Capítulo X "Hilos envolventes"

Dejarla en casa resultaba una prueba que no creyó tan difícil de sortear como lo estaba siendo. Los ojos de Tomoyo, a su partida, expresaban lo que su lenguaje corporal se esmeraba en encubrir. Esa mezcla entre confianza y temor que ella proyectaba, en el aeropuerto, tenía a Eriol envuelto en una esfera de férrea necesidad por volver con ella y estrecharla entre sus brazos. Tan sólo necesitaba contemplar su belleza hipnótica y dejarse arrastrar hacia el refugio que siempre le ofrecía su sonrisa.

Tal vez, cuando volviese a su lado, ella le contaría alguna cosa que lo hiciera reír. Ansiaba oírle comentar sobre una locura que hizo y que no resultó como esperaba. Anhelaba contrariarla en alguna cosa, sólo para que ella lo hiciera tragarse sus palabras, porque esa muchacha tenía una capacidad tan eminente para siempre darle una vuelta a sus argumentos, que era como una bendita adicción.

—Tomoyo —sonrió al saborear su nombre.

Cerró sus ojos, evocando su silueta preciosa. Su mente lo llevó también a rememorar la sonrisa somnolienta que decoraba sus labios, cuando se quedó dormida en su pecho la noche anterior, extendiendo su cabello de ébano por la blanca sabana con un contraste que se le había tatuado en lo más recóndito de sus recuerdos para el resto de lo que le quedara de vida.

Tomoyo era la mujer que amaba más que a todo en el mundo. ¡Dios, estaba loco por ella! Por lo que los esfuerzos de la chica por hacerse la fuerte, por aparentar que nada de eso le dolía o le preocupaba más allá de lo evidente, era un bálsamo para sus propios nervios. Uno que sentía que no merecía. ¿No debería él estar proveyéndola de seguridad y no al revés?

Mientras el avión empezaba el despegue se le revolvió un poco el estómago, desviando su atención de sus recuerdos que tenían el sello de Tomoyo y enfocándose en la realidad de la cual su cerebro había intentado rehuir, recayendo por primera vez de forma intencionada en su inminente reunión con Kaho. Ya sentía en su ser completo que las próximas horas serían muy difíciles de llevar.

No tenía un elaborado plan para enfrentar a su ex novia. Había imaginado las muchas formas en que sería el encuentro con Kaho, sin decidirse por ninguna. Cuando pensaba en lo que le diría su mente se iba a negro sin lograr armar algo coherente.

Todavía le costaba trabajo creer que ella estuviera con vida.

¡Era un milagro!

Uno que lo tenía con sentimientos encontrados. No es que no le alegrara que estuviese con vida, por supuesto que en el fondo eso le complacía, pero ese sentimiento tan propio de una persona buena era corrompido por la confusión que generaba su aparición.

¿Cómo iba a decirle que a más de dos años de su presunta muerte él había encontrado una mujer maravillosa a la cual amaba con recelosa demanda, a la cual deseaba desposar a la brevedad posible, porque no concebía la idea de vivir un día más sin despertar con ella?

La respuesta a esa pregunta lo evadía como lo haría un siervo de un tigre, escondiéndose de él en el vaporoso y nutrido follaje de confusiones, culpas y contradicciones.

Sabía que debería encontrar la manera de decírselo correctamente, aunque por el momento, esa sabiduría se escondía en alguna parte sin dejarse ver.

El vuelo acabó demasiado pronto, estaba tan enmarañado en sus reflexiones, que se sobresaltó cuando solicitaron que todos amarraran sus cinturones para el aterrizaje.

Al pisar tierra lo primero que hizo fue llamar a Tomoyo. No se perdió el largo suspiro que ella soltó al comunicarle que el viaje se había desenvuelto sin mayores contratiempos. Hablaron unos cuantos minutos, pero al cortar él seguía echándola de menos, incluso más que antes.

Quiso dormir en cuanto llegó a la habitación del hotel, tan sólo que no podía hacerlo. Extrañaba a Tomoyo. Pensó en llamarla para charlar un poco, para saberla un tanto más cerca, pero era bastante tarde y seguro ella dormía. Se obligó a esperar a la mañana siguiente.

Luego de llamarla, supo que ella también había tenido problemas para dormir.

La sintió insegura al despedirse, como si estuviese con el ánimo cabizbajo.

«Te amo», le susurró tan delicadamente que su ser entero vibró.

«Yo también, querida», respondió él al mismo instante.

Al preguntarle si se encontraba bien, ella lo tranquilizó o al menos lo intentó, porque honestamente Eriol quedó muy preocupado.

«¡Nada de esto está siendo sencillo para ninguno de los dos!», llegó a concluir luego de que le prometiera a su amada que la llamaría en cuánto le fuera posible.

Y pensó para sí mismo que regresaría esa misma tarde, no quería soportar no ver a Tomoyo por más tiempo. Si debía volver a Francia para ayudar a Kaho, lo haría, pero no iba a volver a dejar a Tomoyo una noche más.

Con ayuda del GPS llegó hasta las afueras del Hospital de la Pitié-Salpêtrière, con exactos treinta minutos de adelanto. Su alma arquitectónica no se pudo resistir a mirar con más que admiración la construcción que estaba frente a él. Era un edificio que databa del siglo XIV, Una robusta edificación de dimensiones importantes, emplazado frente a la plaza Marie Curie. Si se miraba desde el frente se podía apreciar la perfecta simetría, la entrada que se dividía en tres enormes arcos, para que tras la fachada principal se dejara nacer la cúpula que contenía una torre que era adornada por un reloj antiquísimo en su cima. Una magnífica obra que cualquiera que no lo conociera creería que se trataba del frontis de un museo, por todo el decorado exquisito que suponía hasta para el ojo más inexperto.

La hora pactada llegó, se adentró en aquel maravilloso hospital, dirigiendo sus pasos hacia el ala de la salud mental. Estaba a buena hora esperando ser atendido por el doctor Pierre Fourneau, el mismo que lo había visitado días atrás.

—Señor Hiragizawa —lo saludó el mencionado médico, estrechando su mano y luego abrazándolo como si fueran viejos amigos. Sus formas efusivas y amistosas de comportarse eran un tanto cargantes para Eriol.

—Doctor Fourneau —dijo él recomponiendo su semblante, luego de aquella afrenta a su espacio personal—, es un gusto volver a verlo.

El médico sonrió.

—Vamos, seguro que la señorita Mizuki querrá verlo cuanto antes. Ha estado un poco… que digo un poco, más bien bastante emocionada desde que supo que usted vendría.

El joven mago pudo experimentar claramente como aquella declaración agregaba unos cuantos kilogramos a la preocupación y ansiedad que ya llevaba con él.

Caminaron por los pasillos del tercer piso, deteniéndose frente a la habitación que exponía el número 311. Pierre se aclaró la garganta con más énfasis del necesario.

—Es importante que ella no se exalte. Nada de emociones fuertes. De ser posible evite todo tema que pueda causarle alteraciones a su calma —recalcó—. No es bueno que ella se exacerbe más allá de lo esperado.

—Entiendo —todo en Eriol era reserva, sentía mentir tan descaradamente, pero estaba seguro que el tema que debía tratar con ella era exactamente lo opuesto a lo que el médico le pedía—. Seré lo más cuidadoso posible.

El doctor Fourneau movió su cabeza en una afirmación, para enseguida pedir al enfermero, que los había escoltado dos pasos por detrás durante toda su estadía en el área restringida, que abriera la puerta. El hombre en cuestión se dispuso a buscar en el enorme y caótico manojo de llaves, aquella que lograba abrir la que encerraba a Kaho.

Al mirar esa puerta, una visión acudió a él llevándolo a un trance totalmente involuntario, el sentimiento era diferente; más que la ansiedad y el nerviosismo que lo invadía hace sólo unas milésimas de segundos, Eriol podía identificar otras emociones muy diferentes y contrapuestas: alivio y miedo. Era como si el Eriol que experimentaba esa realidad deseara con todo su ser llegar a hacerse con lo que fuera que se ocultara tras esa puerta y experimentara una alerta porque temía que eso estuviese destruido. Pero, ¿qué era eso?

—Señor Hiragizawa, ¿se encuentra bien? —la voz de Pierre lo despojó de aquella visión tan extraña, devolviéndolo al presente con una velocidad apabullante. El doctor lo escaneó con una mirada suspicaz.

—Sí, no es nada.

Eriol cambió una mirada incómoda con el enfermero, quien ya tenía la llave puesta en la chapa y pareciese que sólo esperara que él estuviese completamente preparado.

—Si llega a necesitar algo, estaremos aquí afuera —le informó Pierre en inglés con su acento tan marcado.

La puerta se abrió ampliamente. La luz que vino le sorprendió un poco, encandilándolo. Esperaba que la habitación fuese sombría y desagradable, al menos de esa forma la había proyectado hasta ese momento, pero se encontró con algo tan diferente que rayaba en lo contradictorio. La habitación era simple, pero bastante iluminada. Incluso llena de buena energía.

No siguió reparando en las características del lugar porque sus ojos se encontraron con los de la mujer que por tanto tiempo amó. Sin duda era ella, delante de él, recostada en la cama.

—Ka…Kaho —su voz estaba tan desprovista de intensidad, que sintió que sólo lo dijo en su cabeza.

La mujer le sonrió, Eriol notó inmediatamente que esa sonrisa no se parecía a ninguna que le hubiese visto antes, parecía que un velo siniestro estuviera tenuemente sobre ella, o más precisamente en ella.

—Nunca creí que iba a llegar este momento —le dijo la pelirroja, quién estiró las manos en dirección al mago.

El joven desde la distancia la contempló.

Definitivamente algo no estaba bien con Kaho. Algo era diferente y un poco turbio. Su pecho se comprimió como si de pronto le hubiese caído un yunque desde metros de altura. Todo su ser rechazó permanecer en esa habitación, y esto lo llevó a cuestionarse las razones que podrían haber escondidas en esa reacción.

«El cuerpo recuerda lo que la mente olvida», esa frase llegó desde alguna parte.

—Amor mío —insistió Kaho, colando algo de desesperación en su voz que por momentos se desvirtuaba—. Por favor, ven conmigo —suplicó con desesperación, empezando a parecer más y más fuera de lugar.

El mago notó como el aura de la profesora empezó a crecer con demasiada rapidez. Lo preocupante no era ese estallido de energía vital, más bien era la intencionalidad que se vaticinaba entre las brumosas densidades que la componían.

—Kaho, el médico dijo que si no permanecías tranquila tendría que marcharme —le advirtió y su voz salió más dura de lo que realmente pretendía.

—Sí, lo siento —ella se concentró en respirar pausadamente, poniendo todo su esfuerzo en serenar su semblante.

Su aura también fue cediendo a la calma, con ello la oscuridad retrocedió ocultándose entre lo invisible, aunque el mago podía sentir cómo estos sentimientos tan podridos se movían entre las sombras.

—¿Qué te sucedió, Kaho? —le preguntó.

—¿A qué te refieres específicamente? Hay muchas cosas que me sucedieron.

Eriol caminó los pasos que los separaban, tomó una silla que reposaba lejos de la cama, acercándola para charlar con ella.

—No te hace feliz que esté con vida —afirmó colmando su expresión de melancolía.

—No es eso, Kaho —se apresuró en aclarar Eriol, esa faceta tan entristecida en la mujer, no le gustaba para nada, de modo que respiró para relajarse y suavizar sus modos para que Kaho no sintiera toda la displicencia que se colaba cada vez que le hablaba, aunque culpaba de esto último a lo maligno que acechaba desde las sombras—. Únicamente que esto me resulta muy extraño. Tu avión se estrelló y se extravió en el mar…

—Sí, lo hizo.

—¿Y cómo es posible que estés aquí conmigo? —cuestionó él sin ocultar su sospecha—. Por mucha magia que seamos capaces de utilizar, tenemos nuestras limitaciones. Tu no tenías suficiente poder para impedir el accidente, tampoco para salir indemne. Dime qué fue lo que pasó.

La profesora se sentó en posición fetal, y tapó su rostro del escrutinio de Eriol.

—Hice un trato para poder salvarme —soltó finalmente.

—¿Un trato? ¿Qué clase de trato, Kaho? Tú y yo sabemos que es muy peligroso ir en contra de los designios del destino.

Eriol se puso de pie, llevándose la mano a la cabeza. Su cerebro estaba siendo recargado por las implicaciones de esta información. Él mismo lo había intentado, sin tener éxito. Claro, al estar Kaho viva, no hacía viable traerla a este mundo si ya permanecía en él.

—¡Por supuesto que lo sé! —vociferó con horror—. Pero en ese momento lo único que deseaba era volver a verte… Tal vez debí dejar que la muerte viniera por mí.

Eriol se conmovió.

—No digas eso —dejó su mano sobre la cabeza de Kaho por un instante fugaz—. No comprendo lo difícil que ha sido para ti todo esto, lamento estar siendo tan cruel. Cuéntame todo desde el principio.

Kaho asintió, sin borrar de su rostro ese taciturno sentimiento.

—El avión estaba cayendo, todos los que estábamos allí sabíamos que íbamos a morir —la profesora se acarició los brazos como si sintiera frío—. En un momento intrascendente todo se desaceleró, hasta quedar completamente detenido. Miré en todas direcciones y las expresiones aterrorizadas de las personas aún las recuerdo con detalle. Todavía me sobrecoge la consciencia no haber podido hacer algo más que verlos morir —murmuró casi sin energía.

El joven mago no se contuvo más, volvió a sentarse cerca de ella y tomó sus manos en una muda señal de apoyo. La profesora lo miró y sus ojos cristalinos por el llanto le agradecieron en silencio.

—¿Qué pasó después?

—Por esos momentos no entendí qué ocurría, incluso llegué a pensar que tú eras quien estaba tras ese acontecimiento —soltó una risa sardónica—. Luego una voz resonó en mi cabeza: "Si quieres volver a ver a tu novio, yo puedo cumplir ese deseo", me dijo —hizo una larga pausa, como si le costara trabajo ordenar sus ideas—. Y… acepté.

—¿Sabes con quién hiciste el trato?

La pelirroja movió la cabeza negando el hecho.

Eriol tensó la quijada, maldiciendo para sus adentros. ¿En qué cabeza cabía realizar algo tan peligroso sin saber quién estaba del otro lado?

—No, hasta hoy no lo sé.

—¿Cuál fue el precio?

—Mil días. No podría volver hasta que se cumpliera ese plazo. Pensé que podrías esperarme por esa cantidad de tiempo, de verdad lo creí.

Ella permaneció rígida, sin decir nada más.

Eriol, en su propio fuero interno, batallaba por permanecer racional, pero nada podía prepararlo para saber que en el fondo le falló a la persona que confió que él la esperaría. Es cierto que quizás si el mago hubiese sabido esa verdad se habría aferrado al sentimiento que experimentaba por Kaho, pero las cosas cambiaron. Todo cambió. No podía obviar que se había enamorado de Tomoyo y por amarla de la forma en que lo hacía, se sentía un gran traidor con Kaho.

Cortó el lazo con la profesora y se acercó a la ventana, que daba a un callejón de servicio estrecho y grisáceo. Respiró profundamente tratando de no colapsar frente a la mujer. Debía enfocarse, obtener mayor información.

—Te encontraron hace más de dos años —señaló, ignorando la culpa que le sonreía macabramente desde la mirada perdida de Kaho.

—No, Eriol, encontraron mi cuerpo hace más de dos años. Yo no estaba aquí con mi cuerpo, esto —señaló su propio pecho—, esto no era más que una cáscara vacía.

—Mil días —dijo el mago pareciendo perdido.

—No fueron mil con exactitud, fueron novecientos setenta y tres —aclaró ella—. No sé la verdadera razón para que se me liberara antes del período que debía cumplir.

—¿Tienes recuerdos de ese tiempo? Si no estabas donde se encontraba tu cuerpo, ¿tu consciencia tenía presencia en otro sitio?

—No sé en qué lugar se encontraba mi alma, pero no era un territorio bonito. Durante todo ese tiempo fue como estar en el infierno —Kaho miró sus manos con desesperación y asco—. Cometí actos bárbaros contra otros. Otros los cometieron contra mí. Esa voz me lo advirtió, pero pensé que sería lo suficientemente fuerte para soportarlo. Lo único que me mantenía día a día era saber que te vería al final del camino.

Eriol, que ya comenzaba a recuperarse de sus propios demonios que lo llevaban a sentirse traicionero; fue acribillado por esas palabras, un enorme sentimiento de culpa lo abordó, haciéndolo sentir devastado. A qué clase de ser le agradaría tanto la truculencia para jugar así con la vida de las personas. Eso era maldad en su estado más puro.

El amor era un sentimiento que podía ser utilizado con fines tan sórdidos.

La furia que lo llenó después contra quienquiera que estuvo tras todo este embrollo lo cegó por completo.

¡Aprovecharse de los sentimientos de las personas para ponerlas en un tablero de ajedrez morboso era simplemente perversidad!

—Aunque de nada sirvió, tú ya no sientes lo mismo por mí, eso ni siquiera debes decírmelo porque es muy claro —la voz de Kaho se extendió por la habitación sin ninguna pretensión de reprocharle algo—. Todas las veces que imaginé que te veía de nuevo, tú me sonreías.

El mago sin intentarlo se vio inmerso en un mar de insoportable responsabilidad por la pelirroja.

¿De qué forma podría salir de ese espacio compuesto por recriminación auto-creada que se cerraba sobre él al saber todo lo que Kaho tuvo que soportar, mientras él volvió a conocer las dichas de la vida con su amada Tomoyo?

¿Cómo siquiera iba a poder mirarla a la cara y decírselo?

Movió la cabeza negativamente para despejar ese nubarrón que le cerraba la garganta y poder entregarle a Kaho la verdad. Aunque fuese dura, ni ella, ni él, ni mucho menos Tomoyo merecían faltar a esa verdad.

Los devenires de los acontecimientos forjaron crueles cambios y todos, de una forma u otra, tendrían que cargar con las consecuencias.

—Ya no puedo ofrecerte amor, Kaho —sostuvo contemplándola con tanta sinceridad compartiendo ese propósito con el pensamiento de Tomoyo en su mente—. Lo lamento.

—No éramos almas predestinadas, después de todo.

—Te amé, Kaho, créeme —volvió a sentarse frente a ella, y la miró directamente— Lloré tu muerte por mucho tiempo. Cometí locuras porque me negaba a dejarte ir, pero mis sentimientos cambiaron —Eriol tomó una de sus manos—. Lo que sí puedo ofrecerte es protección, apoyo financiero y el cariño de una persona que dejó de amarte como una pareja, pero a la cual le importas.

—¿No te parece cruel ofrecerme amistad cuando sabes que te amo?

El agujero en el pecho de Eriol se hizo más profundo. Bajó la vista avergonzado. Penitente de una crueldad que ella no se merecía.

—Te ofrezco disculpas. Si no quieres mi amistad, también voy a entenderlo.

Nuevamente el aire fue cortado por algo malévolo. Eriol se alejó de Kaho por mero instinto.

—Todo esto lo hice por ti, no es justo que me des la espalda ahora —la mujer ocultaba su rostro, pero las palabras que emitía tenían una furia que, la Kaho que Eriol recordaba, jamás había expuesto.

—Tienes razón, Kaho, no es justo. Pero no voy a mentirte —inspiró para darle fuerza a su convicción—. No mereces que lo haga.

Ella soltó unos cuantos quejidos y luego su aura descontrolada inundó la completitud de la habitación.

—Eriol, es mejor que te marches, no puedo seguir conteniéndome, así que vete. No quiero volver a verte —advirtió la voz rencorosa de la profesora—. ¡Vete ahora!

El mago la observó desde la puerta, viendo como ella seguía cubriéndose de su escrutinio, pero en último momento se incorporó para verlo con rencor.

—Lo siento, Kaho —le confesó, experimentando una pena profunda.

La vida resultaba cruel con las personas a veces.

Al salir de la habitación el médico sonreía a una de las enfermeras de manera respetuosamente coqueta. Nada más fijar su atención en el inglés, dejó de hacerse el galán frente a la profesional y fue en búsqueda del mago.

Eriol percibía las tripas revueltas. La forma en que le habló Kaho al último momento le daba escalofríos. Ella no era así. Nunca la vio tener una expresión como aquella. La maldad y el odio tallaba cada una de sus facciones.

—¿Y qué tal fue todo? —el tono jovial de Pierre lo distrajo.

—Creo que no muy bien. Ella no quiere verme de nuevo

Lo vio meditar un poco antes de abrir la boca.

—Es natural en su caso.

—De todas formas, quisiera apoyarla de algún modo. Si ella necesita algo, cuente conmigo.

El doctor Fourneau afirmó que lo haría si se llegaba a requerir.

Eriol abandonó el hospital sintiendo un desgaste emocional y energético sustancial. Las cosas resultaron peor a como las esperaba. Había lastimado a Kaho y él sabía que no había una manera de resarcir ese dolor. Si a él le dolía, no podía dimensionar cuánto sufría la propia Kaho.

Además, lo tenía preocupado aquel trato que ella había pactado.

Ya iba a averiguar qué o quién había tramado esos hechos. Tantas interrogantes se difuminaban por su cerebro que no sabía siquiera cuál de ellas podría responder en un futuro cercano.

Ahora en todo lo que podía pensar era en llamar a Tomoyo, quería escucharla y confesarle que era un desgraciado que le había roto el corazón a Kaho.

Se dirigía al auto rentado, cuando repentinamente fue llamado por alguien.

—¡Descendiente de Clow!

El joven volteó y vio la silueta de Kaho.

—¡Kaho! —gritó—. ¿Cómo es que lograste salir?

Los ojos de ella eran cubiertos por su pelirroja cabellera y su postura una amenaza en su misma esencia. De forma que sus instintos de protección se despertaron, pero fue demasiado tarde.

La sombra de Kaho comenzó a crecer y a alargarse en todas las direcciones de forma inconmensurable y rápida, viajó tan de prisa conformando una esfera, que terminó envolviéndolos por completo. Como si fuese una jaula de colores oscuros pero resplandecientes de una manera poco contradictoria.

El joven mago comprendió que estaban siendo transportados a algún otro sitio, quizás a otra realidad. Pese a sus esfuerzos no encontró la forma de contrarrestar el hechizo que los tenía atrapados en esa vorágine de oscuridad y movimiento.

En poco tiempo la oscuridad cedió, dándose cuenta que efectivamente ya no se encontraban a las afueras del hospital. La negra elasticidad que los envolvía se retrajo sobre sí misma y desapareció en la sombra del cuerpo de Kaho. Estaba muy seguro que ni siquiera se hallaban en alguna parte del planeta tierra.

—Kaho, ¿qué es todo esto?

—Esa maldita mujer no sirvió para nada —la voz desvirtuada que emanaba desde el cuerpo de Kaho le dio toda la razón a Eriol para creer que hablaba con alguien diferente que se había apoderado del cuerpo de la profesora.

Dio un vistazo al lugar, develando un paraje que en sí mismo era de una belleza serena y simple. Eriol notó que ambos se encontraban en un inmenso lago que cubría con agua hasta sus rodillas. Esta masa de agua era de dimensiones importantes porque se extendía en todas direcciones, hasta todos los lugares que alcanzaba a notar su vista, sólo había agua. Ninguna roca, ninguna irregularidad, sólo agua. El contraste más importante, más bien el único, lo ofrecía el cielo que poseía un color lila precioso que indudablemente llevó a Eriol a convocar en sus pensamientos los ojos de Tomoyo, este cielo no tenía ninguna nube en absoluto, tampoco había un sol que explicara porque parecía ser de día, pero todo estaba claro.

—¿Quién eres tú? ¿Dónde nos has traído? —Eriol hacía ya los patrones para liberar su poder y acceder al báculo.

La risa malévola y modificada fue toda su respuesta. El mago observó el destello implacable que llenaron la presencia del cuerpo de Kaho, también notó la exuberancia del color que ahora poseían sus ojos, ya no eran de color marrón como hace solo unos instantes, sus orbes lucían un negro profundo, tal y como si su iris hubiese sido colmado por sus pupilas completamente dilatadas, hasta el punto de desaparecerlo.

—Al menos dime quién eres —exigió Eriol ante el enmudecimiento de quien estaba frente a él.

—Oh, me disculpo por mis modales. Buenas tardes, Eriol Hiragizawa, reencarnación de Clow —hizo una reverencia, inclinándose con respeto. Para sobre la misma marcha cambiar su expresión a una de notoria displicencia—, ¿crees que voy a brindarte esa información, así como así? —su faceta astuta se evidenció con mayor pasión—. Aunque tal vez podría hacer una concesión contigo, debido a tu linaje…

—Habla de una vez —apuró Eriol, quien comenzaba a tener menos paciencia cada segundo.

—No te diré mi nombre. Sé las cosas que ustedes los magos pueden hacer con esa información, así que puedes irte olvidando de eso —se acercó un poco más a Eriol, acortando notoriamente la distancia que los separaba—. Llámame Lisztberth de Pavot, o ya que estamos en esto simplemente Lisztberth.

—Bien, Lisztberth —recalcó su nombre con rabia—. ¿Por qué no dejas el cuerpo de Kaho en paz y me enfrentas? —lo retó el mago, cubriendo de desafío cada palabra.

—Porque su cuerpo me pertenece por veintisiete días más. Ah, y lo mismo ocurre con su alma. Esperaba que ella pudiese retenerte por más tiempo, pero es una inútil. Ni siquiera supo utilizar tu remordimiento a su favor para que te quedaras a su lado —se rio con socarronería—. Merece el destino que le espera.

—¿De qué hablas?

Eriol estaba en guardia, quería poder callar al ser horrendo que se había apoderado de Kaho, pero no conseguía saber cuál era la situación completa. Además, no lo podía atacar si estaba utilizando el cuerpo de Kaho como escudo. Un ritual de exorcismo también era arriesgado.

—La culpa en los seres humanos los lleva a realizar acciones muy graciosas de ver, pero tú obviaste lo que alguien normal haría y preferiste dejarla a su suerte para volver con… ¿cómo se llama? —hizo un gesto de estar pensando—. Claro, Tomoyo Daidouji, descendiente de la familia Amamiya.

—¡No metas a Tomoyo en esto! Quiero que tengas eso muy claro—le exigió con perentoria autoridad, ante ese tono Lisztberth dotó su semblante de una seriedad que no había mostrado hasta ese momento—. Es más, ¿cómo sabes tú los detalles de mi vida privada?

Lisztberth convirtió su expresión en una de indiferencia completa.

—Me niego a responder —dijo manteniendo su impasibilidad.

Eriol soltó una maldición y apretó los puños con demasiada fuerza; provocando que su báculo emitiera un aura dorada tan fuerte que pequeñas descargas eléctricas azules salían y volvían del artilugio.

—Bien, entonces, demando que abandones el cuerpo de Kaho, ¿no crees que ya ha sufrido demasiado?

—Un trato es un trato —respondió mirándolo con total calma—. Mi hechizo exige que te diga la forma de romperlo, la condición para salir de este espacio de forma sencilla es que mates este cuerpo —murmuró sin emoción.

—¿Matar ese cuerpo? —balbuceó Eriol.

Lisztberth movió su cabeza en un gesto afirmativo.

—¿Por qué no me atacas? —le preguntó extendiendo los brazos, como si se entregara al ataque que Eriol pudiese iniciar, ante la parálisis que padecía el mago, Lisztberth comenzó a reír—. Con que no lo haces porque no quieres lastimar el cuerpo de esta mujer, ¿eh? —sonrió al mirarlo con desvergüenza—. ¡Qué divertido y conveniente!

—¡Cobarde! —escupió Eriol con férrea ira.

—No es una palabra que me defina correctamente, eso podrás verlo muy pronto. Más bien diría que "manipulador" sí que lo hace —comenzó a reír descontroladamente—. Mientras tú pierdes el tiempo aquí, los eventos encajan para quedar justo donde los necesito.

—No entiendo nada de lo que dices, ¿por qué no hablas claro de una vez?

—Porque eso arruinaría la diversión.

Eriol tensó la mandíbula en gesto de genuina exasperación.

—Te lo voy a pedir una vez más. Abandona el cuerpo de Kaho.

—No.

Eriol ya no podía soportar la indolencia de ese ser malévolo.

Inclinó su báculo hacia el cielo, donde el artefacto mágico emitió una luz dorada más poderosa, tanto así, que resplandecía hasta el punto del enceguecimiento, Eriol levantó sus brazos preparándose. Lo siguiente fue la visión de un rayo gigantesco de energía que salía disparado, que bullía desde suelo, evaporando con su calor el agua que rodeaba sus pies, extendiéndose hasta la infinitud del cielo morado. De a poco, la cápsula que parecía envolverlos, comenzó a resquebrajarse, en pedazos más pequeños cada vez.

—No esperaba menos de un mago tan poderoso —mencionó el ser que habitaba el cuerpo de Kaho.

Eriol ignoró por completo a Lisztberth y se esmeró en completar la tarea que se había propuesto.

—Es una lástima que no sea suficiente —enunció, formando entre sus manos una esfera de energía anaranjada y de una dimensión muy discreta, esfera que envió hacia el cielo, logrando que todo el daño que sufría ese lugar fuera restituido.

Eriol reforzó aún más la intensidad de su ataque, logrando que su cuerpo empezara a convulsionarse cada vez más violentamente. Cada vez que la atmósfera, que los mantenía recluidos, se resquebrajaba, ésta era restablecida por Lisztberth sin ejercer ningún esfuerzo evidente.

—Si no te detienes vas a morir —gritó Lisztberth, con seriedad—. Te sugiero que abandones ese camino y me ataques, es la única forma de salir de aquí.

Eriol trabó su mandíbula en un gesto de desesperación contra su propia incapacidad.

—¡Demonios! —grito exasperado—. Voy a lograrlo.

—Con esa clase de testarudez lo único que vas a conseguir es dañarte —su tono de superioridad reventó los nervios de Eriol, quien se devanaba los sesos intentando clarificar la forma de salir de ese lugar sin dañar el cuerpo de su ex novia.

El mago convocó más del poder que era capaz de manejar, lo que significaba que su integridad podría llegar a correr peligro. Experimentó cierto temblor que se apoderaba de él, comenzando por sus pies, reptando hacia el resto de su cuerpo. Su mano izquierda ya no fue capaz de seguir sosteniendo su báculo, cayendo como un peso muerto a un costado. De forma que quedó manteniendo su peso de forma endeble con sus piernas entumecidas, mientras su brazo derecho se quedó aferrando con fuerza endeble al báculo. Soportó la sobrecarga de poder que lo rellenó y gritó de dolor al momento que fue azotado por esa gran cantidad de energía.

Esta vez el rayo de poder dobló su diámetro, desencadenando que pequeños relámpagos explotaran por la totalidad del cilindro de energía pura. Eriol volvió a gritar, pero esta vez de ofuscación, al sentir que la debilidad de a poco iba clamando por todo su ser; lo peor es que no advertía que hubiese cambios en la situación en aquel claustro responsable de su encarcelamiento.

Con total rencor dirigió su atención a la figura de Kaho. Odiaba a Lisztberth de Pavot, a quienquiera que fuera él o ella, porque, así como estaban las cosas, ni siquiera podía asegurar con total certeza el género de su enemigo. Lo único de lo que estaba muy seguro es que su poder ya mermaba y que si no hacía algo iba a quedarse en ese sitio de forma indefinida.

En cuanto vislumbró esta última posibilidad, la visión de Tomoyo llorando desesperadamente por él acudió como un sopló de esperanza y de deber: Fracasar no era una opción. Suspiró convencido lo que lo llevó a juntar una energía que no tenía idea de dónde provenía, esto hizo que un poco más de poder desembocara de su cuerpo, logrando finalmente romper la barrera en un millar de trozos que eran carcomidos por la luz dorada de su ataque.

Esta vez Lisztberth no fue capaz de regenerar las paredes de magia, perdiendo la calma que proyectaba por primera vez.

El mago cayó con una rodilla al piso, sosteniendo por muy poco el equilibrio. La vista se le nubló y respiraba precipitadamente, por algunos instantes, se concentró en no perder el conocimiento. La empresa resultaba muy difícil pues su cuerpo ya evidenciaba los rastros de la osadía de ir más allá de sus límites.

Levantó su vista, esperando ver la calle de nuevo, pero no fue eso lo que sus ojos le mostraron. Ahora ambos se encontraban en un sitio diferente al anterior, de aspecto mucho más escalofriante: El escenario era gris, el piso estaba lleno de plumas negras como si se las hubieran arrancado a un millar de cuervos, algunas rocas resaltaban entre la negrura, evidenciado tanta esterilidad como el desierto más árido. El cielo era completamente rojo, con algunos nubarrones cargados que se notaban demasiado cercanos. Cualquier atisbo de vida era impensado en aquel paisaje de decadente aspecto.

Reparó en el hecho de que Lisztberth se paró a escasos centímetros de él, observó los pies descalzos de Kaho, y de a poco prestó atención a su rostro.

—Muy bien. Aplaudo tu tenacidad, teniendo en cuenta que descuidaste tu entrenamiento mágico sigues siendo más fuerte de lo que esperaba —Lisztberth se encogió de hombros—. Conseguiste romper la primera barrera, pero debo informarte que aún quedan otras dos por superar.

—¡Me lleva el diablo! —blasfemó Eriol.

Si había utilizado prácticamente la totalidad de su poder en ese último ataque, ¿de qué manera lograría sortear las dos barreras que restaban?

—Ataca este cuerpo —le sugirió Lisztberth—. Es el camino más corto.

—Me niego —escupió Eriol, incorporándose un poco más.

—Estoy seguro que querrás cambiar tu actuar en un tiempo más —aseguró—. Es sólo cuestión de tiempo, pero como estoy con algo de aburrimiento hagamos este encuentro más entretenido. Finalmente, mi participación ha sido bastante pasiva.

Lisztberth dotó su semblante de una bestialidad cruda, ahora comenzaba a emanar un aura tan grande que Eriol supo que sería un rival acérrimo, por lo que se preparó con toda la concentración que le fue posible convocar.

Lisztberth no esperó mucho para atacar a Eriol desde la distancia enviando rayos de color rojo y esferas lilas.

Eriol dio un salto hacia atrás alejándose y esquivando con esfuerzo los ataques de su contrincante. El patrón de sus ofensivas era tan complicado de descifrar, que el mago tuvo la certeza que era cuestión de tiempo para ser alcanzado por alguno de sus golpes.

—¡No huyas! —le gritó—. Vamos a divertirnos un poco.

Se podía notar un poco de frustración ante la forma en que Eriol esquivaba sus agresiones.

—¡Voy a destruirte! —prometió Eriol.

Lisztberth levantó las cejas con sorpresa.

—¡Oh vaya! —suspiró—. Me pregunto cómo lo vas a lograr.

Lisztberth dio un paso más y el mago blandió su báculo hacia el cuerpo de Kaho, provocando que lazos negros salieran de una marca que él había dejado en ese lugar del piso, hace tan sólo unos momentos. Estos lazos consiguieron amarrar los brazos y las piernas del cuerpo de Kaho, dejándolo completamente inmovilizado.

Lisztberth miró con más sorpresa que verdadera ofuscación las potentes ligaduras que lo apresaban, regalándole a Eriol una mirada un tanto huraña.

—Bien, me tienes —confesó sin parecer especialmente alterado.

El mago hacía un esfuerzo monstruoso por mantener el suficiente control y manejar la avasalladora fuerza con la que Lisztberth trataba de liberarse, porque, aunque exteriormente pareciese que estaba resignado por completo a su derrota, su espíritu indomable trataba de romper las cadenas de Eriol.

No tenía otra opción.

«Lo siento, Kaho»

Eriol se acercó al cuerpo de la profesora y con fuerza medida le dio un golpe en el estómago, asombrando a Lisztberth, quien lo censuró con su mirada.

—Bien jugado —gimió antes de que perdiera el conocimiento.

Eriol se cercioró que Kaho estuviese inconsciente antes de deshacer el hechizo que la mantenía apresada. Con esfuerzo cargó su cuerpo hasta la roca más cercana, en contra de sus propios deseos, restringió la movilidad del cuerpo de Kaho, en caso de que ese sujeto volviese antes de que él consiguiera resolver el enigma que los sacara de ese lugar. Esperaba que romper el segundo espacio fuese más sencillo ahora que la presencia de Lisztberth se había ido.

Sin embargo, era tanta la energía que había utilizado para romper el primero que ya no podría utilizar ese camino.

Intentó variados métodos, sin llegar, ni por cerca, a salir de esa dimensión tan extraña. Trató de sentir alguna presencia, pero en ese lugar la única presencia que ahora podía percibir era la de él. Estaba volviéndose loco. Ya habían pasado varias horas y no lograba absolutamente ningún avance.

—Así que todavía no lo consigues —la presencia de Lisztberth le revolvió el estómago.

Eriol dirigió un gesto frustrado hacia aquel tipo, que se burlaba de él tan solo con su postura desafiante.

—Tiene que existir una manera de salir de aquí sin lastimar el cuerpo de Kaho —le respondió.

—¿Y cuánto tiempo piensas gastar aquí? Sólo pregunto por curiosidad.

—El que sea necesario.

—¿Aunque provoques preocupación en los que te esperan fuera de aquí? —consultó Lisztberth, sin siquiera ocultar su alegría.

—Tengo tiempo todavía antes de que eso ocurra.

La risotada pedante de Lisztberth lo hizo estremecer de ofuscación.

—Olvide mencionar una cosa —se hizo escuchar por sobre sus risotadas—. El tiempo aquí transcurre de una forma diferente que en tu dimensión.

—¿Diferente? ¿De qué condenados demonios estás hablando? —el pecho del mago se agitó más que cualquier instante anterior, prediciendo que no sería nada bueno.

—Una hora aquí son como doce en tu mundo.

Por varios segundos Eriol se quedó paralizado, observando como las pupilas completamente expandidas de los ojos de Lisztberth, lo sondeaban con descarado regocijo.

—He estado mucho tiempo aquí —balbuceó, tratando de dimensionar más o menos cuantos días habrían pasado en su tierra.

—Bastante, diría yo —Lisztberth sonrió—. Casi ocho horas que son…

—Cuatro días —completó el mago sintiendo como la bilis se aglomeraba en su garganta—. Debo salir, pero…

—Ya te lo dije, en tu condición actual la única forma es matando este cuerpo, ¿por qué no hacerlo si ya no la amas?

—¡Porque nadie que sea mínimamente decente haría algo así! Es cierto que no amo a Kaho como mi pareja, pero yo no he dejado de quererla y de sentir respeto por ella.

—¿Y si tuvieras que escoger entre la vida de ella y la tuya? —hizo una pausa—. Se me ocurre otra situación más divertida. Entre tu querida Tomoyo y tu ya no tan querida Kaho, ¿a quién escogerías?

Eriol sintió como la intensidad de su poder se entrecruzaba con su propio espíritu descontrolándose. La abyecta sensación de querer matarlo lo llenó.

—¡Maldito bastardo!

Estaba a punto de arremeter contra el sujeto que lo miraba desafiante desde el cuerpo amordazado de Kaho. Cuando sintió el miedo más cruel que hubiese experimentado alguna vez.

«Eriol, por favor, ayúdame. ¡Eriol!», las palabras de Tomoyo resonaron en toda su cabeza, haciendo que literalmente dejara de respirar.

Se llenó de una desesperación inconmensurable. La voz de su amada sonaba tan desesperanzada e igualmente asustada, despertando por completo su furia y su frustración. Por breves instantes vio como ella era obligada por alguien a caminar, entonces observó a un hombre que él juró que ella nunca más tendría el desagrado de ver: Takahiro Kurosawa. Tomoyo lo necesitaba y él estaba entrampado en ese lugar.

Eriol movió su mano en dirección a Lisztberth, apretándola ligeramente, haciendo que el cuerpo de Kaho se elevara sin razón aparente.

—¿Qué le hiciste a Tomoyo? —exigió con la voz rota de rabia.

La expresión diabólica de Lisztberth aunado a su repentino mutismo lograron hacerlo enfadar más todavía, apretando más el agarre sobre el fino cuello de la profesora.

—Responde, maldita sea.

—Yo no le hice nada —contestó muy tranquilo, sin parecer substancialmente lastimado—, pero ella está en peligro.

El joven mago desistió de seguir ahorcando el cuerpo de Kaho. No debía desesperarse y cometer un acto tan deleznable por la desesperación que sentía.

—Debo salir de aquí —miró en todas direcciones, pensando que tal vez, absurdamente, una brecha se abriría ante él y podría escapar para estar con Tomoyo—. ¡Diablos! ¿Por qué demonios haces esto? —le gritó al ser que lo miraba desde el suelo sin emoción.

—Todo obedece a una razón —murmuró—. ¿Quieres salir de aquí? Puedes hacerlo.

—No si debo matar a Kaho.

—Ella ya está muerta en muchos sentidos. Tal vez le harías un grueso favor matando este cuerpo.

El descontrolado deseo de ir con Tomoyo, por ínfimos momentos le hizo reconsiderar su decisión de no lastimar a Kaho, por poco casi se arrojó a la propuesta que aquel ser de infinita oscuridad, le ofrecía. Lisztberth lo observaba con algo de desafío y sorpresa.

—No es un camino que pueda recorrer —susurró más debilitado que nunca—. ¿Qué pides para sacarme de aquí en este momento? —le preguntó repentinamente.

La risa demoniaca de Lisztberth fue como un acuchillamiento múltiple.

—¿Quieres un trato? —expelió, evidenciando lo triunfante que seguramente se sentía.

—No me dejas otra opción —recriminó sin esconder su miseria.

—Muy bien. Lo primero es que me quites estos grilletes —señaló las muñecas y los pies atados con esos anillos de energía oscura—. Hazlo.

Eriol hizo un movimiento con sus manos y las sogas de energía desaparecieron instantáneamente.

—¿Cuál es el precio?

Lisztberth lo recorrió con una macabra mirada.

—Te sacaré de aquí. A cambio tú sufrirás durante doce horas un dolor insoportable —le dijo con algo de rabia mal disimulada—. No ha sido para nada agradable tener que ser tu niñera por no seguir los planes que había trazado.

—Hecho.

—Espera, eso no es todo —le aclaró—. También terminarás con tu novia.

—¿Qué? Pero, ¿qué tiene que ver Tomoyo en todo esto?

Lisztberth lo contempló en un silencio aturdidor, sin emitir ninguna emoción descifrable en su semblante.

—Ese es el precio. Las razones me las reservaré —sonrió sólo como pueden hacerlo aquellos que se saben vencedores de una lucha interminable.

—¡Claro que no haré eso! —juró el muchacho.

—Muy bien —Lisztberth lo observó con desafío—. Quedémonos aquí, mientras tu amadísima mujer sufre.

Eriol juró una palabrota antes de volver su atención ante Lisztberth.

—Y eso no es todo. Si decides aceptar mis condiciones agregaré un punto más. Como tercera condición: No le puedes decir a nadie la verdadera razón de tu rompimiento con la joven de la casta de los Amamiya.

—¡¿Qué?!

—Cómo lo oyes —susurró con deleite—. Tienes que romperle el corazón a esa chica. Y no puedes decirle la verdadera razón. Quiero que a los ojos de todo el mundo y de los de ella tú seas la escoria que la lastimó.

Eriol sintió verdadero miedo al comprender las implicaciones de esto último.

—Sigo sin entender las razones que tienes para hacer todo esto. ¿Yo te habré lastimado en el pasado? Porque esto no parece más que una elaborada venganza —le soltó finalmente—. Vislumbro que lo único que deseas es hacerme miserable arrebatándome a la persona que es más preciada para mí.

Lisztberth quitó toda la diversión que hacía gala en su semblante.

—Realmente estás muy lejano a comprender en la tela de arañas que nos encontramos todos nosotros. No tengo nada en contra de quien eres ahora, ni siquiera en tus otras vidas anteriores, pero si puedo hacerte sentir desgraciado, no voy a privarme de ello. La corrupción de mi ser, me permite disfrutar de este tipo de enredos sin sentir remordimiento —su risa maléfica volvió, pero era algo diferente a sus aspavientos burlones anteriores.

Eriol anotó esa respuesta en su mente para poder analizarla más tarde, porque lejos de entregar evasivas consiguió hacerle comprender que realmente había algo más oculto que de cierta forma dependía de su vida personal. Hacerlo sentir infortunado era casi un chiste dada su historia pasada con el dolor de la perdida de Kaho, pero estaba seguro que sería más duro de enfrentar perder a Tomoyo, aunque esta vez, la vida de ella no estaría en verdadero riesgo. Él se iba a asegurar de esto.

—¿Y qué sucederá si no cumplo el segundo o el tercer punto al salir de aquí?

La sonrisa de Lisztberth se ensombreció, generando una insensible mueca en todo su rostro, lo que provocó que Eriol comprendiera que esa pregunta había sido una muy mala jugada. La perversión llenó el semblante de Lisztberth, quien respiró lentamente antes de soltar alguna palabra.

—Si no cumples con tu parte del trato iré con todo el poder que tengo sobre tu novia y la mataré, eso es lo que más te dolería, ¿verdad?

Eriol tragó grueso sopesando sus opciones que verdaderamente eran escasas: Podía quedarse en ese sitio por tiempo indefinido dejando a Tomoyo desprotegida. También estaba la posibilidad de matar a Kaho para poder salir de esa dimensión. Y por último aceptar los términos que le exponía esa criatura oscura.

Cada minuto que pasaba en ese lugar, significaban doce en su mundo. Doce minutos en que Tomoyo se encontraba en peligro, a merced de la peor maldad que ya la había atacado lo suficiente. Doce minutos donde él no podía cumplir su promesa de siempre protegerla.

—Pero si cumplo mi trato y termino con Tomoyo sin decirle la verdad —escupió con tanto enfado. Sabiendo que realizarlo significaba que no podría honrar el pilar más importante que sustentaba el amor que sentían el uno por el otro: le iba a mentir y la iba a lastimar—. Tú no podrás ponerle un dedo encima jamás. Estoy hablando de que no puedes siquiera dañarla de ninguna forma posible, no sólo de una prohibición de matarla.

—Me parece justo —asintió Lisztberth.

—Está bien. Acepto todas tus condiciones, si tú aceptas las mías.

«Tomoyo, resiste, ya iré contigo», la descontrolada opresión sobre su pecho lo llevó a prometer que encontraría la forma de permanecer junto a Tomoyo, pese a cualquier cosa. Sólo sería cuestión de encontrar la manera.

—Más vale que no hagas trampa, mago descendiente. Tienes hasta el mediodía de mañana para cumplir con lo pactado. No me gustaría tener que cumplir con mi amenaza —susurró la voz antes de que la misma sombra que los había llevado al primer sitio volviese a envolverlos.

En cuestión de segundos yacían en el mismo lugar del cual fueron secuestrados.

Más allá vio el cuerpo de Kaho desmadejado sobre el piso de adoquines. Rápidamente corrió a sostenerla, la cargó entre sus brazos y la llevó hasta la recepción del hospital. No tenía mucho tiempo, por lo que en cuanto vio a un médico, señaló que ella se había escapado y que debían reingresarla al área de salud mental. Para acto seguido echarse a correr, escapando como un delincuente ante los gritos reprobatorios del doctor que intentó darle alcance.

En su entero descontrol, ignoró por completo el dolor acucioso que lo atacaba sin piedad. Lisztberth no exageraba cuando nombró que sería un dolor exasperante, pero su objetivo era llegar hasta dónde se encontraba Tomoyo, no iba a estarse quejando por los embates del dolor en ese instante. No había siquiera tiempo para ir al hotel por sus pertenencias y reservar un vuelo. Su desesperación le exigía algo más inmediato.

Convocó su báculo y se concentró, pese al sufrimiento que envestía a su cuerpo, continuó exigiéndose hasta ubicar la presencia de sus guardianes. Recitó las palabras que permitiría llegar a ellos instantáneamente. No se detuvo a pensar en aquella arriesgada hazaña. Él mismo le había dicho a Kaho que todo mago tenía sus limitaciones y verdaderamente él nunca había utilizado la tele-transportación para cubrir una distancia tan vasta.

Tan sólo expulsó todo lo que tenía con él y creyó que podría realizarlo.

En cuestión de un pestañeo estaba en el corredor que conectaba con la habitación que tantas veces compartió con Tomoyo. Fuera de sí abrió la puerta, tan cansado se encontraba que se afirmó en el umbral para no desfallecer.

—Amo —la voz aguda de Spinel llegó hasta sus oídos, pero él no podía prestarle la atención suficiente en búsqueda de la única persona que necesitaba ver.

—Eriol —la forma en que ella mencionó su nombre fue un elixir regenerativo.

Por breves momentos, todo lo demás dejó de existir para Eriol, pues lo único que su alicaído entendimiento retenía era la forma en que ella se levantó de su cama y fue en su encuentro. Todo esto como si se tratara de una escena en cámara lenta.

—Eriol, ¿cómo…? —Tomoyo siguió preguntando con su voz tan melodiosa, que era como miel para sus oídos.

Trató de responder, pero las palabras no salían de su boca. Su mente estaba demasiado ocupada recriminándose mil hechos.

Ella lo tocó con delicadeza, su roce era como un ardor agradable para el mago que no creía ser capaz de experimentar tanto dolor físico y al mismo tiempo sentir un bienestar gigantesco por saber que Tomoyo estaba junto a él.

Ella se las arregló para acostarlo en la cama.

No tenía idea de la razón para que ella ya estuviera en su casa, por momentos se cuestionó si Tomoyo realmente se había visto envuelta en la situación que vio en su mente. Pero al notar las marcas rojas y algo amoratadas en sus brazos, al darse cuenta que la oscuridad en sus ojos asustados era como una evidencia en sí misma. Supo que todo era verdad, desatando que esa sensación de tranquilidad que hace poco lo rellenaba y le permitía soportar de mejor manera su propio dolor, se escurriera por completo de su cuerpo, dejándolo vacío, sintiéndose como la peor escoria del mundo.

Él le había fallado. Había prometido que jamás dejaría que ese maldito le pusiera un dedo encima y no sólo la había importunado con su mal habida presencia, sino que la violentó físicamente y estaba seguro que también lo había hecho psicológicamente.

«Por favor, que no haya abusado de ella de nuevo o jamás podré perdonarme».

Algo en la forma en que ella lo miraba le permitió saber que el enfrentamiento con ese psicópata no llegó a tanto, pero no estaba en condiciones de preguntárselo directamente. Se aferraba a la idea de que si él hubiese conseguido violarla él lo hubiese notado.

Escuchó cómo ella le ordenaba algo a Spinel. Eriol entraba y salía de sus estados de ensimismamiento perdiéndose momentos de realidad.

—Eriol, ¿qué sucedió? —esa pregunta sí que logro hacerlo estremecer.

¿Cómo iba a explicarle todo lo que había pasado? ¿De qué manera le diría que tuvo que hipotecar la felicidad de ambos porque fue incapaz de derrotar al enemigo? Aunque se muriera de ganas de decírselo, estaba vetado.

—Lo siento —mencionó esas dos palabras que no lograban graficar lo inservible que se sentía por no estar con ella cuando más lo había necesitado y por tantas otras cosas—, no pude llegar a tiempo —ahí estaba uno de sus peores pecados—. No pude protegerte —este era el peor de todos.

Tomoyo debía ser protegida, él debió priorizar mejor las cosas. Él nunca debió apartarse de ella.

Su cuerpo estaba muy cansado, su mente agotada de tanta mierda y su espíritu se rehusaba a seguir luchando más. ¿Por qué diablos alcanzar la felicidad siempre le resultaba tan difícil?

Tomoyo lo contempló con tanta gentileza, lo arrulló con una infinidad de palabras, a la vez que sus manos repartían mimos suaves sobre su piel.

—Descuida, cariño. Lo bueno es que regresaste —ella finalizó con esa frase que por poco lo hace llorar.

Sí, había regresado, pero el precio había sido demasiado alto.

—Te amo, Tomoyo —soltó la única verdad que le importaba realmente. Juró que nunca iba a dejar de aferrarse a ella con todo lo que tuviese disponible—. ¡Esto es tan doloroso!

No pretendía decirle a Tomoyo lo mucho que sufría, pero esa confesión abandonó sus labios sin proponérselo.

Esto era una cuestión a la cual se había acostumbrado, a Tomoyo nunca le ocultaba nada, por lo que ser sincero se había vuelto casi un modo de vida si estaba con ella. Entonces, se preguntó, de qué forma iba a conseguir terminar la relación que tenían sin decirle la verdad.

En el momento que ella le preguntó qué le dolía, no tuvo forma de explicárselo con palabras porque su padecimiento se expandía por todo su cuerpo, aumentando por momentos en ciertos lugares, al punto de hacerlo insostenible.

Pero no importaba, lo que necesitaba en ese momento era verla, tocarla, captar su delicioso aroma. Y así lo hizo. La miró sintiéndose tan afortunado de que pese a su negligencia ella no hubiese resultado tan lastimada, acarició su rostro con lenta devoción.

«¡Dios, la amo tanto!»

Estaba tan inmerso en lo que sentía por su amada mujer, que el oleaje de dolor que lo abordó, lo pilló por completo desprevenido. Tanto fue así, que tuvo que dejar de tocarla, intentando reprimir lo que más podía sus quejidos.

Ella se oía tan asustada que se sentía aún peor por causar esas preocupaciones en Tomoyo.

La joven comenzó a revisar su cuerpo, de cierta manera, donde sus manos lo tocaban el dolor tardaba mucho más tiempo en volver, pero éste volvía sin contemplaciones.

—¡Dios mío! Nada de lo que sé puede ayudarte —no se permitió ocultar su desesperación en esa confesión.

Eriol quiso tranquilizarla y empezó a explicarle a duras penas que todo ese dolor iba a pasar, que era parte de un precio. Ella muy preocupada le preguntó de qué hablaba.

Lo próximo que escuchó fue la voz colérica de Adele que, como siempre, daba ademanes exagerados.

—¿Qué demonios significa esto? —por poco y lo zarandea cuando arribó a su lado.

—No es algo físico, Adele —la voz de su amada le dejaba reverberaciones en su espíritu cada que hablaba—. Posiblemente sea algo relacionado con magia. Habló sobre un precio…

Eriol casi da un respingo ante la descuidada confesión de Tomoyo. Y esperó pacientemente la explosión en el carácter volátil de su ama de llaves que no tardó en arribar.

—¡Eres un estúpido! —le recriminó Adele, el mago tan sólo pudo sonreírle con bastante socarronería, porque sus palabras graficaban perfectamente cómo se sentía.

Los próximos momentos fueron algo borrosos, tan sólo notó la manera en que Adele preparaba los artilugios para ayudarle. Tomoyo había sido echada de la habitación y al volver la anciana no la dejó entrar. Cosa que consiguió calmar un poco a Eriol, si ella no estaba allí no sufriría por verlo en ese estado.

—¿Qué sucedió? —le preguntó a la vez que cubría por completo su cuerpo—. La criatura mágica que está pegada a tu aura es bastante extraña, ¿quién la convocó?

—No sé su verdadero nombre —exclamó Eriol, reprimiendo un alarido—. Lo único que me queda claro, Adele, es que estamos con la mierda hasta el cuello —masculló con esfuerzo.

—¡Mis Adele! —la voz de su guardiana RubyMoon lo hizo sonreír imperceptiblemente, hace mucho que no la oía tan descontrolada.

—¿Trajeron lo que les solicité? —cuestionó la anciana.

Ambos guardianes asintieron, entregando a Adele una serie de plantas, de velas en variados colores.

—Amo Eriol, ¿qué es lo que hace esta criatura? ¿Usted lo sabe? —Adele se escuchaba raramente tranquila, parecía que verlo tan dañado, no le permitía llegar a sus modos siempre huraños y desafiantes.

—Supongo que debe provocarme tanto dolor cómo le sea posible por medio día —logró articular.

—Bien.

Eriol cerró los ojos, creyendo que, si los mantenía de esa manera, esa tortura sería un poco más soportable. Escuchaba la manera en que los tres se movían por la habitación, preparando la estancia.

La anciana recitó una serie de frases, pero el dolor no parecía disminuir.

—No es posible revertirlo —juró la anciana—. Quienquiera que haya hecho no es un hechicero ordinario. Este tipo de criaturas jamás las había visto —comentó la anciana, cambiando opiniones con los guardianes, quienes no podían ver como ella aquel ser—. Sólo nos queda un camino —confesó luego de largos minutos en silencio.

—¿Cuál? —preguntó Spinel mostrando una genuina preocupación—. Lo que sea que haya que hacer hay que hacerlo ya —su mirada celeste se dirigió con angustia al mago, quien no se perdió el significado de aquel reparo, conectándolo un poco más con su propia vulnerabilidad.

—Sí —esta vez RubyMoon intercedió y se atrevió a tomar la mano de Eriol, sin siquiera mirarlo—. Hay que hacer algo.

—¿Están dispuestos a ayudar a su amo? —consultó Adele a los dos guardianes, quienes asintieron frenéticamente sin pensarlo dos veces.

El joven mago tan sólo pudo agradecerles en silencio aquella fidelidad y entrega que ellos le reportaban. Sus preciosos guardianes querían ayudarle pese a todo el fatídico pasado que los alejaba cada día un poco más.

—Bien —la anciana inspiró profundamente—. Vamos a compartir su carga —les informó a los presentes.

Los tres se tomaron de la mano, dejando a Eriol al centro de la cama. Adele dirigió el cántico sanador, lo que provocó que el mago sufriera un poco de somnolencia.

Se dormía y despertaba con intervalos de tiempo imprecisos. Hasta que finalmente ella dijo que todo había concluido.

—Deberías sentir mucho menos molestia ahora —informó la anciana que parecía más vieja que nunca, su aspecto demacrado le recordó la vez anterior que ella tuvo que ayudarle para salvar a Tomoyo.

—Gracias, Adele —susurró sintiendo la forma que el dolor disminuía notoriamente—. Gracias a ustedes también —se dirigió a Nakuru y Spinel—. Les debo mucho.

Ambos guardianes parecieron sorprendidos ante ese agradecimiento de su amo.

—Es un placer —dijo finamente Nakuru, Spinel por su parte lo miró sin esconder su sorpresa.

—Te dejaremos descansar. Por favor, duerme —mencionó la anciana, que desmontaba todos los materiales que utilizó—. Te advierto que tu cuerpo no está para resistir ninguna clase de actividad —enfatizó.

Lo miró con tal grado de descaro que el mensaje fue muy claro, Eriol notó cómo su cara se calentaba más de lo normal.

—Llama a Tomoyo —le pidió.

—Lo haré, pero no olvides lo que te he dicho.

En segundos interminables, la vio ingresar en la habitación. Sus ojos estaban rojos, de ese tipo de rojez propia de alguien que ha aguantado por mucho tiempo el llanto. Él intentó sonreírle sin saber realmente si lo había conseguido.

Ella casi corrió hasta él, se inclinó a su lado arrodillándose a una orilla de la cama y lo besó con delicadeza, como si temiera lastimarlo si lo hacía con más arrebato. Su hambre se daba a conocer de todas formas en la manera que ella respiraba con tanta prisa.

Eriol no sabía cómo iba a conseguir cumplir con la parte del precio que lo obligaba a alejarla de él, lo único que era muy claro es que iba a hacer cuánto estuviese de su parte para que la mujer que lo besaba con tanta necesidad, no se fuera de su vida, porque si lo hacía, ella se iba a llevar todo lo que le permitía disfrutar y creer en que alguna vez lograría ser feliz.

—Me quedaré contigo esta noche —le susurró la jovencita.

El joven trató de permanecer despierto todo el tiempo que pudo, pero no resistió demasiado. Se dejó llevar por el cansancio, llevándose como última imagen la silueta de Tomoyo, quien le aferraba una mano, haciéndole compañía.

La primera vez que logró despertar, estaba la lámpara todavía encendida. Reparó en el hecho que Tomoyo se había dormido casi encima de él, la mitad de su cuerpo estaba sobre su pecho, pero permanecía sentada en el suelo.

El joven aun sentía los embates de su última pelea, pero esto no impidió que en contra de lo que su cuerpo requería, se levantara y cargara a su novia para recostarla con cuidado en la cama. Él hizo lo propio a su lado.

No apagó la luz de la lámpara. Quería observar la forma pausada en que Tomoyo respiraba. Le acarició y la besó ligeramente en los labios, para abrazarse a ella como si se tratase de una tabla de salvación.

«Tomoyo, no quiero cumplir con esa verdadera maldición. Pero, si no lo hago, ¿podré evitar que ese sujeto te lastime? No sé nada de ese tipo. No pude hacer nada por vencerlo. No soy lo suficientemente fuerte como para garantizar tu bienestar»

—No importa —dijo en voz alta—. Voy a encontrar la manera de que no nos separemos.

La abrazó con más fuerza, haciendo que ella aligerara un poco su sueño y susurrara su nombre, sujetándose de su pecho como era ya su costumbre.

—Te amo, Tomoyo. Buenas noches —le dijo en forma calmada, besando su cabeza con veneración.

La siguiente vez que despertó lo hizo sobresaltándose bruscamente.

Estaba bañado en sudor frío. Su corazón golpeaba su pecho con entera superioridad, dejándolo en un estado de alarma agobiante. Con desesperación rebuscó a Tomoyo, sin despertar por completo todavía. Inmediatamente su atención se fijó en el cuello de ella, buscaba que no tuviera ninguna marca, cuando comprobó que no presentaba ninguna lesión fuera de los cardenales que ese maldito de su padrastro le había provocado en los brazos, se calmó un poco. Observó la acompasada forma en que ella respiraba completamente ajena a sus peores preocupaciones.

—Era sólo una pesadilla —suspiró, para enseguida volver a recostarse al lado de la muchacha, sin conseguir que el tamborileo de su corazón se normalizara.

De plano ya no podía dormir. Continuaba sintiéndose muy cansado, pero lo único que podía hacer en ese instante era apreciar a Tomoyo, sintiéndose muy perdido porque no tenía claro qué era lo que tenía que hacer para que ese sueño aterrador no fuese nunca realidad.

Su cerebro se quedó retenido en aquel hito fantasioso.

En la pesadilla Eriol estaba conversando con Tomoyo, los dos reían sobre alguna cosa que no comprendía. De pronto su amada se ponía de pie y empezaba a mostrar signos de estarse ahogando. Trataba desesperadamente de tocar su cuello, sin que nada realmente estuviese en ese sitio. Entonces las marcas de los dedos comenzaban a aparecer sobre la piel nívea y delicada de su cuello, provocando que Tomoyo dejara de respirar hasta el punto que su rostro se pusiera de un terrorífico y enfermizo color azulino. El joven por su parte no podía moverse, lo intentaba, pero era imposible, percibía en sus ojos cómo se aglomeraban las lágrimas de fuego que le quemaban con un verdadero dolor, ese que logra quitarte la cordura. De ese modo, por completo paralizado, acababa convirtiéndose así en un espectador impotente de la muerte de ella, quien antes de caer al suelo lo miraba con tanto miedo y preguntas que le helaron la sangre hasta el punto que ahora despierto, seguía sintiendo frío.

«¿Esta pesadilla se trata de una advertencia?», se preguntó en un ineficaz intento de darle una respuesta.

No olvidaba la apremiante amenaza de Lisztberth si él incumplía el acuerdo.

Sin embargo, ¿de dónde iba a sacar la fuerza para terminar con la muchacha, si era lo que menos deseaba hacer en la vida? No quería que ella sufriera. No deseaba sufrir el mismo. Miró el reloj de la mesita de noche que marcaba casi las cinco de la mañana. El tiempo se agotaba con impresionante velocidad.

¡¿Qué clase de trampa estaba escondida en la fijación de querer separarlos?!

La confusión era el ingrediente principal en sus meditaciones. Su cabeza ya estaba trazando planes para poder hacer frente a ese ser oscuro y descubrir qué deseaba lograr, por qué esa repentina fijación con él y con su vida.

Lo único que no podía decidir era si ceñirse al contrato o romperlo.

Por algunos minutos, tal vez una hora. Se abrazó al cuerpo de Tomoyo, debatiendo los pros y los contras de dejarla ir. En algún punto cerró los ojos y nuevamente la escena de ella muriendo llenó sus sentidos, pero esta vez, el rostro de Tomoyo le hablaba una vez que ya estaba muerto, con sus pupilas dilatadas por completo le decía: "Te dije que la mataría".

Eriol abrió los ojos y ya no tuvo más dudas, ese sueño sí había sido una advertencia de Lisztberth. Una amenaza con toda la ostentación de un poder tan aparatoso que a saber de dónde lo obtenía.

El joven no pudo seguir en su cama, se levantó con el cuerpo adolorido, dirigiéndose a la ducha. Necesitaba comenzar a actuar con diligencia. El mediodía iba a llegar muy pronto.

Una vez que estuvo en el despacho tomó posesión de su sillón rojo.

Empezó a ordenar sus ideas, comprendiendo que sería necesario recurrir a aliados para hacer frente a la extraña situación que se enfrentaba.

En quién primero pensó, por una cuestión natural, fue en la nueva dueña de las cartas que creó en su anterior vida y en el descendiente que tenía de esa misma encarnación. No tenía otras personas a las cuales recurrir. Sabido era por todos los clanes que él era un mago bastante solitario, eran contados con los dedos de las manos a quienes consideraba remotamente cercanos.

Toda su vida había tratado de mantenerse lo más alejado de las esferas de las congregaciones mágicas. Quería su vida para disfrutarla, para vivirla como un mortal más. No esperaba desperdiciar su existencia encerrado en reuniones de magos. O estudiando sin descanso para alcanzar más y nuevas habilidades. Era un testigo cercano de que una vez que obtienes más poder, nunca deja de ser suficiente.

Miró el reloj que descansaba en una de las repisas, marcaba que eran más de las seis de la mañana. Hizo los cálculos, llegando a concluir que no era una hora imprudente para llamar a la pequeña Sakura, quien por estar en Japón ya estarían pasado de la hora de almuerzo.

Desempolvando la vieja agenda que descansaba desde hace años en el mismo cajoncito escondido de su escritorio, obtuvo el número que le permitiría comunicarse con la joven hechicera. Lo único que rogaba Eriol era que ella siguiera manteniendo el mismo contacto.

—¿Hola? —la voz femenina y dudosa, lo hizo cuestionarse realmente si pertenecía a Sakura, pues era tanto el tiempo que no había tenido contacto con ella, que ya no recordaba el timbre de su voz—. ¿Quién habla?

Eriol estuvo tentado de cortar la comunicación, pero la premurosa angustia que usó para enunciar la siguiente pregunta, sumado al significado que ésta planteaba, lo hizo detenerse en seco.

—¿Eres tú, Tomoyo? —la chica sonaba con una mezcla entre la esperanza y el reproche—. Por favor, dime que eres tú. Hace algún tiempo que recibo llamadas con el mismo código de área, aunque el número nunca es el mismo. Sé que provienen de Inglaterra. Y el abuelo ya me confesó hace un par de días que estabas allá. Cada vez que llamas nunca dices nada —se calló súbitamente, tardando unos segundos—. Veo que te mantienes en línea. Es la primera vez que permites que te hable. Normalmente sólo me dejas preguntar si eres Tomoyo y luego terminas la llamada. Dime, ¿pasa algo? —la joven desde el otro lado de la línea guardó silencio—¿Hola?

—Sakura —mencionó su nombre con calma—. No, no soy Tomoyo. Yo soy…

—Eriol —completó la joven.

—¿Cómo…?

—Tu voz no cambia —interrumpió la pregunta que él le haría—. Además, no conozco a algún otro muchacho que viva en Inglaterra.

La línea permaneció en un silencio casi completo, de no ser por un pitido molesto.

—Ha pasado bastante tiempo desde la última vez que hablamos —Eriol se rascó la cabeza, sin saber cómo proseguir esa extraña conversación.

Siempre sería raro volver a conversar con un antiguo amigo, que con el tiempo se vuelve un completo desconocido.

—Mucho —aseguró ella—. Simplemente desapareciste y no quisiste volver a responder a mis cartas o a mis llamadas —el reclamo era evidente.

—Lo siento por eso —se disculpó, sintiéndolo de verdad—. Sakura —la llamó, antes de que prosiguiera hablando—. No me andaré con rodeos, quizás en otros tiempos mi orgullo me hubiese impedido pedir ayuda, pero hoy no puedo hacerlo al saber lo que está en juego.

—¿Pedir ayuda? —la voz de Sakura se oyó preocupada en esa pregunta—. ¿Tú necesitas mi ayuda? —hizo una entonación recalcando ese "mi", no era un tono de altanería, sino de completa confusión.

—Sí, la tuya y de ser posible la de Li.

—¿Qué ocurre?

—No es seguro hablar de esto por teléfono, Sakura. Tan sólo puedo decirte que es una situación bastante delicada. Sé que no estoy en posición de pedirte algo como esto, sin embargo, no quiero dejar de intentarlo. Quisiera que pudiesen viajar hasta aquí a la brevedad posible.

—¿Qué tan grave es? —quiso saber la castaña.

Eriol apretó la quijada, teniendo en mente la pesadilla que lo había abordado y soltó un suspiro derrotado.

—Es más grave de lo que quisiera.

—Iremos —aseguró de inmediato.

—Puedo reservarles un vuelo cuando ustedes lo consideren.

—Claro, tengo que hablarlo con Shaoran, pero estoy segura que querrá ir.

—Gracias.

—Y disculpa la confusión de un principio, yo creí que era mi prima… Hace mucho que no sé de ella.

Eriol mordió sus labios sin saber si decirle que él, muy por el contrario, sabía de ella hace casi un año y que estaban relacionados profundamente.

Decidió que llegado el momento era Tomoyo quién debía hablar con Sakura.

—No te preocupes. Te mandaré mis números para que puedas contactarme cuando hayas hablado con Li, ¿de acuerdo?

—Sí, descuida.

—Gracias, Sakura.

—Me alegró volver a hablar contigo, Eriol. Te llamaré pronto.

En cuanto cortó la llamada, unos golpes tenues de la puerta lo hicieron sobresaltarse, supo que eran sus guardianes y les pidió que entraran. Ellos hicieron el ingreso, con un semblante decidido.

—Spinel, Ruby, están despiertos.

—Amo, no me importa que sea castigada por ser una entrometida, pero quiero saber qué le ocurrió para llegar en este estado y luego de cuatro días en que no supimos de usted —Nakuru lo observó con la sinceridad e intensidad que la caracterizaba.

—Les diré todo cuanto puedo decirles —se detuvo un momento—, aunque antes, necesito saber qué ocurrió con Tomoyo.

Resumidamente Nakuru le dijo que Tomoyo había decidido volver a su departamento, porque escuchó a Spinel decir que seguramente él se había reconciliado con Kaho. Confesó con la culpa esculpida en sus lindas facciones, que ellos no se percataron de su salida, hasta que ella llamó a casa, no escucharon más que gritos desde el otro lado de la línea. Oyendo claramente la forma en que alguien llamaba y amenazaba a Tomoyo. De ese modo se dispusieron a volar al departamento de ella en su búsqueda, cuando notaron cierta presencia oscura que los hizo detenerse. Estaban en un parque y allí pudieron rescatarla.

—Ella no fue…—hizo una pausa, porque ese escenario en que su Tomoyo fuese nuevamente ultrajada era tan espantoso, que incluso llevarlo a palabras era muy difícil— … ¿ese imbécil no le hizo daño?

—Nada muy grave, más que todo fue el trauma —respondió Spinel—. Ella estaba muy asustada cuando llegamos en su auxilio.

—La persona que intentó lastimarla, trataba de llevársela a algún lugar —comentó Nakuru.

—Le oí decir que tenía una casa rentada en las afueras de la ciudad.

Eriol trabó la mandíbula, demasiado tentado de ir a saquear cada casa que cumpliera con esa característica y encontrarse con el hijo de perra que había herido a Tomoyo. Sabía que era absurdo siquiera considerar esa opción, debido al número exponencial de viviendas que cumplirían con estar a las afueras de la ciudad, pero por lo más sagrado que no quería que ese sujeto escapara de sus manos.

—¿Alguno de ustedes podría dar una vuelta por la frontera de la ciudad en búsqueda de algo que nos lleve a ese sujeto? —preguntó al par de ojos que lo miraban con atención—. Iría yo mismo, sin embargo, debo reconocer que no me encuentro lo suficientemente recuperado…

—¡Yo iré! —Nakuru gritó con algo de desesperación—. Me encantaría encontrarme con ese individuo, si no le seguí dando su merecido fue porque escuchamos voces.

—Pero antes de que RubyMoon se vaya —Spinel se quedó muy cerca de la puerta—. Queremos saber qué sucedió.

El mago detalló con precisión cada hecho acaecido en las ocho horas que tardó en volver a este mundo. Calló para sí mismo el trato que había realizado con Lisztberth, temiendo que él tuviese alguna forma intrincada de conocer si el revelaba o no la información. Lo único que se permitió decirles a sus creaciones mágicas, era que el dolor que los aquejaba era producto de aquel inconveniente contrato que tuvo que llevar a cabo, con el fin de salir de ese espacio y poder acudir a Tomoyo.

—Es por esto que tardó tanto tiempo —aseveró Nakuru—. Me cuesta trabajo imaginar quién estaría tras de ese nombre.

—Yo jamás he oído a algún mago o hechicero tan poderoso con un alias como ese —secundó Spinel, levantando una ceja en un gesto de introspección—. Es muy raro que nunca supiéramos que la propia señorita Mizuki estaba siendo víctima de un ser como el que describe, amo.

—A mí también me lo parece.

—Bien, ya casi amanece, será mejor darme prisa y cumplir con mi parte del trabajo —mencionó Nakuru, quien se aprontó a salir del estudio sin ninguna clase de despedida, únicamente se perdió por la puerta, casi sin emitir ruidos.

El pecho de Eriol se le hinchó un poco al notar la forma en que Spinel lo observaba.

—¿Por qué me miras de esa forma?

—Sólo estaba pensando en que hay algo que no nos dijo —confesó sin cuidado—. También comprendo que tiene sus razones para guardar silencio… pero…

—Continúa, por favor.

—Ni siquiera ha mencionado qué sucederá de aquí en adelante —Spinel se detuvo a mirar por la ventana—. Me refiero a lo que ocurrirá con la señorita de Japón, si volvió de este modo es porque ha decidido quedarse con ella —afirmó—. ¿Qué va a pasar entonces con la señorita Mizuki? ¿Cuál es el plan para hacerle frente a este nuevo adversario?

Eriol estuvo tan tentado de decirle a Spinel que como lo viera, no tenía la más mínima idea de cómo cumplir con su promesa de terminar con Tomoyo. Y resguardar también a Kaho.

El mago iba a abrir la boca cuando el guardián continúo hablando, algo impropio para su carácter tan distante y reservado.

—Mantuve una charla con la señorita Daidouji justo antes de que usted llegara —hizo una pausa, Eriol hubiese dado lo que fuera para que Spinel apresurara sus palabras, pero la criatura deambuló volando por aquí y por allá. Hasta situarse frente al librero—. No tengo ninguna duda de lo que ella siente por usted es honesto y fuerte. Hay cosas que me siguen molestando sobre ella, pero no puedo pasar por alto la sinceridad que vi en su rostro cuando dijo que sólo quería que usted fuera feliz, y que se apartaría si usted decidía volver con la profesora Mizuki.

—¿Ella dijo eso? —el joven le costó retomar la respiración.

—Así es…

Eriol cerró los ojos con fuerza. Las imágenes de su pesadilla vinieron como para darle el último empujón que necesitaba para hacer eso que su ser entero negaba a realizar. Tal vez si tomaba ese camino conseguiría hacer las cosas lo menos dolorosas posibles.

—Voy a terminar con Tomoyo, Spinel —confesó observando la transfigurada mueca que llenó al guardián al comprender aquella declaración.

—No entiendo… yo creí que… —Spinel se detuvo a mirarlo con sospecha—. ¿Por qué?

—Porque al ver a Kaho, yo me di cuenta de que no he dejado de amarla —dijo con voz segura, dotó su rostro de la seriedad más cruda que consiguió. Mentir no era complicado, pero le dolía decir cada una de esas falsedades.

«Para engañar a tus enemigos, primero hazlo con tus amigos»

—Yo pensé que algo así podría pasar, pero desestimé esa hipótesis al verlo llegar casi muerto sólo para estar con la señorita Daidouji —expuso Spinel—. ¿Hay algo que no me esté diciendo?

Eriol por primera vez cuestionó el modo sagaz de su guardián. Ahora necesitaba que todos creyeran que iba a volver con Kaho. Lo primero era dejar a Tomoyo a salvo.

—No, no hay nada oculto.

—¿Y qué sucederá con To… digo con la señorita Daidouji?

—Quiero que ella permanezca en esta casa mientras luchamos contra este enemigo, no hay un lugar más seguro para ella que este lugar.

Spinel soltó una risa irónica.

—Ella no va a quedarse cuando usted decida acabar la relación —aseguró la criatura—. Estoy muy seguro de ello.

Luego Eriol observó cómo esa expresión sarcástica, se iba transformando en preocupación.

—Ella se marchará… —aseguró esta vez Spinel.

—Hablaré con Tomoyo. Estoy seguro que, si le aseguro que me iré, ella no pondrá trabas en permanecer en este lugar. Se lo pediré como un favor —masculló sintiéndose tan impotente—. La convenceré.

El silencio que llegó luego de esa confesión no fue quebrantado hasta que el guardián murmuró que debían establecer un plan de ataque para enfrentar a Lisztberth.

Al cabo de dos horas o menos Nakuru regresó, la frustración era tan notoria en ella, que el joven mago ni siquiera tuvo la intención de preguntarle por el éxito de su búsqueda. Era simple, no había encontrado ninguna pista para poder llegar al padrastro de Tomoyo, cuestión que agregaba otra razón para que la muchacha accediera a quedarse en esa mansión. Si era necesario, dejaría a sus guardianes con la instrucción de no separarse de ella, ni a sol, ni a sombra.

—Así que me estableceré en Francia —acordó con sus guardianes que ya hace rato estaban analizando las implicaciones de esta decisión.

—Si allá está el cuerpo de la señorita Kaho —resumió Nakuru—. Y este tipo sólo se ha mostrado poseyendo su cuerpo. Creo que lo más indicado es exorcizarla y luego resguardarla en un sitio sagrado. En la misma Francia hay varios lugares donde podríamos realizar estos procedimientos. Si logramos echar a ese ser del cuerpo de la profesora, lograremos hacer que se muestre con su verdadero ser.

—Mis Adele es quién mejor conoce este tipo de conjuros —apuntó Spinel—. Sin embargo, dado su estado de salud actual, creo que es arriesgado.

—Estoy de acuerdo —sentenció Eriol—. Adele no puede luchar conmigo. Por eso he pedido refuerzos.

—¿Refuerzos? —preguntaron los dos guardianes al unísono.

Eriol les informó que había contactado con Sakura. Y que seguramente ella y Li se unirían a su lucha para poder ayudarle.

Nakuru no se molestó en ocultar lo mucho que deseaba ver a la protectora de las cartas Sakura de nuevo. Lo que los distrajo un poco de sus propios problemas. Ver a Ruby con ese grado de emoción devolvía un poco de sosiego a su ser, que mantenía distraído en la concentración de sus planes de ataque.

De soslayo miró el reloj que marcaba ya las diez con treinta minutos. Sólo le quedaba un poco más de una hora para decirle a Tomoyo y no estaba preparado en lo absoluto.

Desde ese punto sumió su carácter en un silencio profundo. Se mantenía sentado en su sillón rojo, esperando que el tiempo pudiese detenerse.

Spinel y Nakuru continuaron ensimismados en las proyecciones de sus planes. Sin notar que su amo no había dicho ni media palabra hace varios minutos.

Casi le dio un infarto cuando tenues golpes se difuminaron por la puerta, provocando ipso facto el silencio de todos los presentes. Presentía que era ella, aunque no pudiese sentir su presencia, aunque no existirá una seguridad. Todo su ser le gritaba que se trataba de ella.

Al ver entrar a la dueña de todos sus sentimientos, por poco sintió que desfallecería. Sus miradas se fusionaron de forma indeleble, conectándolos más allá de algo tan físico como el deseo de estar juntos. Era una cuestión más extraña y sublime. Era el reencuentro de dos partes que se necesitaban.

Ella, prácticamente corrió la distancia que había desde la puerta al lugar donde él permanecía sentado. Eriol se puso de pie para recibir el cuerpo de Tomoyo, quien se fundió con él con entusiasmo y vulnerabilidad. Los mismos sentimientos que habitaban en su interior.

Eriol cerró los ojos dejando su mente en blanco; permitiéndose disfrutar de aquella fusión tan sólo un poco más…

…un poco más.

Ni siquiera notó el momento en que sus guardianes salieron del despacho.

Ella se estremecía, y descubrió que él también lo hacía.

—¿Por qué? —ella murmuró esa pregunta, había mucho reproche en esas dos palabras, mezclada con preocupación que se difuminaba.

Eriol quería decirle todo, confesarle las razones de no poder volver a tiempo, pero poco a poco, su mente empezaba a asumir que hacerla participe de ese peligro, era exponerla a una maldad que ella no podría soportar. La observó sin poder ocultar la triste ternura de sus ojos.

Apretó un poco más el abrazo que seguía manteniéndolos a una distancia tan escasa.

—Pasaron muchas cosas, Tomoyo —esas cuatro palabras eran tan imprecisas y ciertas que se felicitó interiormente.

Las mentiras que le diría a Tomoyo debían ser las menores posibles. Era hora de comenzar, miró otra vez el reloj, descubriendo que el tiempo casi se completaba.

«Rápido y al grano»

—¿Qué cosas? —preguntó Tomoyo.

¡Demonios! Tuvo que forzarse para reprimir esas ganas enormes que tenía de besarla. Con esfuerzo la soltó y se alejó de ella, volteando hacia el ventanal que estaba a sus espaldas. Si la miraba no podría ser lo suficientemente osado para conseguirlo. Se vistió con una coraza que parecía hecha de cartón, pues no lo hizo sentir para nada más dispuesto a continuar.

Lo primero que le confesó es que había visto a Kaho y que ella necesitaba de su ayuda. Se obligó a no profundizar en ese aspecto, pese a que se moría de ganas de decirle a Tomoyo la verdad.

Ella dijo que lo apoyaría.

¿Cómo iba a apoyarlo luego de que tuviese que herirla?

La conversación se propiciaba de forma acelerada, hasta que ella pareció aburrirse de todos los rodeos que le estaba dando a la situación.

—Eriol, ¿qué estás tratando de decirme?

«Dios, dame fuerzas»

El joven respiró profundo y se lo dijo:

—Voy a volver con ella.

Ni siquiera pudo verle la cara. Estaba seguro que, si la hubiese visto, habría sucumbido al deseo de no dejarla ir, poniéndola en peligro.

—¿La amas?

Entonó esa pregunta con tanto dolor que el joven sintió su propio corazón quebrarse, provocando un agarrotamiento en sus músculos que lo hizo debilitarse con bastante violencia. Lo único que fue capaz de hacer fue asentir. Estaba haciéndole creer algo tan doloroso que su cuerpo era incapaz de verbalizar esa respuesta.

—Lo entiendo —ella expuso esas palabras casi con llanto que intentaba no evidenciar—. Deseo que puedas encontrar la felicidad verdadera con la señorita Mizuki.

Eriol empuñó los brazos, seguro que esta era la prueba más difícil que hubiese tenido que experimentar. Estaba furioso por no poder decirle a Tomoyo que la felicidad y ella eran sinónimos en su corazón.

Respiró hondo de nuevo, no podía verla y mirar cómo se rompía frente a él.

—Gracias. Puedes quedarte aquí todo el tiempo que quieras —mencionó, recordando que debía convencerla para que accediera a mantenerse en ese lugar—. Yo no estaré en casa por algunos días. Sería un alivio si pudieses aceptar la oferta.

—¿Por qué quedarme?

Ese desafío en su voz fue un golpe certero. No había manera de hacerla quedarse sin revelarle, aunque fuese un poco de todo lo que sentía.

—¡Por qué estoy preocupado por tu seguridad! —explotó sin pensar mucho— ¡Tú eres mi…! —se reprimió antes de decirle que era su felicidad, lo más precioso para él—. ¡Dios! —exclamó al borde del colapso, dándose la vuelta para finalmente llenarse de su imagen, que no provocó más que un arrepentimiento profundo. Aún estaba a tiempo de arrepentirse. Todavía podía echar pie atrás y confesarle todo a ella. ¡Tanta era la tentación! —. Por más que busqué alguna pista de ese hijo de perra no tengo nada, así que, por favor, Tomoyo, quédate en este lugar —se permitió rogarle, no importaba la forma. Lo único verdaderamente relevante era mantenerla a salvo—. Aquí estarás protegida.

Ella no ocultó sus sospechas ante aquella explosión tan volátil.

—Está bien, me quedaré.

Al decir esas palabras el joven pudo respirar un poco más tranquilo. Por lo menos ella estaría a salvo. Ella iba a marcharse, pero él se negaba. No podía…

—Tomoyo —murmuró su nombre—. Nunca quise hacerte daño.

Y se lo había hecho.

—Antes o después hay que saber despedirse, Eriol. Agradezco todo el tiempo de felicidad que me diste. Y te libero de todo pesar que puedas sentir ahora. Ya no habrá impedimentos para que alcances tu máxima felicidad.

Sí que había impedimentos.

Pero juró en ese instante que de su parte quedaría enmendar cada error que acababa de cometer. Tan sólo esperaba que Tomoyo pudiese perdonarlo cuando todo el peligro pasara y él fuera en su búsqueda con la verdad, con sus sentimientos y sus propios errores a pedirle un nuevo comienzo.

—Tomoyo, yo… — él la amaba y quería decírselo.

—Adiós, Eriol.

Su despedida tan tajante logró hacerlo sentir más miserable, sumido en una negrura que jamás había podido percibir antes. Tan sólo la esperanza de volver a ella lo llenó de esa convicción necesaria para no derrumbarse en medio de su cruda desesperación.

Secó el montón de tristeza que se juntaba en sus ojos, antes de que alguien llegara al despacho.

Luego de algunas horas, la primera en visitarlo fue Nakuru, quien se quedó observándolo desde la distancia.

—Amo Eriol.

—¿Qué sucede, RubyMoon?

—Tomoyo está en su habitación y ni siquiera atendió a mis llamados.

—Creo que necesita un tiempo a solas —enunció Eriol, intentando mantener su máscara impasible.

—Entonces es cierto —ella suspiró ruidosamente—. Volverá con la señorita Mizuki.

Eriol asintió.

—Tomoyo se quedará aquí una temporada. Es necesario que sea cuidada durante todo el tiempo que yo tarde en regresar. Quiero pedirte a ti y a Spinel que la cuiden.

—No habrá problemas con eso, pero… ¿y usted? Puede mentirles a todas las personas que le rodean, pero yo no creeré tan fácil cada cosa que diga.

RubyMoon lo atravesó con una mirada de absoluta comprensión.

—Yo estaré bien —mencionó—. La única forma de que yo sea derrotado es si algo malo le pasara a ella.

—La cuidaré con mi vida, amo —prometió solemnemente la guardiana—. Usted a cambio deberá encontrar la manera de no dejarla ir.

Eriol asintió, sintiéndose débil.

RubyMoon fue una gran compañía para el carácter de Eriol. Su ingenio y su inagotable optimismo, hacían que se distrajera por momentos, de ese vacío hondo que tenía a mitad de su alma.

—¡¿Qué malditos demonios hiciste?! —el portazo en la puerta y ese grito de guerra no pertenecían a otra persona más que a Adele—. ¡Spinel me lo ha dicho todo!

—Hice lo que tenía que hacer —escupió Eriol, mirándola de frente.

—¿Vas a volver con Kaho cuando estás enamorado de esa chica? —cuestionó con violencia—. ¿Tú eres estúpido o perder tanta energía te dejó así?

—Miss Adele —trató de interferir Nakuru, pero la anciana pasó de ella olímpicamente y fue a buscar a Eriol tomándolo de las solapas de su camisa, como si fuera una especie de bravucona.

—Estoy hablando con este idiota, que va a cometer el peor error de su vida —masculló—. Tú no te metas.

Eriol se dejó agitar y recibió cada insulto sin emitir ninguna palabra.

—Vi a esa chica sufrir en silenciosa calma por tu ausencia —le recriminó—. Cada día que pasaba ella trataba de mantener la esperanza, de creer en ti. ¿Y qué fue lo que hiciste? —volvió a pausar su discurso que estaba lleno de rencor; al contemplar la mirada imperturbable de su amo, explotó por otro camino—. ¿Crees que a esa chica le va a costar demasiado encontrar a un hombre que la quiera? —lanzó la anciana—. Claro que no, estoy segura que al poner un pie fuera de aquí tendrá millares de pretendientes —picó sin esconder la manipulación.

Lo peor es que funcionó.

Lejos de percatarse que lo que decía Adele no era otra cosa que una treta, con el fin obvio de manejar sus emociones y que reculara sobre su decisión; Eriol pensó que la anciana era portadora de la verdad absoluta en ese asunto.

—Ella no… — cortó incapaz de seguir la frase, de siquiera imaginar que ella se iría con otro.

—¿Ella no qué? —insistió la ama de llave—. ¿Ella no te dejará? —comenzó a reírse sardónicamente—. Tú la abandonaste. Si yo fuese ella me liaría con el primer tipo guapo que mostrara interés en mí.

El balde de agua fría que bañó su entendimiento consiguió que diera un brusco aspaviento.

—Ella no estará segura… —trató de decirle el mago la anciana.

—¡Pura mierda! —blasfemó Adele—. Nunca has tomado la salida más fácil, ¿por qué empiezas ahora? Me enoja que la dejes ir. La culpa no debería guiar tus decisiones, Eriol. Todos aquí sabemos que ya no amas a Kaho. Demonios.

Eriol que estaba tratando de controlarse, estalló:

—¡¿Y crees que lo hago por eso?! La que no entiende nada eres tú—Eriol retiró las manos de la ama de llaves que seguían sosteniendo su ropa con fuerza—. Ahora, déjame en paz —abandonó la estancia, dando un portazo.

Ni siquiera intentó refrenar su deseo obsesivo de ver a Tomoyo, se quedó detenido frente a la puerta, con la mano puesta en la manilla. Si tan sólo pudiera abrazarla una vez más.

Respiró muy hondo antes de abrir la puerta.

Encontró todo oscuro, pensó que tal vez ella se hubiese quedado dormida, pero al acercarse a la cama entendió que nadie estaba allí. Con desesperación encendió la luz, su vista barrió la habitación una vez más, nadie estaba allí. Buscó en el cuarto de baño, obteniendo los mismos infructuosos resultados. Tomoyo no estaba en esa habitación.

Comprobó el contenido del armario que ella ocupaba, descubriendo que estaba completamente vacío.

Sólo allí, en ese instante, dejó que el pánico escurriera por su cuerpo.

Tomoyo se había marchado sin que siquiera el pudiese notarlo.

Fue por toda la casa haciendo un alboroto de proporciones, consiguiendo que Nakuru y la misma Adele comenzaran la búsqueda que él sabía que era estéril.

—¡Se fue! —gritó, sosteniendo la mirada de Nakuru—. Hay que buscarla —vio desesperanzado en todas direcciones—. RubyMoon, ve por Spinel. Debemos organizarnos y encontrarla lo antes posible.

La joven asintió, perdiéndose de la vista de Eriol y Adele, que se contemplaron en silencio.

—¿Dónde vamos a buscarla? —preguntó la ama de llaves—. ¿Por qué no quitas el conjuro que pusiste sobre ella y me dejas sentir su presencia? —se dirigió a Eriol—. Si tenemos alguna pertenencia de ella, esto será más sencillo.

—No he puesto ningún conjuro sobre la presencia de Tomoyo, ¿por qué iba a hacerlo en primer lugar?

El rictus preocupado de la anciana se alteró notablemente.

—Creí que con el fin de protegerla lo habías hecho, pero… ¿por qué entonces…? —hizo una pausa—. Si no hiciste nada por ocultarla, ¿por qué nunca pude sentirla?

—Ni Spinel, ni yo pudimos llegar a una conclusión sobre ese asunto —respondió Eriol.

—¡¿Y no te pareció apropiado consultármelo?! Eres terriblemente más poderoso que yo, pero hay tantas cosas que desconoces del pasado de la magia, cosas que ni siquiera están escrita en los libros, porque sus secretos pueden conseguir corromper a las almas humanas de forma sencilla. Me sorprende que no me preguntaras siquiera si eso era algo normal.

—No creí que fuera algo malo.

—Normalmente no lo sería, pero… no tengo un buen presentimiento —la anciana miró a Eriol—. Nunca me dijiste que te tuvo tan ocupado que no llamaste en cuatro días.

Eriol le dijo exactamente la misma historia que compartió con sus guardianes, pero tan sólo llegó a la parte dónde mencionó el nombre de su contendor, provocando que Adele lo hiciera callar para hacer hincapié en un punto:

—¿Pavot? —enunció— ¿Lisztberth de Pavot?

—Sí, ¿te suena de algo?

—Pavot —rememoró Adele—. Espero estar equivocada, amo, porque si llega a ser quién creo que es, estaremos en graves problemas —compartió su mirada preocupada con él.

—Habla ya —le pidió con desespero.

—Mi madre me habló sobre un hechicero oscuro. Nadie jamás ha visto su apariencia, porque normalmente posee a otros para hacerse notar o combatir…

—Dijo que Lisztbeth de Pavot no era su verdadero nombre —resaltó el mago.

—Y seguro que no lo es…

—¿Cuál es el punto entonces?

—Este hechicero poderoso del que te hablaba se presenta con diversos nombres, pero el apellido siempre lo conserva, aunque en diferentes idiomas. ¿Pavot? ¿De qué idioma es?

—Es francés —informó Eriol—. Significa…

—¿Amapola?

—Sí.

La anciana cayó sentada en el sofá más cercano, cubriendo su rostro.

En ese mismo instante, la siempre alegre y dicharachera Nakuru, regresó, pero lejos de emular algo parecido a la alegría, venía frenética.

—Amo Eriol —hizo una pausa—. Spinel no está.

—¿Qué?

—Dejó una nota en la habitación —la joven le entregó el pequeño papel garabateado por su creación mágica.

Eriol lo leyó velozmente.

"Amo:

He decidido irme con la señorita Daidouji, sin que ella lo sepa. No perdí mi tiempo tratando de convencerla para que se quedara, ya que sabía que sería inútil, una determinación como la que plagaba sus ojos no es algo para tomarse a la ligera. La decisión de acompañarla dónde ella deseé obedece únicamente a que no puedo permitir que pase por esto sola.

Al volver estaré muy dispuesto a recibir el castigo por esta osadía.

SpinelSun"

—Se fue con Tomoyo —explicó sin poder contener la sorpresa—. Si Spinel está con ella podremos encontrarlos —se atrevió a albergar la esperanza que se había escapado por completo de su lado.

—Tenemos que hacerlo antes de que lamentemos alguna desgracia —Adele ya estaba saliendo de la sala—. ¡No hay tiempo que perder!


N/A: Siempre lo primero que hago es agradecer por seguir esta historia, por leerla pese a que no actualizo con toda la rapidez que quisiera. Eso tiene muchas explicaciones. Releo y cambio cosas casi a diario. Es un capítulo largo. Así que su edición, su lectura, su re-lectura (esto una decena de veces) y las correcciones me llevan mucho tiempo (Lo peor, es que más que seguro se me pasó algo por alto). Traté de que fuera el menor posible, pero ni de chiste cumplí con el plazo que me había auto-impuesto.

Ahora quisiera comentar la historia en muchos puntos, no sé siquiera si pueda conseguirlo resumidamente. Siento que fue una verdadera descarga de información, que será relevante, en protagonismo e importancia para lo que tengo planeado con esta historia.

Al fin conocemos quien presuntamente se encuentra elaborando un estudiado plan que envuelve a los protagonistas y a sus cercanos. El nombre, o más bien, el alias del malvado nació de una mezcla de Liszt un compositor que adoro y Berth una canción que justo sonaba cuando me estaba devanando los sesos en determinarlo. Una historia bien rica hay tras este personaje del que casi no revelé nada. Lo siento, pero todo obedece a razones.

Los que apostaron que Eriol estaba siendo obligado a terminar con Tomoyo tuvieron razón. Tal vez, algunos esperaran que realmente la culpa en el chico lo hubiese llevado por razones equivocadas a volver con Kaho, pero no pudo ser así. Creo que la construcción del personaje de Eriol impediría que actuara de esa manera. Incluso me sentí incómoda a que cediera a la peticiones del villano o villana; traté de reflejar un poco toda la lucha que significó para él dar su brazo a torcer, aceptar sus límites e incluso pedir ayuda.

¿Kaho? Es un personaje que puede ser una esperanza para la pareja principal o bien una enemiga acérrima. Las musas todavía no deciden cuál va a ser el papel que ella va a desempeñar en el futuro.

Entrarán en escena los castaños favoritos de muchos de nosotros, no sé todavía el grado de importancia que adquirirán, ya se verá pronto.

Y por último un rayo de esperanza. Spinel se fue con Tomoyo, quiero escribir eso. Estoy loca por ello.

Ya me despido con el cerebro estrujado.

¿Los leo en los reviews?

Ya saben cómo aprecio cada comentario.

Quiero volver pronto con la actualización.

Au revoir.


En respuesta a sus reviews del capítulo IX "Resistencia emocional", comenzamos:

Schammasch: Efectivamente, nada en ninguna parte ha sido una casualidad, ¿siquiera alguien puede vislumbrar hasta qué punto ha habido manipulaciones en esta historia? Me refiero a la relación de Eriol con ambas mujeres. Kaho sigue siendo un personaje complicado de trabajar. En muchas historias ExT he visto cómo la ponen como la villana, pero a mí me cuesta imaginarla mala porque sí, obvio que abogo más por creer que se corrompió tanto que su bondad de antaño ya se consumió…bueno no lo he decidido todavía. También sufrí escribiendo a Tomoyo tan emocionada, de veras que comporta por completo esa sensación fría de espectadora impotente ante lo que se le venía. Tus observaciones respecto a Eriol fueron tan verdaderas, siempre eres capaz de ver más allá de lo aparente, eso me encanta. Tomoyo pasó por mucho, pero hasta cuándo va a poder soportar y no romper esa fortaleza que expone ante todos. Al final, en la noche, cuando nos vemos al espejo, no es necesario seguir fingiendo. ¿Qué pasará con ellos? Sin duda van a tener que sortear un montón de pruebas, yo no estoy tan segura que su relación sobreviva, después de todos, los humanos somos propensos a desistir cuando el dolor se hace insostenible, pero hay cosas que van a ocurrir que determinaran el tipo de relación que ellos podrán tener al final del corredor. Me despido, devolviendo el abrazo y agradeciendo que siempre seas tan observadora. Gracias por lo profundo que resultan ser siempre tus apreciaciones.

Arlethe: No se vio mucho que pasó con Tomoyo, porque nos tocaba ver qué había pasado con Eriol. Efectivamente lo de Tomoyo fue un verdadero descalabro, pero tampoco es que Eriol haya andado de fiesta disfrutando. Ambos sufren y eso es lo peor. Gracias por comentar.

Nozomi: También me cuestioné todo lo que Tomoyo ha sufrido, todavía lo hago. Sin perjuicio de esto, Eriol tampoco lo ha pasado bien. Y espero que te haya llenado de algo más cálido es saber que no terminó con Tomoyo por gusto propio. Kaho cometió errores, determinar la gravedad es otra cosa, pero es un poco relajante que Eriol no pueda verla como algo más que un amor pasado. Espero que este capítulo te gustara un poco más :)

Pepsipez: Moléstate todo lo que quieras. Confieso que tu review causó sentimientos encontrados, por una parte comparto por completo el sentimiento de ofuscación porque Tomoyo ceda tan fácil, pero fue imposible que no dejara nacer una carcajada al imaginarte a ti (más bien al dibujito de tu avatar) entrar a la historia y zarandear a Tomoyo (y hacerle el mismo gesto que la foto). No me preguntes la razón de esa estúpida visión. Pero ya, siendo más seria. Tengo que darte la razón. La mujer esta tiene que luchar y ser la propia hacedora de su felicidad. Claro que, con todo el entuerto que se viene hacia ellos, creo que va estar cañón (palabra que aprendí en alguna teleserie mexicana). Saludos y nos leemos.

Cata06: Ya viste las razones, espero que no quedaran dudas, de lo contrario, puedes preguntármelo por comentario o MP. Gracias por siempre dejar tu comentario, me hace feliz, Deseo que te haya gustado este capítulo y espero tus apreciaciones.

Sk: Agradezco tanto tus palabras. Me alegra como no tienes ideas que puedas disfrutar de mi trabajo. Gracias por comentar, espero que esta nueva entrega sea de tu gusto.

Carmenlr: Por más que sepamos el final de una película triste que nos haya marcado, sufrimos igual que la primera vez con su final. Quizás ese sentimiento gráfica lo que me dicen tus palabras. ¿Qué pasará ahora? Ya pudiste leer las razones de Eriol para cometer los actos del capítulo anterior. Sigue siendo un misterio la forma en que Takahiro da con Tomoyo, me inclino más por creer lo que deduce la propia Tomoyo, pero no hay duda que podría haber cosas ocultas allí. Espero que las ansias no hayan sido demasiadas. Gracias por leer y comentar. Cuéntame qué te pareció este.

Sul Ad Astral: Nuestra protagonista ha forjado su coraje a fuerza de tozudez y resiliencia. Todos concordamos que no se merece sufrir tanto, pero la vida no siempre ofrece lo que nos creemos merecer. Tal como dijiste, algo muy poderoso pasó para explicar el actuar de Eriol. El amor incondicional es un parto de escribir, porque pocas personas podrían creer que ese nivel de entrega sea verdadero, aunque lo es. Tomoyo deja a Eriol más que por inercia, por querer respetar sus convicciones. No quiero obligar a que Eriol la ame de vuelta, quiere que sea él quien lo haga porque le nace… no sé si me explico. Lo de Takahiro, puede ser por lo que la misma Tomoyo llego a determinar. Él la mantenía vigilada y aprovechó ese descuido para llegar a ella…o puedo que haya más cosas allí. Ya sabes cómo agradezco que te tomes el tiempo de comentar. Esperaré tus comentarios de este capítulo, a ver si el malestar por la "cobardía" de Eriol continúa o se transformó en otra sensación.

Michelle: El lemon es un placer culpable que con el tiempo ha dejado de ser culpable. Concuerdo que es el punto álgido de una relación romántica…Bueno no siempre, pero me gustan los lemon que son especiales, que son esperados y que vives intensamente. Respecto a Eriol y Tomoyo sí había razones y poderosas, de la cuales pudiste hacerte una idea anticipada diciendo que precisamente el fin es proteger a la chica. Eriol se siente impotente de no ser capaz de mantenerla a su lado y a salvo. Lo de Tomoyo sí, tiene una explicación que podrás leer muy pronto (la definición de "pronto", es este caso, es una cantidad de tiempo completamente arbitraria). Muchas gracias por tantos cumplidos, creo que ese día, en que leí tu comentario, hasta andaba más pomposa caminando por la calle, creyéndome la última cocacola del desierto…jajaja no, no es para tanto; pero sí que me hiciste muy feliz. Espero que hayas disfrutado este capítulo que tardó exactamente una semana de 15 días.

A-chan: Gracias por seguir la historia y comentarla. Efectivamente, la historia fue un lento proceso para mostrar como dos personas desesperanzadas pudieron construir una amistad que los alimentó por mucho tiempo, hasta el punto que se volvió amor. Te contaré un secreto (bueno, no es tan secreto) Yo también amé cada escena lemon y comparto la misma envidia por no tener un Eriol (o ya que estamos en esta un Syaoran) en la vida real. La aparición de Kaho es un punto de inflexión en la historia, cuando comencé a visualizar el concepto de la misma, tenía que ser así. La ex mujer del protagonista debía aparecer con vida. Tus sospechas sobre lo "conveniente" que resultaron las cosas no son infundadas. Hay algo muy turbio detrás. Ya espero que me digas qué crees tú. Respecto al niño del prólogo, corresponde a un infante que es hijo de otra pasajera, no de Kaho. Ellos no tuvieron hijos, de ser así hubiese sido peor la pérdida de Eriol. Gracias por tus palabras y por decirme todo lo que te agrada la historia, créeme que me hace feliz saber que a alguien le gusta mi trabajo. Saludos y siento haber tardado tanto.

Yektenya: Nadie salió bien librado del regreso de Kaho, ni siquiera ella misma, como pudiste leer. Llegado a este punto no podemos asegurar nada, y sí es sospechoso que ocurran las cosas de manera tan sospechosa. Como bien mencionar sí hay gato encerrado, un gato de diez cabezas que lanza llamas por la boca. Se les viene difícil a los protagonistas, espero que tus dudas quedaran satisfechas en este capítulo. Ahora, respecto a tu duda, Eriol no tuvo un hijo con Kaho, el niño que aparece en el avión no era hijo de la pelirroja sino que de otra pasajera, así que de momento no hay que preocuparse por bebés… Gracias por comentar, cualquier duda házmela saber.

Hivari: Gracias, qué bueno que te guste. Aquí te va el siguiente capítulo.

Anilex186: Reí como una verdadera estúpida con tu primera línea del review. Te imaginé haciendo un berrinchito y todo je je je. Ya, ahora me pongo seria para responderte como es debido: El dolor que se produce cuando alguien que te ama, te dice que ya no te corresponde debe ser de lo más profundos. Determina un punto de inflexión en tu vida, cambiándote inexorablemente para siempre, lo quieras tú o no. Descuida, amiga, no tengo poderes mágicos, sólo un buen ojo para desmenuzar dolores y experiencias. Y cómo tú misma expones, ese dolor se atenúa, y ya no duele, pero siempre se recuerda. Ahora, con la protagonista no me queda más que decir que sí se rompió, me cuesta visualizar que va a pasar con ella. Creo que puede mostrarse fuerte y sobreponerse, pero temo que no consiga reunir nuevas esperanzas y cometa una barbaridad. De ahí que Spinel la acompañe, creo que, de lo contrario, yo como autora, me sentiría intranquila. No te diré las razones para que ese maldito de Takahiro reclame a Tomoyo, no todavía, pero tus intuiciones no van por mal camino. Tú lo has dicho, Tomoyo es astuta, y se las arregló para escapar. Ella no sabe que no tiene presencia, ni siquiera piensa en eso. Simplemente se escabulló. Es lógico creer que el dolor de la ruptura impidió que fuera un poco más sagaz y notara el extraño comportamiento de Eriol, esta dolida, lo único que desea es estar sola. No sé qué sucederá con Tomoyo estoy en blanco con eso porque tengo múltiples ideas, y todas me parecen geniales. Llámalo drama del escritor. ¿Viste la intervención de Adele? Cómo amo a esa anciana, la amo con toda mi alma. Espero que todas tus dudas hayan sido contestadas, salvo lo referente a la no-presencia de Tomoyo, eso es algo que quiero tener indemne para cuando las cosas importantes se revelen. Te dejo un montón de saludos, creo que cuando recibí tu review llevaba menos de 20% del capítulo, así que me ayudó bastante a reunir las ganas de dejar el jolgorio de las vacaciones y ponerme a escribir. Besos, amiga. P.D.: Amé que te percatarás que esa canción estaba en la pesadilla que tanto tiempo atrás tuvo Eriol.

Heeyol: Lastimosamente ese día todavía no había actualizado, pero ahora sí. Disfrútalo y dame tus percepciones, por favor. Saludos.

Guest: Traté de tardar lo menos posible. Espero que lo disfrutes. Saludos.

Lin Lu Lo Li: Una montaña rusa de emociones, así fue. Los protagonistas está inmersos en algo más. Me alegro tanto que sea de tu agrado el capítulo. También sentí la intensidad de algunas escenas. Adoro que otros también lo puedan percibir. Gracias por comentar, espero que este capítulo haya estado a la altura que esperabas. Gracias por comentar. Estaré atenta de tus percepciones de este capítulo.

Kosmos: ¿Puedes creer que cuando escribiste esta review me encontraba a punto de subir el capítulo? Así que la respuesta sería: Ahora. Saludos.