Capítulo V: "Fantasmagórica utopía"

—Si respondo eso, ¿me dirás el verdadero motivo para que vinieras a Inglaterra?

De pronto, toda la atmosfera de camaradería que había logrado establecer con Eriol fue sustituida por aquella sensación de frío que últimamente la visitaba tanto. Sintió como la sangre abandonaba su rostro, dejando un reguero de incerteza que trató de camuflar como mejor pudo.

Ambos se sostuvieron la mirada, parados en medio de la explanada de la cima, una brisa suave los envolvió a los dos, era como una caricia de algo sobrenatural y misterioso.

Tomoyo se sentía un poco superada con aquella interrogante. Estaba al tanto que ella sola se había metido en la boca del lobo, pero no había podido controlarse y había soltado una infinidad de preguntas a Eriol. Tenía la intención de no evidenciar lo nerviosa que estaba porque en algún momento de aquel encuentro ella hubiese jurado que él iba a besarla.

Y debía ser lo suficientemente honesta para aceptar que ella hubiese dado cualquier cosa para que aquel hecho se efectuara.

Por un segundo se quedó con la mente trabada, rememorando, juntando y rearmando lo que instantes antes había experimentado:

En el instante en que Eriol no quiso soltar sus manos, ella sintió una delicada tibieza recorrerla por completo, ese río de calor que lograba convertirse en un bálsamo embriagador para el caótico huracán que se apoderaba de sus pensamientos.

Luego, como si eso no fuese lo suficientemente confuso, él la había abrazado y ella abrigó tanto en esa caricia. Experimentó protección y seguridad resguardada entre sus brazos. Olió la fragancia de aquel hombre y la respiró tanto como sus pulmones se lo permitieron.

Tomoyo hubiese podido seguir con normalidad luego de ello, tenía una capacidad muy desarrollada para no dar cabida a las ilusiones que conjuraba su cabeza, pero Eriol la miró de forma diferente; eso fue un catalizador para que aquellas añoranzas tomaran el control de sus actos y de sus pensamientos. Él le tomó el rostro y el corazón de la chica se aceleró con preocupante rapidez, su cuerpo comenzó a temblar y lo único que pudo hacer fue poner sus manos sobre las de él. Todo estaba pasando de forma tan apresurada que lo costaba trabajo convencerse que esto no era un nuevo sueño con aquel chico.

Porque sí, había tenido un montón de ellos durante las últimas semanas.

Eriol estaba tan cerca de besarla que ella tan sólo se entregó, completamente dispuesta a compartir una caricia tan íntima con él. No sabía la razón, tampoco entendía los por qué. Lo único que su cerebro sobrecargado era capaz de procesar, era el hecho que deseaba que Eriol sellara sus labios con los suyos sin perder más tiempo. De pronto, el anhelo de esa unión se hizo extremadamente demandante y el ansia conformó un cúmulo en su pecho. Se quedó esperándolo, cerrando sus ojos completamente entregada a aquella ambición de poder sentirlo tan cerca.

Esperó por mucho tiempo, pero Eriol todavía seguía sin besarla. Ella sintió que pasaron eternidades antes de lograr abrir los ojos y encontrarse al joven con una verdadera mueca de desasosiego. O tal vez era incredulidad lo que se esculpía en sus inglesas facciones. Como fuera, era obvio que el muchacho no iba a sellar el acto que ella tanto necesitaba que se consumara.

¿Acaso ella había entendido mal la cortesía y la preocupación del muchacho?

Por unos segundos se sintió muy nerviosa y también bastante estúpida, más aún en el instante en que él se alejó de ella unos cuantos pasos, cada paso fue como un rechazo para Tomoyo. Si ella había creído, casi jurado, que realmente Hiragizawa la besaría, era muy evidente que se había equivocado, posiblemente estaba construyendo una fantasía ilusa donde él deseaba lo mismo que ella: Fundir sus labios en un beso enloquecido y necesitado.

«¡Dios! ¿Acaso él me gus…? —se preguntó, aunque deliberadamente no se permitió concluir aquella interrogante, ni siquiera en su mente—. ¡Esto es una auténtica locura!».

—¡Hey! —la llamó el hombre que protagonizaba sus pensamientos—, de pronto te perdiste en el fondo de tus pensamientos.

Tomoyo se sobresaltó y masculló una disculpa.

Volvió a fijar su atención violeta en los ojos preciosos que la observaban con tanto interés. Se situó de nuevo en el presente, agradeciendo en cierta forma no volver a repasar el papelón que había interpretado hace unos cuantos minutos. Sabía que después, cuando estuviese sola, volvería a revivir todo nuevamente y se sentiría más tonta cada vez.

—¿La verdadera razón…? —susurró enfocándose en darle significado, a la misma vez reprimió todo lo que aquella pregunta le recordó.

Estuvo tentada de recular y admitir que era una pregunta que no quería responder, pero pensó que expresar aquel cuestionamiento era una especie de pacto de iniciación. Si ella quería que aquella incipiente amistad con Eriol prosperara, lo mínimo que se esperaba es que la sinceridad fuese uno de los ingredientes principales.

—Sí, la verdadera razón —afirmó Eriol, conformando una sonrisita un tanto extraña. Tomoyo salió del caótico torbellino que se expandía en su cabeza, para guardar en un apartado especial aquella sonrisa, pensó en lo mucho que se parecía a la forma en que lo hacía cuando realizaba las travesuras en los años de la primaria, aunque un velo de seriedad estaba latente en medio de toda la diversión que se reflejaba en su semblante—. Tal vez me equivoque —añadió él, con soltura, dando claras cuentas que creía fervientemente lo contrario—, pero tengo la ligera sospecha que la respuesta que me diste la primera vez que nos vimos no es toda la verdad.

—Bien, es algo complicado —admitió la chica—. Si tuviese que responder tu pregunta de forma simple, diría que la verdadera razón para venir hasta aquí, es porque hui de Japón. Yo… —las palabras se atoraron en su garganta, se la aclaró y secó algo de sudor que se formó en su frente—. Yo no podía seguir en mi país, por lo que mi bisabuelo se ofreció a pagarme la estadía y la carrera dónde yo decidiera —sonrió sólo como ella sabía hacerlo, apegándose siempre a su papel de que todo estaba bien. Fingiendo una parsimonia que no experimentaba hace tanto.

—Comprendo —Eriol frunció el ceño y la miró como si estuviese evaluando algo importante, ella permaneció con su sonrisa rígida en el rostro. Rogando a lo más sagrado que él no siguiese preguntando más. Abrazada al temor, esperaba que él continuara. Finalmente, Eriol le sonrió—. Supongo que la pregunta que te hice es complicada de responder de forma sencilla.

—Muy pocas cosas son sencillas en este mundo —murmuró Tomoyo, tratando de amarrarse a su positivismo con uñas y dientes.

—Antes pensaba lo contrario, pero llegado a este punto creo que tienes razón.

Tomoyo notó inmediatamente que el ánimo del muchacho cambió. Súbitamente supo que él había recordado algo que no le traía más que nostálgica tristeza. Estaba tan segura de ello que le sorprendía la conexión que podía generar con Eriol.

—Lo lamento.

—¿Qué cosa?

—Parece que he dicho algo que te ha hecho sentir triste —explicó al notar la duda bailando en los hermosos ojos de su interlocutor.

—No, por favor —hizo un gesto de mano quitándole importancia—. Tú no tienes la culpa de mis tendencias nocivas.

¿Tendencias nocivas?

Si se tratara de algo como eso, ella ya tenía bastante camino recorrido.

Eriol comenzó a caminar desandando el camino de la colina. Tomoyo lo siguió a escasa distancia. Lo miraba desde atrás, él tenía una forma armoniosa de moverse que la hipnotizaba un poco.

—¿Y me lo vas a decir? —enunció ella aquella punzante pregunta, con más diversión que verdadera curiosidad.

Vio como él suspiró cansado.

—¿Te refieres a mi edad? —consultó sin voltear, ni detenerse.

—Sí.

—Creí que ya lo habías olvidado.

—Me reservo ese derecho.

Eriol soltó una carcajada, de pronto parecía divertido por las respuestas de ella.

—Físicamente tengo veinticinco años.

—¿Eso qué quiere decir? —señaló, no dispuesta a dejarse envolver por su pragmática respuesta.

Eriol volteó y sonreía. Tomoyo nuevamente sintió cómo su pulso se aceleraba.

—Eso quiere decir exactamente lo que está diciendo —siguió sonriendo—. No hay reveses en mi respuesta, señorita Daidouji.

Tomoyo se carcajeó, porque su tono era tan esclarecedor que no era necesaria ninguna otra palabra.

—Entiendo —murmuró—. También mi pregunta es difícil de responder.

—Algo así —admitió el inglés, guiñándole un ojo para retomar su camino instantes después.

Caminaban por la ciudad, Eriol se había encargado de mostrarle algunos lugares, recitando historias y datos curiosos que no hacían más que profundizar aquella improvisada amistad. Tomoyo se sentía bastante agradecida con él. Era una compañía agradable, Eriol era encantador cuando se ponía en modo historiador, porque realmente conocía bastante del tema, adentrándose en las profundidades de la humanidad con elegante claridad. A Tomoyo no le costó definir que la historia era uno de los temas favoritos del muchacho.

—¿Economía? —cuestionó Eriol con total incredulidad cuando la conversación recayó en la carrera que estaba estudiando—. ¿Por qué una chica como tú querría ser economista? Te imagino realizando un sinfín de ocupaciones, pero no esa.

—Podía escoger el país y la universidad, pero la carrera fue algo impuesto —respondió ella, mientras revolvía con calma el té contenido en la pequeña y delicada taza de porcelana.

Desde hace pocos minutos ambos se habían dispuesto a visitar una cafetería, la que, según Eriol, servía el mejor té de toda la ciudad.

—Ya veo —Eriol no dejó de mirarla aun cuando tomó un ligero sorbo de té—. No hubiese adivinado que te pudiesen imponer algo como eso… y tampoco que tú los dejaras hacerlo.

Tomoyo sonrió con cansancio.

—Hubiese accedido a eso y a más, si eso me sacaba de Japón —lo miró por encima de la taza, inyectando mucha vehemencia en su oración.

—¿Y podré saber de qué se supone que huyes? —deslizó la pregunta con bastante calma, casi como si temiera haberla hecho.

—No es justo —se quejó Tomoyo.

—¿El qué?

—Yo no profundizaré mi respuesta si tú no lo haces con la tuya —hizo una pausa, dejando la taza en el plato fino del juego de té—. Casi no sé nada de ti… Bueno, sé lo que sabía cuándo fuiste a Tomoeda, pero de tu vida en Inglaterra no sé nada en absoluto.

—Bien —suspiró Eriol, lucía derrotado—. ¿Qué es lo que quieres saber?

—Lo básico. ¿Estudias? ¿Trabajas? ¿Eres un vago? —Eriol sonrió ante esa posibilidad—. ¿Con quién vives? Y… y… ¿En quién piensas cuando tocas el piano?

La sonrisa tierna que decoraba las facciones de Eriol murió repentinamente y se puso extremadamente serio. La chica se reprendió internamente, ¿por qué nunca se detenía a tiempo?

Tomoyo casi agradeció que la camarera apareciera con la orden de pasteles y rellenara sus tazas de té. Eriol había adoptado una postura impasible y ella maldijo su odiosa costumbre de no saber cuándo parar.

La chica estaba a punto de disculparse por su intromisión en el momento que él se aclaró la garganta.

—Solía estudiar arquitectura, lo dejé hace un tiempo. Por lo que ahora soy un vago como tú bien mencionas —musitó cada palabra con un japonés perfecto. Tomoyo se iba a disculpar por eso, pero no alcanzó puesto que él continuó hablando—. Vivo solo, al menos la mayor parte del tiempo —ella lo observó interrogadoramente ante esa última confesión, quería preguntar qué significaba esa afirmación, pero antes de siquiera poder hacer la pregunta, Eriol la observó con detenimiento, sonriendo casi imperceptiblemente—. Miss Adele va a mi casa en ocasiones, es una viejecilla que conocí en… no importa. La cuestión es que aparece por mi residencia, me regaña, limpia y me hace de comer. Es algo así como un ama de llaves…

—Debe ser realmente encantadora —comentó Tomoyo amablemente.

—No te creas. Es la mujer más malas pulgas que haya conocido —confesó, aunque sus ojos brillaban con especial candor cuando se refería a Adele—. Supongo que su particular forma de ver la vida es algo que me llama la atención. Definitivamente está loca.

—La locura es muy llamativa.

—¿Por qué dices eso?

—Con un loco nunca se sabe qué esperar…

—Es cierto —Tomoyo observó a Eriol, se veía un poco más relajado que hace instantes, pero al parecer era muy pronto para cantar victoria pues volvió a hacer una mueca de desolación—. Y…respecto a tu última pregunta.

—Por favor, no tienes que contestarla si no te sientes cómodo —ella extendió sus dos manos para atrapar las de Eriol en una sentida caricia de apoyo—. De verdad —afirmó, apretando su agarre.

Eriol se fijó en aquella unión y cerró sus ojos.

—Tranquila, quiero contestarla. Quiero confiar en ti —musitó en susurros, la chica dejó de respirar por instantes, de nuevo se sentía como si estuviese en una montaña rusa. Era sorprendente la forma en que aquel chico podía hacerle sentir tantas cosas tan sólo con sus palabras o con su presencia—. ¿En quién crees que pienso cuando toco el piano? Eres la primera persona que dice que puede escuchar mi dolor. Tengo curiosidad por saber de qué forma llegaste a esa conclusión.

Tomoyo tomó aquel pequeño desvío como una señal. Entendió que Eriol necesitaba unos momentos para poder responder su pregunta.

—¿Puedo ser sincera, aunque tal vez suene muy estúpido?

La pregunta era retórica, iba a ser todo lo sincera que pudiese de todas maneras.

—No estoy esperando otra cosa de ti que no sea tu sinceridad.

—Simplemente siento la agonía de cada nota cuando tocas. Es como si llamasen a alguien que no puede oírlas y muriesen sofocadas en el mar de la eternidad sin encontrar consuelo una y otra vez. Creo que perdiste algo… o a alguien —se corrigió—, que era extremadamente valioso y sigues buscándolo… con la creencia férrea que nunca lo encontrarás. Es eso en lo que pienso cuando te escucho tocar.

—¡Vaya, es un análisis muy completo! —admitió el chico, pareciendo muy sorprendido—. ¿Lograste armar todas esas hipótesis tan solo escuchándome tocar una vez?

Tomoyo asintió, intentó desviar la mirada de la conexión establecida con el muchacho, pero no podía.

—¿Qué sucede? —inquirió el inglés.

—No sólo te escuche una vez, en realidad fueron dos.

—¿Dos?

Ella rápidamente confesó todo. Sus constantes idas al bar por él, para lograr conocer al chico del piano.

—Realmente me sorprende toda la situación, nunca sentí tu presencia. Sigo preguntándome por qué no lo logro. Posiblemente sea porque he perdido algo de práctica —intentó darle una respuesta vaga, aunque luego se encogió de hombros—. También me asombra que puedas hacerte una idea tan profunda de las cosas en tan poco tiempo —murmuró él en voz baja de forma pensativa —Y con respecto a tu pregunta… Mis melodías…

Se hizo un silencio, pero no era algo incómodo, parecía como si se tratase de un preludio adecuado para decir las palabras que seguirían. Eriol jugueteó un poco con sus dedos que eran envueltos por los de Tomoyo, hasta que finalmente fue él quien entrelazó sus dedos en una mezcla extraña.

—… Son para la mujer que amo, siempre toco para ella, pensando en ella —respondió trémulamente.

La joven nipona sintió algo parecido a la decepción al saber que Eriol amaba a otra mujer, pero inmediatamente puso en perspectiva las palabras de su amigo y su conclusión la hizo estremecer.

—¿Ella…?

—Sí, ella murió.

Soltó esa frase como si fuese intrascendental. Era una oración despersonificada. Sin embargo, Tomoyo pudo notar que bajo aquel tono desinteresado estaba un dolor latente, esperando alguna fisura para hacerse presente y destruir la cordura de Eriol.

—Yo… lo siento mucho.

Soltó esa frase cliché que no lograba trasmitir el verdadero sentimiento de congoja que la invadía. Ella ya sabía lo que posiblemente sentía Eriol, por lo tanto, enunciar aquellas palabras tan comunes en ese tipo de situaciones, la hicieron enfadarse consigo misma. Tomoyo recordó entonces que, a veces, el silencio es el mejor apoyo.

Entonces otra duda, mucho más profunda que antes la invadió, se resistió a dejarla abandonar su boca. No quería que Eriol siguiera recordando momentos tristes, por lo que mordió su lengua en un intento de mantener aquella cuestión atrapada.

—De verdad, lo siento —cerró los ojos, porque si seguía viendo como los de Eriol se habían quedado vacíos de un momento a otro, rompería a llorar.

—Es algo que no se puede remediar… Ahora dime qué otra cosa quieres saber.

Tomoyo negó con la cabeza.

—Es obvio que quieres saber algo más. Dilo.

La chica se encogió en el asiento.

—¿La mujer que amas… quien murió, es la profesora Mizuki?

Eriol la atravesó con una mirada fría, como si ella lo hubiese ofendido. Al cabo de unos segundos asintió y desvió su atención hacia la fila de autos que esperaba la luz verde en la calle frente al local.

Los dos se retiraron en completo silencio del lugar, acordaron reunirse al día siguiente en el centro de la ciudad.

Eriol se había encerrado en sí mismo, Tomoyo respetó que él quisiera permanecer apartado con su dolor, ¿acaso ella no hacía lo propio?

Sin embargo, antes de irse, ella no se refrenó y lo abrazó con fuerza, esperaba que la acción pudiese hacerle llegar el mensaje que sus palabras no se atrevían a decir. Quería gritarle que ella iba a estar con él tanto tiempo como quisiese y que desde ese día trataría de ser un verdadero apoyo. El joven correspondió el gesto, pero se notaba un tanto lejano.

Tomoyo lo observó hasta el instante en que desapareció de su vista. La luz del ocaso no hacía más que aumentar la sensación de desconsuelo que le llenaba el pecho. Era consciente que Eriol luchaba con tanto esmero por mantenerse imperturbable, porque era una estrategia que ella había utilizado un sinnúmero de veces, por lo que tan sólo se pudo quedar inmóvil hasta que la figura delgada de Eriol desapareció de su vista, hasta ese momento ella movió sus pies perdidos en búsqueda del camino que la llevarían a casa.

Caminó por la ciudad con calma, inundándose de la melancólica sensación que le había dejado el contemplar el sufrimiento en su amigo. La apatía con la que la miró cuando se despidieron le dolía porque Tomoyo estaba muy al tanto de que era una forma de alejarse del dolor.

Pero, ¿la apatía e indiferencia podrían mantener por siempre el dolor a raya?

Tomoyo bien sabía que no. Por mucho que uno huyera, el dolor, uno como el que ellos dos compartían, siempre encontraba la forma de colarse, presentándose de formas diversas y esquivas. Lacerando las almas que ellos intentaban sanar, ya fuera de forma consciente o no.

Llegó a su departamento. No se molestó en encender la luz, deambuló por el inmueble hasta que alcanzó la sala, sentándose en el sofá.

—Aquí viene de nuevo.

Dejó que el pánico la invadiera, que sus recuerdos revivieran todo el dolor y la culpa que la visitaban con renovada fuerza. Lloró con bastante impotencia al darse cuenta que, aunque el tiempo pasara, sus heridas no hacían más que cicatrizar y reabrirse en un ciclo doloroso y desgarrador.

Intentó no pensar en el amenazador correo electrónico de su padrastro, pero fue inútil escapar de eso, era una batalla perdida. Estaba claro que Takahiro no se quedaría tan tranquilo luego de enterarse de lo que había hecho.

La opresión en su pecho fue la más fuerte que hubiese sentido alguna vez, pues la certeza de encontrarse en peligro era paralizante.

Al día siguiente Tomoyo estaba esperando a Eriol.

Agradecía que existiera el maquillaje, pues ocultaba a la perfección la mala noche que había tenido que soportar.

En un momento determinado pensó que su amigo no acudiría, por lo que se sorprendió verdaderamente cuando lo vio aparecer con su paso relajado. Al verla el inglés sonrió amablemente, mantuvieron el contacto de sus miradas hasta que él logró llegar a su altura.

—¿Te hice esperar mucho tiempo? —consultó él a modo de saludo.

Tomoyo observó que él, aunque lucía un poco rígido, parecía repuesto de lo sucedido el día anterior, llegó a esa conclusión porque la sonrisa le iluminaba completamente el rostro. O tal vez, Eriol era tan buen actor como ella. Decidió inclinarse por la primera impresión, o al menos quería que así fuese.

—No, para nada. Llegué no hace mucho —ella le sonrió de vuelta con sinceridad, estaba alegre de que él hubiese concurrido.

Eriol escaneó su rostro y frunció ligeramente los labios.

—¿Estás bien?

—¿Por qué no lo estaría?

Eriol se encogió de hombros como si no le diera importancia, aunque sus ojos expresaban una preocupación que no era necesario verbalizar.

—Parece como si algo fuera diferente en ti.

—No te preocupes, estoy bien —mintió descaradamente.

Lo último que deseaba era preocuparlo.

Los dos comenzaron a caminar, entonces Eriol carraspeó.

—Lamento haberme ido ayer de esa manera.

—¿A qué te refieres?

—Era tarde, yo debí haber procurado que llegaras a tu casa a salvo, pero… —enmudeció—. Me disculpo por mis malos modales.

Tomoyo movió la cabeza negativamente, intentando que el muchacho dejara de hablar.

—Por favor, si acaso soy yo quien debe disculparse por tener siempre esa mala costumbre de preguntar cosas que no debería —admitió la mujer, pareciendo y sintiéndose verdaderamente culpable.

Pasearon por las calles de Bristol, a Tomoyo le encantaba la ciudad.

—¿Qué se supone que haremos hoy? —le preguntó ella.

—Tal vez podemos ir al cine.

Tomoyo lo miró de soslayo, él parecía algo incómodo con la proposición o quizás porque ella no había respondido.

—Me parece muy bien —sonrió.

Vieron una película futurista, algo carente de sentido para la muchacha, pues en algún punto, casi al comienzo del film, el cansancio la invadió y dejó de enterarse de que ocurría en la cinta. Entrando y saliendo de un sueño ligero.

Repentinamente encendieron las luces de la sala y ella despertó de golpe, algo desorientada. Barrió su mirada por toda la sala, para percatarse que sólo estaban ellos dos en ella.

—La película terminó hace diez minutos —informó Eriol, quien tenía una expresión juguetona en el rostro.

—¡Dios! ¿Por qué no me despertaste? —reclamó la chica, poniéndose de pie.

—Parecías muy cómoda durmiendo en mi hombro. Yo no iba a interrumpir lo que parecía reportarte tanta paz.

Tomoyo sintió que la sangre hacía un campamento permanente en sus mejillas, eludió la mirada de su amigo.

—Lo lamento.

A medida que pasaban las semanas, la amistad entre los dos jóvenes se hacía más fuerte. Era común que quedaran varias veces en la semana para hacer cualquier cosa. Desde hablar de arte, criticar la arquitectura actual y amar los techos abovedados, hasta comentar deliciosos platos de cocina; lo cual, con el tiempo fue mutando en que alguno de los dos preparara platillos para que el otro los probara.

Tomoyo se esforzaba por permanecer contenta alrededor de Eriol. Cada vez que conseguía que él se riera o se mostrara feliz, era como un importante triunfo para la pelinegra.

Ellos podían entenderse de forma fluida. Existían días en que uno o el otro necesitaba de espacio para estar a solas, lo cual solía ser respetado por la otra persona. Aunque a Tomoyo cada vez le costaba más trabajo dejarlo solo cuando él lo requería. Se colaba al bar con la intención de verle desde la distancia y procurar que estaba en una pieza.

Los conciertos de soledad, como ella los había bautizado, seguían siendo parte importante de la agenda del pelinegro.

Tomoyo se enfrentaba a sentimientos encontrados al respecto. Le gustaba mucho verlo tocar de esa manera, no obstante, odiaba saber que era un dolor punzante lo que él experimentaba cuando se dejaba llevar entre las teclas, las notas y la nostalgia.

En el forjamiento de su relación habían existido momentos raros. Momentos en los que Tomoyo creía ver cosas que deseaba que se repitieran. Como, por ejemplo, cuando se abrazaban por más tiempo de lo común al despedirse. O las veces en que él tomaba su mano para llevarla corriendo a alguna parte, porque había descubierto un bonito techo o cornisas antiguas de diseños hermosos, cuestiones que le encantaba detallarle a ella, como si fuese una especie de profesor y ella una estudiante. También estaban las ocasiones cuando quitaba un mechón de su cabello para acomodárselo tras de su oreja, Tomoyo era consciente de que él contenía el aliento cada vez que eso ocurría. También percibía la forma extraña en que a veces la miraba, como si estuviese discutiendo alguna cosa consigo mismo. Y en ese instante parecía como si estuviese a kilómetros de distancia de cualquier ser viviente, ella lo observaba maravillada pues lo notaba muy cómodo en su propia soledad. Una soledad que se permitía compartir con ella.

Y pese a lo extraño que a veces era el comportamiento de Eriol, ella lograba percibir que tras esas máscaras de ingeniosos chistes y de momentos lúdicos, se encontraba algo más oculto, algo que tal vez ni siquiera era capaz de reconocerse hacia sí mismo. Algo que la involucraba a ella.

O quizás era sólo que ella estaba malinterpretando la amistad de él. Fantaseando con lo que deseaba más que cualquier otra cosa.

Como fuera, no tenía la certeza de nada. Pero, Tomoyo había aceptado que Eriol le gustaba.

No había día en que no deseara verlo y sufría muchísimo cuando él se ensimismaba en sus luchas interiores pues ella deseaba ayudarlo y estar con él.

Es por eso que le extrañaba que no la hubiese contactado hace tantos días. Habían pasado más de cinco días y no le había respondido los mensajes, ni contestado ninguna llamada. Y eso estaba enloqueciéndola porque sentía que algo no andaba bien. Era casi una certeza la que le enturbiaba el corazón momento a momento.

Lo buscó esa tarde por todos los lugares que se le ocurrió, fue infructuoso.

Si tan sólo supiese dónde él vivía…

Con la desesperación como comandante de sus acciones, siguió transitando por las calles de la ciudad hasta que los pies le escocieron, por tercera vez en el día se sitúo frente al bar. No había rastros de Eriol, entonces una voz rasposa pero femenina la sorprendió.

—Eres tú esa persona, ¿verdad? ¿Eres su amiga?

Tomoyo volteó hacia la dirección de la voz, sin borrar el asombro de sus porcelanas facciones.

La mujer que había hablado, se notaba entrada en sus cincuenta, tenía el cabello blanco, largo y sorprendentemente liso. Su piel era morena y sus ojos eran hermosamente exóticos. Tomoyo no supo descifrar el color que tenían pues era bastante tarde y la luz comenzaba a escasear.

—¿Disculpe? —Tomoyo hizo una mueca en el rostro—. ¿Me habla a mí? —preguntó señalando su propio pecho.

Ella frunció el ceño, haciendo más evidente las arrugas que surcaban su rostro. Hizo un gesto de desesperación.

—Por supuesto, niña. ¿O ves a alguien más por aquí?

—No, perdone. Es que no la conozco por eso no sabía…

—Ya. Ya —cortó el discurso de Tomoyo—. Me importa un carajo tu explicación. Tan sólo contesta mi pregunta.

Tomoyo rememoró la pregunta de la mujer

—¿Amiga de quién?

—Del joven amo.

Tomoyo fijó por completo su atención en la mujer.

—¿Usted es Miss Adele?

—¡Oh, vaya! —la sorpresa inundó el rostro de ella—. Me cuesta creer que ese huraño muchacho le hable a alguien más de mi existencia. Entonces sí que eres alguien especial para él.

Tomoyo no supo en qué momento se acercó tanto a Adele, tan sólo fue consciente que en un parpadeó estaba invadiendo el espacio personal de ella, y más que eso, estaba tomando sus manos con desesperación.

—Por favor, dígame dónde está —le rogó—. He estado días y días intentando contactar con él, pero no me ha contestado y yo… ni siquiera sé dónde vive. ¿Acaso está enfermo? ¿O le pasó algo grave? —la voz de la chica se apagó cuando un miedo arrollador nació en su bajo vientre, se enfrentó a una mirada tan intensa de Adele—. Realmente estoy muy preocupada.

—Ay, muchacha. No es necesario que lo menciones, tus ojos son muy expresivos.

Tomoyo no supo qué sentido darle a aquella frase, pero tampoco tuvo mucho tiempo para pensarlo, pues Adele comenzó a caminar. Ella se dispuso a seguirla por mera inercia.

—Hace varias semanas, he podido ver como la luz ha vuelto a brillar en los ojos de aquel niñato malcriado —Tomoyo escuchó claramente la forma en que suspiró—. Creí que era el momento en que él comenzaría a renacer en su vida. Y obvio que atribuí ese cambio a alguien más—se giró para regalarle una mirada significativa—. Aunque no dijera nada, ya no pasaba tanto tiempo en la casa. Volvió a cocinar, incluso lo vi leer libros sobre arquitectura, esos que juntaban polvo desde hace tanto. Por lo que pensé que existía una persona que le había dado un nuevo sentido a sus días.

—Miss Adele, ¿Eriol se encuentra bien?

Ella ignoró olímpicamente la pregunta de Tomoyo y siguió caminando alejándose unos cuantos pasos de la joven nipona, quien corrió para darle alcance nuevamente.

—Estuve contenta de que así fuera. Ese chiquillo cree que por tener poderes está sobre las leyes que nos rigen en este mundo —Tomoyo no tenía la menor duda de que Adele estaba al tanto de la naturaleza mágica de Eriol, y tenía la certeza de que aquella mujer sabía que ella estaba completamente enterada de aquello—. El pasado es algo que no se debe alterar —comentó cambiando su tono a uno espeluznante—. Creí que ya había superado esa etapa de intentar cambiar lo imborrable. Aunque es verdad que el precio fue muy alto, porque realmente se sumió en una compleja indiferencia con su propia existencia.

Se hizo un silencio muy incómodo.

—¿Por qué me dice todo esto?

Tomoyo no terminaba de sentirse cómoda al hablar de esa manera de Eriol a sus espaldas. Era casi una cuestión de lealtad que brotaba de su ser, pero, por otra parte, tenía que reconocer que saber más sobre él era invaluable.

La mujer se dio vuelta de un momento a otro y tomó de forma descuidada el rostro de Tomoyo.

Luego soltó una carcajada.

—¿Con que te sientes desleal hablando de ese malcriado conmigo? Eres una chica que me gusta.

Tomoyo sintió entre molestia y sorpresa por lo exacto de la observación de Adele. Luego, al analizar la última frase se sonrojó con furia, por lo que Adele soltó otra risotada. Tomoyo estiró la boca con desesperación.

—¿Me dirá si Eriol está bien? Por favor, deje de jugar conmigo.

—No está bien —admitió finalmente, de manera tan escueta y directa que sorprendió a Tomoyo.

—¿Qu-Qué le pasó? —las palabras brotaron de su asfixiada garganta.

Era raro notar la forma en que el semblante de Adele cambió tan drásticamente. De pronto, toda la jovialidad que la envolvía se esfumó dejando pasó a una seriedad tan cruda, que el corazón de Tomoyo comenzó a bombear vertiginosamente en su pecho.

—Eriol está a punto de cometer un pecado. Uno de esos que jamás podrían ser expiados —sonrió con desdicha—. Y por más que quiera no es algo que yo pueda evitar.

—¿Un pecado? ¿Cuál?

—Él está tratando de llevar a cabo un hechizo que es tan prohibido como peligroso. Si logra su cometido tal vez no logre sobrevivir. Y si lo consigue será castigado por ello. No hay remedio.

—¡Debe existir una forma de evitarlo! —gritó Tomoyo completamente desesperada—. Dígame qué puedo hacer, yo haré todo lo que esté de mi parte por ayudarle.

Adele observó a Tomoyo con detenimiento.

—No tienes magia, ¿cómo esperas ayudarlo?

Aquella frase fue una real bofetada para las intenciones de la jovencita. Era verdad, ella era una simple humana. Frágil e inútil. Pudo experimentar la forma en que sus pensamientos oscuros salieron a flote y trataron de arrastrarla al río del miserable auto-desprecio.

«No puedo ser de ayuda. No sigo siendo más que una carga»

—No existe una peor batalla que la que no se intenta —su voz tan fría la sorprendió hasta ella misma—. Es cierto que no tengo magia, pero de todas formas lo intentaré. Tan sólo necesito que usted me diga dónde puedo encontrarlo.

Tomoyo no pudo notar la imperceptible sonrisa que pasó por los ojos maduros de Adele. Ni la seriedad que vino después.

—Justamente aquí.

Adele se detuvo frente a una amplia reja, de data antigua.

La mansión que resguardaba era tan hermosa como vieja. Tomoyo entendió que probablemente la inclinación de Eriol por la arquitectura viniese de haber vivido en esa casa, o quizás la había comprado por aquellos motivos.

—Esta es su casa —afirmó la mujer, pero Tomoyo era incapaz de prestarle atención.

El camino de adoquines que daba la bienvenida a los visitantes era realmente encantador, se extendía unos cuantos cientos de metros, rodeando un jardín circular en el centro, jardín que sin duda estaba muy bien cuidado, tenía una amalgama perfecta de diversas flores y arbustos. Más allá de ese camino se extendía una escalera de roca trabajada, la cual daba inicio a la mansión de color gris en distintos tonos. Una fortaleza de proporciones importantes, pero más que todo lo que captó poderosamente la atención de Tomoyo fue que algo lúgubre se cernía cobre ella.

Los ojos violáceos de Tomoyo recorrieron la casa una vez más y la sensación de que algo malo ocurría en su interior fue casi desquiciante.

Los pies de ella fueron en encuentro de la reja que delimitaba el perímetro de la propiedad.

—¡Espera!

Tomoyo se detuvo o volteó para ver a Adele.

—Yo tan sólo puedo acompañarte hasta aquí —confeso. Tomoyo se fijó en el desmejorado aspecto de Miss Adele—. La magia de este chiquillo está desatada y no puedo resistirla —explicó.

—Pero yo no siento nada.

—El que no sientas como se drena tu energía no significa que no lo haga. Te lo advierto, muchacha, si vas con el amo en su actual condición puede ser peligroso para ti.

—Entiendo.

Sus pasos retomaron el camino que habían trazado previamente. Hasta que alcanzaron la reja, ella intentó tocar los fierros, pero no lo consiguió, algo invisible impedía que pudiese acercarse más.

—¿Qué ocurre?

—Seguro que es una barrera —la mujer bufó—. ¿Por qué el amo tiene que ser tan cabezotas?

Tomoyo se concentró e hizo lo que sintió que era correcto.

«Eriol, por favor, déjame pasar. Necesito verte», envió ese pensamiento con intención. Sabiendo que probablemente era inútil.

Intentó nuevamente tocar la reja y fue infructuoso otra vez.

«No me iré de este lugar hasta que me dejes entrar»

«¡Vete!»

Esa sola palabra se extendió en la mente de Tomoyo quien se sobresaltó del susto.

«No lo haré»

«Te arrepentirás si no me obedeces»

Hasta en la mente de Tomoyo la voz de Eriol sonaba extraña, como si estuviese en una especie de trance y no fuese él por completo.

La chica intentó alcanzar la reja una vez más y llegó a rozar los fierros con sus delgados dedos. Sintió como la cabeza se le abombaba y un mareo la sacudió de forma violenta.

—Muchacha, es mejor regresar —escuchó como le hablaba Adele—. Será mejor que ideemos otra forma…

—¡No! —gimió Tomoyo—. Yo iré hasta donde está él y nadie podrá impedirlo.

Tomoyo experimento los latidos en su cabeza, la rigidez de sus piernas y el frío que de pronto envolvió todo su cuerpo. Y aún con toda la debilidad que experimentaba su cuerpo, su convicción no decayó.

«¿Lo ves? No podrás resistir mucho más. Es hora de que te marches»

«No sin ti»

Siguió intentando alcanzar la reja, hasta que finalmente logró que ambas manos rodearan cada una un fierro forjado. Escuchó claramente el clic que indicaba que la reja estaba abierta. Y se adentró en el camino de adoquines. A medida que se acercaba, le costaba más trabajo enfocar su vista, pero la perseverancia de la muchacha era una de ribetes importantes.

Atravesó todo el camino y subió las escaleras lentamente, cruzó el umbral de la puerta que extrañamente se abrió en el instante en que ella se paró enfrente.

El recibidor estaba desolado, carente de muebles. Ella por intuición más que por otra cosa, dirigió sus pies hasta una de las habitaciones del fondo.

Eriol estaba de pie sobre el círculo mágico de Clow, sostenía su báculo dorado que le sacaba por lo menos un metro al joven inglés. Estaba quieto, con los ojos cerrados, como si fuese una escultura. Su voz era un murmullo que recitaba frases en latín.

El malestar de Tomoyo empeoró porque un cansancio arrollador la invadió.

—Eriol —murmuró Tomoyo—, por favor, no lo hagas.

Intentó acercarse a él y una luz dorada la lanzó lejos, haciéndola retroceder hasta una de las paredes, golpeándose el hombro y el costado izquiero. Ella acusó el golpe y fue complicado volver a ponerse de pie. Y aun así lo logró. Se acercó a él, extrañamente, el mago abrió los ojos. Tomoyo tuvo la certeza que quien la miraba con ese nivel de frialdad estaba muy lejano de ser su amigo, pero ella no se acobardó y se plantó frente a él.

De pronto, toda aquella displicencia con la cual la observaba fue reemplazada de súbito por algo tan cálido que las rodillas de Tomoyo fallaron, arrodillándose frente a él, pero sin dejar de mirarlo desde el suelo.

—¿Funcionó? —murmuró Eriol—. ¿Estás aquí?

Eriol soltó su báculo y en el acto el sello bajo sus pies desapareció, al igual que el artilugio mágico que emitió una luz antes de que tocara el suelo.

Él caminó los menos de seis pasos que los separaban. Tomoyo no podía despegar sus ojos de Eriol quien seguía mirándola de forma tan especial.

Eriol llegó hasta ella y la levantó entre sus brazos.

—Te he extrañado tanto —susurró al tiempo que la abrazaba con fuerza.

Eriol volvió a soltarla para sostener su rostro, Tomoyo se sentía muy débil, tanto por los espasmos que experimentaba, como los latidos de su cabeza que bombeaba rápidamente. Y pese a toda la extenuación que sentía, no dejaba de sentirse emocionada.

Eriol acarició sus mejillas y se acercó hacia ella.

Sus labios se acariciaron antes de que ella fuera consciente de lo que estaba ocurriendo.

Lo único que pudo hacer fue responderle.

El beso que comenzó como una caricia muy tierna, de pronto fue aumentando vertiginosamente de intensidad. La debilidad casi la reclamaba y ni siquiera había sopesado la idea de separarse. Eriol la estaba besando a ella y eso era como un sueño hecho realidad.

En un momento se separaron y Eriol la abrazó muy apretado.

—No sabes cuánto te amo, Kaho.


Notas de la autora: Luego de un muy prolongado silencio vuelvo con el quinto capítulo de esta narración.

¿Qué cuales fueron las razones para la demora?

Muchas. Aunque me reservaré los detalles.

Tan sólo tienen que saber que estuve imposibilitada de hacerlo por algunos meses, y cuando retorné a mi vida natural, no tuve ganas de escribir por semanas. Hasta hace poco, que aquella pasión retornó como un huracán. Escribí por horas antes de darme cuenta.

Gracias por todos los reviews, fueron pequeños haces de luz en medio de mi propia desesperación, así que lo agradezco mucho, mucho.

También doy gracias por no abandonar la historia y seguirla hasta el día de hoy.

Espero volver pronto con la actualización, de veras que lo espero.

Y también espero sus comentarios sobre el trayecto que ha tomado la historia, estoy muy interesada al respecto.

Saludos para cada uno.

Au revoir.

P.D. Disculpen el no responder los reviews por esta ocasión, para la próxima espero que sea distinto.