Allá va la tercera parte (ayer subí dos, por si alguien se lo ha saltado). Serán siete en total! :)
Estaba tumbada sobre algo blando y suave. Olía a limpio, el aroma a suavizante impregnaba las sábanas sobre las que estaba. Volvía lentamente en sí y comenzó a notar el dolor que le agarrotaba la espalda. No se sentía con fuerzas para abrir los ojos, pero volvió a oír el suave gemido que la había despertado en primer lugar. Parpadeó varias veces con dificultad antes de poder enfocar la vista en la habitación que la rodeaba. Estaba boca abajo sobre una cama, pero la habitación le era totalmente desconocida. Volvió a oír el gemido de nuevo. Se giró bruscamente para encontrar a Regina tumbada junto a ella y Emma dejó escapar un jadeo de angustia.
El estado en el que se encontraba la antigua reina era lamentable. Al estar tumbada boca abajo dejaba a la vista su espalda ensangrentada, la camisa destrozada ya no eran más que jirones a su alrededor. Emma no pudo aguantar las lágrimas que, al ver la piel desgarrada de Regina, corrían libres por sus mejillas.
Regina tenía la cabeza girada hacia el lado contrario, así que Emma se levantó para rodear la cama, o al menos lo intentó. Al incorporarse notó un dolor lacerante de nuevo en la espalda que la dejó sin aliento durante unos segundos. Instintivamente se llevó la mano a la espalda y tentativamente comprobó que ella no tuviese ninguna herida.
Nada. Su piel seguía tan lisa como siempre. El dolor no estaba sobre su piel, si no justo debajo. Con gran esfuerzo consiguió levantarse de la cama y, apoyándose en ella todo el tiempo, logró llegar al otro lado. Se dio cuenta de que, si se esforzaba lo suficiente, el dolor que sentía se amortiguaba un poco. No entendía muy bien lo que estaba pasando, pero una cosa quedaba clara, estaba canalizando el dolor de Regina.
Con un suspiro, se arrodilló en el suelo junto a la cama, más que nada por miedo a desplomarse allí mismo, y pasó los dedos por la mejilla de Regina, apenas un roce. Regina volvió a gemir y frunció el ceño en su sueño. Emma tragó saliva, no sabía qué hacer. ¿Debía despertarla?
- ¿Regina? – Emma susurró su nombre, no muy segura de estar haciendo lo correcto. – Regina. – Esta vez su voz sonó más firme. Regina debía despertar, al menos para decirle a Emma cómo ayudarla, cómo curarla. Pero ella tan solo gemía débilmente. Emma sabía por la expresión en su rostro que estaba sufriendo. Así que probó a sacudirle un poco el hombro teniendo cuidado de no lastimarla más aún.
Pero nada más tocarla, apartó la mano. Decir que su piel estaba caliente sería un eufemismo. Rápidamente le puso la mano en la frente y la notó ardiendo. El corazón le latía muy rápido. No sabía absolutamente nada de medicina, pero si algo había aprendido de todas las series de televisión que había visto en todos estos años, era que, con heridas como las de Regina, tener fiebre era siempre una muy mala señal.
- ¡Regina! ¡Regina! – Esta vez Emma la llamó con más ímpetu mientras la zarandeaba algo más bruscamente. Regina volvió a gemir, pero esta vez parpadeó. Tomándolo como una buena señal, Emma continuó hablándole. – Regina, despierta. Tienes fiebre, Regina, por favor. – Regina abrió los ojos, pero se le cerraron solos antes de que pudiera enfocar a Emma. – Vamos, no sé qué hacer, ni siquiera sé dónde estamos. Necesitas ayuda. ¿Me oyes?
Pero Regina parecía no poder mantener la consciencia durante más de algunos segundos. La fiebre y el dolor volvían a llevársela una y otra vez.
- ¡Joder! – Emma maldijo a voz en grito mientras se llevaba las manos a la cabeza desesperada. Se levantó de golpe. La desesperación y la adrenalina atenuaban el dolor permitiendo que pudiera ignorarlo. Miró a su alrededor buscando cualquier cosa que le sirviese de algo. En la habitación en la que se encontraban, los únicos muebles a parte de la cama eran un armario pequeño, una cómoda, un gran espejo y una mesita de noche.
Emma se dedicó a mirar en el armario y a rebuscar en la cómoda, pero lo único que encontró fue ropa. Sin esperanzas, se acercó a la mesita de noche y abrió el único cajón que tenía. Estaba casi vacío, había tan sólo una libreta, un par de bolígrafos y lápices, unas gafas y un libro. Emma suspiró con frustración. Nada de lo que había en esa maldita habitación le servía absolutamente para nada. Con la rabia corriéndole por la sangre dio un fuerte golpe a la mesita y algo negro se descolgó y rodó por el suelo. Al verlo, Emma se abalanzó hacia el objeto. No podía ser. Incrédula levantó el objeto en sus manos. Era un teléfono móvil, y por el trozo de cinta americana que tenía alrededor debía haber estado pegado al cajón de la mesita.
Estaba apagado, era un modelo muy antiguo, y Emma empezó a temer que no funcionara. Rezando todo lo que se le ocurría pulsó el botón y… No ocurrió nada. Con un resoplido de frustración, Emma agitó el móvil el su mano, era extrañamente ligero, al contrario de lo que ella recordaba. Esos móviles solían tener baterías bastante pesadas y… Un momento. Emma le dio la vuelta al dispositivo y le quitó la tapa trasera. Vacía. La batería no estaba en su lugar. Maldiciendo en voz baja miró a su alrededor hasta que al ver la mesita de noche se le ocurrió que quizá también estuviese ahí.
Se tumbó bocabajo y se deslizó debajo del mueble. Por unos instantes se quedó muda de asombro. Allí estaba pegada la batería, como lo había sido el móvil. Pero también había otras cosas, como un cargador, un pasaporte, y varios fajos de billetes de gran valor, dólares, euros y lo que parecían yenes. Emma se encogió de hombros y pensó que investigaría más tarde. Rápidamente le puso la batería al móvil y pulsó el botón cruzando los dedos.
Esta vez sí. La pantalla se iluminó mostrando la marca del dispositivo y cuando estuvo plenamente operativo Emma fue a la bandeja de contactos. No había nada. Ni un solo número guardado. Emma se estaba desesperando, todo parecía ir en su contra. Con un suspiró miró a Regina, seguía frunciendo el ceño y apretando los dientes, iba y venía entre la consciencia y la inconsciencia, podía decirlo por sus gestos. Realmente había un número que sí se sabía de memoria, por una vez en su vida, tanto pedir comida a domicilio podía salvarles la vida. Era arriesgado, por un lado, Granny no había estado en el bosque esa tarde y Ruby las había ayudado, pero, por otro lado, pertenecían al círculo más cercano a su madre…
Tomando una respiración profunda decidió arriesgarse. Marcó el número y contuvo la respiración. Mientras sonaban los tonos de llamada un pensamiento le vino a la mente. Ruby. No parecía estar nada bien la última vez que se vieron. La preocupación le inundó el cuerpo por entero. Ya no sólo estaba preocupada por el estado de Regina, si no que su mejor amiga podría estar realmente enferma. Todo esto la estaba superando.
De pronto, oyó como alguien descolgaba el teléfono al otro lado de la línea.
- Ha llamado a Granny's, ¿en qué puedo ayudarle? – Emma se tensó, era la voz de Granny y por unos instantes ella se quedó en blanco. - ¿Hola? Puedo escucharte respirar, si esto es algún tipo de broma, te aconsejo que cuelgues inmediatamente. – Hubo otra pausa, pero Emma no pudo decir nada. – Muy bien. Que tenga buena tarde. – Granny se dispuso a colgar, pero una voz temblorosa la detuvo.
- No… Por favor, no cuelgue. – Emma habló con urgencia, pero en apenas un susurro. Granny se congeló al otro lado y miró a ambos lados asegurándose de que nadie podía escucharla.
- ¿Emma, eres tú? – Murmuró. Emma dudó unos segundos antes de continuar. Sabía que era ahora o nunca, esta era su única oportunidad, debía confiar en su instinto.
- Sí. – Su voz sonaba ronca incluso para ella misma.
- Por dios, niña… - A Granny le temblaba la voz y eso reconfortó a Emma de alguna manera. - ¿Cómo estás? ¿Cómo está… ella?
- Está mal. – Intentaba controlar su voz, pero ahora que decía las palabras en voz alta le salían entrecortadas. – Está muy mal. Creo que tiene fiebre y yo no sé qué hacer, no puedo hacer nada. – Las lágrimas de frustración comenzaron a derramarse y finalmente le falló la voz. – Necesitamos ayuda…
- Emma, creo que sé cómo ayudarte, pero necesito que me digas dónde estáis. – Granny esperó paciente la respuesta de Emma, pero ningún sonido llegó a través del teléfono y ella suspiró. – No te fías. – No era una pregunta, estaba claro que temía que pudiera traicionarla después de todo lo que había sucedido.
- No es eso, es que… - Granny la interrumpió.
- Está bien, es normal, no te preocupes. – La tranquilizó. – Estoy de tu parte Emma, y más después de lo que le ha sucedido a Ruby.
- ¡Ruby! ¡Oh, dios mío! ¿Cómo está? Yo la dejé en el bosque, ella no estaba bien, le pasaba algo y la dejé allí. – Emma empezó a hablar frenéticamente. – Lo siento, lo siento, lo siento tanto.
- Emma, para, tranquilízate. – Granny habló con calma. – A Ruby ya… Ya la están ayudando. Es de lo que te hablaba, conozco a alguien que puede ayudaros, ayudarnos a todas. Podría daros medicinas, pociones, ungüentos, lo que fuera necesario, pero tiene que saber dónde estáis.
- No lo sé. – Dijo Emma con un suspiro. – No lo digo porque no me fie de ti, de verdad no tengo ni idea de dónde estamos. Creo que antes de desmayarme mi magia nos llevó a algún sitio, pero jamás había estado aquí. Es una especie de dormitorio, hay una cama, un armario y… Un momento. – Granny frunció el ceño al escuchar como Emma dejaba escapar un jadeo.
- Emma, ¿estás bien? – Emma giró sobre sí misma, incapaz de contestar de puro asombro, repasó de arriba abajo con la vista las cuatro paredes que la rodeaban. Cómo no había podido darse cuenta de ese detalle hasta ahora.
- Eh... Yo, no lo sé, creo… ¡creo que no hay puerta!
- ¿Cómo?
- En la habitación. No me había dado cuenta hasta ahora, pero no hay ninguna puerta. – Emma pasó su mano varias veces por las lisas superficies esperando que hubiera alguna puerta oculta. – Esto es muy raro… - murmuró más que nada para sí.
Fue entonces cuando se acordó de los objetos bajo la mesa. Se acercó rápidamente y arrancó el pasaporte que había allí pegado. Al abrirlo, lo primero que vio, fue la foto de Regina.
- Creo ya sé dónde estamos.
- ¿Dónde? – Preguntó Granny.
- Bueno, no dónde, más bien sé qué es este sitio. He encontrado este teléfono, mucho dinero y un pasaporte con la foto de Regina, parece una especie de refugio, algo así como un piso franco. Estoy casi segura de que esto viene con un plan de huida incluido.
- Espera, ¿has dicho que es su refugio?
- Sí, estoy casi segura.
- ¿Y que no hay salida?
- No… Creo que ella podría entrar y salir con magia.
- Humm, hay algo que no me cuadra. ¿Estás segura de que no hay nada más en la habitación? ¿Sólo el armario y la cama? – Granny fruncía el ceño mientras pensaba.
- No, no. También está la cómoda, el espejo y –
- ¡El espejo! – Granny la interrumpió. – Emma, el espejo es la salida.
- ¿Qué…? – Emma se acercó hasta el espejo que había en una de las paredes. Tenía el ancho y la altura aproximados de una persona. Con cuidado levantó sus dedos hasta que rozaron la superficie. Con solo un leve toque lo sintió, estaba impregnado de la magia de Regina. Concentrándose, volvió a llevar la mano hasta el espejo, pero esta vez concentrando su magia en la punta de sus dedos. Al tocarlo, inmediatamente se volvió transparente y Emma pudo ver lo que había al otro lado. Parecía una habitación, no mucho más grande que esa en la que estaba.
- Creo que tienes razón, el espejo da a otra sala.
- Emma, tengo que colgar. Acaba de entrar Leroy. En cuanto pueda volveré a llamarte, no te pongas en contacto, espera hasta que yo lo haga, ¿entendido? – Emma contestó afirmativamente y colgó con la sensación de que no era la primera vez que Granny participaba en alguna conspiración. Parecía sabérselas todas.
Echando un vistazo a Regina, que continuaba inconsciente en la cama, respiró hondo y presionó con la palma de su mano en el cristal. Hubo un segundo de resistencia y luego simplemente cedió, como quién pasa a través de un velo de tul. Dando un paso al frente se encontró de pronto en la otra habitación. Inmediatamente se giró y entró de nuevo, solo para asegurarse de que podía volver con Regina en cualquier momento.
Miró a su alrededor y se encontró ante un salón. Había un sofá con aspecto de ser bastante cómodo, una lámpara de pie y una mesa baja. Avanzó un poco más y pudo ver una chimenea y frente a ella una suave y esponjosa alfombra. Al levantar la vista pudo ver un hueco en la pared, se acercó y se asomó para ver a dónde daba. Sonrió al ver una pequeña, pero bien equipada, cocina. Toda la decoración gritaba Regina. Al salir de la cocina vio algo que le había pasado desapercibido por lo bien disimulado que estaba. Había una puerta. La abrió de golpe pensando que sería la salida, pero lo único que había allí era un cuarto de baño.
Dio un portazo de pura frustración. Respiró hondo varias veces para intentar calmarse, pero no estaba funcionando. Creía que se iba a volver loca, entre la presión que aún sentía en la espalda, el saber que Regina estaba sufriendo, que de Ruby no sabía nada y que encima tampoco estaba segura de dónde estaba su hijo… Sí, definitivamente no iba a mantener mucho más la cordura.
Con resignación se acercó de nuevo al cuarto de baño para refrescarse la cara. Se quedó mirando fijamente su reflejo durante unos segundos mientras sus ideas parecían ir aclarándose. El espejo en el que se miraba en esos instantes tenía la típica forma de pequeño armario de baño, así que pulsó en una de las esquinas y efectivamente la puerta se abrió.
Sus sospechas se confirmaron cuando vio el interior del armario bien aprovisionado. Pero lo mejor fue sin duda que, aparte de los artículos propios de aseo, había un botiquín de primeros auxilios bastante completo. Al menos con eso podría limpiar las heridas de Regina mientras esperaba la ayuda mágica.
Buscando por el resto del "apartamento", por llamarlo de alguna forma, encontró una palangana y unas bolsas. Así, con la palangana llena de agua y toallas y medicinas en la bolsa, volvió junto a Regina.
Mirarla allí tirada le rompía el corazón. Le dolía físicamente, y no sólo en la espalda, si no en el pecho, como si la desgarraran de arriba abajo. Dejó todos los avíos junto a la cama y se acercó a ella. Apenas se atrevía a tocarla, pero no pudo evitar apartarle un mechón que le había caído sobre los ojos y ponerlo detrás de su oreja. Regina se movió en su sueño, pero no llegó despertar.
Emma no estaba segura de si dormía o estaba inconsciente, ni entendía la diferencia en esos momentos. Pero decidió que debería intentar bajarle la fiebre, aunque fuera sólo un poco. Así que empezó pasando por su cuello y sus brazos una toalla empapada en agua fría con mucho cuidado de no tocar ninguna de sus heridas. Le quitó el pantalón y los restos de la camisa para que estuviera más cómoda y continuó pasando agua fría por todo tu cuerpo.
Tras un tiempo indeterminado, Emma dejó una de las pequeñas toallas empapadas en el cuello de Regina y otra justo en el filo de su espalda baja donde comenzaban las heridas. Tenía intención de dejar una sobre su frente, pero la postura lo hacía bastante complicado, aun así, lo hizo lo mejor que pudo.
Parecía que la temperatura de su cuerpo había bajado un par de grados, pero Emma estaba segura de que aún estaba demasiado alta. Se quedó observando el cuerpo inmóvil de Regina, sabía que no podía hacer mucho más de momento y, aunque quería curar sus heridas, no se atrevía a tocarla en realidad. Pasó su mirada del cuerpo de Regina al teléfono móvil que había dejado sobre la mesita, esperando que sonase lo antes posible y le trajese buenas noticias. Pero por muy intensamente que lo miraba, el maldito aparato se negaba a sonar.
Al dolor de espalda se sumó lentamente una jaqueca asesina. Había analgésicos en el botiquín así que se tragó uno sin agua siquiera. Pensó que debería hacer que Regina tomase algo que aliviara, aunque fuese sólo un poco, su dolor, pero no sabía cómo hacerlo, ni siquiera conseguía que recuperara la consciencia un segundo. Con ese pensamiento se subió apesadumbrada a la cama y se tumbó junto a ella mientras el sueño la reclamaba lentamente.
Una melodía estridente hizo que abriera los ojos de golpe. Le costó unos segundos entender qué estaba ocurriendo hasta que se fijó en el pequeño teléfono que estaba sonando junto a ella. Rápidamente se incorporó para alcanzarlo, pero sintió un dolor agudo recorrer su espalda de arriba abajo. Hizo un par de respiraciones profundas hasta que fue capaz de minimizar el dolor y desterrarlo a una esquina de su mente. Nunca pensó que el yoga que Regina la obligaba a practicar un par de veces por semana sirviese para algo, pero al parecer estaba equivocada. Una vez recuperado el control de sí misma consiguió llegar hasta el teléfono y contestar.
- ¿Granny?
- Sí, Emma, yo soy. – La voz le llegó clara y fuerte a través del teléfono. – Estoy con alguien que puede ayudarnos, pero vas a tener que hacer lo que yo te diga exactamente.
- Sí, de acuerdo.
- ¿Hay algún espejo a parte del que está en el dormitorio?
- Sí, he visto uno en el baño.
- Genial, ve hacia él. – Emma asintió para sí misma y se levantó de la cama. - ¿Cómo sigue… cómo sigue ella? – Emma suspiró.
- Sigue dormida o inconsciente más bien. Y es Regina, puedes dejar de llamarla "ella". – Esta vez fue el turno de Granny de suspirar.
- Sí, lo sé, Emma. Es sólo que a veces hay cosas difíciles de superar.
- Bien, ya estoy delante del espejo. ¿Qué tengo que hacer? – Emma escuchó atentamente cada una de las instrucciones que Granny le fue dictando hasta que la imagen que le devolvía el espejo se volvió borrosa. Unos segundos más tarde, la bruma que parecía haber invadido la superficie se aclaró revelando la imagen de dos personas, una de ellas completamente desconocida.
- Emma, te presento a Elara. – La mujer junto a Granny le dedicó una leve inclinación de cabeza. Emma la miró fijamente durante unos instantes. Desde luego las pintas que llevaba aquella mujer no inspiraban la más mínima confianza, parecía una mezcla entre una dependienta de una tienda de artículos esotéricos y una bruja de un libro de cuentos.
La misteriosa mujer sonrió como si supiera lo que Emma estaba pensando y asintió.
- Soy una bruja, princesa, en caso de que te lo estuvieras preguntando. – A Emma no le gustó en absoluto el tono con el que pronunció el título que tanto detestaba, pero algo en su interior le dijo que podía confiar en ella.
- Antes que nada, Granny, me gustaría saber dónde está mi hijo. – Emma decidió ignorar a la bruja de momento, necesitaba saber que Henry estaba a salvo.
- Está con Ruby y Belle. Están escondidos en un lugar seguro, imaginamos que no querrías que tus padres diesen con él. – Emma asintió en agradecimiento. Confiaba en Ruby y desde luego quería a Henry lo más lejos posible de todo ese desastre.
- De acuerdo. Ahora, ¿cómo sé que me puedo fiar de ella? – Su mirada volvió a fijarse en la mujer más joven frente a ella. Y una vez que la observó con detenimiento se dio cuenta de que debía ser mucho más joven de lo que aparentaba a primera vista. Ese maquillaje y toda esa bisutería le añadían como veinte años más, pero sus ojos y la piel tersa de su rostro y su cuello revelaban, si acaso, unos treinta años. Los ojos los tenía prácticamente amarillos y el pelo blanco y desordenado, largos pendientes colgaban de sus orejas junto con al menos cuatro aretes más en cada una. Tres puntos blancos dibujados bajo los ojos resaltaban sobre su piel oscura y unos símbolos tatuados decoraban sus manos junto a una multitud de anillos.
Elara soportó el escrutinio sin inmutarse y miró a Granny que con un gesto la invitó a contar su propia historia.
- Yo era una bruja marginada en el bosque encantado. Lo que ellos llamaban una proscrita. Aunque para ser justos la proscrita era mi madre, yo simplemente nací y me crie en una pequeña cabaña alejada de aldeas y ciudades. Fue mi madre quien me enseñó las artes de que ahora domino, aprendí a comunicarme con la naturaleza, a obtener de ella cuanto necesitaba, las cosechas nos eran prósperas, el clima benevolente y convivíamos en simbiosis con los animales que nos rodeaban. – Un pequeño brillo apareció en sus ojos conforme iba recordando el pasado. – Un día, unos cazadores se adentraron en el bosque que rodeaba nuestra cabaña y uno de ellos, perdido y desorientado, dio con nuestra casa.
Emma no sabía a dónde quería ir a parar, pero hizo un esfuerzo por controlar su impaciencia y continuó prestando atención.
- Al principio mi madre y yo nos mostramos cautelosas, no dejamos que aquel hombre se acercara a nosotras e íbamos a dejarle creer que la cabaña estaba abandonada. Pero entonces nos dimos cuenta de que estaba herido, no sabíamos la gravedad de la herida, pero nuestras creencias nos impedían abandonarlo a morir en el bosque. Así que lo socorrimos, debía haberse encontrado con algún animal salvaje, quizá un jabalí. Había salido vivo de puro milagro y gracias a nuestros brebajes y preparados pudo salir adelante. Una vez recuperado, lo ayudamos a regresar a la linde del bosque y nos despedimos. – Elara hizo una pausa para darse ánimos a continuar. – Creímos que todo aquello había pasado y que volveríamos a nuestra tranquila existencia, pero a las dos semanas vimos aparecer al cazador acompañado de una mujer. El cazador habiendo comprobado por sí mismo las cosas de las que éramos capaces, nos suplicó que los ayudáramos, a él y a su mujer, pues llevaban diez años intentando concebir un hijo. Al principio nos mostramos reticentes, no solíamos hacer ese tipo de magia, pero ellos insistieron, nos ofrecieron joyas, dinero y, por último, la joven que lo acompañaba se echó a llorar rogando por la oportunidad de ser madre. Eso nos conmovió profundamente así que accedimos. Con un breve ritual y unos brebajes los mandamos a casa, estábamos segura de que funcionaría, lo que no sabíamos era las consecuencias que eso nos traería. Al mes y medio de aquella visita la pareja volvió para darnos las gracias pues ella estaba encinta. No tardó en correrse la voz por el pueblo y, antes de darnos cuenta, la gente peregrinaba hasta nuestra puerta en busca de soluciones a sus problemas. No era nuestra intención enriquecernos a costa de los demás, pero ellos nos traían regalos y ofrendas a cambio de nuestra bendición, y, al fin y al cabo, no dañábamos a nadie.
- Perdona que te interrumpa, pero no entiendo cómo va a hacer esta historia que confíe en ti. – Emma no pudo contenerse, estaban perdiendo un tiempo muy valioso y seguía sin fiarse de esa bruja. Elara frunció el ceño.
- Quizá si me dejaras terminar la historia… Además, ¿no te dice tu superpoder que estoy diciendo la verdad? – Emma se quedó con la boca abierta, cómo era posible que supiera lo de su "superpoder". Elara, en cambio, continuó su relato sin más. – Como iba diciendo, no dañábamos a nadie, pero sí que provocamos un cambio en el equilibrio del universo, o al menos esa fue la excusa de Blue y el resto de sus polillas. – Emma vio como su rostro se ensombreció al mencionar a las hadas. – Un hombre mayor y muy enfermo vino acompañado de su hija, ella quería curarle costara lo que costase, pues en pocos meses se casaba y sabía que su mayor deseo era verla caminar hacia el altar. Mi madre preparó una poción sanadora que le daría al hombre al menos un par de años más, pero era una poción complicada que requería un día de preparación y dos de reposo antes de poder ser ingerida. Padre e hija pasaron la mañana y tarde con nosotras, y por la noche volvieron a casa con la poción, prometiendo esperar los dos días necesarios antes de beberla. Pero esa misma noche, Blue entró en casa de aquella familia y vertió polvo de hadas en el pequeño tarro que contenía la cura. Lo suficiente como para contaminar la muestra y que resultara mortal al ingerirla. Como consecuencia el hombre murió tres días después y las hadas se dedicaron a difundir rumores sobre las malas artes y la magia negra que practicábamos, nos llamó brujas y asesinas. El pueblo entero pareció olvidar todo el bien que habíamos hecho y fuimos perseguidas. Mi madre tratando de probar su inocencia fue a casa de aquel hombre y bebió los restos de la poción, intentando demostrar que no lo había envenenado, y así fue como de un día para otro lo perdí todo. Mi casa, las riquezas que habíamos acumulado, el amor del pueblo, y lo peor de todo, a mi madre.
Emma estaba sin palabras, miraba a Elara cuyos ojos brillaban por la emoción contenida.
- Entonces, ¿nos ayudas porque odias a las hadas? – Elara dejó escapar una carcajada amarga.
- No, niña tonta. – Emma frunció el ceño, ni siquiera estaba segura de ser más joven que ella, cómo se atrevía a llamarla niña. – Os ayudo porque Regina me salvó la vida. – Las cejas de Emma se elevaron con sorpresa. No mucha gente podía presumir de que la Reina Malvada les hubiera salvado la vida. – La maldición de Regina llegó justo en el momento en el que un grupo de aldeanos furiosos habían logrado dar conmigo. Estaba a punto de morir atravesada por una horca y lo siguiente que recuerdo es estar detrás del mostrador de una pequeña tienda. De pronto, pasé de ser una proscrita a ser la dependienta de una tienda. Aquí he vendido durante años tónicos, geles, incienso… Aunque la gente de este mundo sepa que la magia no existe, no hacen más que buscar soluciones mágicas para sus problemas en estos tipos de "herboristerías". Ahora tengo un hogar, amigos, un marido, y dentro de pocos meses, una hija. – Dijo esto último sonriendo mientras se acariciaba el vientre imperceptible bajo su holgada blusa.
Emma estaba realmente asombrada. Sopesó con cuidado lo que le había contado la bruja y no pudo más que admitir que no había ni rastro de mentira en sus palabras. Así que sin querer postergarlo más aceptó.
- De acuerdo, confío en ti. – Granny y Elara asintieron con gravedad. – Pero si haces algo para dañarla, destruiré tu felicidad, aunque sea lo último que haga. – Elara la miró con los ojos muy abiertos ante la amenaza, pero Granny simplemente entornó los ojos y disimuló una sonrisa, recordando la última vez que había oído esas mismas palabras de labios de la reina caída.
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Y hasta aquí os dejo hoy.
Nos leemos
S.
