IX "Resistencia emocional"

Seguro que la felicidad que sentía debía ser un pecado mortal.

Eso pensaba cuando miraba el hermoso vestido, que llevaría esa noche en la cena que tendría con el hombre más maravilloso del mundo: Eriol Hiragizawa, el hombre que le había dado tanto que no creía que todos esos sentimientos fueran capaces de vivir en su interior.

Miró el marco con la selfie que los mostraba a los dos, el cual reposaba en el buró al lado de su cama. Ese artefacto rectangular se robó por completo su atención, en la fotografía ella lucía radiante y él más serio, pero sus expresivos ojos sonreían con solapada diversión. Se rio porque recordó la reticencia de él para tomársela. No le gustaban las fotografías le había dicho.

Y pese a esto, luego de mucho pedirlo, él había aceptado.

—"Está bien, pero no pienso sonreír. Y sólo será una" —advirtió el joven antes de que ella lograra hacerse con la instantánea.

Al tomar la fotografía entre sus manos, la agitación le rellenó de nuevo los pulmones y suspiró completamente embobada.

Tenía casi la certeza de que esa noche sería especial, se encontraba con el ansia hasta el tope de lo soportable, por lo que estaba deseosa que el momento llegara de una vez.

Se recostó soñadoramente en la cama presionando la foto contra su pecho, parecía una adolescente enamorada, se sentía como una. Y seguro lucía como una…claro con algo más de años encima.

Su novio se había comportado más serio de lo común, le había hecho el ofrecimiento con una formalidad innecesaria, dado el tipo de lazo que los unía. Algo iba a ocurrir y su corazón le decía que sería una cosa que la haría sentir más feliz todavía.

«Sí, seguro que es un pecado, Dios. Y por lo que más quieras déjanos seguir disfrutándolo»

Dio una vueltecita por la habitación luciendo el vestido sobrepuesto, imaginando la cara que él pondría cuando la viera.

Luego se recostó nuevamente en la cama y suspiró profundamente, observó el techo, ese mismo que la había cobijado desde su llegada a Inglaterra, ese mismo que había sido testigo de la hermosa travesía que había hecho en brazos de Eriol para sentirse sanada, para sentirse completa, para saberse amada. Sonrió, agradecida de ser capaz de experimentar algo tan grande, indescriptible y sagrado, como lo era el amor que profesaba por el que un día fue el mago más poderoso de todos. Bueno, en realidad era su reencarnación.

No era que el estatus de mago fuera algo que a ella le importase demasiado. Siendo muy honesta con ella misma el que fuera tan poderoso era algo que la tenía sin cuidado. Al contrario de lo que cualquiera podría pensar, lo que más amaba de Eriol era su vulnerabilidad.

Era un hombre que proyectaba fortaleza y confianza a cada momento, parecía como si siempre se hubiese obligado a ser el que se convirtiera en el soporte de los demás. La joven llegó a pensar que vivir de ese modo debió ser agotador.

Pero conforme lo fue conociendo de manera más íntima notó otras cuestiones que la hicieron quererlo mucho más. Es verdad que era fuerte, pero siempre temía de su propio poder. Era un hombre divertido, pero sensible. Un poco bromista, pero preocupado, sabía cuándo detener una broma. Era un hombre muy apasionado, pero con un sentido de la moral inquebrantable. Era un juguetón que después fingía seriedad. Incluso si se enfadaba, sus modos nunca llegaban a ser altaneros.

Tenía un grupo de defectos, pero para ella sólo lo humanizaban, haciéndolo más fascinante.

No pudo, ni intentó reprimir el recuerdo de la primera vez que ella había sucumbido al deseo descarnado que le ocasionaba Eriol. Disfrutaba repasando la duda que tenía tatuada la expresión de Eriol, cuando ella le propuso que estuviesen juntos, aquella primera vez.

Ahora comprendía que aquel primer encuentro fue una amalgama perfecta entre el respeto, el cariño desmedido que se tenían y la pasión que los inundaba. Ahora que ya era más versada en el tema.

Ella se había sentido tan nerviosa que en un principio estuvo tensa, sin saber qué hacer, sin atreverse a moverse ni un ápice, dudosa de arruinar las cosas. Además, temía recordar a Takahiro en ese momento, se hubiese sentido como una traidora si eso hubiese ocurrido.

De manera que poco a poco fue animándose, sintiéndose más relajada decidió tocar a Eriol, imitando un poco al mago, y luego, simplemente siguiendo el manifiesto de sus deseos.

En el momento en que él logró alojarse dentro de ella, sonrió con triunfo. No le dolía, lo disfrutaba, no pensaba en nada que no fuera en las sensaciones que bifurcaban por todo su cuerpo y en la imagen de Eriol. Un hombre tan apasionado e igualmente gentil que la hacía sentir segura.

Nunca pensó que podría ser una participante tan entusiasta. Y adoró equivocarse al respecto. Cuando la caótica entrega concluyó, algo más grande que el orgullo y el alivio la abordó. Había gemido que lo amaba cuando él la estaba poseyendo. Y supo que el sentimiento era, tal vez, más grande que eso.

Que el mago no le regresara la confesión no le molestó, ella lo conocía lo suficiente para comprender sus tiempos, incluso más que él mismo.

Entonces la emotividad jugó su carta, el sentimiento de plenitud la desbordó, conectándola con todas las sensaciones, las evidentes y las reprimidas. Y casi sin notarlo pudo decirle por primera vez a alguien sobre la violación que había sufrido.

Fue tan natural que las palabras y la conversación ocurrió vertiginosamente. Llenándola al final de paz, de verdadera paz.

Los meses se sumaron, la relación con Eriol sólo avanzaba. Era tan feliz.

¿Quién iba a pensar que su intención de ayudar a Eriol se iba a convertir en ese desfogado sentimiento?

Sólo la sombra de su padrastro enlodó por un tiempo su tranquilidad.

La conversación que sostuvo con Takahiro lindaba con lo psicopático. Ese tipo no estaba bien de la cabeza. Seguía insistiendo que ella le pertenecía. Por lo que cuando la amenazó derechamente con que lastimaría a sus seres amados, pensó que Eriol estaba en peligro.

Todavía recordaba la reacción de él. La forma en que le había hecho el amor con completa desesperación, para confesarle allí que la amaba. Era un recuerdo tan bonito que siempre se emocionaba al evocarlo.

Y esa noche, sin dudas, algo igual de especial iba a ocurrir.

El ritual de embellecimiento había comenzado temprano, porque ella quería estar perfecta para Eriol.

El maquillaje estaba completado, nada sobrecargado, excepto sus labios que estaban pintados de un rojo carmesí. Su peinado era sencillo, tan sólo afirmó algunos mechones con horquillas, pero en su mayoría su cabello se encontraba suelto, cosa que había hecho sólo porque conocía el gusto de su novio por verla con el cabello al aire libre.

Ahora se paseaba con el conjunto de ropa interior, se cuestionó si usarlo o no.

—Es un poco atrevido —comentó mientras se miraba en el espejo.

A su cabeza vino la expresión tan sensual que plagaba el rostro de Eriol cuando la deseaba y decidió que quería que él la viera con tanta apetencia, como cuando lo sorprendía con alguna cosa en la intimidad. Su conjunto era igual de rojo que sus labios, el encaje era delicado y sensual. Estaba segura que él iba a estar encantado.

Estaba por ponerse el vestido cuando el sonido de su teléfono móvil la interrumpió. Rebuscó entre todas las prendas que yacían desperdigadas en la cama, hasta que consiguió hacerse con el aparato.

—Eriol, ¿cómo estás? —saludó.

—Tomoyo, cariño —susurró—. Estoy bien, pero me ha surgido una situación. No creo que alcance a pasar por ti. ¿Podemos vernos en el restaurant?

Tomoyo lo notó nervioso, no estaba hablándole de la misma forma de siempre, lo que provocó que una alarma pequeña comenzara a resonar en su cabeza.

—Claro, pero, ¿de qué situación hablas? Te oyes extraño.

La línea permaneció muerta, hasta que lo oyó hablar:

—Tengo una cita con una persona ahora, debo cortar. Te veré esta noche.

El mago cortó de súbito sin siquiera esperar a que ella se despidiera. Encogió los hombros, tal vez, realmente nada pasara y ella estuviera haciendo de una lluvia una tempestad.

La joven tomó un taxi y arribó al lugar de encuentro con cinco minutos de retraso, había tratado de llamar a Eriol para avisarle, pero él no respondió. Esperaba que no se enfadara, pues sabía lo rematadamente puntual que era ese hombre.

Miró el lugar desde la vereda. Una enorme casona presentaba los ventanales grandes, que dejaban ver en el interior un trabajado equilibrio visual. Las mesas estaban destinadas a diferentes grupos, había mesas enormes y otras más íntimas. La decoración del lugar llamaba al romance, la luz tenue, la luz expedida por algunas velas puestas en lugares estratégicos, las flores que resplandecían antes el jugueteó de las llamas.

—Hola, soy Tomoyo Daidouji —saludó al Maître—. Tengo una reservación a nombre de Eriol Hiragizawa.

—Claro, acompáñeme.

Tomoyo siguió al hombre hasta la terraza, la cual estaba compuesta de un porche de madera labrada y barnizada en un color cálido. Las pocas mesas circundantes, daban el suficiente espacio para que la cena transcurriera en una cómoda privacidad.

El joven la ubicó en la mesa, recién en ese instante se percató que Eriol tampoco había llegado.

—¿Le traigo algo de beber mientras llega su acompañante? —le sonrió el sujeto amablemente.

—Sólo agua, por favor.

Pasaron otros quince minutos antes que viera la cabellera de Eriol adentrarse apresurado en la terraza del restaurant.

Tomoyo sintió la forma en que su corazón se oprimió al verlo. Vestía un traje de color negro, uno que le quedaba tan bien, que incluso parecía la publicidad de un escaparate de Armani. Su cabello estaba peinado hacia atrás, ella nunca lo había visto así. Sus anteojos le daban un aspecto de intelectual que hizo que sus piernas temblaran. Su novio se veía totalmente arrebatador.

—Lo siento —fue lo primero que dijo al llegar junto a ella—, no me di cuenta de la hora. Lo lamento de verdad.

Nada más verlo de cerca, Tomoyo supo que algo pasaba. Su semblante era incierto, no era el hombre de siempre. Más bien sí que lo era, tan sólo una cosa estaba mal en su expresión, cuestión que no podía definir bien.

—¿Por qué te demoraste, querido? —le preguntó al notar que él no hacía contacto visual con ella—. ¿Hay algo que esté mal?

Eriol agradeció al camarero que le pasó la carta, fijando toda su atención en ésta.

Tomoyo respiró profundo, contó mentalmente hasta cinco, mientras Eriol terminaba de pedir su cena, ella hizo lo propio señalando de forma aventurada una de las cosas de la larga lista. Lo único que deseaba era que el mesero se retirara.

—¿Eriol?

Al nombrarlo el joven mago se sobresaltó, para recién en ese minuto poner su atención en ella. Sus ojos se notaban tan cansados como preocupados.

—Lo siento, Tomoyo. Sé que estoy actuando muy raro. Tal vez no fue buena idea venir aquí, después de todo —dijo para sí mismo y respiró hondo—. Tenemos que hablar —admitió al final para acribillarla con una mirada derrotada.

Tomoyo comenzó a asustarse mucho al escuchar al joven mago, su corazón empezó a bombear rápido y con ello se regó el más crudo temor por su cuerpo.

En ningún lugar del mundo el "tenemos que hablar" significaban buenas noticias. En ninguno.

—¿Qué…Qué sucede? —preguntó en un murmullo.

Eriol estiró una de sus manos para alcanzar las de Tomoyo y acariciarlas ligeramente. La joven notó como inspiró con profundidad antes de conectar su mirada azulina y complicada en ella.

—Un hombre vino a verme hoy en la tarde, un doctor para ser más específico —comenzó, sin quitar el pesar de su expresión—. Yo… Dios no sé cómo decir esto.

—¿Decir qué, Eriol? ¡Dios! Deja de dar vueltas, me estás asustando. ¿Estás enfermo? ¿Es eso? —lo miró con preocupación y miedo mezclado a partes iguales.

El negó con su cabeza, pero continuaba viéndose tan asustado. La joven fue testigo de la gran lucha que se intensificaba en los ojos del joven inglés.

—Él, el doctor, me aseguró que Kaho está… viva —concluyó con esfuerzo.

Tomoyo por puro instinto cortó el contacto que mantenía con el joven mago, sobresaltándose tanto que quedó completamente estirada en el respaldo de la silla.

El sentimiento de irrealidad fue avasallante.

De pronto, se vio completamente abstraída de toda esa situación, cómo si su inconsciente quisiera protegerla y tratara de hacerle creer que todo aquello no era más que un mal sueño.

—¿Cómo…? —trató de armar una pregunta coherente sin lograr emitir alguna otra palabra—. ¿La señorita Mizuki viva? —balbuceó impresionada

—Cariño… —Eriol trató de tomar sus manos de nuevo, pero ella lo evitó, presa de la más cruda aprensión.

—¿Estás seguro de que es ella? ¿No hay acaso algún error? —arrojó esas preguntas sin ninguna clase de censura.

El mago bajó su vista.

—Al parecer no hay ninguna clase de error, Tomoyo. Este sujeto trajo pruebas que demuestran que es ella.

Tomoyo fijó su atención en el mantel de la mesa, intentando procesar esa noticia por completo inesperada.

Desde ese punto, un montón de preguntas se apresuraron por tomar su atención:

Si Kaho estaba viva, ¿dónde quedaba ella en esta historia?

Eriol había quedado devastado al saber que Kaho había muerto y después de eso continuó amándola tanto, que cada pieza que tocaba en el piano era para ella, en nombre de su recuerdo. Como una ofrenda al profundo amor que sentía por la pelirroja profesora.

¡Cuánto le había costado salir de ese luto!

¡Cuánto había demorado en darse una oportunidad con ella!

¿Y ahora qué? ¿Y ahora qué? ¿Y ahora qué?

Tomoyo sabía que si Kaho hubiese estado con vida cuando ella arribó a Inglaterra y se encontró con Eriol, las cosas nunca hubiesen acabado con ella y Eriol amándose. El joven mago nunca la hubiese visto de otra forma, más que como una antigua amiga.

Tomoyo siempre comprendió que el joven nunca dejaría de tener sentimientos por la profesora, pero siendo honesta no era algo que le molestara, porque la mujer en cuestión ya no era parte de este mundo.

¿Y ahora qué?

¿Cómo se supone que tenía que actuar? Tenía tantos sentimientos confusos bullendo en su interior, tanto era el desconcierto por el futuro que se sintió enferma.

Temía tanto seguir escuchándolo y que confirmara su peor miedo. Y del mismo modo estaba tan deseosa de que él terminará de decirle lo que presentía que le rompería el alma.

—Tomoyo, escúchame —solicitó Eriol con preocupación al notar que la muchacha no reaccionaba.

—Vas a terminar conmigo, ¿verdad? —soltó ella atropelladamente.

Tenía que saberlo cuanto antes. Sí él iba a acabar con su relación para ir con la mujer que amaba mucho antes que ella, quería saberlo. Era mejor si él lo decía de una vez, porque el que fuera a cuentagotas era insoportable.

—¡No! —casi gritó el mago, haciendo que ciertos clientes cercanos los miraran con estupor y fastidio—. Te amo, Tomoyo. No quiero terminar contigo —le aseguró, viéndola con tanta verdad, que a Tomoyo le dolió, realmente le dolió verlo así de impotente y sentirse igual de perdida que él—. Esta noticia me tiene muy impactado y temo que no estoy sabiendo llevarla en lo absoluto —por tercera vez trató de tomarla de las manos y ella no pudo negarse, no cuando lo veía tan desorientado—. No sé cómo debo sentirme con esta noticia, querida. Debería sentirme feliz… —confesó en voz baja como si estuviera admitiendo la autoría de un asesinato—. Por favor, comprende que no quiero lastimarte, es lo que más temo, pero siento que es precisamente eso lo que voy a conseguir.

Tomoyo entendió entonces que no podía ser tan egoísta y centrarse únicamente en sus propias inseguridades o en el cerro de penas fantasmales que se convocaban en su interior.

Amaba a Eriol y quería hacer que él dejara de poseer esa expresión tan decadente de su rostro.

—No es así, pero temo tanto perderte… —decidió ser sincera.

Después de todo, ese era el acuerdo más importante que sustentaba toda su relación: La sinceridad.

—Eso no va a pasar, Tomoyo, por favor no pienses eso.

Tomoyo se obligó a conservar un poco de calma, respiró profundo.

—¿Qué te dijo ese doctor? —Era necesario comprender todo para poder actuar en consecuencia.

Eriol no soltó las manos de Tomoyo, es más, comenzó a acariciarlas sin descanso por tanto tiempo que la mujer sentía que él intentaba relajarlos a ambos antes de proseguir. Luego, suspiró muy hondo y con decisión.

—Es psiquiatra —empezó a explicar—. Hace más de dos años Kaho está siendo atendida en el hospital donde él trabaja, en Francia. Las autoridades la llevaron a ese lugar pues ella parecía no ser consciente de nada a su alrededor, la sometieron a una serie de exámenes sin descubrir qué estaba mal con ella, por lo que se le declaró que poseía un trastorno mental no determinado. Ella nunca tuvo avances —masculló con indignación—. No hasta hace poco tiempo, donde pareció recobrarse milagrosamente.

—¿Por qué nadie se comunicó contigo? —preguntó la chica, sin creerse todavía estar viviendo esa situación.

—Ella no tenía ninguna identificación encima, intentaron descubrir su identidad, pero no hubo registros coincidentes. Todo este tiempo permaneció como una NN.

—Ya veo —pensó en voz alta—, y ahora que se ha recuperado entonces pudo decir quién era.

—Nadie le creyó en un comienzo, pero al buscar archivos de noticias antiguas descubrieron que decía la verdad sobre el accidente, fue de ese modo que el doctor vino personalmente a verme. Trajo fotografías de Kaho, incluso algunos vídeos. No hay dudas, se trata de ella.

—¿Y qué va a suceder ahora?

Esa pregunta quedó suspendida entre ellos, forjando una grieta que los dos sabían que estaba generándose en su relación.

Eriol bajó la mirada, quebrado.

—Me mandó un mensaje con el doctor. Ella quiere verme —soltó a quemarropa.

—¿Irás a verla? —ella dejó nacer la pregunta con premura.

El joven asintió levemente.

—Se lo debo, por favor, compréndelo. Ella fue muy importante en mi vida, tengo que verla.

Lo entendía, por supuesto que lo hacía. Era lo correcto, pero ese sentimiento crudo y oscuro que empezaba a emanar de alguna parte indeterminada, nublaba toda la razón a su paso y se apoderada de su ser. La opresión que esto atrajo, la hizo sentir ahogada, herida.

—Debo ir al tocador —mencionó la chica de pronto, ya no pudiendo experimentar tanta congoja, si seguía allí se echaría a llorar y no quería agobiar más a Eriol.

—Tomoyo, por favor…

La joven no se quedó a escuchar más. Huyó como una vil cobarde.

«¡Oh, Dios! ¿Por qué?», pensó al llegar al baño y reposarse sobre la puerta.

Un espejo enorme, de cielo a suelo, reflejó su silueta. La vanidad no era un pecado común en ella, pero sabía que exteriormente se veía hermosa. Lo paradójico del asunto es que, en su interior, lo que se propagaba no eran más que sentimientos que cualquiera consideraría horribles y mezquinos. Y fue duro aceptar que no se sentía feliz por algo tan milagroso, como la aparición con vida de una persona que se creyó muerta por tanto tiempo.

«¿Por qué tengo que tener este deseo tan egoísta de que esa mujer que está en Francia no sea realmente ella? ¿Cuál es la posibilidad de que esto realmente no sea más que un penoso error?»

Pero, ¿y si no? Y si no había error.

Se acercó al lavado y miró desde más cerca su rostro.

—¿Cuál es tu peor miedo? —le preguntó a su reflejo.

Dos lágrimas cayeron de sus ojos, mientras se miraba hasta el punto de dudar que fuese ella la del espejo.

Otras dos mujeres ingresaron al tocador también, cortando el examen que ella misma se estaba aplicando. La joven limpió discretamente sus ojos, tratando de no arruinar más su maquillaje.

Debía volver con Eriol.

Rellenó su ser de fortaleza, antes de atreverse a regresar a la mesa.

Los platos habían sido llevados y el joven se mantenía completamente quieto frente a la comida. Tomoyo lo miró desde la distancia, llenándose nuevamente de ese dolor en su ser.

Al verla hacer el camino de vuelta, él se levantó para ir en su encuentro, la abrazó tan fuerte, con extrema vehemencia, que ella sintió que las lágrimas de nuevo rellenaban sus ojos.

—No voy a ir —susurró cerca de su piel—. No iré si esto te hace sufrir de esta manera, cariño. Encontraré la forma de resolver este dilema sin tener la necesidad de ir.

La joven se refugió en su pecho, siempre había sentido tanta protección estando allí.

No estaba bien sentir ese alivio, ella era lo suficientemente inteligente para saber que no era correcto encontrar consuelo en una imposición tan miserable hacia Eriol, pero no podía evitarlo.

—Lo siento —se disculpó con él.

De verdad lamentaba ser tan egoísta.

Luego de ese abrazo, los dos tenían suficiente de estar en el restaurant. Se fueron de allí sin siquiera haber probado un poco de los alimentos.

Eriol conducía concentrado en el camino, Tomoyo se había sumido en su propio mundo, pero era totalmente consciente de que su novio la miraba a cada momento. El letargo que se había apoderado de ella era extraño, lo único que podía hacer era mirar por la ventana viendo el gran número de edificios, de gente, de vida; pasarse por frente a ella.

«Nada de esto está bien», le gritaba su voz interior.

La mirada de Tomoyo se extendió más allá hasta situarse en las montañas.

—Eriol —musitó, provocando que el joven frenara casi de inmediato.

—Dime.

—¿Podrías llevarme a la colina? —le pidió.

—Dios, Tomoyo —soltó esas dos palabras con un insondable lamento, como si ella le hubiese pedido alguna cosa que lo lastimara hondamente—. ¿Quieres ir a ese lugar?

La chica entendió la notoria oposición de él. Y también sentía que era como retroceder al inicio de su relación, al menos eso pensaría ella si él le pidiera ir al bar para tocar el piano de nuevo. Sin embargo, sus planes distaban mucho de retroceder, más bien iba a intentar todo lo contrario.

—Quiero que me acompañes a ese lugar —señaló mirándolo con dulzura—. Hay una cosa que quiero hacer.

—Muy bien —aceptó, evidenciando un cansancio desproporcionado.

Tiempo después estacionó al pie del cerro y ambos bajaron del vehículo.

Eriol repasó una mirada evaluativa sobre la joven.

—¡Por amor a lo más sagrado! No te lo había dicho, pero, ¡qué hermosa te ves! —caminó los pasos hasta situarse frente a ella, su mirada avasallante la recorrió completamente, quedándose en sus pies. Luego lo vio fijar su atención en el camino y sonreír—. Dudo que puedas subir con esos zapatos.

Tomoyo reparó en los tacones que portaba, eran bellísimos, directamente traídos de una fantasía, pero por completo inadecuados para caminar por superficies tan irregulares como las que exponía el camino. Pensaba quitárselos y emprender el rumbo, sin embargo, los fuertes brazos de Eriol la tomaron sin previo aviso.

—Tomaremos un atajo —confidenció.

Tomoyo lo escuchó decir unas palabras que ella no comprendió. Los rodeó un brillo enceguecedor, que la obligó a cubrir sus ojos, en segundos estaban en la cima. Delicadamente él la dejó en el suelo y ella observó el lugar, deambulando un poco.

Cada pequeña cosa que le gustaba del lugar seguía estando allí. Estaba prácticamente igual que la última vez que había ido. Como un eterno recordatorio que algunas cosas prevalecían, mientras otras cambiaban sin que hubiese forma de detenerlas.

—Las vistas siguen siendo preciosas —dijo Eriol, sacándola de sus propios pensamientos, lo encaró para verle. Él no contemplaba la luminosidad de la ciudad en la noche, no, Eriol la apreciaba a ella.

La joven caminó en su dirección, se frenó delante de él. Miró su rostro que le devolvía una expresión entre confusa y temerosa, y al mismo tiempo, cariñosa y comprensiva. El conglomerado de emociones que se reflejaban en su hermoso rostro era tan vasto y, a veces, inconciliable, que Tomoyo pensó que ni un millón de poesías alcanzarían para hacerle justicia a su belleza forastera.

Cerró los ojos un momento para recrear su imagen en sus recuerdos, si tenía suerte sus memorias sí guardarían ese infinito primoroso con fidelidad. Casi inmediatamente, deslizó sus manos alrededor de su cuello, disfrutando como cada centímetro era acariciado por sus dedos; silenciosamente se apretó contra él, desencadenado que Eriol la sostuviera abrazándola.

Él la amaba, ella lo sabía.

Ella lo amaba, él también lo sabía.

Tomoyo subió su rostro y se apoderó de su boca de un movimiento tan rápido, que los fotones de luz se supieron perdedores. Tomoyo lo besó imaginando que nunca más podría hacerlo. La mezcla de sus lenguas era delicada, prácticamente como si deificaran esa unión con la mayor lentitud que eran capaces de aguantar. Entregando todo casi sin moverse, permaneciendo en una quietud que por su hermosura era prácticamente prohibida.

De forma natural esa entrega concluyó, dejando reminiscencias en los labios de la muchacha, en todo su cuerpo y también en la completitud de su ser.

«Te amo, querido», pensó, pero no se lo dijo.

—Quiero darte un regalo —Tomoyo se quitó los zapatos dejándolos olvidados como si no le importaran nada.

—¿Un regalo? —el mago se veía tan aturdido que ella rozó sus labios con sus dedos.

—Sí —se alejó un poco de él—. Lo único que te pediré es que no me interrumpas hasta que no haya acabado, necesito reunir fuerza para esto.

—Tomoyo, no estoy entendiendo nada…

—Ya lo harás, mantente aquí.

Tomoyo se acercó hacia las piedras que siempre la habían soportado en sus anteriores visitas, volvió su vista hacia su novio. Inspiró llenándose del aroma de la noche, de sus secretos. Retornó la vista hacia la ciudad que brillaba, pero no era más bella que las estrellas que reflejaba el cielo.

Finas brisas vinieron a ella, la saludaron envolviéndose a su alrededor y luego continuaron su camino; provocando que las ondas de su cabello danzaran en un baile exótico.

Empezó a tararear una melodía liviana y tranquila.

Llevaba años sin siquiera cantar una canción para otra persona, pero era el momento de regalarle a ese hombre algo que hablara y contara por sí solo cuánto lo amaba. Quería que él supiese que ella iba a hacer lo correcto, aunque doliera. No quería una relación basada en el egoísmo. Quería creer que el amor que se profesaban iba a encontrar la forma de sobrevivir y fortalecerse de esa prueba. Y para esto necesitaba fuerzas, le regalaría a Eriol un recuerdo que esperaba que los acompañara para siempre, para luego liberarlo y darle todo el apoyo que el merecía.

Terminó de canturrear el inicio de la canción, apretó fuerte sus puños y luego se relajó, sonrió antes de que la primera palabra abandonara su boca.

«Que mi mensaje llegue hasta tu corazón, mi muy amado Eriol», pensó antes de vocalizar la primera estrofa.

You were always there to hold my hand (Siempre estuviste allí para tomar mi mano)

When times were hard to understand (Cuando los tiempos eran difíciles de entender)
But now the tides of time have turned (Pero ahora las mareas del tiempo han cambiado)
They keep changing (Siguen cambiando)

Tomoyo miró el cielo, los astros brillaban como en respuesta a este tributo. No se atrevió a mirar a Eriol, temía perder la concentración, le atemorizaba ponerse a llorar y que no pudiese modular ninguna frase más.

Seasons range, but you remained the same (Las estaciones varían, pero tú seguiste igual)
A steady heart, a sun to rain (Un corazón firme, un sol para la lluvia)
You'll be the light that's shining bright (Serás la luz que esté brillando radiante)
High above me (Desde arriba)

Cada verso, cada vocalización conjuraban el recuerdo de Eriol. Admiraba su amable preocupación, su sentido del deber. La forma en que siempre procuraba ser un apoyo incondicional para ella. Eriol significaba tanto para Tomoyo, mucho más que una luz brillante.

Freezing winds were stayed by warming words (Los vientos helados fueron calmados por palabras tibias)
To touch your healing to the hurt (Tocas y curas a los que sufren)
I'll treasure every lesson learned (Guardaré como un tesoro cada lección aprendida)
To the embers (Hasta el fin)

Su mente repasó cada vivencia traumática y cómo ya no dolía, porque de cada una nacía una palabra, una caricia o una preocupación de él. Eriol le devolvió tanto las ganas de vivir y de descubrir que llevaría por siempre su recuerdo cómo lo más valioso que tuvo en la vida.

Seeds of eulogy to sow along with dreams (Semillas de alabanza para sembrar con sueños)
Fill the needs that can leave us grieving alone (Para colmar las necesidades que puedan dejarnos solos lamentándonos)

Frail is our beauty in the end (Endeble es nuestra belleza al final)
But all we count is sentiment (Pero todo lo que tenemos en cuenta es el sentimiento)
A memory stays to guide the way (Un recuerdo se queda para mostrarnos el camino)
and whisper (y susurrarnos)

Al cantar la última frase, sintió el viento susurrarle de verdad, proveerla de gran poder, de colmada resolución. La indescriptible emoción hizo que por breves segundos su canto quedara truncado, casi temeroso de nacer, porque el mensaje era demasiado triste para ser soportado. Y mucho más para ser cantado.

Don't lose sight, don't deny (No pierdan de vista, no nieguen que)

We are leaves meant to fall (Somos hojas destinadas a caer)

Ya no se resistiría. No iba a volver a huir de su destino. Eriol tenía que ver a Kaho y decidir. Ella no iba a impedirle que encontrara su propia paz, aunque esto la excluyera de su futuro. Se llenó de valor y volteó para enfrentar a su único espectador.

Eriol permanecía inmóvil, no se perdía detalle de ella. La canción llegó al clímax, la exigencia vocal fue sorteada casi sin imperfecciones, su propia desesperación condimentaba la interpretación de forma idílica.

A symphony resounding in our minds (Una sinfonía resonando en nuestras mentes)

Guides us through what we knew would come all along (Que nos guía a través de lo que sabíamos que vendría)

Sometimes I feel I don't have the words (A veces siento que no tengo las palabras)
Sometimes I feel I'm not being heard (A veces siento que no me escuchan)

And then I fear I'm feeling nothing more (Y entonces temo no estar sintiendo nada más)

Sometimes I feel I don't want this change (A veces siento que no quiero este cambio)

I think we all have to rearrange (Pienso que todos tenemos que reacomodarnos)
And now I feel there's no one losing more (Y ahora siento que no hay nadie que esté perdiendo más)

El onírico momento fue roto, cuando ella observó a Eriol, su corazón parecía querer escapar por toda la emoción. El horror que reflejó el rostro del mago fue imprevisto, también su lamento.

—No, por favor —el joven caminó los insignificantes metros que los separaban y la arrancó de las rocas que hacían las veces de escenario—. Ya soñé algo parecido a esto antes y me niego —gritó con descontrol—. Me niego a que termine de la misma forma.

Eriol atrapó sus manos y la abrazó, buscando besarla un instante después.

—Eriol, mi amor —musitó ella, separándose de él—. Te pedí que no me interrumpieras —le dijo colmando cada palabra de ternura, verlo así era preocupante.

—Soñé esto antes —él la abrazó con fuerzas—. Tú, la colina, la ropa era la misma, tu canción, yo la recordaba en otro idioma, pero después de eso tú… tú…

—¿Yo? —lo animó Tomoyo.

—Tú me mirabas con profundo dolor y saltabas, todo es tan semejante a ese sueño que no voy a soltarte, Tomoyo.

A la joven se le encogió el alma. Él parecía estar tan intranquilo y temeroso que tiraba una fibra que la conectaba con su lado más débil de todos.

—Tranquilo, eso sólo era un sueño —ella le acarició donde sus manos alcanzaron.

—No me importa —insistió él—. Voy a seguir abrazándote hasta que abandonemos este lugar.

Tomoyo sonrió, ¿acaso pretendía que ese fuera un castigo?

La chica lo abrazó también y disfrutó tanto como pudo cada segundo.

—Cantas precioso —dijo él de improviso—. Fue un regalo tan único. Dudo que alguna vez alguien pueda emocionarme tanto como tú.

Tomoyo cerró los ojos con fuerza, empuñó en sus manos parte de su traje en la espalda.

—Debes ir a ver a Kaho, Eriol —tartamudeó, su voz era palpablemente insegura.

—¿Qué? —cuestionó él con sorpresa.

—No quiero que dejes de hacer lo que crees correcto por miedo a lastimarme —dijo la chica, ante aquel tono incrédulo—. No voy a mentirte y decirte que es una situación que me tiene tranquila, porque no es cierto, amado mío. Tengo un miedo un tanto infantil de que todo lo que tenemos se derrumbe, pero… —la seguridad se diluyó, era más difícil decirlo de lo que creía—, pero no puedo obligarte a no verla. Debes ir.

—Querida —dijo cerca de su oído, generando que a ella la recorriera un escalofrío, Eriol notó esto y se quitó la chaqueta para dejársela a Tomoyo sobre los hombros, para inmediatamente volverla a abrazar. Al parecer, su amenaza que no la soltaría era una muy seria—, esto es una situación que me hace sentir por completo vulnerable. Tampoco sé si estoy listo para ir y entrevistarme con ella —le mencionó, Tomoyo supo que era una confesión que le costaba siquiera pensar, tanto más vocalizar.

—¿También temes que nuestro noviazgo pueda resentirse?

—Lo hago, pero también hay otras razones.

Tomoyo sintió como él descansaba su frente en su hombro y suspiraba lentamente.

—¿Cuáles?

—Tengo la sensación de que algo muy extraño nos está envolviendo, querida. Pero no tengo ninguna prueba.

—¿No crees que eso te da mayores motivos para que la veas?

—Tal vez.

El silencio era roto únicamente por el zumbido de un grillo que parecía cambiar de ubicación a cada segundo, quizás eran más de un grillo.

Tomoyo decidió hablar y dar un salto de fe.

—Desde el momento en que me dijiste lo de la aparición de la profesora Mizuki, he centrado toda la atención en mis propios miedos, Eriol —admitió con algo de vergüenza—, pero no es hasta ahora que comprendo que tus temores deben ser mucho más complejos que los míos, debido a tu posición.

El joven se separó un poco de la chica para mirarla con interés, la observaba con tanta atención como si Tomoyo estuviese a punto de revelar los secretos más escondidos de la vida.

—Me refiero a que sientes que hagas lo que hagas vas a tener que lastimar a alguien, ¿o no es así?

Eriol le sonrió, no era una sonrisa feliz, para nada. Era una sonrisa de aceptación.

—Me gustaría no tener que herir a nadie, pero la vida no funciona así. No todos pueden ser felices siempre —su voz sonaba más sabia que nunca—. Sea lo que sea que ocurra, voy a dañar a alguien que no lo merece y eso arruinara un poco mi alma, Tomoyo.

Tomoyo le abrazó más cerca.

—No te preocupes, Eriol, las personas que te amamos vamos a entenderlo.

—Te amo, Tomoyo. Soy muy feliz a tu lado. Necesito que nunca dudes de eso.

—Yo también, querido, siento lo mismo. Te prometo que no voy a dudar —los dos continuaban abrazados—. Como de bonitas están las estrellas, hubiese deseado tener una manta sobre la cual recostarnos y verlas —musitó luego de un rato, cambiando de tema totalmente a propósito.

Ya estaba cansada de hacerle tanto caso a sus miedos. Estaba con Eriol en ese momento, por lo que iba a disfrutarlo todo lo que le fuera posible.

—Una manta como esta —Eriol le mostró, con una sonrisa, una tela cuadrillé que permanecía doblada pulcramente.

—¡Tienes que dejar de hacer esas cosas! ¡Tu magia se va a gastar! —bromeó ella, sonriéndole.

La carcajada sincera de él la llenó de júbilo.

—Gastaría toda mi magia por hacerte feliz —le devolvió las palabras de manera galante.

Tomoyo se quedó un poco embobada contemplándolo. El no esperó mucho más y la acercó para besarla.

«Oh, sí, voy a aprovechar todo lo que pueda nuestro amor»

En pocos minutos los dos permanecían acostados, observando el cielo. Sus manos se mantenían unidas.

Tomoyo no dejaba de señalar las estrellas, asegurando que había encontrado diversas constelaciones, de variadas formas, cuando realmente sólo veía esa hermosa aleatoriedad. Eriol se mantuvo callado, casi todo el tiempo y tan sólo contestaba que sí veía las cosas que Tomoyo inventaba, ambos sabían que mentían, pero no importaba.

Al pasar una cantidad incierta de tiempo, Tomoyo imitó el comportamiento de Eriol y también guardó silencio. Lo conocía lo suficiente para leer el ambiente, él quería estar tranquilo. Sin notarlo apretó con más fuerza su mano.

—Esta noche iba a ser muy distinta, ¿sabes? —murmuró el joven mago—. Nunca imaginé que íbamos a terminar aquí.

—Yo tampoco —admitió ella con seriedad—. Creo que es la excursión con la ropa más elegante que he hecho alguna vez.

—Tu vestido es bellísimo —Eriol se oía más relajado lo que consiguió animar a Tomoyo.

—Tu traje es… guau… la fantasía de cualquiera—admitió ella, evocando su imagen masculina—. Y ni decir tu peinado. Seguro que, si te pasearas así por alguna fiesta, todas las solteras intentarían ligarte.

—¿Tú lo intentarías? —indagó él, ya sonaba más divertido.

—Por supuesto que no —se hizo la ofendida.

—¿Estás segura?

—Claro, yo tengo novio, señor —ahogó una risa, que no logró ocultar muy bien—. Soy una mujer fiel.

Eriol hizo un sonido raro en el pecho y se lanzó sobre ella.

—¿Así que una mujer fiel, eh? —le preguntó con diversión.

—Completamente —susurró.

—Veré si puedo persuadirla —dijo con voz ronca, a la vez que se incorporaba y le plantaba un beso demandante, que ella por supuesto respondió.

Los actos comenzaron a caldear el ambiente.

Desde algún punto entre que Eriol acarició sus pechos, mientras besaba su cuello y cuando sus manos comenzaron a acariciar sus piernas, Tomoyo simplemente dejó de pensar en pretextos para detenerlo, que siendo muy sincera era una lista vacía de objeciones.

—Tomoyo —gruñó extraviado, recorriendo sus manos por su cuerpo sin ninguna clase de control—. ¿Cómo se saca este vestido? —volvió a rezongar con una mezcla de enfado y premura.

Tomoyo dejo nacer una carcajada sensual.

—¿Por qué debería darte esa información? —le preguntó con coquetería.

—¡Diablos! —lo vio tensar su semblante—. ¡Sabes que voy a quitártelo de todos modos! —le recordó fundiendo de nuevo sus labios con ella—. Necesito verte y sentirte, cariño.

—Es un cierre invisible que está por el costado —le señaló, apuntando el lugar.

—Muy bien.

La joven sin siquiera darse cuenta fue despojada del vestido quedando únicamente en ropa interior, la forma incendiada en que Eriol repasó su apariencia le dijo que ese conjunto tenía su completa aprobación.

El encuentro de ellos fue tan intenso que Tomoyo no sabría a decir cuánto tiempo estuvieron entregándose el uno al otro. Tan sólo se detuvieron cuando el alba se avecinaba.

—Estamos locos, ¿verdad? —le preguntó ella, quien descansaba sobre su pecho, medio tapada por la chaqueta de Eriol.

—Completamente dementes —aseveró él—. Compraste ese conjunto de ropa interior para seducirme —afirmó risueño—. Una vez que lo vi en ti, fue imposible seguir diciéndome por qué era mala idea hacer el amor aquí.

—¿Y te arrepientes? —le consultó ella con cierto escepticismo.

—Claro que no —Eriol entrelazó una de sus manos, besándola con ternura—. Nunca me he arrepentido de ninguna locura que he hecho contigo.

Al cabo de ocho días, Tomoyo estaba en la mansión de Eriol. Miraba como él estaba en el teléfono, ultimando los detalles de su viaje.

Habían sido días en que no se habían separado para nada.

Tomoyo no tuvo problemas en ceder a la petición de él de quedarse en su casa cuando él estuviera de viaje, se lo había pedido el mismo día que amanecieron en la cima de la colina. Ella pidió permiso en la universidad para ausentarse unos cuantos días.

Quería estar disponible para lo que Eriol pudiese necesitar.

En el día se lo pasaron organizando todo: los pasajes, la estadía, el equipaje. En las noches, se la pasaron haciendo desenfrenadamente el amor. Tal parecía que ninguno quería admitir que separarse, aunque sólo fueron unos días les asustaba, por eso aquella pasión desbordada, por ello esa hambre insaciable.

—¿A qué hora sale tu vuelo? —se decidió a preguntar, al parecer lo tenían esperando una respuesta sobre el alquiler del vehículo que utilizaría en Francia.

—En seis horas —le dijo tapando el micrófono del teléfono.

—Ya veo —trató de sonar contenta, pero ese hombre no se creía cualquier sonrisa de ella.

—Ven aquí —le pidió, Tomoyo se dirigió hasta él, quien la beso suavemente en la cabeza—. Ruby y Spinel te cuidarán.

—Pero eso no es necesario… —Eriol le hizo una seña, era obvio que ya le respondían del otro lado de la línea.

Una vez que cortó, volvió su atención a Tomoyo.

—No estaré aquí para protegerte en caso de que algo ocurriera, por eso les pedí que no se separaran de ti, si es que decides salir en mi ausencia.

—Pero, Eriol…

—Por favor, Tomoyo. Hazlo por mí, yo no voy a estar tranquilo de otra manera.

—Está bien —aceptó la chica.

La primera noche que Tomoyo pasó sin Eriol no pudo dormir. Lo había intentado, pero simplemente no podía. Había dado vueltas y vueltas sobre las sabanas sin conseguir adormecerse.

Eriol ya había arribado a Francia, después de todo, era un vuelo de poca duración, un poco más de una hora. La había llamado en cuánto se bajó del avión, prometiendo volver a hacerlo al día siguiente, antes de ver a Kaho.

Tenía una cita programada con la profesora para el mediodía, quien todavía se encontraba internada en el hospital psiquiátrico, en observación. Eriol le había contado que el doctor que vino a verlo recomendaba, que la reunión fuera en las dependencias del establecimiento de salud, porque todavía no era seguro que ella estuviese del todo bien.

Así que ahora observaba el techo sin saber qué cosa hacer para dormir, decidida se levantó y deambuló por la enorme casa.

No quería comer, no podía dormir.

—¿Qué tal si leo algo? —murmuró en voz baja.

Con ganas renovadas dirigió sus pasos al despacho de Eriol, seguro que allí encontraría alguna cosa con la cual pasar el rato. Sigilosamente abrió la puerta y camino dos pasos en la penumbra, dando algunos manotazos hacia la pared con intenciones de encontrar el interruptor, hasta que lo logró y la estancia se vio completamente iluminada.

Tres de las cuatro paredes estaban atestadas de libros, de tantas formas y tamaños que no había mucha armonía en su organización.

—Veamos, veamos —dijo, repasando sus manos sobre los lomos de alguno de ellos.

—¿Qué hace usted aquí?

Tomoyo soltó un grito, antes que comprendiera que se trataba de Spinel.

—¡Oh, por todos los cielos! —la chica se llevó la mano al pecho en un intento de contener sus latidos cardiacos—. Me has asustado —conectó la mirada con su interlocutor, obteniendo a cambio una expresión de desdén que cualquier persona, por muy distraída que fuera, notaría.

—Este lugar tiene libros muy valiosos —señaló con pomposidad—. No debería alguien como usted venir a este lugar.

—¿Alguien como yo? —repitió sin comprender.

—Alguien sin magia —explicó con una seriedad de hierro.

Tomoyo acuarteló esa sensación de sentirse menospreciada, y escondió ese sentimiento de su semblante.

—Creo que esta es la primera vez que cruzas más de cinco palabras conmigo —señaló Tomoyo—. Sé que no te caigo bien, pero nunca he comprendido el porqué.

—No se me permite tener alguna animosidad hacia usted —explicó la creación mágica—. El amo dijo que debía ser educado con la señorita, pero no habló nada sobre que me comportara con simpatía.

—No me gustaría que fingieras cordialidad sino la sientes, creo que eso sería peor, Spinel. A mí me lo único que me gustaría saber es la razón de que no me soportes.

—Prefiero reservármela —respondió enseguida, mirándola con inexpugnable formalismo.

—Está bien —se rindió Tomoyo—. Habrá un libro que pueda leer, no puedo dormir y creí que si leía podría conseguirlo.

—Los que están por allí —indicó a la izquierda—, en el cuarto compartimento, son libros que podría leer sin problemas.

—Oh, ya veo. Gracias, Spinel. Eres muy amable —Tomoyo le sonrió y fue en búsqueda de alguno que lograra gustarle—. Uh, me llevaré este —escogió uno del montón.

Notó la forma en que Spinel trató de fingir desinterés, pero observaba de soslayo qué libro había escogido Tomoyo.

—Utopía, de Tomás Moro —leyó en voz alta con toda intención—. ¿Es bueno? —le preguntó ella quién ya había leído ese libro varias veces.

Los ojos del guardián brillaron.

—La felicidad en ningún lugar —murmuró sin poder ocultar una sonrisa, luego hizo un ademán para poderse recto y se aclaró la garganta—. Es una lectura interesante —mencionó volviendo a su tono un tanto despectivo.

La joven ocultó una sonrisa.

—Gracias, Spinel, Voy a disfrutarlo mucho —le dijo, retirándose del lugar.

Se mantuvo sonriente hasta arribar a la terraza que daba al jardín, la luna estaba en todo su esplendor iluminando las flores y los arbustos que Nakuru cuidaba con tanto esmero. La vista era preciosa, un poco melancólica, quizás. El silencio un aliado indestructible, el cielo un amigo antiguo.

Estaba contenta de haber descubierto el punto débil del pequeño guardián de Eriol, se sintió confiada de que podría llegar a él, siempre y cuando hablaran sobre libros.

La lectura si bien la distraía, no logró hacer que ella fuera a la cama y despejara su mente de Eriol. Por lo que se amaneció con el libro entre sus manos, leyendo y leyendo, hasta que ya muy entrada la madrugada se durmió sosteniendo el texto en su regazo, acomodada en el sofá de la terraza.

—Tomoyo —una voz lejana y amigable se difuminó por su entendimiento—. Tomoyo, despierta.

—Sí, sí, aquí estoy —respondió un poco desorientada.

Se fijó que Nakuru la miraba con una sonrisa.

—El amo está en el teléfono —le dijo mientras le pasaba el aparato a la chica quien despabiló por completo.

—Gracias —la guardiana se retiró con discreción y ella contestó recién en ese momento—. Hola, Eriol.

—Tomoyo —la voz de él la hizo estremecer—. Tuve que llamar al teléfono de la casa, tu móvil sonaba hasta enviarme al buzón.

—Oh, sí, es que se me quedó en la habitación.

Tomoyo rápidamente le explicó toda la situación.

—Con que tampoco pudiste dormir bien —musitó él de forma extraviada—. Para mí también fue una noche muy larga. Extrañaba tener conmigo a alguien que se robara todas mis cobijas, ¿sabes?

El pecho de Tomoyo se oprimió, no supo por qué aquella frase que intentaba ser bromista le causó esa sensación de vulnerabilidad tan descomedida.

—También te extrañé —le dijo desproveyendo su voz de cualquier veta de flaqueza—. ¿Estás nervioso?

—Un poco —admitió, pero Tomoyo sabía que posiblemente se estuviera muriendo de nervios.

—Todo saldrá bien.

—Eso espero, gracias. Tengo que irme, preciosa. Te llamaré en cuánto pueda, ¿de acuerdo?

—Claro… —suspiró— Espera, Eriol.

—¿Sí?

—Te amo.

Tomoyo escuchó como una exhalación inundó la línea.

—Yo también, querida. ¿Estás bien?

—Sí, no pasa nada malo. Llámame en cuanto te sea posible.

—Lo haré. Adiós, nena.

Luego de esa llamada no había tenido nuevas noticias de Eriol.

El primer día creyó que tal vez se debía a que la reunión con la profesora Mizuki había sido más larga de lo previsto, pero ya habían pasado tres largos días en que él no se había comunicado. Tampoco había respondido la cantidad insensata de mensajes que ella misma le había enviado.

Trataba de mantenerse positiva, intentaba explicar las razones que tendría Eriol para no comunicarse. Eran tantas las teorías que algunas de ellas resultaban bastante inverosímiles. Y pese a esto no perdía la fuerza.

«Todo tiene una explicación», se repetía incesantemente. «Sólo espero que no te haya ocurrido nada malo, mi amor»

Al cuarto día y sin haber dormido ni un minuto. Se dirigió a la cocina, necesitaba llenar el jarro con agua, aquel que siempre Adele ponía en su habitación por si se le antojaba algo de beber durante la noche. Necesitaba tomar algunas aspirinas que le quitaran ese dolor de cabeza que parecía no querer abandonarla.

Estaba por entrar a la cocina, cuando escuchó las voces de los guardianes y de Adele. Como una completa indiscreta se quedó quieta escuchando:

—¿Por qué ese maldito niñato no ha llamado? —la voz furiosa de Adele era tan evidente que a Tomoyo se le erizó la piel.

—Tal vez no ha tenido la posibilidad —dijo Nakuru, quien sonaba bastante conciliadora.

—Es sólo una mentada llamada, ¿le cuesta mucho llamar y decir que está bien? No queremos que nos dé el horóscopo o nos lea la suerte. Sólo necesitamos dos palabras: "Estoy bien, Adele".

—Esas son tres palabras —hizo notar Nakuru.

—Da lo mismo, la idea se comprende, ¿no? —refunfuñó la anciana.

—Tal vez no quiere llamar —la intervención de Spinel dejó a las dos mujeres calladas.

Y a Tomoyo sobresaltándose en la entrada.

—¿Por qué no querría? —quiso saber Nakuru—. Seguro que entiende lo preocupada que Tomoyo está y también la inquietud que nos genera a nosotros, no creo que sea algo premeditado.

—RubyMoon, tú eres testigo de la forma en que el amo estaba completamente enamorado de la señorita Kaho. Un amor que fue truncado por un accidente. ¿No crees que tal vez al verla ese sentimiento renació? A mí me parecería lo más lógico. Además, es lo correcto, ambos son personas poderosas, están destinados a permanecer juntos. La señorita Daidouji es sólo una intrusa.

Tomoyo notó claramente como aflojó el agarre que mantenía con el jarrón de vidrio, sin poder hacer nada por detenerlo, observó estupefacta como éste se estrellaba con el suelo y se rompía en millares de trozos.

Con la vista nublada intentó recoger los pedazos más grandes, sus movimientos no eran pensados, tan sólo de forma automática intentaba recogerlos, componerlos, sabiendo que nunca podría repararlos.

—Niña, deja eso —la voz de Adele llegó de algún lugar lejano—. Vas a terminar cortándote.

—Yo, yo, yo lo siento, lo siento —trataba de explicar con la voz hecha jirones—. Lo quebré, lo lamento —su vista permanecía en el suelo, no quería que Adele o los guardianes la vieran así.

—Está bien, es sólo un jarro para el agua —trató de aliviarla RubyMoon, poniendo un mano en su espalda.

Esa muestra de apoyo consiguió romper la barrera que ponía para no llorar, las palabras de Spinel resonaban en su cabeza con frescura. Nadie soporta tanta verdad.

—No, no es sólo un jarro —susurró, poniéndose de pie al fin—. Lo siento, iré a la habitación.

A Tomoyo le pareció una distancia enorme antes de poder atravesar la puerta de la habitación que tantas veces compartió con Eriol.

—¡Oh, Dios! —ahogó un gemido, dejando que sus lágrimas cayeran copiosamente de sus ojos.

Se mantuvo apoyándose en la puerta y llorando en un silencioso descontrol.

Alguien golpeó la puerta.

—Niña, ¿estás bien? —Adele habló desde afuera, su voz que casi siempre era tirante y malhumorada, esta vez sonaba amable y maternal—. Abre la puerta, te hará bien hablar un poco con esta vieja sabia.

Entre las lágrimas Tomoyo atisbó una sonrisa.

—No funciona así para mí, Miss Adele, pero le agradezco su preocupación —habló ella, su voz sonaba tan pastosa que se aclaró la garganta—. Tan sólo necesito estar sola.

Escuchó una palabrota de la anciana mujer y luego una clara amenaza dirigida a Spinel y otra a las partes nobles de Eriol.

—Está bien, niña. Se hará cómo tú quieres —aceptó, luego de todas esas maldiciones—. Estaré cerca por si cambias de opinión.

Tomoyo tomó su móvil una vez más. Y llamó de nuevo a la recepción del hotel. De nuevo la misma respuesta. "El señor no está, ¿quiere dejar un mensaje?". Tomoyo frunció la boca y le dijo a la recepcionista que esa vez no era necesario.

Se mantuvo sentada, apoyándose en la puerta por más de una hora. Ya la pena había emprendido su retirada, ahora quedaba el sentimiento de inseguridad mezclado con enojo, una combinación que siempre hace reaccionar precipitadamente a las personas.

—Ya no tengo nada más que hacer en esta casa —admitió—. Tengo que marcharme.

Mucho después caminaba lentamente hacia su departamento, de su hombro colgaba una bolsa con sus principales pertenencias. Dejó prácticamente toda la ropa que había llevado en las gavetas de esa linda habitación, que por algunos meses sintió como de ella, aunque le perteneciera a Eriol. Lo único que había llevado consigo eran sus documentos, su teléfono y una chamarra de Eriol que ella había decidido que ahora era de su propiedad. Ah, también el libro de Tomás Moro, que también sería de ella de ahí en adelante.

Estaba bastante oscuro cuando cruzó el umbral del edificio.

—Hogar, dulce hogar —mencionó riéndose sin gracia.

Llegó a su departamento que estaba en penumbras, silencioso y desolado. Dejó su bolso al lado de la puerta, lanzándolo sin ninguna clase de cuidado, luego abrió el refrigerador, necesitaba beber algo fresco, ese dolor en su cabeza seguía atormentándola.

—Espero que mañana recién noten que me fui. No estoy de humor para lidiar con nada más hoy.

En la misma oscuridad, se recostó en el sofá y esperó que el sueño la venciera. El problema principal parecía recaer en que su cuerpo podía soportar más de veinticuatro horas sin conciliar el sueño, porque no había atisbos de bostezos siquiera.

Se mantuvo en esa postura por minutos u horas, no estaba del todo segura.

No deseaba seguir sintiéndose triste, ya no quería llorar más. No había encontrado la forma de soportar la espera para que Eriol llamara, antes de las palabras de Spinel esos pensamientos estaban dentro de ella, pero creyó que tal vez era su inseguridad creándolos. Se revitalizaba al recordar todos los momentos que vivió con su novio, no obstante, las vacilaciones eran cada vez más frecuentes. Su esperanza se debilitaba, hasta tal punto que al escuchar a Spinel algo dentro de ella se rompió.

«Me duele», se tocó el pecho. «¿Por qué tuvo que pasar esto?»

Se sobresaltó cuando escuchó golpes en su puerta. Decidió fingir que no se encontraba allí, por lo que no reaccionó. Quienquiera que fuera tendría que largarse por donde vino. Los golpes fueron insistentes y en conjunto con su dolor de cabeza, sabía que si no se detenían iba a enloquecer.

Irritada, caminó los pocos pasos y abrió la puerta de sopetón.

—¡Por mucho que me insistan no voy a regresar! —gritó con rabia y dolor.

—Por supuesto que no vas a regresar. Nunca más.

Tomoyo se quedó inmóvil, con la boca abierta sin ser capaz de gritar siquiera. La tormenta de dolor que atrajo la mirada de la persona que estaba frente a ella, la estaba asfixiando.

Ella retrocedió temerosa, un paso o dos. Cuestión que aprovechó el sujeto para agarrarla con fuerza y adentrarla por completo en el apartamento, cerrando la puerta con el pie.

—¿No vas a saludarme, Tomoyo? —la sonrisa maligna de Takahiro se expandió por toda su cara—. ¿Ni siquiera un abrazo para el hombre de tu vida?

Tomoyo finalmente logró reaccionar y se zafó del agarré que cernía él sobre su brazo, alejándose todo lo posible de Takahiro.

—No eres el hombre de mi vida —aclaró respirando agitadamente—. ¿Qué haces aquí? ¡Tienes que irte!

—¿Qué no es obvio? Voy a llevarte conmigo, Tomoyo. Ya me cansé de participar en este jueguito de las huidas —dijo tranquilo, mientras se acercaba a ella.

—¡Aléjate! —exigió, mirando a su alrededor para buscar algo con lo que defenderse, lo único que consiguió fue un adorno de porcelana alargado que descansaba en el esquinero.

Takahiro siguió avanzando, Tomoyo le hacía frente sosteniendo el adorno entre sus manos, como si se tratara de un cuchillo, que al parecer a su padrastro la escena le pareció de lo más cómica pues se echó a reír.

—Deja de hacer esto, Tomoyo. Sabes que es inútil luchar contra mí.

Su miedo era tan avasallador que se le nubló la vista.

Takahiro la alcanzó, ella trató de golpearlo, pero le arrebató el adorno con una fluidez exasperante. Entre los forcejeos consiguió doblegarla, la abrazó violentamente contra su cuerpo. La repulsión que sintió Tomoyo fue instantánea.

—¡Suéltame, maldita sea! —gritó la chica, completamente desesperada.

—Nunca.

Tomoyo se sentía extremadamente debilitada, tanto física como emocionalmente. Se preguntó incesantemente por qué pasaba algo así en ese momento, parecía como una cruel broma de la vida. Era demasiado feroz como para creer que todo era obra de la casualidad.

Especuló entonces que su padrastro la había observado por meses. ¿Sabría que Eriol no estaba en la ciudad y por eso daba su golpe hasta ahora? Estaba claro que alguien como él jamás podría vencer a Eriol, al fin y al cabo, Takahiro podía reducirla a ella por la desproporción física de fuerzas, pero con Eriol no sería sencillo, más si se tenía en cuenta las habilidades que el inglés contaba para su haber. Aceptó esa explicación y entendió las aprensiones de Eriol para que se mudara provisionalmente a su mansión, allá era muy complicado que algo así llegara a pasarle.

Volvió de sus cavilaciones al sentir la forma que su padrastro comenzaba a acariciarla. Se le heló la sangre, lo que desencadenó que cierta frialdad se apoderara de ella. Nada iba a conseguir si caía en la desesperación. Intentó tranquilizarse y pensar con calma.

—¡Quiero besarte! —gimió el criminal, Tomoyo evadía su rostro de sus innumerables intentos, por lo que él se desesperó, exclamando un sonoro grito de insatisfacción. La soltó para poder sujetar su cara y cumplir con su evidenciado deseo. Fue un minúsculo segundo que ella aprovechó para golpear la entrepierna del sujeto con todas las fuerzas que fue capaz, un rodillazo que incluso a ella misma le generó dolor.

El sujetó se dobló sobre sí mismo y comenzó a quejarse. Tomoyo actuó con rapidez, tomó la misma bolsa que había dejado tirada a la entrada y salió huyendo del departamento. Nunca fue una buena atleta, pero corrió sin descanso, sin mirar atrás ninguna vez.

Se detuvo exhausta en las inmediaciones de un parque, miró en todas direcciones y respiró precipitadamente al no notar a nadie.

Iba a llamar a la casa de Eriol, si le avisaba a Miss Adele o a los guardianes lo que había ocurrido, sabía que iban a ayudarla. Sus manos temblorosas trataron de desbloquear el móvil, pero sólo consiguió que se cayera de sus manos al momento que marcaba a la mansión. Lo iba a recoger, cuando sintió que le tapaban la boca y la inmovilizaban desde atrás.

—No más huidas. ¡Te lo dije! —ladró gritando en su oído, zarandeándola con violencia—. No creas que no vas a pagar por el golpe que me diste.

Ya no tenía más fuerzas para seguir luchando.

—Por lo más sagrado, no sigas haciendo esto —rogó llorando—. Quédate con toda la fortuna, no me importa nada de eso. Tan sólo deja que me vaya.

—Demasiado tarde, Tomoyo. No olvides que me debes una esposa.

Tomoyo lloró más efusivamente, cuando él nombraba a su madre ella no era capaz de argumentar en contra.

Takahiro obligó que Tomoyo caminara, la chica sentía tanta debilidad, pero sabía que si llegaba a desmayarse sería su fin.

—Tengo una linda casa a las afueras de esta horrible ciudad. En unos cuantos días podremos regresar a Japón. Te vas a acostumbrar, trataré de ser paciente.

«Eriol, por favor, ayúdame. ¡Eriol!», rogó en silencio, sabiendo que era una plegaria que él jamás podría oír.

—¿Y mis cosas? Debemos ir por mis cosas —señaló llorando todavía, su espíritu no perdía el horizonte. Mientras más tiempo lograra ganar, más posibilidades había de que alguien pudiese ayudarla—. No podré regresar si no tengo mi pasaporte.

—¿Y dónde está? —cuestionó con interés.

—En mi departamento.

—Bien, mandaré a alguien a que vaya por él. Nosotros nos iremos a casa. Me muero por estar contigo a solas.

Era todo lo que Tomoyo podía resistir, estaba perdiendo el sentido, repentinamente, Takahiro soltó un quejido y cayó, llevándosela a ella en la caída.

Por eternos segundos Tomoyo no logró comprender qué ocurría, lo único que hizo fue alejarse de Takahiro que quedó boca abajo aparentemente desmayado.

—Señorita Daidouji, suba —indicó Spinel que lucía como una enorme pantera de ojos celestes, poniéndose al lado de ella para que Tomoyo lo trepara.

La joven soltó un lamento y su cuerpo se movió por cuenta propia para montarse en el lomo suave y esponjoso de la criatura mágica. Quien emprendió el vuelo en el acto.

—Sujétese bien, por favor —la voz de Spinel en esa apariencia era más grave.

—¡Muchas gracias! —cerró los ojos, se abrazó al cuello de la pantera y lloró desesperadamente, Spinel no mencionó nada, ni por su aparente falta de contención, ni por la transgresión a su espacio personal. La joven sabía que no era adecuado abrazarse de esa forma a Spinel, simplemente no podía detenerse y aparentar, porque en ese instante se sentía como la persona más débil y frágil de la tierra.

Tomoyo miró alrededor de soslayo, vio como RubyMoon estaba parada al lado del canalla y observaba el cuerpo inconsciente de Takahiro, con cierto resentimiento.

Al sentir voces la joven guardiana abrió sus alas de mariposa y voló, uniéndose con ellos.

—No notó nuestra presencia —informó seria—, al golpearlo desde atrás nunca sabrá que lo hicimos nosotros —explicó con el mismo tono. Su dulce voz no era más que un recuerdo, ahora el cabreo era tan notorio que Tomoyo sonrió un poco, para luego seguir llorando en el pelaje de Spinel.

—Llevemos a la señorita a casa, ella no está bien —la voz de Spinel se escuchaba más ronca.

Fue lo último que consiguió registrar Tomoyo, pues poco después experimentó la manera en que todas las fuerzas la abandonaron.

El sopor fue interrumpido por el desagradable aroma del alcohol, que la hizo recobrar el conocimiento. Miró a su alrededor y reconoció la habitación de Eriol de inmediato, ella sentía esa calidez en su cuerpo que le proveía el edredón, una hermosa sensación que fue brutalmente sustituida por el pavor que trajo consigo los recuerdos.

—Niña —Adele estaba al lado suyo, mirándola con bondad—, ¿estás mejor?

La joven la observó. No quería llorar nuevamente, ¡maldición!

—Lo estaré —le aseguró, en su voz se presagiaban las lágrimas que ella quería evitar.

—Te vamos a cuidar, no te preocupes —dijo la anciana con evidente cariño—. Si gustas puede seguir descansando.

Tomoyo asintió repetidamente.

—Muchas gracias, Miss Adele. Nunca podré pagarle todo lo que hace por mí.

La ama de llaves hizo un gesto con la mano y acarició con cariño su cabeza.

—Ni lo menciones.

Antes de retirarse Tomoyo la interrumpió.

—Miss Adele, ¿ha habido noticias de Eriol?

El silencio taciturno de la mujer fue toda la respuesta.

—Pronto llamará, estoy segura.

Tomoyo sólo asintió. Ella ya no lo estaba tanto. Se durmió con el nudo en la garganta, con la certeza de saberse una extraña en esa casa.

A la medianoche se despertó gritando, producto de una pesadilla. Quedó sentada en el lecho de la cama respirando con agitación.

—Señorita Daidouji, ¿se encuentra bien? —le preguntó Spinel sobrevolando delante de su rostro.

Tomoyo se recostó nuevamente, hundiéndose en las almohadas.

—Sólo fue un mal sueño, Spinel —cerró los ojos—. ¿Qué hora es?

—Temprano, sólo ha descansado cuarenta minutos.

—¿Por qué estás durmiendo aquí? —le preguntó encendiendo la lámpara que descansaba sobre la mesita de noche.

—Porque estoy cuidándola —admitió el pequeño.

—Sé que son las órdenes que te dio tu amo, pero no es necesario que las cumplas, yo no voy a decirle nada. De modo que puedes irte, Spinel —Tomoyo le habló con cariño, por mucho que el guardián tuviera algunos reparos en su contra, para ella Spinel era uno de los seres que la habían rescatado, era alguien muy apreciado para Eriol, aunque el mago nunca lo dijera. Por esta y muchas otras razones, no podía tener resentimientos contra él.

—No es sólo por eso.

La criatura se notaba alterada, Tomoyo prestó más atención en él, se acomodó de mejor manera y se sentó en la cama.

—Ofrezco mis más sinceras disculpas —dijo sorprendiendo a la chica—. Sé que mis palabras pudieron causarle daño, no era lo que pretendía. Una cosa es que usted no me guste para mi amo, otra muy diferente es lastimarla como lo hice —mencionó sin quitar la aprensión de su voz—. Realmente debí pensar en la crudeza de mis palabras antes de mencionarlas.

—Tus palabras no son más que una realidad posible —aclaró Tomoyo—. No creas que yo no había pensado en algo así.

—Claro, pero…—Spinel trató de interrumpirla.

—Por supuesto que lo había pensado, pero era más fácil aferrarme a la idea de que todo saldría bien, fingir que esa realidad era una que no pasaría —Tomoyo siguió hablando, dirigió su atención a Spinel, mirándolo sin ocultar nada más—. Amo a Eriol, Spinel. Lo amo y por eso permanezco esperando. Si cuando él regrese, decide que la profesora es con quien desea estar, yo me haré a un lado.

El guardián se quedó mirándola sin ocultar su sorpresa.

—Los humanos son muy raros —murmuró sin caber en su asombro.

—A veces para bien y otras para mal —sonrió, la pena estaba allí, latiendo bajo su piel, pero ya no importaba—. Eriol los ama, lo que haya ocurrido en el pasado no lo hizo feliz a él. Así que dejen de comportarse como lo que no son cuando estén con él —aconsejó Tomoyo.

—Pero el amo nunca nos ha dicho nada de eso.

—Eriol no siempre habla para comunicarse. No sé la historia por completo, Spinel, sin embargo, estoy muy segura que ustedes son muy importantes para él —Tomoyo hizo una pausa—. A mí me gustaría que, si las cosas se ponen difíciles para él, ustedes permanezcan a su lado apoyándolo.

—Y que hará usted si el amo Eriol decide regresar con la señorita Kaho. Usted, ¿a quién tiene para que la apoye?

Tomoyo sonrió, provocando que Spinel se mantuviese serio.

—Tengo a algunas personas que me apoyarían con todo lo que son, pero es peligroso involucrarlas. Pienso que, si Eriol decide terminar nuestra relación, me iría y me las arreglaría en el camino.

—¡Ese sujeto podría atacarla de nuevo! —apuntó sin ocultar los pendientes que eso le provocaba.

—No si desaparezco —aseguró ella, proyectando más seguridad de la que realmente sentía—. El dinero me ayudaría para ese fin. Tengo un fondo reservado si es que tuviese que huir de nuevo —le confesó a la criatura—. Ya sé que Takahiro no ha desistido de llevarme con él, por lo que estoy mejor preparada si es que vuelvo a enfrentármele.

Spinel seguía mirándola como si fuese de otro planeta. De pronto, se puso rígido y miró en dirección a la puerta antes de que esta fuese abierta de forma brusca y violenta.

A contraluz se dejaba ver la silueta de alguien que respiraba profusamente.

—Amo —dijo Spinel, asombrado e igualmente preocupado.

—Eriol —ella dejó nacer su nombre sin siquiera tratar de contenerlo.

El joven mago lucía como si se hubiese encontrado en el mismísimo infierno antes de llegar a ese lugar. Caminó con dificultad hasta llegar a la cama, prácticamente ya perdía la coordinación de sus movimientos. Tomoyo rápidamente se levantó y sostuvo al joven que estaba por caerse.

—Eriol, ¿cómo…? —farfulló Tomoyo, que cambió una mirada de aprensión con Spinel.

Con una fuerza impropia para alguien con la contextura de Tomoyo, se las arregló para lograr acostar a Eriol que cerraba los ojos y respiraba intranquilo.

—Por favor, Spinel, avísale a Nakuru —le pidió al guardián—. También hay que llamar a Adele…

—Claro —el guardián abandonó la estancia apresurado.

Tomoyo no se explicaba la razón de la repentina aparición de Eriol, lo único que la tenía intranquila era su malogrado estado de salud.

—Eriol, ¿qué sucedió? —le preguntó, refugiándose en su pecho un momento.

—Lo siento —se disculpó él tosiendo—, no pude llegar a tiempo. No pude protegerte.

Tanto pesar reflejaba esa confesión que Tomoyo lo acunó con palabras y caricias que buscaban tranquilizarlo. Le rompía verlo en aquel estado, era obvio que algo muy malo había pasado.

—Descuida, cariño. Lo bueno es que regresaste.

—Te amo, Tomoyo —confesó—. Esto es tan doloroso.

—¿Qué te duele?

Eriol abrió los ojos con dificultad, Tomoyo lo miraba de cerca expectante. La mano del lastimado mago recorrió su mejilla con apacibilidad, dejando un murmullo de calidez que la joven aprovechó para inclinarse más cerca.

Tomoyo por esos momentos olvidó el arsenal de preocupaciones, de miedos o de reproches. Y simplemente disfrutó esa atmósfera de intimidad que él había conseguido crear sólo mirándola y tocándola en una caricia tan suave que la hicieron llenarse de emotividad acomedida.

Luego vino un dolor lo hizo quejarse y hundir la cabeza en la almohada, reprimiendo un gruñido que, a juzgar, por la expresión de su cara era una molestia penetrante e insoportable.

—¡Eriol! —lo llamó realmente alterada— ¿Cómo puedo ayudarte?

—Tu mano —gimió él joven mago, mientras a tientas buscaba la de Tomoyo.

La joven hizo todo lo que estuvo de su parte para aliviar el evidente sufrimiento del mago.

Miró alrededor de la habitación, sintiéndose impotente. A simple vista él no tenía lesiones.

Se le ocurrió como única medida hacer una revisión física de Eriol, revisando cabalmente su cuerpo en una inspección que le permitiera establecer si se trataba de lesiones físicas.

Examinó primero su torso, miró con total atención cada centímetro de su pecho y de su estómago, sin notar alguna irregularidad visible, prosiguió palpando sus órganos primordiales en búsqueda de un cambio, de una hinchazón o algo que fuera diferente, prestando también atención en los quejidos que soltaba él, todo parecía estar bien. Luego hizo el mismo procedimiento en sus brazos y manos, también en sus piernas y sus pies; descartando la posibilidad de que tuviese huesos rotos. Desde un punto de vista médico el diagnóstico provisional era que no se encontraron posibles contusiones que explicaran su estado.

—¡Dios mío! Nada de lo que sé puede ayudarte —dijo sintiéndose por completo inútil.

—No importa, esto va a pasar —mugió el con esfuerzo—. Es sólo parte del precio. Por favor, no te preocupes —le pidió él y coló una sonrisa atormentada.

—¿De qué hablas? ¿Qué precio?

Se sobresaltó al escuchar los pasos que se acercaban a la habitación.

—¿Qué demonios significa esto? —cuestionó Adele, quien se acercó rápidamente a la cama para examinar a Eriol.

—No es algo físico, Adele —le informó Tomoyo preocupada—. Posiblemente sea algo relacionado con magia. Hablo sobre un precio…

Al decir eso último el semblante de la anciana se ensombreció.

—¡Demonios! ¡Eres un estúpido! —le recriminó a Eriol, quien le sonrió con algo de impertinencia—. Tomoyo, ve por toallas al cuarto de lavado. Tengo que trabajar para que Eriol pueda dormir esta noche. Ya hice que los guardianes fuesen por los otros artículos.

Tomoyo asintió y fue corriendo a cumplir con el pedido de Adele.

Al regresar la anciana le prohibió la entrada y mencionó que comenzaría una extraña danza ritual con el fin de reestablecer la energía vital de Eriol, para que luego pudiese descansar sin dolor. Tomoyo vio como minutos más tarde los dos guardianes llegaron y se adentraron sin problemas en la estancia; al parecer, la única que no podía estar presente era ella.

«Es porque no tengo magia», llegó a concluir, despreciando sus propias carencias. Hasta ese momento no se había dado cuenta de lo mucho que la separaba de Eriol.

Se quedó fuera de la habitación sentada en el pasillo, dotándose de tanta paciencia como le fue posible reunir.

Al salir los guardianes y la propia Adele, se apuró por ponerse de pie.

—Estará bien —le dijo Adele al notar su expresión angustiada—. Si gustas ya puedes entrar.

No terminaba de procesar esa frase cuando ya estaba dentro de la estancia, observando al joven que se mantenía con los ojos semi abiertos. Caminó hasta situarse a su lado y tomó su mano con completo fervor.

Eriol le sonrió y ella no pudo resistirse por más tiempo y le dio un beso suave pero necesitado.

—Me quedaré contigo esta noche.

Con el correr de los minutos Eriol cayó en un profundo sueño, Tomoyo acariciaba su rostro con completa devoción, con toda la entrega que se conjuraba el nombre del amor que sentía por él. Sin notarlo, ella también fue absorbida por el cansancio y se durmió sobre él, sin siquiera meterse bajo las cobijas o recostarse adecuadamente.

Al despertar lo primero que hizo fue notar que estaba recostada en la cama y tapada por completo. Contempló la escena para ubicarse en la realidad, fue cuando recordó la noche infernal que había tenido.

—Eriol —murmuró para sí misma, a la vez que ponía los pies en el suelo y salía de la habitación.

Al caminar por los pasillos todo estaba extrañamente callado. Nadie estaba en la sala, ni en la cocina. Tampoco en la terraza.

En el siguiente destino fue el despacho de Eriol, escuchó las voces apagadas de los guardianes. Luego una inflexión de voz de Eriol, que la hizo agitarse.

Con golpes ligeros aporreó la puerta, causando que todas las voces se acallaran. Nakuru abrió y Tomoyo se adentró en la sala. Al cruzar miradas con Eriol, su cuerpo actuó por cuenta propia y corrió para abrazarlo, el joven la recibió estrechándola con tanta necesidad como la que exponía ella.

Los demás abandonaron la habitación para darles privacidad.

—¿Por qué? —fue la única pregunta que escapó de sus labios.

Pero necesitaba ser más específica, quería preguntarle: por qué no había llamado, por qué había desaparecido, por qué había regresado en ese estado.

—Pasaron muchas cosas, Tomoyo —dijo él sin quebrar la unión que los seguía manteniendo fusionados.

—¿Qué cosas?

Él guardó silencio, rompió el contacto con ella y le dio la espalda. Repentinamente parecía que estuviese a miles de kilómetros de ella.

—Vi a Kaho, Tomoyo —murmuró con angustia—. Ella me necesita.

—Y yo lo entiendo —trató de apoyarlo ella.

—No, no lo entiendes —Él seguía sin enfrentarla—. Es mucho más complicado.

—Eriol, ¿qué estás tratando de decirme? —cuestionó Tomoyo, dejando que sus sentimientos no interfirieran en aquel diálogo.

—Voy a volver con ella.

La joven tuvo las intenciones de gritar, de hacer un escándalo, pero nada en su cuerpo reaccionaba. Ese frío mustio se expandió bajo sus pies, sintiendo como de a poco la sensación fría se apoderaba de su cuerpo por completo.

—¿La amas? —esa sola pregunta era la que más le importaba que él respondiera.

Eriol asintió dándole la espalda, su semblante se notaba tan tenso que incluso un ligero temblor lo recorría. En cambio, ella no era más que quietud.

—Lo entiendo —masculló ella, el silencio casi ceremonial que mantenía él la hastiaba—. Deseo que puedas encontrar la felicidad verdadera con la señorita Mizuki —le dijo convencida de que en unas horas más esos deseos iban a ser muy diferentes. Sin embargo, quería que la despedida con Eriol fuera civilizada. Vamos que ella también tenía su orgullo.

—Gracias. Puedes quedarte aquí todo el tiempo que quieras —explicó él, sin voltear, parecía que no podía voltear a verla. Ella comprendió que debía ser difícil para él también—. Yo no estaré en casa por algunos días. Sería un alivio si pudieses aceptar la oferta.

—¿Por qué quedarme?

—¡Por qué estoy preocupado por tu seguridad! ¡Tú eres mi…! Dios —aseveró, volteando finalmente para verle la cara, se notaba cansado como nunca antes lo había visto—. Por más que busqué alguna pista de ese hijo de perra no tengo nada, así que, por favor, Tomoyo, quédate en este lugar. Aquí estarás protegida.

¿Con que eso era todo? Sólo se trataba de su seguridad. Quiso tomar a Eriol y agitarlo para que reaccionara y se diera cuenta de la forma en que la dañaban sus palabras. ¿Acaso él no comprendía que quedarse en ese lugar sólo sería quedarse a morir día con día?

—Está bien, me quedaré —le mintió sin ninguna clase de pudor, el joven no se molestó en ocultar su alivio—. Tendré que cambiar de habitación…

—No, esa es tu habitación, yo tomaré otra, de todas formas, mañana me iré.

—Bien —dio medio vuelta para irse—. Que tengas buena vida.

Eriol tomó una de sus manos para detenerla, cuestión que ella hizo, pero no tenía fuerzas para verlo y no romper a llorar.

—Tomoyo —la llamó con una expresión extraña—. Nunca quise hacerte daño.

—Antes o después hay que saber despedirse, Eriol —murmuró ella sin verle—. Agradezco todo el tiempo de felicidad que me diste. Y te libero de todo pesar que puedas sentir ahora. Ya no habrá impedimentos para que alcances tu máxima felicidad.

—Tomoyo, yo… —su voz tan triste le recorrió la espalda.

—Adiós, Eriol.

Mucho antes de que fuera capaz de llegar a su habitación, el dolor la obligó a llorar como una niña perdida. Trató de ser discreta, se duchó para que el ruido que hacía al sufrir de esa forma, fuese amortiguado por las gotas que caían sobre su cuerpo.

«Ahora entiendo cuál era mi peor miedo»

En realidad, siempre lo supo.

Una cuestión era clara: Ya había sucedido el peor escenario para ella. De forma que nada podría lastimarla más.

—Ahora entiendo que pagar por los pecados duele tanto, pero no me arrepiento —confesó mirando al cielo. Hablándole a ese Dios, que quizás nunca la vería—. Sólo permite que él sea feliz.

Miró por última vez la fachada de la mansión de Eriol.

—Antes o después hay que saber despedirse —emprendió la marcha, su destino era tan incierto como el cúmulo de sentimientos encontrados que había en su interior.


N/A: Hola a todos quienes completaron esta maraña de palabras. Vaya cómo aproveche lo despierta que andan las musas últimamente.

Pasó lo que iba a pasar. Tal vez los motivos que llevaron a Eriol a terminar la relación con Tomoyo y volver con Kaho son egoístas. Tal vez no. Yo traté de intencionar más o menos para que ustedes especulen que pasó con nuestro mago favorito al ver a Kaho. Es raro que él volviese con tanta prisa, y malherido, a ayudar a Tomoyo y que luego dijera esa torre que estupideces para acabar su amor. (Sí, hasta yo estoy molesta. ¡Aghh!)

Fue triste escribir la felicidad de ella antes de la cita, era como cuando sabes que a alguien le van a romper el corazón y esa persona está con toda la ilusión, peor no puedes romper su sueño, no hasta que sea el momento. Las reacciones de Tomoyo son las que me parecieron más naturales, primero experimentar miedo por saber que puede ser desplazada e incluso aceptar que Eriol no viera a la que fue su mujer en el pasado, por no querer arriesgarse y luego por medio de sus juicios darle libertad al mago y apoyarlo. Tomoyo es así, no le va eso de sostener una relación con una traba tan grande.

Ella le regala una canción en la colina, ojalá y pudiesen escucharla es muy bella (Tides of time, del grupo Epica). Así se ameniza mejor el ambiente de la escena.

Me gustaron las escenas que tuvo con Spinel. Me gusto escribir sobre Takahiro y cómo Tomoyo consiguió pegarle muy fuerte en sus partes, queda al debe un encuentro de este tipo con Eriol.

Ahora lo que se viene es lo que pasó con Eriol. ¿Ustedes quieren que sea pronto? Pues yo también. Deseo que sea muy pronto. El próximo sábado, o mejor el domingo. Ya veremos.

Como siempre agradezco las lecturas, pero una especial mención a los que comentan, no saben como eso anima a las personas que gastamos nuestro tiempo en crear estas historias. Así que gracias.

Los leeré en los reviews, ya saben quiero enterarme de todo lo que piensan del capítulo.

Au revoir


Respuesta a los reviews:

Schammasch: La sensación de dejarlos ser felices para después destruirlos es una horrorosa. La prueba comenzó a correr sus engranajes y se auguran algunas experiencias que fortalecerá su amor o lo terminará destruyendo. El deseo que tiene Eriol, y la misma Tomoyo, es difícil de trabajar, porque de pronto las escenas vienen a mi cabeza y tampoco quiero exagerar en el recurso de sus encuentros íntimos. Esto último, cómo pudiste leer, no cambió en este capítulo. Ellos siguen deseándose con desespero, cosa que es aderezada, obviamente, por la sensación de pérdida prematura. ¿Tú crees que alguien tirando los hilos desde la oscuridad? Eriol también. Gracias por el apoyo y tus poéticos reviews, los adoro.

Lin Lu Lo Li: Lo siento. También me odié un poco por dejarla en ese punto…Nah, en verdad a mi yo malvado le encantó. Tienes mucha razón en varios puntos. En los capítulos anteriores menciono que realmente Eriol los durmió, porque quería morir, de ahí que su ausencia fuese tan larga. Me encanta que Spinel no tolere a Tomoyo, me gusta porque es el antagonista que se necesita para desencadenar algunas cosas. No sé si piensas que todavía la odie… Que Kaho esté con vida es el gatillante primordial para echar a correr unos planes que parece que permanecen ocultos. Espero que hayas disfrutado este capítulo. Gracias por tu apoyo.

Anilex186: Sí, no es justo y siento todos esos sentimientos de desesperación que pude haber provocado. Las razones de que no sientan a Tomoyo son reservadas aún. Si leíste lo que se deja entrever respecto a la aparición de Kaho explica bastante, pero nos faltan los detalles (en el próximo capítulo). No sé si Tomoyo resultó embarazada, sería algo muy serio se así fuese. Te imaginas: sola, seguida por un violador y embarazada. No, Dios… Ahora me preguntas si Sakura va a aparecer, creo que sí, no sé con qué nivel de protagonismo, porque el que Tomoyo se fuera abre una variante de posibilidades las cuales se pueden explotar. Ya veremos…. Como siempre, gracias por todo Anilex, espero que hayas disfrutado el capítulo.

Arlethe: Esa era la idea xD. Todos quedamos en shock, incluso la yo buena que vive en mi interior. Ya leíste lo que pasó con los dos enamorados. Takahiro es alguien normal que quizás conoció a alguien con poderes…no diré más. Aquí te va la actualización, gracias por tu comentario. Dime qué piensas de este.

Nozomi: Tenía que volver porque algo va a ocurrir. Es probable que el que ellos terminaran juntos, en primer lugar, fuese algo destinado. Así como el que conocieran sus peores versiones. No seas tan duro con Kaho, tiene también su historia detrás que ya iremos conociendo. Por ahora hay que pensar en los dos protagonistas donde cada uno va a tener que pasar por situaciones antes de ser felices por completo. Gracias por tu review. Traté de no tardar.

Sul Ad Astral: Gracias por tus palabras respecto a la lectura. Sí, era muy obvio que Tomoyo fue violada, lo peor es que ocurrió en un momento de su vida donde todo se estaba desmoronando. Fue triste saber que Eriol iba a dar el paso definitivo con Tomoyo y vino su ex desde lo profundo del pasado a revolver las cosas. Ya viste qué pasó, no fue lindo, posiblemente Eriol sea a quién más odiemos ahora, pero todo obedece a un porqué. Gracias por el apoyo que me brindas, estaré ansiosa por leer tus percepciones de este capítulo.

Tanya: Es verdad, es complicado de retratar todo ese dolor, de esa vulnerabilidad sin contagiarte un poco de aquella opresión que nace desde lo profundo de lo que somos. Tomoyo pasó por tanto y cuando todo empezaba a encajar viene este sacudón. Tengo la fe suficiente para que Tomoyo pueda enfrentar lo duro que se le viene, hay algunas sorpresas que la harán fortalecerse (eso espero). Incluso a quién más débil veo es a Eriol, ya sabes que la decisión que tomó es muy complicada, quiero creer que hay algo que no sabemos. Tengo que aclarar que Kaho no tuvo ningún hijo, ni tampoco Eriol. Al inicio Kaho ve al hijo de otra mujer y se admira por la capacidad es ésta para tranquilizar al infante. Ahora Tomoyo embarazada, ¿quién puede saberlo? Eran bastante fogosos y no sé si siempre procuraban tomar las precauciones del caso. En el regreso de Kaho hay más cosas, pienso que también en las actitudes de Eriol. Algo no termina de cuadrar. Me gustó mucho que te tomaras el tiempo para comentar, eso me anima. Así que gracias. Espero leerte pronto.

Guest: Lo siento. Tienes razón en que enfrentar una situación como la de nuestros protagonistas es un completo asco, pero así de sorpresiva es la vida. Ya sabremos el porqué del regreso de Kaho.

Yektenya: Gracias, hubo mucha información en ese capítulo. Sí, todo es demasiada coincidencia para dejarla pasar por alto. Siento que hay alguien moviendo los hilos desde atrás. Takahiro no tiene magia, al menos no directamente. Será complicado que Tomoyo permanezca de una sola pieza, pero igual le tengo mucha fe a que pueda fortalecerse y sorprendernos. Eriol va a sufrir, ya está sufriendo y será culpado por todo, incluso por él mismo. Aún hay mucho por descubrir, llevas la razón en eso. Gracias por tu comentario, te espero en este también.

Pepsipez: Pero, ¿Y si no estaban muertos? Y sí Kaho está viva, ¿crueldad? Sí, la peor de todas. En un momento me tentó la idea de que fuera una trampa y que en verdad la profesora no estuviese con vida, peeeeero era muy fácil y arruinaba los otros planes que hay para capítulos futuros. Es por tu comentario que ya imaginé la escena donde Eriol le dé su merecido al perro de Takahiro, en este capítulo era inadmisible, no había cómo hacerlo encajar, porque el mago no alcanza a llegar. Ya veremos lo que él tuvo que pasar para arribar hasta donde Tomoyo. Gracias por tu apoyo. Te leo pronto.

Cata06: Sí y no. Se fue todo a las pailas (no sé si se entienda este modismo de mi país), pero hay mucho más detrás de las cosas que pasaron. Gracias por comentar.

Lizy-Michaellis: Debe ser una sensación unánime: Tanto para que quede en nada. No sé cómo percibiste el capítulo, pero Eriol sí "elige" a Tomoyo, la cuestión es el regreso. ¿Qué sucedió para que cambiara de opinión tan súbitamente? Hubo muchas lágrimas, tuviste razón, tal vez si las cuestiones se aclaran puedan nuestros protagonistas alcanzar la felicidad.

Michelle: ¿Amante del Lemon? Jeje yo tengo que reprimirme para no ponerlo demasiado y tan sólo intencionarlo. Esta pareja, además, es bastante ¿entregada? Así que cuesta un poco mantener un equilibrio. Claro, si Kaho hubiese aparecido antes de que ellos se enamoraran hasta globos y serpentinas hubiésemos arrojado, pero en este contexto resulta algo que descoloca a cualquiera. Reí con tu alegoría del descafeinado super-mega-especial y el late vainilla; y es así, si pruebas otra cosa que también te gusta por qué evitarlo. Aunque en este caso es más complicado porque involucra a personas que sufrirán sea cual sea la elección de Eriol, que como vimos fue Kaho, aunqueeeeee, algo hay ahí. Mira que nos leímos en una semana de 6 días, es todo un logro. Jeje. Saludos y espero leerte pronto.

Heyool: Pues muchísimas gracias, cuanto gusto leer eso. Cuando comencé a trabajar este concepto, lo que menos quería era tener personajes perfectos. No, los necesitaba rotos y hundidos, pero al mismo tiempo dispuestos a vivir, aunque no fuesen muy conscientes de ello. Hubiese querido que Kaho no estuviese viva y fuera sólo una trampa de Takahiro, pero no. Como bien dices, esto no es más que una prueba, algo que sólo es el inicio de un plan que no ha sido develado. Abrazos, te leo pronto.