Eran las 4 de la madrugada. Sucedía siempre a la misma hora.
Quizás sea por el hecho de que ese horario marcó un antes y un después en su patética vida.
Despertaba alterado. Su corazón latía muy fuerte y sentía la sensación de ahogo en un océano profundo.
Sus manos temblaban, el sudor frío caía por su frente. Su cabeza explotaba de dolor.
Esa imagen era la más difícil de borrar...
—¿Amor, te sentís bien? —inquirió Izumi, abriendo apenas sus ojos y moviéndose con pesadez hacia su novio.
—Perdón por despertarte... —se lamentaba. Acarició el enorme vientre que cargaba la muchacha de cabello oscuro.
—¿Son esas pesadillas, verdad? —inquirió. Corrió los mechones de pelo que cubrían el rostro de su amado.
Pudo ver un torrente de angustia que soportaba en silencio.
—Un mal sueño, eso es todo—se acercó a Izumi. Besó su frente y su evidente panza de casi ocho meses de gestación.
Itachi se levantó con pesadez.
—Iré a darme un baño. Tratá de volver a dormir, por favor—exclamó mientras sostenía la puerta.
Izumi sonrió y se acomodó en el espacio que su novio le había dejado. Se acurrucó en la almohada y cerró sus ojos.
Itachi amaba la sonrisa cuando ella estaba por dormir. Era encantadora.
El Uchiha ingresó al baño y abrió rápidamente la tapa del inodoro. Se arrodilló y expulsó aquel trago amargo que contenía después de despertar.
Esa maldición lo persiguiría hasta el final, siendo una carga necesaria para el bien de su conciencia.
Las náuseas no cedían. Itachi, arrodillado frente al inodoro, trataba de respirar profundo y tranquilizarse.
Una vez más, dejó que toda la culpa se fuera por el excusado.
—Ya no puedo más... —expresó y pulsó el botón para que ese recuerdo se fuera por las tuberías.
Se apoyó en el lavatorio y observó su aspecto en el espejo.
Las ojeras eran cada vez más visibles y la delgadez era evidente.
Nada de lo que comiera, podía digerirlo correctamente.
A menos que pudiera dormir profundamente y despertar a la siguiente mañana como una persona normal.
Resopló.
Se dirigió a la ducha y reguló el agua hasta el punto deseado.
Ingresó y se ubicó en medio de la profundidad del agua tibia. Cerraba sus ojos, sus oídos podían oírlo perfectamente.
Ese era el sonido de la soledad y la culpa burlándose de él, como cada maldito día.
Buscó el jabón y fue pasándolo por cada rincón de su cuerpo.
Estaba cabizbajo y respiraba más lento de lo que pensaba.
Observaba cada instante en el que la espuma del jabón se perdía en la rejilla.
Procedió a lavar su largo y oscuro cabello. Llegaba hasta sus hombros, lo amaba así como era.
Masajeó con suavidad, invadiendo de espuma su cabeza y esfumándose rápidamente.
Se mantuvo unos minutos bajo el agua sin realizar ni un solo movimiento.
No pensaba, no lloraba...
—Sasuke... —espetó sin haberlo planeado.
Al salir, aún con la toalla cubriendo sus partes íntimas, lavó sus dientes. Odiaba estar sucio u oler mal.
Él trataba de borrar cualquier mancha.
Al regresar a su habitación, Izumi dormía profundamente. De hecho, podía escuchar que roncaba.
Itachi sonrió.
Fue hasta la mesa de noche y buscó en el cajón un pequeño frasco con pastillas.
Cuando la encontro, tomó una y se acostó al lado de la chica con sumo cuidado.
El bebé los separaba cuando ella lo colocaba en el centro de la cama, pero ese no era un impedimento para Itachi, ya que lo abrazaba con cariño y se aferraba a su pronto nacimiento.
—Gracias por todo, Izumi—susurró.
Al día siguiente, Itachi sentía su cuerpo como si lo hubieran golpeado con un enorme martillo. Pesaba tanto que le costaba levantarse.
—Buenas tardes, bello durmiente—la armoniosa voz de Izumi logró que él esbozara una sonrisa ladina.
—Buen día, Izu—la miró y ella sonreía.
Izumi llevaba puesto un vestido holgado. Era color rojo y, en el inicio de su panza, llevaba atado una cinta color azul.
—Estás hermosa hoy—Itachi se sentó en la cama y admiraba la belleza de su novia.
—Gracias—la chica acariciaba su vientre—. Hoy ha estado más inquieto que de costumbre. Me pregunto si estará llegando el día...
Itachi se paró rápidamente y tomó las manos de Izumi.
—Pronto será ese día. No te preocupes, yo estaré a tu lado, pase lo que pase—la chica mostraba el miedo que la invadía al pensar en el parto.
—Es que... —cerró sus ojos —Lo siento, estoy muy sensible últimamente.
Itachi apoyó su mejilla y oído en el vientre de su novia y se dirigió directamente al bebé.
—¿La oíste, Izuchi? No seas brusco con tu mamá. Ella está ansiosa por verte pero tiene miedo de que la hagas llorar cuando eso pase—expresó Itachi en un tono infantil.
—¡Qué tontería! No me gusta llorar... —sonrió.
—Por eso me mostrás esa hermosa sonrisa—se paró y acarició la mejilla de la chica—. Es muy inocente y perfecta.
Ambos se detuvieron a contemplar el rostro de su amado.
Itachi se aferraba a la felicidad que Izumi le daba. Él la amaba profundamente y deseaba que nunca supiera de su cruel pasado.
Izumi estaba perdidamente enamorada de Itachi. Ella lo veía perfecto en todo sentido. La cuidaba, la adoraba y soñaba con un futuro de amor puro junto al hijo que venía en camino.
—Estaré siempre para vos.
Izumi, pese a que no le gustaba llorar, siempre que él le dedicaba esa frase, despertaba un sentimiento imposible de explicar.
Era semejante al dolor y alegría al mismo tiempo.
Ellos llevaban tres años de novios y dos conviviendo.
Itachi quería aprovechar al máximo la felicidad, ya que su tormento iría por él, tarde o temprano.
Izumi no conocía al verdadero Itachi.
El mismo que había acabado con la vida de sus propios progenitores y arruinado la existencia de su hermano menor.
El que se había unido a un grupo de mercenarios que no hacían más que matar por encargos y pagar una fuerte suma de dinero por ellos.
Pero, también, aquel que se desvivía por ella, siendo capaz de lo que sea para verla feliz y redimirse de su primer pecado.
Ni ella ni nadie sabía lo que Itachi guardaba en su cabeza. Él era una caja de Pandora en cuanto a secretos.
Itachi recibió un mensaje en el cual lo citaban a la sede del grupo.
—Itachi, habrá reunión en las próximas dos horas. Necesitamos tu presencia urgente.
El Uchiha resopló. Ya estaba cansado de eso y necesitaba paz en su vida.
Buscó un bolso y guardó el uniforme, junto con el armamento y demás herramientas.
—¿Te irás? —inquirió con tristeza.
—Tengo una reunión. Apenas acabe, te llamaré para que no te preocupes—respondió con tranquilidad y le transmitió a ella la sensación de paz que necesitaba.
—Está bien... —se acercó a él y lo besó con intensidad.
Ambos se deseaban más que nunca. Él sentía pudor por la presencia de su futuro hijo, pero no era impedimento para probar algunas actividades nuevas como pareja.
—¿Acaso estás buscando que me despidan, Izu? —susurró con sensualidad mientras acariciaba su espalda.
Ella sonrió con travesura y tomó nuevamente el rostro de su amado. Los besos lo volvían loco a Itachi. Eso Izumi lo sabía perfectamente.
Sin un atisbo de temor ni duda, la joven guió a su novio hasta el sofá. Lo sentó y lo ayudó a desvestirse.
La típica sonrisa tierna de Izumi se había transformado en una sensual, mordiendo su labio inferior al ver el cuerpo de Itachi.
Aunque ella notaba que estaba un poco más delgado, seguía viéndolo como aquel hombre que supo hacerle tocar el cielo con las manos.
Al momento de que él estaba a su disposición, ella procedió a quitarse lo suyo.
Dejó caer su vestido con sensualidad y quitó sin pudor sus prendas interiores.
Itachi se mostraba sonrojado. El cuerpo de Izumi era lo que siempre había deseado: busto medio, ni tan grande ni tan pequeño; muslos delgados pero firmes; su vientre le daba un toque de adrenalina que excitaba a la futura madre.
Izumi no dejaría ir a su novio sin antes cobrarse su pequeña cuota.
Lo veía con deseo. Estaba hambrienta de él.
Su miembro estaba esperándola, tal como ella suponía.
Por ese motivo, no quiso darle más vueltas.
Se subió con cuidado y buscó una posición cómoda para ambos. Él la sostenía de la espalda mientras ella se ubicaba encima suyo, dejando pasar a su miembro y recordándole cuánto lo necesitaba en ese instante.
Su interior estaba muy caliente y húmedo. Sentía que estaba por derretirse.
Su miembro se endurecía más y más. Y esto se incrementaba al ver a Izumi moviéndose lentamente y jadeando sin contenerse.
Él tenía miedo por ella, pero la excitacion comenzaba a ganar terreno.
Itachi no quiso quedarse atrás, viendo cómo Izumi bailaba al son de sus múltiples orgasmos.
Él se movía lentamente, pero con frenesí cuando podía lograrlo.
Desde que ella se había embarazado, los encuentros sexuales se habían incrementado. Pero, una vez que la panza era cada vez más grande, costaba encontrar un punto de conexión para ambos.
En ese momento, todo valía. Ya no lo soportaba.
—Bajate —ordenó e Izumi mordió su labio inferior. Sabía perfectamente qué era lo que quería y estaba dispuesta a hacerlo.
Sin decirse nada al respecto, ella se ubicó delante de él y apoyó su cuerpo contra el sofá, dejando su intimidad a merced del Uchiha.
Él, siendo delicado como siempre, no dudó en penetrarla y despertar ese cosquilleo que tanto adoraban.
Ambos ardían.
El vaivén sería diferente. Ya no había impedimento.
El vientre pesaba, pero a Izumi no le importaba.
Itachi se movió dentro suyo una y varias veces más, escuchando sus claros gemidos y sintiendo su miembro tan caliente como húmedo al notar su gloriosa excitación.
Tan pronto como recordó sus obligaciones, el clímax golpeaba sus partes, haciendo que se moviera aún más fuerte y aplicando una ligera rapidez que volvía loca a Izumi.
Ella pellizcaba el almohadón del sofá, lo mordía y ahogaba sus gritos.
Él no se contuvo y sólo dejó que su esencia fluyera en el interior de su pareja.
Las piernas de ambos temblaban. Estaban sudados y aún jadeaban, pero había sido muy excitante en ese momento.
Izumi se acomodó y besó nuevamente a Itachi.
—Te amo—musitó.
—Y yo a vos, Izu—expresó y besó sus labios una vez más antes de irse.
En la mesa de trabajo, sus colegas mercenarios estaban ansiosos por saber el nuevo reporte de parte de su líder.
Pain, un apodo inusual y poco elegante para un hombre cuyo rostro estaba plagado de enormes piercings, era el actual líder de Akatsuki, el grupo de mercenarios dispuestos a acabar con cualquiera que se entrometa en sus labores.
Akatsuki estaba patrocinado por algunos personajes ligados a la política. Ya sean señores feudales o líderes de algunas aldeas escondidas.
Pagaban fortuna por eliminar a la competencia política o, bien, para arrebatar tierras o bienes a alguna familia de buena posición.
Cada miembro actuaba en parejas.
Siendo 10 los miembros, se movían en cinco grupos bien diferenciados por su despiadado accionar o por sus estrategias.
Itachi trabajaba con un hombre llamado Kisame. Éste había huído de su aldea luego de intentar asesinar al líder de su aldea.
Los rumores acerca de su buen manejo de espada, llegaron al grupo Akatsuki, quien no dudó un instante en aceptarlo y usarlo como herramienta para sus propósitos.
Itachi, por su parte, era el mejor en cuanto a uso de armas y técnicas de pelea cuerpo a cuerpo. Gracias a las bases adquiridas en la policía militar, Itachi contaba con cada ley guardada en su cabeza y poder así, usar las mejores estrategias para eliminar objetivos sin ser descubierto.
—Me acaban de reportar acerca de un sujeto que está causando estragos en las cercanías de Kumo.
Ellos se encontraban dentro del rango, dando la pauta de que podrían ser encontrados rápidamente.
—¿Y por qué no lo matamos y ya? Supongo que debe ser un idiota que no sabe qué hacer con su vida—espetó Hidan, uno de los más sádicos asesinos.
—Ese muchacho no es uno ordinario. Claramente, no podremos subestimalo—argumentó Pain con tranquilidad.
—¿Y qué es lo que lo hace tan especial? —inquirió Deidara, un joven de cabellera tan larga como su lengua filosa. No dudaba un instante en ser sarcástico.
—Es el subordinado de Orochimaru, uno de nuestros antiguos miembros—declaró el líder.
La mayoría se mostraban sorprendidos ante el relato, excepto Itachi.
—¿Cuál es el encargo, Pain? —no deseaba más vueltas. Sólo quería irse de esa fastidiosa reunión y estar al lado de Izumi.
—Ya que lo mencionás, quiero que vos te encargues de él. Confío plenamente en tus habilidades y esto no será más que pan comido para vos—espetó Pain con seguridad.
Itachi frunció el ceño.
Kisame se mostraba inquieto.
—Me parece muy arriesgado que sólo envíen a Itachi, siendo que yo soy su compañero—protestó el hombre—¿Qué rayos está pasando?
—¿Acaso dudás de mis habilidades, Kisame? —desafió el Uchiha, viéndolo directamente a los ojos.
Kisame tragó saliva y resopló. No cabía duda que Itachi sabía cómo intimidar a los demás.
—Está bien. No diré nada más —el hombre cruzó sus brazos e Itachi cerró sus ojos.
Una vez que el ambiente se había calmado, Pain continuó con su discurso:
—Dado este caso, Itachi, te dejaré un mapa detallado de los sitios donde el muchacho estuvo alterando nuestro trabajo. Deberás reducirlo a cenizas para permitir que nuestro grupo continúe en proceso de crecimiento.
Itachi recordó aquellas malévolas palabras. La frialdad y el desinterés con la que lo expresa, es el motor para que su odio se incremente.
—Está bien.
Itachi se colocó una capa negra con unas pequeñas pero llamativas nubes rojas, características del grupo Akatsuki.
En sus manos llevaba el mapa que Pain le había otorgado.
Había varios puntos marcados.
Itachi lo observaba con detenimiento mientras se dirigía al próximo punto de encuentro.
Detuvo su paso de inmediato cuando se percató de un detalle que lo perturbaba.
Comenzó a deslizar su dedo en cada sitio marcado y notó que formaba un símbolo que era claramente muy personal.
—Esto es... —cuando confirmó su hipótesis, cambió su próximo destino, corriendo al sitio que faltaba marcar.
Cada punto, unidos unos a otros, formaban el símbolo del clan Uchiha.
Su corazón comenzó a bombear aún más fuerte.
Corría tan rápido como creía.
Miraba al cielo. Las nubes comenzaban a juntarse y a formar núcleos de tormenta que podrían complicar las cosas.
Los truenos eran cada vez más fuertes y los relámpagos se hacían notar cada vez más...
Estaba llegando, eso no era ni una duda.
Tropezó con una piedra que no logró ver. Se levantó rápidamente y respiró profundo para recuperar el aliento.
Levantó su rostro y vio cómo las gotas de lluvia caían lentamente hacia él, barriendo cualquier rastro de preocupación.
—Sabía que llegarías. Aunque no pensé que fuera tan tarde—una voz grave y seca se manifestó detrás suyo.
—Pasó mucho tiempo... —espetó Itachi, respondiendo con tranquilidad y tratando de recordar quién era antes de irse de la aldea—¿No lo creés, Sasuke?
Itachi dio media vuelta y se encontró con su hermano menor. Su fisonomía había cambiado completamente, al igual que su fría mirada.
—Esperaba volver a verte, hermano—exclamó Sasuke mientras un rayo caía a escasos metros de ellos.
La tormenta que Itachi tanto temía, había llegado. Él estaba preparado para afrontarla, pero...
¿Será capaz de cumplir con el encargo del grupo Akatsuki?
