Hola! Espero que estéis estupendamente, aquí tenéis la cuarta parte :D
- De acuerdo, confío en ti. – Granny y Elara asintieron con gravedad. – Pero si haces algo para dañarla, destruiré tu felicidad, aunque sea lo último que haga. – Elara la miró con los ojos muy abiertos ante la amenaza, pero Granny simplemente entornó los ojos y disimuló una sonrisa, recordando la última vez que había oído esas mismas palabras de labios de la reina caída.
Elara carraspeó incómoda antes de volver a su papel de misteriosa bruja oscura, a pesar de que este había quedado parcialmente destruido. Colocó frente a ella sobre una mesa tres botes de colores diferentes y marcados con etiquetas, y un montón de lo que parecían pequeñas gasas rectangulares.
- Emma, estas pociones contienen lo necesario para desinfectar las heridas y fomentar la cicatrización, evitar la infección y bajar la fiebre, y esta última es morfina. – Fue señalando uno a uno los botecitos. – Están todos bien etiquetados. Deja caer un par de gotas del primero en cada herida abierta cada dos horas. Cinco gotas del segundo para bajarle la fiebre. En una media hora deberías empezar a notar que desciende su temperatura, si no es así, dale un par de gotas más y en caso de que vuelva a subirle la fiebre, repite el procedimiento. Recuerda que no debes darle más de siete gotas cada ocho horas. Lo mejor será que pase esta noche sedada así que te sugiero que le des la morfina que te he preparado, tiene propiedades mágicas así que con cinco miligramos será suficiente para pasar la noche. – Emma asintió intentando almacenar toda la información en su mente. – Ah, mientras tenga las heridas abiertas, puedes administrarle todas las soluciones a través de ellas, aunque puede que escueza un poco, entrarán directamente en su torrente sanguíneo y harán efecto más rápido. Estas gasas – dijo señalando el motón de recuadros blancos – están impregnadas con diferentes aceites, colócaselas para tapar las heridas y cámbialas también cada dos horas. ¿Lo tienes? – Emma volvió asentir y repitió todas las indicaciones a la perfección. – Muy bien. Ahora concéntrate. Debes invocarlas a tu lado del espejo.
Emma respiró hondo. La magia le era natural, pero era mucho más fácil cuando estaba con Regina, la tranquilidad que le aportaba le permitía relajarse y concentrarse. Se repitió a sí misma una y otra vez que esto tenía que hacerlo por ella, para recuperarla. Y tras cinco minutos de tenso silencio comenzó a sentir el característico hormigueo de la magia en la puta de sus dedos.
- Bien hecho, niña. – La voz de Granny la devolvió a la realidad. Frente a ella sobre el lavabo se encontraban todas las cosas necesarias para ayudar a Regina y un optimismo repentino la invadió.
- Muchísimas gracias. – Dijo mirando a la bruja. – Gracias a las dos, no sé qué habría hecho sin vosotras. – Elara hizo un gesto de agradecimiento y Granny se limitó a mirarla con ternura.
- Ve con ella. Regina te necesita. – Emma asintió y sonrió cuando oyó pronunciar el nombre de la reina. Viniendo de Granny era claramente un gran avance. Quedaron en volver a contactar al día siguiente y Emma salió rápidamente en busca de Regina.
Cuando entró de nuevo en la habitación se dio cuenta de que Regina debía haber despertado en algún momento o, al menos, se había movido en sueños. Seguía tumbada bocabajo pero su postura había cambiado. La cabeza hacia el lado contrario y por la postura de las piernas Emma se imaginó que había intentado darse la vuelta sin éxito. Dejó las cosas sobre la cama y decidió que, antes que nada, apuntaría las instrucciones que Elara le había dado. No quería empeorar las cosas confundiendo las dosis.
Una vez apuntado todo en el cuaderno que había encontrado en la mesita de noche, se volvió a mirar a Regina. Sabía que lo estaba dilatando a propósito, quería curarla, pero al mismo tiempo, cada vez que miraba su cuerpo, su espalda destrozada, la pena se mezclaba con la ira y le provocaba oleadas de odio que se acumulaban en sus ojos en forma de lágrimas. Aun así, después de tomar otra pastilla para el dolor, sabiendo lo que venía, se acercó a ella y comenzó con las curas.
Comenzó por la poción para desinfectar. No sabía cómo reaccionaría Regina ante esto, pero se lo podía imaginar, así que lo hizo lo más rápido posible. Llevaba más de la mitad de los cortes cuando la respiración de Regina se hizo más superficial y entrecortada. La propia Emma podía sentir parte de lo que Regina sufría, aunque muy levemente, atenuado en gran parte por los calmantes que había tomado. Emma continuó con su labor, pero Regina había empezado a gemir en sueños. Emma paró para comprobar si estaba despierta, pero no daba muestras de ello. Parecía que cada vez le dolía más, puesto que los gemidos se hacían más fuertes. Emma temblaba, no sabía qué hacer para ayudarla más que seguir curándole las heridas.
Cuando cambió de poción se dio cuenta de que, de los ojos fuertemente cerrados de Regina, se escapaban lágrimas de dolor y no pudo evitar dejar caer las suyas silenciosamente. Continuó rápidamente con su trabajo y al fin le pudo administrar la morfina. El efecto fue inmediato, a los pocos segundos de que el líquido entrara en contacto con la sangre de sus heridas, su cuerpo se relajó y entró en un estado de tranquila inconsciencia. Emma suspiró al fin tranquila de poder paliar el sufrimiento de Regina al menos de momento y terminó de aplicarle las gasas a fin de proteger su espalda.
Mirando su rostro relajado, Emma no pudo evitar pensar en lo hermosa que era. El pensamiento la llevó inevitablemente a sus heridas. Tenían muy mal aspecto. Ella sabía perfectamente que habían sido provocadas con magia y había pocas posibilidades de que su propia magia pudiera curarlas. Aun así, el no poder intentarlo la estaba matando por dentro. Si tan sólo se hubiese tomado las clases de Regina en serio… Pero no, ella, que lo daba todo por sentado, se entretenía en pensar en nuevas maneras de seducir a Regina, que no era de piedra, y se derretía en sus brazos a los pocos intentos.
Emma adoraba la piel suave, tersa y bronceada de Regina, y no podía evitar preguntarse si esos cortes mágicos dejarían horribles cicatrices. No es que Regina no tuviera ninguna, de hecho, tenía más que alguna. Y Emma las había besado y venerado todas y cada una mientras escuchaba de labios de Regina las historias que escondían. Y lo mismo había hecho Regina, que tenía un cariño especial a lo que ella llamaba "la cicatriz Henry", la pequeña línea rosada a la altura del borde del bikini en recuerdo de su cesárea.
De todos modos, Emma rezaba para que apenas quedasen marcas en aquella espalda. Cada una de esas cicatrices serían un recuerdo de la traición más horrible, de cómo ella no estuvo allí para impedir esa barbaridad, de cómo no pudo pararlo. Sentía la ira crecer de nuevo en su interior, cuanto más lo pensaba menos podía creerse todo lo que había sucedido. Habían aprovechado justo el momento en el que ella había salido del pueblo para perpetrar el horrible crimen, había que ser miserable…
En ese momento, un recuerdo del día anterior le vino a la mente. David la había convencido para que pasara la noche en Boston. Su propio padre la había engañado deliberadamente, haciéndola creer que se preocupaba por ella cuando en realidad solo quería mantenerla lejos el mayor tiempo posible. Tenía ganas de vomitar. Se sentía herida, traicionada y, sobre todo, usada. Por un instante había sentido por fin que tenía una familia, unos padres que cuidaban de ella, que velaban por su seguridad… Y sin embargo lo único que había conseguido era un corazón un poco más magullado.
Intentando pensar en otra cosa se volvió hacia Regina de nuevo e intentó tomarle la temperatura. Se sorprendió gratamente al descubrir que, aunque su frente seguía un poco caliente, el resto de su cuerpo había regresado a una temperatura más natural. Comprobando el reloj vio que faltaban aun unos cuarenta y cinco minutos para la siguiente cura de Regina, así que se acercó a la cocina a ver si encontraba algo de cenar.
Ciertamente el pequeño apartamento se encontraba bien aprovisionado. Tenía una despensa llena de productos no perecederos y Emma estuvo bicheando un rato hasta que se decidió por una lata de albóndigas. Mientras calentaba el plato hizo una nota mental de que tenía que encontrar el modo de contactar con Henry. No sabía exactamente qué le habrían contado, pero sospechaba que le habrían dejado a ella la tarea de contarle toda la verdad a su hijo.
Las albóndigas estaban increíblemente buenas para ser de lata, o quizá ella llevaba demasiadas horas sin comer. Esa reflexión la llevó a pensar si tendría que darle agua a Regina. No estaba consciente, pero no podía dejar que se deshidratase. Estaba terminando el plato cuando se le vino Ruby a la mente. Aún no sabía lo que le había sucedido, pero tenía el mal presentimiento de que tenía que ver con su madre y lo que le hizo a Regina. De nuevo volvió a enfurecerse, no sólo había sufrido Regina, si no también, Ruby, su supuesta mejor amiga, y ella, su propia hija. Definitivamente, Snow había perdido el juicio. Pero si algo le dolía más aún era la traición de su padre.
Enfadada con el mundo, dejó de mala manera el plato, el vaso y los cubiertos en el fregadero y volvió a la habitación. Repitió el ritual curando poco a poco a Regina, aunque viendo que no tenía fiebre tan sólo usó una poción y las gasas. Humedeció sus labios con una toalla mojada y dejó caer unas gotas en su boca. Con cuidado le tapó las piernas con una sábana, la besó delicadamente en la frente y se acomodó a su lado. Aguantó las ganas de tomarse otra de las pastillas que guardaba Regina en el botiquín porque corría el riesgo de no despertarse cuando sonase la alarma que había configurado cada dos horas. Y, después de un rato observando el rostro de Regina en la semioscuridad, finalmente se durmió.
Snow abrió los ojos en medio de la confusión que inundaba su mente. Tuvo que parpadear varias veces para darse cuenta de que estaba en su salón, tumbada sobre el sofá, en medio del círculo que formaban todos los enanos más el Hada Azul. Esta escena le resultaba realmente familiar, salvo que en esta ocasión había una persona menos. David no estaba a la vista.
Intentó incorporarse y rápidamente uno de los enanos fue en su ayuda.
- ¿Qué ha pasado? – Preguntó con voz pastosa.
- Te desmayaste en el claro del bosque. – Dijo Blue lentamente. – Probablemente debido a… Debido al Shock. – Si era sincera temía un poco la reacción de la reina, no sabía cuánto recordaba exactamente de lo sucedido horas antes. Y por la cara de Snow parecía que lo iba recordando poco a poco.
- ¡¿Qué demonios pasó?! – Se puso de pie de un salto. - ¿Qué fue lo que salió mal? ¿Fue ella no? Regina hizo algo, estoy segura, la muy…
- Snow, hay algo que debes saber. – Blue tragó saliva bajo la mirada fría de Snow. No tenía ni idea de cómo empezar si quiera a contarle aquello. Ella misma se sentía sucia por lo que habían hecho, ya era bastante haber utilizado ese… castigo con Regina, pero la manera en la que habían profanado una magia tan pura como la que ellas compartían convirtiéndola en un catalizador de dolor, sufrimiento y oscuridad, eso simplemente la ponía enferma.
- Dilo de una vez. – Contestó Snow impaciente.
- ¿Recuerdas aquella vez que hablamos sobre un tipo de magia especial? Lo llamaban el vínculo de las almas gemelas.
- Sí, era un don otorgado a algunas parejas que compartían el Amor Verdadero. Lo recuerdo perfectamente, me sentía un poco desilusionada porque David y yo no lo poseíamos. Pero era una leyenda, ¿no? – Snow frunció el ceño. – No sé a dónde quieres ir a parar con todo esto.
- Lo cierto es que no es una leyenda, simplemente pueden pasar años sin que aparezca una pareja con el vínculo, y a veces la línea entre la realidad y el mito puede ser difusa. Dos almas destinadas a amarse, a protegerse la una a la otra. Que, en casos extremos, podían compartir emociones, sentimientos e incluso sentir el dolor de la otra persona como propio. – Blue suspiró. – Eso es lo que ellas son, Snow. Regina y Emma son Almas Gemelas. – Blue miró a Snow a los ojos antes de continuar. – Por eso, a pesar de ser invisible a nuestros ojos, Emma recibió todos y cada uno de los latigazos en su propia espalda.
Antes de que ninguno pudiera decir algo más, un fuerte estruendo de cristales rotos se escuchó tras ellos. David acababa de lanzar el vaso del que había estado bebiendo contra la pared. Su expresión estaba desencajada, la furia lo invadía y sus manos temblaban. Snow lo miró con los ojos muy abiertos al ver el estado deplorable en el que se encontraba. Llevaba claramente varias horas bebiendo, a juzgar por la botella de whisky casi vacía sobre la encimera. Pero lo peor eran sin duda sus ojos, la locura se reflejaba en ellos de tal forma que Snow y los que la rodeaban se estremecieron hasta la médula. Nadie se atrevió a decir palabra alguna, todos observaron petrificados mientras el rey salía por la puerta como si un furioso vendaval se tratase.
El portazo pareció sacar a Snow de su trance. Ella también estaba furiosa, confusa y desesperada. Con un grito se dejó caer en el sofá agarrándose el pelo con las manos y comenzó a sollozar ante la mirada atónita de los presentes.
David creía que se iba a volver loco. No tenía ni idea de cómo o por qué había permitido que esto acabara así. Deambuló por la calle sin rumbo fijo y por un tiempo indeterminado. Tenía intención de llegar a cualquier bar dónde pudieran seguir sirviéndole alcohol, pero realmente estaba demasiado borracho para encontrar la dirección correcta a ningún sitio. Por azar o quizá por inercia acabó frente a la comisaria. Emma y Ruby estaban desaparecidas, él no había estado disponible y dudaba que los dos jóvenes ayudantes siguiesen ahí dentro.
En su bruma ebria tuvo la suficiente lucidez como para no intentar romper el cristal de la puerta con el puño. En cambio, buscó una piedra y golpeó con ella. Metió la mano por el hueco y desbloqueó la puerta, llevándose múltiples arañazos de la mano al antebrazo, pero sin ninguna herida grave.
Tambaleándose, llegó hasta la sala principal. Allí se dejó caer sobre uno de los escritorios quedando frente a la mesa de Emma. Ahí, justo delante de él, estaban las cosas de la Sheriff. Una chaqueta colgada en la silla, un vaso de café para llevar sobre la mesa, su bolígrafo de la suerte…
No pudo seguir mirando aquello. Las lágrimas le inundaron los ojos y se dio la vuelta. Un grito de angustia salió del fondo de su pecho y al mismo tiempo limpió la mesa con una pasada furiosa de sus brazos. No sabía de quién era esa mesa ni le preocupaba. De la misma fuerza de su gesto se balanceó hacia atrás hasta chocar con la mesa de Emma. Un ruido de algo rompiéndose contra el suelo llamó su atención.
Era un cuadro. No había reparado en él antes, pero algo le hizo recogerlo del suelo. Había caído bocabajo y se había roto el cristal, así que lo levantó con cuidado para no estropear la foto que había dentro. Al girarlo, su corazón dio un vuelco. Era una foto de ellos dos, Emma y él, vestidos de uniforme. No solían usarlos, pero ese fue el día en el que ella le propuso trabajar juntos y, para celebrarlo y hacerlo más formal, se vistieron a juego.
David pasó los dedos acariciando la fotografía mientras las lágrimas caían por sus mejillas en un llanto silencioso. Emma. Su pequeña. Cómo había permitido que sufriese de ese modo. Se sentía lleno de desprecio y furia hacia sí mismo. Pero dentro de él, en lo más profundo de su corazón se había plantado la semilla de un odio que se alimentaba poco a poco del mismo amor que siempre lo había acompañado.
Se levantó a duras penas y se dirigió dando trompicones hasta el catre de la celda más cercana. Se dejó caer allí y se acurrucó sin dejar de mirar la fotografía. Y finalmente el sueño le venció.
Mientras tanto, Snow, fuera de sí gritaba ordenes descabelladas por el salón de su casa.
- Mañana iniciaremos una búsqueda. Registraremos cada palmo de este maldito pueblo hasta dar con mi hija y esa bruja. – Blue la miró asombrada.
- Pero Snow, ¿no has oído lo que he dicho? Ellas comparten – Snow la cortó de golpe.
- ¡No te atrevas a pronunciar de nuevo esas palabras! – Snow respiraba agitadamente. - ¡No me creo absolutamente nada! ¡Debes estar equivocada! – La acusó con un dedo mientras el hada retrocedía. – Esa maldita bruja le ha hecho algo a Emma, lo sé. Y si hace falta la mataré con mis propias manos si esa es la única manera de salvar a Emma de su embrujo.
- Lo siento Snow, pero no puedo permitirte que – Blue dio un paso hacia delante, pero se interrumpió ella sola cuando vio a los enanos cerrar filas delante de ella.
- Ahora bien, – dijo Snow con una sonrisa maniaca – ¿de parte de quién estás?
Blue sopesó sus opciones y finalmente inclinó la cabeza hacia su reina.
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S.
