Hola chicas, lamento la semana de ausencia, he estado ocupada,y resultó que escribir dos historias a la vez no era tarea fácil, sin embargo aquí está el capítulo, espero que les guste.
RAA
Capítulo 8
La suave brisa del mar inundaba sus sentidos, vestía un fresco pantalón de lino blanco y una sencilla camiseta de algodón del mismo color, se había quitado los zapatos para caminar descalza por la arena, y había dejado la chaqueta de su traje junto con sus zapatos en alguna silla olvidados, la supervisión del complejo de Tailandia iba saliendo bien, pero Candy a veces anhelaba deshacerse de los trajes de diseñador, quería ponerse shorts y un bikini, y perderse en la deliciosa agua color turquesa del mar que la rodeaba, ese día se había separado de Albert, George y Terry, quienes estaban atendiendo aún asuntos con el ingeniero en jefe, Candy había puntualizado ya algunas cosas con respecto al área de sustentabilidad, se había asegurado que toda la energía utilizada verdaderamente fuera de fuentes limpias, y que hubiese sistemas de reciclado de agua.
Caminaba, en silencio, pensativa, satisfecha con los resultados que el proyecto estaba dando, con ayudar a su padre, con poner en práctica cosas que había estudiado.
Los terrenos dónde se alzaría el exclusivo complejo ecoturístico eran un paraíso, y el equipo de arquitectos e ingenieros habían hecho todo lo posible por conservarlo y no destruirlo, eran jóvenes apasionados con la preservación y por lo tanto era agradable trabajar con ellos.
Candy observaba las olas tratando de decidir que tan malo sería meterse a nadar con ropa blanca sabiendo que la mayoría de los que andaban por ahí eran hombres y que Terrence Grandchester no quitaba el dedo del renglón, de pronto una voz profunda y acariciadora la sorprendió.
" A penny for your thoughts, princess." – le dijo él inundando sus sentidos con su masculino aroma.
El agua es hermosa… -
Así es… de hecho, tengo una sorpresa para ti. Ven. – le dijo mientras la tomaba de la mano y la llevaba con rapidez a un claro de la vegetación dónde un Jeep Sahara esperaba por ellos.
¿A dónde…?
Es una sorpresa. – le dijo mientras le abría la puerta y le pasaba sus zapatos y su saco. –
¿Y los demás?
George se hará cargo de Terry, o bueno Lynn se hará cargo de Terry. –
¿La arquitecta?
Tiene debilidad por él…
Eso podría ser malo… contraproducente, poco ético… -
Calma, por eso George también se hará cargo. – le dijo mientras subía al lado del conductor y arrancaba. – ponte cómoda, y elige lo que quieras escuchar, tardaremos un poco, pero te juro que valdrá la pena.
Candy se acomodó y repasó la playlist de su celular, algo de Greenday, Coldplay, Rock, sus gustos musicales eran similares, después de todo, Albert había sido su más grande influencia cuando niña y adolescente, ambos cantaban y bromeaban relajadamente cuando de pronto el estómago de Candy se hizo presente, causando que ambos murieran de risa y el rostro de Candy se sonrojara.
Lo siento…
No te disculpes, tienes hambre, supuse que eso pasaría, abre la guantera, debe haber un par de barras de Snickers, cuando lleguemos a nuestro destino te alimentaré apropiadamente.
¿Cómo…? – Candy ni siquiera terminó de formular la pregunta, sabía la respuesta.
¿Cómo sabía que te daría hambre?
Siempre me da hambre… además esto es lo que solías llevar contigo cuando íbamos de excursión, porque sabías que no aguantaría hasta llegar a nuestro destino. – le dijo ella con ternura. Pero después se quedó en silencio, sumida en sus recuerdos.
Te pones gruñona cuando no comes… - le dijo Albert con la intención de aclarar un poco el ambiente.
Jajajajaja, así que solo era por eso… ¿Qué pasará con nuestra junta de esta tarde?
George se hará cargo de ella, y Terry también, aunque no sé si servirá de mucho, pero al menos puede sentarse ahí, sonreír y verse bien…
Jajajaja, pensé que eran amigos.
Circunstanciales… ha tenido una vida complicada, pero eso no lo excusa. Bien, hemos llegado. – dijo mientras estacionaba el auto y bajaba, era un lugar solitario, parecía que no había nadie a kilómetros a la redonda. La playa era simplemente arrebatadora, el sol en su punto más alto….
Es increíble, Albert, debiste decirme, para traer ropa…
Siempre puedes nadar desnuda ¿sabes? – le dijo él con una sonrisa seductora.
¡Albert! – Candy aguantó la risa y simuló ofenderse.
Calma, tengo todo lo que necesitamos, ven.
Caminó a la parte trasera del jeep y abrió la cajuela, había una casa de campaña, hielera, maleta, en fin, todo lo necesario para pasar un día agradable.
Esto es…
Justo lo que anhelabas desde el primer día que pusimos un pie en el paraíso. –
Sí…
Tus ojos te delataron, y supuse que con Terry cerca no podrías disfrutar a tus anchas, así que tenemos lo que resta del día de hoy y mañana, después debemos regresar a trabajar, hay una cena de negocios en la que tenemos que estar presentes.
¿Hablas en serio?
Claro princesa, déjame instalar el campamento, cámbiate mientras, ahí esta tu maleta, puedes hacerlo en el auto en lo que descargo todo.
Te ayudaré.
Con un pantalón de lino de Gucci, no lo creo… - le dijo él viéndola de arriba abajo.
Bien, me cambiare, y después te ayudaré.
Te traje a disfrutar, no te preocupes de nada, ponte el bikini y corre al agua que es lo que has deseado hacer todos estos días.
Candy lo vio con ojos de adoración y le dio un abrazo.
Gracias.
Se cambió lo más rápido que pudo y salió para ayudar a Albert, él ya había bajado todo y estaba montando la tienda de campaña, sabía lo que hacía, pero era una tienda grande, así que ella se acercó a ayudarlo, ambos tenían experiencia en montar una tienda, eran buenos al aire libre, así que terminaron pronto, y entonces Albert la contempló, llevaba un bikini color rojo, y se veía tal cual se había imaginado que se vería en él. Había escogido un bikini deportivo, quería que ella se sintiera cómoda, libre, pero a pesar de ser modesto, se veía increíble en ella.
Ve al agua, me cambiaré y te alcanzo. – le dijo
Ella no perdió tiempo y corrió en dirección a las aguas cristalinas, era excelente nadadora, y Albert la contempló jugar en las olas por un largo rato, después entró y se cambió por un par de shorts color azul marino, tomó el bloqueador de entre sus pertenencias y caminó hacía la orilla, sabía que Candy usaba bloqueador a diario, su piel era muy blanca, y desde niña le habían enseñado a usarlo, pero, había pasado ya un rato en el agua y era tiempo de que se pusiera un poco más.
Princesa, debes salir y ponerte bloqueador, además ya está la comida.
Ella hizo un puchero de niña pequeña a propósito y luego le dijo…
Voy en un segundo papá… - en tono burlón.
No hagas eso, por favor, no me llames papá. –
Siempre lo hice para molestarte.
Lo sé, pero es incómodo ahora.
¿Por qué estás a punto de ayudarme a ponerme bloqueador?
Porque eres una mujer muy hermosa, y no una niña. - le dijo mientras le ponía el bloqueador en los hombros y la espalda baja.
Así que finalmente te diste cuenta. –
Es imposible no darse cuenta. Toma, es tú turno. – le dijo mientras le entregaba el tubo de bloqueador, y se volteaba de espaldas, Candy contuvo el aliento por un momento, ahí estaba frente a ella la amplia espalda varonil, puso crema en sus manos y comenzó a esparcirla mientras dibujaba círculos en su espalda, se tomó su tiempo e hizo que Albert tragara en seco, sentir sus manos acariciando su espalda, su menudo y bien torneado cuerpo cerca a su espalda. Cuando sintió que no podía más se dio la vuelta para quitarle el tubo de las manos y terminar él la tarea. – Vamos a comer, debes morir de hambre. -
Candy se sorprendió, había esperado sándwiches y cerveza, pero había cortes fríos, delicioso vino, postres, fruta, quesos y mariscos.
Esto es demasiado para nosotros dos. –
Sí te conozco bien, no será demasiado, anda, todo esto te gusta. –
Sí, todo esto me gusta, gracias, por hacer esto posible.
No tienes que agradecer, la verdad es que es una lástima estar en lugares tan bellos y no tomarse el tiempo de disfrutarlos.
Siempre amaste la naturaleza.
Sí… tú también.
Es tú culpa, ¿sabes que por eso fui a África? Tus historias de aventuras de esa mágica tierra se colaron en mi imaginación, y quería verlo con mis propios ojos…
¿Y cuándo te diste cuenta qué no todo era magia?
Me dolió, pero la hermosura del continente te hace amarlo. Su estoicismo ante la tragedia, su lucha por la supervivencia es más de lo que puedo explicar.
No tienes que explicarlo… - le dijo Albert mientras observaba a la mujer que tenía frente a él, sabía que esta era la conversación más honesta que habían tenido en esos meses, quería conocer a la mujer, sabía que era buena, apasionada, hermosa, pero quería escuchar lo que había en su corazón. – háblame de estos años… -
¿A que te refieres? – le preguntó ella no muy segura de que era lo que él quería escuchar.
Te perdí por 10 años, quiero saber de ti, me perdí verte crecer, transformarte en mujer, en mi cabeza, la última imagen de ti era del día del cotillion, vestida como princesa, con ese impresionante vestido blanco, en el jardín, en el after party en tu casa en Los Hamptons, descalza, y dando vueltas bajo la lluvia mientras reías. Después te metiste al mar con todo y vestido, y yo desee tener una cámara profesional para inmortalizar cada segundo…– le profundidad de su voz, de las memorias hacían mella en él.
No pensé que lo habías notado, estabas sentado con los adultos, con la estimada señorita Shields, derrochando encanto para ella. –
No podía ir tras una chiquilla de 16, hubiese sido impropio a mis 24. Ya era impropio haber aceptado ser tu pareja en el cotillion…
Pensé que los convencionalismos no te importaban.
Jajajaja, no era solo por convencionalismo, tenías que vivir tú vida, perseguir tus sueños… pero, ese no es el punto, háblame de todo lo que me perdí.
Pues, me gradúe con honores.
Lo sé. Te mandé flores. – le dijo mientras clavaba su mirada en ella.
Ella le sonrió con ternura.
Pensé que había sido tu secretaria, o Pauna.
¿Tan mala persona me crees?
No te creo mala persona, solo creo que eres un hombre ocupado, y para cuando me gradué habían pasado como cinco años desde la última vez que nos habíamos visto.
Eso no quieres decir que dejé de saber de ti…
Porque tú madre y tu hermana te recordaban que existía…
¿Por qué piensas que no era por iniciativa propia?
No lo sé, me parece lo más lógico, pero lo que me pediste es que te contara sobre mí, antes de graduarme viajé por primera vez a África y ahí fue donde descubrí que la magia y el dolor se conjugan en el mundo real, vi lo que hacían las NGO, y pensé que una forma real de mejorar la calidad de vida era el desarrollo sustentable, en un continente que ha sido solo sobre explotado y casi nunca desarrollado de manera sustentable, esa visita inspiró mi master, regresé, terminé de estudiar, y después me fui a trabajar...
¿Cómo aprendiste a pilotear?
La primera vez que fui a África me di cuenta de que sería útil y me inscribí en clases.
Jajajajaj, y dejas fuera que tu primer novio fue tú instructor.
Dios, nuestras madres son demasiado comunicativas, pero sí, John Hadleigh, Conde de Leighton, piloto de la Royal Air Force.
Lo conozco, estuvo conmigo en Eaton.
¿Es tú forma de decirme que es mayor que yo?
Es mayor que tú, no tengo que decirte eso… pero dime, porque terminaron.
Yo tenía 20, muchos sueños, y nada de disposición de ser condesa de Leighton y dedicarme al hogar. Y sabes lo tradicionales que pueden ser los aristócratas ingleses. Así que después de un año dimos por terminada la relación.
¿Entonces conociste a Michael?
Conocí a Michael hace tres años, fuimos amigos, y después novios.
¿Qué tan seria es la relación?
Creo que me toca preguntarte….
Prometo que responderé todas tus preguntas, una vez que respondas las mías.
Jajajaja, eso es trampa, pero por haber traído este delicioso pastel de chocolate te lo perdonaré. – le dijo ella mientras tomaba un trozo del delicioso pastel belga.
Entonces… Michael… - le preguntó el rubio sin quitar el dedo del renglón.
Ella se recargó en la silla y cruzó una pierna, lo vio a los ojos un momento, y después permitió que su mirada se perdiera en el horizonte, para después comenzar a hablar, como si estuviese descifrando un acertijo, contemplando y analizando no por primera vez un tema que le era familiar.
Michael… como ya sabes es médico, francés, guapo, encantador, sencillo…
Un sueño de hombre al parecer. – le dijo Albert con un dejo de celos que la rubia no pasó por alto.
¿Celoso?
¿De que tengas una opinión tan alta de él? un poco, pero, también tengo mis dudas de que sea tan perfecto.
Jajajaja, ¿se puede saber porque lo dudas?
Porque no te has casado con él.
Como te dije antes, él es un alma libre…
Por algo se mudó a New York.
Porque está seguro de que me ama… me llevó a su departamento, y es todo lo que alguna vez soñamos… sé que tiene mi anillo guardado…
¿Tu anillo?
Me pidió que me casara con él la noche antes de volver a América, pero le dije que no podía pedirle que cambiara sus sueños por mí… Es un buen hombre…
Pero amas al hombre libre y no al exitoso jefe de cardiología.
Jajajaja, no es eso, es cierto que su libertad tenía un atractivo, pero, también no quiero que tenga que quedarse en dónde no quiera, no voy a decirle que sí… no puedo decirle que sí y encadenarlo a una vida con la que no soñó… pero suficiente sobre mí, háblame de ti, y de la maravillosa mujer con la que viviste dos años.
Tienes razón, nuestras madres deben dejar de hablar de nosotros… aunque gracias a ellas sé que también viviste con Michael por un año… -
Eso no es hablarme sobre ella…
Ella… Sonia… es científica, tiene un doctorado en microbiología, trabaja en Alemania…
¿Por eso terminaron?
Sí, y no, para Sonia, su trabajo lo es todo, y en su momento cuando tuvo que escoger entre una vida conmigo y su trabajo soñado, salí perdiendo.
¿La amabas?
Le pedí que se casara conmigo. –
Ella es la razón.
¿La razón?
De tus andanzas, coqueteos, y demás.
No soy todo lo que se cuenta de mí… No sé quién te dijo que era un playboy desalmado… -
Eres un coqueto… -
Tú también en todo caso…-
Jajajaja, no hablemos de ello, te apuesto que puedo ganarte en una carrera. – le dijo mientras se ponía de pie y salía corriendo.
Albert la alcanzó con facilidad, la tomó de la cintura para hacerla girar, y después entrar al agua con ella en brazos, rieron como un par de niños, con una cercanía renovada, disfrutaron de la naturaleza, jugaron, y vieron el atardecer sentados en la orilla de la playa, construyeron una fogata, y se sentaron uno al lado del otro platicando de sus sueños y planes.
¿Quieres formar una familia? – le preguntó ella de pronto.
Tuvimos familias perfectas, por así decirlo, nuestros padres son felices, y quisiera eso, hijos, esposa, que sea mi amiga, mi cómplice… pero no me casaría solo por casarme, y sí la mujer que creo es la correcta no quiere casarse conmigo, entonces prefiero no casarme y seguir haciendo honor a mi fama de playboy. – le dijo él viéndola directamente a los ojos. - ¿Tú?
Al igual que tú, quiero lo que nuestros padres tienen… y por otro lado, sé que nunca podré ser la madre que mi madre fue, ella no tenía el peso de los negocios sobre ella, mi vida será diferente…
De pronto el cielo se iluminó con un relámpago y ella se estremeció.
¿Porqué le temes a las tormentas?
No estoy segura…
Ven, contempla conmigo la belleza de una tormenta. – le dijo él mientras le extendía los brazos para que se sentara en el hueco de sus piernas.
Candy se acercó, y se sentó en la arena debajo del toldo, él la rodeó con sus brazos, y ella apoyó su espalda en su amplio pecho masculino.
Mira, toda esa energía, mira como alumbran el cielo, y como el mar responde a la tormenta.
Ella se abandonó al momento, y aunque no podía dejar de brincar con cada trueno, tampoco podía dejar de admirar en silencio lo que él le mostraba, no era la primera vez que él la enseñaba a apreciar la belleza.
Tienes razón, es hermoso… -
Él la apretó un poco más y aspiro el aroma de su perfume y de su piel, la sal, la brisa nocturna en ella.
Candy… - por un momento pensó en confesarle lo que sentía, pero tal vez aún no era tiempo, debía conquistarla, seguir con su plan de demostrarle que era un hombre enamorado.
Dime. –
Tal vez debamos entrar a la tienda, comienza a refrescar, y te vas a enfriar.
En tus brazos es imposible enfriarme. – le respondió ella sin pensar. Él no dijo nada y solo acarició sus brazos.
Durmieron hasta tarde, hicieron yoga, nadaron, exploraron la zona y convivieron en franca complicidad, hablaron, de sus planes, y gustos, en cierta forma se reconectaron de nuevo, a un nivel diferente del que habían logrado en ese par de meses viviendo juntos, retozaron en el agua, caminaron bajo la luz de la luna tomados de la mano, y cuando llegó la hora de dormir, él la acunó en sus brazos.
Al día siguiente partieron rumbo a su hotel, ya entrada la mañana, cuando llegaron se toparon a Terry en la entrada. Él los observó descender del auto riendo, se veían relajados y bronceados, ella llevaba shorts de mezclilla y una camiseta de tirantes, se veía hermosa, su cabello más rubio por la sal y el sol, y aunque sus ojos los cubrían sus enormes gafas de sol Terry sabía que miraba con adoración a Albert, pero también sabía que aún no perdía la partida, se veían mas cercanos, pero aún no eran pareja, algo en su lenguaje corporal se lo decía.
Hola pecosa. – le dijo mientras ella pasaba a su lado.
Hola Terry, disculpa, no te vi. –
Venías en tu nube particular, dime, ¿en verdad es tan bueno en la cama como para que me vuelva invisible? –
Grandchester. – le dijo el rubio con gesto adusto.
Sólo era por hacer conversación, pero ya veo que ninguno de los dos quiere hablar de ello.
Un placer verte, como siempre Terry, tengo que ir a darme un baño y descansar un poco, los veré en la noche. – dijo la rubia mientras se acercaba y se ponía de puntitas para besar a Albert en la mejilla. – Gracias, fue maravilloso. – le dijo a propósito, sabiendo que Terry lo tomaría a su conveniencia.
Caminó sin mirar atrás, con esa sensualidad innata, la elegancia le corría por las venas, y la hacía hermosa, deseable, ambos caballeros la vieron perderse en el ascensor antes de intercambiar palabra alguna.
¿Y bien?
¿Qué quieres saber?
¿La llevaste a tú cama, te le declaraste, le dijiste que la amabas?
No es de tú incumbencia.
No lo hiciste, supongo que la estrategia entonces es conquistarla.
Grandchester.
Andrew, esa mujer es de las que no se dejan pasar.
Y no pienso dejarla pasar, ahora, si me disculpas, también debo ir a darme un baño.
Iré con George a ver el complejo, los veo en la noche. –
Albert se dirigió a su habitación, pensando, en su próxima escapada.
Esa noche habría una cena de gala, se había puesto un impecable smoking de Armani, y se dirigió al bar, esperarían por Candy ahí, conversaba amigablemente con Terry y George, la fiesta sería en la embajada inglesa, una gala humanitaria, los tres caballeros conversaban y bebían whiskey, cuando una hermosa rubia que vestía un elegante vestido color oro viejo, de amplia falda cuyo corte formaba magníficos pliegues haciendo ver su cintura aún más pequeña, y con bordado del mismo color en el strapless, su cabello recogido, zapatillas de fina tiras color negro y altos tacones, se veía hermosa, y Albert sonrió para sí, tenía el complemento perfecto para su atuendo, tenía sus ventajas que tuvieran el mismo personal shopper.
Hola preciosa. – le dijo con su ronco tono de voz que hacía que a Candy le temblaran las piernas.
Hola Albert. Al parecer Neal olvidó los accesorios de esto. – le dijo mientras se encogía de hombros. Él le sonrió mientras sacaba de su saco un estuche de terciopelo y se lo extendía.
¿Qué es esto? –
Un regalo, ábrelo. –
Candy abrió el estuche y se encontró con hermosos aretes largos, estilo barroco y un anillo a juego, el metal era negro, al igual que las piedras. Habiendo crecido con Anne y su madre, Candy sabía que lo que tenía enfrente era un fino juego de diamantes negros montados en oro negro, espectacular, raro, y muy costoso.
Albert… esto es hermoso, y demasiado.
Candy, ni lo digas, los vi y supe que tenían que ser tuyos, además van perfectos con tu vestido. Permíteme. Le dijo mientras tomaba los aretes y los ponía en su lóbulo suavemente, después tomó el anillo, una espectacular piedra en corte esmeralda con clusters de diamantes más pequeños a los lados, y lo colocó en su dedo índice, era una pieza grande, extravagante, una joya para lucirse, que iba bien en ese dedo. - ¿Te gusta?
¿Cómo puedes preguntar eso? Por supuesto que me gusta, me encanta, tienes un gusto exquisito, o… Neal tiene un gusto exquisito. - le dijo ella con una sonrisa traviesa.
Neal no tuvo nada que ver. – le dijo con una sonrisa mientras besaba su mejilla.
Por un momento parecía que el tiempo se había detenido y que los presentes habían desaparecido, sus miradas se encontraron, la atracción era obvia, pero iban tarde, así que George tuvo que interrumpir con pesar.
Terry y yo nos adelantaremos, ¿los vemos en la fiesta? – preguntó con cautela.
No… - respondió ella sin pensarlo.
¿A dónde quieres ir? – preguntó él dispuesto a llevarla al fin del mundo si ella se lo pedía. Y Candy quería pedirle que la llevara a dónde quisiera, pero debían cumplir con sus compromisos. Respiró profundo y sin quitar su mirada de Albert respondió.
No se vayan sin nosotros, debemos llegar… - no pudo completar su frase, sólo se colgó del brazo de Albert y ambos caminaron siguiendo al par de morenos que no ocultaban su sonrisa sardónica ante los enamorados.
Subieron a la limosina que esperaba por ellos y se dirigieron en silencio al lugar de la fiesta. Pasaron la noche juntos, Albert no estaba dispuesto a dejar que ella bailara con nadie más, y ante su posesiva mano posada en su cintura los presentes dieron por hecho que eran pareja, los que conocían a las familias no se mostraron sorprendidos. Bailaron y disfrutaron el uno del otro, a la vez que jugaron su papel de hombre y mujer de negocios, eran un gran dúo, ella enamoraba con su encanto, y los sorprendía con su inteligencia, él era hábil y puntual en sus comentarios, sin mucho esfuerzo consiguieron contactos y permisos necesarios, en dos días más podrían partir a Japón para su siguiente aventura.
Albert la llevó a la pista para un último baile, su mano en su cintura hacía que el calor subiera por su cuerpo, la cercanía era intoxicante como siempre, bailaron en silencio, disfrutándose, y a eso de las dos de la mañana él la acompañó hasta su puerta.
Descansa, mañana, yo me hago cargo de las cosas…
Albert, yo también debo ir, tengo trabajo…
Bien, si insistes, debemos estar a las ocho en un desayuno con el ministro de turismo.
Te veo a las 7:30 en el lobby.
Descansa. – le dijo él mientras besaba su mejilla.
La noche fue corta, pero a las 7:15 mientras terminaba e arreglar su maquillaje escuchó que llamaban a su puerta, fue a abrir y se topó con Albert con una cafetera de plata en una mano y un par de tazas en la otra.
Tenemos 15 minutos para el café. – le dijo mientras la contemplaba.
Una vez más llevaba pantalones, color gris claro, amplios y frescos, una camisa blanca de fino algodón y un chaleco ajustado a su talle, aún iba descalza, y su maquillaje estaba a medio hacer, aunque su cabello ya estaba peinado, rizado, porque con la humedad del ambiente era inútil alaciarse el cabello.
Pasa, y gracias, no pedí café, y creo que sí lo necesitaré.
Es espresso.
¿Te he dicho que eres indispensable?
No aún, pero supongo que el que te traiga cafeína me acerca a escucharte decir eso. – le dijo con una sonrisa sensual mientras le servía café y se servía él mismo, se sentó en el sofá de su habitación mientras la contemplaba terminar de arreglarse.
Él le puso la taza cerca y ella le dio un sorbo mientras continuaba viéndose en el espejo.
Después de ver al ministro de turismo que sigue.
Una tarde de compras, Terry tendrá su última salida con nuestra arquitecta, y George quiere buscar un regalo para Rose, ¿sabes que hablan a diario?
Algo me ha dicho Rose, quien por cierto nos verá en Japón o en Australia, aún no está segura.
Eso no lo sabía ¿es sorpresa?
Sí, así que no digas nada… ¿vendremos a cambiarnos después del desayuno?
Sí, aquí nos veremos con los ingenieros y arquitectos para finalizar algunas cosas, y ya después somos libres, si quieres nadamos, o salimos a pasear.
Salgamos, después de todo lo que nos asoleamos, no debemos hacerlo más, además en Japón no está bien visto andar bronceado, así que mejor, lo dejamos para después, ahora dime que zapatos me pongo.
Los azul marino, y usa los zafiros que te regaló tu madre en tú cumpleaños.
Así que si sabes verstir…
Te sigues burlando de Neal, esta tarde te mostraré que soy perfectamente capaz de escoger ropa y que también puedo hacerlo para ti.
Ya veremos Andrew… - le dijo mientras se ponía los zapatos que él le había indicado e intentaba abrochar el la fina cadena de oro blanco con el pendiente de zafiro, Albert se puso de pie y lo hizo por ella.
Terminaron su café y bajaron al lobby para dirigirse al desayuno, solo irían ellos dos, ya que George y Terry debían hacer otras cosas. Después del desayuno y su última junta con los arquitectos e ingenieros. Albert la miró fijamente y le dijo.
Anda, ve a cambiarte, iremos de compras.
Sí tú lo dices, de seguro tienes a Neal escondido en algún lado. – le dijo ella burlonamente mientras subía a cambiarse.
Al poco rato se encontraron, él vestía casual, con pantalones de lino color caqui, camisa blanca y loafers italianos color miel, ella llevaba un vestido de verano, blanco con grandes orquídeas color violeta estampadas, sus sandalias eran del mismo tono que las orquídeas, llevaba con ella una bolsa color plateado.
¿Lista?
Claro, quiero que me deslumbres con tus habilidades de comprador.
Ya dejarás de burlarte. – le dijo mientras le tomaba la mano y abría la puerta del auto de conductor del auto deportivo. Para que ella se subiera.
¿En serio?
Te lo prometí, no es mi auto, pero podemos ir practicando, le dijo mientras le entregaba las llaves, ella pegó un pequeño grito de emoción, y Albert rió ante su sincera felicidad.
No estaban muy lejos de las tiendas, de hecho, estaban hospedados dentro del distrito de lujo de Bangkok, ella condujo con pericia el auto de cambios manuales, y Albert disfrutó de su emoción.
Llegaron a uno de los lujosos centros comerciales dónde un valet parking se hizo cargo de su auto, y ellos comenzaron a pasear por las tiendas. Asia es un lujo sin precedentes, no habiendo sido educados en tradiciones puritanas como occidente, el concepto de riqueza y extravagancia es totalmente distinto, y Candy y Albert recorrieron el lugar en total comodidad, entraban dónde algo les llamaba la atención, se metían a los probadores, y estaban obligados a medirse cualquier cosa que él otro le dijera, así a veces terminaban vistiendo piezas ridículas, pero en medio de todo eso, Albert le pasó a Candy un vestido color verde jade, con hojas bordadas en hilo de oro, el hermoso brocado era algo diferente a lo que hubiese comprado en parís, tenía un corte en línea a, con cuello bote y dejaba la espalda completamente descubierta, el largo llegaba a sus pantorrillas, y cuando Candy salió del probador Albert la contempló con satisfacción.
Es perfecto. –
¿Para qué?
Ya lo verás. Y estos Jimmy Choo dorados le irán maravillosamente. - le dijo mientras le pasaba un para de peep toes de 10 centímetros.
Bien, si estás seguro, lo llevaré.
Siguieron comprando, sin necesidad de intermediarios, relajados, seguros de sí mismos, en algún momento el juego dejó de ser juego, y se convirtieron en una pareja que caminaba tranquilamente mientras hacían compras, él escogió un par de trajes, y ella otros vestidos, zapatos, y accesorios, Candy era consciente de que con la cantidad de compromisos que tenían, todo lo terminaría usando, además, también debía escoger cuidadosamente los atuendos, últimamente terminaban en portadas de moda y revistas financieras.
Candy era consciente de que su vida había cambiado drásticamente en pocos meses, y aunque su sueño de libertad había sido precisamente eso, un hermoso sueño, no huía de sus responsabilidades, y planeaba llevar a cabo su papel lo mejor posible, después de todo, esa sería su vida de ahora en adelante. Y sabía que gran parte de su cambio se lo debía Albert, quien con toda paciencia la asesoraba y guiaba día a día, confiaba en ella y había todo lo que estuviese a su alcance para facilitar su existencia.
Albert por su lado, caminaba relajado junto a ella, disfrutando de ser él, de estar con una mujer que no pretendía enamorarlo, pero que lo hacía con cada gesto, una mujer que no tenía poses para él, sino que era genuina, brutalmente honesta, con quien él podía ser él, sin complicaciones, sin pretensiones, sin preguntarse si solo les interesaba por su dinero y poder, sin preocuparse de mantener una imagen, con ella podía ser feliz.
Llegaron al hotel y él pidió que llevaran sus compras, a sus habitaciones, la dejó en la puerta y le dijo:
Ponte el vestido verde, vendré por ti a las 9.
¿A dónde iremos?
Ya lo verás. – le respondió mientras le dedicaba una sonrisa y se perdía en su habitación.
Candy sintió mariposas revolotear en su estómago, consiguió un lugar en el salón de belleza del hotel y bajó a que la arreglaran y la peinaran, usó los aretes y el anillo que él le regalara el día anterior, y el brazalete con la constelación que había sido su regalo de cumpleaños.
A las nueve en punto Albert se presentó en su puerta, llevaba un impecable traje hecho a su medida color gris carbón, y una camisa blanca sin corbata. Lo contempló abiertamente, y él hizo lo mismo con ella.
Te ves hermosa, mi princesa. – le dijo mientras besaba su mano.
Tú también. – le respondió ella algo nerviosa.
¿También me veo hermosa?
Jajajaj, sabes a lo que me refiero.
Vamos, le dijo mientras la tomaba de la mano y subía al ascensor un piso más, ya estaban en lo más alto del enorme rascacielos.
Cuando las puertas se abrieron, Candy pudo ver que se encontraba en el helipuerto.
¿Qué hacemos aquí?
Volaremos, o más bien volaras.
¿Estás bromeando?
No. Creo que serás la piloto más sexy y elegante… - le dijo con el dejo justo de coquetería.
Ella subió al asiento del piloto e hizo todo lo que necesitaba para despegar, él le pasó las coordenadas mientras la contemplaba sin reservas, por supuesto que se veía como nunca antes había visto a otra mujer, segura, fuerte, inteligente, poderosa, todos esos atributos lo excitaban, tenía a su lado a una mujer como nunca antes había conocido.
Candy siguió las coordenadas, su destino, las Thai Highlands, la cadena de montañas con exuberante vegetación al norte del país, ahí en una cima aislada, había una casa de lujo, de estilo moderno, construida con vidrio, acero y madera de bambú, los grandes ventanales deberían tener una vista espectacular, Candy aterrizó en el helipuerto, asombrada de la altura y la belleza del lugar, Albert la ayudó a descender, y la condujo por la casa como si la conociera a la perfección, hacia un deck, dónde esperaba por ellos una hermosa mesa elegantemente preparada, con suave música de Frank Sinatra, saliendo de las bocinas, antorchas en el jardín, y la luna llena en lo alto, con el cielo tachonado de estrellas.
Albert, esto es simplemente increíble.
Sabía que te gustaría, y ni me preguntes como, porque no te lo diré, ven, vamos a comer.
Él le abrió la silla y ella tomó asiento, no había sirvientes, y al parecer nadie más que ellos en lo que a Candy le pareció en ese momento la cima del mundo.
Albert…
Ya te dije que no digas nada, simplemente disfrutemos, me encanta verte sonreír. Brindemos por verte feliz, y porque yo sea el hombre que te haga feliz.
Ella le sonrió y chocó su copa con la de él, el champagne y la cena fueron exquisitos. Platicaron sobre sus sueños, sus familias, sus planes, hablaron de todo y de nada, bailaron, y cuando se cansaron, se acurrucaron en un cómodo sillón de la terraza, Albert tomó una enorme manta y los cubrió a los dos mientras contemplaban el cielo estrellado y Albert le mostraba constelaciones como cuando era una niña, contándole su historia.
Orión era un gran cazador, hijo de Poseidón, cazaba junto con la diosa Artemisa, estaba enamorado de ella, y era correspondido, sin embargo, Apollo, el hermano gemelo de Artemisa, no aprobaba su relación con ella, y un día mientras Orión nadaba, solo sobresalía la parte de arriba de su cabeza, Apollo retó a Artemisa, poniendo en duda sus habilidades con arco, a gran distancia le dijo que seguramente no podría atinar en el blanco que se movía en el río, Artemisa, dispuesta a demostrar sus habilidades, Artemisa disparó, matando inadvertidamente a su amado…
Esa es una versión…
Sí esa es la versión trágica y romántica. – le dijo él con una sonrisa, sabía bien que hablaba con una mujer culta, no con la niña que simplemente lo miraba asombrado. – Cuéntame la otra versión. –
Orión era un gran cazador, y si cazaba con Artemisa, y su madre Leto, en su entusiasmo, ante su talento y habilidades, declaró que cazaría a todos los animales de la tierra, lo cual hizo que Gaia, la diosa de la tierra se enfureciera, y envió un escorpión gigante, que Orión enfrentó valientemente, y que sin embargo, lo venció, ante la noticia de su muerte, Artemisa y Leto le pidieron a Zeus que lo inmortalizara en los cielos, Zeus lo convirtió en una constelación, junto con el gran escorpión, que hoy es la constelación de Escorpio, la cual puedes ver junto con la de Orión. – Candy sonrió y volteó a verlo, dentro de ella aún amaba compartir con él esas charlas, además ahora tenía una satisfacción más, había podido hablar con él como su igual, no solo como una pequeña a quien él le contaba historias.
Cuando uno está enamorado el tiempo vuela, y si le piden a uno que recuerde que hablaron y cómo pasó el tiempo, probablemente la única forma de hacerlo será con una sonrisa de embelesamiento en el rostro, ya que es imposible poner en palabras las sensaciones que cada roce de las manos traen, y tampoco se puede explicar como el aroma del otro lo transporta a uno a un mundo dónde solo existe el uno y el otro.
El alba comenzó a rayar entre las montañas, tiñendo el cielo de colores pastel, era un espectáculo maravilloso, Candy se recargó en el hombro de Albert y juntos disfrutaron del espectáculo, después de algunas horas de sueño en brazos del otro como ya se había vuelto una costumbre, volaron de regreso a Bagnkok.
Albert la dejó en la puerta de su habitación, la estrechó entre sus brazos, y besó su frente.
Gracias por una velada maravillosa princesa. – le dijo, Candy lo atrajo para abrazarlo un poco más, besó su mejilla, pero fue incapaz de responderle nada, había un nudo en su garganta, había pasado la mejor velada de su vida.
Albert la observó desaparecer en el interior de la habitación, ella era la mujer que lo complementaba, quién lo hacía feliz, con quien no era necesario pretender nada. Sabía que Michael le había pedido matrimonio, y de algo estaba seguro, no le iba a permitir que le robara a la mujer que sin saber había amado toda su vida, de diferentes maneras, pero que hoy, era la mujer que quería a su lado para siempre.
Candy se recargó en la puerta de la habitación, mientras un par lágrimas corrieron por sus mejillas, Albert… el hombre perfecto, el hombre que había amado en silencio por años, quien había cambiado en tan solo unos meses su visión del mundo. Ahora sabía que nunca regresaría a esa vida libre y despreocupada que una vez había anhelado, conocía el impacto de su responsabilidad ante todo lo que la vida le concedía, y sabía que la única forma de lograr cambios significativos en un sistema que no funciona era ser parte del mismo, Michael había sido su sueño de libertad, pero Candy comenzaba a sospechar que por mucho que hubiese amado al cariñoso hombre, nunca había perdido la cabeza por él, siempre se había mantenido en control. En cambio, con Albert, estaba en peligro de perder la cabeza, Candy comenzaba a vislumbrar que amar a Albert era estar dispuesta a abrir su corazón y arriesgarse al igual que Orión a dejarse atravesar por una flecha de aquel a quien amaba.
