Rey tenía su pequeña mano extendida delante de sí misma. La vista fija en la manzana que Trilla había colocado delante de ella. La inquisidora había hecho que diese una cabriola y se posase elegantemente en la mesa frente a ella. No podía ser tan complicado. Trilla observaba en absoluto silencio mirando fijamente la manzana atenta a cualquier pequeño movimiento que hiciera, pero estaba completamente estática.
_ No puedo… _ Suspiró Rey, bajando la mano, frustrada. _ No se mueve, es imposible.
_ Nada es imposible para un Sith, y menos para ti. _ Susurró Trilla, mirándola a ella. _ Recuerda lo que te he dicho. Abraza tus emociones. Tus emociones son tu fuerza. Usa tu miedo, tu rabia… canalízalo.
_ No sé cómo hacer eso… _ Bajó la cabeza.
_ Es una lástima… _ Trilla desvió la mirada. _ Si lo consiguieras… te llevaría conmigo… lejos.
_ ¿Lejos? _ Bufó la pequeña.
_ Sí… a un sitio que no hayas visto nunca. _ Trilla le quitó importancia. _ Pero… supongo que te estoy exigiendo demasiado.
_ No… lo conseguiré. _ Rey volvió a posicionarse.
_ Creía que decías que era imposible. _ Trilla sonrió de lado. _ Yo creo que sólo necesitas… un poco de motivación.
Rey volvió a intentarlo, con renovadas fuerzas. Trilla mantuvo su puesto, con la mirada fija. Rey había visto lo seriamente que la mujer se tomaba sus lecciones. Cuando estaba simplemente con ella era muy amable, la trataba muy bien, le contaba chistes… e incluso cuentos antes de ir a dormir. Pero cuando llegaba el momento de instruirla, se tornaba seria e incluso distante.
Rey quería salir de aquellas salas oscuras, aunque fuese un rato. Se conformaría con poder volver a ver la luz de una estrella, aunque fuera por unos segundos. Estaba enfadada por estar encerrada allí, enfadada por tener que depender de ese emperador… enfadada por que la hubieran secuestrado. Enfadada porque sólo Trilla parecía escuchar lo que tenía que decir.
Se concentró en eso. Y la manzana explotó, manchando toda la mesa… y el rostro de Trilla. Rey se tensó y miró a su mentora, visiblemente asustada. Trilla se quedó en silencio un par de segundos, contemplándola, y acto seguido se echó a reír.
_ Bueno… no es lo que te he pedido… pero al fin hemos conseguido que contactes con la fuerza. _ Sonrió mientras se limpiaba con el dorso de la mano. _ Está bien… te llevaré fuera. Abrígate… No estás acostumbrada a un clima como el que te espera.
Rey tomó las prendas que Trilla le había preparado. Era una larga túnica negra, muy distintiva, y bastante calentita. Rey no había recorrido con tanta emoción aquellos pasillos en toda su vida. Por fin iba a salir después de todos los meses que llevaba allí. Cogió su pequeño bastón, se lo colgó a la espalda y siguió a Trilla al interior de su nave. Ella se había vestido con unas prendas sencillas, y cómodas, similares a las que le había dado a Rey.
Rey estaba sentada en el asiento del copiloto, sentada y observando el frío espacio a través de los cristales de la nave. Estaba moviéndose nerviosamente sobre la sillita que nivelaba el asiento, presionando contra el cinturón de seguridad, mientras Trilla atravesaba el espacio en riguroso silencio. Rey estaba impaciente, y no pudo contenerse cuando continuaron tras hacer el salto al hiperespacio.
_ ¿Falta mucho? _ Preguntó, con su vocecita, en apenas un murmullo.
_ De hecho… ya hemos llegado. _ Sonrió Trilla. _ Mira, ese es nuestro destino.
Rey observó en la dirección en la que Trilla le señalaba. Sus ojos se abrieron como platos al contemplar el planeta que había ante ella. Nunca había visto un planeta con un color tan verde. Apenas había visto el amarillento Jakku cuando lo abandonó, y no era comparable a lo que veía en aquel instante.
Rey aún estaba muda cuando la nave penetró en aquel planeta y se posó elegantemente. Se desabrochó el cinturón y salió corriendo antes incluso de que Trilla se lo dijera. Corrió un par de metros, quizá algo sobre estimulada con el exterior, respirando aquel aire húmedo y fresco… mucho más puro que el de Jakku.
_ Pensé que te gustaría… siempre hablas de lo que te gustan los oasis de Jakku… _ Trilla se colocó a su espalda.
_ ¿Todo el planeta es así? _ Le preguntó, mirándola fijamente.
_ Sí… _ Trilla se incorporo para quedar a su altura. _ Salvo las ciudades, claro.
Rey empezó a andar, seguida de Trilla. Aunque de vez en cuando corría un poco, la inquisidora no tardaba en alcanzarla. Rey había soñado muchas veces que escapaba de Jakku, e iba a un planeta distinto… probablemente de haber sabido que existía uno así, habría sido su elección.
_ ¿Cómo se llama? _ Preguntó, con inocencia. _ ¿Qué planeta es este?
Trilla miró a Rey, que en ese momento se encontraba cabeza abajo, andando con las manos sobre la hierba fresca.
_ Naboo… _ Trilla miro al cielo. _ Es el lugar en el que nació tu abuelo. Este podría haber sido tu hogar… si las cosas hubieran sido distintas.
Rey volvió a ponerse de pie y se sentó junto a trilla. Mirando el cielo.
_ Cuando termine mi entrenamiento… ¿Podré vivir aquí? _ Le preguntó.
_ Quizá… si todo sale como debiera… deberías poder vivir donde quisieras… _ Susurró Trilla, mirándola. _ Pero aún es pronto para darte una respuesta definitiva.
Rey iba a decir algo, pero Trilla le hizo un gesto para que callara.
_ Párate un momento… cierra los ojos y escucha.
Rey obedeció, escuchando los muchos sonidos que había a su alrededor. Los animales… el crujido de algunas plantas… era una sinfonía como nunca había escuchado en su vida.
_ Ahora… relájate… concéntrate… Si lo haces… podrás hacer algo más que escuchar… podrás sentir. _ Le susurró, en voz baja. _ ¿Puedes sentir la fuerza, Rey?
Ese era un ejercicio que ya habían intentado practicar en Excegol. Pero la situación era completamente distinta. Y Rey lo vio enseguida… había muchísimos estímulos. La joven no tuvo demasiados problemas en conectar con la fuerza. Sintió muchas cosas. Pudo sentir a las bestias a su alrededor, el rumor de las plantas.
Y pudo sentir a Trilla. Había mucho dolor en su interior. Sufrimiento… ira… pero también… compasión. Trilla probablemente fuese la persona más complicada que Rey había conocido. Cuando volvió a abrir los ojos, simplemente asintió a la inquisidora.
Retornar a Naboo se convirtió en un premio recurrente que la muchacha exigía. Con el tiempo hizo amigos en la ciudad, se ganó cierto renombre. Nadie sabía de dónde venía la muchacha, ni quién era su misteriosa cuidadora, pues a la vista saltaba que no estaban emparentadas. Pero mantuvieron un perfil bajo, y no fue un problema.
Rey se habituó rápidamente a su nuevo modo de vida. Aprendió a aceptarlo y a disfrutar de las pequeñas cosas. De las historias que le contaba Trilla antes de dormir, de las visitas a Naboo, de sus pequeños juegos y las construcciones que fabricaba con la chatarra que había coleccionado. De las fiestas de cumpleaños que Trilla nunca olvidaba organizarle. Rey dobló la edad con la que había pisado aquel planeta sin llegar a darse cuenta de ello.
La muchacha de diez años ya no tenía problemas para mover objetos que superaban con mucho su propio peso, o para escuchar la fuerza y sentirla. Trilla era una gran mentora. Y Rey una gran alumna. Cuando le dijo que se preparase para salir llegó incluso antes que la inquisidora a la nave. Con disciplina, pero aún con una sonrisa impertinente, esperó a la inquisidora.
Trilla no había cambiado en absoluto en aquellos años. Era como si el tiempo no hubiera pasado para ella. Seguía pareciendo la misma a la que había observado formarse en aquel tanque de agua, tantos años atrás. Aquella mañana tenía una sonrisa curiosa mientras se encaminaba hacia la nave, parecía orgullosa.
_ ¿Crees que habrá fruta hoy en el mercado? _ Le preguntó a su maestra. _ Me apetece algo de mermelada, a decir verdad.
_ Hoy no vamos a Naboo, pequeña. _ Le pasó la mano por el pelo, comprobando la integridad de sus moños. _ Hoy vamos a otro sitio.
_ A otro sitio… _ Repitió Rey. _ ¿Dónde?
_ Hoy es un día muy importante para ti, Rey… _ Trilla sonrió. _ Ya lo verás cuando lleguemos.
Rey estuvo un poco tensa durante el viaje. Cuando atravesaron el hiperespacio, se vio ante un planeta de un brillo blanquecino. Muy distinto a Naboo. Fue una fuerte que Trilla llevase unas capas muy abrigadas. Porque cuando aterrizaron pudo sentir como se le helaba la piel descubierta. La piel se le enrojeció. Dado el color de piel de Trilla, no resultaba tan evidente.
Se encontraron ante un puesto de avanzada de la primera orden. Cuando se acercaron, Rey estaba tensa. Los soldados uniformados siempre llamaron su atención, generaban miedo en ella. Cuando Trilla se aproximó, los guardias se acercaron.
_ Tranquilos… _ Rodeó a Rey con la mano, atrayéndola hacia sí. _ Tengo autorización del propio Snoke para acceder a las minas.
Tras comprobar las credenciales, las dejaron pasar sin el menor sobresalto.
_ ¿Te asustan los guardias de la primera orden?
_ Un poco… _ confesó Rey, avergonzada.
_ No te preocupes… estamos todos del mismo lado, peque… _ Le acarició el pelo con delicadeza.
_ ¿Por qué hemos venido aquí?
_ Esto es Ilum… la primera orden está trabajando aquí para crear algo importante… pero hasta entonces… tenemos acceso a las minas. Las mayores minas de cristal kyber del universo. _ Terció Trilla, mientras se adentraba más allá de los soldados imperiales.
_ Me has traído para hacerme un sable láser. _ Los ojos de Rey brillaban intensamente _ ¿Vas a empezar a adiestrarme para que pueda usarlo?
Trilla asintió lentamente mientras llegaban a lo más hondo de la cueva. Buscó una beta de cristal prometedora y le tendió el piolet a su aprendiza.
_ Debes sacarlo con tus propias manos. _ Le dijo, con una leve sonrisa. _ Adelante.
Rey se adelantó con el piolet en la mano. Lo aferró con las dos manos, empujando hacia la espalda, y lanzó un picotazo contra el cristal. El segundo golpe fue incluso más enérgico que el primero. Pero la beta no cedía con facilidad. Trilla tomó asiento y se quedó observándola en silencio.
Rey tardó un buen rato en conseguir sacar el cristal de la piedra, ante la atenta mirada de su mentora. Cuando lo consiguió, estaba sudando bajo el abrigo. El sudor se iba a enfriar y le provocaría una hipotermia si no se daban prisa. Rey sostuvo el cristal en su mano.
_ Ahora debes concentrarte… en tus emociones. Deja que fluya la rabia… la ira… el odio… como te he enseñado. _ Le susurró. _ Deja que penetre en el cristal.
Rey entrecerró los ojos, apretando el cristal entre los dedos. Trató de pensar en el abandono de sus abandonos… en lo mucho que detestaba al emperador. Pudo notar cómo la fuerza fluía a través de ella. Pero cuando abrió los ojos, el cristal seguía de su original color blanco.
_ No hay suficiente odio en ti… _ Susurró Trilla. _ ¿Quién lo diría?
_ Yo… lo siento… _ Susurró Rey.
_ Eres apenas una niña. _ Trilla sonrió. _ Con el tiempo… tendrás verdaderos motivos para enfadarte… y para odiar.
Trilla se acercó y colocó los dedos sobre el cristal. Este brilló, como si latiese, y se tiñó de un vivo color rojo. Se fragmentó y se dividió en cuatro. Dos de los trozos tenían un tamaño apropiado… mientras que los otros dos eran demasiado pequeños para un sable.
_ Será nuestro pequeño secreto, ¿De acuerdo? _ Le dijo Trilla, guiñándole un ojo. _ No le cuentes al emperador que yo te he sangrado el cristal… ¿De acuerdo? Estoy seguro de que se pondrá muy furioso si se entera.
Rey no dejaba de pensar en aquellas palabras aquella noche, en su habitación, mientras revisaba sus materiales para poder crear su sable láser. Acarició lentamente el metal. Trilla se la había jugado por ella. Tenía que hacerlo mejor o ella terminaría pagando las consecuencias. Iba a ser la mejor Sith de todas.
