XI "Sello Roto"
"Cuando la vida es una pesada carga, la muerte se convierte en un ansiado refugio para el hombre"
Heródoto.
Tomoyo siempre había sido una persona a la que le agradaba la lluvia, no le molestaba como a otras personas que parecían eludirla al precio que fuese, a ella le encantaba el aroma que se liberaba entre medio de todas las gotas: petricor, esa era la palabra para aquel olor.
A veces, miraba como la gente corría a guarecerse del agua; ella en cambio, caminaba lentamente porque cada vez que debía enfrentarse a una inclemencia como aquella, cubría su cabeza con una sombrilla de color rosa. Siempre era de ese color porque le recordaba a los pétalos de las flores de cerezo y con ello, su mente recaía en Sakura.
El recuerdo de su mejor amiga provino hasta su mente, alborotando el letargo en el que iba sumida mientras caminaba. El flashback de una sonrisa luminosa de Sakura la hizo detenerse y conformar una en su propio rostro. Pensar en su prima la hizo desear tener la misma esperanza y fortaleza que Sakura siempre mostraba; era una técnica que solía utilizar cuando los momentos se tornaban difíciles, así que cerró los ojos poniendo todo su empeño en sentir esa fuerza, esas ganas.
Lo necesitaba, honestamente lo necesitaba.
—Sakura, ¿qué harías si estuvieras en mi lugar? —le preguntó a la imagen tan nítida de ella que se formó en su cabeza; anheló poder verla, abrazarla y saber cómo se encontraba. Quizás su prima conociera el cómo y el para qué que en ese instante necesitaba definir.
Ella podría darle un objetivo. Una verdadera meta para los días que se le vendrían encima.
Sacudió la cabeza, recordándose que aquellos deseos eran impensados. Sakura estaba a miles de kilómetros y ella allí, en un país extranjero, desterrada, con su cuerpo siendo empapado por la lluvia; esta vez no había un paraguas rosa, ni tampoco ninguno de cualquier otro color protegiéndola; tal vez esa era razón suficiente para aquellos sentimientos tan nobles no se hubiesen conjurado aun cuando pensara en Sakura.
Estaba tan sumida en la desgana, que no le importó que esta vez no funcionara.
La lluvia mantenía su ritmo constante e impersonal.
Se encontraba vagando por las calles, dejando que cada pequeña gota le acariciara el rostro dulcemente, imaginando que se trataba de un millar de mimos, que dejaban huellas de vida difuminándose sobre lo que ella era, tratando de un modo esquivo de darle consuelo, recordándole que aún era alguien.
Al poco andar, notó como le castañeteaban los dientes, al mismo son que el repiqueteo de las gotas que arrojaban los nubarrones densos y poblados que cubrían el cielo por completo. El nudo que llevaba consigo en la garganta, le impedía de cierta forma conectarse mejor con su entorno o con las sensaciones que experimentaba su cuerpo. Los pasos se sumaban, uno tras otro, y otro, en una repetición incesante, sin llegar a ser consciente de sus movimientos, sin efectivamente dirigirse a algún sitio predeterminado. La chica simplemente se movía siendo víctima de un trance. Su cuerpo tomaba las decisiones que su atención no podía, o no quería, saber.
Alejarse es lo único que entendía.
Sólo la bocina de un automóvil la hizo sobresaltarse, percatándose que por poco cruzó la calle con luz roja. El improperio que le gritó el conductor del automóvil quien tuvo que frenar de golpe para no llevársela por delante, no provocó otra cosa que una sonrisa ladina e irónica en su rostro.
«¿Acaso quieres morir?», alcanzó a comprender dentro de aquel rapapolvo que soltó el sujeto.
La sonrisa falleció cuando se le cruzó la respuesta a esa pregunta. El pensamiento que decía que, ojalá aquel vehículo no hubiese alcanzado a detenerse, para que todo hubiese terminado de una buena vez, le hizo sentir dolor.
¡Dios!
No, no podía caer nuevamente en ese tipo de raciocinios.
No de nuevo.
No quería ser igual que antes de vivir ese noble sentimiento con el hombre que amaba. No le gustaba esa versión de sí misma antes de él.
No deseaba volver a ser ese ser humano que siempre tenía miedo y deseaba de forma muy solapada la muerte.
Ya nunca más.
Todo el amor que construyó con Eriol le había traído una gran felicidad, pero también nuevas perspectivas. No quería desear la muerte, no después de tocar la vida tantas veces. Ya no. Tan sólo deseaba encontrar un nuevo comienzo, una forma de renacer. Aunque no tenía muy clara la manera en que eso sería posible. Al menos no ahora, que sentía su ser por completo destrozado.
Quería llorar, pero sus ojos, que seguramente lucían muy rojos, no dejaban nacer ninguna lágrima.
Su antiguo método de defensa se había activado, porque incluso, en ese instante su cuerpo había encontrado la forma de volver a sonreír y de fingir un bienestar imaginario. A pesar de que Tomoyo quería dejar de simular ese júbilo artificial, aquel antiguo mal hábito era indómito y se convocaba contra su férrea voluntad.
Era consciente del temblor que agrietaba la calma que se proyectaba hacia afuera. También estaba al tanto sobre el anárquico ciclón de tristeza que ya había decidido poner un asentamiento, aparentemente prolongado, en su interior. Hacía mucho que no sentía la necesidad de fingir una fortaleza, la cual yacía mermada y desprovista de ímpetu. Ya no se sentía capaz de aparentar ser fuerte nunca más.
Como fuera, había llegado el momento de tomar las riendas de su vida. Y por lo menos no hacerse daño de forma involuntaria en lo que restaba de día. Por eso, se prometió poner más cuidado en sus acciones y prestar la atención requerida a sus sensaciones.
Sentía frío.
Su mirada violeta se enfrentó al asfalto mojado, esperando encontrar un motivo entre sus grises colores. No obstante, lo que consiguió con aquella empresa, de por sí ingenua, fue la dura certeza de la soledad e insignificancia de su propia vida, de sus propios pesares.
Siguió caminando, su maleta era pesada y estuvo tentada de dejarla tirada por ahí; quedándose únicamente con lo imprescindible, pero se negó. Algo más poderoso de lo que lograba comprender le impedía deshacerse de su equipaje. Tal vez, de cierta manera extraña, lograba vislumbrar que el abandonar esas pertenencias era un sinónimo de dejar atrás los recuerdos que había ido creando con Eriol, arrojándolos a sus espaldas a un pasado lejano, completamente olvidados, relegados, condenados a una sin importancia horrorosa.
Ella no quería pretender que la relación con Eriol nunca ocurrió. Tomoyo sabía que eso sería intentar tapar el sol con un dedo; lo que Tomoyo esperaba era quedarse con lo mejor que aquel amor le dejó. Ahora dolía, pero ansiaba que ese dolor con el tiempo fuera haciéndose más tenue.
Se asió con mayor demanda a ese sentimiento de pertenencia. Se negaba a olvidar. Se negaba a inventarse una mentira que le permitiera dejar ese sentimiento atrás.
Trataba, de la misma manera, de afianzarse a la convicción que en la mansión de Eriol le había parecido tan natural. Tozudamente forzaba sus pasos para alejarse más y más de aquella morada que sintió como suya, no por su elegante diseño, ni por su elevado costo. La sintió como si le perteneciera porque entre aquellos paramentos él la había sanado, él la había amado. Y ella había conocido a esa parte de sí misma que se entregaba radicalmente, con violenta quietud.
—Debería regresar —ese susurro abandonó sus labios y tarde quiso censurarlo.
La espontaneidad de sus palabras reflejaba el más puro e incorrecto deseo de desdecirse de sus promesas de libertad para con el hombre que amaba; y exigirle explicaciones que ahora su ser comenzaba a clamar con demanda.
Se detuvo un momento conteniendo el dolor hueco que se había apostado en su estómago.
«Siempre he creído que el amor no es poseer, ni codiciar; es dejar que tu persona más querida sea realmente feliz», se dijo a sí misma, «Entonces, ¿por qué siento este deseo tan crudo de regresar?, ¿de exigir? ¿Por qué todo es tan confuso?»
Tomoyo siguió su camino que continuaba sin un destino fijo, haciendo oídos sordos al clamor de querer volver a la mansión y reclamarle a Eriol por no cumplir la promesa de no dejar que nada los separara.
Su cuerpo se negó a seguir avanzando y se quedó a mitad de un puente que surcaba un riachuelo que se mostraba casi siempre tranquilo, pero que, en ese momento, producto del tiempo imperante, se notaba furioso e intratable.
«No es fácil dejar ir a aquella persona que tanto atesoras. Pero… pero, es lo correcto. Aunque duela, aunque más de la mitad de mí quiera volver, sé que sólo conseguiré hacerlo más infeliz».
—Ni siquiera pudo decírmelo viéndome a la cara —le contó al caudal del río, con tono confidencial y deprimido. Una parte muy inocente de ella esperaba que la masa de agua le respondiera esa confesión—. Probablemente él también esté sufriendo —continuó con lágrimas en cada letra—. Quedarme sólo hubiese profundizado este negro sentimiento de pérdida.
Se conectó de forma tan violenta con aquel dolor, que sus ojos no pudieron aguantar más y soltaron múltiples lágrimas. De cierta manera, esa fuerza que le impedía llorar se desvaneció tan repentinamente que se quedó medio afirmada a la trabajada reja protectora que decoraba el puente.
Se quedó observando el violento caudal, abstrayéndose nuevamente de todo.
—Me siento muy sola —le confesó a las nubes en el cielo—. Estoy muy sola.
Escuchó claramente el sonido amortiguado de un chelo y un piano, puso algo más de atención y reconoció la melodía de Adagio de Johann Bach, no sabía de qué lugar provenía, pero sus notas graves terminaron por conectarla a la lúgubre sensación que ya ganaba terreno en su ser.
Se quedó pensando en el título de aquella pieza y sonrió. Recordó un adagio al que echaba mano siempre que sentía la oscuridad tan cerca:
"El tiempo lo curará todo".
Al rememorar la sonrisa de Eriol, su estómago dio un vuelco, haciéndole dudar de cuán cierto podría llegar a ser ese proverbio en la particularidad de su caso. ¿Alguna vez podría transcurrir el tiempo suficiente para que dejara de dolerle el pecho?, ¿para recordar a Eriol sin que un vacío nervioso se apoderara de su vientre?
Al cabo de unos minutos, emprendió la marcha lenta que llevaba, sin poder responder sus anteriores cuestionamientos.
En el camino se topó con un teléfono público y su cuerpo se movió por sí sólo. Tarde se dio cuenta de las monedas que ingresaba al aparato, y de la manera nerviosa que sus dedos digitaban ese número que había marcado tantas veces. Simplemente dejó que pasara, sin hacer nada por impedirlo.
Sólo la llamaría esta última vez, necesitaba escuchar su voz.
Con las manos temblorosas apretaba el teléfono contra su oreja, el nerviosismo se apoderó por completo de ella, como cada vez que había hecho este ejercicio.
—¿Hola? —la inconfundible voz de Sakura la hizo sacudirse como si de pronto una gran corriente le hubiese atravesado el cuerpo, cerró los ojos con la intención de controlarse, pero voraces lágrimas abandonaron sus ojos y un hipo agudo escapó de su boca, colándose por la bocina del antiguo y descontinuado aparato, antes de que su astucia fuera capaz de contenerlo—. ¿Quién es? —esta vez la voz de la castaña sonaba mucho más inquieta. La preocupación era un ingrediente plenamente reconocible en la forma en que entonó la pregunta.
Tomoyo cortaba siempre en ese punto, sin embargo, en esta ocasión sus dedos agarrotados sobre el auricular, no se movieron; es más, se cernieron con mayor fuerza, siendo incapaz de terminar la llamada.
—¿Por qué nunca me hablas, Tomoyo? —atacó sin anestesia la jovencita de ojos verdes, provocando en Tomoyo un sentimiento de indefensión ante aquella arremetida, que honestamente nunca se esperó.
¿Ella lo sabía? ¿Sakura siempre supo que era ella quien la llamaba con el único fin de escuchar su voz unos segundos?
El corazón de la chica latía desbocado y temeroso.
Lo que más le punzaba era el sufrimiento que se dejó entrever en la interpelación de su mejor amiga, seguía siendo adobada con preocupación, aunque era evidente también, que la reprimenda comenzaba a ganar terreno.
—Lo siento —susurró casi sin fuerzas.
—¡Tomoyo! —Sakura sonaba casi feliz—. Por fin te decidiste a hablarme.
—Lo siento, Sakura —repitió de nuevo—. Lo siento por cada preocupación que te he provocado. Lo siento por no haber llamado… Lo siento por tantas cosas.
—Eso no importa ahora, Tomoyo. No tienes idea de lo preocupada que he estado todo este tiempo —la voz de Sakura se llenó de lágrimas y Tomoyo notó ese cambio sutil enseguida—. He pedido tanto que nada malo te hubiese ocurrido. No puedes imaginar lo que agradezco el por fin escuchar tu voz y hablar contigo. Hay tantas cosas que quiero preguntarte, tantas que quiero saber…
La joven de cabello negro, no pudo reprimir nuevamente esa emoción que la ahogaba y comenzó a llorar, discretamente en un comienzo y luego con tanta pena que cualquiera que la escuchara sabría que algo no estaba bien.
—¿¡Tomoyo!? —Sakura sonaba muy alarmada—. ¿Qué ha pasado? ¿Por qué lloras?
Había tantas razones para estar en ese estado, que no se puso de acuerdo consigo misma sobre cuál era la principal razón de su llanto.
Estaba cansada. Exhausta de perder a los que amaba, por las razones que fueran. Todos a quienes amaba les eran arrebatados.
—Porque por primera vez en mucho tiempo no sé cómo volver a empezar —le confesó al auricular—. Ya no sé de donde reunir esperanzas, Sakura. Este momento es uno muy difícil.
Un mareo la llevó a sostenerse con precario equilibrio, apoyándose en la estructura del teléfono público. Le dolía tanto el pecho, producto de la angustia que verdaderamente no se escandalizó por aquel episodio que experimentó su cuerpo. Procuró respirar y poner atención a lo que ocurría en ese instante.
—¿Por… por qué, Tommy? ¿Te ha pasado algo malo?
Tomoyo asintió, hasta que se dio cuenta que su prima no podía verle.
—No tengo dónde ir. Yo… yo no sé qué hacer, Sakura.
—Vuelve a casa, Tomoyo. Puedes vivir conmigo. Arreglaremos las cosas. Ya verás que todo estará bien. Yo estaré contigo siempre, lo sabes.
—Sakura —logró pronunciar, cerrando sus ojos con fuerza—. Tú siempre creíste en mí.
—Por supuesto que sí. Sé que eres inocente de todo lo que se te acusaba antes de marcharte —intentó arrullarla, pero consiguió exactamente lo opuesto.
Esas palabras la conectaron con ese hito de su vida que había echado a andar la perdición de su alma. La enfrentó con aquello a lo que ella rehuía con fiereza. Eso que ocultaba de todo el mundo. Aquello que ella misma se censuraba.
Sakura siempre creyó en ella, en su inocencia. Nunca supo la verdad. Y ya era hora de que se enterara de todo y que la juzgara como mejor pudiera.
Tomoyo temía que sus siguientes palabras tiraran por la borda esa confianza que Sakura había depositado en ella, por lo que experimentó ese subidón en sus latidos cardiacos nuevamente. Esa culpa fantasmagórica no tardó en aparecer, haciéndola padecer más nerviosismo del que ya tenía a cuestas.
—No, Sakura —respondió lentamente, sus lágrimas retrocedieron y su voz se endureció, la coraza ya comenzaba a formarse para escuchar lo que seguramente su prima iba a reprocharle—. Lo cierto es que sí soy culpable de cada cosa.
—¿Qué?
No era necesaria una maestría en psicología para comprender las implicaciones de esa demanda. La sorpresa, la incredulidad y la consternación con que soltó en aquella interrogante, por poco la hacen retractarse, pero ya no quería seguir huyendo.
«¡Sé valiente!», se dijo a sí misma.
No tenía un gran puñado de personas que le fueran preciosas en su vida y Sakura era una de ellas. Una de las más importantes, de hecho. Merecía la verdad.
—Lo que oíste, Sakura —su voz tembló, su espíritu se sentía capaz de soportarlo, pero su voz parecía opinar diferente—. El esposo de mamá tenía razón, soy culpable.
—Pero, Tomoyo…
—Lo sé, lo sé, seguro que nunca pensaste que él llevara la razón sobre ese asunto. Y permití que creyeras en mi inocencia, que me defendieras todavía cuando tenía la culpa por completo—se adelantó a Sakura, interrumpiéndola. Una larga pausa se hizo entre ellas, Tomoyo pensó que eso era una señal para continuar; suspiró antes de atreverse a retomar su relato—. La verdad es que ya no podía soportar verla sufrir de ese modo —se secó las lágrimas que nuevamente se aglomeraban y rebalsaban las cuencas de sus ojos, se aclaró la garganta—. Yo detuve su dolor, Sakura. Yo maté a mamá, la ayudé a morir y Takahiro de alguna forma lo supo —terminó de confesar aquella funesta acción que había condenado su alma al infierno más cruel—. Y te juro que volvería a hacerlo si las circunstancias fueran idénticas.
La línea permaneció muerta más tiempo, uno que a Tomoyo se le antojo eterno.
Ya estaba, el peor de todos sus pecados finalmente había sido liberado por su boca. Finalmente, había reunido fuerzas para decírselo a alguien más.
Miró su mano libre y la empuñó con fuerza.
El bombardeo de recuerdos censurados vino a acribillarla, y Tomoyo permitió que fueran libres de hacer lo que quisieran.
Recordaba perfectamente cuando tomó la decisión.
Habían pasados dos meses desde que se declaró la enfermedad de su madre, debido a la complejidad de su cáncer, el que fue catalogado en su cuarta etapa de evolución; había entrado y salido del hospital, siendo dada de alta en algunas oportunidades durante ese lapso de tiempo; no obstante, la última internación llevaba cerca de tres semanas ya y Sonomi no mostraba mejorías, todo lo opuesto.
Una de esas tardes, la joven se encontraba acompañando y cuidando a su madre. La pobrecita no había dormido hace muchas horas producto de los fuertes dolores que padecía. Nada funcionaba, ni los analgésicos, ni los opioides.
—"Tomoyo, no puedo más. Por favor, haz algo para que este dolor se acabe ya" —le había suplicado su madre al borde del llanto. Sonomi lucía verdaderamente pálida y cansada, la baja de su masa corporal había sido sustancial y su cuerpo se resentía momento a momento.
Los médicos habían sido reservados a la hora de decir sobre la prognosis en cuanto al tiempo que le quedaba de vida, los más positivistas auguraban una, o quizás dos semanas con los paliativos indicados, otros eran mucho más realistas, advirtiendo de un inminente desenlace. Sonomi se estaba muriendo, eso era un hecho.
—"Mamá, ya estás al tope de la morfina. No podemos darte más", trató de explicarle.
La mirada de genuino sufrimiento que su madre le dio, le aniquiló la voz.
—"Necesito que esto se acabe, quiero que me deje de doler. Tú puedes hacer que se detenga. Por favor, hija" —suplicó la mujer llorando, su voz rasposa y débil, aún le dolía a Tomoyo.
Tomoyo sabía que el equipo médico podría mantener con vida a su madre por varios días más. Sabía que la revivirían todas las veces que pudieran hasta que su cuerpo no lo soportara. Y en medio, su madre seguiría sufriendo como lo hacía en ese momento.
Tomoyo comenzó a llorar antes de notar que lo hacía. Se sentó al lado en la cama, sintiendo el peso del mundo completo sobre sus hombros, agachó su cabeza sintiéndose por completo inútil.
—"Mamá" —la llamó en voz baja.
Tomó su mano tan delgada entre las suyas.
—"He sido muy feliz, Tomoyo, sin embargo, ya es hora de que me vaya. No soporto seguir sufriendo más. Por favor, sé que tú entiendes lo que te estoy pidiendo. Y también sé lo egoísta que estoy siendo, pero nadie más haría un acto de amor como este más que tú, querida hija"
—"Mamá".
—"Ven aquí, mi pequeña bebé".
Tomoyo se refugió en el abrazo que le ofrecía su madre. La joven notó como sus propios temblores se mezclaban con los de Sonomi, era evidente que el dolor la estaba acribillando en ese instante, y aun así, su madre trataba de disimularlo, para consolarla con el amor que sólo una madre es capaz de convocar. Sonomi acunó a su hija y no fueron necesarias más palabras. Cuando ellas dos se vieron a los ojos, el trato quedó pactado.
—"Fuiste lo más hermoso que me pasó en esta vida" —Sonomi enfocó su mirada vidriosa en Tomoyo, acariciando su rostro y cabello con total fervor. La joven se separó finalmente de aquella calidez que siempre le reportó tanta calma, tanta felicidad.
—"Te extrañaré, mamá. Espero que nos volvamos a ver alguna vez".
Sonomi simplemente asintió y se recostó en la cama cerrando los ojos.
—"Gracias".
Momentos después la joven inyectó una dosis de morfina mucho mayor a la recomendada. Ella sabía el desenlace que esto provocaría y estaba por completo dispuesta a asumir las consecuencias.
—"Te amo, mamá. Ahora sólo duerme, ya podrás descansar" —susurró ahogando un gemido.
La muchacha sostuvo la mano de su madre, quien comenzó a ralentizar su respiración, desencadenando que la depresión respiratoria se agudizara hasta que eventualmente provocó un paro, haciéndola espirar por última vez. El agradecimiento decoraba las pupilas cansadas de Sonomi, hasta que sus ojos se cerraron al mismo momento que sus pulmones. Su rostro quedó con una media sonrisa que se quedó en los recuerdos de Tomoyo.
Los médicos trataron de reanimarla, pero el trabajo de Tomoyo fue efectivo.
Para su sorpresa, no hicieron una autopsia que hubiese expuesto su crimen. Claro, al ser un paciente terminal, se asumía que la causa de muerte era la enfermedad que padecía, que no había conseguido seguir luchando contra el cáncer.
Durante el velorio, Tomoyo estuvo acompañada en todo momento por su bisabuelo Masaki, por Sakura y Shaoran y por la familia de su prima, quienes fueron su apoyo durante aquel doloroso episodio. Fue tan sólo un descuido el necesario para que Takahiro la tomara de un brazo y la alejara del salón donde se efectuaba el velatorio. La arrastró hasta la biblioteca y allí expresó sus sospechas, la acusó abiertamente de haber matado a su madre, amenazando con demandarla sino volvía con él.
Fue de ese modo que Tomoyo, después del funeral de su madre, abandonó el país buscando un nuevo comenzar. Atrás dejaba estancada su prometedora carrera como médico; únicamente le restaban un par de meses de internado para conseguir su título, sin embargo, ella ya no podía quedarse en el país del sol naciente. Tomó la decisión y se llenó de valor, sabiendo que era un precio minúsculo, por aquel innatural pecado.
Todo ese tiempo estuvo llevando consigo esa carga que nunca se permitió compartir con nadie. Hasta ese instante. La culpa solía visitarla, aunque con diferentes escalas de tormento. Casi siempre lograba refugiarse en el hecho de que hizo lo que su madre le pidió, lo hizo porque la amaba tanto que ya no quería verla apagarse así. Y pese a todo esto, sabía que era la verdugo de su propia sangre. Seguramente un castigo muy duro le esperaría al acabar sus días.
Por esto, recurrentemente sentía que no se merecía lo hermoso que vivía con Eriol. Por eso, cada cierto tiempo tenía miedo de despertar y ser consciente de que no era verdad. Tanta felicidad le asustaba, perderla le aterraba.
—¡No! —se oyó la negación dolorosa y desgarrada de Sakura, que la sacó de golpe de aquella yuxtaposición de memorias— ¿Por qué no me lo dijiste? También fui testigo de la forma en que mi tía sufría, pero tú… todo este tiempo has llevado esa carga sola. ¡Debiste decírmelo!
—A veces, me sentía como una asesina. Yo había estudiado medicina para salvar a la gente, no para matarla, Sakura. Luego esos sentimientos se esfumaban y me dejaban tan confundida. No quería que me odiaras. No lo hubiese resistido en ese entonces, en cambio ahora… ya no sé si puedo temer a algo más. Es más, es como si buscara adrede tener más dolor… —susurró esta última frase para sí misma.
—¿Odiarte? —Sakura hizo una inflexión tan extraña en esa pregunta que Tomoyo esperó lo que parecieron siglos antes de que su prima continuara con sus palabras—. ¿Qué acaso no me conoces, Tomoyo? —no había altanería en ese retórico cuestionamiento, lo único que detectó Tomoyo fue la dulzura tan propia de su prima—. ¡Te hubiese entendido! ¡Te hubiese apoyado! ¡Eres mi mejor amiga y te quiero!
Ese calor que llenó su corazón fue tan perecedero que Tomoyo casi no disfrutó esa hermosa confesión.
—Muchas gracias, Sakura —sonrió aferrándose al auricular.
Tomoyo cerró los ojos fuertemente, dispuesta a despedirse de la amiga tan preciada que tenía en Japón.
—Tomoyo, vuelve a casa.
—No, Sakura, no puedo volver.
—El esposo de tía Sonomi nunca presentó la demanda. Finalmente, sus amenazas nunca llegaron a consumarse, no tendrías problemas para entrar a Japón —la esperanzada voz de la chica de cabello castaño casi contagió a Tomoyo, pero luego de unos instantes puso los pies sobre la tierra—. Te prometo que yo te ayudaré, juntas podemos luchar contra quien sea.
—Es muy arriesgado involucrarte. Takahiro es la persona más peligrosa que conozco —masculló reprimiendo los traumáticos recuerdos de aquel tipo—. No permitiré que tú aparezcas en su radar —y allí estaba su máximo argumento para no correr a los brazos de Sakura. Temía tanto que ese tipo pudiese de alguna forma dañarla, que no veía otra forma de protegerla que desapareciendo—. Yo podré arreglármelas sin ponerte en riesgo —comentó mordiéndose la uña.
—¡Maldición, Tomoyo! —se escuchó la voz de Sakura un poco colapsada y molesta. Tomoyo nunca la había escuchado maldecir. Nunca. De manera que se quedó un tanto inmóvil, con la voz apagada, esperando que continuara—. Voy a ir a Inglaterra y cuando te encuentre te juro que te… —su voz se extinguió por unos momentos, como si no supiese qué amenaza decir—. Yo puedo enfrentar a ese tipo, más si es por protegerte. Tú harías lo mismo por mí —señaló—. Además, no soy una chica débil, no deberías menospreciarme si sabes que cuento con algunas técnicas para defenderme y defenderte a ti de quien sea.
Tomoyo soltó un largo suspiro, miró en todas direcciones y una tentativa sonrisa verdadera apareció por la comisura izquierda de su boca.
No, no era que menospreciara las habilidades de Sakura. Tomoyo admiraba la tenacidad y la fortaleza de su prima. La cuestión que le asustaba era la pestilencia corrupta que emanaba su padrastro. Bajo ningún punto de vista permitiría que Sakura se viera enfrentada a una maldad como aquella. Takahiro había logrado oscurecer en varios tonos el propio espíritu de Tomoyo, ¿cómo iba a dejar que lo mismo le pasara a su amada prima?
—Te quiero, Sakura —cerró los ojos, para tratar de darse fuerzas—. No dejaré que te involucres en esto, ¿de acuerdo? Lamento haber llamado por el solo hecho de querer oír tu voz una vez más. Eso fue muy egoísta de mi parte —suspiró profundamente antes de proseguir—. Esta llamada será la última, lo prometo. Estaré bien, así que no sigas preocupándote por mí —le pidió firmemente, aunque supiera que estaba pecando de optimista.
—Espera, Tomoyo… —Sakura trató de hacerse oír por sobre el discurso de Tomoyo, sus palabras tan inyectadas de miedo no pasaron por alto para la muchacha, quien cerró los ojos con fuerza.
—Lo siento, Sakura.
—¡Tomoyo! ¡Tomoyo, espera! ¡No vayas a col…!
Cortó la llamada sintiendo un peso gigante. Lo único que había conseguido con esa llamada había sido preocupar todavía más a Sakura.
—Espero que puedas perdonar cada tontería que he hecho —susurró bajito.
La lluvia no se había detenido un ápice desde hace minutos y estaba completamente empapada.
Su mente estaba en blanco, no sabía qué hacer de ahí en adelante.
Estuvo largos minutos bajo las inclemencias del mal tiempo, completamente quieta, presa del más siniestro sentimiento de culpa; hasta que su inteligencia despertó del aletargado dolor.
—Debo moverme.
Con prisas dirigió sus pasos a la estación de trenes, en su cabeza llevaba la firme decisión de abordar el primer tren que la alejara de esas tierras. Evitando con todas sus fuerzas el repasar su conversación con Sakura. Ahora no era el momento, y quizás, nunca lo sería.
Una vez allí, abordó uno que la llevaría hasta Londres, desde la capital tomaría un vuelo, con la intención de perder su rastro. No deseaba ver nuevamente a Takahiro. Es más, con todo lo sucedido con Eriol, ni siquiera había sido capaz de procesar ese hecho. Su cabeza simplemente lo había bloqueado. Tal y como si su cerebro fuese conocedor que soportar ambas vivencias con tan poco tiempo de separación, era para enloquecer a cualquiera. Tal vez por eso sentía como si alguien ajeno a ella hubiese sido la atacada por ese ruin hombre, por lo que de a poco el miedo comenzaba a invadirla, convirtiendo aquel trauma en un monstruo que la paralizaba.
Sacudió su cabeza, tratando de respirar con profundidad e impedir que el pánico tomara el control.
El tren iba extrañamente vacío. Muy pocos pasajeros estaban en el mismo vagón que ella. Escogió sentarse en el extremo más lejano y solitario, se ubicó al lado de la ventana, mirando como las gotas seguían cayendo, ignorando que el frío le calaba los huesos. Seguro que la maraña que se había formado en su cabello se confundiría con un nido de pájaros, y el rímel corrido de sus ojos la hacían lucir fatal, pero no tenía verdaderas ganas de mejorar su aspecto. Eso era completamente intrascendente ahora.
A poco andar del tren, notó que su maleta se removía, más curiosa que asustada abrió el cierre, intentando mantener la calma.
Dentro de la maleta dos brillantes ojos celestes le devolvieron la mirada.
Tomoyo se echó hacia atrás y le fue imposible restringir el grito de pavor que soltó, los pocos pasajeros repararon en su dirección con diversos niveles de interés.
Tomoyo los observó a todos y se disculpó susurrando en el idioma nativo del lugar, finalizando con una reverencia.
No volvió a observar dentro de su maleta hasta que cada pasajero volvió su atención a sus propios asuntos.
—¿Spinel? —consultó con la voz colmada de incredulidad—. ¿Por qué…?, ¿cómo…?
Con su inteligencia turbada no lograba armar una pregunta coherente, sin embargo, al parecer el guardián pareció entender cada pregunta no hecha por la muchacha.
—Se lo explicaré luego, cuando estemos a solas —respondió con la voz tranquila—. Por ahora vuelva a la calma o alarmará a los demás —sugirió con aquel timbre tan sabio y algo pedante que ya comenzaba a ser familiar para Tomoyo.
La joven volvió a pegar su espalda al respaldo del asiento. Tratando por todos los medios de calmar su corazón que golpeaba con demanda contra su pecho.
Spinel estaba con ella. Estaba allí con ella en ese tren. ¡Estaba tan sorprendida!
Su carácter se sumió en una reserva innatural. No podía comprender la razón para que aquel pequeño guardián hubiese permanecido oculto en su equipaje todo ese tiempo, mucho menos entendía los motivos que guardaba la criatura para haber tomado la decisión de acompañarla.
¿Qué pretendía? ¿Acaso Eriol se lo había ordenado?
Ausentemente comenzó a masajear las sienes tratando de disminuir el estrés que ya estaba invadiéndola, por varios instantes se devanó los sesos tratando de encontrar una explicación lógica a todo ese asunto, sin llegar a concluir nada que la dejara satisfecha. Lo único claro es que debería encontrar la forma de convencer a Spinel para que regresara a donde pertenecía.
¿Sería una buena idea avisarle a Eriol que su guardián estaba con ella?
Miró el móvil que había permanecido apagado desde su salida de la casa de Eriol. Se enfrentó a la enorme tentación de encenderlo, llamar y preguntarle al mago las razones para que Spinel estuviera de polizonte en su equipaje.
Tan sólo el pensar en tener que hablar con Eriol le hizo experimentar un vértigo que le aceleró la respiración. Definitivamente no estaba preparada para poder hablar con él como si fuesen amigos. No todavía.
Por altoparlante se escuchó que estaban próximos a arribar a la estación London Paddington. Las casi dos horas de viaje habían pasado tan inadvertidamente para Tomoyo que se sobresaltó con el anuncio.
—Spinel, debes permanecer oculto un poco más. Intentaré encontrar un lugar donde alojar pronto —le habló bajito, y procedió a cerrar la maleta que había dejado abierta durante el trayecto para evitar que el pequeño guardián se sofocara más.
—Por mí no hay problema.
La joven deambuló por la estación, tratando de llevar la maleta con el mayor cuidado que era capaz. Cortesía que no había tenido antes de conocer que llevaba compañía con ella. Cada vez que se enfrentaba a un desnivel, se sobresaltaba pensando en la forma en que aquellas reverberaciones afectarían a Spinel.
Londres la recibía con lluvia también, ni por asomo era tan intensa como en Bristol, más bien era una suave llovizna.
Pidió un taxi, solicitando ir a un barrio de turistas.
Como estaban las cosas, si se hospedaba en un lujoso hotel Takahiro podría encontrarla fácilmente, o eso creía ella. No le fue complicado localizar un acogedor lugar, que tenía habitaciones con baño privado.
En cuanto cruzó el umbral de la puerta y se aseguró que ésta estuviese con el seguro puesto, abrió la maleta con rapidez.
—Puedes salir, estamos solos.
La pequeña criatura salió de aquella prisión en la que se convirtió el equipaje. Tomoyo observó el ir y venir de Spinel y la forma en que respiraba con profundidad. Seguro que el enclaustramiento no había sido fácil de sobrellevar.
—Lamento haber tardado tanto…
Cuando ella se atrevió a hablarle, Spinel la sobrecogió con una mirada abrasadora.
—No debería lamentarlo —dijo lentamente—. Yo fui quien decidió venir con usted sin siquiera preguntárselo, las molestias que pude haber sufrido son de mi entera responsabilidad.
—Entiendo, pero…
—Señorita Daidouji, deje de gastar su atención en cosas sin importancia. ¿No cree que hay cosas más significativas por definir?
La joven asintió y se sentó por un momento en la cama, todavía vestía la ropa húmeda con la que había llegado, aunque ni siquiera reparó en aquel hecho.
—No entiendo por qué estás aquí, Spinel —le confesó directo y al hueso—. Dime qué pretendías al venirte conmigo.
Spinel la observó con la seriedad de siempre, hasta que cierto brillo habitó en la profundidad celeste de forma transitoria. De pronto el guardián cambió su atención y se acercó a la ventana de la habitación, que permanecía cubierta con un visillo transparente, que permitía el paso de la luz tenue del exterior y al mismo tiempo les brindaba privacidad.
—Voy a responder cada cosa que quiera con la más completa sinceridad, señorita —enunció tan formal—. Pero he de hacer evidente la inquietud que me provoca que usted tenga su ropa mojada. Si ha decidido enfrentar la vida usted sola, la salud debe ser un punto que siempre se considere como prioritario. Por esta razón no hablaré con usted hasta que se cambie y vista algo seco —terminó ásperamente.
La muchacha se encogió de hombros, conociendo de antemano que aquella postura no iba a cambiar, el camino más corto era simplemente cumplir con aquella petición.
Tomó la maleta y sus pesados pasos se dirigieron al baño.
—No tardaré —le advirtió al guardián, quien simplemente asintió y le miró hasta que ella cerró la puerta.
No pudo, ni quiso evitar comparar esa solicitud con la preocupación que siempre mostraba Eriol respecto a su bienestar; este pensamiento desencadenó que su sufriera un crudo desvanecimiento y que su pecho se apretara, que la llevaron a aferrarse del lavamanos. La rara mezcla entre el dolor y la melancolía la dejaron sin respirar unos segundos.
Unos minutos después tenía encima unos jeans y un sweater tejido, el calor que estas prendas le proveyeron la conquistaron de forma inmediata. Miró el descalabro que era su cabello, por lo que antes de salir a enfrentar a Spinel hizo algo para contener la masa de su cabello, tomándolo todo en un gran moño. Se aplicó un poco de rubor en las mejillas, porque la palidez que proyectaba la hacían lucir realmente enferma.
—Bien, Spinel —mencionó en forma segura, al momento que regresaba a la habitación—. Estoy completamente seca, por lo que vamos a aclarar esta situación.
El guardián arrugó ligeramente el ceño al hacer contacto visual con ella.
—Usted dirá.
—No sé la motivación que tuviste para seguirme y venir conmigo. Desconozco si lo hiciste pensando en convencerme para que vuelva, pero debes saber que no regresaré.
—Se equivoca, no estoy aquí para hacerla entrar en razón de nada. Si usted quiere volver a Bristol con el amo, si eso llega a suceder, será porque usted quiere que pase.
—¿Fue Eriol quien te solicitó acompañarme? —sus ojos amatistas lo observaron todo el tiempo, de forma que notó claramente la imperceptible y fugaz sonrisa que pasó por el semblante de Spinel, quien lucía como si estuviese comandando una gran travesura.
—La verdad es que no creo que ni siquiera sepa que ya no estoy en la mansión. Es más, me aventuro a creer que también desconoce que usted misma la ha abandonado.
Tomoyo arrugó el entrecejo antes de entender por completo lo que conllevaba esa respuesta.
—Eso quiere decir que…
—Sí, eso quiere decir que me escapé, al igual que usted.
—¡Dios! —exclamó—. ¿Por qué hiciste eso, Spinel? ¡Eriol te necesita! No me preguntes la razón, pero creo que va a necesitar a todas las personas que quiere y tú estás incluido entre ellas —trató de explicarse la muchacha mirando a SpinelSun con total convicción—. Seguro Eriol está muy preocupado por ti. Además, ¿qué es eso de que yo me escapé?, yo sólo hice lo que debía hacer.
Spinel la observó con seriedad.
—¿No se escapó? —su tono burlón y, al siguiente instante, cabreado le erizó la piel—¿Aun cuando le prometió al amo Eriol que se quedaría? ¿Todavía cuando abandonó la mansión sin hacérselo saber a nadie? ¿Usted tiene la desfachatez de asegurar que no huyó?
Tomoyo se mordió los labios un momento.
—¡No podía quedarme, entiéndelo! Estoy segura de que Eriol lo hará y comprenderá que era lo mejor para los dos.
Spinel rompió a reír irónicamente.
—El amo Eriol nunca estaría de acuerdo con eso. Yo no entiendo la manera en que no se da cuenta de lo que mi amo siente por usted. He notado que suele tener una habilidad elevada para leer a las personas, y todavía así no puede percibir todo lo que está sucediendo —apuntó el guardián—. El joven amo caerá en la desesperación cuando note que usted se marchó. Así que no, señorita Daidouji, mi amo no va a comprender su partida en lo absoluto.
—Seguramente me pidió que me quedara porque sabe que no tengo a nadie… porque teme que algo me pase, pero no quería que me quedara por las razones correctas.
—¡Qué tontería!
La joven contuvo una la rabia que ese comentario le trajo.
—¡¿Es una tontería que me haya ido de un lugar al cual no pertenezco?! ¡¿Acaso te has detenido a pensar en lo que he sentido desde que Eriol me dijo que nuestro compromiso quedaba roto?! —gritó ofuscada, haciendo que Spinel la sondeara en silencio—. Hice lo que tenía que hacer. Y si para ti eso es una tontería, pues quedaremos en un punto muerto de conversación.
Tomoyo abrió mucho los ojos, llevó la mano a la cabeza, frotándosela con algo de desesperación.
—¿Y qué ocurre con lo que usted desea hacer? —le preguntó la criatura—. El deber es una cosa, el querer otra. ¿Eso no es importante también?
—¡Esta discusión es absurda! —le expelió la chica a la criatura mágica que la observaba con mordaz superioridad—. Lo relevante, Spinel, es que debes regresar. Hablo muy en serio cuando te digo que Eriol necesita de ustedes. Nakuru, Miss Adele y tú son su familia. Debe estar preocupado.
—El amo no me necesita con él. Él me necesita con usted —la observó con tal seguridad que Tomoyo sintió que se empequeñecía—. Y creo que la preocupación no será principalmente por mí, después de todo hay alguien que le interesa más…—dejó esa confesión flotando.
Esa respuesta le cortó toda la retahíla de razones que tenía para hacerle ver a Spinel el error que había cometido al irse con ella.
—Sí, la profesora Mizuki —musitó pensativa, repudiando la envidia que la llenó por no ser ella a quien Eriol hubiese escogido—, pero tú también…
—No, no hablo de la señorita Kaho —la siguiente expresión que le dedicó Spinel fue como un rayo esperanzador y, del mismo modo, destructivo.
—¿A quién te refieres entonces? —preguntó Tomoyo deteniendo su imaginación que ya comenzaba a creer que de quien hablaba Spinel era precisamente de ella. ¡Una locura!
Spinel la sondeó con los ojos entrecerrados.
—Mi intuición suele hacer juicios acertados sobre las situaciones, casi todo el tiempo —mencionó el guardián—. Lo explico porque realmente no existe la certeza de que lo siguiente que le diré sea verdad —volvió a guardar silencio, Tomoyo esperaba expectante, más bien, bastante ansiosa porque Spinel terminara su argumento, sin embargo, la criatura siguió en ese silencio taciturno que incomodaba a Tomoyo.
—¿Por qué te das tantas vueltas? —reclamó la chica.
Spinel inspiró hondo.
—El amo Eriol dijo que iba a volver con la señorita Kaho —Tomoyo cerró los ojos, escucharlo en su propia mente era muy difícil, oírlo de un tercero era más complicado de lo que esperaba. El buen humor y el ánimo que había ido reuniendo se evaporó; con consternación Tomoyo apretó los puños, resintiendo que Eriol siguiese amando a la profesora. ¿Por qué la vida era así? ¿Acaso ese era el castigo que merecía? Cerró los ojos, siendo consciente de que Spinel no le quitaba la atención de encima.
—Eso lo sé perfectamente, Spinel —lo interrumpió, el guardián la contempló pidiéndole sin palabras que le permitiera concluir.
—Dijo que cuando la vio se dio cuenta que no había dejado de amarla… —continuó relatando.
Las palabras de Spinel no era crueles per se, pero quizás era innecesario tanto detalle, llegó a concluir la jovencita.
«Eriol la ama, es hora de acostumbrarme a esa idea».
—Sí, Spinel. Él me dijo lo mismo —la voz salió más rota de lo que esperaba—. Por eso yo…
—La cuestión es que cuando me dijo esas palabras, sus ojos parecían tan oscuros como cuando él decidió dormirnos. No era felicidad lo que se veía salir de ellos —siguió exponiendo Spinel—. Pese a que intentó parecer sincero, sé que no me decía la verdad. Tengo la creencia, y casi la total certeza, de que estaba mintiendo sobre ese punto. Me inclino a pensar que hay algo que obligó al amo a actuar de la manera en que lo hizo —Spinel observó a Tomoyo con gran desolación—. Y sí, me refiero al hecho de acabar la relación que llevaba con usted, señorita.
El vértigo que sintió Tomoyo la llevó a caer sentada en la cama, viendo a Spinel como si de pronto fuera un completo extraño.
Si hubiese una explicación diferente para el rompimiento con Eriol, ¿cómo se sentiría? No, aquello era improbable, ellos prometieron siempre decirse la verdad. La flama de la esperanza se debilitó hasta casi extinguirse por completo.
—Es más, lo que yo creo es…
—Spinel —Tomoyo musitó su nombre con tal delicadeza, que el guardián se calló en el acto.
Tomoyo no pudo decir nada más, tan sólo agachó su cabeza.
—Señorita Daidouji, ¿acaso he dicho algo malo?
La joven negó con la cabeza.
—No —insistió en responder verbalmente—. Pero esa teoría tuya es tan ideal, casi como un sueño, que de ser falsa me dolería tanto…— la joven abrazó sus rodillas, ocultando su rostro del evidente escrutinio de su compañero—. Tengo miedo de siquiera darle cabida a la esperanza de que Eriol aún me ama—terminó de confesar.
—Si quiere podemos hablar de otra cosa.
—Tal vez sea lo mejor —por un momento necesitaba dejar de pensar en ese hombre, necesitaba convencerse de que ya se había terminado.
—Lo que sí debo decirle es que cuando el amo hablaba de usted, sus ojos volvían a la vida, dotados de una llamarada de completa resolución por preservarla a usted. Conozco a mi amo y sé que lo que siente por usted es enorme.
—¿De verdad lo crees?
—De verdad, señorita Daidouji. Ese fue uno de los motivos para decidirme a acompañarla. Usted es preciada para mi amo, por lo que es mi deber como guardián protegerla.
—¿Aunque yo no te caiga bien? —la joven entonó la pregunta algo nerviosa.
—La verdad es que usted no me desagrada. Eso quiero aclararlo ahora. He tenido un poco más de oportunidad de compartir con usted y lo poco que conozco de su persona no me es irritante, diría que muy por el contrario —Spinel se sentó frente a ella en la cama—. Ama mucho a mi amo, admiro eso de usted —le confesó directamente—, así como también, la forma en que renunció al amo por preservar su felicidad. Cuando anoche me dijo que se iría del lado del amo Eriol en caso de que él decidiera volver con la señorita Kaho, no le creí por completo, pero cuando salió de su despacho esta mañana, yo supe que usted cumpliría con su palabra. Y me asombré por la grandeza de ese sentimiento —Tomoyo conectó con el guardián una mirada de profunda compresión, era como si los dos supieran lo que el otro sentía—. Es sólo esta sensación de no poder sentir su presencia lo que me importuna. He buscado una explicación para ello sin ser capaz de encontrar nada.
—¿Mi… mi presencia? ¿De qué hablas?
Spinel le dijo a Tomoyo todo respecto a sus aprehensiones.
—Yo no sé porque no pueden sentirme —le confesó—. Por favor, créeme. Ni siquiera sabía que podían sentir a las personas sin magia…
—Lo hago, señorita Daidouji, le creo. Pero esta inusual particularidad me pone nervioso. Por eso, al principio la evitaba. ¿Quién iba a pensar que por mi propia voluntad iba a seguirla hasta donde usted se fuera?
—¿Por qué lo hiciste? No me has dicho todas tus razones.
Tomoyo vio claramente como la duda recorrió el semblante de la criatura mágica.
—Porque voy a proteger lo que es preciado para mi amo. Es por eso y también porque tengo este sentimiento de no querer dejarla sola, yo creo que usted debería estar con alguien en estos momentos.
Esas simples palabras le proveyeron a la muchacha tal energía que sintió que ya no estaba sola. No, ahora ese pequeño ser mágico estaba junto con ella, que queriéndolo o no, estaba dándole fuerzas para no caer otra vez.
—Gracias, Spinel —Tomoyo estiró su mano y la dejó caer en la cabeza del guardián con cuidado hasta rozar la suavidad de su pelaje azulado—. Muchas gracias, de verdad.
Spinel simplemente la observó con un extraño sentimiento en su semblante, no se apartó de la caricia que Tomoyo le dio, aun cuando parecía muy rígido por esto.
—No tiene que agradecerme, señorita.
Ambos se mantuvieron en silencio algunos minutos.
Tomoyo necesitaba reunir calma antes de seguir interrogando al guardián de Eriol.
—¿A qué te referías cuando dijiste que Eriol decidió dormirlos?
Spinel le contó a Tomoyo lo que ocurrió entre Eriol y ellos. Las razones que llevaron a Eriol a dejarlos dormidos. También, en ese momento, supo que sanarle el hombro a ella, fue el detonante para que el joven mago los despertara. Ahora muchas cosas adquirían sentido para Tomoyo, sobre todo en lo relativo a la relación un poco tirante que parecía haber entre el mago y sus creaciones.
—¿Qué va a pasar ahora contigo? —consultó la chica.
—Esperaba que me dejara permanecer a su lado hasta que usted determine que mi presencia le es molesta. Entiendo que mi compañía es algo más bien impuesto, pero…
—¡No! —lo detuvo Tomoyo—. Agradezco que decidieras venir… Estar sola no es tan fácil, tenerte como mi compañero será una bendición.
Spinel lució sorprendido ante esa confesión.
—Usted es de las personas más impredecibles que he conocido —declaró—. No pensé que me agradecería esta iniciativa.
Tomoyo le sonrió con franqueza.
—Lo hago y mucho, sin embargo, no quisiera que Eriol se preocupara por ti. Prométeme que te pondrás en contacto con él para decirle que estás bien. Y si él lo requiere, deberás regresar a su lado, ¿entendido?
La criatura mágica asintió lentamente sin quitar su atención de ella.
—Lo haré en cuanto sienta que me está buscando —comentó pensativo—. Creo que todavía no se da cuenta de que nos fuimos.
El pecho de Tomoyo se oprimió, una parte muy oculta de sus pensamientos esperaba alguna reacción por parte de Eriol cuando se percatara que se había ido; al menos, quería que él sintiera su ida de alguna forma, que la extrañara, aunque fuera un poco; era un pensamiento mezquino, y lo sabía. Pensar en Eriol le causaba ese tipo de reacciones contrapuestas e irracionales.
—Por lo pronto iré a la tienda por víveres —le dijo a Spinel, mientras tomaba un abrigo. Realmente necesitaba salir de esa habitación y despejar un poco la mente. Dejar de pensar en aquel hombre de ojos de color zafiro, era uno de sus principales propósitos.
Spinel pareció comprender las verdaderas intenciones de Tomoyo, pues lo único que se vislumbró en él fue un pequeño asentimiento de cabeza.
—¿Quiere que la acompañe?
—No, no es necesario. Volveré pronto.
La joven abandonó la hospedería con paso presuroso. Caminó por largos treinta minutos antes de decidirse a ingresar a una tienda y cumplir con el objetivo oficial de aquella salida.
Ya no llovía, pero el aspecto post lluvia, era aún más desolado para la muchacha.
En el camino se había enfocado en el asfalto lleno de hojas marrones, algunas pisoteadas tantas veces por los transeúntes que ya sólo eran un recuerdo de la hoja completa que conformaron alguna vez.
«Te extraño mucho, Eriol»
Movió la cabeza negando para espantar ese deseo tan fuerte de verlo y estar con él.
En ese momento decidió ir a por los alimentos y distraerse del fuerte sentimiento que seguía habitando en su interior.
Ya tenía algunos víveres, pero le faltaba lo último que tenía la lista mental de compras que había creado. Se encontraba concentrada eligiendo qué comprar, no podía decidir si Spinel preferiría unos bombones de chocolates o unos dulces de café.
De pronto, su vista periférica notó que alguien se puso a su lado. Quizás todas las cosas que le habían sucedido la habían vuelto una paranoica, porque lo único que le indicaba su intuición era que se fuera de ese lugar. Ella intentó alejarse, tomando finalmente los bombones de forma apresurada.
—¿Ha oído que los ojos de las personas son las ventanas para ver su alma? —preguntó el hombre que instantes atrás estaba junto a ella.
Tomoyo volteó por mera inercia para verificar si le hablaba a ella o no.
Se encontró con los ojos más extraños que hubiese visto alguna vez.
Grises. Sus iris eran grises. Nunca había visto a alguien que tuviese ojos de ese color, llegó a sopesar la idea de que se trataban de lentes de contacto; se quedó tantos segundos pensando en la respuesta a ese cuestionamiento interior, que sólo la deslumbrante sonrisa del sujeto, la devolvió a la realidad, notando que se había quedado como una idiota mirándole.
La joven notó el aspecto del hombre, su estatura resaltaba del promedio, la complexión era más bien atlética y cualquiera que tuviera ojos sabría que se trataba de alguien guapo.
—¿Disculpe? —le preguntó con su perfecto inglés—. ¿Me habla a mí?
El tipo sonrió con más seguridad.
—Sí.
Tomoyo lo siguió observando, clavada en el piso.
—Lo lamento, ¿qué decía?
El individuo dejó de observarla y tan sólo dirigió su atención hacia el aparador, escogió uno de los productos de la repisa, sin borrar esa sonrisa de su rostro.
—Le preguntaba si usted había oído sobre que los ojos son ventanas hacia nuestra alma.
—Creo que sí, alguna vez leí aquello, aunque desconozco su autor —respondió de forma automática.
—Sí eso fuese cierto, y por lo que noto en sus preciosos ojos, diría que su alma es una muy antigua. Mi maestra, hace mucho tiempo atrás, me comentó sobre una leyenda que decía que sólo las almas antiguas son capaces de devolverle al mundo aquello que perdió, las únicas de atestiguar lo que ocurrió en aquellos primeros días de los que nunca llegó a escribirse—comentó mirando con atención la información nutricional que expelía la caja de dulces que sostenía entre sus dedos, para luego, de un momento a otro, fijar su atención en ella. Tomoyo no pudo darle explicación al escalofrío que le recorrió la espalda, ni menos a lo nerviosa que de pronto se sintió. El sujeto, ignorante de cuanto experimentaba la chica, prosiguió—: Me contó que esas almas a veces encarnaban en formas inesperadas, pero el precio es que olvidaban su misión en cuanto nacían. ¿No le parece gracioso? Los únicos capaces de conjurar la verdadera magia natural y restaurarla no saben nada sobre sus propios poderes —se rio y Tomoyo detectó por primera vez una opresión nada familiar en su cabeza.
—Es una historia muy extraña… también bastante interesante, pero se me hace tarde. Yo tengo que irme…
—Seguro que se pregunta la razón para que, sin conocerla, esté contándole esto —siguió hablando, ignorando que Tomoyo ya daba algunos pasos hacia atrás alejándose de él—. Y la razón es muy simple. Creo que su alma es muy valiosa —la atravesó nuevamente con la mirada aparentemente inocente que plagaba sus ojos extraños, pero lo que provocó aquel contacto fue dejarla paralizada—, una que es más valiosa que cualquier otra que haya conocido, en esta o en otra vida —susurró las últimas palabras a decibeles tan bajos que Tomoyo realmente las sintió en su mente, más que en sus oídos.
La joven experimentó esa desconfianza burbujeante del principio despertar por completo, pero su cuerpo seguía en completa quietud, por lo que se mantuvo estática en aquel pasillo, pese a que lo único que deseaba era salir corriendo. Nerviosa miró en todas direcciones, tratando de concentrarse lo suficiente para gobernar su cuerpo de nuevo.
—Si aquel precepto, ese de los ojos y el alma, fuese así, yo pensaría que su alma es una muy extraña —argumentó ella, sin siquiera pensar en reprimir esa respuesta.
—Tal vez —dijo él soltando una carcajada sincera, hasta que súbitamente se puso serio—. ¿Siempre es tan perceptiva?
—Algunas veces.
—Ya veo. Me pregunto por qué su alma luce triste —atacó finalmente.
Tomoyo retrocedió un paso, agradeciendo que su cuerpo le hiciera caso al fin.
—¡Eso no es cierto! Mi alma está muy bien… Lo siento, debo irme, mi compañero me espera en casa —comentó a propósito.
—A veces es necesario conocer el dolor para recordar, señorita…
—¿De qué habla? —susurró esa pregunta y nuevamente esas pulsaciones en su cabeza se presentaron.
—Déjeme contarle que hay ocasiones en las que debemos caer tan profundo, que nos conectamos con nuestro verdadero ser, ese que está oculto en lo más profundo —le sonrió con algo de tristeza.
Tomoyo tragó grueso antes de estremecerse y cerrar sus ojos. Todavía estaba asustada y nerviosa.
—Debo irme. Fue un gusto conocerle señor…
—Mi nombre es Lisztberth, Lisztberth de Pavot —extendió su mano hacia Tomoyo.
Ese dolor de cabeza se volvió más punzante.
Ella dudosa miró el ofrecimiento con algo de rechazo. Hizo una reverencia, desestimando la mano extendida del sujeto.
—Hasta luego, Lisztberth —se despidió huyendo.
—¿Y su nombre? —alcanzó a oír al sujeto que preguntaba con interés un poco desmedido.
—Yīngsù —respondió sin detenerse.
La joven no vio la forma en que Lisztberth sonrió, tan sólo escuchó su voz amortiguada decir:
—Me alegró verla, Yīngsù. Espere un momento —solicitó el hombre.
Haciendo que la chica se detuviera al instante y girara para verle.
—levate oculos vestros et vivat, filia reginae.
Esa frase provocó que su vértigo aumentara y la sensación de irrealidad se volviera insostenible, pese a que no tenía idea qué significaban esas palabras.
—¿Qué? —preguntó.
El individuo sonrió de forma misteriosa y levantó la mano para despedirse de ella.
—Hasta la próxima.
—Adiós —susurró ella, ignorando la rara atmosfera que de pronto se había conjurado.
Tomoyo se dirigió a toda velocidad a la caja, pagó por los alimentos y caminó todo lo rápido que fue capaz.
¿Por qué le había mentido sobre su nombre? ¿Yīngsù? ¿De dónde se había sacado ese alias? Ese ni siquiera era un nombre japonés. Pensó en dar un nombre falso porque ella, con sus amargas experiencias, ya no sabía quien podría ser un potencial psicópata. Aunque eso no explicaba la razón de que ese nombre no le fuera del todo desconocido. ¿Y qué significarían esas palabras que le dijo al último? Tal vez sólo era un tipo de despedida.
Tampoco comprendía el verdadero motivo que la orillaron a escapar tan espantada de ese sujeto. Cualquiera que viera la escena desde afuera, no habría visto más que a un hombre amable conversando con una mujer. No estaba segura de estar sobre reaccionando. Quizás ese tipo sólo intentaba ser amable, tal vez al notarla triste quiso levantarle el ánimo. O tal vez ese tipo estaba coqueteándole, pero de una forma muy extraña.
No obstante…
Algo no estaba bien. Tal vez era ella misma. ¿No sería tan sólo víctima de un delirio de persecución? Con esa pregunta en mente se aproximó hasta la posada. Miró en todas direcciones antes de atreverse a ingresar al edificio.
Al volver a la habitación, respiró más tranquila sintiéndose a salvo. La presencia de SpinelSun provocaba ese sentimiento de protección en Tomoyo. Ahora sólo quedaba que su corazón volviera a su cauce natural.
—Spinel —lo llamó al momento en que ingresó a la habitación.
—Estoy aquí —respondió mientras la observaba con detenimiento—. ¿Todo bien?
—Claro, traje algunas cosas—comentó con ligereza—, seguro tú también te mueres de hambre.
Ella misma no había comido absolutamente nada ese día y aunque no tuviera demasiado apetito, recordaba las palabras previas de Spinel. Si iba a ir por la vida por su cuenta tenía que cuidarse.
No vio razones suficientes para contarle al guardián su encuentro con aquel hombre. Lo último que quería es que Spinel pensara que ella tenía alguna especie de perturbación mental.
Vio de soslayo como Spinel miraba la bolsa de las compras, los bombones eran los que sobresalían entre los otros productos.
—¿Bombones de chocolate?
El reparo en aquella pregunta logró tranquilizar más y más a Tomoyo, decantando su atención hacia la incomodidad que repentinamente expresaba Spinel.
—Ah, sí. Esos son para ti.
—¿Para mí?
—Sí, tenía la impresión de que te gustaban las cosas dulces. A Kero le encantan los pasteles, pero como no encontré decidí traerte esos bombones.
—Agradezco la intención, pero no comeré esos dulces, menos en estas circunstancias.
—¿En estas circunstancias? En qué ocasiones sí sería razonable comerlos… ¿O es que acaso no te gustan los bombones? Dime, ¿hubiese sido mejor dulces de café? —le consultó ella algo frenética, quería que Spinel se sintiera a gusto con ella.
El guardián oscureció su mirada.
—Sí me gustan los bombones —confesó serio—. Y los comeré cuando usted esté por completo a salvo. Por ahora no puedo comer nada dulce. No quisiera que por comer esos chocolates alguien pudiese aprovecharse de que estaré un poco… —guardó silencio—. No, no voy a exponerla, ¿de acuerdo?
—¿Y por qué no puedes comer dulces? No lo entiendo.
La criatura mágica la miró con irritación.
—Regularmente no consumo nada que contenga azúcar si requiero estar alerta.
—Sí, sí eso lo entendí —le respondió la chica, con una carcajada atajada en la garganta, verlo tan serio le permitía conectarse mejor con aquel lado juguetón que tenía, olvidándose de todas las otras preocupaciones que poseía—. Lo que no termino de comprender es porqué.
Un ligero rubor habitó el rostro de SpinelSun. Tomoyo aceptó que se veía adorable y tuvo que refrenarse para no tomarle una fotografía, si se atrevía a tanto, era probable que él huyera de su lado.
—Se debe a que los efectos de la azúcar en mi cuerpo equivalen a los del alcohol en los humanos.
La gran O que formó la boca de Tomoyo, pareció molestar más a Spinel, quien ahora le dio la espalda, mientras seguía flotando a mitad de la habitación.
—Entiendo. ¿Todas las criaturas mágicas sufren lo mismo? —quiso saber Tomoyo, recordando que Kero jamás mostró efectos adversos ante el industrial consumo de azúcar que solía tener.
Spinel negó el hecho rápidamente.
—No, esto sólo me sucede a mí.
—¿Por qué?
Spinel se notaba más y más cabreado cada vez, pero Tomoyo no se podía resistir a querer saber más.
—Cuando el amo Eriol nos creó a mí y a RubyMoon, le pareció que sería una característica divertida el que yo me embriagara con cosas dulces —explicó igual de serio que toda la plática—. Lo hizo por mera diversión.
Tomoyo tuvo que trabar su mandíbula para que no se abriera ante la sorpresa.
—Por eso no como dulces, cuando lo hago mi personalidad cambia…
Tomoyo casi pudo visualizar la sonrisa burlona que seguramente tenía Eriol cuando se le ocurrió semejante idea. Por un momento sintió algo de tristeza por el pequeño guardián, pero casi enseguida deseó poder verlo con aquella nueva personalidad.
—Te propongo una cosa —soltó Tomoyo repentinamente, bastante insegura de la forma en que Spinel se iba a tomar su idea, rebuscó en la bolsa y sacó la botella de vino que había comprado en la tienda y se la mostró a SpinelSun, quien no perdía movimiento de ella—. ¿Qué tal si nos embriagamos?
—¿Qué?
—Yo tengo mi alcohol, tú tus bombones.
—Señorita Daidouji, ¿no cree que esto es una pésima idea?
—Llámame Tomoyo, por favor. Señorita Daidouji suena demasiado formal.
—Bien, señorita Tomoyo.
—Sólo Tomoyo, Spinel.
—No, sólo me permitiré llamarla señorita Tomoyo, hasta ahí. Por favor, conteste mi pregunta.
Tomoyo suspiró.
—Tal vez no es una de mis mejores ideas—la joven se sentó en la cama y se quedó mirando la botella de vino que sostenía entre sus manos—. He sentido ganas de rendirme todo el día —confesó abrumada—. Tu presencia ha hecho que esto sea más llevadero. ¿Por qué no iniciar esta alianza celebrando con la más épica borrachera de nuestras vidas?
—No creo que sea buena idea…
—Oh, SpinelSun, nunca creí que fueras de los que evaden un desafío.
—No se trata de eso, señorita —la voz pomposa y seria de él, le daba una clara idea de que esa frase había tocado un punto sensible en el guardián—. Tan sólo que…
Tomoyo deliberadamente, sostuvo la caja de bombones, la abrió y comió uno de ellos, expresando en su rostro claramente el deleite que aquel magnífico manjar le hacía experimentar.
—Delicioso. Su sabor es como un paraíso.
—Eso no va a funcionar —sus palabras tan tajantes se contradecían con el ligero temblor que se escapaba en la oración.
—Vamos, Spinel, sólo esta vez.
La joven le ofreció uno de los chocolates al guardián.
—Quiero poder reírme tanto esta noche, aunque mañana me duela la cabeza. No quiero pensar en que esta será la primera en que ya no soy la novia de Eriol…
Spinel bufó cansado, Tomoyo supo que lo había convencido.
Al cabo de una hora los dos reían a carcajadas.
—¡Nunca pensé que podías ser tan gracioso! —estableció Tomoyo sonriendo de oreja a oreja, hace varios minutos que la sensación de ebriedad había provocado que las comisuras de sus labios se elevaran.
—RubyMoon piensa del mismo modo.
—Tomémonos una fotografía y se la enviaremos a Nakuru —propuso la joven.
—¡Es una idea grandiosa! —respondió entusiasmado.
Los dos se acomodaron e hicieron la señal del conejito, antes de que Tomoyo lograra apretar el botón que activaba la cámara del celular y consiguiera sacar la fotografía que salió algo corrida en el primer intento.
—Una para miss Adele —planteó Tomoyo, luego de quedar conforme con la que sería para la otra guardiana—. ¿Qué cara ponemos?
—Enviémosle un beso a esa anciana refunfuñadora —contesto Spinel, quien estiró su boca—. Seguro que eso curará sus malas pulgas.
Tomoyo se largó a reír, a la vez que tomaba la fotografía del guardián. Ya podía imaginar el rosario que miss Adele soltaría al ver esas imágenes.
—La cámara de adora, Spy —le comentó la chica—. Tú eres muy adorable —apuntó, en ese instante soltó el teléfono que cayó en alguna parte de la cama y abrazó a Spinel con emoción.
—Señorita Tomoyo, me está apretando demasiado —se quejó, desencadenando que la joven lo soltara.
—¡Lo siento! —exclamó al momento que liberaba al jadeante guardián de aquella intrépida caricia.
—¿Y le enviaremos una al amo Eriol? —preguntó con verdadera inocencia Spinel.
Un silencio se hizo en ese instante, pero Spinel no pareció especialmente enterado de ello.
—¿A Eriol? —Tomoyo por un instante se conectó con esos sentimientos de añoranza por el joven que tenía su amor y deseó ella misma poder enviarle un mensaje también, pero ya no era posible.
—Yo quiero enviarle un vídeo mejor. ¡Ande grábele esto! —las palabras raramente pronunciadas por la criatura lograron sobresaltar a Tomoyo, quién decidió enfocar su atención en el guardián.
Spinel sobrevoló y se ubicó frente Tomoyo, quien ya había procurado hacerse con el móvil de regreso.
—Amo, odio no poder comer dulces sin llegar a este estado. Algún día lo embriagaré y yo seré el que me ría —amenazó y al instante siguiente comenzó a temblar para terminar riéndose fuertemente.
La joven ahuyentó esa melancolía de un instante atrás y se permitió seguir al guardián, quien ahora había decidido que lo mejor era hacer una versión bastante chapucera del gangnam style. Tomoyo buscó la canción en internet y bailaron como dos descocados; así por varios minutos.
—Creo que ya no me queda vino —la risa contagiosa de Tomoyo hizo que Spinel la siguiera en ese jolgorio que parecía no tener fin.
—¡Yo quisiera comer un pastel!
Tomoyo se recostó en la cama sonriendo, respirando agitadamente, sintiendo el regodeo que dejaba su borrachera.
—Spinel, ¿tú conoces sobre aquella leyenda de las almas viejas que vienen a este mundo a una misión y la olvidan al nacer como personas normales?
El silencio que le siguió a esa pregunta fue como un velo incorpóreo pero pesado. No podías verlo, sólo sentirlo.
—Esa historia se ha contado desde tiempo inmemoriales. Los detalles varían, pero lo medular siempre se conserva. ¿Cómo saber si es una profecía o simplemente una invención?
—¿Y cómo acaba esa historia?
Spinel se acomodó en la cama también, recostado a su lado.
—Se supone que alguna vez una de esas almas sí recordará su pasado y podrá llevar a cabo su misión… ¿por qué pregunta sobre eso?
—Por nada, sólo curiosidad. Alguien me contó de eso en la tienda, dijo que mis ojos parecían los de un alma vieja, o algo así… ya no lo recuerdo con exactitud.
Su cabeza bombeó extrañamente de nuevo, tal y como ocurrió en la tienda.
—Señorita Tomoyo —la llamó Spinel.
—¿Sí?
—Usted… No, no es nada.
Atrás había quedado la atmósfera de juerga de hace minutos. La seriedad los había dejado a ambos sumidos en sus propios pensamientos.
—Dímelo, si vamos a estar juntos por un tiempo es mejor que exista confianza.
—Se lo diré en otra ocasión —Spinel sonrió con las mejillas rojas.
—Gracias por estar aquí, SpinelSun.
—De nada.
Los minutos siguieron su curso normal, sin que ninguno volviera a hablar.
—Señorita Tomoyo —la volvió a llamar Spinel, por momentos esperó su respuesta, hasta que se levantó de la cama y observó la manera en que Tomoyo se encontraba acurrucada en posición fetal, presa de un sueño profundo—. Usted nunca dañaría al amo Eriol, ¿verdad?
Tomoyo escuchó lejanamente la voz de Spinel, pero estaba tan cansada que por más que lo intentó el sueño la atrapó, llevándola a un pozo profundamente negro.
En un sueño obscuro veía a Eriol en la mansión gesticulando muy asustado hacia RubyMoon, y luego su atención se cernía sobre Adele. Mientras la guardiana le entregaba un papel, que el joven leía velozmente. Un instante después, se tomaba la cabeza y negaba repetidamente. Lucía agobiado y desesperado, a la vez que devolvía el papel a la guardiana, quien al leerlo ponía una mueca de preocupación en su rostro. Aunque la joven se fijó levemente en Nakuru volvió la vista observando a Eriol, su atención sólo llevaba su nombre y el deseo de estar con él la llenó de un sentimiento de desesperación insoportable. Tenía que ir con él. Tenía que calmar esa intranquilidad latente en sus gestos. Su pretensión era una sola: Abrazar a Eriol, rodearlo con sus brazos y decirle que ella siempre estaría con él.
Tomoyo comenzó a acercarse para consolarlo, pudo rodearlo con sus brazos sólo un momento, pero fue arrancada de ese lugar por una fuerza que le quitó el aire.
Un segundo después, se vio a sí misma en las afueras de la casa de su prima Sakura, en Japón, específicamente en el árbol que colindaba con su habitación.
La joven de cabello negro observó la forma en que Sakura hablaba por teléfono y echaba ropa en una maleta, mientras Kero deambulaba volando a su alrededor. La castaña parecía concentrada hasta que súbitamente volteó en su dirección, acercándose hacia la ventana, estirando su mano para tocar el cristal. Tomoyo acudió a la ventana también poniendo su mano en el vidrio que la separaba de Sakura.
—Tomoyo —la escuchó susurrar.
«¡Sakura!», quiso gritar la joven en respuesta.
Su boca permaneció muy cerrada.
Posteriormente un agujero se abrió bajo sus pies, haciendo que ella cayera a las brumosas y oscuras profundidades de aquel abismo.
Imágenes de una lucha le llegaron a su cabeza, parecían recuerdos de alguien más, sin embargo, observaba los hechos como si ella misma los estuviera viviendo, en primera persona. Observó que sus manos lucían diferente y que blandía una espada que brillaba con luz plateada.
Frente a ella se encontraban aguardando un número importante de adversarios. Ellos, sus contrincantes, no eran personas ordinarias, la atacaban con extrañas técnicas que jamás había visto, que no entendía por completo. Entonces ella decía unas palabras y su espada brillaba a tal extremo que lo iluminaba todo, consiguiendo barrer todo el lugar, dejando un reguero de sangre y restos de aspecto terrorífico. Parecía una carnicería humana.
Su ser entero se agitó tanto que el suelo volvió a abrirse y a trágasela en el proceso.
Caía sin tener idea de cuando iba a tocar el fondo, lo único que pudo identificar fue la voz de alguien, una mujer que susurró algunas palabras cerca de su oído, su voz sonaba amortiguada por el sonido de agua corriendo:
«Pronto, muy pronto podré revelarte tu naturaleza. El reloj ya comenzó la cuenta regresiva».
Tomoyo despertó de súbito, con su frente cubierta por pequeñas perlas de sudor. Se sentó en la cama respirando con algo de trabajo, su corazón golpeaba con fuerza en su pecho. Le costó un poco conectarse, todo ese sueño la había dejado un tanto desorientada.
Miró la hora en su teléfono, ya eran más de las cuatro de la mañana. Había dormido varias horas, pero ella se sentía muy cansada. Terriblemente cansada. Observó las manos que ahora sí las reconocía como las propias, volviéndose a hundir en la tibieza de las cobijas que estaban tapándola de forma parcial.
—¿Le ocurre algo? —la pregunta preocupada por parte de Spinel la hizo sobresaltarse.
—Sí. No. No lo sé —terminó de decir atropelladamente, hasta que por fin identificó la habitación que compartía con Spinel—. Lo siento, sólo tuve un sueño muy extraño.
—¿Qué clase de sueño?
La joven se sentó de mejor forma en la cama, y se levantó para correr al baño. A penas alcanzó a llegar al inodoro para vomitar todo lo que tenía su estómago.
—Señorita Tomoyo, ¿se siente bien? —el guardián estaba desde afuera del cuarto de baño, golpeando ligeramente la puerta.
La joven no contestó la intranquila pregunta de Spinel, pues una nueva oleada de nauseas la obligaron a seguir vomitando. Estuvo en ese estado una gran cantidad de minutos.
—Señorita Tomoyo, ¿qué sucede? —insistió el pequeño guardián.
—Estoy mejor, Spinel, descuida.
En el instante en que sintió que su cuerpo lo resistiría se metió a la ducha y dejó que el agua corriera, durante un cuarto de hora permitió que el agua corriera por su cuerpo. Regresó a la cama sintiéndose más cansada que nunca.
—¿Está enferma? —le preguntó Spinel al verla aparecer en la habitación.
—No lo creo. Probablemente el alcohol sea el culpable —le explicó y nuevamente depósito su mano de forma amorosa en la cabeza de Spinel—. No te preocupes más —le sonrió, a la misma vez que se arropaba bajo las frazadas.
Ni siquiera se dio cuenta cuando volvió a dormirse.
—¡Despierte, señorita! ¡Despierte ahora!
La joven se levantó asustada.
—¿Qué pasa?
De pronto Spinel levantó su mano, para hacer callar a Tomoyo.
—Señorita, alguien viene hacia esta habitación. Y sus intenciones nefastas las puedo sentir hasta aquí.
Nada más terminó la frase y Tomoyo percibió la forma en que la chapa de la puerta comenzó a ser forzada.
Presa del más puro miedo, se levantó de la cama, acarreando un mareo monumental en aquella maniobra.
—¿Qué haremos? —susurró enviando una mirada inquieta a su compañero.
—Abra la ventana —La joven hizo caso a Spinel quien salió de la habitación e inmediatamente se transformó en su verdadera forma—. Tome sus cosas importantes y larguémonos.
—Sí.
Tomoyo nunca iba a acostumbrarse al timbre de voz tan grave que tenía Spinel en esa apariencia.
La joven se puso los zapatos lo más rápido que pudo, tomó su cartera, el teléfono móvil y el abrigo que no alcanzó a ponerse, por lo que lo llevaría sujeto en la mano; estaba a punto de llegar a la ventana cuando la puerta se abrió violentamente.
Con horror notó la silueta de tres hombres, dos de ellos le apuntaban con un arma.
—Quédate quieta, Tomoyo —comentó la espeluznante voz de su padrastro.
Tomoyo se acercó otro paso hacia la ventana. Desde la posición en que se encontraban los hombres, no podían ver a la criatura mágica flotar a un costado del edificio.
Todo el movimiento que ella ejecutaba lo hacía sin perder de vista a Takahiro.
—¡Qué te quedes quieta, demonios! —rugió él absolutamente descontrolado.
—¿Vas a ordenar que me disparen? —le preguntó la joven, mientras observaba en vista periférica a Spinel, quien aguardaba atento. Con una frialdad admirable se puso el abrigo, preparándose para sus próximas acciones—. Respóndeme —le exigió con insolencia.
—Tomoyo, no lleves al límite mi paciencia.
—No, Takahiro, eres tú quien ha llevado al límite la mía. La única forma en que me lleves contigo es disparándome, anda, ¿por qué no lo haces? —lo desafió—. Yo jamás iré por mi propia voluntad contigo, entiéndelo.
La joven intercambió una mirada de desdén con la dudosa de él.
—Tomoyo, piensa bien las cosas. Yo puedo ofrecerte el mundo por completo, puedo hacer que te enamores de mí de nuevo. No quiero lastimarte. Yo te amo —la rudeza de su voz se había evaporado por completo. Así se parecía más al hombre que conoció en un principio, no al monstruo que ella vio después.
Tomoyo comenzó a reírse sin verdadera diversión.
—Ya no voy a temerte nunca más, Takahiro.
Esas palabras fueron una declaración abierta de guerra.
La joven corrió los pocos pasos que la separaban de la ventana y saltó por ella. Spinel actuó rápidamente y alcanzó a prever los movimientos de la jovencita, logrando que ella no cayera desde semejante altura.
—¡No, Tomoyo! —escuchó como claramente gritó Takahiro con desesperanza.
Ella se quedó mirando la forma en que su padrastro se acercó a la ventana y miró con espanto hacia el piso, al no verla tendida sobre éste, observó en todas direcciones encontrando sus ojos con ella. En un segundo su expresión abatida cambió a una de sorpresa.
—¡Por ahí! ¡Dispárenle a esa cosa!
La pantera mágica surcó el cielo, Tomoyo se aferró a él soportando el frío viento que le congelaba hasta los pensamientos.
—¡Date prisa, Spinel! —rogó.
—Están disparando en esta dirección —comentó tan comedido—. Voy a acelerar, sujétese muy fuerte, señorita Tomoyo.
El viento había desarmado el moño de su cabello, provocando que sus mechones fueran violentamente removidos en todas direcciones, las ráfagas aumentaron con la velocidad y la joven cerró fuertemente los ojos.
Parecía que lo habían logrado, hasta que comenzaron a perder altura. Tomoyo escuchó la forma en que Spinel reprimió un rugido y luego su estremecimiento la sacudió por completo.
—Me dieron —logró mascullar el felino, en medio de un dolor ahogado—. Intentaré bajar lo más lejos que pueda de aquí. En ese momento huya, por favor.
—¡Claro que no! —gritó Tomoyo—. Estamos juntos en esto, no voy a dejarte atrás.
La criatura mágica guardó silencio, buscó un grupo de frondosa vegetación y descendió en ese lugar. Al bajar Spinel se derrumbó, Tomoyo bajó rápidamente de él y con ayuda de su teléfono celular alumbró el enorme cuerpo de su compañero.
—¿Dónde te duele?
Tomoyo esperó respuesta infructuosamente, para instantes después darse cuenta de que la criatura yacía desmayada. Sus ojos se llenaron de lágrimas al creer que en un primer momento estaba muerto, pero al buscar su pulso notó que Spinel aún permanecía con vida.
Luego, se colmó de pánico al no saber la manera de proceder. Lo único que hizo fue dejar que su cuerpo actuara como si estuviera en piloto automático. Con ayuda de la linterna del móvil se dio una idea de los daños. Notó que un proyectil se había alojado en su lomo y que otro se había rozado el flanco izquierdo; se quitó la camiseta que estaba bajo su suéter y comenzó a cortar tiras para vendar las heridas y detener el sangrado.
Sabía que con eso sería insuficiente, pero lo principal era que Spinel dejara de perder sangre.
La respiración de la pantera era tranquila.
No estaba segura si las criaturas mágicas podían ser curadas con la medicina de los humanos. En realidad, no sabía nada sobre la fisiología de un ser como Spinel.
Con decisión tomó su teléfono móvil, marcando el número de la única persona que sabría la respuesta.
Ni siquiera lograba terminar el primer tono y del otro lado se escuchó la voz de Eriol.
—¡Tomoyo! —el alivio era tan notorio en la manera en que murmuró su nombre que a ella se le llenaron los ojos de lágrimas, sintiéndose en extremo frágil.
—Eriol, Spinel está malherido y es mi culpa —le confesó ella inmediatamente—. No sé cómo puedo ayudarle, por favor, haz algo para que no muera, por favor.
—Tranquilízate, querida —le pidió el mago—. ¿Dónde están?
—En Londres.
Tomoyo oyó como juraba en voz baja.
—Mis poderes están muy débiles, no podré transportarme hasta ese lugar, Tomoyo. ¿Crees que puedas esperarme un par de horas?
—No sé si Spinel resista esa cantidad de tiempo, Eriol —Tomoyo acarició la cabeza del guardián sintiéndose muy culpable—. Él está en su verdadera forma, ¿no puedes regresarlo a su otra apariencia para llevarlo andando hasta un lugar donde pueda atenderlo mejor?
—Lamentablemente no es una opción. Cuando me fui a Francia les permití que pudieran transformarse a voluntad por si requerían protegerte.
—¡Oh Dios! —ella ahogó un llanto profundo—. Nunca debí dejar que se quedara conmigo…
—Tomoyo, sé que es duro, pero debes mantener la calma —la joven sintió esa calidez que siempre le proveía el tono conciliador de Eriol, se refugió en esa sensación para no sentirse tan abrumada—. Yo ya estoy saliendo hacia el aeropuerto. Te prometo que estaré cuanto antes allá. Mientras envíame la ubicación de tu teléfono móvil.
La joven hizo lo que Eriol le solicitaba.
—Ahora dime cómo sucedieron las cosas.
Tomoyo ya comenzaba a hilvanar todos los sucesos para resumírselos de la mejor manera a Eriol, toda esa meditación fue interrumpida cuando la joven escuchó voces de hombres que buscaban por el lugar.
—¡Tomoyo! —insistió el mago desde el teléfono.
—Están por aquí —susurró al aparato en voz baja y se agachó al lado del bulto que hacía el cuerpo de su compañero—. No puedo permitir que encuentren a Spinel o ellos podrían… —se horrorizó al visualizar que esos sujetos mataban al guardián de Eriol—. No quiero que lo lastimen o… que lo maten.
—¿Quiénes? —Eriol se oía frustrado e igualmente agobiado—. Tomoyo, háblame.
—Takahiro y sus hombres —murmuró—. Lamento haber dejado que Spinel se quedara, lo único que he conseguido es que él salga lastimado. Debí pensar mejor las cosas.
—No es tu culpa, Tomoyo. Juro que cuando me encuentre con ese idiota voy a hacer que desee jamás haber nacido. ¡Te lo juro!
Las voces lejanas en un principio, parecían acercarse cada vez más.
—Por favor, haz que Spinel se recupere. Por mientras yo trataré de distraerlos y alejarlos del lugar en que se encuentra él —explicó Tomoyo, quien miró con lamento al alado guardián—. Espero que tú puedas venir pronto y curarle.
Tocó las heridas por encima del vendaje artesanal y deseó tener poderes que le permitieran sanar a la mágica pantera. Dejó sus manos sobre las laceraciones y pidió a quienquiera que escuchara que le permitieran curar a su amigo. Cerró sus ojos con fuerza y al abrirlos las heridas seguían siendo las mismas. Sonrío con amargura, por un momento tuvo el infantil pensamiento que tan sólo deseándolo podría realizar un milagro.
—Tomoyo, quédate junto con Spinel —demandó Eriol.
—¿Qué acaso no comprendes que si me quedo lo matarán? Ellos me quieren a mí…
—Pero, Tomoyo.
—Escucha —pidió la joven—. Debemos ser sensatos, no hay otra opción. Dejaré mi móvil junto a Spinel, la ubicación estará activa en todo momento. Lo dejó en tus manos y dile a Spinel que de verdad lo siento.
—¡No debes exponerte así! ¡Maldita sea!
Oírlo tan enojado y atormentado rompió el corazón de Tomoyo.
—Voy a estar bien, Eriol.
—Tomoyo, no voy a soportar si algo te ocurre, por favor no te vayas del lado de Spinel.
Su tono era una melodía susurrante, casi agónica.
—Spinel fue herido por mi causa. Y no tengo ningún poder para protegerlo de esos sujetos —explicó conteniendo todos sus sentimientos, esa declaración de Eriol la había dejado en un estado de confusión inquietante—. Y no quiero que tener la sangre de más seres queridos en mi consciencia. La única salida que me queda es intentar huir y que ellos me sigan, Eriol. Te prometo que en cuanto logre deshacerme de mi padrastro me pondré en contacto contigo, para que sepas que estoy bien y para que yo pueda tener noticias de Spinel —terminó de decir tratando de sonar esperanzada.
La línea permaneció muda unos momentos.
—Debe haber otra forma… —divagó el mago, sin dar su brazo a torcer.
Tomoyo supo que estaba perdiendo tiempo precioso intentando calmar a Eriol, pero era algo que no podía evitar. Ese inefable sentimiento que la invadía cada vez que escuchaba la voz oscurecida del mago, la obligaba a acurrucar las preocupaciones que se filtraban en las palabras de él. Aborrecía saberlo tan agobiado y no tener en sus manos el privilegio de apaciguarlo.
—No se me ocurre otra manera y verdaderamente no sé qué otro camino podría tomar —movió la cabeza enérgicamente en dirección hacia donde las voces se escuchaban, afinando su sentido auditivo y descubriendo que éstas parecían acercarse con sorprendente velocidad—. Lo principal es alejarlos de este lugar.
—¡Tomoyo, espera! Llegaré pronto a Londres, tan sólo debes ocultarte un tiempo más.
La joven apretó el móvil con fuerza.
—Me las arreglaré para mantenerlos lejos, el resto lo dejaré en tus manos, ¿de acuerdo? Adiós, Eriol.
—Espera…
Tan sólo esa agobiada palabra logró escuchar antes de colgar. Dejó el móvil cerca de la pantera y se quitó el abrigo que utilizaba para inmediatamente cubrir a la gran bestia mágica; con suma delicadeza lo abrazó brevemente y volvió a acariciarlo de nuevo, una última vez.
—Perdóname, Spinel. Y gracias por todo —se despidió con los ojos llorosos.
No alcanzaron a compartir mucho tiempo juntos, pero la chica iba a atesorar esos recuerdos que construyeron en aquellas horas que gracias a él no fueron un infierno.
El frío glacial no hizo más que llenarla de decisión. Un chute de energía que aprovechó para ponerse en marcha.
—Vamos, Tomoyo. Tienes que hacer que se alejen de este lugar.
La joven corrió en la misma dirección en que las voces se percibían, hasta que, eventualmente, se encontró con uno de los hombres de su padrastro.
En el instante que hicieron contacto visual, ella comenzó a correr en dirección contraria a donde se encontraba Spinel.
—Está por aquí —se hizo oír por aquel bosque de silenciosa calma.
Tomoyo sentía los pasos del sujeto casi encima de ella. Sus pulmones estaban por estallar, sin embargo, siguió corriendo aún cuando le dolían los músculos de sus piernas poco acostumbradas a este tipo de exigencias, siguió avanzando todavía cuando sentía que no podía seguir respirando; entonces en el momento más importante no advirtió una raíz sobresaliente y se tropezó cayendo estrepitosamente, golpeándose la cabeza.
Quedó tan aturdida que ya no pudo ponerse de pie nuevamente, sus ojos se volvieron pesados y notó antes de perder el conocimiento que dos pies se posicionaron delante de su rostro, cerró los ojos sabiendo que estaba perdida.
El sonido de una música suave fue la primera cosa que advirtió, antes incluso de abrir sus ojos. Muy despacio sus últimos recuerdos la bombardearon, provocando que su estómago se revolviera por los nervios.
Manejó su respiración para guardar la calma, de forma discreta miró a su alrededor y todo parecía en penumbras.
La habitación era elegante, se notaba por la decoración y el sofisticado contraste que ofrecían los costosos muebles. Ella misma había crecido rodeada de riquezas por lo que estar en una estancia así de acaudalada no le sorprendía, pero se había acostumbrado tanto a la vida sencilla que le había proporcionado su independencia, primero en Tokio y luego en Bristol, que se sintió extraña en aquel lugar.
Cuando el examen que ejecutaba hacia su entorno llegó hasta la silueta de una persona que se encontraba sentada en un sofá de terciopelo oscuro, en la esquina más apartada de la estancia, allí donde la ineficiente lampara no llegaba a dominar la oscuridad reinante; se sobresaltó, originando que de sus labios se escapara un grito que no pudo ser amortiguado por sus dedos que trataron de censurarlo.
—Por fin has despertado —la sombra no era de otra persona más que Takahiro, quien ante la aprensión de Tomoyo, se puso de pie y comenzó a acercarse al lecho que la cobijaba—. Tardaste muchas horas, ya comenzaba a temer que jamás abrirías los ojos.
—No te acerques —la advertencia carecía de potencia, era una débil petición que no demostraba ni un ínfimo porcentaje del reparo de la muchacha.
Él soltó una risa jovial y se aproximó sin prisas hacia donde ella reposaba. Tomoyo quiso levantarse y lo intentó, pero al realizar la acción un mareo desmedido le impidió ponerse de pie y alejarse.
—No debes moverte, amor —susurró, sentándose tan cerca.
Tomoyo sintió como una porción del colchón se hundió bajo el peso de su padrastro.
—Te abriste una brecha en la cabeza cuando tropezaste en el bosque—continuó explicando, ignorando por completo el rechazo que ella mostraba ante él—, perdiste bastante sangre. Menos mal que pude traerte de inmediato a casa. Agradezco tener gente con contactos en este país, ya que no me costó demasiado contratar los servicios de un equipo médico que pudo atenderte con la discreción necesaria aquí en esta suite.
—¿Por qué no me llevaste a un hospital? Puede que la contusión tenga efectos adversos.
Takahiro le sonrió y deliberadamente acarició la rodilla de Tomoyo sobre el edredón, ocasionado en la chica una más que evidente repulsión, quien removió sus piernas para evitar el contacto.
—En el hospital serías fácilmente rastreable, pequeña Tom Tom.
El uso de ese sobrenombre la atravesó como un rayo. Era el mismo que utilizaba cuando eran novios, hace tanto tiempo ya.
—Y no queremos que eso ocurra —prosiguió el gandalla, tomando esta vez a Tomoyo del rostro.
Tomoyo no opuso resistencia, su cuerpo estaba débil y a merced de ese sujeto.
—No quiero que me toques —le dijo con calma, evidenciando el desprecio, pese al miedo que sentía, su voz era clara y resentida—. Cualquier cosa que hagas contra mi voluntad, hará que te odie más y más.
Esa amenaza pareció desmoronar la sonrisa apacible y duradera que decoraba los labios delgados de Takahiro; no tardó en plagar su rostro de una mueca más oscura.
—Siento estar en desacuerdo, estoy seguro de que vas a amarme otra vez, linda Tomoyo —terminó depositando un beso en su frente—. Eso es lo que va a pasar. El odio no es más que otra cara de la misma moneda.
—Eso es imposible —contestó la chica con una incuestionable insolencia—. Mi amor tiene otro nombre tatuado a fuego. Y eso será así por toda la eternidad. Yo amo a…
—¡No me menciones su nombre! —pidió, mientras su dedo se cernió sobre los labios resecos de Tomoyo—. Puedo pasar por alto que te revolcaste con otro hombre, Tomoyo. Te prometo que seré paciente contigo, que voy a consagrar mi vida completa para que vuelvas a quererme. No importa lo que demore, pero tarde o temprano tú sucumbirás ante mí. ¡Tan sólo te pido que no vuelvas a nombrarlo en mi presencia!
—No, no será así. Amo a Eriol, Takahiro…
Él le sonrió con confianza y acercó sus labios a Tomoyo, y la besó bruscamente. Ella cerró la boca con la misma fuerza que una ostra. Esa resistencia no amilanó sus intentos, él no se daba por vencido y mantenía su misión intacta, tratando de diferentes formas que la muchacha finalmente cediera y se entregara a él.
Tomoyo imaginaba que estaba en otro lugar, evitando caer en la desesperación que le provocaba saber que estaba siendo besada por Takahiro. Una cuestión era clara, no iba a permitir que él llegara más allá que lo que tenía en ese momento. Era una lucha de voluntades y Tomoyo sabía que en ese terreno ella no iba a perder. Takahiro soltó un gruñido ofuscado, parecía que se había hartado de la oposición de Tomoyo, quien al final le impidió llegar hasta la profundidad de su boca.
De un sopetón se separó y arrancó por completo las cobijas de la cama.
—Voy a borrar cada caricia que ese se atrevió a dejar en ti —le advirtió—. Tú eres mía, Tomoyo. ¡Mía!
Tomoyo estaba siendo víctima de un pánico mustio, seguro que su comportamiento anterior había hecho que las promesas de su captor de tomárselo con calma y paciencia se escurrieran. Y estaba al tanto que los próximos abusos a los que la sometería escalarían de nivel rápidamente. Sentía mucho asco. Pero no podía reunir fuerzas para oponerse. Así que cerró los ojos. Entregándose a su destino.
Él ya comenzaba a abrir los botones del pijama que vestía, respiraba de forma profusa, sin molestarse en ocultar todo el frenesí que lo invadía. Tomoyo llegó a creer que lucía más demente, como nunca antes lo había visto.
Y no le importó, lo único que ahora la sostenía eran las memorias de sus días felices en brazos del hombre que sí amaba.
—Jamás podrás borrar las caricias de Eriol —no podía ser abusada nuevamente sin que ella dijera su verdad, su cuerpo estaba débil, su espíritu no—, ni aunque vuelvas a violarme, ni aunque lo hagas miles de veces. Eriol es el amor de mi vida —esas palabras detuvieron las acciones de Takahiro.
—¿Y tú eres el de él? —preguntó con veneno.
La imagen de Eriol siendo feliz con la profesora Mizuki la dejó fría. Todo el calor de sus palabras se sofocó.
—Eso no es importante —respondió la joven—, lo verdaderamente relevante es que él es el mío —apuntó.
El sujeto empezó a reír con verdadera gracia.
—¡Vaya! ¡Vaya! Así que él no te ama —atacó—. ¿No es acaso este hecho decidor para lo que podríamos iniciar tú y yo? ¿Para lo que ya iniciamos hace tanto tiempo? Si el no te quiere en su vida, ¿qué te impide que te unas a mí?
—¡Él me quiere! —quizás no del mismo modo en que amaba a la profesora, pero sabía que Eriol sentía algo por ella—. Se preocupa por mí… nunca dejaría de… —¿de qué?, se preguntó a sí misma, ¿de amarla? Trató de balbucear algo más, sin conseguir decir algo coherente.
—¿Y acaso él conoce todas tus facetas, Tomoyo? ¿O sólo le has mostrado a la niñita perfecta? —se burló—. Yo conozco tus peores oscuridades y te acepto con todas ellas. ¿Él haría lo mismo? Cuando ni siquiera ha regresado por ti en tantos días. Dime, ¿es que él dejaría todo por ti? Porque yo sí.
Tomoyo estaba presa bajo el imponente cuerpo de Takahiro, que la observaba acribillándola con su repugnante maldad. La joven lejos de esconderse, todavía en esa situación de desventaja, soltó una risa sardónica.
—Tú no dejarías a nadie por tu precioso dinero. ¿No fue eso lo que te obligó a engañarme en primer lugar? Y a mi madre también.
—¿Tu madre? Esa misma que tú asesinaste.
Tomoyo guardó silencio. El maldito sabía qué partes presionar para mantenerla callada.
—Voy a poner fin a esto de una buena vez, Tomoyo —advirtió el malhechor—. Tú me arrebataste a mi esposa, debes suplir su lugar. Y voy a hacerte mía hasta que lo entiendas.
La joven miró el rostro desfigurado de Takahiro, en un momento específico dejó de tener importancia el miedo que había sobrevivido a todas sus renuncias. Quería poder escapar, deseaba con todo lo que ella era que Eriol estuviese ahí en ese momento, pero la certeza de su propio destino le escupía en la cara que esta vez no había forma de evitar lo que ya parecía encontrarse escrito.
Saber esto último la despojó de toda sensación, y eso se llevó todo vestigio de miedo. Lo único que le rellenó el alma fue saber que todo lo que pudiera sufrir su cuerpo no iba a mermar su espíritu de lucha. Iba a sobrevivir, como fuera iba a lograr salir adelante. Se lo había prometido a Eriol.
—¡Oh, Tomoyo! —siseó él con descarado deseo, a la vez que besaba su cuello, para luego mirarla de frente—. He esperado por tanto tiempo tenerte así de nuevo.
La joven miró directamente su rostro y cometió el último acto de insurrección que tenía a su disposición: sin saber muy bien la técnica, se preparó y terminó por escupir la cara de su captor, quien le devolvió una mirada pasmada. Lentamente Takahiro se llevó la mano al rostro para limpiarse, la expresión de incredulidad estaba en cada una de sus facciones, a la vez que se iba tornando más irritada.
—¡Maldita! —se quejó, y sin previo aviso abofeteó con rudeza a la joven—. ¡Si quieres que sea por las malas, por las malas va a ser!
—Nunca sería por las buenas —se burló Tomoyo manteniendo esa sublevación en cada letra que formaban las palabras que le lanzó a Takahiro. La muchacha sintió el sabor metálico de su sangre, al parecer, ese golpe le había roto la mejilla por el interior. Y aún sabiendo esto, se contentó por aguar en algo los planes de su padrastro, quien ahora no parecía para nada agradado.
—¡Yo quería que fuera de otro modo! —insistió doblegando a la chica, poniéndose sobre ella—, pero no me dejas otra opción. Tal vez te guste que sea de esta manera…
Toda esa pugna fue interrumpida cuando la puerta de la habitación fue hecha añicos, las astillas saltaron en todas direcciones. Esto sorprendió tanto a ambos que casi no hubo tiempo de pensar.
—¡Maldito malnacido! —el rugido por parte de Eriol rellenó el lugar—. ¡Aleja tus manos de ella! —aquella exclamación no se molestaba en esconder la candente amenaza que presagiaba el peor de los infiernos. Aquel tono tajante hizo que Tomoyo se estremeciera. Eriol lucía muy enojado. Furioso. Se notaba frenético. No había hecho contacto visual con ella, sino que miraba a Takahiro fijamente. Una cosa era clara, esperaba que su mandato se acatara en el acto.
—Eriol —gimió su nombre con agonía en un murmullo apenas audible, pero él no la miró, su atención seguía por completo en Takahiro, en cada uno de sus movimientos.
Su padrastro sonrió con maldad y lentamente hizo que ella se pusiera de pie junto con él, poniéndola delante como si ella fuese un escudo.
Todas las emociones que Tomoyo había logrado manejar, reprimir u olvidar, brotaron de nuevo con renovada fuerza, enfrentándola a otro sentimiento diferente. Emoción que mezclaba sorpresa, alivio y un poco de temor, ya no por ella, ahora temía que Eriol fuese de alguna manera lastimado. Aunque sabía perfectamente que Eriol era muy capaz de enfrentar a Takahiro incluso con los ojos cerrados.
—Mira, Tomoyo —dijo Takahiro con la voz inyectada de diversión—. Tu noviecito ha venido a verte.
—Tú… —Tomoyo ignoró la pulla de Takahiro. Su atención se encontraba completamente secuestrada en el hombre que estaba frente a ellos. Vestía el mismo traje que utilizó cuando tuvo aquella última batalla con Sakura, allá en Tomoeda hace tantos años atrás. La joven se concentró en la expresividad de su rostro. Observaba espantada y maravillada, la manera en que el cabello de Eriol comenzaba a erizarse y como todo a su alrededor comenzaba a emanar una energía extraña, cuestión que sabía que era porque su poder empezaba a aumentar—, estás aquí.
Recién en ese instante Eriol desvió su atención de su contrincante y la miró a ella.
Tomoyo no alcanzaba a comprender el caos que le ofrecía el rictus del mago. Tanta mezcla de emociones la dejó hechizada e impresionada.
La joven mujer sintió la forma en que Takahiro apoyó un arma con fuerza en su espalda. No sabía de donde había sacado esa pistola, pero sentía su cañón apoyado justo en su espalda baja. Esta cuestión la llevó a que aquella sensación de preocupación por el bienestar de su amado creciera.
Iba a gritar: "¡Ten cuidado! Tiene un arma", pero esto no fue necesario.
Fue cuestión de un segundo para que ella fuera arrancada del dominio de Takahiro. Fue sólo un parpadeo en que primero tenía los brazos de Takahiro rodeándola y al siguiente instante era Eriol quien la sostenía con fervor, resguardando su cuerpo entre la capa de la túnica de aquel traje negro con detalles azules; mientras su mano la sostenía con amorosa firmeza por la cintura.
—Por supuesto que estoy aquí, Tomoyo —susurró, para acto seguido besarla con descontrol. La joven lejos de detenerlo, no lo pensó dos veces para retribuir esa pasión desmedida que él no racionaba en aquel beso—. No vuelvas a dejarme solo nunca más —le exigió una vez que aquella incendiada caricia se terminó, separándose escasamente para susurrarle aquellas palabras—. Te juro que la próxima vez que hagas algo como esto, voy a tener que castigarte —terminó sonriendo de costado, sus ojos lucían tan serios como en un comienzo, sin embargo, la dulzura habitaba en algún lugar de aquel océano azul oscuro de su mirada, la cual solía hacer que ella perdiera la sensatez.
Por instantes se quedaron mirando fijamente. La joven acarició sus propios labios, que todavía experimentaban ese ligero cosquilleo que él le había dejado.
—Yo… no entiendo —se atrevió a decir.
Eriol arrugó el ceño al notar su mejilla colorada y su labio ligeramente hinchado, acarició ese lugar rozando apenas son la yema de sus dedos. Y abrió mucho más sus ojos al advertir el parche que estaba en lo alto de su frente.
—¡Lo mataré! —maldijo entre dientes.
Acto seguido la abrazó con fuerza.
Alguien comenzó a aplaudir, mofándose de la escena de ellos dos.
Eriol puso a Tomoyo tras de él.
—No te dejes engañar por esa cara, chiquillo —comentó Takahiro con acidez—. Ese hermoso rostro, dulce y precioso como lo ves, es capaz de cosas siniestras.
—¡Cállate! —bramó Eriol—. Hoy voy a arreglar cuentas contigo.
—¿Cuentas? —consultó fingiendo inocencia—. Cuentas es precisamente lo que quiero ajustar con Tomoyo. ¿Te ha contado todo lo que me debe? ¿Todo lo que me arrebató?
Tomoyo no podía ver la silueta de Takahiro, la espalda de Eriol se lo impedía, pero en su cabeza fue muy clara la media sonrisa que llevaría seguramente en su rostro. Sus nervios se dispararon al comprender que su padrastro le iba a contar a Eriol lo que ella había hecho, por este motivo y sin pretenderlo se abrazó al joven, asustada.
—Tranquila, cariño —le susurró Eriol sin voltear—. No dejaré que él vuelva a acercarse a ti.
—¿Se lo dijiste, Tomoyo? —gritó nuevamente Takahiro con una más que notoria mofa—. Él no va a querer tenerte a su lado cuando lo sepa…
—¡Cállate de una maldita vez! —exigió el mago—. Quiero a Tomoyo a mi lado para toda la vida, no me interesa lo que tengas que decir. Eso no cambiará lo que siento por ella.
—¿Ni aunque sea una asesina? Cuéntale, Tomoyo. Dile a este tipo que mataste a mi esposa, a tu propia madre.
La joven sintió la debilidad invadirla con mayor demanda, aferrándose con mayor ímpetu a la espalda de Eriol.
—Yo… —Su voz enmudeció, pese a que Tomoyo quería poder explicarle a Eriol los dichos de Takahiro.
—Tomoyo es una de las personas más dulces y sacrificadas que conozco. Lo que ella haya hecho en el pasado obedece a razones que una escoria como tú jamás podrá comprender —contestó el joven.
Eriol la apoyaba, pese a todo, él no la juzgaba.
—Eriol —susurró Tomoyo, quien ya no pudo resistir y se echó a llorar.
Un momento después el mago volteó y la abrazó, permitiendo que ella se desahogara.
—Tuve que hacerlo…
Trataba de explicarse ella, en medio de la numerosa cantidad de hipos y jadeos.
—Lo sé, querida —dijo el mago, acariciando su cabeza sin dejar de abrazarla, entonces besó su frente con suavidad—. Lo sé.
—¡Hey! ¡Dejen de ignorarme! —amenazó Takahiro, interrumpiendo a la pareja, apuntando en su dirección con la misma arma que Tomoyo había olvidado que tenía—. Más vale que no toques a Tomoyo, ella me pertenece.
Eriol dejó de observar a la chica por breves instantes, extendió su mano en dirección al padrastro de Tomoyo, provocando que éste de pronto quedara paralizado.
—Ya me ocuparé de ti, imbécil —escupió con asco en dirección al sujeto—. Tomoyo —volvió su atención hacia ella—, hay muchas cosas que tengo que decirte… y lo único que deseo en seguir estrechándote entre mis brazos.
—¿Qué cosas? —preguntó ella sin atreverse a abandonar el refugio que le ofrecía el cuerpo de Eriol.
—Cariño, te amo. Te amo más que a nadie en este mundo y en cualquier otro —Esa confesión la llevó a mirarlo directamente al rostro, se olvidó de dónde estaba y la situación que la rodeaba. Lo único que podía atender era el hecho de que su corazón palpitara de forma tan brusca. Eriol se acercó a ella y la besó profundamente, esta vez aquella unión era más detallada, más prolija, más enloquecedora. Se apretó tanto a ella, que la joven se dejó llevar, disfrutando su cercanía, su acogedora boca, su familiar aroma, aun cuando en su garganta tenía un nudo de interrogantes— No importa lo que ocurra de ahora en adelante, nada hará que vuelva a mentirte otra vez. Ha sido un calvario estar sin ti, el peor de ellos.
—¿Me amas?
—Sí, lo hago. Y tú sabes que es cierto.
La joven buscó la mentira en su mirada y lo único que se encontró fue la misma intensidad que le regalaba cada vez que él le decía, con palabras o con gestos, cuanto la amaba.
—¿Entonces por qué hiciste todo esto? —su voz se apagó—. ¿Cómo pudiste mentirme de esa manera?
La culpabilidad fue evidente en él.
—Te lo explicaré luego, cariño. Te diré toda la verdad —susurró a una escasa distancia de su boca, para rosarla un instante después con sus labios, dejando que sus dedos vagaran por su barbilla en una caricia suave que lograba saquear toda la calma que ya no tenía en su espíritu. Tomoyo no podía negarse a él. Aunque en ese momento no entendiera las acciones del mago, simplemente no podía, ni quería rechazarlo—. Por ahora, quédate en este sitio, voy a darle su merecido a este malnacido.
Eriol tomó a la joven en brazos, al notar como a ella le tiritaban las piernas. La llevó hasta el lecho y la dejó hincada sobre el colchón.
—Volveré enseguida —le prometió.
La joven observó la espalda de Eriol alejarse, y un nuevo recuerdo ajeno la sacudió.
La espada plateada brillando, enterrándose en la espalda de alguien… sangre en sus manos, lágrimas en sus ojos, culpa en su interior.
No alcanzaba a procesar toda esa serie de visiones, ¿acaso se estaba volviendo loca? Movió la cabeza para despejar su mente, fijando se atención en el mago.
Se presionó las coronillas tratando de poner en orden sus ideas. Consiguió que la cabeza se le abombara, se sintió débil un momento después.
—Eriol, no vayas.
De repente tuvo la feroz visión de Eriol siendo lastimado.
—No vayas —insistió en una petición casi inaudible.
Puso ambos pies en el piso y trató de ir a detenerlo.
El mareo fue peor, haciéndola tambalear.
No se percató que estaba cayendo, tan sólo el impacto contra el piso la hizo entender ese hecho.
Escuchó esa nueva voz femenina, que ahora sonaba fuerte y claro:
«Pronto será hora de despertar, Yīngsù. El sello de tu prisión ya ha sido roto»
Instantes después registró la expresión horrorizada de Eriol, él venía corriendo en su dirección, gritando algo que ella no podía oír, los ojos pesaban demasiado, para seguir teniéndolos abiertos. Sólo pudo notar como era cargada por dos brazos fuertes, que la levantaban con facilidad del suelo frío, abrió un poco sus ojos para ver que el mismo sujeto de la tienda era quien la sujetaba.
—Tendré que llevarme a esta señorita —declaró.
N/A: Bien, sé que merezco que me linchen. Así que solo diré: "Hola, por favor, perdonen a esta autora por sus irregulares intervalos de publicación".
Realmente lamento haber tardado tanto tiempo esta vez, fue tanto que entre medio cambié de laptop de nuevo, aunque eso no es para nada la razón de mi larga ausencia.
Diría que es el escrito en sí.
Me he tardado porque me ha costado escribir el capítulo, porque aunque mi tiempo para dedicarme a esta labor es muy poco, cuando tenía la oportunidad no avanzaba. Creí que las musas ya no volverían, pero cada comentario que me dejaban me decía: "No, debes seguir" Y así poco a poco fui dándole forma al capítulo.
Odié el comienzo, odié la depresión que vertí en él, me pongo triste cada vez que lo releo. Visualizar a una Tomoyo tan sumida en su desgracia fue complicado...sigue siendo complicado. Después escribir sobre el desenlace de Sonomi, su participación tan gravitante en ese hito también fue difícil de imaginar, y de escribir. Creo que quienes han tenido la desgracia de ver a un ser amado enfermar y sufrir producto de una dolencia terminal, pueden llegar a empatizar con la decisión de Tomoyo. Una desregulada eutanasia que la hizo sufrir a ella también. Por eso adquiere mayor significado el ir a enfrentarse con su padrastro para evitar el daño hacia Spinel.
Respecto a este dúo que se formó, debo decir que me encantó. Siento que ellos dos llegarán a formar un lazo muy profundo en el futuro. Incluso veo a Spinel muy unido a Tomoyo mucho más que a su amo.
Y sí, apareció nuevamente el malvado de esta historia, o uno de los malvados. Y no me refiero a Takahiro que también hizo acto de aparición, sino que Lisztberth. Me gustó que tuviera esta participación en este capítulo porque es él el gatillante para que el comienzo del final se inicie. Es evidente que sabe cosas sobre Tomoyo que ella desconoce y que todos desconocen.
Quiero teorías sobre aquel despertar que tendrá la protagonista, sobre qué naturaleza será.
Tengo un sueño horroroso y más cervezas de las que quisiera asumir en el cuerpo, por lo que me despido, esperando volver pronto, le rezaré a una Deidad en la cual no creo para que eso se cumpla.
Espero sus comentarios y tirones de oreja, ya saben lo mucho que me gustan sus reviews.
Au revoir
Contestación a los reviews del capítulo X
Zarathustrax: Lo que ocurrió con Eriol me generó sentimientos encontrados, por una parte logro empatizar con el temor latente que tiene de que Tomoyo sea lastimada, no creo que sea cobarde, más bien considero que lo que ocurrió es que en su desesperación no supo ver otras opciones menos dolorosas. Como bien mencionas, él pudo decirle que debían terminar y que no podía comentarle las razones. Lo de Kaho es sólo la punta de iceberg, y sí fue muy egoísta al creer que iba a conseguir que Eriol aguardar por ella, creo que la evolución de ese personaje o su involución será importante en lo que queda de historia. Sakura y Shaoran llegarán pronto, aunque no quiero adelantar nada…mi mente es un nubarrón ahora. Gracias por seguir la historia, por comentarla y por la paciencia para esperarla.
Pepsipez: Hola: Recuerdo que me eché a reír cuando leí la primera parte de tu review del capítulo pasado, esa del: "En el episodio de hoy…" por la simple razón de que de verdad me lo imaginé hasta con la voz del narrador de DBZ. Dejando las bromas de lado y pasando de lleno a responder tu comentario. Considero que las emociones del Eriol cualquiera las puede comprender, quizás para algunos su actuar es el "más sencillo" o "la salida más fácil", yo no lo veo así; y aunque muchos estén en desacuerdo con sus acciones, la mayoría puede empatizar con su desesperación, y con su sentimiento de responsabilidad para con Kaho. También estoy de acuerdo que la muerte debe ser un hecho sin posibilidad de ser revertido, no hay cabida para los que ya partieron, ya no encajan, aunque en nuestra mente idealizamos esos encuentros, siempre tendrán efectos adversos. Me preguntas por la genealogía de Eriol y he de ser sincera, no tengo la menor idea. O sea, sólo me nutrí de lo que se sabe de las CLAMP, no le he dado un fondo mayor a ese hecho, pero en cuanto a la reacción de Eriol frente al médico, es porque a pesar de ser europeo creo que es un personaje que adora su soledad y que no acostumbra a ser muy cercano con el resto de personas, salvo, claro, con aquellas que él considera importantes. Llevas razón al creer que el malvado es algo más y que realmente su objetivo nunca estuvo en Kaho o en Eriol, más bien sus intenciones eran llegar a Tomoyo. Lo de Kaho es un verdadero dolor de cabeza, como lo vea sus acciones sólo traerán dolor y desesperanza, hay algo que ella perdió y que dudo que pueda recuperar. Disfrutas de la maldad de Lisztberth…yo también, en realidad la maldad bien llevada siempre es atractiva. Lamento que la espera haya sido tan larga esta vez, pero la desvergüenza es un modo de vida. Saludos.
Michelle: ¡Quince años! Juventud, divino tesoro, dicen por ahí. Me alegra que seas una estudiante destacada, se nota por la forma en que te expresas que tienes un lugar más que meritorio. La verdad es que esta vez me he tardado tanto que ya no sé si vayas a leer la respuesta a este review, espero sinceramente que sí. Realmente cuesta bastante escribir cuando tienes un cúmulo de responsabilidad aguardándote día con día, pero es lo que me gusta hacer y lo haré mientras me sea gratificante. Gracias por todos los ánimos, fueron verdaderamente especiales cuando las musas me abandonaron por completo.
Schammasch: Considero que Eriol se sintió culpable no por ser feliz nuevamente, sino por saber que Kaho era tan desgraciada y sufrió tanto, mientras él, de forma simultánea comenzaba a darse una oportunidad con Tomoyo y a amarla profundamente. Creo que el paralelo entre ambas vidas es lo que le dolió a Eriol. Lo que me gustó fue que decidió ser sincero con la profesora, a pesar de toda la culpa que sentía. Tomoyo es un espíritu que conoce el verdadero significado de amar, ella ama sin que poseer sea necesario. Es obvio que le duele tener que dejar a Eriol, pero lo que ella plantea es verdad: es peor quedarse a su lado y verlo volverse desdichado. Tienes razón al creer que es algo superior lo que lo envuelve, sin duda hay mucha tela que cortar todavía, pero ya se pudo ver que el objetivo de este antagonista mágico no tiene que ver con Eriol, como quizás se pensó en un comienzo. No, su interés está en Tomoyo y en lo que sea que ella esconde. Como siempre agradezco cada uno de tus comentarios, siempre me gustan. Gracias.
Arlethe: Dudo que cuando le dijiste que ojalá le llegara algo de competencia a Eriol te refirieras a lo que te ofrezco hoy. Me parecería un poco innatural que Tomoyo se diera una oportunidad con alguien más en el corto plazo. Ella es de sentimientos más profundos, más cuando está por completo enamorada de Eriol. Y creo que en este capítulo esto es más evidente que nunca.
HEYOOL: Puede ser que la acción que toma Kaho fuese egoísta en toda ley. Y también considero muy crédulo de su parte esperar que en dos años Eriol continuara sintiendo lo mismo. Ella confió que su amor lo resistiría y me inclino a pensar que quizás hubiese sido cierto si Tomoyo no hubiese aparecido, pero quizás, a la misma vez, Eriol no habría llegado a los dos años con vida, decidiendo morir antes. O sea, son tantas las posibilidades que aferrarse a esa donde todo saldrá bien es pecar de confiada. Spinel es mi nuevo guardián favorito, realmente adoro el potencial que tiene la relación entre Tomoyo y él. Sakura vendrá pronto y sabremos qué nivel de protagonismo tendrá. Si Tomoyo estaba embarazada, ¿cómo saberlo? Gracias por tus comentarios. Estoy ansiosa por saber qué piensas de éste.
ltair777: Gracias por querer tanto la historia que escribo, de veras agradezco tus palabras. Eriol nunca tuvo un hijo con Kaho, de hecho ella no llevaba ningún niño cuando ocurrió el accidente, el que sale en la escena es un niño que va con otra pasajera. Me gusta que trates de comprender a Kaho, es lógico que nadie quiere morir, la mayoría de la gente teme en mayor o menor grado a la muerte, aunque es lógico que ir en contra de las leyes acarreará desgracias y eso fue lo que ocurrió con ella. Es obvio que Eriol sufre con su regreso, no porque no lo le alegre que ella esté con vida, sino porque Kaho ya no encaja en la vida de él como ella quiere hacerlo. Lo que ocurra con ellos creo que ya es muy claro, el mago fue sincero con ella. Ahora nada más queda por definir si ella va a dejar que eso suceda o será de las que se unan para separar a los protagonistas. La familia Amamiya es un caso muy profundo que queda por analizar, hay bastante cosas que quedan en el aire. Ahora, lo que sucede entre Spinel y Tomoyo es lo más bello que rescato de este capítulo, y considero que Spinel dará su fidelidad a Tomoyo de aquí en adelante. Espero que este capítulo te haya gustado y lamento realmente toda la espera.
Kosmos: Me pasó igual, mi pareja favorita siempre ha sido SxS y lo siguen siendo, pero una vez escribí de estos dos y se volvió como una droga dura. Y tengo varias teorías al respecto, pero la que gana más fuerza de todas es que tienen personalidad que te permiten hacer más cosas sin que sea un saqueo para sus personalidades originales. Gracias por decir que te gusta el ritmo que lleva la historia, no es del gusto general, normalmente la gente digiere escritos con un ritmo más rápido, pero este en particular no es de esos, por eso comprendo que a algunos les pueda llegar a hartar. Eriol ha tenido que sufrir muchísimo, y adoro que su único fin sea proteger a Tomoyo, quizás sus métodos son los equivocados, pero puedo empatizar con él y con su proceder. La llegada de Kaho echó a correr el derrumbe de la felicidad que los tenía a ambos obnubilados de alegría. Lo que pase de aquí en adelante será duro para dos personas que se aman. Spinel y Tomoyo se volverán cercanos, creo que eso es más evidente que nunca. Estoy ansiosa por escribir sobre la llegada de Sakura, quien tuvo una pequeñísima participación en este capítulo. Espero seguir contando con tu lectura, gracias por comentar.
Nozomi: Bueno Kaho tendrá que tomar sus decisiones en su momento. Creo que para ninguno de los tres será fácil los momentos que se vendrán, en especial para la pareja protagonista. Ya se deja vislumbrar la naturaleza de Tomoyo, esconde algo que al parecer es muy codiciado por la entidad maligna que ha hecho sus jugadas para separarla de Eriol. Veo mucha confusión en el próximo capítulo. Sakura aparecerá al fin, o eso quiero, para tratar de armar el rompecabezas que parece dar tan pocas piezas que ninguno sabe realmente hasta donde está el alcance de las redes de este oscuro ser. Y me demoré en volver, lo siento de verdad. Espero seguir contando con tu lectura, gracias por comentar.
A-chan: La creación de Lisztberth fue una oda a lo mucho que me gusta la maldad cuando es así de atractiva, me gusta mucho este villano. Bueno Kaho hizo su jugada, la que creyó que le proveería la felicidad que parecía escapársele de las manos. Puede que sea egoísta, puede que no tenga razones para exigirle a Eriol una fidelidad por el tiempo en que ella desapareció, pero la cuestión es que volvió. Como expliqué en otro review, Eriol siente culpa por lo que ella tuvo que pasar, siente también responsabilidad porque ella creyó que él la esperaría y mientras ella era sometida a muchas torturas, él volvió a enamorarse y a vivir verdadera felicidad con Tomoyo. Ahora lo que sí me gusta es que se lo dejó claro a la pelirroja. Ya no la ama. Si después él le miente a Tomoyo, como bien tú dices, es porque quiere mantenerla a salvo, no porque realmente desee volver con Kaho. Creo que todos quedamos un poco más tranquilos cuando supimos que Spinel se fue con Tomoyo, amo a esos dos juntos. Espero que te haya gustado este capítulo y estaré atenta a cualquier duda que puedas tener.
Tanya: Es cierto que el amor nos hace cometer locuras a veces, algunas sin importancia y otras que de verdad te condenan a crueles vivencias. Es triste ponerse en el lugar de Kaho, es cierto que es egoísta y no tiene el mismo temple que Tomoyo para enfrentar el desamor, pero se comprende sus razones, aunque uno no las comparta. "Me parece que Tomoyo podría ser la reencarnación de alguien que eriol no recuerda." Oh vaya, cuando leí esta parte dije: Dios, esta chica tiene un sexto sentido muy desarrollado; ya verás en el próximo capítulo mucho más acerca de ese punto. Viste la relación que comenzaron a formar Spinel y Tomoyo, siento que es de las cosas más lindas que escribí en este capítulo. Gracias por leer.
Lizy-Michaellis: Considero que la mayoría de los lectores coincidía en que algo estaba "obligando" a Eriol a terminar con Tomoyo, aunque muy pocos se esperaban algo como lo que ocurrió. Y sí, Eriol fue demasiado confiado al creer que ella cumpliría con su palabra y se quedaría en la mansión. Puede que estar tan cansado y conmocionado por lo que estaba obligado a hacer, le quitó mucha de su acostumbrada perspicacia. Se viene una pelea de aquellas, pero quizás los bandos no serán los que todos esperan. Los dos sufren por separarse, se aman tanto que prefieren eso a ver al otro siendo lastimado o sintiéndose desdichado. Cada uno tiene sus razones para proteger al otro y eso es lo que más me gusta de la relación que consiguieron formar. Saludos, gracias por comentar.
Kosmos: Perdona por tanta tardanza T.T
Anilex: Tu amor por Adele es muy compartido por mí también, eso lo sabes. Es la que guarda grandes secretos, así que no hay que perderle el ojo. Eriol es muy poderoso, sí, pero no deja de ser humano. Este ser, en cambio, no se sabe qué es, ni desde cuando espera eso que está buscando con tanto esmero, al punto de llevarlo a jugar su papel desde las sombras. Me preocupa el futuro de Tomoyo, me preocupa porque tendrá que enfrentar cosas crueles para conseguir despertar aquello que tiene dormido, pero en medio habrá otras cosas que sabotearán los planes de todos. Lo de Eriol es complicado porque haga lo haga, quedará con manchas en su alma, pero su templanza jugará un rol importante si es que su objetivo es proteger a Tomoyo. También en su momento tendrá que hacer elecciones que nadie querría hacer. Te dejo saludos, amiga. Espero pronto escribirte por interno para saber de ti.
Nozomi: Perdón u.u
Guest: Disculpa por satisfacer tu ansias con tanto retraso, lo siento.
Kosmos: Perdona que me tarde tanto, u.u.
Pauuu: Me alegro que te guste tanto, aquí está el siguiente capítulo.
Have A Nice Life: Qué bueno que te agrade la forma en que se construyó la relación de TxE, es verdad que para algunos fue tardado, pero es la forma en que debía ocurrir lo que hace que su abrupto final nos sacuda un poco. A partir de este capítulo todo cambiará, entrarán en escena Sakura y Li, y también sabremos otras cosas sobre Tomoyo. Creo que es ésta quien tendrá que sufrir mucho más que los demás porque lo que se le viene será complicado, no dejará de serlo para Eriol, pero de un modo distinto. Eriol vuelve por ella, Eriol le dice la verdad, pero esto tendrá un precio. Nada está totalmente claro, pero si que hay muchos caminos posibles. ¿Qué piensas tú que sucederá de aquí en adelante? Gracias por tus ánimos, por seguir la historia.
Absurd Minds: Una espera injustificadamente larga, lamento tanto demorarme tanto. Ojalá disfrutes este capítulo, gracias por toda la paciencia.
