VIII Jubiloso intervalo
Parte I
Mientras caminaba hacia su hogar, sosteniendo a Tomoyo entre sus brazos, tan sólo deseaba poder llegar para que ella pudiese descansar de manera más cómoda. Aunque no desconocía que el mero hecho de tenerla de ese modo con él, durmiendo con profundidad, lo hacía sentirse ocultamente dichoso.
Le causaba un poco de gracia la clara reprimenda que leyó en los ojos del cantinero al momento en que se retiraron del bar, siempre había creído que ese sujeto era una persona extremadamente desligada del resto, al parecer la pequeña mujer que llevaba resguardada consigo logró derribar la amurallada barrera que solía interponer aquel hombre con los demás, porque era bastante notorio que aquel tipo se preocupaba por el bienestar de la japonesa.
—Quizás has logrado derretir más de algún enhielado corazón, Tomoyo —le susurró, para inmediatamente depositar un beso fugaz en la sien de la jovencita.
Tomoyo a pesar de que permanecía dormida, ante esa caricia apretó un poco más el agarre que llevaba su puño hecho un nudo en la camisa del inglés, acomodó de mejor manera su rostro, suspirando en lo profundo de un sueño que Eriol esperaba que fuera reparador.
Llegó a su hogar y llevó a la muchacha a la habitación de la cual ella no debiese haber salido ese día. Se sentía bastante responsable por haberse dormido con tanta profundidad, que no pudo detenerla cuando ella abandonó la mansión por la mañana.
Miró la silueta de Tomoyo que respiraba pausadamente y experimentó tal dulzura que soltó un aliviado suspiro.
—Menos mal que conseguí encontrarte. No me hubiese perdonado jamás si algo malo te ocurriera.
Arrugó el entrecejo al descubrir que esa chica le importaba más de lo que imaginaba en un comienzo. Es decir, hace unas cuantas horas se había arriesgado para contactar a la mujer que más amó en su vida, y tan sólo unas horas después, estaba enmarañado en las sensaciones que despertaba Tomoyo. Que eran como mínimo importantes y profundas.
¡Cómo de volátil había cambiado todo! ¿Por qué se había tardado tanto en aceptar lo que ahora le parecía tan natural?
Volvió a fijar su atención en el durmiente cuerpo de ella, sabía que la quería, más que como una amiga. Eso era tan seguro como la sensación de protección que se despertaba desde el fondo de su propio ser al ser Tomoyo la protagonista de sus pensamientos.
Ella le había dicho, con un temor tan profundo, que no quería que la mirara con asco; él sólo se sonrió, sin ser capaz de detener la aceleración que sentía en su pecho, porque aquel sentimiento, al que ella le temía, no aparecía ni por asomo en la larga lista de cosas que la japonesa le hacía percibir.
—Te quiero —le susurró.
Se sentó a un lado de la cama para observarla en silencio, tomó su mano con estrechez y posesividad, ella se veía tan bonita y al mismo tiempo muy vulnerable. Una combinación que lo tenía abrigando un burbujeo de sentimientos. No recordaba la forma en que se sentía ese vaivén de emociones, ese colorido universo de esperanzas, era como si pudiese atisbar el verdadero significado de vivir. Tampoco recordaba la sensación de tener a alguien importante por quien velar, alguien por quien preocuparse, alguien a quien cuidar. Era una emoción que sin duda lograba hacerlo vibrar, hacerlo sentirse feliz por el simple hecho de verla dormir, inspiró profundamente, apreciando la paz, sabía que estaba en el instante y el lugar correcto, con la persona correcta.
Repentinamente ella se removió y un quejido salió de sus labios. Entonces recordó que ella le había mencionado que le dolía el brazo, así que lo palpó. Tomoyo se quejó con mucha más efusividad, aunque no abrió los ojos, tal parecía que el cansancio podía más que el malestar que seguramente sentía. Eriol corrió un poco la manga de su vestido y se encontró con que tenía un enorme hematoma, desde el hombro hasta el antebrazo.
—¡¿Cómo conseguiste lastimarte de esta forma, cariño?! —cuestionó en voz alta.
Esperaba que no hubiese sido su responsabilidad aquella lesión, verdaderamente esperaba que no hubiese sido el artífice de aquel daño para con su cuerpo, aunque tenía el presentimiento que Tomoyo había recibido ese golpe por culpa suya.
Le acarició la mejilla y se levantó de la cama.
En su mente sólo habitaban dos cosas: deseaba que ella sanara sus heridas y quería cuidarla hasta que abriera sus luminosos ojos. Quería poder verlos de nuevo resplandecientes, sin ese velo que los oscurecía.
Salió en completo silencio de su habitación, se quedó unos instantes rememorando la silueta de Tomoyo cuando le había sonreído aquella última vez que el atardecer los acompañó en la colina.
Definitivamente así quería que se viera ella: sonriendo sincera y feliz.
Recordó las palabras de Adele quién mencionó que la muchacha debía comer y descansar. Sin duda lo segundo se estaba cumpliendo, al menos ahora. Pero ella no había comido.
Se dirigió a la cocina, no sin antes dejar una barrera protectora en la habitación. Básicamente aquel hechizo prohibía que cualquier ser entrara en la estancia, sin embargo, no impedía que Tomoyo saliera si es que llegaba a despertar, aunque sabría de forma inmediata si ella abandonaba la recamara.
Eriol se sentía cansado, pero ni por un segundo pensó en detenerse. No quería hacerlo y descuidar a Tomoyo. Todavía había muchas cosas que investigar sobre ella, ya tendría tiempo de recabar información de la misma joven, de sus motivos para huir de su país, de que tanto había pasado para de repente verse tan desmotivada con la vida, para temer tanto a que él supiese la verdad. De forma que descansar no era una opción viable, ni siquiera quería que lo fuera. Ahora lo más importante era que el cuerpo de Tomoyo no resintiera todo el sobre-esfuerzo que ella había hecho.
Daba vueltas entre las encimeras, mientras un estofado estaba en la lumbre, a la misma vez, Eriol pensaba en la forma de que Tomoyo pudiese sanar de manera más expedita, le preocupaba sobremanera el aspecto que tenía el brazo de la muchacha y necesitaba hacer algo por resarcir ese daño. Quería recurrir a Adele para que ella pudiese brindarle algún brebaje o alguna cosa que permitiera todo esto, la cuestión era que no podía hacerlo, porque ella se había sumido en una profunda desconexión para recuperarse. Ni con su mente había sido capaz de contactarla.
El cansancio hacia que su vista se tornara borrosa a ratos, no obstante, esto no impedía que el sentimiento de impotencia se adueñara de la mayoría de sus pensamientos. ¿Cómo era posible que un mago como él fuera tan inepto con algo tan importante?
Nunca se había interesado en usar su magia para la renovación o la recuperación, no le era natural usarla con esos fines. Y tampoco había hecho el intento de saber más sobre el tema. No le interesó hasta ese momento en que quería que Tomoyo se recuperara. Pero, ¿de qué forma iba a lograr saber el modo de proceder para lograr ayudarle? Técnicamente no tenía a nadie.
Al instante, cierta idea se cruzó por su cabeza.
—¡Mis guardianes! —susurró parado en medio de la cocina—. Tal vez ellos podrían ayudarme —miró fijamente por la ventana que daba al jardín trasero, ese que Nakuru disfrutaba cada tarde, que hoy por hoy se veía tan deslucido.
Luego con un gesto de mano descartó la idea, además, no estaba en condiciones de despertarlos. Su energía era paupérrima para aquella proeza.
«Tampoco tengo idea de la manera en que debo enfrentar a SpinelSun o a RubiMoon»
Siguió devanándose los sesos en búsqueda de una mejor idea, encontrándose con un desierto carente de nuevos frentes a los que recurrir.
No tenía alternativa.
—Debo estar loco para siquiera pensar en hacer esto —pensó, mientras movía las manos en un patrón determinado para que apareciera la pequeña llave que le permitía acceder a su báculo y a sus poderes.
Respiró profundo y secó con la manga de su camisa el sudor que se reunía en su frente.
—Llave que guardas los poderes de la oscuridad, muestra tu verdadera forma ante Eriol, quien ha aceptado esta misión contigo. Libérate —la llave que tenía un gran sol en el extremo emitió un fuerte brillo, comenzó a girar y a agrandarse. Rebelando finalmente el enorme báculo de color dorado, como el mismo sol de rayos asimétricos que coronaba la cima.
Visualizó entonces a sus dos guardianes.
—¡Abran los ojos! —musitó—. Al instante siguiente dos siluetas brumosas aparecieron ante él.
Los guardianes mantuvieron su apariencia falsa, pausadamente ambos obedecieron el mandato de su amo, abriendo los ojos con lentitud.
—RubyMoon, SpinelSun, cuánto tiempo sin verlos.
—Amo —respondieron los dos al unísono y se inclinaron con una reverencia de completo respeto.
—Es bueno verlos de nuevo —admitió el mago, sintiendo de verdad que esas palabras graficaban de maravilla su alegría por tenerlos frente a él otra vez.
—Debo mencionar que su aspecto es un poco desmejorado, amo Eriol —informó la voz un tanto chillona de Spinel—. ¿Acaso ha ocurrido algo?
RubyMoon asintió, dándole apoyo a su compañero.
—Tengo una situación. Necesito saber si alguno de ustedes conoce la forma de sanar las heridas del cuerpo de alguien.
—¿Acaso usted…? —quiso saber RubyMoon notablemente preocupada, a la vez que sus ojos vagaban por el cuerpo del joven.
—No, no es para mí —se adelantó Eriol—. Tan sólo quiero saber si alguno de ustedes conoce de algún método. Es muy importante.
La pequeña forma de Spinel salió volando de la cocina y se dirigió al despacho de Eriol, quien siguió al guardián con prisa.
Vio cómo Spinel buscaba entre sus textos, manuales y tratados de magia, finalmente señaló un libro vetusto.
—En este libro recuerdo haber leído la forma de crear un brebaje para acelerar el proceso de recuperación de una persona.
Inmediatamente Eriol ojeó entre las páginas que se notaban roídas por el implacable paso del tiempo, Spinel estaba sobrevolando cerca de él y le indicó dónde se encontraba en específico la receta.
El mago se emocionó y se puso a trabajar en ese mismo instante.
La creación de aquel brebaje no fue sencilla, hubo ingredientes que no tenía a mano, pero sus guardianes se aseguraron de proveerle todo cuánto necesitó.
Honestamente esperaba que en algún punto cualquiera de ellos le pidiera explicaciones por mantenerlos dormidos tanto tiempo. El enfrentamiento que tuvo con ambos antes de llegar a esa decisión no había sido bonito. Por eso estaba extrañado que ninguno hubiese mencionado aquel incidente y estuviesen ayudándole como si nada hubiese pasado.
—Amo Eriol —RubyMoon le llamó—. Creo que debe retirarse a sus aposentos y tomar un descanso. Su apariencia es a cada momento peor.
—No te preocupes, RubyMoon, todavía puedo continuar.
—¿A quién está protegiendo en su habitación, joven amo? —consultó la guardiana de cabello rojizo.
Eriol cerró los ojos un momento, sin decidir todavía si debía informarles la situación a sus guardianes o no.
—En mi habitación se encuentra la amiga de Sakura: la señorita Daidouji —se sinceró—. Pasaron algunas cosas y ella resultó lastimada.
—Entiendo. Lamento si me entrometí más de la cuenta.
El joven mago miró de soslayo a la creación mágica, completamente extrañado de su comportamiento tan impasible. RubyMoon podía ser muchas cosas, pero no era un ser que se caracterizara por su ecuanimidad. Algo estaba mal.
Se atrevió a encajar su atención en Spinel, quien permanecía en un silencio taciturno. Su personalidad siempre había sido refinada y seria, pese a esto, jamás parecía apesadumbrado como lo proyectaba en ese momento.
—¿Podemos ayudarle en algo más? —preguntó RubyMoon.
—Por ahora no —los miró buscando algún ápice de enojo en ellos, pero no vio nada en sus expresiones—. Regresaré enseguida, tengo que hacer que Tomoyo beba esto —señaló la poción.
Recorrió los pasillos antiquísimos de la mansión que se encontraban adornados de manera clásica, hasta situarse frente a la puerta de fuerte roble macizo de sus aposentos y recitó las palabras que deshacían el conjuro que había puesto un poco antes.
Las penumbras de su habitación se le antojaron hermosas, se adentró en aquel espacio negro, sabiendo que en éste estaba ella dormida.
Sin despertar a Tomoyo por completo hizo que la chica bebiera la totalidad de aquel elixir de sanación. Permaneció unos momentos mirando el perfil de Tomoyo, preguntándose qué haría ahora con sus guardianes, tomó la mano de la muchacha como si con eso consiguiera reunir fuerzas que ya llegaban a un preocupante nivel de escasez.
Sintió la presencia de Spinel en la entrada de la recamara y de un movimiento de su mano hizo que la puerta se abriera por completo.
—No recordaba que espiar fuera uno de tus pasatiempos, Spinel —lo reprendió sin llegar a enfadarse por completo.
—Lo lamento, amo.
—¿Hay algo que quieras decirme?
—Quiero disculparme por lo que sucedió antes de que usted decidiera… —la pequeña criatura calló abruptamente.
—Lo que Spy quiere decir es que nuestro comportamiento la última vez que nos vimos fue inaceptable, es por eso que nos disculpamos —dijo Nakuru, haciendo una reverencia hacia Eriol.
—Espérenme en mi despacho, asistiré enseguida —indicó a los dos, quienes le obedecieron de forma inmediata.
Respiró hondo antes de ponerse de pie. Soltó la mano de Tomoyo a regañadientes.
—Volveré enseguida, Tomoyo.
Al ingresar a la estancia los dos seres lo miraron con cautela.
—¿Tan sólo quieren disculparse?
Los dos asintieron.
—Nosotros debemos nuestra existencia a usted: nuestro creador. Lamentamos de forma profunda el haber infringido nuestros deberes. No debimos tratar de inmiscuirnos en lo que no nos correspondía —dijo Spinel.
—¡Bien! —exclamó Eriol.
El joven sentía como una verdadera bofetada aquellas palabras de sus guardianes. Antes de toda la tragedia que se vino después del accidente de Kaho, solía tener una relación cercana con sus dos creaciones. Más que sirvientes Eriol realmente los apreciaba y esta distancia que ellos estaban anteponiendo, conseguía que un sentimiento de vacío se alojara en sus entrañas.
Al mismo tiempo comprendía que quisieran protegerse. Él en un momento pensó en destruirlos, en simplemente desaparecerlos. Y todo aquello porque, tanto Spinel como RubyMoon, quisieron sacarlo del agobiante estado anímico que le quedó luego de que todos sus intentos por contactar con Kaho fueran infructuosos.
En uno de sus muchos intentos de ir en contra de las leyes ellos intentaron abiertamente detenerlo, lo que provocó que la furia que sentía por saberse incapaz de traer de vuelta a la mujer que amaba, se dirigiera hacia ellos.
Finalmente, sólo los durmió con la firme promesa de que algún día realizaría el paso dos. En ese instante fue que su plan de abandonar el mundo y renunciar a su estatus de mago comenzó a germinar en Eriol.
—¿Hay algo más en que podamos ayudarlo? —preguntó Spinel sacándolo de su ensoñación.
Eriol quiso disculparse con ellos, pero las palabras no salieron de su boca, principalmente porque presentía que nada de lo que pudiera decir renovaría la relación que ellos tenían en el pasado.
Lo mejor era dejar pasar el tiempo. Tal vez con el correr de los días ellos se mostrarían más cercanos como ocurrió antes.
—Nada por ahora —señaló—. Iré a preparar la merienda para Tomoyo.
Eriol no se perdió la significativa mirada que cruzaron los dos seres mágicos. Supo que ellos notaron la familiaridad con la que trataba a la jovencita que descansaba en su habitación y también todas las preguntas que bailaron en sus semblantes. No obstante, ninguno de ellos pronunció palabra alguna.
Estaba molesto, pero más que todo se sentía cansado. Tan sólo porque era un obstinado seguía en pie. Sin pensar demasiado preparó la bandeja que llevaría a la habitación.
Al llegar al cuarto, ingresó con sigilo tratando de no emitir más ruido que el necesario, dejando la charola sobre la mesita de noche.
Encendió la lámpara con la luminosidad más tenue.
Olvidando por momentos todo el lío que se traía con sus guardianes. Tan sólo se quedó observando a Tomoyo, experimentando ese calor nuevamente.
¿Qué le estaba haciendo esa muchacha?
Sacudió su cabeza, si seguía así seguro que sólo se recostaría a su lado y dormiría con ella hasta que las energías regresaran.
—¡Tomoyo! Despierta. Vamos, cariño, abre los ojos —musitó con voz queda, siendo lo más cuidadoso que podía para atraerla a la vigilia sin asustarla.
Vio emocionado como ella se revolcó entre las sabanas, también se estremeció cuando Tomoyo abrió los ojos y la comprensión brotó de ellos.
—¿Eriol? —cuestionó ella, con la voz un poco rota, un poco extraña, era como si todavía no despertara del todo y aun así supiera que él era quien estaba con ella. Sus sentimientos se descontrolaron un poco y se refrenó para no besarla en ese mismo momento.
«Enfócate, Eriol, ella debe comer».
—Sí. Te he despertado para que comas esto —se aprestó a tomar la bandeja y mostrársela a la muchacha.
Ella miró sin muchas ganas el contenido que le ofrecía Eriol, luego enfocó su atención en él y algo extraño pasó por sus ojos.
—Por favor, debes comer un poco —le rogó el joven mago, ya no le importaba la forma en que tuviera que convencerla, porque sentía que sus fuerzas se agotaban.
«Vamos, sólo debo resistir un poco más»
—¿Por qué te ves tan cansado? —la jovencita soltó esa pregunta sin atisbos de querer ocultar la profunda preocupación que sentía, desencadenando que aquel sentimiento de calidez que lo llenaba cada vez que pensaba en Tomoyo viniera de nuevo con un poco más de fuerzas.
Preocupada se veía verdaderamente hermosa, y sabiendo esto lo único que deseaba era poder quitar esa preocupación de sus gestos. Quería que ella estuviese tranquila y feliz. No importaba lo mucho que le gustara esa expresión de su rostro, porque debía reconocer que la faceta jubilosa y desenfadada era la que más le agradaba de todas las que se miraban en ella.
Le explicó que su nefasta apariencia se debía a su excesivo uso de la magia y también a que se encontraba fuera de forma para tales aventuras.
Esa explicación no logró hacer que ella pareciera más tranquila, muy por el contrario, consiguió el efecto opuesto. El jovencito no pudo resistirlo por más tiempo y le acarició su cara, ahogando las otras ganas que tenía de seguir acariciándola de otras formas más profundas.
—Ahora come —le pidió, sonriéndole.
La vio meditar un poco, por lo que conocía de ella sabía que estaba tratando de maquinar algo.
—Comeré si prometes que vas a descansar —enunció ella dotada de solemnidad.
Le encantaba esa parte de su personalidad, él mismo manipulaba a las personas, a veces por diversión, otras por mero aburrimiento. En cambio, Tomoyo, ella normalmente lo hacía porque quería cuidar a los demás. Ver esa faceta lo hizo conectarse muy fácilmente con su buen humor y olvidar la acritud de su reencuentro con sus guardianes.
—¿Me estás dando órdenes? —la picó, haciéndose la víctima, carcajeándose para sus adentros.
Notó que ella se preocupó mucho más y algo de culpabilidad se expandió por la inteligencia de Eriol, realmente no pretendía que ella se sintiera mal, eso no era lo que esperaba.
—Sólo quiero que descanses —esa confesión lo hizo sentirse peor.
Por lo que decidió ser honesto con ella, al menos lo más honesto que pudiese.
Quiso explicarle que no podía irse a descansar, así como así, que él debía cuidarla. Por poco se le escapa que Adele estaba un poco lastimada debido a que tuvo que ayudarlo para que ella no muriera. Alcanzó a retener su lengua, porque sabía muy bien que si Tomoyo llegaba a saberlo se sentiría culpable y siendo muy honrado consigo mismo, lo último que la muchacha necesitaba era llevar más carga sobre sus hombros. Omitió la mayor información que pudo con el fin de protegerla, incluso cuando ella se mostró preocupada por el estado de salud de la ama de llaves.
—Por favor, come un poco —le sugirió, cuando ella pareció un poco más tranquila.
En el momento que Tomoyo le agradeció todas las atenciones que le estaba dando, mientras comía de buena fe todo lo del plato; se sintió afortunado, muy satisfecho de poder verla recuperarse lentamente. Su buen humor parecía querer gobernar todo el lugar.
—Estoy anotando cada cosa en una lista para cobrártelo después —le dijo bromeando—. Así que no me des tanto las gracias.
Le arregló ese mechón rebelde y sonrió. Se sentía feliz.
Muy pronto la joven acabó con la comida y la serenidad reinó en los pensamientos del inglés. Ya sentía que su misión estaba completada.
Quiso saber sobre la mejora de su brazo, entonces ella le dijo que casi no le dolía.
Si hubiese sabido que ella iba a comenzar a interrogarlo sobre ese hecho, se hubiese quedado callado. Así que tuvo que confesarle que había recurrido a su magia para conseguirlo, pese a que tuvo una gran ayuda de sus guardianes, no quiso mencionarlos.
Entonces de súbito la alegría que veía en los ojos de ella se vio reemplazada por una pena profunda.
—¿Acaso te volviste loco, Eriol? Tú no estás bien y haces este tipo de cosas —Eriol quiso estrecharla en sus brazos cuando se percató que los ojos de Tomoyo estaban reprimiendo un montón de lágrimas—. ¿No te das cuenta que mi brazo iba a sanar de todos modos? —estaba claro que ella tenía razón, sin embargo, no podía resistir la idea de que ella siguiera sufriendo una dolencia que seguro era culpa de él—, pero tú… Tú luces tan cansado… Fue una locura. No comprendo por qué lo hiciste.
Fue todo lo que pudo soportar, no resistió el impulso y sostuvo el rostro de Tomoyo entre sus manos como meses atrás lo había hecho. Sabiendo que esta vez no había poder humano, ni mágico para impedirle hacer lo que deseaba con fervor. Ya no tenía miedo de sus sentimientos, ahora temía a otras cosas más desdibujadas. Temía perderla. Temía hacerla sufrir. Temía sufrir él. Tenía tantas aprensiones juntándose. Pero ya no tenía miedo de dejar fluir sus propios sentimientos y deseos. Estaba dispuesto a enfrentar cada uno de esos miedos que ahora aparecían frente a él. Ya no iba a seguir escapando y reprimiéndose.
Juntó sus frentes, tratando de impedir que ella siguiera mostrando aquella congoja.
Le sorprendía que Tomoyo le reclamara de esa manera, más cuando ella misma se había expuesto a una situación muchísimo más desventajosa, por tratar de salvarlo. Así era ella: Si se sacrificaba por algo eso estaba muy bien, pero si otro realizaba la misma acción por ella, se sentía responsable.
Se lo explicó con las palabras que vinieron a su mente, sin darle muchos rodeos.
Su respiración se hacía más complicada a cada momento, pero no podía dejar de intentar calmarla. Le confesó que deseaba hacer todo lo que estuviese en sus manos para que ella se recuperara tanto física como espiritualmente. Por eso lo había hecho.
Cuando esa verdad abandonó su boca, observó el rostro de la mujer que yacía en su cama; lucía confundida y como si estuviese debatiendo con sus peores miedos sus siguientes acciones. Miró con la respiración retraída la manera en que ella dudosamente posaba sus manos sobre las de él.
—Gracias —murmuró, mirando a Eriol de nuevo con brillante ternura.
Eriol sintió que debía besarla. Era más importante que cualquier otra cosa. No quería pensar más, sólo quería poder besarla a ella y recordar ese beso como debía ser. No sería el primer beso que se darían. Tampoco sería la primera vez que deseara besarla con todo lo que él era. Sí sería el primer paso de lo que vendría en su relación. El inicio de un camino que ya había comenzado casi sin notarlo. Y necesitaba que ocurriera, necesitaba sentirla de esa manera. Necesitaba entregarse a Tomoyo de ese modo y que ella lo aceptara aun con todas las heridas que traía a cuestas, todavía con todos los trozos de humanidad que había ido perdiendo con los años. Necesitaba que ella lo recibiera y lo cobijara con sus labios hermosos y con su aura brillante. A cambio, él también la resguardaría con todos sus oscuros monstruos, con la totalidad de sus trancas.
Estaba listo para que los dos compartieran sus cargas.
Se acercó a su rostro completamente convencido, totalmente necesitado, casi estaba por llegar a sus labios cuando ella se atrevió a susurrar su nombre:
—Eriol —soltó su nombre como un lamento—, yo no soy Kaho, debes detenerte.
Sus ojos amatistas de pronto se tornaron tristes, como si recordar aquel otro beso consiguiera lastimarla más de lo que ella expresara. Aclarando algo que él ya sabía. Sabía que ella no era Kaho.
Diablos.
No quería que fuera Kaho, ¿cómo ella no comprendía que quería besarla a ella, no a Kaho?
Momentos después comprendió que por mucho que él hubiese pensado en Tomoyo, ella no tenía la más mínima idea de la forma en que se había metido en su corazón, la manera en que ya la quería y los sentimientos que probablemente se agigantarían con el paso del tiempo.
«Llegaré a amarte, lo sé»
Ella no sabía nada de eso.
—No quiero que seas Kaho —le aclaró y la forma en que sus ojos lucieron sorprendidos y luego dudosos le calentaron el alma—, sé quién eres, Tomoyo, eres la persona que me muero por besar —había estado deseándole desde hace demasiado tiempo—. ¿Puedo tener un beso suyo, señorita Tomoyo Daidouji?
Tomoyo se sonrojó y cerró los ojos unos momentos para abrirlos casi de inmediato, no quitó sus manos sobre las de él, incluso se aferró más a ese agarre.
—Sí —balbuceó, muy bajito, a una escasa distancia de su boca.
El inglés no esperó más tiempo, tan sólo sorteó esa ínfima separación y logró juntar sus labios finalmente. Comenzó lentamente, reconociendo la acolchonada suavidad de la rosada boca de Tomoyo, deleitándose con su forma, con su sabor, con su aroma. Podía sentir tanto en ese beso. Estaba extenuado, verdaderamente cansado, pero sólo quería seguir besándola y vaya a saber el Dios del tiempo cuanto se mantuvieron de ese modo.
Era maravilloso poder besarla al fin.
Todo cuanto se atrevió a imaginar se quedó pequeño.
Su cuerpo, su ser y su espíritu clamaban por más. Entonces notó las manos de ella, soltarlo y posarse sobre su espalda con cuidado. Eso lo llevó a, casi sin notarlo, recostarla sobre la cama.
Debía detenerse antes de que perdiera la lucha que sostenía para controlarse. Terminó el beso con suavidad, sonrió cuando ella abrió sus ojos finalmente. Su respiración era tan acelerada como la de Tomoyo, Eriol se distrajo de la zona del busto de la muchacha que se elevaba y bajaba con un sensual y llamativo ritmo.
—Eres Tomoyo, la persona más importante en este momento de mi vida —le confesó.
No cometería el error de prometer un para siempre nuevamente. Lo que sí haría es ser completamente sincero con Tomoyo.
Al decir esas palabras los ojos de la mujer que estaba bajo su cuerpo, brillaron y se cerraron un instante después.
—Te quiero —soltó Eriol sin pretenderlo realmente. Esa confesión abandonó su boca como un hechizo que tuviese vida propia.
Ella se abrazó a Eriol, escondiendo su rostro en el cuello de él. El tiempo pareció detenerse en ese ínfimo momento, en ese instante donde todo se sentía tan íntimo. Quería seguir estando cerca de ella, por lo que se sentía muy a gusto sosteniéndola.
—¿Estás seguro que me… que me quieres? —le arrulló ella muy cerca de su oído, haciendo que un estremecimiento travieso se apoderara de la completitud de su cuerpo femenino.
¡Pobrecita! Se le sentía tan nerviosa y ansiosa que le contagió un poco con su fragilidad, desencadenando que también su ser comenzara a sacudirse, conteniendo el aliento.
No le respondió con palabras, simplemente le mordió de forma amorosa la boca, por largo tiempo se deleitó con los labios sonrosados y ahora hinchados de Tomoyo. No sabía realmente cuánto deseaba tenerla de ese modo. No tenía idea de toda la necesidad que guardaba por seguir unido a aquella hermosa mujer que le devolvía cada caricia, sin descanso. Al notar que las respiraciones se hacían más sofocadas, ella soltó un sensual sonido gutural, lo que incitó el término de aquel beso que parecía no tener final.
—Tomoyo… —se separó escasamente de ella para poder observarla—. ¿Creerías que te mentiría sobre algo como esto? —respondió finalmente a la pregunta que ella le había hecho, parecía, hace mucho tiempo.
—No, por supuesto que no —se apresuró en aclarar, haciendo que su expresión pasara de la confusión a la vergüenza—. No quise insinuar eso.
Eriol no pudo resistir esa visión y la envolvió de nuevo entre sus brazos, con intenciones de besarla a placer. Esta vez sin reservarse algo para sí, esta vez no se obligaría a parar. La acarició con su boca de forma contundente, entregándose por completo a ella. Estaba dejando que sus acciones tomaran el control, estaba dejándose ir por aquel arrollo de inconmensurable ansia que se propagaba por todo lo que él era. Esa urgencia que sólo respondía a un nombre, a una persona: a Tomoyo.
—Yo también te quiero, Eriol —escuchó que le confesó ella en una ínfima pausa—. Te quiero —repitió.
La forma en que su barbilla tiritaba cuando enunció las palabras, junto con la mezcla de sentimientos que se observaba en sus ojos, le dieron a Eriol un subidón de nerviosismo que no había experimentado en muchos años.
En el fondo siempre había sido un poco consciente de la forma en que los sentimientos que Tomoyo experimentaba por él, iban trasmutando, creciendo y cambiando. No había sido muy hábil para fijarse en los de él mismo, pero con ella había sido diferente. Y lejos de vanagloriarse por aquel hecho, se sentía en extremo afortunado.
Iba a arremeter contra sus labios nuevamente, quería más de ella, porque cada vez que la acariciaba, cada ocasión que la besaba, se sentía vivo.
Lastimosamente un mareo le impidió tal objetivo. Tuvo que recostarse a un lado de ella, de lo contrario se desplomaría sobre la chica, aplastándola.
Ella de forma inmediata se sentó, Eriol no podía verla.
—¿Qué ocurre? ¿Estás bien? —la aprehensión era un aderezo en cada pregunta hecha por Tomoyo. Sintió las manos de ella recorrerle el rostro, en búsqueda de algo que el muchacho no podía comprender.
—Estoy agotado —tuvo que confesar Eriol—. No creía que mis fuerzas pudiesen claudicar de esta manera.
—¡Debes descansar! —le pidió ella.
—No. Tú todavía… —Eriol se obligó a inclinarse un poco, apoyado por sus codos. Con esfuerzo logró abrir los ojos, inmediatamente sintió como Tomoyo lo empujó de manera delicada, obligándolo a recostarse, ella permaneció en cuclillas a su lado.
—¡Sí! ¡Sé que quieres resguardar mi recuperación! ¡Los dos necesitamos recuperarnos! —lo miró, posándose ligeramente sobre él. Eriol se obligó a no cerrar los ojos que cada vez se tornaban más pesados—. Descansemos juntos.
—Pero… —su discursó fue censurado por el dedo de ella que se posó sobre su boca, que como si fuese artífice de un encantamiento hizo que Eriol se callara.
—Te prometo que no iré a ninguna parte —se adelantó a sus miedos—. No me iré de esta mansión, si eso es lo que te preocupa, no me marcharé hasta que estés completamente recuperado —Tomoyo le sonrió y depósito un ligero beso en su frente—. ¿De acuerdo?
—Eres muy bonita, ¿lo sabes? Aunque no puedo dejar de mencionar que también eres una gran negociadora, ni lo mucho que eso me gusta —el inglés sonrió sinceramente ante ese descubrimiento.
—Descansa, Eriol —dijo ella y repartió una caricia en su rostro con lentitud. Hizo el además de levantarse.
—No se te ocurra irte a dormir a otra habitación, te quiero aquí conmigo. ¡Quédate aquí, por favor! —musitó ya no pudiendo abrir los ojos nuevamente, el agotamiento reclamaba lo poco de consciencia que le restaba al inglés. Lo último que logró registrar fue la risa ligera de ella y la manera es que se apegaba a él con firmeza. Finalmente, Eriol se acomodó de mejor forma y consiguió amarrarla entre sus brazos, se sintió inmensamente feliz por la manera en que Tomoyo lo abrazó de vuelta. Con una sonrisa floja en su rostro se dejó llevar por la marea de la inconsciencia.
El olor de algo delicioso logró interrumpir el sueño que estaba teniendo, lograba recordar vagamente que corría por un sendero rodeado de flores y árboles, Tomoyo lo llevaba de la mano y reía a carcajadas, haciéndolo experimentar un júbilo que le era difícil de dimensionar.
—Tomoyo —susurró, palpando entre las sábanas para alcanzar el cuerpo de la dama que traía su vida vuelta un arcoíris de sentimientos desbordantes.
Al no lograr encontrarla despertó por completo, sus peores miedos se manifestaron. Ella no estaba, se sintió perdido y asustado. Parecía como un déjà vu de lo acaecido hace tan sólo unas horas. O unos días. No tenía verdadera certeza de cuánto tiempo había permanecido durmiendo.
Se levantó con prisa e ignoró el mareo que sacudió a su cuerpo. Al salir de la habitación escuchó claramente la voz de RubyMoon divagarse desde el primer piso, específicamente desde la cocina. Al llegar a la estancia descubrió que Tomoyo estaba frente a una encimera picando de forma pausada una serie de vegetales, cerca de una sartén que parecía contener una salsa de color blanquecino. También vio que su guardiana estaba un poco reclinada sobre una de las encimeras cercanas, mirando a la japonesa completamente embobada, a la vez que hablaba en medio de una carcajada.
Fue un gran alivio el que lo llenó en el instante en que supo que Tomoyo continuaba allí con él. Notó recién que su corazón bombeaba vertiginosamente. Había tenido miedo de que ella se hubiese marchado, de que ella no cumpliera con su palabra. De ese modo, se quedó plantado en la puerta de la cocina como si fuese una estatua esculpida de mármol. Tomoyo fue la primera en mirarlo, ella le sonrió con tanta ternura, que el joven tuvo que refrenarse para no recorrer esos metros y atraerla hacia sí mismo.
Al notar su presencia la creación mágica se puso recta y miró al Eriol con especial formalismo.
—Me alegro que haya despertado, joven Eriol. Luce mucho mejor que antes.
Eriol asintió con la cabeza, consiguió salir de aquel letargo que lo tenía mirando a Tomoyo y enfocó su atención en Nakuru.
—Gracias, RubyMoon —miró en todas direcciones en búsqueda de su otro guardián—¿Y Spinel? —logró preguntar, de manera inevitable su atención volvió a la chica, los ojos iluminadamente violetas que la jovencita le obsequiaba, eran un milagro.
—Oh, él fue a leer a tu despacho —algo de incomodidad pasó por el semblante de Tomoyo.
Eriol no se atrevió a preguntar nada más, tan sólo atravesó la poca distancia que se interponía entre Tomoyo y él. La alejó un poco del fogón de la cocina y tomó sus manos, para después acercarla a un ligero abrazo.
—No sentí que te levantaras —le susurró en el oído.
Tomoyo correspondió aquella íntima muestra de cariño, regresando el abrazo.
—Quería poder hacer algo para que comieras. Hubiese preferido que permanecieras en la cama.
Al saber que Tomoyo todavía continuaba en la mansión, su atención se enfocó en aspectos más mundanos. Reparó en el exquisito aroma, lo que desencadenó que su estómago rugiera con exagerada brusquedad.
Tomoyo al escuchar el hambre de Eriol, sonrió soltando una risa sincera.
—No falta mucho para que esté listo —mencionó, volviendo su atención a la cacerola. Eriol la dejó hacer, aunque en el fondo la única comida que necesitaba en ese momento era besar a la muchacha. Besarla de nuevo, eso era todo lo que deseaba en ese instante. Y lo habría hecho si Nakuru no estuviese con ellos.
De forma que el joven se sentó en la parte más cercana a Tomoyo, observarla era un verdadero deleite.
—¿Le ayudo en algo, señorita Daidouji? —preguntó la guardiana.
—Nakuru, por favor, llámame por mi nombre y sin formalismos —le dijo Tomoyo—. Me gustaría que fuésemos amigas —le sonrió.
—Por supuesto, Tomoyo, lo siento —se disculpó ella, mientras se reía con algo de nervios.
—¿Podrías poner los cubiertos en la mesa, por favor?
—Sí, claro.
Eriol vio perderse a RubyMoon con ese entusiasmo que no veía desde antes de dormirla.
—Veo que ya viste a mis guardianes —murmuró él, mientras ella probaba la salsa—. Y es muy notorio que le encantas a RubyMoon.
—Sí, al despertar me propuse regresar la atención que tuviste conmigo antes —Tomoyo mostró las mejillas ligeramente arreboladas—. Recorrí tu casa y al llegar a la sala me encontré con ellos. Se sobresaltaron cuando ingresé, pero, de todas formas, no parecieron especialmente desinformados de mi presencia. Yo me sorprendí al verlos y solté un grito—admitió Tomoyo y nuevamente Eriol la vio tensarse—. Nakuru se alegró de verme. Me ha estado ayudando, ella es muy alegre. Incluso me ofreció un poco de su ropa, ya ves que he vestido lo mismo desde ayer, realmente ha sido un encanto conmigo—completó sin volver la atención hacia el hombre que no se perdía ningún movimiento de la japonesa.
—¿Qué te dijo Spinel?
Al verla sobresaltarse, supo que algo que involucraba a su otro guardián la tenía con un poco de recelo.
—No me dijo nada, pero en cuánto me vio, arrugó el entrecejo. Por largos minutos sólo me observó en silencio. Después se disculpó y se encerró en tu despacho —explicó—. Creo que no le gusta que esté por aquí…
—Hablaré con él. Tú eres mi invitada, lo mínimo es que sea cortés —enunció el mago.
—No, por favor. No quiero que lo regañes por algo así. Tal vez yo malinterpreté la situación.
—Pero, Tomoyo…
La chica se acercó al taburete de Eriol y lo abrazó con firmeza.
—Por favor, ¿sí?
Eriol le acarició el pelo y la besó ligeramente.
—Si me abrazas de este modo no hay como negarme.
—¿Cómo te sientes? —la chica repentinamente perdió el interés en lo que preparaba y comenzó a tocar el rostro de Eriol—. No tienes fiebre, eso es bueno —susurró para sí misma—. Aunque sigues con ojeras, creo que debes volver a la cama.
No pudo replicar mucho, prácticamente ella lo obligó a volver al lecho. Prometiendo regresar con la comida lista en poco tiempo. Estaba por dormirse nuevamente, entonces escuchó un ligero golpe en la puerta.
—Adelante.
—Amo —saludó Spinel.
—¿Qué sucede? Supe que ya viste a Tomoyo —mencionó con un tono de sermón.
—Sí, justamente de ella quería hablarle.
La creación mágica se quedó en el pasillo, mirando en dirección hacia el camino que conectaba con las escaleras.
—¿Por qué no terminas de entrar?
—No, porque desde aquí podré ver si ella viene.
Eriol se sentó en la cama y miró a su guardián solicitando que continuara. Incluso para ser Spinel esto ya eran muchos preámbulos.
—Sé que los humanos que no tienen magia carecen de una potente presencia…
—¿Y eso qué?
—Aunque no tengan magia de todas formas se puede percibir su presencia si se es cuidadoso, pero ella… —Spinel calló de súbito, se notaba confuso—. No puedo sentir nada con ella. No puedo distinguir ni un poco de su presencia y no comprendo por qué.
—Tampoco sé a qué se debe. Creí que sólo a mí me sucedía —pensó en voz alta.
La preocupación se acentuó en el pequeño ser.
—¡Usted no puede sentirla!
—No te preocupes, algún día sabremos el motivo —le dijo al guardián haciendo un movimiento de mano, como si el tema fuera de poca importancia.
—Yo no me quedaré esperando una respuesta que caiga desde el cielo. ¡La explicación debe estar en alguna parte, amo! —Spinel ingresó a la habitación para situarse al frente de Eriol—. ¿Acaso no le preocupa?
—Honestamente, hay ocasiones en que siento la curiosidad de saber el motivo —contestó de forma autónoma, hizo una pausa, notando que la pequeña creación volvió al umbral y siguió vigilando de manera soterrada el pasillo, para posteriormente volver su atención hacia el mago—. Sin embargo, por más vueltas que le he dado no he encontrado un esclarecimiento para que ello ocurra. ¿Crees que se deba a algo grave?
—¿Quién puede decirlo con seguridad, amo Eriol? Lo que sí es seguro es que no podemos confiar en esa mujer —advirtió Spinel, dotando de máxima seriedad su expresión—. Hay algo que no me gusta de ella —hizo una pausa—. Esa jovencita jamás podrá compararse con la señorita Mizuki.
El joven inglés trató de mantener la calma. Honestamente le molestaba la postura de Spinel frente a lo que ocurría con Tomoyo.
—Spinel, te prohíbo que vuelvas a decir algo como eso. Tomoyo no está aquí para ser comparada con nadie, no tienes idea de lo mucho que me importa esa muchacha. Ella consiguió que yo… —la frase quedó a medio acabar porque de lejos se escuchó la risa de Nakuru, interrumpiendo de manera súbita el discurso que se reunía en la cabeza del mago. Y aunque la inminente llegada de las chicas a la habitación cortó su inspiración, se apresuró por decir lo último—. Quiero que te quede muy claro, Spinel, Tomoyo es mi invitada y exijo que te muestres educado con ella, ¿nos entendemos?
Algo de desafío se coló en la mirada celeste de Spinel, aunque al cabo de unos instantes bajó la mirada y asintió.
—Entendido.
El jolgorio se hizo cada vez más presente hasta el momento en que vio ingresar a su guardiana y a Tomoyo, quien inevitablemente se robó su total atención. La chica de cabello negro sostenía una bandeja repleta de alimentos que se le antojaron a Eriol como el mejor de los manjares.
No sabía lo famélico que se encontraba su cuerpo hasta que ese aroma placentero de aquellas delicias llegó a sus fosas nasales.
Sus pensamientos se distrajeron de la discusión que sostenía con Spinel, ambos fingieron que nada pasaba, pero el ambiente tenso era muy notorio, a pesar de la interrupción, se hizo un silencio incómodo. Se observaron brevemente los dos, acordando que la plática entre ellos quedaba suspendida hasta nuevo aviso, de todas formas, el mago no se perdió la acusadora manera en que Spinel lo miró a él y luego a Tomoyo, antes emitir una disculpa y salir volando en silencio de la habitación.
Tendría que terminar esa conversación a la brevedad posible.
—¿Ocurre algo malo? —consultó la chica de cabello negro, mirando la puerta que acababa de atravesar Spinel.
—No, no te preocupes.
Al notar que la japonesa lo miraba expectante y un poco nerviosa, decidió enfocarse tan sólo en ella y en su sonrisa amable, en ella y en la deliciosa comida que puso frente a él, sonriendo, siempre sonriendo.
Comió de buena gana, pero no podía dejar escapar de su atención las aprensiones del azulino ser mágico, ni de su aparente rechazo con Tomoyo. Estaba seguro que en algún momento podría explicar la razón de la aparente falta de presencia de la mujer que ahora le acomodaba la almohada y le sonreía de forma sincera y dulce. Y también esperaba que Spinel fuese cambiando su actitud hacia ella, estaba casi seguro que Tomoyo se las ingeniaría para ganarse el cariño de Spinel. Entendía hasta cierto punto la reacción de su guardián, después de todo, él siempre había sido devoto a Kaho.
Al transcurrir tres días, Eriol ya comenzó a sentirse mejor, con mayor vitalidad. Los cuidados de Tomoyo fueron gravitantes para que su recuperación fuese tan rápida. Ella, por su parte, desde el día en que se besaron pareció estar completamente repuesta. A él le costó un poco más, mucho de gastar tanta energía debía ser la razón.
Durante aquel lapso de tiempo ellos se trataron como una pareja. Eriol ya no le pedía permiso para besarla, simplemente lo hacía cuando se daba la oportunidad. Tomoyo era un tanto más reservada a la hora de tomar la iniciativa; tal vez era un poco más tímida que él, llegó a especular Eriol, aunque sólo en el primer paso, porque era obvio que ella se dejaba llevar y daba todo de sí, luego de que Eriol ejecutara el acercamiento inicial.
Esperaba que con el correr del tiempo ella fuese sintiendo más confianza, se sentía un poco loco, imaginando la forma en que ella lo besara primero alguna vez. Su imaginación siempre había sido muy prolifera, y con ella, simplemente la dejaba correr.
Y esa espera se vio recompensada más pronto de lo que creía, Eriol había estado medio dormido cuando sintió que ella lo besaba en los labios ligeramente, para luego decir un "te quiero" en voz bajita. Esto había sucedido en su cama, específicamente la tercera noche en que durmieron juntos.
Porque sí, ellos compartieron la misma cama esos tres días.
En un principio, ella le había preguntado con bastantes rodeos si estaba bien con que ella volviera a dormir con él.
—¿Quieres dormir conmigo? —le preguntó Eriol, luego de que ella sugiriera el tema.
—¿No puedo? —consultó sin dejar de parecer nerviosa.
El mago le había sonreído de esa forma tan galante que tenía especialmente reservada para cuando hablaba con ella a solas.
—Por mí no hay problema —le indicó que se acercara extendiéndole su mano, pues él permanecía en cama. Tomoyo aceptó su ofrecimiento y se sentó junto a él—. Me haría muy feliz si duermo contigo. ¿Tú no te sentirías incómoda? Siento que antes fui demandante a la hora de solicitar que te quedaras conmigo, creí que tal vez te habías sentido obligada.
—¡No! —se apresuró ella en replicar—. No me sentí de esa manera, al contrario, desde hace mucho que no conseguía dormir sin tener pesadillas —admitió más para sí misma que para Eriol— Dormir contigo ha sido uno de los más bonitos recuerdos que tengo —susurró al final.
—A mí también me gustó, cariño. Ahora dime una cosa, ¿tienes esas pesadillas muy seguido? —le consultó, experimentando una cruda sensación de vértigo. Ahora tenía una explicación para las veces que ella parecía tan cansada.
Tomoyo asintió y se acomodó de mejor manera en la cama para quedar acostada a su lado.
—Por eso quisiera que tú aceptaras que me quede contigo a dormir —terminó de decir, ocultando su rostro en el pecho de Eriol.
El inglés la abrazó de vuelta, ella estaba estremeciéndose ligeramente.
Eriol supo de forma inmediata que cuando ella le pidió que durmieran juntos excluía por completo alguna relación física. Era perceptivo y tenía la certeza que ella ni siquiera pensó que esa petición podía interpretarse de más de una manera. También estuvo claro que la relación con Tomoyo sería de avances lentos y, por supuesto, no tenía problema con eso.
—Claro que puedes quedarte, Tomoyo. Es algo que me encantaría.
Dentro de ese precioso período de tiempo, Adele reapareció al segundo día. La ama de llaves se comportó como si no fuese extraño que la japonesa estuviese alojándose en su casa, no hizo ningún comentario raro como solía ser su costumbre. Es más, parecía tenerle un aprecio especial a Tomoyo.
El inglés recordaba que ese día estaban en la cocina los dos, mientras ella preparaba el té de la tarde y Eriol leía un libro de historia contemporánea.
Desde ese lugar lograba ver a Tomoyo y a Nakuru, organizando el jardín. Entonces Adele le dijo:
—Esa chica tal vez no posea poderes mágicos, pero es capaz de realizar verdaderos hechizos de felicidad.
El mago no pudo rebatir ese pensamiento. Tomoyo era magia para él.
De esa forma esos tres días se agotaron, dejando a Eriol cada vez más seguro de que lo que estaba gestándose con la japonesa era lo adecuado. Fueron muchas las conversaciones, los momentos y los sentimientos que empezaban a sumarse en su historia.
Tomoyo finalmente regresó a su hogar. Eriol tuvo que reconocer que en el momento en que ella abandonó su casa, se sintió un tanto defraudado. Comprendía que la vida real continuaba y que ella no debía seguir saltándose más clases, y aunque el asunto tenía lógica, sólo quería que ella se quedara por una cantidad indefinida de tiempo. La cuestión es que saber que era lo correcto no hacía que esa añoranza por seguir viéndola a cada momento disminuyera.
Todavía así, se veían cada día. Era casi un ritual. Una razón.
Cada tarde se encontraban en algún lugar que definían mediante mensajes por el móvil y luego caminaban por algún tiempo muchas veces sin un rumbo completamente definido; en ocasiones sus manos se anudaban, había otras oportunidades en las que eso no ocurría del todo y tan sólo dejaban que el vaivén de sus manos hiciera que se rosaran sus dedos fugazmente una cuantía incontable de ocasiones, como si se tratara de una promesa que rezaba que podían no estar siempre juntos, pero siempre volverían a encontrarse. Luego de esas caminatas, cenaban, a veces iban a la mansión de Eriol, otras al departamento que ella rentaba, algunas tantas en un restaurant o algún lugarcillo escondido en lo remoto de los barrios. Eriol estaba seguro que conocía mucho más de la ciudad ahora, que en todos los años anteriores de vivir allí.
¿Cuántas veces no la había llevado a lugares que había visitado infinidad de veces anteriores, pero al verlos junto a ella, era como si fuesen lugares nuevos por completo?
Se divertían juntos. También se apoyaban. Las citas que tenían no siempre eran pura diversión, algunas de esas veces habían discutido por alguna tontería. Que, reconocía Eriol, casi siempre se debía a que él lo provocaba.
Pero adoraba salir con ella, estas citas se estaban convirtiendo en lo más importante para el mago.
Y al final, cuando la hora de separarse llegaba. Él inventaba excusas en un principio para ir a dejarla a casa, luego las excusas no fueron necesarias. Ella no las pedía, ni parecía querer sus razones. Lo único claro era que ambos esperaban con exaltación la despedida.
No porque quisieran separarse, sino más bien porque era el instante donde se miraban en silencio y se besaban, estirando todo lo posible aquel adiós, prometiendo con miradas cómplices, palabras de cariño no pronunciadas y con la cercanía entre sus cuerpos que aquella ausencia tan sólo era transitoria.
Pasaron algunas semanas, la relación entre los dos jovencitos fue creciendo. Eriol se emocionaba cada vez que la volvía a ver, ese sentimiento de felicidad pura lo embriagaba, todo empezaba a encajar de nuevo en su vida.
Ninguna vez habían vuelto al bar o a la colina. Era casi como una admisión tácita que esto era un nuevo comienzo para ambos. Ya no necesitaban esos lugares para evadir sus problemas.
Ahora se tenían el uno al otro.
Es cierto que Eriol había prometido averiguar el pasado de la muchacha, únicamente con el fin de poder ayudarla a superar sus miedos. El problema radicaba en que no contó con lo rematadamente testaruda que podía llegar a ser Tomoyo. Esa mujer era una tumba hermética que casi no dejaba escapar nada. Había intentado un número importante de estrategias para tocar el tema, el asunto en contra era que desde aquel día en que finalmente comenzaron esa relación, Tomoyo no mostraba signos aparentes de sufrir con tanta intensidad como cuando fue por ella al bar. El mago intentaba convencerse que llegaría el momento en que finalmente pudiera saber la verdad, pero se negaba a traer el tema a colación cuando ella parecía estar tan feliz.
Y sí, eso lo frenaba. Veía a Tomoyo feliz. Él mismo se sentía feliz.
Y temía como nunca el romper esa burbuja que los tenía a los dos disfrutando la vida que en el pasado se les había antojado tan insípida y fútil.
¿Por qué arruinar esa dicha con pesares que parecían haberse evaporado?
De forma que permitió que ella lo mantuviera fuera de aquella verdad; Eriol sabía, sin embargo, que llegaría el día en que las cuestiones se desbalancearían, algo en su interior se lo decía, por lo que debería ser fuerte y contundente para que ella decidiera compartir con él todo su pasado y lo dejara atrás, una vez llegado el momento.
Cierto día los sorprendió una lluvia no pronosticada.
Iban riendo como dos locos, mientras corrían por las calles, tratando de evitar mojarse y consiguiendo todo lo contrario. Disfrutaban en secreto ser así de espontáneos. Sus risas duraron hasta el momento en que se quedaron en el pórtico del edificio de Tomoyo, de repente los dos se quedaron callados, mirándose bajo la lluvia.
—Estamos empapados —señaló Eriol, sin cortar el contacto de sus miradas.
—Sí —murmuró Tomoyo en un susurro.
Siguieron ahí parados, como si el tiempo no existiera, sin importarles estar a merced de las inclemencias climatológicas. Las gotas se volvían más gruesas, la lluvia se intensificaba y ellos seguían en la misma postura, siendo presas de la implacabilidad del viento que se unía a ese frente de mal tiempo.
Eriol acarició la mejilla de Tomoyo y se acercó para besarla.
—¿Quieres subir? —preguntó la chica antes de que él lograra conectar sus labios, sorprendiendo al joven.
N/A: Hola a todos.
Primero que todo: Me disculpo porque siempre me retraso, que más quisiera yo que actualizar cada semana, pero el tiempo, la inspiración y la vida misma siempre me lo impiden. Disculpen toda la espera, hago lo posible por no abandonar.
Me reporto con la mitad del octavo capítulo. ¿La mitad? Sí, la mitad. El capítulo quedó enormemente largo (más de treinta páginas de word con tamaño de letra 11). De forma que decidí dividirlo en dos partes. Voy a advertir que la continuación seguirá siendo narrada desde el punto de vista de Eriol, lo cual ha molestado bastante a mi TOC de que vayan de uno en uno, pero es muy largo.
Respecto a esta primera parte quise escribir pura felicidad. Estaba un poco harta de que siguieran sufriendo, quería que su relación de afianzara y que avanzara. Tal vez no hubo mucho dialogo entre los protagonistas, pero hubo bastante acción, cuidados y sobre todo aceptación. (Esperen la siguiente parte)
También Eriol despertó a sus guardianes, era algo que escribí por puro capricho. Quería escribir sobre esos dos y fue lo que quedó. Adoré plantear a un Spinel que no le agrade a Tomoyo, siempre me pareció un poco más huraño. Veremos dónde nos llevara esto.
Ahora la última parte la dejé hasta ahí, sólo para preguntarles que creen qué pasará. Y también para que lean lo que sigue :) Es algo así como una trampa.
La próxima parte la estaré subiendo en los próximo días (escojan el día xD). Esta lista así que no se preocupen.
Déjenme un comentario, cuando lo hace provoca mucha felicidad y me inspira para no dejar de hacerlo.
Los leo en los reviews.
Besos.
Au revoir.
