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Capítulo 3.

Albert despertó por alguna razón, aunque no estaba seguro de cuál era esa razón, era domingo, la semana había sido pesada, y su iphone decía que eran las 9 de la mañana, no era demasiado temprano, pero la noche anterior cuando por fin se había ido a dormir a eso de las tres de la mañana después de hacer las rondas obligatorias de una gala y de aguantar las insufribles pláticas de las señoritas de sociedad había llegado a su penthouse en compañía de Candy agotado física y mentalmente, además el autocontrol que debía ejercer para no besarla siquiera y no tratarla como otra cosa que no fuera su hermanita o su amiga era desgastante.

Recordaba cuando la había visto descender la escalera enfundada en un increíble vestido color azul zafiro, de corte exquisito, escote hipnotizante y diseño sencillo a pesar de ser de una renombrada casa de diseño. La menuda figura de ella quitaba el aliento, su piel blanca cual porcelana a pesar de tiempo que debió pasar al sol en sus andares por campos de refugiados tercermundistas contrastaba exquisitamente con el vibrante color de la tela, su cabello lo habían echado a un lado simulando un elegante recogido despeinado.

Se veía simplemente arrebatadora, no tenía una cita para esa noche, y él deliberadamente había cancelado la suya diciéndole que al menos al principio sería bueno que aparecieran juntos para así reafirmar la imagen de solidez de las relaciones entre ellos. Además, Patty, Anthony e Isabella los acompañarían, sería una salida grupal por así decirlo, y muy probablemente llegaría Annie con algún famoso que jamás era su novio, sino su acompañante.

Ella no había objetado, la verdad era que no le hacía gracia escoger entre los amigos de su hermana, en esos días se había dado cuenta que tenía poco en común con aquellos que debían ser sus conocidos o amigos, la verdad era que ella siempre había vivido una vida aparte.

En sus cavilaciones Albert se dio cuenta de que no podría volver a dormirse, e identificó la razón por la cual había despertado el magnífico sistema de sonido del área social retumbaba con ritmo de Rock de los 90s. Se preguntó que andaría ella haciendo, así que tomó un par de pantalones de lino que estaban sobre una silla por si necesitaba salir a algo durante la noche, ya que había sido consciente que salir en boxers no hubiese sido una buena idea y sin molestarse en ponerse una camiseta salió de su habitación para dirigirse a las escaleras, se asomó desde el descanso y la observó aspirar al ritmo de la escandalosa música, cantando desenfrenadamente y bailando, llevaba un par de diminutos shorts deportivos color gris acero y una camiseta de tirantes color negra con un sujetador deportivo, iba descalza, y su cabello estaba adorablemente despeinado. No pudo evitar sonreír y suspirar, nunca pensó en que ella se levantaría temprano a hacer limpieza innecesaria, había un ama de llaves que se encargaba a diario de ello durante la semana, pero al parecer a ella eso le había pasado de noche.

Caminó con sigilo hasta ponerse detrás de ella y se inclinó para hablarle al oído.

¿Qué haces? – ella pegó un grito un pequeño salto mientras apagaba la aspiradora y tomaba el control del sonido para bajar el volumen.

Volteó a verlo y se quedó sin aliento, ahí estaba él, vistiendo solamente un par de pantalones de lino azul marino y sin camisa, una vez más lo confirmaba, ningún hombre debía ser tan guapo, era un crimen contra la humanidad, y contra ella pasearse de esa forma por el penthouse… aunque claro era su penthouse y sospechaba que debía agradecer que en deferencia a ella se hubiese puesto pantalones.

Lo siento, te desperté.

Es lo que normalmente sucede cuando uno escucha música a todo volumen.

Trataba de cubrir el ruido de la aspiradora y comencé con música clásica, pero tu lista de canciones tiene vida propia.

¿Qué haces con la aspiradora?

Normalmente se limpia con la aspiradora.

Sí, eso me queda claro, pero para limpiar algo debe estar sucio primero, y creo que Dorothy protestaría si supiera que insinúas que el hecho de que aspire 5 veces a la semana no es suficiente.

¿Quién es Dorothy?

El ama de llaves, ¿cómo te imaginabas que siempre tenemos platos limpios y comida en la nevera? – le dijo él con mirada inquisitiva.

Bueno, yo he lavado los platos del desayuno, y cualquier otra cosa que use a media noche, y solo llevo cuatro días viviendo aquí, nunca comemos en casa, si acaso el desayuno, así que supuse que harías compras como cualquier hombre normal.

De eso se encarga Dorothy.

Andrew, eres un niño mimado e inútil. – lo increpó ella

¿Quieres por favor aclarar eso? – le dijo él acercándose peligrosamente a ella y clavando su mirada de cielo en sus profundas esmeraldas.

No limpias, no haces compras, ni siquiera de tu propia ropa, y seguramente es lo mismo en cada ciudad que visitas.

No tiene nada de malo todo lo que acabas de mencionar, como te dije el otro día soy un hombre ocupado.

Bien, vamos. - Dijo ella mientras corría escaleras arriba tomándolo de la mano.

Albert no pudo evitar ver sus bien torneadas piernas y glúteos mientras subía las escaleras con esos diminutos shorts y lo llevaba casi arrastrando tras de ella.

Entró en su habitación y se dirigió al closet de dónde saco un par de tennis mientras Albert se recargaba en el marco de la puerta.

¿Qué haces ahí parado observándome?

Pues, me dijiste vamos, me arrastraste a tú habitación, y más bien esperaba que te quitarás la ropa, no que te pusieras zapatos… pero, si eso es lo tuyo… -

Albert tuvo que esquivar un objeto que ella le lanzó, y descubrió que era su camiseta de Oxford.

Vístete, ¿o acaso acostumbras salir a la calle así?

Creo que nadie se quejaría…

Eres un vanidoso. Anda, date prisa.

¿A dónde vamos?

De compras.

Neal no trabaja en domingo.

Andrew, sé perfectamente que tu IQ es nivel genio, así que deja esa pose de inútil hombre de mundo y recuerda que alguna vez fuiste un mortal promedio que hacía sus propias compras y se vestía sin ayuda de un asesor de modas.

Nunca he sido un mortal promedio. – le dijo él juguetonamente, amaba cuando ella se volvía mandona y se sentía superior.

Ok un mortal por arriba del promedio. - Dijo ella mientras tomaba unas enormes gafas y ponía algo de producto sobre sus rebeldes rizos.

Lo sacó de su habitación y fue hasta la de él, se metió al vestidor y desde ahí le aventó un par de pantalones deportivos color negros y una camiseta, tomó un par de tennis de los ordenados estantes, que supuso eran obra de Dorothy y salió del vestidor sin previo aviso para toparse con un Albert en boxers dándole la espalda mientras se ponía los pants, por supuesto que no pudo evitar admirar su ancha espalda y breve cintura, así como sus poderosas piernas y su formidable trasero.

¿Te gusta lo que ves?

Termina de vestirte, podrías haber esperado a que saliera.

Me estabas apurando. – le dijo con una sonrisa traviesa.

Tomó su cartera y las llaves de su auto.

No.

¿No qué?

No iremos en el auto, iremos en metro.

Jajajajaja, Candy…

Tú fuiste quien me subió en un metro por primera vez en mi vida, sé que eres perfectamente capaz de usarlo.

Albert le sonrió con ternura, en algún lugar de su mente recordó como durante un verano en New York él la había llevado a andar en metro, ella tenía razón, alguna vez había sido un tipo muy diferente.

Supongo que iremos al Smorgasburg.

Comienzas a ser tú mismo. ¡bravo!

El la observó de arriba abajo.

Los shorts son demasiado cortos.

Jajajajajaja, y ahora eres mi papá.

No soy tú papá, es un hecho, si te agachas puedo verlo todo.

Bien haremos que tú te agaches y yo puedo contemplar ese divino trasero que tienes que debe hacer pecar a cuanta mujer te conozca. Andiamo caro mío.

Albert la miró con admiración, acababa de reconocer que le gustaba su trasero sin sonrojarse y había caminado directamente hasta la puerta, pasaron por cafés y un bagel antes de subir al metro en camino a Park Slope.

Pasaron un domingo agradable, y regresaron al rascacielos de Manhattan a eso de las 6 de la tarde cargados de frutas, verduras y cuanta chuchería se le había atravesado a Candy, Albert observó como guardaba emocionada las cosas y pensó que no le molestaría hacer de eso su costumbre dominical, le ayudó a guardar todo, disfrutando de su compañía, cuando de pronto alguien llamó a la puerta.

¿Esperamos a alguien? –

No que yo sepa, tal vez dejaste alguna cita olvidada. – le dijo ella maliciosamente.

JA JA JA, al paso que voy contigo viviendo conmigo, esclavizándome hasta en domingo, las citas se volverán cosas del pasado y tendrás que enfrentar la ira de Pauna Andrew o casarte conmigo, porque muere porque siente cabeza.

Jajajajaja creo que me agradecerá que te haga más selectivo, anda ve a abrir la puerta, que es tú casa.

Albert no dijo nada más, la verdad es que creía que su madre saltaría de felicidad si le dijera que sentaría cabeza con Candy… por alguna razón de pronto no le parecía una idea descabellada. Abrió la puerta y se encontró con su primo, su novia, Patty y Annie en su puerta.

Hola querido Albert, venimos a ver como tratas a mi hermanita. – le dijo Annie con ese tono de persona mayor e indiferencia que solía usar.

Besó fríamente su mejilla y le puso una botella de vino tinto en las manos mientras entraba dejando una nube de Chanel no. 5 a su paso, vestía impecablemente de negro y ni un cabello de su lacia cabellera oscura estaba fuera de lugar, por supuesto que Albert sabía que se horrorizaría de ver las fachas de su hermana.

Primo. – le dijo Anthony impersonalmente, él sabía que Albert no solía recibir gente en su casa y llegar de sorpresa no era normalmente una buena idea.

Supongo que fue idea de Anne.

Supones bien. – le dijo con una sonrisa de no sabes en lo que te metiste.

Albert saludó a Patty y a Isabella, Patty se veía encantadora con un par de leggins y una camiseta suelta, no llevaba sus acostumbrados tacones, sino un par de oxfords color vino, e Isabella exudaba ese encanto español, se veía fresca y elegante con un par de pantalones de lino blanco y una simple camiseta color rosa pastel.

Quita la cara de funeral Albert, y dime que no dejaste que saliera de la casa con ese atuendo.

Annie, querida, un gusto verte hermanita.

Candy, pudieron tomarte fotos…

Fuimos a Brooklyn, en el metro.

La mirada escandalizada de Annie no tenía precio, Albert no estaba seguro de que le había escandalizado más, la indumentaria de su hermana, el haber ido a Brooklyn o haberlo hecho en el metro, muy probablemente era todo junto.

Albert no podía dejar de comparar a un hermana con la otra, era un misterio para él como podían ser tan diferentes y tal vez para otros Candy saldría perdiendo en comparación a la refinada Anne White-Rowan, pero para él, aún de niñas la delicada y correcta Annie había siempre palidecido al lado de la revoltosa, traviesa e irreverente Candy, y ahora con ambas paradas en su sala, una sofisticada y elegante, y la otra sencilla y natural no le cabía duda que solo una de ellas aceleraba su corazón.

Bueno, no tiene remedio, ve a darte un baño, saldremos a cenar.

Albert pudo darse cuenta de que no era una pregunta, sino una orden, al fin de cuentas era la hermana mayor, y nunca concebiría que Candy fuera una adulta. Sabía que Candy había añorado ponerse pijama y botarse frente al televisor a ver una película, no arreglarse y salir a ser parte de la it scene de New York, era más que claro que estaba cansada de sonreír, de ser formal, de pretender que en verdad le importaba quién llevaba qué puesto, y de responder quién había diseñado su bolso o su vestido. Pero también sabía que no se negaría, no se había negado a volver a New York y formar parte de un mundo que no le era ni remotamente interesante, menos se negaría a cenar con su hermana. Decidió intervenir.

En realidad, Candy y yo tenemos planes, son bienvenidos a quedarse. – Albert vio la mirada de sorprendido agradecimiento en ella.

¿Planes?

Pediremos de cenar a Del Monico´s y veremos una película… Casablanca.

Jajajajaja, ¿acaso tienen 14 y 22 de nuevo? – le dijo Annie divertida.

No, pero no nos hemos visto en casi 10 años, y eso pretendíamos hacer, no he visto Casablanca desde entonces.

A mí me parece perfecto, ¿no te parece amor? – le preguntó Anthony a Isabella.

Por supuesto, Casablanca es una de mis películas favoritas. –

Yo pediré la cena. – dijo Patty viendo la cara de alivio de su amiga.

Bien, pondré música mientras ustedes se dan un baño, después de todo fueron a Brooklyn.

Y claro, es lo peor que puede pasarle a una Upper East Sider. - Le dijo Albert con sorna.

Ahora vuelvo, voy a darme un baño. – dijo Candy resignada, sabía que Annie no quitaría el dedo del renglón, y agradeció en silencio a Neal por los sencillos vestidos de algodón que escogiera para una noche en casa, a lo que ella se había preguntado porque sería necesario un vestido, ahora conocía la respuesta.

Albert la siguió diciéndoles que se quedaban en su casa.

¿Estás bien?

¿A qué te refieres?

¿Quieres que les pida que se vayan?

Jajajaja, no, es Annie, la conoces, así es, y siempre será, solo agradezco que Neal haya puesto vestidos en mi guardarropa, si no en verdad se moriría.

¿Shorts de jean escandalosamente cortos y playera de ACDC?

Así es.

Jajajajaja.

Gracias, por salvarme de tener que salir.

No tienes que agradecer, anda, ve a bañarte antes de que se le ocurra otra cosa.

Pasaron una velada agradable, la comida era deliciosa, por supuesto Annie no pudo dejar de criticar la cantidad de pasta y postres que Candy comió y vio a Albert con ojos acusadores cuando él le pasó sus macaroons de chocolate como cuando era una chiquilla.

Al final de la película Candy se puso de pie y comenzó a recoger todo, Patty, y los demás se le unieron en automático, solo Annie preguntó a Albert si no tenían ama de llaves.

Parece que no conoces a tu hermana.

Cierto. –

No dijo más y ayudó a dejar todo en su lugar. Cuando por fin se fueron eran las 11 de la noche, Candy se botó en el sofá descuidadamente, llevaba un vestido tipo camiseta color negro, y corto, y calzaba unos flats de punta color mostaza, se quitó los zapatos y subió los pies al sofá, Albert llegó y se sentó junto a ella alzando sus pies para recargarlos en su regazo mientras le pasaba una caja de chocolates oscuros belgas.

¿Cómo lo sabes? –

Recuerda que hay muchos vicios y placeres que yo te enseñé. –

Jajajajaja, cierto.- sus cálidas manos viajaban por su empeine desnudo hasta su pantorrilla mientras buscaba algo que ver en la TV.

Alto, son los resultados del baseball.

¿Cómo es qué no te has casado?

Tengo 25 y no soy precisamente el mejor partido para los hombres de nuestro círculo, porque no poseo todas las bellas cualidades que Annie si posee, hasta tú mismo me ves como una diversión, no como material de esposa.

No asumas cosas que no sabes. –

Bueno, entonces solo eres incasable. – le dijo ella somnolienta.

Candy… -

Mmmm… -

Estaba pensando que me gustaría que te quedarás, no tiene caso que busquemos un penthouse de inmediato, viajaremos mucho durante este año…

¿Qué hay de tu intimidad? ¿Tus conquistas? –

No es mentira que nunca las traigo a casa, y no me vendría mal ir desterrando esa imagen de playboy.

Sí estás seguro, estaré encantada… creo que no estoy lista para estar sola.

¿Dejaste a alguien en Sudán?

Me sorprende que sepas dónde estaba…

No leí tu Currículum, pero hablé con tu madre y la mía. –

Eso lo explica todo… no, no dejé a nadie en Sudán, pero creo que estoy un poco cansada de estar sola, por eso fui a vivir con Annie… pero vivir contigo es … mejor…y eres más… - ella guardó silencio. Se estaba quedando dormida.

¿Más guapo?

Sí… y también, más vanidoso al parecer. – le dijo ella con una media sonrisa traviesa.

Él guardó silencio y siguió acariciando sus pies hasta que ella se quedó dormida, después la tomó en brazos y la llevó a su cama, aunque en realidad lo que quería hacer era llevarla a la suya. La desvistió con cuidado, y por supuesto después de verla en la ropa interior de encaje acabaría en la ducha fría, pero no le importaba, le gustaba tenerla a su lado, siempre le había gustado. Le puso encima la camiseta de Oxford que ella le aventará esa mañana, le gustaba saber que despertaba envuelta en la camiseta de su Alma Matter.

Besó su frente y la arropó como cuando era una niña y se quedaba dormida con él viendo la TV, salió de la habitación y cerró la puerta tras de sí.

Por primera vez en muchos años acababa de pedirle a una mujer que fuera a vivir con él, en realidad eso era algo que solo había hecho una vez antes… con Sonia. Hacia tanto que no pensaba en Sonia…

Albert Andrew sabía perfectamente que terminaría perdidamente enamorado de la pequeña rubia que había invitado a vivir a su casa, no apresuraría nada, se tomaría su tiempo, y en su momento Candice White-Rowan iría con él a la cama, y no solo a la cama, sino a su corazón.

Candy se acomodó en la cama con el aroma de él flotando en el aire, cuando se había agachado para besar su frente, había querido jalarlo a ella y hacer que se metiera en su cama, dentro de ella residía la ambigüedad de querer simplemente acurrucarse en sus fuertes brazos como lo había hecho cuando niña y hasta los 16, mientras que la mujer anhelaba botarlo sobre la cama, y subirse a horcajadas sobre él, besar esa seductora boca, hasta borrar su típica sonrisa insolente, recorrer con sus manos sus firmes músculos y provocarlo con sus caricias hasta que él fuese quien cambiara de posición la atrapara entre el colchón y su firme musculatura, invadiera su boca son su lengua y su interior con su masculinidad.

Candice White-Rowan sabía que era inútil querer engañarse y pretender que ya había superado a William Albert Andrew.