Capítulo VI "Sombría capitulación"

Durante las semanas previas se había acostumbrado tanto a la presencia de cierta mujer, que muy en el fondo estaba aterrado. Bueno, tal vez, no tan en el fondo.

Sentía una aprensión paralizante porque era consciente que con ella lograba sentirse sin pesares, podía olvidar sus cargas y disfrutar momentos que atesoraba con devoción. En algún momento comenzaron a tener sentido muchas cosas que habían perdido la gracia. Y por bastantes días dejó que esa gozosa sensación de plenitud lo atravesara, como si le presencia de esa chica fuese como una cantidad inmensa de fotones que llevaban algo de calidez a la condena que se había sumido su alma, como si con Tomoyo hubiese logrado dar un paso más cercano hacia aquella tan ansiada paz.

Por lo menos, Tomoyo representaba la calma y la tranquilidad que requería su vida.

Ya no había experimentado el sentimiento de encontrarse encerrado en una trampa que sólo le traía desesperación, resquemor y odio con el destino que le había tocado vivir. Por ese lapsus de tiempo, pudo respirar sin la opresión que sentía casi todo el tiempo en el pecho. Tomoyo lo hacía sentir libre, liviano. Las cosas que antes no podía percibir, ahora le eran muy evidentes. A veces, ella lograba hacerle reír y sonreír con tal facilidad que se había descubierto a sí mismo observándola con una sonrisita tonta pegada en su rostro.

La soledad ya no era tan atractiva si se le ponía como contraparte la presencia de la joven nipona de negro cabello.

Pero, ¿por qué?

Eriol había eludido esa pregunta casi con condescendiente amabilidad, la postergaba hacia un futuro cada vez más lejano, hacia un futuro que no deseaba que tuviese que llegar. La razón es porque sentía que cualquier respuesta que pudiese darle, podría arruinar aquella formidable ilusión de humanidad que Tomoyo con su presencia le había regresado.

La distancia que él mismo había interpuesto contra casi cualquier ser, se había replegado sobre sí misma para desaparecer casi sin que lo pudiese notar. Tarde se había dado cuenta de que ella comenzaba a importarle, más que eso.

Hacía cosas pensando en lo que ella diría, estudiaba historias de la ciudad para poder contárselas en la oportunidad de verla. Tal vez no causaría ese efecto en él si ella no estuviese siempre pendiente, sino le prestara tanta atención, porque era obvio hasta para el más negligente observador que Tomoyo disfrutaba tanto de su compañía como a él le pasaba con ella. Y él, precisamente, no era un mal observador.

Los días de esa complicidad mutua seguían sumándose con embriagadora calma.

Sin embargo, en su interior, la tranquilidad comenzaba su retirada dejando ráfagas de descontrol, lluvias de desconcierto y tempestades provocadas por la culpa.

La culpa.

Odiaba ese sentimiento, tanto como odiaba el hecho de no poder ignorarlo.

Y cuando supo que no podía posponer más tiempo aquel enfrentamiento con la culpa, fue en una noche especifica.

Antes de dormir estaba leyendo, y de pronto, su mente se desvió del discurso que se conformaba en las líneas de la página que estaba estudiando, tan sólo dejó de prestarle atención para que su cerebro recayera en los ojos amatistas más hermosos que conociese.

Ese día ella le había sonreído con total refulgencia en sus orbes, que le hicieron sentir un apretón en el corazón. Respiraba agitada pues habían hecho una nueva competencia hasta la cima del lugar que a ella tanto le gustaba visitar. Él había conseguido ganarle, con tan sólo poca ventaja. Entonces cuando volteó para restregarle su victoria a Tomoyo, ella estaba sonriéndole de ese modo tan centelleante, sus mejillas se miraban sonrosadas y su respiración era trabajosa. Ella se veía verdaderamente bella. Aún con ese mechón rebelde que siempre estorbaba en su frente, aun así, se veía magnífica. No pudo reprimir el deseo de tocarla y se acercó para tratar de ordenar ese mechón de cabello, casi sin soltar una ínfima exhalación.

No pudo presumir su triunfo. Ni siquiera lo recordó.

Durante gran parte de ese día, Eriol se encontró observándola con una sonrisa de idiota en toda la cara, la misma que ocupaba su rostro en aquel momento en su despacho.

Cerró el libro con algo de frustración. Aunque quisiese no podría conseguir enterarse de nada del libro y con esa sonrisa de estúpido se alejó de la estancia que tantas veces lo había cobijado en sus momentos de más cruenta oscuridad.

Ahora quería salir de esa habitación y mirar las estrellas, estaba seguro que lucirían majestuosas, como si fuesen pequeños diamantes en un fondo azul oscuro.

Se sirvió un whiskey simple y contempló por bastante tiempo la bóveda ennegrecida que coronaba el cielo inagotable.

Su bebida se terminó y se dio cuenta que se había quedado ensimismado en sus memorias de las horas pasadas, de los días recientes, con la misma sonrisita en la cara. Ojalá pudiese conservar esa sonrisa para siempre, llegó a pensar.

Mas cuando creía que ese liviano equilibrio soportaría más tiempo, todo se desmoronó.

Esa misma noche que se había quedado dormido con el más puro sentimiento de paz, esa misma noche había despertado sudoroso y al borde del llanto.

Había soñado con Kaho.

Lo peor no fue soñar con ella, sino que ella le recriminara el hecho de que la estuviese olvidando. La persona que lloraba en su sueño le había preguntado si el para siempre que él le había prometido tenía una fecha de caducidad.

Eriol sintió como si esa realidad a la cual estaba haciéndole el quite, de pronto, lo hubiese enfrentado con brutalidad, asestando un golpe contundente que por poco lo hace enloquecer.

Tuvo que preguntarse, entonces, ¿de verdad estaba olvidándose de su amor por la pelirroja? ¿Cuánto de ese olvido se debía a su hermosa amiga? ¿Cuánto estaba dispuesto a seguir olvidando por seguir pasando sus días en la compañía de Tomoyo?

Se levantó repentinamente del lecho y deambuló por la habitación con un gesto de aflicción. La amargura tallaba cada músculo de su rostro. ¿Por qué ahora volvía a sentirse tan desgraciado?

¿Por qué cuando conseguía no sentirse un miserable tenía que pasar esto?

Se sentó nuevamente en la cama, pensando que tal vez sólo había sido una pesadilla, que era la parte de su personalidad que seguía aferrada al pasado. Volvió a intentar dormir, pero los sueños protagonizados por Kaho regresaron. Definitivamente, esa noche no consiguió descansar en lo absoluto.

«¿Tal vez mi querida Kaho sufrirá si la olvido?», ese pensamiento obsesivo comenzó a germinar por su inteligencia, dejando un gran número de semillas que echaron raíces en muy poco tiempo.

La desesperación no tardó en llegar porque volvió a encerrarse en su casa. No se permitió contestar ninguno de los mensajes que Tomoyo le enviaba día a día. Sentía un gran remordimiento por no responderle, pero era peor la sensación que experimentaba noche a noche, cuando ella le pedía que no la olvidase. El sentimiento de saberse traidor era uno que no lo dejaba en paz.

«Kaho está sufriendo por todo esto»

Tuvo que aceptar que quería verla. Quería tener la oportunidad de preguntarle a ella si realmente sufría por él. Si era cierto que no quería que dejara de amarla de la forma en que lo había hecho.

Sus intereses se volcaron nuevamente en buscar un hechizo que le permitiera esto. Buscó en tantos textos antiguos uno que pudiese darle la gracia de hablar con esa mujer. Pasaron días hasta que consiguió uno:

"Las almas destinadas nunca dejan de estar entretejidas. No importa que trasciendan una existencia, ese lazo se conserva sin romperse por toda la eternidad, puede estirarse o recogerse, pero nunca puede cortarse, en cualquier vida. Ya que el amor verdadero es uno que ni siquiera Dios puede separar. Esas almas conforman dos partes de un todo"

Bajo esta premisa es que Eriol pretendió contactar con la mujer que sentía que era su destino, si el lazo podía volverse entonces él lo haría para que llegase hasta él. O para que él fuese hasta ella. La forma no importaba, lo único verdaderamente relevante era poder comunicarse con la mujer que estaba en su destino y que le fue arrebatada de forma cruel.

Estaba seguro: Él estaba destinado a Kaho.

«Si crees que ella es tu destino, ¿por qué no puedes mantener tu mente alejada de aquellos ojos amatistas en los que piensas, aunque no quieras?», le preguntó alguna parte de su consciencia.

Eriol estaba confundido, le era complicado admitir que él y Kaho no estaban predestinados. Él realmente sintió que le cortaban la mitad de sí mismo en el momento en que ella no regresó. Efectivamente sintió que la amó con todo su ser. Sin embargo, estaban todas las dudas que Tomoyo le provocaba y que se sentía incapaz de contestar.

¿De verdad Kaho era su amor verdadero?

Por supuesto que sí, se empeñó en esa idea. Ciertamente no deseaba que ella siguiese apareciéndosele en sueños, demandando que cumpliera lo que otrora había prometido.

Estudió por horas, por demasiadas horas tal vez, antes de atreverse a comenzar aquel conjuro que traería a su amor con él. A su verdadero destino.

Mientras se ocupaba de los preparativos llegó su ama de llaves: Miss Adele.

Ella lo miró con reprobación, ni siquiera se molestó en ocultar lo en desacuerdo que estaba con él.

—¿No has pasado por esto ya? —lo cuestionó, mirándolo ceñudamente—. Creí que ya la dejarías descansar en paz. Estoy segura que ella no querría que cometieras esta clase de…

—¡Guarda silencio, Adele! Tú no tienes cómo saber lo que ella quiere o no quiere. Esto no es tu asunto.

—Claro que sí lo es, niñato malcriado. ¡Qué seas un mago tan poderoso no significa que seas el más sabio y eso me queda más claro que nunca!

—¿Qué quieres decir? —le preguntó el mago a la anciana evidentemente enfurruñado.

—¡Qué eres un estúpido! Esto no va a funcionar…

—Al menos voy a intentarlo.

—Sabes que esto tendrá consecuencias muy duras para tu alma. Te vas a corromper.

Eriol miró a Adele con algo de cariño. Era obvio para el mago que ella se encontraba muy preocupada por su destino.

—Lo sé —admitió.

—No quiero ver cómo te autodestruyes —ella lo soltó con la voz compungida—. Y es lo que te sucederá si vas en contra de los designios del destino. No se puede contactar de manera forzada con aquellas almas que se fueron de este mundo.

Eriol entendía todo esto. Realmente lo entendía, no obstante, cuando cerraba los ojos y veía la manera dolorosa en que Kaho se lamentaba, no le dejaban otra cosa que la convicción necesaria para hacer aquello que él creía correcto.

—Gracias por todo, Adele —le dijo, tomándola de las manos—. Hay veces en que debemos hacer locuras para conservar algo de cordura.

Ella lo evaluó con descaro y finalmente soltó un largo suspiro, luego se dio media vuelta y levantó los hombros a la vez que decía:

—Seguiré tratando que entres en razón.

La anciana se retiró del despacho de Eriol con un rumbo fijo: Encontrar a la persona que había logrado que Eriol viviera de nuevo.

Por su parte, el mago siguió con sus asuntos, tardó algunas horas hasta que todo estuvo listo. Comenzó con el inicio de todo lo que se vendría.

Debía reunir una cantidad considerable de energía, a la vez que decía las frases que le permitirían llevar a cabo el hechizo. Era complicado mantener el ritmo, la energía abandonaba su cuerpo de manera masiva. Desató toda la magia que normalmente mantenía guardada. Estaban muy oxidadas sus habilidades, pero la capacidad seguía siendo la misma. Era muy fuerte.

No obstante, el llevar a cabo aquella empresa estaba mermando toda su magia y no había cambios. Estaba fracasando y no podía darse ese lujo.

Ya casi no le quedaban fuerzas, entonces esa voz llegó hasta él con la apariencia de una hermosa mariposa resplandeciente. Su tono suplicante fue verdaderamente como una caricia del viento cálido de un atardecer en primavera.

La brisa que trajo consigo aquella voz tenía el sello de ella. Era su aroma. Era su tono. Era ella. La mujer en la que no debía pensar, pero que pensaba en contra de sus propios principios. Tomoyo.

Sintió como un inconmensurable agujero se expandía por el centro de su ser y la duda se estampó sobre su piel como un claro recordatorio de que las cosas estaban cambiando.

Le ordenó que se fuera, ella no debía estar allí. No debía interferir cuando estaba tan cerca de lograrlo. Y muy a su pesar, sus barreras no pudieron detenerla, no sabía con certeza la razón; creía que se debía a que su voluntad desde hace mucho se había fisurado y la verdad es que ya no sentía la convicción necesaria para alejarla porque una gran parte de él le permitiría acercarse para que ella lo llenara con su luz. Para que ella lo hiciera sentir en paz.

En su mente confusa no lograba ponerse de acuerdo consigo mismo.

¿Qué es lo que pretendía haciendo todo esto? ¿Acaso él realmente deseaba traer a Kaho para que viera lo miserable que se había tornado su existencia? ¿Quería lastimar a las personas que aún lo estimaban de esa manera, arriesgado su propia vida por intentar lo imposible?

Sus recuerdos trajeron la imagen de Kaho, la última vez que la había visto con vida. El sol se había colado por los ventanales del aeropuerto, dándole un aspecto etéreo, casi como el de un ángel de los cielos. Eriol no podía olvidar la forma en que los fotones crearon un aura tan surrealista alrededor de ella, tampoco su última sonrisa, porque ella siempre le sonreía.

¿Cómo serían las cosas si aquella última vez que sostuvo sus manos la hubiese retenido? ¿Aún le sonreiría de la misma forma?

Se aferró a ese recuerdo, a ese sentimiento que cada vez le costaba más sostener. La traería y la vería sonreír una vez más.

Entonces se enfocó en ese deseo. Omitió que Tomoyo hubiese intentado hablarle, lo sentía por su parte que comenzaba a quererla, pero él tenía que lograr ver a Kaho y convencerse que ella no lo odiaba por estar olvidándola.

Se concentró y decidido comenzó a susurrar las frases que completaban el hechizo.

No importaba si se condenaba al infierno con este acto de insurrección hacia las leyes universales, tampoco si su esencia era condenada a diluirse en el fondo de la nada, de la no existencia perpetua. Sólo quería poder contemplarla una vez más y explicarle todo.

Repentinamente, la puerta de la habitación se abrió de golpe, dirigió una mirada asesina y fría, no permitiría que nadie impidiera su misión; se confundió cuando lo único que pudo ver fue la silueta iluminada de una persona. Los flashbacks de la última vez que vio a Kaho vinieron a él como un torbellino, perdiéndose unos cuantos momentos de la realidad, en el instante en que finalmente consiguió volver a situarse en los hechos que se estaban sucediendo, notó que esa persona que irradiaba esa portentosa luminosidad, dorada y plateada a ratos, estaba arrodillada frente a él, sus ojos temerosos le hicieron salir del trance que intentaba tragárselo entre la cruel oscuridad.

—¿Funcionó? —le preguntó con la mitad de su alma. La conmovedora vulnerabilidad que se coló en su voz, lo hizo emocionarse tanto que sintió como un líquido cálido le recorrió toda la espalda.

Balbuceó algunas palabras, pero sus acciones irrefrenables eran poder llegar a ella y abrazarla por última vez, antes de que su alma se condenara. Su intelecto no se detuvo a evaluar el aspecto de la mujer que lo miraba con una confusión muy patente en sus facciones.

El hechizo había funcionado, lo que quería decir que efectivamente ella era su destino. Su otra parte. Era ella. El hechizo consiguió traer a su verdadero amor ante él, aun en contra de cualquier barrera.

Poco le importó que el color de sus ojos fuera tan diferente. Ella brillaba, brillaba igual que lo hacía Kaho aquella última vez que la vio con vida. Y era esa la luz que lo llamaba como si él no fuese más que una polilla que merodea alrededor de una bombilla de luz, una que trata de alcanzar la portentosa luz del sol.

No pudo detenerse, en el momento en que su cuerpo sostuvo el de ella, supo ya no había marcha atrás.

—Te he extrañado tanto —le confesó como si esas palabras pudieran hacerle un poco de justicia a todo lo que había significado perderla. Como si con ello consiguiera retratar todo el frío infierno al que se había visto relegado desde su partida.

Se separó un poco de ella, pero tenía que seguir tocándola a como diera lugar, tomó su rostro para intentar refrenar el torbellino de necesidad que se agigantaba en su ser.

Tan sólo tenía que saciar el hambre que tenía de ella, la voraz necesidad de poseerla y no permitir que se fuese de él nunca. Por lo que la besó, primero de forma calmada y casi extrayendo la dulzura de sus labios, robándole segundos al tiempo. Sintió la forma en que ella se estremeció con su contacto, también pudo percibir que en un comienzo sus labios vacilaron sobre los suyos, para después de interminables segundos se atrevieran a retribuir la caricia. Luego, el beso se fue haciendo más intenso, sabía que si no se calmaba probablemente conseguiría asustarla, pero no podía controlarse. Ella le correspondía toda esa dosis de primaria necesidad, de completa entrega y de pura pasión. Era el mejor beso que alguna vez le hubiese dado a nadie.

Se separó unos cuantos instantes:

Tan sólo para susurrar aquello que lo estaba asfixiando.

—No sabes cuánto te amo, Kaho.

Volvió a besarla, pero ella soltó un quejido desgarrador. Esta vez no le respondió, tan sólo volvió a suspirar como si lloriqueara muy bajito.

Eriol abrió los ojos y comprendió que toda la luminosidad dorada que la rodeaba, comenzaba a extinguirse. Ella fue deslizándose entre sus brazos como si no pudiese resistir más.

Recién en ese momento el mago consiguió salir por completo de su estado psíquicamente alterado.

Con horror vio que amparaba el cuerpo ligero y menudo de Tomoyo. Las explicaciones de su astuta mente no se hicieron esperar. Comprendió que había confundido a Tomoyo con Kaho y también supo que la había besado creyéndola otra. Atrás dejó todas las dudas de por qué el conjuro había fracasado. Estaba demasiado impactado para comenzar a explicarse lo sucedido.

Una duda era latente: ¿por qué ella había brillado de esa manera?

Y también: ¿Por qué su consciencia más básica había creído que ella era el único ser para complementarlo?

—¿Tomoyo? —la llamó, mientras se hincaba en el piso sosteniéndola.

Ella mantenía los ojos cerrados, aun así, sus ojos estaban húmedos. Su tez estaba mortalmente gris. Su respiración era muy rápida como si estuviese agitada.

Eriol tocó su frente y descubrió que estaba extremadamente fría. Su preocupación se disparó al notar que ella no respondía a sus intensos llamados, más todavía porque ella parecía empeorar; a su respiración agitada se habían unido espasmos violentos que recorrían su anatomía.

—Tomoyo, por favor —rogó con el pánico escabulléndose entre sus palabras.

—¿Qué le sucedió? —preguntó la conocida voz de Adele.

Eriol la miró confundido, sin saber bien porque su ama de llaves estaba en ese lugar. Tampoco se quedó mucho tiempo en ese cuestionamiento. La prioridad era otra.

—Se desmayó y no despierta, maldición —juró, dejando que el pánico escurriera.

—Le dije que era una insensatez venir hasta aquí —admitió la voz culpable de la mujer. Eriol la contempló como esperando que prosiguiera—. Traté de advertirle que, con lo desmesurado que era tu descontrolado poder, podía salir lastimada, pero ella no quiso detenerse a escucharme. Salvarte era todo lo que ella quería.

—¿Salvarme? ¿Acaso tú…?

—Sí, yo le conté todo lo que pretendías —lo cortó sin desviar la vista de aquella intensa reprimenda que comenzaba a juntarse en los orbes azulinos del inglés.

—¿Con qué derecho…? —intentó preguntar—. ¿No te detuviste a pensar que ella no posee magia, demonios? Fue absurdo que dejaras que ella se metiera en esto, Adele.

—Honestamente no creí que ella se arriesgaría de esa manera. Me ha sorprendido la forma en que se ha expuesto por ti.

El mago podía sentir el incipiente dolor golpeándole la nuca. La desesperanza que comenzaba a experimentar estaba generando un frío desconsuelo.

Estrechó el cuerpo inerte de Tomoyo hacia sí y tembló sin saber la forma correcta de proceder. No sabía cómo hacer para que ella abriera los ojos, no tenía una idea de la manera en que debía seguir para que su piel volviera a su níveo color. Tan sólo la abrazó esperando que su propio calor corporal pudiese penetrar en las barreras de las frías convulsiones que atacaban su femenino cuerpo.

—Tomoyo, Tomoyo, Tomoyo. Vuelve, por favor —susurró en su oído.

Ella seguía con los ojos cerrados, su respiración comenzó a calmarse.

—Esto no es bueno —susurró Adele con alarma.

Eriol dirigió su atención aturdida hacia Adele.

—¿A qué te refieres?

La anciana sonrió con sempiterna amargura. La ama de llaves posó sus manos en la frente de la chica y cerró los ojos, hasta que los iris de estos se volvieron blancos.

—Ella te dio demasiada energía. Y su cuerpo se está rindiendo, por eso su respiración se ralentiza y su temperatura sigue bajando.

—¿Qué podemos hacer? Haré lo que sea —el mago estaba experimentando el miedo más paralizante que hubiese sentido en el último tiempo. Decir que estaba aterrado no alcanzaba para dimensionar todo cuanto pasaba por sus pensamientos.

La anciana lo atravesó con una mirada inescrutable.

—Si logramos retener su alma, sería mucho más sencillo. El cuerpo puede aguantar mucho si el alma no se rinde, pero pareciese como si el espíritu de ella estuviese dándose por vencido.

—No dejaré que lo hagas, Tomoyo —prometió Eriol.

—Llevémosla a tu habitación —ordenó de pronto Adele—. Mantenla pegada a tu cuerpo y toma su mano derecha, con tu mano izquierda. Enlaza vuestros dedos y visualiza como si lo hicieran vuestros espíritus. Es clave que mantengas esa visualización, mientras yo intento entregarle algo de energía a su cuerpo.

La mujer le hablaba a Eriol mientras deambulaban por la mansión, éste ejecutó todas las instrucciones de Adele y mantuvo en su mente la proyección de que con el enlace físico iba a conseguir que su alma se quedara junto a él.

Al llegar a la habitación Adele hizo que ambos se recostaran, Tomoyo quedó entre las piernas de Eriol, quien simplemente mantuvo una posición semi-sentado en la cama, volvió a abrazarla, cuidando de no romper el lazo que unía sus manos.

En ese instante Adele le advirtió nuevamente lo importante que era mantener sus dedos entrelazados. El inglés simplemente asintió. Ella los cubrió con las mantas y salió de la habitación.

Eriol no pudo evitar la acción, al saberse solo con Tomoyo, llevó los dedos de la muchacha hacia su boca, depositando un número indeterminado de besos.

—No te vayas, mi preciosa Tomoyo.

—No vayas a soltarla —exigió otra vez, al momento en que regreso.

—Jamás lo haré —juró extrañamente seguro.

Adele comenzó a poner una serie de velas e inciensos en partes estratégicas de la estancia.

—Esto tal vez tarde, pero voy a requerir que conserves la concentración.

Eriol eludió su propio cansancio, el realizar aquella locura lo había dejado extenuado, pero olvidó por completo sus propias necesidades en pos de lo más importante que haría en mucho tiempo y se entregó a la tarea de retener a Tomoyo en este mundo.

Visualizó tanto como pudo su imagen, se perdió en aquellas proyecciones, con las recitadas frases que vocalizaba Adele. De pronto, sus rezos se fueron haciendo más débiles, hasta que en un momento dejó de oírla.

Se vio caminando a sí mismo por un largo laberinto, sabía qué camino tomar, era extraño sentirse tan seguro en un lugar que tenía tantas vías. En un recodo percibió la manera en que el alma de una pequeña niña se replegaba sobre sí misma, como si intentara ocultarse.

Eriol sonrió.

—Hola, querida —la saludó mientras se acercaba.

La niña se sobresaltó y miró al recién llegado con horror.

—No, por favor —le rogó, cerrando sus ojos.

—¿No qué? —quiso saber él, deteniéndose al instante.

—No me haga daño —pidió la jovencita, mirándolo con total súplica.

El corazón de Eriol se detuvo al darse cuenta que los ojos de la niña eran idénticos a los de Tomoyo. ¿Acaso era una representación de su alma? ¿Por qué se mostraría como una niña?

—Prometo que no voy a hacerte daño. ¿Puedo sentarme aquí contigo?

La niña asintió, sin ocultar que todavía no se fiaba por completo de él.

—¿Qué haces en este lugar? —consultó la infanta, mirándolo de costado.

—Estoy buscando el alma de alguien que es muy importante para mí.

La chiquilla abrió los ojos con sublime sorpresa.

—¿Se extravió?

Eriol movió la cabeza en gesto positivo y se sintió extrañamente conmovido al contemplar la inocencia que se reflejaba en todo el semblante de la pequeña.

—Creo que quiere marcharse de este mundo, pero yo quiero que sepa que si lo hace voy a sentirme muy perdido.

La niña sonrió e inmediatamente puso una expresión de tristeza.

—Nadie haría eso por mí.

Eriol arrugó el entrecejo, de pronto la niña parecía sonar mucho mayor de lo que proyectaba. Y él conocía perfectamente ese timbre de voz, estaba seguro que era la voz de Tomoyo, aunque jamás lo había oído tan apesadumbrado.

—¿Por qué estás tan segura?

La niña miró en todas direcciones antes de atreverse a soltar alguna palabra.

—Porque he cometido pecados imperdonables —susurró extremadamente bajito, con la voz de Tomoyo adulta—. Merezco que nadie venga por mí —terminó de decir como si estuviese muy tranquila con aquel destino.

El mago experimentó un hondo vacío, su tono era devastador y desesperanzado.

Hasta ese momento no se había dado cuenta de todo lo que parecía tener Tomoyo a cuestas. Se odio profundamente a sí mismo, cuando se percató del hecho de que ella sabía todos sus pesares, todo cuanto lo pudría. Con la misma ofuscación se hizo patente los recuerdos de las veces en que ella respetó su dolor y la manera en que siempre que la necesitaba ella estaba dispuesta a apoyarle.

En cambio, él, él desconocía que tanto podría haber vivido la joven de origen japonés.

En un primer momento se escudó en la idea de que con el tiempo sería ella quien decidiría abrirse con él, estaba dándole su espacio, pero era evidente que Tomoyo jamás podría confiar en él, más cuando se había mantenido alejado de ella los días anteriores.

«Yo necesitaba huir de Japón», había mencionado ella y sus ojos se habían opacado.

¿Por qué no intentó saber más?

¿Por qué, a veces, su mirada amatista se tornaba tan nostálgica?

—¿Qué pecados pudo cometer alguien tan mono como tú? —le preguntó repentinamente, pretendiendo mantener un tono jovial, con la obvia intención de aclarar la oscuridad que de pronto tenía el aura de la niña—. Tal vez si me lo cuentas yo pueda ayudarte.

—¿De verdad? —la voz infantil ahora sí coincidía con ese cuerpo, las sombras retrocedían.

—De veras.

—¿Y cómo podrías ayudarme? No te dejes engañar por mi aspecto, mis pecados son funestos.

Eriol tragó grueso. La voz infantil se oía distorsionada a momentos.

—Creo que nada de lo que puedas decirme me sorprenderá realmente. Ponme a prueba.

La niña se puso de pie y comenzó a corretear.

—Engañé a mi madre con mi padrastro —enunció mientras seguía corriendo de un lado a otro.

El inglés no tuvo la forma de ocultar todo el torbellino de sorpresas que se dispararon por su semblante.

—Lo ves, voy a ir al infierno —se rio, al momento comenzó a llorar—. Y lo peor es que ese pecado es el más sereno. Mi alma está condenada.

Eriol alcanzó a la niña, quien lloraba y reía al mismo tiempo.

—No temas, Tomoyo —la miró con tanta verdad cómo pudo reunir—. Aunque se condene tu ser, quiero que sepas que no voy a dejar que pases por eso sola. Todos cometemos errores, y a veces, nosotros somos nuestros peores verdugos.

La niña lo miraba con atención.

—Yo… ¿por qué estás aquí?

—Tomoyo, eres tú quien ha devuelto tantas cosas a mi vida, por ti yo estoy aquí. He venido para que podamos regresar a casa —el joven estiró su mano en dirección a ella—. Ven conmigo.

—¿A casa? ¿A casa de verdad? —dudó, mirando en todas direcciones pareciendo nerviosa.

Eriol asintió.

La niña estiró su mano para sostener la que ofrecía el inglés, se arrepintió a medio camino, pero luego pareció llegar a algún tipo de decisión pues se le vio asentir y estrechar finalmente el ofrecimiento del mago, Tomoyo cerró sus ojos nuevamente para comenzar a brillar y cambiar su forma a una mujer adulta.

Todo siguió brillando hasta que Eriol abrió los ojos de sopetón.

Le costó comprender que se encontraba en su habitación, los cánticos espirituales de Adele seguían la misma estructura, hasta el momento en que ella se calló por completo.

Se acercó a la pareja que se encontraba en la cama y le susurró a Eriol:

—Ella estará bien. Tan sólo debes procurar que descanse y en el momento que abra los ojos debe comer. Estará débil unos cuantos días —la voz de Adele sonaba en extremo agotada—. Yo ahora iré a descansar, estoy muy vieja para esto.

El silencio sobrecogedor que inundó la estancia una vez que la anciana mujer se fue, era casi como una bendición. Eriol se dedicó a escuchar la respiración pausada, pero constante de Tomoyo. Aunque ya no era necesario mantuvo sus manos entrelazadas y volvió a besar sus dedos, cada uno de ellos conformando una promesa. Se acomodó mejor de manera que ambos quedaron frente a frente, únicamente unidos por aquella fusión de manos que Eriol se negaba a cortar.

Miró le techo y comprendió que desde ese instante iba a hacer que Tomoyo confiase lo suficiente en él, porque si seguía guardándose todas aquellas traumáticas experiencias, sólo conseguiría sufrir.

—Voy a demostrarte que alguien cómo tú jamás tendrá un destino tan ominoso como el infierno, preciosa mía —murmuró antes de entregarse a un sueño reparador, depositando un fugaz beso en la cabeza de la chica.

Por un instante sus pensamientos convocaron la silueta de Kaho, casi sin que se percatara, estrechó con más ahínco el cuerpo adormilado de la japonesa que compartía el lecho con él. Comprendió que no se sentía culpable por estar en esa situación tan íntima con Tomoyo, es más, experimentaba que era exactamente lo correcto. Sentía que la fortuna le sonreía nuevamente, estaba muy agradecido de que Tomoyo siguiera con vida, al fin pudo darse cuenta que los sentimientos jóvenes que tenían el nombre de la heredera Daidouji eran fuertes.

Sentía un cansancio arrollador.

Cerró los ojos y pidió en secreto poder ver a Kaho nuevamente en un sueño, para explicarle la razón de no poder cumplir aquel para siempre que alguna vez le prometió.

Y extrañamente no sintió aquella desazón embargar su ser.

Ya pasaba del mediodía cuando finalmente pudo abrir los ojos. Aun se sentía notablemente acabado, pero inmediatamente reparó en un hecho preocupante: No existía ningún cuerpo tibio pegado al suyo. Estrepitosamente se puso de pie y recorrió su mansión en búsqueda de la única persona que necesitaba ver. No la encontró.

—¡Dioses eternos! —masculló mientras salía de la casa.

Utilizó el poco poder que había logrado restablecer para llegar de forma instantánea a la colina, no había rastros de Tomoyo, su respiración se agitó y sólo atinó a ir al siguiente lugar en su lista: El bar.

Arribó al lugar en un pestañeo, adentrándose en él con la velocidad de un huracán. Respiró cuando vio que Tomoyo estaba allí, frente a ella había algunos vasos carentes de contenido y otro a medio llenar.

¿Ella estaba bebiendo alcohol?

Eso fue extremadamente sorpresivo, pues en aquellos meses que llevaban viéndose, siempre la había visto esquivar cuanta bebida con grados alcohólicos se les presentara.

Sin preámbulos se acercó hasta la mesa y se sentó frente a ella.

—¿Por qué te fuiste? Yo quería…

Ella lo observó con indescifrable emoción y dio un largo sorbo de la bebida que estaba frente a ella, el olor a coñac fue evidente para el níveo.

—No quería causar nuevos problemas —contestó con sencillez.

—Nunca serías un problema. Yo estoy verdaderamente agradecido de todo lo que tú…

—Por favor, calla. Hoy no quiero recordar absolutamente nada. Hoy quiero rendirme— confesó, sonriendo con esa mueca que Eriol comenzaba a aborrecer, esa sonrisa tan falsa.

—¿Qué es lo que ocurre?

Eriol no entendía en absoluto a la persona que estaba frente a él. No se parecía en nada a la Tomoyo dulce y gentil que siempre brillaba. Esta mujer lucía sombría y desesperanzada.

—Es que finalmente comprendí que por mucho que luche, siempre seré un simple reemplazo —Soltó esas palabras casi con insignificancia—. Me ha tomado mucho tiempo, pero lo entendí por fin.

—Sí te refieres a lo que ocurrió ayer…

—¡Por supuesto que me refiero a eso! —gritó muy dolida—. A ninguna mujer, ni a nadie, le gustaría ser besado porque pensaban que eras otra persona. Ya no quiero ser usada —sollozó.

—Tomoyo…

—Ni siquiera pienses en disculparte. Sé que fui yo quien intervino con aquel hechizo, pero por un momento yo creí… —su voz se apagó— ¡Cantinero, otro igual! —le habló al sujeto de la barra, que miraba con cara de pocos amigos a Eriol, como si lo culpara por el estado alcoholizado de la muchacha.

Eriol observó lo vulnerable que se veía y se le encogió el alma.

—Tomoyo has bebido demasiado y tú estás muy débil…

—La última vez que bebí cometí una barbaridad tan grande que juré que jamás volvería a hacerlo —observó el nuevo trago que dejaba el cantinero frente a ella, dio un trago, estremeciéndose un poco por el escozor—. Y ya me ves, aquí rompiendo ese juramento.

Eriol se sorprendió por el dolor que ella reflejaba en sus ojos, aunque ninguna lágrima escurría de ellos era notorio que sufría profundamente.

El inglés estiró sus manos y ahuecó la que ella tenía libre, Tomoyo se resistió como si aquel contacto consiguiera quemarle la piel. Sin embargo, fue Eriol quien se impuso en esa pugna, por lo que ella dejó que aquella unión se mantuviese.

—A veces no podemos mantener nuestras promesas. Así que no te flageles por romper tu juramento —susurró el inglés mirándola con comprensión—. Me ha costado mucho tiempo darme cuenta de ello. He hecho algo terrible para tratar de mantener una promesa que ya no puedo seguir conservando —Tomoyo lo miraba con evidente duda, sin comprender de qué hablaba Eriol—. Lo peor, es que con ello logré lastimar a la persona que más me importa en este instante —se sinceró.

Tomoyo pareció algo nerviosa.

—¿Por qué me miras de ese modo? ¿Te parece extraño que actué de esta forma? —ella se carcajeó sin una gota de buen humor.

—Sinceramente sí —admitió él—. También me siento algo preocupado por tu salud.

Vio como ella miró su reloj, mientras tomaba su pulso. Luego tomó su temperatura y encogió los hombros.

—Me encuentro en parámetros normales. Así que no tienes por qué estar pendiente de aquello.

—Pues debes saber que eso no me calma en lo absoluto. Hoy parece que estás muy triste… tal vez algo melancólica.

—Esta soy yo cuando no quiero seguir —aseguró.

—¿Por eso bebes?

—Bebo para castigarme, si bebo los recuerdos no pueden reprimirse con tanta facilidad.

Eriol meditó mucho sobre su siguiente paso.

—¿Es por el engaño hacia tu madre?

Tomoyo abrió los ojos muy grandes, con tanta sorpresa reflejado en su semblante que incluso el vaso que sostenía flojamente entre sus dedos resbaló, derramando el contenido por la mesa.

El mago vio como claramente el horror se adueñaba de las facciones de Tomoyo, quien ni siquiera reparó en el hecho de que su falda se manchara con la bebida derramada.

—¿Acaso tú lo sabes todo? —le preguntó con voz asfixiada.


N/A:Hola a todos, literalmente muero de sueño. Lamento la tardanza, ya saben como es la vida.

Cansada a mil, quiero escribir. De verdad. Y tengo tan poco tiempo.

Espero que sepan comprender que mi ausencia no es premeditado.

Ahora a la historia de lleno, quiero saber qué piensan ustedes de todo esto. Eriol confundido al principio, confundido a la mitad y luego cuando casi pierde a Tomoyo, no lo sé...

Disculpen, ya no proceso mucho a esta hora.

Así que daré por concluida esta horrible nota de autora, ja ja ja, algo de demencia se cuela en las palabras.

Nos leeremos pronto.

Au revoir.

Agradecimiento a Wonder Grinch que me avisó que este capítulo se subió mal en una primera instancia, realmente desconozco que pasó. Gracias ^.^