El presente capítulo puede contener situaciones delicadas, si eres una persona demasiado sensible, se recomienda el abandono de la lectura.
Capítulo VII "Angustioso pasado"
Ella abrió los ojos creyendo que tan sólo los había cerrado por un momento, pero se equivocaba, varias horas transcurrieron en aquel período que ella no alcanzó a percibir. Miró a su alrededor, un tanto desorientada, intentado recordar quién era, reiniciando el proceso de reconocer su propia existencia. Al cabo de unos insignificantes instantes recibió los recuerdos de un ayer, heredó el ser que fue durante el día anterior e irremediablemente cerró los ojos con fuerza e impotencia porque esos recuerdos consiguieron quitarle esa atmósfera de tranquilidad que la rodeaba. Aquella falsa paz que le daba el desconocimiento.
Lo primero que experimentó fue un fuerte dolor en todo su cuerpo, sentía su brazo especialmente lastimado, al parecer el golpe que se había dado contra la pared la había herido más de lo que creyó en aquel momento en que los hechos se sucedieron tan rápido; pero más que todo eso, lo que más notaba era el cansancio arrollador que se había apoderado de la totalidad de su espíritu; el llanto que quedó ahogado en su garganta la hizo estremecer. No era completamente consciente de la razón de sentirse tan orillada a percibir aquel sentimiento de opresora tristeza, hace mucho tiempo que no experimentaba aquella desazón.
«Tal vez tuve un sueño triste y no puedo recordarlo de la misma manera en que lo hace mi corazón»
Trató de sonreír para inyectarse de fuerza, pero esa mímica no le trajo otra cosa que melancolía. Deseó volver a cerrar los ojos y que aquella vacuidad en la que se encontraba instantes atrás la recibiera de nuevo con los brazos abiertos, porque ese sentimiento de desesperación la estaba sofocando lentamente; cerró los ojos tratando de no emitir ruido alguno y recién, en ese momento, se dio cuenta de que algo era diferente.
Percibió que se encontraba en una habitación diferente a la suya, la calidez de su cuerpo era acompañada por la de otra persona, una que estaba frente a ella, una que la tenía sujeta en un abrazo, mientras mantenía un débil contacto de sus dedos entrelazados. Se atrevió a levantar su vista que se había quedado fija en el pecho de esa persona, que se movía acompasadamente producto de una respiración tranquila; hasta el inicio de su rostro.
El precioso semblante de Eriol la invadió como un torbellino, sintió que su corazón se aceleraba y sus nervios explotaron con total descontrol. Ella se quedó estática y aguantó la respiración sin percatarse de eso, hasta que sus pulmones exigieron que se expandieran. Era casi un juego sin gracia que toda aquella turbación que experimentaba en sus adentros fuera un antónimo de la serenidad que proyectaba hacia afuera, manteniéndose con un estoicismo admirable.
Tocó sus propios labios recordando la caricia que el hombre que dormía a su lado le había dado…una caricia que no era para ella.
Recordar el beso que habían compartido desencadenó que su nostalgia tuviera una explicación para su propia inteligencia; detestó que por un momento hubiese experimentado aquel sentido de pertenencia que siempre le había sido tan esquivo. Por ese período tan intrascendente había sentido que ella era de Eriol, algo en su propio ser lo había reconocido a él como un sinónimo de hogar al que volver. Se había sentido correcto, era increíble que aquella sed que había tenido de él, fuera de cierta manera saciada al poder sentirle cerca, al percibirlo estrechándola en un abrazo generoso, mientras su voraz lengua le hacía saber que estaba deseoso de seguir besándola. Supo lo que era sentirse aceptada y protegida por breves momentos.
Pero eso no era así. Esa no era su realidad.
Y en ese instante era algo más que obvio. En el momento que él se había separado para verla con un sentimiento luminiscente en su semblante, soltó eso que no quería recordar: Eriol había dicho que la amaba, pero no a ella, sino que a Kaho, la mujer que posiblemente creía que ella era cuando la besó. Todo lo que ella creyó que compartía con aquel muchacho no era más que una confusión. Una quimérica ilusión que le fue arrebatada con una brutalidad que la había lastimado hondamente.
Y saber eso le dolía más que la contusión que parecía expandirse por su hombro, más que cualquier dolor físico que la aquejara en ese momento.
«A veces creo que no pertenezco a ninguna parte».
Siguió mirando el rostro de él.
Con la mayor ligereza posible rompió el contacto que mantenía a su mano recluida. Acarició el rostro de Eriol con la yema de los dedos y estuvo tentada de quedarse en aquella cama con él para siempre.
Luego, y recién allí, se preguntó la razón de estar en la que suponía que era la habitación de Eriol.
Lo último que recordaba era el papelón que había hecho besando a Eriol, entregándose a ello con desesperado ímpetu. En seguida cuando él dijo que amaba a Kaho, ella ya no pudo seguir resistiendo toda la debilidad que la consumía. Fue un golpe que no esperaba y acusó ese daño sollozando en silencio. Entonces simplemente se entregó al cansancio que la embargaba, porque realmente estuvo agotada desde que se enfiló caminando por el jardín de la mansión, abrazó esa oscuridad susurrante que la invitaba a perderse de sí misma, aquella que le ofrecía la fría paz de ensueño. Un boleto al olvido, al olvido de todo cuanto le dolía.
«Seguramente, me desmayé».
Adele siempre tuvo razón, pero ella fue demasiado necia para admitir que no podría ayudar al mago. Ahora que lo ponía en perspectiva, lo más lógico era haberse quedado fuera de ese asunto, ella no tenía ninguna clase de poder para enfrentarlo, pero pese a estar al tanto de ello, no podía quedarse esperando a que él se destruyera a sí mismo sin hacer algo por impedirlo. Sabía que no se arrepentía de haber intervenido. Tan sólo le causaba pesar el haberse ilusionado con algo tan disparatado como que Eriol la deseara como algo más que una amiga.
Seguía sin imaginar la razón por la cual amaneció con Eriol, pero el que sus ropas siguiesen estando en el mismo lugar donde debían estar, o sea, custodiando su cuerpo; descartaba la posibilidad de que hubiese cometido un error aún más grave que el beso.
¿El beso? Por más que trataba no podía dejar de repasarlo en su cabeza un sinnúmero de veces.
¡Qué beso! ¡Por todos los Dioses! ¡Eriol la había besado de una forma magistral!
Respiró hondo y tocó sus propios labios con delicadeza nuevamente.
«No fue un beso para ti, entiéndelo. Por muy bueno que hubiese sido, era una caricia para la mujer que él ama», ese pensamiento fue un balde de agua glacial.
Con cuidado se deshizo del abrazo posesivo que le sostenía la cintura.
Debía irse de ese lugar, de esa cama, de esa casa. Ella no pertenecía a ese lugar. Ni a ningún otro.
Se alejó de la mansión con extrema lentitud. Sabía que algo era extraño, sentía el cuerpo acalambrado y los párpados pesados. El dolor en su hombro y brazo se irradiaba con mayor intensidad, pero estaba completamente segura que no se había roto ningún hueso. Una debilidad general era otro de sus síntomas. Estaba eso y la tristeza que había empezado a reunirse en su interior y aunque ella tratara de ignorarla con todo el temple que poseía, aquel temple comenzaba a resquebrajarse con cada paso que la alejaba de la mansión de Eriol.
Pensó que aquella reacción se debía a su exposición a la magia de Eriol, al menos en lo referente a su parte física. Ella podría advertir mejor los embates que sufría su cuerpo si la causa fuera algo medicamente explicable, pero con la magia ella no tenía ni un ínfimo grado de experticia.
Lo del sentimiento de desazón era de una vertiente un poco diferente, simplemente se parecía al vacío que la había acompañado otras tantas veces. Como si se tratase de un viejo conocido que la tenía que atormentar de tanto en tanto. Sin embargo, esta vez, las fuerzas de sus propios monstruos parecían estar renovadas.
Sonrió con esa solemnidad que ya acostumbraba, con esa falsedad que sólo poseen las flores de plástico, hermosas ante el ojo inexperto. Una triste imitación carente de vida y de verdad.
Mordió sus labios conteniendo toda la pena avasalladora que la atacaba con crueldad. Ya empezaba a imaginar que aquel día sería uno muy difícil de vivir…
«¡Eres una sobreviviente, maldición! ¡Superarás esto y seguirás en pie!»
Su espíritu siempre lograba recomponerse y resurgir de cada prueba. Quería pensar que esta vez no sería diferente, sin embargo, estaba muy al tanto de que jamás había llegado tan abajo. La tormenta de dolor que le embargaba jamás le había golpeado tan fuerte.
«No pienses en nada»
No supo la forma en que sus pasos la dirigieron precisamente al lugar en el cual había vuelto a ver a Eriol meses atrás, el sitio donde todo, de cierta forma, había comenzado: El bar.
Con sus ojos un poco perdidos se adentró en el lugar.
Se dirigió a la misma mesa que había ocupado cada vez que estaba allí, en aquella que estaba más cerca del piano. Se deleitó unos pocos momentos al rememorar las veces que vio la espalda de su amigo crisparse con la intención de tocar de forma maravillosa aquel instrumento musical. Y ahora que lo miraba sin que él estuviese usándolo parecía un piano triste, tal y como ella se sentía.
El cantinero acudió a servirla, venía con una sonrisa un poco ladeada, la cual murió en el momento exacto en que vio el semblante descompuesto de la mujer.
—Supongo que lo mismo de siempre.
Tomoyo se sobresaltó un poco confundida, aún se sentía débil y aletargada.
—No —renegó, no quería lo mismo de siempre. Esta vez necesitaba perderse un poco y quizás tocar fondo de una buena vez.
—Mire, no tengo otro trago que no contenga alcohol…
—Entonces deme algo que sí lo tenga —lo atravesó con una mirada vacía—. Lo que sea estará bien —trató de sonreír con amabilidad, pero supo de inmediato que había fallado al ver el semblante de su interlocutor.
El cantinero arrugó la frente y se alejó murmurando algo que ella no comprendió.
Tampoco le importó.
El tipo regresó con un vaso ancho y achatado que contenía un líquido dorado y lo dejó sobre la mesa, mientras no le quitaba una mirada extraña de encima; Tomoyo no se inmutó por el comportamiento del sujeto y sin mayores preámbulos bebió unos cuantos sorbos que consiguieron que su garganta le ardiera. Sintió algo de vida en aquel escozor, se aferró a aquella sensación como si su existencia dependiera de ello.
«Aún duele, todavía estoy viva»
No se permitió pensar en ninguna otra cosa que no fuera acabar con el contenido de aquella copa.
Y las veces en que pidió que el hombre le trajera otro trago se multiplicaron.
Cada vez se sentía más ebria y ella sabía que aquello era peligroso, pero ese particular día sentía que merecía más que nunca que sus espantosos recuerdos la visitaran y la pusieran en el lugar que le correspondía. Porque si el alcohol la adormecía lo suficiente no había cabida para que su razón intentara justificar las inaceptables acciones que ella había protagonizado.
«Cuando supe que estabas enferma, mamá, también me embriagué como lo hago ahora», le habló al recuerdo de Sonomi que se formó en su cabeza. «Y eso fue el origen de la muerte de mi antiguo yo. La escritura de la primera página negra que quisiera arrancar de mí a cualquier precio»
Los ojos de Tomoyo se tornaron borrosos y una capa de humedad logró ocultar el brillo perspicaz y encantador que solían adornar sus orbes violetas. Aquel velo se fundió en su ser y las memorias de sus años pasados se convocaron con descaro.
Poco a poco el ruido del bar se fue haciendo más silencioso, el corazón de la muchacha comenzó a bombear sangre de forma tumultuosa, apretó el vaso entre sus dedos y simplemente dejó que pasara, permitió que sus recuerdos se hicieran presentes con todo el dolor que aquello significaba:
Tomoyo había dado todo el espacio posible a su madre y a Takahiro en su nueva vida. Ella decidió guardar todos los sentimientos, tanto los buenos como los malos, que le provocaba la unión de su padrastro con Sonomi, principalmente porque pudo ver que su madre era feliz.
Pero era difícil verlos juntos y no sentirse traicionada y traidora al mismo tiempo.
Y aunque lo había pensado, era incapaz de cortar esa relación que Sonomi parecía disfrutar tanto.
¿Por qué cuando supo del engaño de ese tipo no le dijo a su madre de inmediato? Constantemente se hacía esa pregunta cuando sentía que no podía tolerar la situación en la que se vio envuelta su vida.
Es cierto que saber que ella y su madre veían al mismo sujeto la había dejado sin palabras y no supo cómo salir de esa sorpresa inicial. Cuando se había recuperado ya era tarde para abrir la boca y poner a ese sujeto en el lugar que le correspondía.
Reprimió todo el asco que le provocaba el saber que, quizá por cuanto tiempo, Takahiro las había engañado a ambas.
El apoyo de Sakura durante esa época fue gravitante para que ella no se hundiera en la depresión, que le sonreía desde la vereda de en frente. Ella era la única persona que sabía que Tomoyo tenía un novio y también fue la única que se enteró de la historia que llevó al abrupto final de aquella relación.
Sakura le insistió que debía decirle la verdad a su madre, estaba en contra de la decisión de Tomoyo de guardar silencio. Aunque cuando Tomoyo compartió con ella todas sus aprensiones, sus miedos y sus sentimientos, se mostró mucho más tolerante y finalmente respetó la decisión de Tomoyo.
Luego de una semana en que ella descubriera la doble vida de su ex novio. La realidad se le vino encima, durante tardes enteras se dedicó a preguntarse las razones que pudieron llevar a Takahiro a cometer una canallada como aquella. Trató de darle muchas explicaciones y entre todas ellas, una tomó una fuerza feroz casi sin que lo notara. Tomoyo comenzó a pensar que la verdadera razón para que él hubiese buscado a otra mujer, era tan simple como que no llenaba los requerimientos para hacerlo feliz, tal vez su inmadurez por no dar el siguiente paso lo habían terminado aburriendo, por eso él había buscado a otra que, por desgracia, resultó ser su madre.
Era inteligente para descartar esa explicación la mayoría del tiempo, ni siquiera a su mejor amiga se había atrevido a decirle que en ocasiones pensaba que ella había tenido la culpa para que Takahiro se fuera de su vida, pues se avergonzaba de siquiera darle cabida; pero por ahí andaba ese pensamiento fantasmal que salía a relucir en sus momentos de mayor debilidad.
Ya había leído ella por ahí que las emociones que no eran expresadas nunca morían del todo, lo único que se conseguía era enterrarlas vivas para que luego se presentasen en formas peores.
¡Y cómo había pagado ese error!
Por esos días, el diseño dejó de ser llamativo para ella, principalmente porque después de su rompimiento nunca había diseñado otro atuendo medianamente elegante como era su costumbre. Sentía como si su propio ser ya no pudiera conectarse con esa parte de ella misma. Como si su creatividad se hubiese esfumado al punto de dudar siquiera si alguna vez había existido. Antes de aquel incidente ella se la pasaba dibujando diseños de modas todo el tiempo, pero luego de ello, no había podido terminar alguno que le agradara al punto de confeccionarlo.
Posteriormente vino el anunció del compromiso de Takahiro y Sonomi. Tomoyo consciente que no podría soportar ser espectadora de la relación perfecta que había entre ellos, decidió poner tierra de por medio. Se largó de Tomoeda y rentó un departamento en la ciudad. La explicación que le dio a su madre fue que quería estudiar una carrera diferente en la universidad.
No se fio de su padrastro en una primera instancia, y menos al saber lo que él había hecho. Por esto, contrató los servicios de detectives privados para cerciorarse que Takahiro Kurosawa no engañara a su madre. Después de meses, en que no encontró algún comportamiento inapropiado, tuvo que aceptar que su padrastro era un esposo devoto a Sonomi.
Decidió no mover una nueva pieza y se enfocó por completo en su nueva vida. Era hora de dar vuelta la página.
Aquella época fue como un renacimiento para la muchacha. Aprendió un montón de cosas que antes no percibía. La independencia le hizo valorar muchas cuestiones que antes daba por hechas: Los quehaceres domésticos, el pago de las facturas, la soledad. Sin embargo, había algo que no terminaba de encajar en su vida para permitirle despegar nuevamente. No había algo en lo que quisiera dedicarse con pasión.
Cierto día, iba a juntarse con su amiga Sakura. Estaba esperándola en la estación de trenes y la castaña prima de Tomoyo llevaba cuatro minutos de retraso.
—¡Tomoyo! —oyó como le gritaba esa dulce voz, que siempre conseguía hacerle sonreír.
Sakura venía corriendo a ella y se detuvo a escasa distancia de Tomoyo para recobrar el aliento antes de lanzarse a darle un abrazo.
—¡Te he extrañado!
—Yo también, Sakura —respondió Tomoyo, sonriendo a la efusividad de Sakura.
—¡Son dos meses sin verte!
—Sí, pero hablamos todos los días.
—Sabes que no es lo mismo —reclamó Sakura inflando las mejillas en un gesto que pese a sus veintitantos años seguía viéndose tierno.
—Vente a vivir conmigo —picó Tomoyo, conociendo a la perfección la respuesta que le daría su mejor amiga.
Sakura se sonrojó.
—Tu eres consciente que no puedo —su sonrojo aumentó—. Shaoran se transfirió a la universidad de Tomoeda para que pudiésemos vernos… yo no…
Tomoyo soltó una carcajada tierna. Ver a Sakura tratando de explicarle lo mucho que atesoraba el hecho que Shaoran se hubiese mudado a vivir en el mismo pueblo que ella, era siempre un deleite.
—No te preocupes, querida Sakura. Yo entiendo que deseas estar con Shaoran, no pretendo que lo dejes a él para venir aquí conmigo. Me alegro mucho que haya regresado para estar contigo, así al menos sé que no estás sola.
—No, no estoy sola, pero tú…
Dejó esa frase a medio decir, no era primera vez que la castaña le informaba lo mucho que le preocupaba que estuviese sola en la ciudad.
—¿Yo? Estoy buscando mi propio camino.
Tal vez esa frase fue determinante en esa época de su vida.
Con el pasar de las semanas Tomoyo fue a cuanto taller se le presentó. Cocina, arte, canto, entre muchos otros. Nada conseguía hacerle vibrar como antes. Hasta que cierto día se presentó la oportunidad para que fuese a dar una función de títeres a un hospital de niños.
Quedó tan maravillada de ver sonreír a esos pequeños, que volvió en varias oportunidades. Llenándose de sus sonrisas y también sintiendo el dolor que ellos experimentaban. Y así fue deseando poder ayudarlos de manera más directa. La inclinación de su carácter por ayudar a los demás encontró un nicho perfecto en aquel hospital. Fue la primera vez en meses que apreció la sensación de paz y se sintió conforme con ella misma.
«Voy a estudiar medicina y ayudar a otras personas»
Se preparó para el examen durante meses y logró aprobarlo con distinción, ingresando así a una de las mejores facultades de medicina de todo Japón. Su disciplina para con sus estudios hacía que fuese una de las mejores de su clase, se llevaba bien con sus compañeros y profesores. Constantemente era elogiada y se decía que sería un gran aporte al mundo de la salud.
Pese a que el número de pretendientes que esperaban que sus afectos fueses recíprocos, iban en franco aumento. Ella nunca pudo mirar a nadie como algo más. Tomoyo había deseado enamorarse de nuevo, había tenido un par de relaciones, aunque nunca pudieron emocionarla completamente. Lo único que consiguió con aquello fue dañar a buenos muchachos, Tomoyo supo que se culpaban por ser incapaces de que ella lograra amarlos. Sin embargo, ella se sentía peor por no conseguirlo, por este motivo decidió no intentarlo nuevamente, no quería lastimar a alguien más.
Tan sólo quería terminar su carrera y largarse a un lugar del mundo donde pudiese servir de ayuda verdadera. Un lugar lejano en el cual verdaderamente pudiese renacer.
Los hechos siguieron el rumbo natural, faltaba menos de un año para poder egresar de la carrera de medicina, su vida comenzaba a llenarse de sueños y nuevos anhelos con los planes que poseía para el futuro. Se sentía muy contenta de que finalmente las cosas empezaran a ir bien.
Todo fue perfecto otra vez, hasta aquel día en que todo lo que ella había reconstruido resueltamente comenzó a desmoronarse.
Casi pudo palpar el recuerdo de su madre, diciéndole aquellas palabras que hasta ese día lograban lastimarla sin dejarla respirar.
"Hija, no son buenas noticias. Los análisis médicos salieron alterados, los repetirán, espero que sólo haya sido un error"
No le fue.
Ella misma se había encargado de revisarlos en las tres ocasiones en que pidió que el laboratorio los repitiera.
La biopsia era elocuente, no podía ser falsa si en las tres ocasiones había arrojado el mismo resultado.
Su madre fue diagnosticada con cáncer, cáncer de estómago, para ser más específicos.
«La medicina no puede sanarlo todo, Tomoyo. Y aunque tú serás una excelente doctora, no eres Dios»
Le dijo su madre cuando se confirmó el diagnóstico. Se le veía muy tranquila, como si esperara que las noticias no fueran buenas. Su tono despreocupado era uno que intentaba calmarla a ella, Tomoyo podía notarlo y odiaba aquello porque ella debería ser la fuerte para su madre. No al revés.
Tomoyo intentó resistir la congoja que se adueñó de sus sentimientos. Trató de aguantar las ganas de llorar que tenía y musitó cuantas palabras de aliento se le ocurrieron, pero no podía aceptar que su madre tuviese una enfermedad como aquella y que el estado de avance que tenía la imposibilitara de realizar un tratamiento para mejorarla. Tan sólo le quedaban meses.
Meses.
Meses, y ella se iría.
Meses, y ella ya no estaría nunca más.
En cuanto se acabó el horario de visitas volvió a su apartamento, se dio una ducha larga, sin permitirse pensar en absolutamente nada; decidió salir de la residencia sin ninguna clase de destino definido. Tan sólo quería despertar de esa pesadilla.
Lamentablemente para ella, Sakura por esos días se encontraba en Hong Kong, visitando a la familia de Shaoran, por lo que se sentía más sola que nunca. No sabía en quien apoyarse para reunir fuerzas y enfrentar el doloroso hecho de que madre estaba muriendo. Miró el teléfono muchas veces, sabiendo que, si la llamaba para decírselo, Sakura dejaría todo para ir con ella.
—No, no puedo hacerte esto —susurró contra el aparato y lo apagó definitivamente.
El ocaso se hizo presente mientras estaba sentada en un café, viendo el caminar de la gente sin realmente darse cuenta de aquel ir y venir de personas. Su atención estaba extraviada en la maraña de ansiedad que empezaba a acopiarse en su estómago. Por horas se quedó mirando la taza con el líquido marrón que ya se había enfriado hace tanto, sin ser capaz de moverse de ese sitio; sólo cuando un empleado le avisó que cerrarían el local, despabiló lo suficiente y se marchó.
Caminó cuadras y cuadras, ingresó a un barrio bohemio y entró en el primer local nocturno que se le cruzó. Pidió un trago fuerte y bebió como si no supiese hacer otra cosa. Su único afán era olvidar por unas horas el horror que significaba para ella el siquiera pensar en perder a Sonomi.
—Hola, preciosa, ¿por qué alguien tan bella como usted está tan sola? —le susurró un tipo que la abordó en la barra.
Tomoyo fijó su vista en él y los dos segundos en que costó que fuese nítida la imagen, le dieron a entender que su nivel de sobriedad era insignificante.
—¿Perdón? No logré comprender —le respondió al sujeto por mera cortesía, las palabras le salieron enredadas y mal moduladas. Ciertamente era evidente que se encontraba en la peor borrachera de su vida.
La sonrisa de aquel hombre se agigantó, animado al parecer, por el notorio estado de intemperancia de la muchacha; se atrevió a treparse en el taburete contiguo al de Tomoyo, acercándose coquetamente al oído de ella.
—Decía que me parece muy extraño que una persona con semejante hermosura se encuentre sola. ¡Vamos a bailar!
—Señor, yo no…
La chica intentó negarse, no obstante, se vio llevada a la fuerza a la pista donde pululaban otras parejas, por más que intentaba alejar a ese sujeto, él simplemente era más fuerte y la mantenía presa de un abrazo que ella no quería.
—¡Suélteme! —sacó fuerzas de quien sabe dónde y alejó al sujeto—. ¡Aléjese de mí! —le gritó.
—Me gustan las mujeres salvajes… ¡Son como un reto! —exclamó el tipo, sosteniendo con mayor fuerza a la muchacha.
Tomoyo agitaba su cuerpo, intentando infructuosamente liberarse del agarre de aquel hombre. Y veía con temor que no podría seguir oponiéndose, pues sus fuerzas comenzaban a claudicar, hasta que, intempestivamente, sintió que era separada del individuo y lanzada lejos de él, cayendo sobre su trasero un poco más allá.
Una persona se inclinó al lado de ella, reconoció con un poco de trabajo que se trataba de una de las agentes de seguridad que su madre tenía desde hace años.
—Señorita Tomoyo, ¿se encuentra bien?
Ella asintió frenéticamente, hasta que la mujer guardaespaldas le ayudó a incorporarse.
Observó cómo su padrastro estaba trenzándose a golpes con el tipo que la había importunado. Tomoyo se quedó sin aliento al ver la forma acalorada en que el esposo de su madre estaba defendiéndola. En un momento el sujeto perdió la consciencia, Takahiro fue detenido por las mujeres que se encargaban de la seguridad de la familia
—Señor, es suficiente —susurró una de ellas, con ese tono tan impersonal de siempre.
—Este tipo tiene que saber que no se puede meter con mi familia.
La chica en su débil estado de captación de la realidad tan sólo centraba su atención en él, en Takahiro Kurosawa. Algo en su interior se oprimió en aquel momento.
La mirada violenta de él chocó con la suya y con asco soltó al tipo que yacía con algunas magulladuras en el rostro; sus pasos firmes se dirigieron hacia ella y cuando estuvo a su altura la tomó sin mucho esfuerzo entre sus brazos.
—Nos vamos de este lugar —le informó con voz ronca, luego dirigió sus palabras a la mujer que caminaba a su lado—. Llevaré a Tomoyo a su departamento, tú encárgate por favor de los detalles —le pidió a la agente, mirando con odio al sujeto que yacía en medio de la pista de baile desmayado—. Yo me ocuparé que la hija de mi esposa llegue a casa a salvo —le informó.
—Claro, señor.
Takahiro cargó con Tomoyo hasta el auto que siempre llevaba. Acomodó con cuidado a la muchacha e incluso amarró su cinturón de seguridad.
Hasta que llegaron a la casa no hablaron en lo absoluto, incluso la joven dormitó un poco durante el trayecto, además, tuvo que ser medio ayudada por Takahiro para lograr abrir la puerta. Ingresaron en silencio, en el instante en que la puerta se cerró por completo fue que el hombre comenzó a hablar.
—¿Qué demonios pretendías exponiéndote de esa manera?
Tomoyo se estremeció ante aquel tono de reproche.
—En verdad sólo quería olvidar…—confesó sintiéndose como si fuera una chiquilla a quien la regañan sus padres—. No pensé que…
—Agradezco que tu madre sea tan instintiva —comentó Takahiro—. Esta tarde pidió a Erika que te escoltara si es que decidías salir, cuando ingresaste en el bar fui avisado y tuve que venir a cerciorarme de que estabas bien.
—Gracias.
—Espero que aprendas a que no puedes ir por allí emborrachándote de buenas a primeras. Ese tipo pudo hacerte mucho daño.
—Lo sé —aceptó ella, sin lograr controlar las lágrimas que comenzaban a salir por sus ojos.
—Al ver que te tenía sujeta con sus sucias manos… —hizo una pausa—. Debí haberlo matado.
Tomoyo temblaba por completo al imaginar lo que le hubiese sucedido si su padrastro no la hubiese ayudado.
—De verdad estoy muy agradecida —balbuceó con esfuerzo, el llanto que se ahogaba en su garganta era difícil de disimular.
Takahiro se puso de pie y fue en su encuentro.
—Vamos, ven aquí —susurró Takahiro, mientras la estrechaba en un abrazo.
Tomoyo en un principio se resistió, por muy breves momentos trató de interponer la distancia acostumbrada que mantenía con él, sin embargo, le fue imposible no doblegarse ante esa muestra de apoyo. Luego, dejó que aquella sensación de protección la rodeara tal y cómo lo hacían sus fuertes brazos alrededor de su cuerpo, hundió su cabeza en el pecho de él y aquel aroma familiar se adentró por sus fosas nasales, dejando una corriente de necesidad, que se fue mezclando con su disparada vulnerabilidad.
Lloró largamente hundida en el pecho de él, hasta que poco a poco la calma enfiló su llegada.
Seguía estando muy mareada producto del alcohol, tal vez por eso su siguiente acción había tomado ese rumbo…
Ella muchas veces había repasado ese momento y tenía la certeza de que verdaderamente el alcohol pudo nublar un poco su juicio, pero en ese instante, en ese ínfimo momento, ella había decidido dar rienda suelta a lo que necesitaba. Anhelaba por cualquier medio no sentirse tan sola. Pretendía que aquel hombre que ella había amado le diera un poco de resguardo para aquel miedo avasallador que experimentaba.
Tomoyo se separó un poco de Takahiro y su vista nublada recorrió sus apuestas facciones, él la sostuvo por la cintura y casi como si pudiese leer su mente descendió aquellos veintitantos centímetros que los separaban; se detuvo un poco antes de llegar a sus labios, cómo si esperara que fuera ella quien diera inicio a aquel incendio que ya se anunciaba en sus ojos oscuros.
La chica no pudo aguantarlo más; se enderezó todo lo que su cuerpo fue capaz poniéndose de puntitas y juntó su boca con la de su padrastro. Él no tardó en corresponder a aquel arrebato con excedida fogosidad, sus brazos la acercaron más a él y ella soltó un sordo quejido.
Desde ese punto todo lo que ella recordaba era vertiginoso.
Deambularon por la estancia del cuarto, hasta que la muchacha sintió como su espalda chocó con una de las paredes, inmediatamente Takahiro soltó su agarré y llevó sus manos hacia las piernas de Tomoyo, haciendo que ella las cruzara sobre su cintura rodeándole, todo esto ocurría mientras se besaban con exaltación.
Repentinamente algo en su cerebro comenzó a funcionar, haciéndola consciente de hacia dónde se dirigían las cosas.
—Takahiro… —musitó con voz cargada, tratando por todos los medios de volver a pensar con claridad.
—No voy a parar, Tomoyo —la soltó un ínfimo segundo, mientras su interés se desviaba a su cuello, besándolo con exceso de pasión.
Tomoyo sintió como las manos de él la recorrían y un escalofrío se pasó desde el comienzo de su espina dorsal hacia arriba.
—Tenemos que detenernos, esto no está bien —rogó ella, pero sus palabras eran tan débiles cuando él la besaba así.
Recordaba la forma en que ella se había enamorado de él, cuando ella fue tan feliz. Mucho antes de su traición.
Su traición.
Él era su padrastro… ¿cómo podía estarle haciendo una canallada como esa a su madre? Aquello fue el incentivo suficiente para que aquella sensación de bienestar se fuera y regresara algo de su buen juicio.
Tomoyo intentó separarse de él, sin embargo, Takahiro tenía otros planes. La sostuvo desde sus piernas y recorrió toda la sala hasta la habitación de Tomoyo, sin mayores ceremonias o contemplaciones la recostó y se situó sobre ella.
—Te deseo desde hace mucho tiempo —confesó Takahiro con algo de ansiedad mal disimulada—. Demasiado tiempo. Te he imaginado desnuda por años —se relamió los labios y tocó el busto de la chica por encima de la ropa.
Tomoyo sintió la bilis subirle por la garganta y el asco que sentía por todas sus acciones se vieron potenciadas en el instante que él la tocaba de forma tan descarada.
Lo peor, es que su cuerpo no lograba reaccionar, por más que ella quería alejarlo, su cuerpo no respondía.
—No, no debemos —logró murmurar, logrando superar las ganas de vomitar que la azotaban sin pudor—. ¿No te das cuenta que esto es asquerosamente retorcido y hasta enfermizo?
—De lo único que me doy cuenta es que te haré mía de una vez por todas. Ya no puedo estar sin ti otro día más. Necesito quitarme la imagen de ese sujeto abrazándote, Tomoyo.
Sus manos masculinas fueron desabotonando la camisa de la chica, y ella iba tras de sus manos tratando de volverlos a abrochar sin lograr coordinar sus movimientos. La culpa que experimentaba era angustiosa.
«Oh, Dios. ¿Cómo permití que esto pasara? Soy la peor hija del mundo»
—Detente, Takahiro —suplicó—. Por favor.
Tomoyo forcejeó con él, pero su cuerpo simplemente no respondía con la suficiente fuerza. Se sentía tan débil en lo referente a lo físico y también a lo emocional.
—No, linda. Ya accediste, no puedes echarte para atrás ahora. Tú fuiste quien comenzó con esto, y lo vamos a terminar —hizo una pausa para mirarle a la cara—. Estoy seguro que deseas tanto como yo que estemos juntos.
Takahiro afirmó sus brazos por encima de la cabeza con una sola mano y con la otra concluyó su trabajo de medio desnudar a Tomoyo.
—¡No! —gritó ella moviendo su cabeza de lado a lado para evitar otro beso de su padrastro—. Detente ahora, por favor. ¡Por favor!
Se sentía expuesta y muy abrumada.
—Sabía que sería magnífico verte así. Pero mi imaginación se quedó corta. Muy, muy corta.
Tomoyo no reconocía al tipo que estaba sobre ella. Estaba muy lejano al hombre gentil que había compartido con ella tantos momentos y también muy distinto al frío esposo de su madre, carácter que mostró en los años de matrimonio con Sonomi. Quien estaba haciendo todas esas cosas era como una bestia negra e indomable. Tomoyo sintió el miedo dominarla.
Ella escuchó el zíper bajar y tuvo la certeza que él iba a completar aquello.
Los siguientes minutos fueron borrosos y estaba agradecida que así fuera porque era muy consciente de que no podría soportar el recordar cada maldito segundo.
Tan sólo guardaba el recuerdo de él besándola, susurrando cuánto la deseaba, luego cuando estaba por desmayarse, experimentó un dolor desgarrador, después retazos de él moviéndose sobre ella, jadeando, mientras ella negaba una y otra vez, llorando por su desgracia. No registró más, pues en algún punto perdió el conocimiento.
Logró despertar, inmediatamente los recuerdos sesgados le reventaron la cabeza, se sentó precipitadamente en la cama, notando que Takahiro dormía plácidamente a su lado y que ella estaba completamente desnuda.
—¡Eres un malnacido! —Tomoyo se levantó del lecho y se cubrió su cuerpo con la sabana.
Le arrojó todos los adornos y elementos que le pudo lanzar.
El sujeto despabiló algo desorientado. Hasta que una sonrisa lobuna habitó en su rostro.
—¿Por hacerte el amor soy un malnacido?
Tomoyo abrió los ojos muy grandes, lágrimas los rellenaron.
—¡No me hiciste el amor! ¡Me violaste!
Él soltó una risotada e inmediatamente dotó de seriedad su semblante al notar que la muchacha lo miraba horrorizada.
—En lo que a mí concierne, tú fuiste quien me besó —Takahiro la acribilló con su mirada poblada de certeza—. Yo me alejé de ti en el momento en que me casé con tu madre y supe quien eras. Por todos estos años, me he mantenido alejado, incluso he respetado que te fueras y tuvieras novios —reconoció con evidente molestia—, pero anoche me besaste y con eso no pude seguir reprimiendo lo que siento por ti —la joven abrió la boca para replicar, pero su nivel de estupefacción era de tal nivel que simplemente se quedó con la boca abierta sin emitir ruido. Takahiro interpretó esta situación como una luz verde para que continuase y así lo hizo—: Tomoyo, tu entrega en ese beso me pedía a gritos que te hiciera mía. Y fue lo que hice. Eso fue lo que hicimos. Juntos. Sé que te sientes culpable, aunque debes reconocer que en el fondo lo disfrutaste.
Esa frase fue una real bofetada para la muchacha, quien comenzó a llorar desconsoladamente. En cierta medida sentía que las palabras de Takahiro no carecían de verdad. No la parte en que el aseguraba que lo había disfrutado, eso no. Más bien en lo demás, porque era cierto que ella había iniciado aquella tormenta y se había arrepentido a la mitad. Trataba de convencerse de que ella no tenía la culpa, de que ella era inocente.
—¡Dije miles de veces que no! ¡Qué te detuvieras! —vociferó con vehemencia al momento en que logró encontrar el habla, pese a esto, no consiguió creer sus propias palabras, obteniendo a cambio, un sentimiento de desesperación enorme. Sentía que le había fallado a su madre y a ella misma. Sentía que era la culpable de lo que había pasado.
—¡No te hagas la santa, maldita sea! —gritó perdiendo los estribos volátilmente, acercándose con amenaza. Tomoyo retrocedió y se alejó por el otro extremo de la cama—. Llevas años tentándome, moviéndote de forma seductora cuando te miro. Has coqueteado conmigo por tanto tiempo, no vengas a hacerte la tonta ahora.
—¡¿Qué?! ¿De qué tonterías estás hablando? ¡Desde que supe que eras el novio de mi madre jamás, jamás he vuelto a verte como a alguien amado! ¡Tú fuiste mi peor error!
Takahiro descompuso su rostro y por un momento Tomoyo creyó que realmente le habían dolido aquellas palabras.
—Yo… —musitó Takahiro, sentándose en la cama—. Si hubiese sabido quién eras jamás te habría dejado por tu madre. ¡Jamás te habría dejado ir!
Esta confesión pilló a Tomoyo desprevenida.
—¿Qué tiene que ver eso? Lo que tuvimos murió, no vale la pena siquiera recordarlo —dijo con voz de llanto.
—¡Tiene todo que ver! Si tan sólo hubiese sabido que eras la heredera del imperio Daidouji, las cosas serían diferentes. A quién siempre he amado es a ti… por eso que hacer el amor contigo fue lo mejor que pudo pasarme —Takahiro intentó acercarse a Tomoyo de nuevo, quien lo veía como si de pronto le hubiese crecido una cabeza extra.
—¡Estás enfermo! —Tomoyo se dio cuenta que estaba llorando con mayor ímpetu. Le dolía el alma escucharlo.
—Las inversiones en mi empresa iban mal —siguió explicando—. Tu madre fue un salvavidas para mí, pero eso significó que te perdiera… En un principio el plan era otro.
—¿Qué plan?
—Yo iba a casarme con Sonomi, pero no iba a dejarte. Haría las cosas de forma discreta, después de un tiempo solicitaría el divorcio y podría estar contigo para siempre… Tú no te enterarías, te prometo que siempre quise mantenerte alejada de todo esto. Yo te amaba…
Tomoyo cerró los ojos tratando de aguantar el dolor que sentía, intentando no enloquecer por lo que él decía.
—Es decir que pretendías mantenernos a las dos. ¡Ibas a engañarnos! ¡Yo iba a ser tu amante! ¡Oh por Dios!
—Sé que suena mal, pero en ese momento no veía otra salida. Tomoyo yo… —se levantó de la cama antes de la chica pudiese notarlo y la tomó por los hombros—. Yo de verdad estaba muy enamorado de ti, iba a hacer cualquier cosa para mantenerte a mi lado.
Tomoyo sintió un asco indescriptible reptar por la totalidad de su esófago, aguantó las ganas de vomitar y eso trajo un dolor agudo que se apostó en su vientre, por lo que se sujetó aquella parte de su cuerpo, alejándose de Takahiro.
—¿Acaso nunca amaste a mi madre? —preguntó, su voz estaba temblorosa y sollozante.
—Nunca.
—Oh Dios.
—La respeto, es una mujer grandiosa, pero de quien estoy enamorado es de ti. Te necesito. Y sé que todavía sientes algo por mí, ayer me lo demostraste. Lo sentí en la manera en que me besaste, no puedes negar que me besaste con mayor deseo que antes. Tengo la certeza de que los sentimientos que tenías por mí están guardados en alguna parte…
El sujeto se acercó a Tomoyo quien lo miraba atónita, consiguió abrazarla e intentó besarla a la fuerza, Tomoyo golpeó su estómago con un golpe de puño.
—¡Jamás vuelvas a ponerme una mano encima! ¡Realmente estás muy enfermo! ¡Voy a denunciarte! —juró la muchacha, alejándose de él todo cuanto pudo.
—No serás capaz.
—¿Cómo estás tan seguro? —preguntó con amenaza.
—¿Realmente quieres que tu madre sepa de lo nuestro? —la cuestionó, desinflando la evidente decisión de Tomoyo—. Y cuando hablo de lo nuestro, me refiero a TODO lo nuestro. ¿Cómo crees que se sentirá al saber que su hija le ocultó nuestra relación por todos estos años? ¿O cuando sepa que los dos dormimos juntos? ¿Así quieres que sean sus últimos días?
Tomoyo enmudeció, Takahiro continuó con su ataque.
—Seguro que ella sufrirá lo indecible porque tú le ocultaste la verdad, porque en el fondo nunca quisiste hacerme daño. Eso es una prueba más de que me amas.
—¡Guarda silencio! —solicitó.
—¿Ves cómo tengo la razón? Nunca le dijiste nada a tu madre porque seguías amándome. Por un tiempo creí que me olvidarías, pero lo que sucedió anoche me prueba que todavía podemos lograrlo, querida mía.
—¡Si guarde silencio no fue por ti en lo absoluto! ¡Lo hice por mi madre! Ella merecía ser feliz.
—Si quieres mentirte de esa manera, por mí no hay problema —se las arregló para acercarse a la muchacha nuevamente y la amarró contra su cuerpo—. Lo importante es lo que pasara de ahora en adelante con nosotros. Podemos olvidar el pasado, Tomoyo. Quiero ser feliz contigo.
La joven se zafó de la prisión que ejercían sus brazos.
—Nunca, ¿me oíste? Nunca olvidaré el pasado. Me heriste de tantas maneras y lo de anoche terminó por aniquilar cualquier vestigio de cariño que quedara. No eres más que basura. ¡Ahora vete! —gritó Tomoyo—. ¡No quiero volver a verte jamás!
—Eso ya lo veremos, preciosa. Sé que necesitas tiempo para procesar todo esto, no obstante, sabes que no tienes elección. Te veré siempre, Tomoyo. Y te juro por lo más sagrado que no dejaré que otro, sea quien sea, tome lo que me pertenece. Tú eres mía.
Caminó los pasos que los separaba, mirándola con determinación y sin ejercer demasiada fuerza doblegó a Tomoyo y la besó con rudeza.
—Te odio —le susurró Tomoyo, dejando que la impotencia que la llenaba por completo escapara de ella a destajo.
—Haré que ese sentimiento vuelva a ser amor. Eso queda por mi parte. Te amo, mi hermosa Tomoyo.
Takahiro se fue, en el instante que cerró la puerta, Tomoyo se entregó la más pura aflicción, no pudo aguantar por más tiempo la sensación de asco y corrió hasta el baño a devolver todo su estómago.
No tenía clara la razón de sentir la vergüenza que experimentaba. Era como si no supiese darle una explicación a los cómo, ni a los por qué. Tan sólo era consciente que sufría muchísima culpa. Sabía que no debía sentirse de esa forma. No era su culpa, pero ese sentimiento no la abandonaba, muy por el contrario, se pegaba a ella como si fuese parte de su propia identidad.
Lloró por horas, incluso sollozó más allá de cuando no le quedaban lágrimas que derramar. Esa mezcla entre la repulsión, el desprecio contra sí misma y el dolor de su deshonra lograron que por muy poco sucumbiera a la locura, y fue en ese instante que sus ataques de pánico comenzaron.
El primer hito de desesperación la dejó tan cansada que se quedó dormida sentada a mitad de las frías baldosas del baño, en el suelo, abrazando sus rodillas.
Al despertar y asumir que no era una pesadilla todo lo que había pasado, se entregó al odio que sentía hacia aquel hombre que en otros tiempos amó. Se fundió con ese sentimiento y aunque temiera de ese monstruo que la había atacado, procuraría que no se volviera a repetir algo como lo de aquella noche.
«Jamás volveré a verme con él. Nunca más volveré a beber para quedar a merced de alguien tan malo», se prometió.
Luego de horas de deambular como un verdadero zombie por la habitación, se dio a la tarea de actuar. Acudió al médico para hacerse con una pastilla del día después. No estaba en un día fértil de su ciclo, pero prefería estar segura.
Hubiese deseado poder denunciarlo, porque, aunque supiera que era ella quien de cierto modo había empezado esa locura, comprendía que un no siempre debía ser respetado. Y aunque su juicio estaba entrampado en lo culpable que se sentía por haber traicionado a su madre, nada justificaba que él no se hubiese detenido. Pero, aquel maldito tenía razón, ella era incapaz de hacer que su madre pasara sus últimos días sabiendo que su propio marido y su hija, habían tenido una relación previa. Tampoco quería que ella supiera del dolor que la atenazaba por haber sido abusada. Además, le aterraba pensar en que alguien pudiese saber que había permitido que aquel hombre la deshonrara como lo había hecho. No, por ningún motivo dejaría que alguien supiese de aquella vergüenza. Se juró a sí misma que olvidaría esa noche. Eso no había pasado y punto.
Claro, siempre ha sido más sencillo decir algo que llevarlo a cabo…
Ese mismo día, por la tarde, visitó a su madre y actúo con total normalidad, poniendo esa careta que con el tiempo logró trabajar tan bien. Se tensó cuando escuchó que su padrastro ingresó a la habitación, inventó un pretexto y se fue pitando de ese lugar. Ni siquiera lo miró un segundo, para ella él no existía más.
Días más tarde tuvo la posibilidad de ver a Sakura, quien regresó brillante y magnifica de su viaje con Shaoran. Trató de decirle a su amiga lo que había pasado, porque había días en que se ahogaba con toda la aflicción, pero tenía tanto miedo, tanta vergüenza, que no pudo contárselo a ella. Sin embargo, la joven de ojos verdes supo que algo le había ocurrido. Insistió tanto para que Tomoyo le revelara las razones de sus aparentes cambios de ánimos. Preguntaba por qué a veces se ponía a llorar de la nada o por qué ya no vestía su ropa de costumbre, por qué ya no sonreía con sinceridad como antes. Tomoyo siempre encontraba la excusa perfecta para explicarse, pero intuía que su prima no se fiaba del todo de aquellas razones. Ni siquiera le creyó cuando Tomoyo pretendió darle una explicación basándose en lo que le sucedía a su madre.
—Sé que me estás ocultando algo, Tommy —le había dicho un día en que cuidaban a una dormida Sonomi, quien permanecía internada en el hospital. Sakura le había tomado las manos y ella tuvo que forzarse para no retirarlas de sopetón, la había visto a los ojos y continuó—: Sé que algo sucedió y estoy desesperada para que estés lista para contármelo.
Y nunca pudo contárselo. A nadie.
Takahiro intentó innumerables veces acercarse a ella. Tomoyo logró sortear su contacto cada vez, hasta que pareció perder el interés en perseguirla, o al menos eso creyó por esos días. La joven sintió un real alivio cuando las insistencias de su padrastro cesaron.
Con el correr de los meses, la salud de Sonomi se debilitaba por cada día que lograba pasar.
La decadencia del fin en una vida era cruel. Su madre sufría sin tener descanso, ni siquiera la morfina era suficiente para darle un momento de paz al espíritu encerrado en ese cuerpo maltrecho.
Cerró los ojos para reprimir el recuerdo de su madre suplicándole para que todo terminase de una buena vez.
Estaba por entregarse a las lágrimas, cuando notó un borrón pasar por frente de ella.
La silueta que se sentó frente a ella la sacó por completo de la remembranza de su pasado, no así de esa sensación desconsolada que se había instalado de forma indefinida en su ser.
—¿Por qué te fuiste? Yo quería…
Esa voz, entendió antes de siquiera procesar la imagen del tipo que estaba frente a ella, que esa voz le pertenecía a él.
¿Por qué Eriol estaba frente a ella?
Sus bellos ojos azules se notaban asustados y al mismo tiempo aliviados al observarla. Una mezcla rara que la confundió un poco más. Tomoyo le devolvió la mirada, pero para esa altura ya se sentía más muerta que viva, lentamente bebió otro trago, le respondió con una evasiva la pregunta que ella en un principio creyó que era retórica. Él comenzó a agradecerle y eso fue todo lo que pudo soportar.
Levantó la mano como una muda señal de que se detuviera, logrando que Eriol enmudeciera en ese instante.
—…Hoy quiero rendirme —confesó en medio de la conversación que a duras penas lograba sobrellevar. Coló una sonrisa triste, una que mostraba la ironía más pura.
Decir esas tres palabras fue de cierta manera como si alcanzara el nirvana. La epifanía de libertad. Quería precisamente darse por vencida y ya no seguir luchando más contra el destino que parecía aguardarle a la vuelta de la esquina.
Lo último pareció descolocar a Eriol, ella se dio cuenta de la manera en que sus ojos serios la sondearon como si buscara la trampa o la broma en medio de esa confesión.
—¿Qué es lo que ocurre? —le consultó él sin despegar esa mirada incrédula de su rostro.
Tomoyo intentó sonreír, aunque a la mitad de aquel intento simplemente decidió que ya no iba a hacerlo más. Ya no iba a mostrar una felicidad que no sentía, ya no iba a decir que todo estaba bien cuando consideraba que la vida se le escurría en medio de los escabrosos recuerdos. Ya no iba a mentirse de nuevo.
—Es que finalmente comprendí que por mucho que luche, siempre seré un simple reemplazo —susurró con seriedad—. Me ha tomado mucho tiempo, pero lo entendí por fin.
Y era cierto. Ya estaba lista para aceptar lo que le deparaba el destino, por eso simplemente se entregaba a la oscuridad que se abría ante ella.
—Sí te refieres a lo que ocurrió ayer…
Esa frase trajo un diluvio de inestabilidad y la visceralidad se apropió de todos sus argumentos fríamente ordenados en su cabeza, generando un caótico enfrentamiento verbal.
Tomoyo le reclamó el hecho de que la hubiese besado pensando que era Kaho. No escondió todo lo que le dolía aquel hecho, fiel a su nueva postura de dejar de fingir.
—Ya no quiero ser usada —terminó enrostrándole con la voz quebradiza.
Eriol trató de calmarla y supo por la forma en que la miró que iba a disculparse con ella.
La muchacha se aterró ante este hecho, no quería oírle decir que se arrepentía por haberla besado, no quería que negara ese hecho, no ese día. Tal vez al día siguiente, pero no en ese momento.
Con fervor solicitó que no le dijera que lo sentía y admitió que, en realidad, ella sola se había metido en todo aquel embrollo. Quiso seguir bebiendo porque necesitaba ese choque de vida que se colaba con cada sorbo, sólo cuando trató de beber un poco notó que su vaso carecía de alcohol.
Solicitó que el hombre de la barra le trajera otro trago. No se perdió el mohín que pasó por el rostro de su amigo ante esta petición, quien mencionó la preocupación que le provocaba el hecho de que estuviera bebiendo tanto.
Si tan sólo él supiera cuánto había evitado llegar a esos extremos.
Puede que por su estado de completa vulnerabilidad se decidió a compartir un poco de las razones que la tenían allí sentada; le confesó que la última vez que se había emborrachado había cometido tal atrocidad, que había prometido que jamás volvería a hacerlo; cerró los ojos forzando a que los monstruos se mantuvieran durmiendo un poco más, en medio de aquella lucha, el amable señor del bar le llevó el trago que había pedido y antes de que siguiera diciendo estupideces bebió otro sorbo. Nuevamente ese escozor y ese retazo de vida la inundaron.
Se quedó por momentos observando el vaso con pesar.
— Y ya me ves, aquí rompiendo ese juramento —susurró, experimentando repulsión por su debilidad, por ser incapaz de mantenerse firme en su promesa.
Se sobresaltó cuando pudo sentir que Eriol tomó su mano, intentó apartarla con premura, ese contacto le hacía desear cosas que sabía que no eran para ella. A pesar de sus intentos, el inglés pudo salirse con la suya y mantener el acercamiento entre sus manos.
Algunos recuerdos vinieron a ella como un remolino de viento, memorias de un sueño en el cual Eriol le susurraba que era hora de ir a casa, ofreciéndole su mano y ella aceptándola; sintió más calor en la unión que ejercía el inglés sobre aquel amarre.
¿Por qué sentía que ese sueño era tan importante? ¿Por qué no podía hilar la totalidad de aquel sueño y sólo recordaba esa parte?
Eriol le acarició ligeramente con el dorso de sus dedos, Tomoyo no pudo ocultar el estremecimiento que aquella impalpable caricia acarreó. Se vio obligada a contactar sus ojos a los suyos, uniéndolos como si estuviesen obligados a no dejar de mirarse.
Eriol le sonrió dulcemente.
Le dijo que no se preocupara si rompía esa promesa, porque en ocasiones simplemente no se pueden cumplir. Ella iba a replicar, le iba a decir que el rompimiento de la suya no era algo banal, era faltar a un juramento que de verdad era importante…
No pudo interrumpir sus palabras, porque él continúo hablando:
—Me ha costado mucho tiempo darme cuenta de ello. He hecho algo terrible para tratar de mantener una promesa que ya no puedo seguir conservando…
¿De qué promesa hablaba? ¿Es que había perdido el hilo de la conversación?
—Lo peor —continuó Eriol—, es que con ello logré lastimar a la persona que más me importa en este instante.
¿Qué persona? ¿Quién era aquella persona que más le importaba en ese momento?
Su mirada abrasadora fue peor que una caricia. La sintió recorrerla por completo. Sus nervios se dispararon, no sabía bien la razón de que él la mirase de forma tan dulce, por lo que su nerviosismo aumentó.
Su agudeza sugirió que se refería a ella, pero Tomoyo rápidamente descartó esa posibilidad recordando la situación del beso. Se convenció de que no se trataba de ella.
Se perdió de lo que le dijo después y tampoco supo que le respondió él. Tan sólo registró que le dijo que estaba preocupado por su salud.
Ella se tomó el pulso y su temperatura y mintió al decir que se encontraba en rangos normales. Su corazón bombeaba velozmente. Y el dolor de su brazo no hacía más que aumentar.
Maldito fuera él, porque pareció no creerle en absoluto.
—Hoy pareces muy triste —apuntó—, tal vez algo melancólica —ella le respondió alguna tontería, él la miro comprensivo—. ¿Por eso bebes? —le preguntó evidentemente interesado.
¿Por qué bebía?
Le respondió que lo hacía para castigarse a sí misma, era una forma estúpida de auto-infringirse dolor, estaba al tanto de eso.
—Si bebo los recuerdos no pueden reprimirse con tanta facilidad.
Tomoyo enfrentó la duda que recorrió el semblante de Eriol, también pudo percibir el momento en que llegó a una decisión. Y entonces preguntó:
—¿Es porque engañaste a tu madre?
Ni en mil años hubiese estado preparada para que él pronunciara esas palabras que conformaban tan horrorosa pregunta. Sus monstruos terminaron de despertarse por completo.
La sensación de sentirse indefensa ante los ojos azules de Eriol hicieron que su ritmo cardiaco que no terminaba de calmarse aumentara preocupantemente. Su respiración siguió el mismo camino, como un real preludio de una crisis de angustia que ella había tenido muchas veces, pero una que estaba siendo mucho más violeta; posiblemente por su estado de embriaguez o porque recién se daba cuenta de lo mucho que le aterraba que Eriol supiese aquel hecho de su pasado. Temía que la juzgara y la mirara con la misma repugnancia que algunas veces veía en sus propios ojos, cuando se miraba por mucho tiempo en el espejo.
—¿Acaso tú lo sabes todo? —tenía que saberlo.
Eriol la observó con algo de comprensión, pero en el instante que iba a abrir la boca, Tomoyo se puso de pie repentinamente con la intención de huir, todo dio vueltas, y no fue consciente de mucho hasta que sintió que era sujetada por Eriol, quien la salvó de estrellarse en el suelo.
—¡Te tengo! —susurró el inglés a muy escasos centímetros de su rostro—. No dejaré que sigas haciendo esto. Ahora iremos a casa.
—¿Lo sabes? —insistió en confirmar ella, sintiendo la forma en que sus ojos se tornaban más llorosos. La taquicardia en su pecho la hacía sudar helado.
Eriol trabó su mandíbula, volviendo su semblante más serio todavía.
—Cálmate. Vamos a hacerlo juntos —musitó despacio.
Eriol empezó a respirar audiblemente para que Tomoyo siguiera su ritmo. Por varios minutos hasta que ella consiguió conservar una respiración más serena.
—¿Cómo lo sabes? Debes decírmelo.
—Hoy no hablaremos de esto, Tomoyo —le susurró en su oído—. Aunque debes saber que no dejaré de quererte por saber lo que sé sobre ese tema.
¿La quería? Tomoyo estaba tan asustada que aquella confesión logró romper finalmente el débil control que ejercía sobre sus emociones. Se aferró de su cuello enterrando su cara allí y comenzó a llorar. Eriol la atrajo mucho más contra su cuerpo, para finalmente ponerse de pie con ella a cuestas.
—No me importa si cometiste el peor de los errores, yo no voy a dejarte sola mientras tú quieras que esté contigo.
Tomoyo suspiró hondamente y no supo la razón aparente que esas palabras hicieran brotar una líquida calidez en su pecho. En realidad, sí que lo sabía.
—Yo no quiero que mires con asco.
Eriol besó su oreja delicadamente.
—Nunca podría verte de esa manera, Tomoyo, al contrario. Quiero que podamos aclarar esto, pero por ahora mi verdadero objetivo es cuidarte, ¿acaso no has notado lo débil que te encuentras?
—Estoy cansada —confesó—. Me duele el brazo.
—Descansa por ahora, puedes jurar que voy a cuidarte todo el tiempo que sea necesario.
Tomoyo sintió el suave caminar de Eriol y escuchó la forma en que se despidió del cantinero.
—Espero que cuide a la señorita —le soltó el sujeto a modo de advertencia.
—Descuida, procuraré que así sea.
La joven nipona no tuvo la certeza del momento en que llegaron nuevamente a la mansión de Eriol, pues se durmió en algún momento del trayecto.
—¡Tomoyo! —le susurró una lejana voz—. Despierta.
Ella se removió un poco entre cobijas suaves y finalmente abrió sus ojos.
—¿Eriol? —preguntó al no ver mucho con la tenue luz de la habitación.
—Sí —susurró él muy bajito—. Te he despertado para que comas esto —señaló la charola que traía con un plato con sopa, se sentó a su lado.
Tomoyo miró la bandeja y su estómago dio un vuelco. Honestamente lo que menos deseaba era comer. Sin embargo, cuando fijó su atención en Eriol su preocupación se alejó de su rechazo por el platillo que le ofrecía el inglés y se quedó en el hecho de que su amigo luciera verdaderamente acabado.
—Por favor, debes comer un poco.
—¿Por qué te ves tan cansado?
Él sonrió para fijar su atención en ella.
—No te preocupes, son las consecuencias de tele-transportarse dos veces después de consumir prácticamente la totalidad de mi poder. Estoy fuera de forma —Eriol acarició el rostro de Tomoyo y ella inclinó su cara para que la caricia fuera más cercana—. Ahora come.
—Comeré si prometes que vas a descansar —trucó ella.
Un brillo divertido pasó por los ojos de Eriol.
—¿Me estás dando órdenes?
—Sólo quiero que descanses.
—No puedo mientras estés a mi cargo. Adele aún no se repone de… —su explicación quedó estancada—, mientras ella no despierte mi deber es cuidarte.
—¿Qué ocurrió con ella?
Tomoyo observó que Eriol se puso rígido.
—Me ayudó —explicó—. Me ayudó con algo muy importante, pero lastimosamente eso le dejó agotada. Por favor, come un poco.
—Está bien. Gracias por la comida —iba a tomar la primera cucharada, pero se detuvo para observar al mago que la miraba atentamente—. Te agradezco que hagas esto por mí.
—Estoy anotando cada cosa en una lista para cobrártelo después —comentó el joven con notorio buen humor—. Así que no me des tanto las gracias —musitó bajito y arregló el mechón de cabello que siempre revoloteaba por la frente de la muchacha, para finalmente acariciar su mejilla de nuevo y sonreírle con galantería.
Tomoyo comió una cucharada de la sopa, luego otra y otra. Eriol pareció tremendamente aliviado cuando notó que ella había acabado con el cuenco por completo.
—¿Cómo te sientes? ¿Tu brazo duele todavía?
Tomoyo arrugó el entrecejo. Movió su brazo y tenía una pequeña molestia que era prácticamente nada, comparado con el dolor que sentía antes.
—Casi no me duele, ¿por qué? —quiso saber.
Eriol sonrió.
—Eso es secreto.
—No, de verdad dímelo —pidió ella, moviendo su brazo en varias elongaciones, maravillada de ser testigo de una recuperación tan evidente—. ¿Cómo lo lograste? ¿Acaso usaste magia?
El joven se encogió de hombros.
—Mis poderes no son para sanar. Nunca me eduqué en esas lides de la magia, pero tenía que hacer que te sintieras mejor. Creo que, para ser la primera vez, no me fue mal —sonrió, la joven se percató del semblante de extremo cansancio que exponía Eriol y su preocupación se disparó.
—¿Acaso te volviste loco, Eriol? Tú no estás bien y haces este tipo de cosas —los ojos de Tomoyo se aguaron—. ¿No te das cuenta que mi brazo iba a sanar de todos modos?, pero tú… Tú luces tan cansado… Fue una locura. No comprendo por qué lo hiciste.
Eriol la tomó de ambas mejillas y juntó sus narices.
—Lo hice por la misma razón que tú corriste por mi jardín sin importarte tu propia integridad —se detuvo para respirar trabajosamente—. Siento que tuvieras que sufrir tanto para hacerme entender que no podemos vivir en el pasado. Lo mínimo que podía hacer, Tomoyo, es intentar sanar tu cuerpo. Eso no es complicado. Lo que ahora deseo es poder sanar también tu espíritu.
El joven la atravesó con una mirada de tanto cariño, que ella perdió un poco el aliento. La chica sin ser consciente de sus actos, posó sus manos sobre las de Eriol. Se sentía muy nerviosa por sentirlo tan cerca, era raro que siempre deseara su contacto. No le ocurría como con los demás, porque con el mago no experimentaba la repulsión, por el contrario, quería seguir tocándolo.
—Gracias —balbuceó la joven.
El contacto entre ellos seguía y sus miradas se atrajeron, de la misma forma Eriol empezó a acortar la distancia con Tomoyo, lo que provocó que las alarmas de la chica se encendieran:
—Eriol —susurró ella—, yo no soy Kaho… debes detenerte.
—No quiero que seas Kaho —confesó—, sé quién eres, Tomoyo, eres la persona que me muero por besar —suspiró a tan poca distancia de ella, quien sintió su aliento exquisito sobre sus labios—. ¿Puedo tener un beso suyo, señorita Tomoyo Daidouji?
—Sí.
En realidad, Tomoyo no supo si llegó a decir aquella afirmación o no, porque lo único que registraban sus sentidos eran los labios de Eriol abriéndose y cerrándose sobre los suyos. Era diferente al otro beso, porque no era voraz. Era tranquilo, sin dejar de ser extremadamente intenso. Sus respiraciones se tornaron trabajosas al cabo de unos minutos, a pesar de esto, no dejaban de mantener unidas sus bocas.
La joven deslizó sus manos sobre la espalda del joven, quien poco a poco fue recostándola en la cama, Tomoyo se sentía tan unida a Eriol que no reconoció esto más que cuando su cabeza tocó la almohada. El joven lentamente terminó el beso y se separó escasos centímetros de la chica.
—Eres Tomoyo, la persona más importante en este momento de mi vida.
N/A: Hola a todos quienes han concluido de leer este pequeño capítulo.
Estoy aquí con el séptimo capítulo de esta historia,muriendo de calor.
Les diré que ha sido todo un parto de poder superar el escrito, porque la documentación para el mismo fue compleja de buscar y de leer, pero iré por partes:
Tal vez para quienes siguen la historia desde el comienzo ya presentían lo que había sucedido con Tomoyo, dejé varias pistas en los capítulos para que se fueran haciendo a la idea. Era importante profundizar en ese tópico, porque Tomoyo es diferente a Eriol, quien tiene sus depresiones de forma más violenta, se le nota cuando no se encuentra bien y hace locuras, es cierto, pero son más inmediatas. En cambio, con Tomoyo, sus luchas son silenciosas y se hunde sin que esto desanime sus intentos por mejorar. Claro que llegó el momento en que ya se hundió tanto que no pudo pretender que todo iba a mejorar.
Quiero dejar en claro que Tomoyo termina en ese bar bebiendo porque siente que no puede más, que ya no funciona su forma de protegerse del resto; ella también debía tocar fondo para que lo que pueda(?) construir con Eriol sea verdadero y sin secretos...
Ahora, lamento si el abuso de Tomoyo provocó incomodidad; decidí que fuera lo menos explicito posible, sin perjuicio de lo anterior, quise retratar sus sentimientos, antes, durante y después de aquello, para esto leí tantos testimonios de víctimas de esta clase de vejámenes, que por días no hice otra cosa que sentirme asqueada y triste por toda la crueldad a la que se deben enfrentar algunas personas. Por lo que no alcanzo a dimensionar lo que significa para la gente que los sufre.
Tomoyo es inteligente y sabe que no fue consensuado, pero en su cabeza insiste en culparse, y por vergüenza, miedo y tantas otras cosas, es que se siente tan responsable. Por eso es que lo calla.
Me gustó el final del capítulo, me gustó porque es muy emotivo (al menos para mí), pero sin dejar de ceñirse a la personalidad que poseen los dos.
Para finalizar, quiero agradecer a quienes siempre se toman el tiempo de dejar un review, esta historia sigue escribiéndose porque ustedes lo hacen posible. Gracias infinitas.
Espero sus comentarios, de veras que los espero.
Si me entusiasmo mucho pretendo subir el nuevo capítulo antes de que concluya este año...ayúdenme con eso.
Nos leeremos pronto.
Au revoir.
P.D.: Subí este capítulo ayer, pero tan sólo se subió el título y ya era muy tarde como para reescribir la nota de autora de nuevo. Morfeo aclamaba mi presencia con ímpetu. Espero que esta vez sí funcione, por si acaso, copié la nota, así no me tardo en re-resubirlo si fuese necesario.
