Segunda parte :)
Henry miró a su alrededor cuando entraron en la habitación del b&b y arrugó la nariz en señal de disgusto. Emma, que lo observaba, soltó una risita y el niño se volvió para mirarla.
- ¿De qué te ríes?
- De tu cara. – Le dijo Emma sonriendo aún más. – Es como estar viendo a tu madre. – Henry puso los ojos en blanco lo que hizo que Emma volviera a reír.
- Vamos, no es gracioso. Este sitio es para… - Henry dudó unos instantes, buscando una palabra adecuada.
- Te juro que si la siguiente palabra que sale de tu boca se parece a "plebeyos" o "campesinos" voy a tener que exorcizarte para sacar el espíritu de Regina que seguramente te está poseyendo. – Emma apenas si podía controlar el ataque de risa y Henry, aunque con reticencia, terminó sonriendo al ver que su madre no podía dejar de reír.
Emma finalmente pudo clamarse lo suficiente como para continuar con su conversación.
- Venga, esto es sólo para dormir, vamos a pasar la tarde fuera y mañana nos iremos temprano, apenas estaremos aquí. – Henry asintió sin estar del todo convencido, no le parecía que aquel fuese un sitio en el que le apeteciese estar, aunque sólo fuese para dormir.
Suspirando, dejó sus cosas sobre una de las camas y se dirigió al baño. Cinco minutos después estaban listos para salir de nuevo. Emma lo esperaba en la puerta con las llaves y la cartera en las manos mientras él se arrastraba con parsimonia hasta ella.
- Vamos, chico, voy a enseñarte la ciudad, alegra un poco esa cara, te vendrá bien ver – Emma no pudo terminar la frase. Las llaves y la cartera se le resbalaron de las manos y ella cayó de rodillas sobre la moqueta. Por unos instantes su expresión permaneció en blanco. Henry recorrió los pocos metros que los separaban y la agarró por los hombros.
- ¡Mamá! ¡Mamá! ¿Estás bien? – Henry estaba empezando a asustarse de verdad. - ¡Emma, por favor! ¡Reacciona! – Emma parpadeó varias veces y miró a Henry a la cara. - ¿Estás bien? ¿Qué te ha pasado?
- Yo… - Emma titubeó intentando buscar una explicación. – No… No lo sé, ha sido como un mareo. No te preocupes, estoy bien. – Intentó sonreír para no asustar a Henry, pero él no se lo tragó.
- Quizás deberías tumbarte un rato. – Le propuso Henry mirándola con preocupación. Ella asintió y se acercó a la cama.
- Oye, Henry, ve a la máquina expendedora del vestíbulo y tráeme una Coca-Cola, creo que se me ha bajado el azúcar. – Le dio una sonrisa poco convincente, pero él asintió antes de salir por la puerta.
Emma se levantó rápidamente del borde de la cama donde se había apoyado y fue a buscar su teléfono entre sus cosas. Algo había pasado, podía sentirlo en todo su ser, tenía que hablar con Regina, necesitaba escuchar su voz. No estaría tranquila hasta que no supiese con seguridad que todo estaba en orden.
Esperó con el teléfono pegado a la oreja hasta que le saltó el buzón de voz. Lo intento una vez más, pero obtuvo el mismo resultado. Estaba empezando a desesperarse. Justo entonces el móvil vibró en su mano con una llamada entrante y sin mirar el identificador descolgó.
- ¿Regina? – Preguntó automáticamente. La voz de Ruby la interrumpió antes de que pudiera decir nada más.
- Emma, tienes que volver, algo va terriblemente mal.
El corazón de Emma de pronto latía a mil pulsaciones por minuto. Apenas si podía escuchar lo que Ruby le estaba diciendo, entendió las palabras Regina, secuestro, castigo y Snow. ¿Era posible lo que estaba escuchando? Hizo que Ruby se lo repitiera más lentamente, no podía estar sucediendo aquello, cómo había podido su propia madre hacer algo así.
Sin perder ni un segundo más de tiempo recogió todas las cosas de la habitación y salió corriendo de allí. Se cruzó con Henry en el camino y un "tenemos que irnos" y la expresión en la cara de su madre fue suficiente para que no discutiera ni media palabra mientras se dirigían al coche.
Emma dio las gracias internamente por haberse llevado un coche de alquiler en lugar del escarabajo, porque a la velocidad que iban, su viejo coche amarillo no habría aguantado.
Después de diez minutos en la carretera Henry se atrevió a hablar.
- Emma, ¿qué está pasando? – Su voz fue apenas un susurro. Emma lo miró de reojo y suspiró. No sabía qué debía decirle al niño.
- Mira, Henry, ha ocurrido algo, o está ocurriendo, no lo sé exactamente yo… - Emma resopló, no tenía ni idea de cómo explicarle lo que estaba ocurriendo.
- ¿Tiene que ver con lo de antes, cuando te has desmayado?
- Creo que sí, no estoy del todo segura de lo que está pasando. Pero te prometo que lo arreglaré. – Henry asintió, el tono firme de Emma le daba seguridad, confiaba en ella, así que algo más tranquilo cerró los ojos y a los pocos minutos estaba dormido.
Cuando Emma vio que su hijo se había quedado dormido aceleró. Sabía que aquello no estaba bien, no debería conducir a aquella velocidad y menos con su hijo dentro del coche. Pero estaba en una situación límite y el coche era nuevo y la carretera por esa zona bastante segura, así que pisó a fondo el acelerador.
Henry se despertó con la voz de Ruby saliendo por los altavoces del manos libres.
- Sí, ya estamos en la línea de la ciudad como quedamos.
- Bien, estoy a cinco minutos – Dijo Emma sin apartar la vista de la carretera.
- Vaya, sí que te has dado prisa, menos de una hora y media, has debido de romper la barrera del sonido. – Ruby intentó bromear, pero viendo la falta de respuesta de Emma se limitó a suspirar. – Ya te veo. – Dijo antes de colgar.
Emma aún no podía verlas a ellas, la carretera de entrada a la ciudad era una recta de varios kilómetros y hasta que no se acercaron lo suficiente al límite de Storybrooke no pudo ver la línea que delimitaba el municipio.
En cuanto vio la línea roja fosforito empezó a frenar. Justo al cruzarla sintió como una oleada de magia la inundaba, al mismo tiempo que aparecían a la vista Ruby y Belle en una furgoneta. Sentía una fuerte presión en el pecho, apenas podía respirar, no entendía muy bien qué le estaba pasando. Intentó respirar hondo varias veces mientras Ruby se acercaba a ella.
- Vamos, no hay tiempo. – Dijo Ruby mientras se acercaba corriendo al lado del pasajero. Emma le hizo un gesto a Henry para que se bajase del coche. – Belle se quedará con él.
Emma asintió volviéndose hacia la otra mujer que se bajó del coche para abrirle la puerta a Henry. Emma le devolvió el saludo y arrancó cuando Ruby cerró puerta del copiloto.
- No vayas muy deprisa. – Ruby habló y su voz sonaba entrecortada. – Hay un camino de tierra un poco más adelante. – Emma asintió y disminuyó la velocidad para girar justo a tiempo.
Recorrieron algo menos de un kilómetro en coche hasta que se toparon con un obstáculo en el camino. Emma pegó un frenazo.
- ¡Joder! ¿Qué es eso?
- Ha sido ella. – Dijo Ruby con un gruñido.
- ¿Cómo dices?
- Ha sido ella, Snow. Es su técnica. – Señaló el tronco que obstaculizada el camino. – La he visto utilizar este truco demasiadas veces. Aunque no creo que haya nadie vigilando. Ella no espera visitas, esto será más bien para impedir que alguien llegue hasta el claro accidentalmente.
- Entonces continuaremos a pie. – Ruby asintió y ambas bajaron del coche. Fue entonces cuando Emma se fijó más en Ruby. Andaba de una forma algo extraña y esa forma de respirar como si hubiese estado corriendo durante mucho rato… – Ruby, ¿estás bien? – Emma había estado tan centrada en llegar hasta Regina que no había reparado en el mal aspecto que tenía su amiga. Pero Ruby le quitó importancia con un gesto de su mano.
- Estoy bien, sólo un poco cansada. Vamos. Tenemos que llegar cuanto antes.
Regina volvió lentamente de la inconsciencia, pero su sentido común le instó a permanecer con los ojos cerrados. Podía oír movimiento a su alrededor, las voces empezaron a llegarle, primero como ruidos sin sentido, pero poco a poco la cacofonía se fue desvaneciendo, las voces se fueron aclarando y ella pudo escuchar la conversación que Snow mantenía no muy lejos de ella.
- Empezaremos en cuanto se despierte. Ni un minuto más tarde. Ha estado inconsciente casi dos horas, debe estar a punto de pasarse el efecto de las drogas. – Regina sintió como su corazón se aceleraba. – Blue, ¿todo listo? No podrá usar la magia para escapar, ¿verdad?
- Esto la contendrá lo suficiente hasta que empecemos, después dará lo mismo, ninguna magia podrá salvarla de esto. – Bueno, al menos eso explicaba por qué no había podido desaparecerse con su magia. Pero tenía que pensar en algo rápido antes de que…
- ¡Eh! ¡Se ha movido! ¡Está despierta! – La voz de uno de los enanos la interrumpió. Lo más rápido que pudo se levantó y quiso salir corriendo en un intento desesperado por huir. Pero apenas si consiguió andar dos pasos antes de darse de bruces contra lo que parecía una especia de muro invisible.
- No te molestes, Regina. No tienes escapatoria. – Regina se giró lentamente hacia la voz de Snow. Sentía como la rabia le hervía la sangre. No estaba segura de lo que estaba pasando, pero no iba a mostrar miedo, no le daría esa ventaja.
- Suéltame, Snow, antes de que esto acabe peor de lo que ya es. Déjame ir ahora y ni siquiera intentaré vengarme. – Dijo con su mejor tono de Reina Malvada. Snow la miró a los ojos por unos instantes y entonces lo vio. Vio el rencor en los ojos de la justa y benevolente Blancanieves. Vio el odio y la ira. Y, por encima de todo, vio el deseo de venganza.
- Regina, tienes razón en una cosa. Esto va a acabar mal, pero mal para ti. – Mentiría si dijera que no se estaba inquietando ante las amenazas de Snow, a fin de cuentas, ella se encontraba indefensa. Pero no dejaría que la viera vacilar ni un instante.
- Vaya, vaya. Parece que tu corazón está perdiendo su roja pureza. – Le dio una de sus sonrisas depredadoras y compuso su máscara de confianza.
- Puedes decir todo lo que quieras, Regina, pero ya veremos dentro de un rato si sigues con ganas de hablar. – Y dicho esto se alejó de ella y le habló al consejo. O al menos a los miembros que habían asistido, que para su contrariedad eran menos de los que había esperado. Las ausencias más notables eran sin duda las de Ruby, su abuela, Belle y Archie.
Regina paseó la vista por los asistentes mientras Snow daba su discurso hasta que cruzó la vista con cierto príncipe. Regina lo miró fijamente hasta que él tuvo que apartar la vista con, según le pareció a ella, vergüenza. Al ver a David, su primer instinto fue preguntarle por Emma. Debían haber organizado todo esto a sus espaldas, ella jamás habría permitido que le hiciesen algo así. Ahora mismo eso era lo único de lo que estaba segura, por eso habían elegido este día, con Emma lejos contaban con total impunidad. Al menos, pensó Regina, Henry no estaba ahí para verlo.
La voz de Snow la sacó de sus pensamientos.
- Regina, los cargos más graves de los que se te acusa son: asesinato y traición. Y este consejo ha acordado que el castigo por tus crímenes son veinte latigazos a manos de "El Verdugo" – Regina se estremeció mientras los presentes asentían. – Por cada delito. – Apenas estas últimas palabras salieron de la boca de Snow, hasta el hada azul se volvió con violencia hacia ella.
- Pero, majestad, eso no era– Snow no la dejó terminar.
- He dicho veinte por cada uno. ¿Alguien más tiene algo que objetar? – Muchos abrieron la boca de puro asombro, pero ninguno dijo una palabra en favor de Regina. Incluso David, que miraba a su mujer con el horror pintado en la cara, se mantuvo al margen.
Regina sentía como las rodillas le temblaban. El Verdugo, como le llamaban en El Bosque Encantado, era un ser de la oscuridad, pero que, en contadísimas ocasiones, había trabajado al servicio de las hadas. Regina sólo lo había visto en acción una vez y le había parecido una de las visiones más terribles, era una especie de espectro negro sin una forma concreta, medio sólido, medio vaporoso y de cuyas manos, o de lo que quiera que tuviera al final de sus dos extremidades, salían cuatro largas tiras que usaba para castigar a sus víctimas. Nadie sabía exactamente de qué estaban hechas, pero impregnaban un veneno en la piel que hacía extremadamente lenta y dolorosa la cicatrización. Y, lo que era peor, una vez convocado era imposible de detener.
Ante una señal de Snow, Blue comenzó el ritual. Regina permaneció inmóvil mientras veía un remolino de niebla oscura surgir de la tierra. De pronto sintió verdadero miedo, y aunque estaba decidida a no mostrarlo, se alejó lo máximo posible de allí. Al chocar con el muro invisible se dio cuenta de que ahora estaba más cerca de David e intentó llamar su atención con un gesto. Le tomó algunos intentos, pero finalmente le devolvió la mirada algo confuso.
Regina había oído las suficientes historias como para saber que había alguna posibilidad de que no sobreviviera, no era estúpida. Y si había allí alguien que pudiese aceptar su petición era, por extraño que pudiera parecer, él.
- David. – Dijo en un tono de voz apenas más alto que un susurro. El susodicho tuvo que acercarse más para poder oírla con claridad. – David, por favor, si algo sale mal… Necesito que le digas a Emma y a Henry que los qu–
No pudo terminar la frase. Un dolor lacerante le recorrió la espalda de arriba abajo.
- ¡Aaah! – Emma cayó de bruces contra el suelo y Ruby se volvió rápidamente hacia ella.
- ¡Emma! ¿Qué pasa? – El corazón de Emma iba a mil por hora, había sentido como si algo le quemase la espalda.
- No… No lo sé. – Titubeó Emma. Intentó levantarse, pero de nuevo cayó de rodillas antes el dolor inesperado. Soltó otro grito y miró a Ruby con pánico en los ojos. - ¡Regina! Tenemos que encontrarlos. ¡Rápido!
Con la adrenalina corriendo por sus venas, consiguieron avanzar a pesar de los latigazos que podía sentir quemar su piel. Pero después del séptimo latigazo, volvió a caer de rodillas con un grito de dolor.
- Vamos, Emma. Sólo unos metros más, ya casi estamos allí. – Emma asintió mientras seguía caminando con dificultad. Ruby, compadeciéndose del estado de su amiga, pasó el brazo de Emma por sus hombros para ayudarla a caminar.
Lograron recorrer unos cincuenta metros hasta que un espasmo de Emma hizo caer a Ruby de rodillas. Emma fue a pedir disculpas cuando se fijó en la expresión de su rostro. Ruby parecía estar sufriendo al menos tanto como ella. Y como para confirmar sus sospechas comenzó a toser salpicando con sangre la tierra bajo sus pies.
- Ruby… - Emma habló en un susurro y Ruby la miró a los ojos.
- Sigue tú, Emma, tranquila. Yo estaré bien. – Emma la miró indecisa unos instantes, pero Ruby la empujó hacia delante. – Están a pocos metros, puedo oírlos. Corre.
Y así lo hizo, recorrió a duras penas los pocos metros que le faltaban, cayendo sobre sus manos y sus rodillas una y otra vez, el dolor se hacía insoportable, ya había perdido la cuenta de cuantos latigazos llevaba, diez, quince, veinte, no podría decirlo con seguridad y ya casi no podía contener los gritos de dolor por mucho que apretase los dientes.
Pero, finalmente, con un esfuerzo sobrehumano, consiguió llegar al claro. Llegó tambaleándose, pero se quedó paralizada ante la escena que se desarrollaba frente a sus ojos.
Regina se mantenía estoica. Los que aún no habían apartado la vista, la miraban con asombro. Ni un sonido había salido de su boca, estaba decidida a no darle esa satisfacción a Snow y, pese al dolor y al cansancio, mantenía su actitud desafiante. Hasta que la vio.
- ¡Regi-Aag! – Emma cayó de rodillas al suelo con el siguiente golpe. Respiraba con dificultad y cada uno de los latigazos le destrozaba la espalda, pero ver el estado en que se encontraba Regina, le destrozó el alma.
- ¡Emma! – El alivio que sintió al verla duró una fracción de segundo, hasta que la vio caer al suelo.
Emma mantenía la vista fija en Regina, ajena al alboroto que se estaba formando a su alrededor. Regina estaba en el suelo, de rodillas inclinada hacia delante con las manos apoyadas frente a ella. La camisa que llevaba estaba ya hecha jirones y había salpicaduras de sangre por todas partes.
La conmoción que le provocó la vista de toda la escena pasó de golpe con el siguiente latigazo. No pudo evitar el gemido de dolor que se le escapó, y Regina, que no le quitaba la vista de encima, no tuvo más que sumar dos y dos. Había tenido razón desde el principio, Emma era su amor verdadero, pero también era más que eso. ¿Cómo no se habían dado cuenta antes? ¿Cómo había sido tan estúpida para no verlo? Compartían el vínculo de las almas gemelas. Dos almas destinadas a amarse, a protegerse la una a la otra. Y en casos extremos, podían compartir emociones, sentimientos e incluso sentir el dolor de la otra persona como propio.
Al darse cuenta de todo esto, Regina enloqueció.
Snow miraba a su hija sin entender lo que pasaba. No sabía cómo había llegado hasta allí, y la miraba incapaz de reaccionar. Por su parte, David, al verla retorcerse de dolor en el suelo, fue corriendo hasta ella.
- ¡No! Suéltame. ¡Suéltame! – se desembarazó de su agarre y se puso de pie con gran dificultad. – Regina... – A cada paso que daba murmuraba su nombre sin apartar la vista de ella.
Regina no dejaba de gritar su nombre, ya no le quedaban fuerzas para aparentar, las lágrimas se derramaban por sus mejillas sin tregua mientras veía a Emma caer una y otra vez intentando llegar hasta ella.
- ¡Snow! ¡Snow, haz que pare! – Con los gritos de Regina llamándola por su nombre, Snow salió del trance en el que se encontraba y se volvió para mirarla. - ¡No ves que le está haciendo daño! Te lo ruego. ¡Por favor! – Snow la miraba horrorizada, jamás habría pensado que vería a la Reina Malvada suplicar, y menos suplicarle a ella. Pero lo que más la atormentaba en ese momento era lo que le estaba ocurriendo a su hija. A cada golpe que Regina recibía, ella gritaba de dolor.
- ¡Blue! – gritó llamando la atención del hada. - ¿Qué significa todo esto? ¿Qué está pasando?
Blue era incapaz de formar palabras, sabía exactamente lo que estaba ocurriendo y por eso no dejaba de mirar a Emma y a Regina intermitentemente. Era increíble.
- Emma está conectada a Regina de alguna forma. – Dijo Blue vagamente, no sabía hasta qué punto era buena idea proporcionarle todos los datos. – Puede sentir cada uno de los latigazos como si se los diesen en su propia piel.
Snow pareció entrar en shock, y fue David quien comenzó a gritar.
- ¡Para esto! ¡Para esto ahora mismo!
- Lo siento. – Contestó ella. – Ya os dije que una vez que esto empezara no se podría detener de ninguna forma posible. – David se llevó las manos a la cabeza, desesperado, y se volvió a mirar a su hija que estaba arrodillada lo más cerca que le permitía la prisión mágica de Regina.
Emma se arrastró los últimos centímetros hasta que dio con una pared invisible que le impedía avanzar. Las lágrimas corrían por su rostro, pero no despegó jamás los ojos de los de Regina.
- ¿Cómo… - su voz no era más que un susurro, pero lo suficiente como para que Regina lo escuchara - ¿Cómo paro esto? – Regina casi no podía hablar, las fuerzas se le estaban escapando, no sabía cuánto aguantaría. Consiguió negar con la cabeza.
- No pue – ¡Aag! – Ambas dejaron escapar el grito al mismo tiempo, ya no podían controlarlo, el dolor era superior a ellas.
Por unos instantes, Emma consiguió erguirse sobre sus rodillas, la ira y la rabia en su interior era lo único que le daba fuerzas. Miró a su alrededor hasta que fijó la vista en sus padres que hablaban con el Hada Azul en ese momento. Consiguió hacer contacto con ellos mientras se acercaban hacia ella, pero su mirada fue suficiente para hacerlos parar en seco. El odio salía en oleadas de su cuerpo ante la expresión vacía de su madre y la desesperada de su padre.
Volvió su atención a Regina de inmediato. Sus manos colocadas sobre el suelo una frente a la otra, sus dedos separados por apenas tres o cuatro centímetros. Empezaban a sentirse mareadas, Emma se dejó caer completamente en el suelo y Regina apenas si podía mantener los ojos abiertos. Estaba a punto de perder el conocimiento.
Emma apretó lo dientes con fuerza esperando el siguiente latigazo. Pero pasaron varios segundos y no ocurrió nada. Levantó la vista a tiempo para ver como el espectro con pinta de dementor que azotaba a Regina se disolvía en una bruma negra hasta que no quedó nada de él.
Había acabado. Con gran esfuerzo consiguió mover su mano esos tres centímetros que la separaban hasta la de Regina, que la miraba con los ojos empapados en lágrimas y los párpados medio cerrados. Su respiración era débil y superficial. Emma sabía que se iba a desmayar en cualquier momento, y que ella tampoco estaba muy lejos de perder el conocimiento. Poco a poco, la imagen de Regina se fue volviendo borrosa. Lo único que deseaba con todo su corazón era poder ponerla a salvo. De pronto, sintió una sensación cálida en su pecho que contrastaba con el terrible dolor en su espalda y una sensación de ingravidez la inundó antes de que todo se hundiese en la oscuridad.
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Uf, que intenso xD
Si os gusta la historia o tenéis alguna queja podéis dejarme un comentario, me hacen mucha ilu 😁
S.
