. Y ojalá lograr actualizar.
Realmente el fango en el cual se encuentra Tomoyo, es mucho, mucho más profundo de lo que aquí se deja entrever.
La carga emocional que lleva esa muchacha es muy dura, incluso pienso que es un poco más horrenda que la que debe cargar Eriol. Ya verán por qué... ¿tienen alguna idea? Me gustaría saberla.
Este capítulo estuvo muy cargado a Tomoyo, debía ser así, si queríamos conocer algo de sus tormentos. Convengamos que la chica lo ha pasado bastante mal, porque vuelvo a recalcar que sólo vimos una pincelada.
En el próximo capítulo entenderemos por qué Eriol parecía tan molesto. ¿Me creerán si les digo que tengo casi listo ese capítulo? Por lo que ayudenme con sus reviews para que las musas estén contentas, ya que cada vez que recibía uno me decía a mí misma: "Misma, ponte a escribir". je je je.
Les dejo muchos saludos, es este día festivo como lo es la navidad.
También pido que perdonen el no contestar reviews, pero si quiero actualizar hoy, deberé aplazarlo hasta la próxima entrega sin falta.
Espero volver pronto, tal vez antes de lo que creen.
Au revoir.
25/12/2017.
