VIII Jubiloso intervalo

Parte II

—¿Subir? —contra preguntó Eriol balbuceando.

Ella sintió, el joven vio en momento exacto en que sus mejillas comenzaron a colorearse.

—Sí, no soporto la idea que debas volver a casa con este vendaval, podrías enfermar.

Eriol se separó ligeramente de Tomoyo y la miró evaluativamente. La ropa mojada se le pegaba al cuerpo completamente. El joven tragó grueso ante esa visión, suspirando auditivamente. Moría de ganas de tocarla, de quitarle esa ropa y…

«¡No pienses en algo como eso, idiota!», se reprendió.

No era la primera vez que su cuerpo reaccionaba ante la sensualidad que derrochaba la chica.

¡Vamos! ¡La deseaba desde hace meses!

No estaba seguro en afirmar, si ella era completamente inconsciente de cuánto le costaba al joven mantener la compostura y no forzar el avance de sus caricias, hasta donde su más oculto anhelo deseaba que llegara.

Lo diferente esta vez es que era la primera vez que aquel deseo se le hacía tan inclemente.

La muchacha lo miraba expectante, desconociendo todos los pensamientos que cruzaban por la cabeza del mago.

—¿Eriol?

—No, cariño, no sería buena idea —le sonrió, para besarla en la mejilla un instante después—. Te veré mañana —alcanzó a dar dos o tres pasos antes de que ella se plantara delante de él para enfrentarlo.

—¿Por qué no es buena idea?

—Porque… —volvió a dirigir su atención a su aspecto y ya no pudo resistirlo más.

Atrajo a Tomoyo contra su cuerpo, le dio un beso apasionado, dejando escapar mucho de su apetito por la chica en esa caricia. Sintió la forma en que ella le respondía, desencadenando que la atrajera más hacia él y pegara sus manos por la espalda mojada de Tomoyo, arrastrándolas con profundidad en roces que lograban enloquecerlo. ¿Qué importaba que estuvieran completamente mojados? ¿Qué interesaba que la lluvia se intensificara? Nada, nada más que seguir besándola importaba.

Al cabo de un período indeterminado de tiempo, se separó de ella en contra de sus deseos. Ambos tenían la respiración acelerada.

—Por esto —completó su explicación con un hilo de voz—. Hasta mañana, mi querida Tomoyo.

—Espera, no te vayas.

El joven detuvo su intento de marcharse, se quedó mirando a Tomoyo esperando a que ella dijera algo más, tan sólo esperando entender qué significaba lo que ella le estaba pidiendo.

—Quédate hoy conmigo —dijo finalmente.

Las manos de Eriol fueron víctimas de un ligero temblor que nada tenía que ver con el frío que gobernaba el ambiente. Por una razón compleja de comprender para él, sus nervios se despertaron. A la misma vez que lo hizo su entusiasmo.

Registró vagamente que ella tomó su mano y se dejó guiar al interior del edificio, con el corazón latiendo tan fuerte que sentía que repercutía en su cabeza. Una vez que cruzaron el umbral de la puerta un silencio incómodo los abrigó.

—Iré por toallas —Tomoyo se perdió por el pasillo en dirección al baño.

Eriol se quedó en la entrada, observando el camino que había hecho ella, respiró para tranquilizarse un poco, cuestión que iba logrando hasta que la vio de nuevo.

La jovencita volvió trayendo consigo dos grandes toallas, ofreciéndole una a Eriol.

Notó la forma en que ella evadió todo contacto visual con él y como su cuerpo se estremecía por completo.

—¿Por qué estás tan nerviosa? —le consultó él.

—No lo sé —respondió sin atreverse a mirarlo todavía.

—Dímelo, preciosa. Aunque lo dudes, me cuesta mucho trabajo saber qué pasa por esa cabecita tuya —le habló con cariño—. ¿Qué estás pensando que pareces de pronto tan seria e inquieta?

Tomoyo finalmente le devolvió la mirada.

—No soy tonta, Eriol. Sé que entiendes lo que significa que estemos los dos aquí ahora —sí que lo intuía, pero no estaba seguro para nada—. Yo también quiero que nosotros… Es decir, he notado que cuando nos besamos y las cosas se vuelven más intensas te detienes. Te detienes aunque no quieres hacerlo, entonces yo me pregunto: ¿es porque crees que me sentiré extraña? ¿O incómoda? Tal vez pienses que yo no deseo que las cosas lleguen a otro nivel, pero… pero…—tomó una bocanada de aire—. Me gustaría hacer el amor contigo —sus palabras lo sorprendieron de verdad. No esperaba que ella se lo dijera de forma tan directa—, aunque temo ser todo un desastre —advirtió con un dejo de vergüenza que no pudo ocultar, se volteó para darle la espalda, aun sosteniendo la toalla en las manos, apretujándola contra su pecho.

Eriol se acercó y abrazó a Tomoyo desde atrás, depositando levemente sus labios en el hombro de la chica que quedó ligeramente expuesto.

Se quedaron un momento en esa posición.

—Si me detengo es porque no quiero forzar esto que tenemos, Tomoyo. La relación que tengo contigo es realmente importante. Lo que menos quiero es arruinar lo nuestro por una prisa innecesaria, yo no tengo apuro —le explicó y escuchó claramente la forma en que ella contenía el aliento—. Odiaría que te estuvieras obligando a cumplir expectativas que crees que yo necesito. No debemos llegar al siguiente nivel, como tú le llamas, si no estás completamente segura.

—¿Tú estás seguro de querer estar conmigo de esa manera?

Eriol asintió.

—Sí, cariño. No voy a mentirte, te deseo muchísimo; podría decirte que no es así, para que tú estuvieras más tranquila, pero esa no es la verdad—susurró en el oído de la chica, ella se estremeció y dio la vuelta, quedando envuelta entre los brazos de Eriol, esta vez ves frente a frente—. Yo no creí que volvería a tener sentimientos así de agudos otra vez, estoy muy agradecido porque llegaras a mi vida —Tomoyo se puso de puntitas y se abrazó a su cuello—. Y dentro de todo lo que has regresado a mi existencia está la añoranza de estar juntos alguna vez. Lo que yo no quiero que suceda es que apresures las cosas, todos tenemos nuestro propio tiempo.

La chica de ojos amatistas observó el rostro Eriol, volcando tanto cariño en esa simple mirada, que el joven sintió como una verdadera corriente lo atravesaba desde la cabeza hasta los pies, sus hermosísimas orbes amatistas resplandecieron con tanta verdad, que fue consciente de como cierto calor se conjuraba en todo su ser.

—Estoy enamorada de ti, Eriol —dijo firmemente, el joven sintió ese conocido vértigo al escucharla—. No necesito más tiempo para saber que eres el hombre con el cual quiero compartir algo tan importante. Debes ser tú. Quiero experimentar contigo lo que otros llaman hacer el amor.

—Ya hacemos el amor, Tomoyo —murmuró él, dándole un beso ligero—. Lo hacemos cada vez que uno vive en los pensamientos del otro. O en cada oportunidad que tenemos la dicha de vernos. Lo hacemos cuando nos miramos. Lo hacemos cuando sonreímos. O cuando nos besamos, o cuando nos abrazamos. Hacer el amor es mucho más amplio que tener sexo.

—Lo sé —murmuró—. Lo que quiero es que hagamos todo eso que acabas de nombrar al mismo tiempo. Eso es lo que llamo hacer el amor. Y quiero hacerlo contigo.

—Adoro el significado que le has dado —Eriol acarició la espalda de la mujer que lo miraba expectante—. Voy a preguntarlo de nuevo: ¿Estás segura que te sientes lista?

Tomoyo lo besó con arrebato, el joven respondió como mejor pudo. Aquel beso era una respuesta que no necesita ninguna vocalización. Las toallas quedaron olvidadas en alguna parte de la sala, que ahora era abandonada por el par de amantes que buscaban a tientas un lecho que los cobijara.

—Vamos a mojar tu cama —susurró el mago, en una pausa.

—Por favor, eso es lo que menos importa —le dijo Tomoyo, quien volvió a besarlo y a abrazarse a él.

Con una mezcla entre lentitud y prisa, los dos consiguieron prescindir de sus vestimentas, quedando únicamente en ropa interior.

—Luces como una preciosa ilusión —mencionó el joven, un tanto hipnotizado por la silueta atrayente de ella.

—Tú eres más musculoso de lo que creía —observó ella.

Eriol sonrió.

—¿Y eso te agrada?

—Sí. Eres muy atractivo —dijo como si estuviera en trance, recorriendo con sus ojos el cuerpo masculino de él con un deseo que no podía esconderse. Luego la vio sobresaltarse—¡Dios! Perdona, tal vez no debí decir eso —Tomoyo no dejaba de estar sonrojada, pero tenía la mirada decidida.

Eriol tomó una de las manos de la hermosa mujer y besó el dorso de ella, para luego acercarla y amarrarla en un abrazo. Ella devolvió el gesto, observando su rostro.

—Yo también creo que eres la mujer más provocativa que he conocido. Así que me encanta saber que te parezco apuesto.

Ella iba a decir alguna respuesta, cosa que fue imposible ante el asalto de los labios de Eriol. Delicadamente él hizo que se recostaran en la cama.

Las manos de Eriol comenzaron a arrastrarse sobre los brazos de chica, ella los mantenía flojos a cada lado en un comienzo, como si tan sólo dejara que Eriol la besara y ella no hiciera más que responder. El joven siguió deleitándose de los besos que juntos inventaban. A veces abría los ojos para ver si ella parecía incómoda, sin embargo, no pudo percibir otra cosa más que la entrega y el regocijo. Verla de esa forma indujo que su corazón latiera desbocado en su pecho.

De a poco Tomoyo se animó a posar sus manos sobre la espalda de Eriol, tocándolo con suavidad en un principio, luego con mayor firmeza. Con el pasar del tiempo ella ya oprimía su cuerpo contra el de Eriol.

Ella no puso objeciones cuando sin dejar de besarla, él coló una de sus manos por la espalda de la muchacha, abriendo el broche del sujetador con habilidad, dejó suelta aquella prenda de vestir, lo que permitió acceder a una parte que se moría por tocar y delicadamente palpó uno de sus pechos por debajo de la copa del sostén. Inspiró con fuerza, soltando un jadeo al mismo tiempo que ella. Sentir el cuerpo de Tomoyo era el verdadero cielo.

No pudo evitar mirarla mientras le acariciaba con lentitud. Ella le regresó el contacto, su respiración era tan acelerada, su mirada tan oscura. Entonces ella misma se las ingenió para terminar de arrancarse el sujetador, quedando expuesta al escrutinio de Eriol. Tomoyo no se molestó en tratar de cubrirse, tan sólo se quedó recostada esperando la reacción de su amante.

El mago no tuvo palabras que pudiesen describir la bella visión que le ofrecía la joven. Se quedó paralizado quién sabe cuánto tiempo. Estaba por completo embelesado por la hermosura del cuerpo de Tomoyo, por la riqueza de su alma, por la entrega de su amor.

—Eres preciosa —susurró—. Te adoro.

Eriol no se limitó más y sus atenciones fueron dirigidas hacia los senos de Tomoyo, los besó y masajeó en distintos niveles de necesidad. La excitación que lo atravesaba era, por decirlo suavemente, extrema. Él no podía dejar de escuchar los hermosos quejidos que liberaba la muchacha, él mismo bramaba de cuando en vez, diciéndole lo mucho que la deseaba y lo sensual que le parecía.

—Por favor —rogó ella, algo de vulnerabilidad se coló por su voz. De pronto su cuerpo parecía más rígido que antes.

Esto provocó que una alarma comenzara a resonar en la cabeza de Eriol, deteniendo las caricias por completo.

—¿Algo va mal? —le preguntó quedándose sobre ella, acribillándola con una mirada de entera preocupación—. Cariño, podemos detenernos.

Ella negó con la cabeza e inspiró con profundidad.

—Me haces experimentar demasiadas sensaciones. No creí que esto sería así. Da un poco de miedo que todo sea tan intenso —sonrió finalmente Tomoyo—. Pero no quiero que nos detengamos. El miedo se desvanece cuando veo que eres tú quien está conmigo. Confío en ti.

—No hay nada de qué temer, Tomoyo. Tan sólo permítete sentir todas estas placenteras sensaciones —le dijo y le acarició la cabeza—. Tú eres una mujer que debe sentirse amada en todos los sentidos.

La misma chica fue quien arremetió contra Eriol haciendo que esta vez las posiciones quedaran invertidas. Ella se sentó sobre el regazo del mago viéndolo de frente, dio un ligero respingo cuando notó la abultada excitación de Eriol.

—Oh —musitó.

El joven atrajo el femenino cuerpo hacia él mismo. En esa nueva posición podía sentir la completa excitación que atacaba a los pechos de Tomoyo, que se apretaban contra él. Aquella tortura era exquisita.

—Tomoyo —gimió Eriol, mientras ambos cuerpos se refregaban el uno contra el otro.

—Umm —masculló ella a modo de respuesta.

—Necesito…

—Hazlo, por favor, hazlo.

El joven tomó con cuidado a Tomoyo, la recostó nuevamente en la cama y se apresuró en despojarla de la última prenda que cubría su cuerpo. Tragó grueso cuando deslizó sus bragas por las piernas de porcelana, su atención desfiló desde allí hasta el vértice de sus piernas.

Él mismo se deshizo de su bóxer, sin quitar sus ojos de la mujer tentadora y excitante que estaba esperando en la cama, su miembro estaba completamente preparado.

Gateó hasta ubicarse sobre Tomoyo.

Se besaron con ardor, sus pieles se tocaban por completo, frotándose con una fogosidad latente. Las manos de Eriol bajaron y de a poco se atrevió a tocar a Tomoyo donde quería acariciarla. Al sentir que ella estaba húmeda, no reprimió el alarido que escapó de sus labios; comenzando de ese modo el sinfín de mimos en ese sitio, rescatando una pluralidad de gemidos por parte de la muchacha.

—Eriol, por favor —soltó Tomoyo en un lamento ardoroso—. No me hagas esperar más.

Él la miró con profundidad antes de atreverse a iniciar la unión de sus cuerpos.

En el instante en que comenzó a ser envuelto por el cálido cobijo de ella, escuchó la forma en que la chica contuvo el aliento, para luego soltar un quejido profundo. Se mantuvo atento a las expresiones que le ofrecía el rostro de ella. Lo cual fue una tarea titánica, porque se sentía tan estimulado que le costaba no moverse, a la espera de que ella dejara de sujetarlo con tanta fuerza.

—Tomoyo, estás temblando.

Ella lo miró con profundidad. Le sonrió como si se sintiera orgullosa por alguna cosa.

—Lo siento —susurró—. No puedo controlar mi cuerpo.

Eriol se enterneció al verla tan entregada.

—Tranquila, cariño —susurró besándola en la frente, recorriendo sus labios por su rostro hasta la boca húmeda de Tomoyo.

Sintió que ella se relajó con sus besos embriagadores y sólo allí se movió. Tomoyo soltó un quejido tan sensual que Eriol deseó poder guardar ese momento para siempre.

El joven perdió el sentido de la realidad, cerró los ojos disfrutando la exquisita manera en que se sentía. Estaba unido a Tomoyo en más de una forma. Jamás creyó que la intimidad con esa pequeña mujer iba a ser de esa manera. Sentirla rodearlo era como un choque de estremecimientos que le hacían cerrar los ojos con fuerza y ver miles de colores. Alucinaba cada vez que ella movía sus manos y lo acariciaba.

Luego de moverse en silencio con profundas estocadas. El joven seguía siendo azotado por una importante cantidad de sensaciones. Su corazón latía acelerado producto del esfuerzo, pero nunca pensó en detenerse, sólo quería seguir estando unido a Tomoyo.

Sabía que ella estaba entregándose a él por completo. De alguna manera tenía la certeza de que aquel encuentro era tan importante para ella, por otras razones que en ese minuto no entendía.

Ella se veía preciosa en la forma en que se retorcía, a veces lo miraba con verdadera devoción, luego cerraba los ojos cuando las acometidas aumentaban de intensidad, hasta que volvía a verlo. Siempre lo miraba a los ojos.

En medio de ese contacto ella subió una de sus manos hasta la coronilla de Eriol y le peinó un poco de cabello. Eriol mantuvo la quijada tensa, ese simple gesto logró excitarlo más de lo que esperaba. Entonces la joven se incorporó lo suficiente para besarlo ligeramente en los labios, mientras Eriol seguía siendo recibido por el interior de Tomoyo.

—Te amo, Eriol —dijo con la voz entrecortada, en un susurro que el joven nunca podría olvidar.

Eriol quiso responderle que él también lo hacía.

—No sabes cómo atesoro el hecho de que estés conmigo —logró verbalizar, en un suspiro—. Te quiero cada día más, preciosa mía —pero no pudo. Y por momentos se sintió en deuda con ella. Quería decirle que él también la amaba, aunque todavía no sabía si ese gran sentimiento que llevaba su nombre era amor.

El joven continuó moviendo sus caderas, hasta que le dolieron los músculos. Le alimentaba el escucharla disfrutar de modo tan apremiante.

—¡Eriol! ¡Eriol! —gritó Tomoyo, cubriéndose la boca, arqueando su espalda.

Que lo nombrara con tal desenfreno le hacía sentir poderoso.

El joven ya se sentía agotado, por lo que aprovechó el hecho de que ella arqueara su espalda para sostenerla desde allí, voltear posiciones, sentándola en su regazo como lo habían hecho antes, pero esta vez con sus cuerpos profundamente unidos.

Se besaron, sus manos permanecían fuertemente anudadas. Entonces él continuó embistiéndola, logrando que ella se abrazara a él. Eriol la tomó desde las caderas, para fijar un patrón de movimientos, Tomoyo pareció entender lo que él quería y comenzó a moverse por cuenta propia.

—¡Oh, por Dios! —gimió ella cerca de su oído.

Eriol trabó la mandíbula, reprimiendo el sinfín de sonidos guturales que escapaba de él, la abrazó con fuerza para que se presionara contra él. Necesitaba sentirla en todo su esplendor, piel con piel, jadeo con jadeo, alma con alma.

La joven continuó con aquella danza endemoniadamente sensual, soltando respiraciones que sólo conseguían aderezar la situación más y más.

Si ella continuaba moviéndose de ese modo no iba a soportar mucho más. Tal vez pudiera leer la mente porque aumentó el ritmo sorpresivamente, los gemidos que los dos soltaban también subieron unos cuantos decibeles. Eriol dejó de reprimirse, sobrepasado por el dominio que ella estaba ejerciendo. De pronto, Tomoyo gritó más fuerte que nunca, echó la cabeza hacía atrás cerrando los ojos. Eriol sintió las vibraciones provenientes de su interior y fue todo lo que pudo resistir, siendo llevado por una avalancha de placer que lo desconectó de toda sensación de su cuerpo.

Por un momento, sintió el brillo del amanecer, ese sentimiento de completa liberación, donde no hay problemas, donde sólo hay bienestar. Y sólo una imagen lo acompañó en ese viaje: La manera en que ella inclinó la cabeza cuando logró llegar al orgasmo.

Cuando volvió en sí, él estaba recostado, ella sobre él respirando con agitación. Realmente los dos respiraban aceleradamente. Tomoyo se abrazó a su pecho, dejando su mejilla sobre su esternón. Eriol la sostuvo, acariciando su espalda, con suavidad.

La joven soltó una risita.

—Eso me da cosquillas —admitió con voz ronca y debilitada.

—Te quiero, Tomoyo.

—Yo también.

Eriol sonrió, escuchó la forma en que la lluvia golpeaba la ventana.

Permanecieron unos minutos sin moverse, tan sólo estando juntos. Abrazados. Unidos.

Estaba tan en paz que se sorprendió sobremanera cuando notó que ella comenzó a estremecerse, para luego sentir como cierta humedad poblaba su pecho.

Eriol se congeló por algunos momentos.

—¿Tomoyo? —murmuró su nombre, incorporándose lo suficiente como para recostarla y poder verle la cara.

Ella intentó cubrir su rostro, pero ya era demasiado tarde.

Eriol vio con resquemor como los ojos de ella estaban sumergidos en lágrimas.

—¡Por todos los cielos! ¿Te lastimé? ¿Qué pasa? —dijo atropelladamente, a la vez que trataba que ella quitara las manos de su cara—. ¡Oh, Dios! —exclamó agobiado.

Tomoyo hizo mucho más evidente su llanto. El joven inglés no sabía realmente qué pasaba y su preocupación estaba por volverlo loco.

—Tomoyo, por favor —rogó sintiéndose impotente—. Déjame verte. Dime qué sucede.

Ella finalmente accedió a quitar sus manos de la cara y enfrentar a Eriol.

—Lo siento —susurró—. No pasa nada malo, tan sólo me emocioné.

—No, Tomoyo —contrarió él, tocando sus mejillas, borrando las lágrimas que seguían saliendo de sus ojos—. Te ruego que me lo digas. Me siento como un inútil al verte sufrir de este modo y no saber cómo ayudarte. ¿Por qué lloras? Tal vez fui muy rudo… —comenzó a suponer, sintiéndose horriblemente mal.

—No, Eriol. No es eso —se apresuró en aclarar—. Todo lo que acaba de pasar entre nosotros fue maravilloso. Me ha encantado cada cosa, aún me queda mucho por aprender, pero sé que contigo será hermoso.

—Entonces dime por qué lloras. Y no me digas que es sólo la emoción, tengo que saber la verdadera razón.

Ella lo observó a los ojos.

—Me puse muy nostálgica porque en algún momento de mi vida creí que sería incapaz de tener intimidad con algún hombre —confesó ella—. Estoy muy feliz de haber estado contigo. Quiero seguir disfrutando esto y si ya logré hacerlo una vez sin que… —se calló súbitamente—, sin que me sintiera mal, sin que me hiciera daño, entonces…—volvió a callarse—. Gracias, Eriol, no creí que se sintiera de esta manera. Fue sublime.

La joven le sonrió, dejando a Eriol con más dudas cada vez.

—¿Acaso tú no habías hecho esto antes? ¿Eras virgen?

Toda la dulzura que había reflejada en el semblante de la chica se evaporó.

—No, no había dejado que nadie me tocara del modo en que lo has hecho tú —su voz llorosa era como una contradicción en sí misma—. Y no, no era virgen —contestó, sus ojos que instantes atrás parecieron felices, se rellenaron de lágrimas otra vez.

—¿Cómo es eso posi…? —la pregunta quedó estancada, cuando la horrorosa verdad se presentó delante de él— No, no, no —repitió incesantemente, temeroso de estar en lo cierto.

Tomoyo cubrió su rostro y dio media vuelta. Tratando de darle la espalda al mago, que se quedó sin reaccionar. Hasta que sus músculos recordaron cómo se tenían que mover.

—Tomoyo, cariño —susurró, a la vez que intentaba tocarla, sin atreverse realmente—. Por favor, no me digas que te forzaron.

La chica asintió, mientras cerró los ojos.

—Perdóname —pidió Tomoyo en medio del llanto, convulsionándose ligeramente—. No quería terminar llorando, soy patética. ¿Cómo puedo permitir que esto me siga afectando? —Ella bajó la vista, frunciendo sus labios.

El joven no aguantó más tiempo, la tomó entre sus brazos y la obligó a que lo mirara.

—No eres patética, cariño. Para nada. Eres una mujer asombrosa. Escúchame —solicitó a Tomoyo y esperó a que ella le volviera a mirar—, no tienes que avergonzarte por esto, ¿entiendes? —ella asintió, el mago la tomó de la cintura y la sentó frente a él, quería que ella supiera y entendiera que tenía todo su apoyo—. No fue tu culpa.

Esas cuatro palabras parecieron darle a Tomoyo una dosis de dolor.

—¿Y si yo lo provoqué? —le preguntó ella repentinamente, abrazándolo. Escondiendo su rostro en el cuello de Eriol, sintiéndose la vulnerabilidad que experimentaba.

—¿A qué refieres? —susurró, sosteniéndola con fuerza medida.

—Yo lo besé primero, ¿entiendes? Yo permití que me llevara a la habitación y… y… cuando quise parar, él no lo hizo —explicó ella entre sollozos, Eriol tan sólo la dejó llorar en su pecho. Le susurraba arrumacos para que ella se serenara un poco—. Yo tengo la culpa.

—Querida, tú sabes que no es así —le susurró—. Tal vez, a veces, sientas algo de remordimiento, pero sabes que no eres la culpable —obligó a que ella saliera de su cuello—. Y lo sabes, porque no lo eres, Tomoyo. Si tú siquiera hubieras susurrado que querías que me detuviera, aun cuando ambos estábamos desnudos, incluso mientras estaba dentro de ti, yo lo hubiese hecho. Si ese maldito hijo de la gran puta —masculló con rabia—, no se detuvo y te forzó es porque es un ruin intento de hombre —trató de calmarse un poco, sentía una furia monumental por saber lo que ella tuvo que pasar. Quería tener a ese tipejo delante de él y lastimarlo duramente.

Recordó cuando él se lanzó sobre ella en la colina y la manera en que ella lo miró con horror. Seguro que se debía a que había recordado la violenta manera en que ese sujeto la había tocado. Finalmente, muchas situaciones hicieron clic en su cabeza. De pronto, todo adquiría un sentido mayor.

—De forma que no quiero que te reprimas más, si quieres llorar, hazlo. Es normal que sientas pena o rabia. Yo mismo lo hago y me lamento por no haber estado contigo, pero desde hoy en adelante lo estaré. Y cada vez que sientas que fue tu culpa yo te repetiré que no es así. Te recordaré lo especial que eres, te diré todo lo bueno que tienes y si lo necesitas yo te protegeré.

Ella soltó un suspiró largo.

Permanecieron en esa posición hasta que se cansaron. Eriol se acomodó de mejor forma y puso a Tomoyo debajo de él, besó cada parte de su rostro, de su cuello y de su clavícula, a la vez que la miraba con dulzura. No era que quisiera que volvieran a tener relaciones, tan sólo imaginaba que, con esas pequeñas atenciones, ella sabría cuánto le importaba. Todo lo que la quería.

—Gracias, Eriol. Gracias por todo —susurró la chica.

—No —negó él—. Yo te agradezco por confiar en mí. Y también por elegirme para ser tu primera vez —el joven le acarició la mejilla, se quedó observando lo hermosa que ella era.

Tomoyo le besó tenuemente.

—Eso es porque te amo. Ya te lo dije: Debías ser tú. Estoy muy feliz por encontrarte aquí, ha sido una bendición para mí. Me haces muy feliz.

Eriol la atrajo suavemente hacia él.

—Tomoyo —susurró—, yo…

No sabía la palabra que cuantificara lo que sentía por ella. No sabía cuál representaba lo afortunado que sabía que era porque ella estuviese con él de esa manera. No alcanzaba a dimensionar todo el conflicto que significó para Tomoyo el dejar que él la tocara de forma tan íntima.

Por eso quería encontrar las palabras adecuadas para decirle todo lo que sentía por ella, pero no lo logró.

—Yo… —insistió el inglés.

—Shhh —murmuró la chica—. Lo dirás cuando te sientas listo.

Eriol sonrió agradecido.

Había que tener cuidado con esta chica y su forma tan elocuente de saber siempre lo que él pensaba.

Se acomodaron de nuevo, se cubrieron con el edredón. Ella se abrazó a Eriol, ambos se quedaron en silencio.

—El sonido de lluvia es muy relajante —murmuró hacia la chica, pero descubrió que ella se había dormido—. Que descanses, preciosa.

Lo unido que se sentía en ese momento con la mujer que acababa de entregarle tanto, lograba hacerlo sentir extraño. Sentirla respirar en su pecho era muy valioso para él. Después de todo, ella se había entregado a ese amor que sentía por el joven mago, a pesar de tener mil resquemores.

Tomoyo tal vez no comprendía lo mucho que significaba para él toda la confianza que depositó al decirle sobre aquel abuso. Ni tampoco se imaginaba ella, lo agradecido que estaba por ser tan paciente con él, comprendiendo todas sus indecisiones. Ella no le exigía que sus sentimientos fueran recíprocos. Lo único que pedía era que fuera honesto. Y él trataba de pegarse a esta petición como mejor podía.

Una pregunta rondaba ahora por su mente:

¿La amaba?

Quería cuidar de ella, quería hacerla sonreír, quería que fuese profundamente feliz y se sentía muy afortunado de que ella dijera que él la hacía sentirse de ese modo. Quería que ella no volviera a lucir esa sonrisa falsa nunca más, esa que ahora parecía extinta.

Se dedicó a mirarla mientras dormía y otra vez vino esa calidez en su pecho. Esa inefable sensación de plenitud. Era como una llave que escurría una ilimitada cantidad de alegría pacífica y adormecedora, que por momentos lo ahogaba. Tomoyo no tenía magia, pero lo llenaba de ella, lo colmaba de esperanzas y de ganas de ser mejor.

Sentía que la amaba, ahí en ese mismo instante, tenía la certeza que eso que lo tenía tan confundido era amor. Y, todavía así, no era capaz de asegurarlo, de decírselo.

—No importa cómo se llame este sentimiento, lo realmente valioso es que no dejaré que nada más vuelva a lastimarte otra vez —juró convencido.

En los días que vinieron ellos siguieron viéndose como era su costumbre.

Desde que ella había amanecido desnuda entre sus brazos, Eriol no sabía cómo dejar de pensar en la hermosa forma en que hicieron el amor.

¿Desde qué momento se había vuelto un obsesivo del sexo?

En realidad, no era tanto la cuestión física lo que le tenía encandilado. Era esa conexión que experimentó en sus brazos. La comprensión. La calidez.

Lo cierto es que los recuerdos lo bombardeaban con violencia. El acostarse con Tomoyo fue tan mágico que su ser más irracional necesitaba que se repitiera.

Y no tenía idea de la forma en que debía enfrentar esto.

Tal vez Tomoyo requiriera más tiempo. Ella había tenido una experiencia terrible y allí estaba él pensando en satisfacer sus deseos egoístas. No, señor. Él iba a hacer todo lo posible para posponer un nuevo encuentro, aunque eso minara su cordura. Aunque se muriera de deseos por amarla de la forma física. Eriol se sentía con la capacidad para aguantar, lo principal era el bienestar de Tomoyo.

Esa tarde en particular andaba más distraído de lo normal pensando en todas sus aprensiones. Intentando limitar la proyección de los recuerdos de ella arqueando la espalda.

Trataba de no reparar en el aspecto que traía la muchacha, quien simplemente se veía como un hada: linda, hermosa, sensual…

Y ahí iba de nuevo su cerebro.

Disfrutaban de un fino té rojo, en un pequeño local que a los dos les encantaba.

Eriol se fijó en la forma en que ella partía con elegancia un trozo de pastel y se lo llevaba a la boca. Se detuvo en sus labios y deseó tomar a la chica, llevársela a cualquier lugar donde poder besarla. ¿Y si los dormía a todos para poder lograrlo?

—¿Por qué evitas que estemos solos? —soltó la pregunta Tomoyo, observándolo con total atención.

Esa pregunta lo sacó de sopetón de toda la fantasía que se construía en su cabeza.

—¿Qué? Yo no…

—Eriol, desde que tú y yo…—ella se sonrojó un poco y bajó la voz a un susurro que sólo los dos podían oír—, desde que tú y yo tuvimos relaciones he notado que evitas a toda costa que nos quedemos solos en un lugar privado. ¿Acaso ocurre algo?

«Maldición, Tomoyo, ¿por qué eres tan astuta?»

—Estoy tratando de darte tiempo para que te acostumbres a que nosotros… —guardó silencio y bajó la voz. Trató de organizar sus ideas para planteárselo de la mejor forma—. No quiero que volvamos a tener relaciones sexuales hasta que tú te encuentres mejor, por eso es mejor evitar que estemos solos.

—¿Entonces es por eso no quieres que nosotros…? ¿Es porque te dije lo que me había sucedido? —Eriol notaba como una mezcla entre indignación y pena se iba apoderando de Tomoyo.

—Me preocupa, entiéndelo. No quiero que te sientas incómoda. Yo no sé si te voy a lastimar si es que llegamos a repetirlo.

—¡¿Y me has preguntado a mí qué es lo que quiero?! —le preguntó con firmeza.

—No, pero es que siento que es lo mejor, querida. Yo no…

—Lo entiendo —suspiró expresando un gran pesar—. Una vez consideré no decirle esto a nadie porque no quería que me trataran de forma diferente —soltó—. Quizás tenía razón y debía quedármelo para mí.

—Tomoyo…

La joven dejó el cubierto sobre la mesa y comenzó a buscar algo entre su cartera. Al momento en que Eriol vio que sacaba dinero, su corazón empezó a bombear con mayor fuerza.

—Tomoyo, ¿qué haces? —le preguntó al momento de verla dejar ordenadamente el valor de lo consumido sobre la mesa.

—Me voy a casa.

—Te acompañaré.

—No, por ahora prefiero estar sola.

—Espera…

La joven salió rápidamente del lugar, Eriol se quedó un poco rezagado, buscando el dinero para cancelar su parte de la cuenta, dejó unos cuantos billetes que alcanzaban a cubrir de sobra el total. Al momento de salir miró en todas direcciones y alcanzó a ver como ella se subía a un taxi.

—Demonios —blasfemó.

Escogió caminar un poco, repasando la conversación con Tomoyo. No entendía realmente que ella se hubiese marchado cuando todo lo que él había deseado era hacerla sentir apoyada.

¡Se había ido sin siquiera dejar explicarle! ¿Acaso creía que para él era sencillo negarse a volver a tenerla?

Una frase llegó hasta su cabeza:

"¿Y me has preguntado a mí qué es lo que quiero?"

No, no lo había hecho. Tan sólo había asumido lo que ella necesitaba de él.

Ella sólo le había pedido una cosa y esa era que fuera siempre sincero con ella.

—Bien, Eriol, es probable que este año estarás nominado al premio del mayor estúpido—mencionó para sí mismo, llevándose una mano a la cara—. Y estoy seguro que lo ganarás —se recriminó.

Con prisa se dirigió al departamento de Tomoyo. Tenía que arreglar ese descalabro.

La chica le abrió la puerta, se notaba que había llorado. Eriol sintió como el peor idiota de la tierra.

—Lo siento —susurró a la vez que atravesaba el umbral de la puerta y la amarraba en un abrazo contra su propio cuerpo—. He sido un verdadero imbécil —murmuró a la vez que ella lloraba en su pecho.

Eriol acarició su pelo y comenzó a deshacer el moño que lo contenía, le gustaba verla con el pelo suelto.

—¿Por qué has hecho esto? —a Eriol se le colmó el corazón de tristeza al oírla tan apenada.

El mago pensó mucho en su respuesta, mientras seguía acariciándola en la cabeza.

—Estoy un poco abrumado por todo lo que deseo poder hacerte mía de nuevo —le confesó a la chica que ya comenzaba a calmar su llanto—. Me cuesta dejar de repasar en mi mente la hermosa noche que tuvimos, Tomoyo. Tengo miedo de hacer algo inadecuado con todo esto que siento.

—¿Crees que yo no quiero que volvamos a estar juntos? —le preguntó ella—. Pero que evites que estemos juntos, me ha hecho sentir rechazada, ¿entiendes? Creí que quizás estaba exagerando, que sólo se trataba de una casualidad… Pero fue peor, mucho peor.

—Perdóname, cariño —le insistió Eriol—. Yo no creí que tú te sentirías de ese modo. Te prometo que sólo quería que no tuvieras que lidiar con mis pensamientos pervertidos.

—¿De qué hablas?

—Hablo de que por un lado tú confiaste lo suficiente en mí para rebelarme eso que tanto te duele, y por el otro, yo no dejo de pensar en hacerte mía. Dime si no es egoísta. En mi mente te he hecho de tantas formas el amor, querida, que me siento como un enfermo.

—Creí que ya no me deseabas —sollozó ella—. Creí que, porque me había ocurrido eso, tú ya no te sentías atraído.

—Oh, Dios, no. Claro que no —le aclaró—. Es justamente lo opuesto, preciosa.

—¿Por qué no me lo dijiste?

—Hay dos razones, la primera es porque quiero el premio al peor novio de la historia —bromeó un poco nervioso— y la segunda es porque no deseaba abrumarte —completó esta vez más serio que nunca—. Entiendo que causé todo lo contrario.

Ella se estremeció ante la respuesta del joven.

—¿Novio? —balbuceó ella.

Eriol sintió perfectamente la manera en que su estómago se revolvió.

Desde que ellos habían iniciado esa relación, ninguno había hablado de un compromiso real. Era como si ambos hubiesen olvidado por completo aquella costumbre de bautizar el lazo que los unía.

Se enfrentó a la mirada expectante de Tomoyo, quien de pronto se puso nerviosa.

—No sé cómo quieres que nombremos esto que tenemos, cariño —dijo Eriol—. Pero cuando otros me preguntan si tengo novia, en quién pienso es en ti —admitió.

—Las etiquetas nunca han sido importantes para mí, Eriol. Lo que más me interesa es el sentimiento que nos une —lo miró con vestigios del llanto anterior. Su semblante era formal al enunciar las palabras, aunque luego esa expresión mutó a una sonrisa dotada con esa luminosidad que tanto le gustaba al joven inglés—. Aunque debo confesar que me encantaría decirles a todos que eres mi novio —terminó de decir.

Eriol besó a Tomoyo con impetuosa necesidad.

—Regresando al tema —mencionó Tomoyo—. Tengo que aclarar que esos deseos que confesaste tener respecto a que hagamos el amor de nuevo, son iguales en mí. Por favor, no vuelvas a ocultarme tus preocupaciones.

—Lo sé, y lo siento —musitó de nuevo, tomando a Tomoyo en brazos—. Sólo conseguí herirte. No se volverá a repetir algo así, te lo prometo. Desde hoy siempre te diré lo que me preocupa. Estamos juntos en esto. Por favor, sigue confiando en mí.

—Lo haré.

Eriol se quedó en la sala con ella a cuestas, sin saber por qué la había tomado en brazos en primer lugar.

—¿Qué esperas para llevarme a la habitación? —susurró ella en su oído.

Ahora entendía la razón.

—Vas a volverme loco, ¿lo sabes?

—Cuenta con ello.

Eriol nuevamente compartió tantas caricias con Tomoyo que terminó extenuado, al igual que ella. La forma en que lograban compenetrarse en la recámara era altísima.

Si Eriol no supiera la historia que llevaba su querida Tomoyo a cuestas, le costaría creer que era una principiante en esas lides. La chica aprendía a un ritmo avasallador las cosas que a él le hacían vibrar; y para él, descubrir las formas de hacerle llegar a la cúspide, fueron un hermoso camino que trazaría miles de veces.

Desde esa tarde, sus encuentros se volvieron mucho más frecuentes. Era como si no encontraran razones suficientes para mantener sus manos alejadas el uno del otro.

Eriol había disfrutado con verdadera devoción los encuentros amorosos con Tomoyo. Las noches en que se encerraban en el departamento de ella, o en la biblioteca de su mansión, o donde quiera que fuera, para amarse hasta la saciedad, eran como su verdadero alimento para su alma.

Aquellas semanas se convirtieron en meses, en los meses más felices de su vida.

Los lazos que entretejían su vida con la de Tomoyo se fortalecían un poco cada vez. Las citas seguían, los besos seguían, sus apasionados encuentros también. Y eran felices.

Una tarde cualquiera él iba un poco atrasado a su cita con Tomoyo. No era algo para nada común en él ser impuntual, muy por el contrario. Su retraso se debía a que desde hace algunas semanas había llegado a la decisión de retomar sus estudios. Sólo le faltaban dos semestres para terminar su carrera, por lo que al hacer el papeleo de re-ingreso a la universidad se había tardado más de lo previsto; de modo que prácticamente se dirigía corriendo de forma más lenta, por culpa del traje que tuvo que vestir para la ocasión, en dirección al Temple Church.

Eriol había decidido que el lugar de encuentro fuera esa antigua iglesia que databa del siglo XII, gran parte de la estructura había sufrido las inclemencias de un bombardeo en 1940 producto de la segunda guerra mundial, pero las ruinas que quedaron se veían extrañamente hermosas. ¡La torre de la iglesia había quedado inclinada y eso fascinaba a Eriol! El edificio no podía visitarse, pero si podía verse desde afuera. El cementerio del templo fue adaptado como un parque que solía ser visitado por un número importante de personas, por lo que el inglés se lo propuso esa mañana a la muchacha por medio de un mensaje.

Al acercarse al lugar pactado, vio a la mujer sentada en una de las bancas circundantes. Ella miraba un punto indistinguible, ignorante del escrutinio que estaba ejerciendo el inglés sobre su silueta. Se veía simplemente bellísima, llevaba su cabello suelto como pocas veces se lo había visto Eriol en el exterior, íntimamente las veces eran incontables; la joven vestía una falda ceñida hasta las rodillas y una blusa que mostraba un entretejido delicado, el que hacia relucir su piel como un espejismo de ocultas promesas.

—Lamento llegar tarde, Tomoyo.

Ella se sobresaltó, poniéndose abruptamente de pie, para casi enseguida dirigir su atención a Eriol.

—Eriol —susurró su nombre y se lanzó a abrazarlo, buscando con desesperación sellar sus labios con él.

El joven experimentó una enorme sorpresa ante el comportamiento tan desinhibido de la joven, su beso era diferente, un poco desesperado y otro tanto asustado. Cuando el ímpetu de esa caricia terminó, se separaron y se miraron por unos segundos. Eriol contempló como ella miró en todas direcciones y volvió a abrazarlo.

La notó asustada. Sabía que alguna cosa había pasado y no importaba cómo, él sabría que tenía a su Tomoyo temblando y temiendo de esa manera.

—¿Qué es lo que te ocurre, cariño? —susurró la pregunta sobre la cabeza de la chica que se escondía en su pecho—. Necesito que me lo digas. Quedamos en que siempre íbamos a compartir nuestras preocupaciones, ¿lo recuerdas?

Tomoyo comenzó a estremecerse con mayor violencia.

—Él me encontró —soltó repentinamente—. Ya sabe que estoy en Inglaterra.

—¿Quién?

Ella negó repetidamente con la cabeza, a la vez que intentó separarse del refugio que ofrecían los brazos de Eriol, el joven trató de verla y saber qué pasaba, ella tan sólo rehuyó de la mirada inquisitiva de él.

—Responde —exigió con la voz un poco alterada, verla en ese estado de angustia era terrible para él.

Ante ese tono perentorio de Eriol, Tomoyo se sobresaltó.

—No, no puedo. ¿No lo entiendes? No quiero que él… —súbitamente guardó silencio, para voltearse y cubrir su rostro.

Eriol tomó delicadamente su brazo e hizo que ella regresara a verle, puso ambas manos en sus hombros y se inclinó un poco para que ella no siguiera evitándole.

—Quiero entenderlo. Necesito entenderlo, Tomoyo. Y para eso debes explicármelo —le dijo lentamente, tratando de calmarse él e inyectando toda la ternura que le fue posible.

Eriol vio como Tomoyo miraba con desasosiego en todas direcciones, como si estuviese buscando allá, donde su mirada se posaba, las fuerzas necesarias para responderle.

—El esposo de mi madre… él me encontró y yo… —su voz terminó de quebrarse— yo tengo mucho miedo.

La ira se apoderó del interior del joven.

Eriol sintió como todo su cuerpo se tensaba, empuñó las manos con fuerza. Cerrando los ojos trató de respirar para no perder el control, cuestión que le resultaba muy difícil de conseguir. Tenía tanto odio contra ese tipo que no lograba calmarse del todo.

Eriol tuvo la sospecha de que el agresor de su querida Tomoyo, había sido su padrastro. No pasaron muchos días para que la confesión que la pequeña silueta que representaba el alma de Tomoyo en aquel trance, y la confidencia que le había relevado la misma Tomoyo la primera vez que hicieron el amor; se unieran y encajaran a la perfección, como si se tratasen de partes de un horrible rompecabezas, que empezaba a develar la cruda realidad completa. El abusador era ese maldito.

Por algunos días tuvo esa duda. Pensó que podría guardarse aquellas teorías tan inquietantes para sí mismo, pero le había prometido a Tomoyo que siempre compartiría con ella lo que le intranquilizaba. Así que tan sólo esperó el momento, en una ocasión en que creyó que Tomoyo podría soportarlo se lo preguntó directamente.

Ella se había refugiado en su pecho, siempre que quería decirle algo que le dolía, ella buscaba abrazarse a él para revelar las crudezas que la sofocaban.

Tomoyo le contó toda la historia, incluyendo el romance que ella había tenido con aquel sujeto, antes de que descubriera el engaño. Le detalló sobre el compromiso y matrimonio de su madre con ese. Y la parte más dura de todas, le confesó cómo se gestó todo lo relativo a su violación: el impacto de la noticia de la enfermedad de Sonomi, su emborrachamiento, la manera en que aquel tipo se las ingenió para llevarla a su departamento, el abuso y las amenazas. Luego quiso contarle sobre la enfermedad de su madre, pero llegado a ese punto ella no pudo seguir. El joven inglés comprendió que era suficiente por ese momento, se lo dijo abrazándola y conteniéndola. Le agradeció que comenzara a librarse de sus pesares.

Entendió, también, que la señora había fallecido, a pesar de que ella no lo dijera de forma directa.

Desde ese minuto Eriol aborreció a ese tipo y juró vengarse. También se prometió que no dejaría que Tomoyo tuviese la desgracia de verlo nunca más.

Volvió de sopetón al presente, ella seguía pareciendo atemorizada, por eso la atrajo hacia la calidez de su cuerpo y la abrazó con más fuerza de la que pretendía en verdad.

—Tomoyo, no voy a permitir que te haga daño. Ahora quiero que te calmes —le pidió, acariciando su mejilla—. Explícame cómo sucedieron las cosas.

Ella inspiró profundamente.

—Me llamó a mi teléfono móvil —indicó cuando logró respirar un poco más calmada—. No sé cómo lo consiguió. Este número sólo lo tienes tú y mi bisabuelo. Ni siquiera lo sabe Sakura.

—¿Qué te dijo? —le susurró sin dejar de mirarla.

—Dijo que sabía que estaba aquí y que me arrepentiría por huir de él… —ella cerró los ojos con desesperación—. Dijo que me cuidara porque los accidentes pasaban y que… podían dañar a los que yo quería. No sé qué quiso decir con eso, Eriol. Tuve tanto miedo de que algo te hubiese pasado, te llamé y marcaba que estaba apagado. Pero estás aquí y estás bien —indicó abrazándolo con fuerza.

Ahora comprendía su alivio al verlo.

—Lo siento, me quedé sin batería de camino hacia acá —la besó con suavidad—. Pero descuida, Tomoyo. Si ese sujeto se atrevió a amenazarte de esta forma, se va a arrepentir. Si quiere venir hasta acá no sabe con quién se va a encontrar —expelió, arrastrando las palabras con una furia que no se molestó en ocultar.

Algunas piedrecillas comenzaron a levitar alrededor del parque.

—Eriol —lo llamó Tomoyo—. Eriol, ¿qué sucede? —señaló la arenilla de una de las jardineras, que vibraba evidentemente.

—¡Diablos! —imprecó, respiró profundamente con intención de calmarse, hasta conseguirlo.

La joven lo miró asombrada.

—A veces olvido que eres un mago poderoso —mencionó con obvias intenciones de que él se olvidara de su rabia.

—Eres la primera persona con la que me relaciono que nunca lo tiene en cuenta —le dijo, tratando de controlar su poderío—. Vayamos a casa.

—¿A tu casa? —cuestionó ella.

—Sí —el joven anudó su mano a la de ella posesivamente y emprendió la marcha.

—Tal vez sería mejor si fuésemos a la mía —sugirió.

—Ni hablar, Tomoyo. Hoy nos quedaremos en la mansión, ni loco voy a dejarte en tu departamento sola.

—Podemos ir los dos.

—No, no tengo la certeza de que ese imbécil desconozca tu lugar de residencia, así que mientras yo no ponga una barrera, tú no volverás allí —informó serio—. Y no es un punto negociable, querida.

—Está bien —aceptó ella, apretando el agarre de la mano que él insistía en sujetar—. Mañana cambiaré mi número y mi teléfono —dijo ella al cabo de unos momentos que él no dijo otra cosa.

—Es lo mejor.

Caminaron por varias cuadras, en completo silencio.

Al doblar en una esquina, Eriol chispeó los dedos, haciendo que todo lo que los rodeaba se quedara quieto.

—¡Santa madre de Dios! Todo se ha congelado ¿Por qué nada se mueve? —alcanzó a preguntar la chica.

Eriol la atrajo hacia él y la besó con demandante hambre. La joven lo dejó hacer sin oponer ninguna resistencia. La pasión desbordada que sentía el joven lo llevó a cargarla contra el aparador de la tienda que estaba más cercana, para seguir exigiendo sus besos. Apremiado por tenerla más cerca.

—Eriol —suspiró ella, mientras él comenzaba a desabotonar el primer botón de su blusa, quería oler la fragancia que ella siempre ocultaba en su cuello—. ¿Qué haces? —le consultó rumorosa, él ya besaba su cuello con esmero.

—Quiero hacerte el amor —le respondió a la vez que sus manos trepaban por sus piernas, subiéndole la falda.

—Oh, santo Dios —jadeó—. Estás muy ansioso. Nunca te había visto así de desenfrenado —él gruñó un sonido gutural. Estaba demasiado ocupado, saciando esa cruda pasión, como para llevar la charla con Tomoyo—. Eriol —insistió la joven, tomando finalmente el rostro de él para que le prestara atención—, ¿está todo bien?

El joven detuvo su misión investigadora y se fijó que el atuendo de la muchacha había quedado mucho más sugerente de lo que esperaba. Su camisa prácticamente abierta, asomando el hermoso sujetador de encaje negro. La falda de ella subida hasta los muslos, exponiendo las ligas de sus medias. Eriol tragó grueso, por lo que desvió su mirada hasta su rostro para no seguir perdiendo el control. ¡Grave error! No contaba con que ella luciría con sus labios hinchados, sus ojos vidriosos y su cabello alborotado.

Definitivamente la calma que había logrado reunir, desapareció dejándolo ávido de tenerla.

—Está todo demasiado bien —respondió, con la voz cargada de apetito.

Volvió a besar los labios de Tomoyo con impaciencia, a la vez que sus manos se adentraban en el corpiño de la pelinegra, delineado con medida rudeza la forma exquisita de sus pechos.

La joven permitió que él hiciera cuánto deseara, al parecer, la forma un tanto repentina de los sucesos no impedía que le hicieran disfrutarlos.

—¡No sé por qué estás actuando de esta forma, Eriol! —jadeó de forma extraviada—. Pero tus manos se sienten muy cálidas sobre mi piel.

—Te deseo, Tomoyo. Siento ser un bruto que no puede aguantar hasta que lleguemos a casa —intentó explicarle Eriol con esfuerzo.

—¿Crees que después de verte actuar así de apasionado yo podría esperar? No podría.

Fue la luz verde necesaria. Eriol liberó su erección, corrió la fina prenda íntima de Tomoyo y se introdujo profundamente en la chica. Consiguiendo que ambos vibraran.

Los siguientes minutos fueron borrosos para él. Lo único que reclamaba su ser era seguir bombeando dentro del cuerpo de la mujer que amaba.

Saber que ella se encontraba en peligro y que estaba asustada, logró despertar esa veta protectora y algo dominante en él. Muy en el fondo sabía que necesitaba sentir a Tomoyo lo más cerca posible porque le horrorizaba que algo malo pudiese ocurrirle.

Eriol la besó con una angustiante necesidad que no podía reprimir, ni ser satisfecha.

—Tomoyo —la llamó en medio de la sofocante sensación de no tener suficiente de ella.

La joven atendió sus palabras, conectando sus miradas.

—Eriol —devolvió su nombre, sus ojos tenían tantos sentimientos bullendo en ellos, que el joven fue afectado de nuevo de aquel sopor que poblaba su pecho cada vez que ella lo miraba de ese modo.

—Te amo —confesó de pronto.

Esa era la única verdad que vivía en su ser ahora.

Un beso por parte de Tomoyo no tardó en llegar, sus ojos lucían más brillantes que nunca.

Los dos siguieron disfrutando de aquel frenesí, de su enloquecedora velocidad. Eriol tenía grabado a fuego el gemido profundo de ella, y la sensación sublime de él al liberarse.

Después de que esa montaña de placer comenzara su declive, se quedó inmóvil unos instantes, su cabeza descansaba sobre uno de los hombros de Tomoyo. Ella mantuvo sus piernas alrededor de las caderas de Eriol, se quedó con los ojos cerrados, apoyándose en el aparador, respirando aceleradamente. El joven la sostenía desde la espalda esperando que ella mostrara alguna señal de salir de aquel relajamiento.

—Tomoyo —la llamó al cabo de unos segundos.

Ella abrió los ojos y dejó de anudar las caderas de Eriol, el joven se quedó atento de que lograra sostenerse bien antes de soltarla por completo. Ella se quedó mirando al joven, con indescifrable emoción.

—¿Estás bien? —le preguntó ya que ella no decía nada.

—Más que eso —comenzó a decir—. Estoy feliz y emocionada, Eriol.

La respuesta sorprendió al mago, quien realmente se cuestionaba la forma en que se había dado ese encuentro.

—Yo siento mucho que…

Tomoyo depósito uno de sus dedos en su boca para que no siguiera hablando.

—No, no arruines lo mágico que fue esto con una disculpa innecesaria.

—Pero…

—Eriol, lo dijiste —ella lo abrazó y luego se separó para verlo a la cara—. Por fin lo dijiste.

Fue entonces que el mago entendió la razón de que ella pareciese tan contenta y emocionada.

—Desde hace mucho tiempo que te amo, Tomoyo.

—Lo sé, lo he sentido. Pero… es la primera vez que me lo dices.

Eriol sonrió, se acercó a su oído.

—Te amo, Tomoyo. Tal vez tardé demasiado tiempo en expresártelo con palabras, pero este sentimiento escapa de mí en muchas formas.

Ella sonrió agitada.

Luego de que él consiguiera ayudar a la joven a que su vestimenta quedara ordenada y también se ocupara de su propia apariencia, volvió a tronar los dedos y todo comenzó a moverse de nuevo.

—Me cuesta creer que detuvieras el tiempo sólo para que pudiéramos hacer el amor —rio la chica, quien no dejaba de tener las mejillas sonrojadas y una sonrisa inmortal en el rostro. Eriol la llevaba sujeta de la mano.

El mago realmente se sentía avergonzado de su propio comportamiento. Jamás esperó que su temor por que Tomoyo fuese lastimada, aunado con la rabia que sentía y lo bella que ella lucía, fueran a repercutir en las ganas incontrolables de poseerla.

Eriol detuvo la marcha, haciendo que ella se detuviera también y lo mirara a los ojos.

—Esto no debió pasar así, cariño —hizo una pausa—. Tendría que haber sido más íntimo y especial.

—Fue íntimo y especial —apuntó ella—. Y también fue repentino y excitante. Yo lo disfrute y tú también. Deja de culparte.

—Eres una mujer muy extraña, Tomoyo —suspiró en voz alta—. Cualquiera se hubiese sentido mal por ser tomada con ese nivel de descontrol.

—Eriol, no seas bobo —ella acarició el rostro del joven—, hacer el amor contigo es siempre descontrolado, ¿o lo olvidas? Es cierto que en ocasiones es calmado, delicado y puedo vibrar con eso. Quizás no hacemos tanto alboroto, pero mi ser entero se descontrola por saberte mío. Y cuando somos más efusivos también siento exactamente lo mismo. Un completo abandono de mi propio ser para fusionarme contigo.

—¡Vaya! —soltó sorprendido—. Si lo pones así, incluso suena correcto.

—Eso es porque lo es —de pronto comenzó a reírse, Eriol la miró extrañado—. Además, sé que te sentiste tan asustado como yo por las amenazas de Takahiro —siguió riendo, el mago concluyó que tal vez estaba teniendo un colapso mental, nada en esa situación era gracioso—, por eso ni siquiera usaste tus poderes para que nos fuésemos a un lugar privado, sino que sólo se te ocurrió detener el tiempo —concluyó, carcajeándose más efusivamente.

Eriol esperó pacientemente que la chica concluyera su isla de felicidad.

—No me parece gracioso en absoluto las amenazas de ese cabrón. No intentes relativizar el tema. Es una situación grave.

Tomoyo terminó súbitamente de reírse.

—A mí tampoco me lo parecen, Eriol, pero no quiero que me quite la felicidad que siento. Tengo mucho temor, un enorme vacío en mi estómago. Sin embargo, no voy a aguantar que me siga afectando al punto de no reírme de lo cotidiano, de no disfrutar de los días que vienen por delante. Si algo malo debe ocurrir, entonces que ocurra, pero voy a pelear con uñas y dientes para proteger la vida que he construido junto a ti, para resguardar mi felicidad.

—No permitiré que nada malo te ocurra, Tomoyo —le prometió—. Voy a protegerte.

—Lo sé.

El mago atrajo a la joven contra su pecho, sellando de esta manera aquel juramento.

Nada iba a separarlos.

Pasaron tres meses en que no tuvieron nuevas noticias de aquel sujeto, por lo que ambos comenzaban a creer que Takahiro no se había atrevido a seguir atosigando a Tomoyo. Y quizás había encontrado otra cosa en la cual gastar su nefasta existencia.

Esa noche la cita con Tomoyo sería especial y se encontraba nervioso. Estaba en sala, oyendo música suave y repasando mentalmente el discurso que tenía preparado para la chica que tenía su vida llena de amor.

—Voy a pedirle a Tomoyo que sea mi compañera de vida —murmuró mientras Adele afinaba el piano del salón, lo que provocó que la nota que probaba la anciana saliera desafinada.

—¿Que tú qué? —le preguntó la ama de llaves sin borrar el impacto de su rostro.

—Quiero vivir con Tomoyo —dijo encogiendo los hombros—. Necesito verla cada mañana, saber que está cerca… no lo sé. El tiempo que paso con ella siempre es muy poco.

Adele soltó una sonrisa.

—Pues buena suerte.

—Gracias —suspiró el joven—. Creí que me darías un sermón gigantesco.

—No, esa chica es lo mejor para ti. Tiene mi completa aprobación.

—Lo sé. Se lo diré hoy en la noche. La llevaré a cenar a un lugar precioso y…

For I can't help falling in love with you —comenzó a cantar la famosa canción de Elvis, mientras danzaba como una bailarina de ballet. Provocando que el inglés comenzará a reírse.

—Podría despedirte por esta falta de respeto —señaló Eriol intentando ponerse serio.

—Me gustaría ver cómo lo intentas —advirtió con desafío.

—Así que eso es lo que quieres…

El timbre resonó por toda la sala, interrumpiendo lo que prometía ser una discusión sin fin.

—Te salvó el timbre, malcriado —dijo Adele, mientras se dirigía a la puerta.

Al cabo de unos minutos la mujer volvió con algo de aprehensión en el rostro.

—¿Quién era?

—Un hombre lo está esperando en su despacho.

—No recuerdo que nadie viniera hoy —murmuró intentando recordar alguna cita olvidada.

—Dice que debe hablar con usted sobre la señorita Kaho —mencionó Adele.

Eriol presintió que algo pasaba al ver a la anciana tan intranquila.

—¿De Kaho?

—Asegura que ella se encuentra con vida.


N/A: Bien, aquí estamos con la segunda parte de este capítulo.

¿Por qué cuando todo va demasiado bien, por qué cuando empieza a encajar, tienen que pasar estás cosas?

Porque la vida se ríe de nosotros a carcajadas y también lo hará con los protagonistas.

Tal vez ahora les haga sentido el título del capítulo.

Espero leer teorías sobre qué pasó con Kaho, sobre cómo esto afectará a Eriol y a la misma Tomoyo.

¿Aparecerá Takahiro?

Hay harto desafío para el próximo capítulo, por lo que cualquier cosa que usted pueda aportar será bien recibida.

Les agradezco, como siempre, todo el apoyo que me dan. Hago todo lo que está de mi parte para acotar los tiempos de espera al máximo. Por ahora las musas andan a flor de piel y estoy aprovechando este chute para plasmar todo lo que se aglomera en mi cabeza.

¿Los leo en los reviews?

Hasta la próxima.

Au revoir


Siempre quisiera responder los reviews por la molestia que se toman en comentar, lamentablemente no siempre tengo el tiempo para realizarlo, por lo que me disculpo con aquellos que nunca les respondí, trataré de hacerlo de aquí en adelante.

Respondo a los reviews del capítulo anterior.

Sul Ad Astral: Concuerdo que mucho de nuestro sufrimiento es cuestión de actitud, pero también existen pesares que por muy positivos que seamos, nos hieren y como consecuencia, nos cambian. Los protagonistas se sintieron atraídos y construyeron una forma de armar una felicidad. Tomoyo avanzó bastante en esta segunda parte del capítulo, al fin pudo decirle a alguien su calvario, tal cómo lo sugeriste. A mí igual se me hizo gracioso que Spinel repeliera a Tomoyo, se vienen más escenas con esos dos. Saludos.

Nozomi: Hola, ¿qué tal? ¿Ahora volví a sorprenderte xD? Respecto a tu pregunta: Sí, hay algo que ocurre con Tomoyo, pero no voy a decírtelo todavía jeje. El crecimiento de la relación de los protagonistas es obvia, más en esta segunda parte. No sé si notaste que la cuestión fue escalando, fue más fácil para Tomoyo admitir sus sentimientos que para el mago, quien es más pragmático que la chica para estas cosas. Pero al final los dos admitieron que se aman y que quieren estar juntos. La pregunta es si ese sentimiento podrá resistir los embates que se vienen en el futuro, ¿tú qué crees?

Arlethe: Gracias.Y gracias, a mi también me agrada la forma en que la relación de Tomoyo y Eriol ha ido de menos a más. Y la actualización fue lo más pronto posible :)

Carmenlr: Gracias por el aprecio a la historia. Ahí te va la actualización, guapa. Cuéntame qué te pareció.

Schammasch: Los amores idealizados son tan hermosos que sabemos que son imposibles e inaplicables en nuestra realidad que tiene tanto de sórdida cada día. Por esto es que cuando te toca estar arriba de la ola, hay que disfrutar, para aferrarse a esos recuerdos cuando vengan los tiempos de caí comentarios son tan poéticos que siempre me dejan pensando, este en particular fue muy lindo de leer, gracias. Tomoyo finalmente se abrió, tuvo que ser así, cuando se sintiera expuesta pero protegida, no encontré una forma más natural en que ese hecho ocurriera. Eso que planeé muchas otras maneras, y ninguna me convenció como esta. Ya construyeron su relación, ya son felices y viene un golpe de realidad. Lamento no haber actualizado ayer, no tuve tiempo hasta hoy.

Cata06: Gracias por darte el tiempo de comentar, me alegra haber regresado. Desconozco si esta segunda parte te pareció igual de dulce (?)

Guest: Efectivamente, es deprimente, porque hay ocasiones que la vida lo es. Se dieron la oportunidad y han sido felices, pero...

Yektenya: Sí, en verdad era necesario para el alma que tuvieran un poco de felicidad. Efectivamente Tomoyo fue violada, tal vez entre tanto tiempo que me tardo en actualizar pasó por alto, pero ese hecho está explicado en el capítulo 7. Tal vez puedas revisarlo. Spinel no siente agrado por Tomoyo, eso es segura, y a mi lado perverso le agrada jeje. Respecto a que no sientan la presencia de Tomoyo tiene una razón que no puedo revelar, por ahora. Espero que te haya agradado verlos como pareja en este capítulo, quise retratarlos como una que ya se encuentra consolidada, pero...¿podrán seguir así de juntos con los nuevos hechos?

Michelle: Hola, un gusto también. Gracias por tus comentarios. Me imaginé la telaraña y la miel, tengo la imaginación un tanto literal jeje. Claro, actualizo semanal... en semanas que duran mucho más que siete días :( La verdad es que la constancia para publicar es bastante incierta, pero me esfuerzo por hacerlo lo antes posible. Tendré en cuenta tu sugerencia, también creo que exagero con tanta descripción y eso puede ser abrumador. Estoy trabajando en otras historias y trato de manejar de mejor forma ese punto, en esta es más complicado porque esa es la esencia que ya le di a la historia, pero sin duda que lo tendré en mente. Agradezco mucho el aporte. Espero que te haya gustado también esta segunda parte del capítulo anterior. Un beso.

Tanya: Gracias por tu comentario, me halagas. Tienes razón, el mal SIEMPRE acecha, el mensaje es claro, hay que vivir al máximo cuando se pueda. Aquí te va la segunda parte, disfrútala, por favor y dime qué piensas de todo. Quiero saberlo todo.