¡Feliz Navidad! Espero que tengan un tiempo bendecido, junto a los que aman, gracias por sus reviews, por su ánimo, por su compañía, no sé si subiré otro capítulo antes de que finalice el año, pero si no lo hago, ¡Feliz año nuevo! Nos vemos pronto.

Bendiciones.

Key

RAA 9

El apuesto hombre desayunaba en silencio mientras repasaba los pendientes del día, había sido el primero en bajar a desayunar, y aunque eso no era inusual, comenzaba a extrañarle que los otros no hubiesen llegado aún. De pronto unas manos femeninas cubrieron sus ojos, y el dulce perfume de mujer lo inundó, se sobresaltó por un momento, hasta que escuchó la suave voz que le era tan querida.

¿Y bien señor Johnson, sabe quien soy, o tendrá que recitar una lista de nombres antes de llegar al mío? – le dijo ella juguetonamente.

Rose… - tan solo pronunciar su nombre lo dejaba sin aliento.

Ella lo soltó y se inclinó para besarlo atrevidamente.

¿Te gusta la sorpresa?

¿Qué haces aquí?

Tenía que verte.

¿Qué va a decir tú hermano?

No tiene nada que decir, además, seguro él y Candice no tienen ojos para nadie más que ellos. Aunque son un par de necios que se niegan a admitir que no pueden vivir el uno sin el otro.

Albert admite que muere por ella…

Pero Candice se niega a verlo... habrá que hacer algo al respecto… - Rose no terminó de hablar porque fue interrumpida por la grave voz de su hermano.

No harás nada al respecto. Y dejarás que yo solucione mi vida.

Al menos estás haciendo algo aparte de verla con ojos suplicantes. - le dijo ella.

¿Qué te ha dicho?

Una dama jamás revela sus secretos.

Bien, no me digas nada, sin embargo, ella me dijo que vendrías.

Sí, eso se lo pedí, reservaste la habitación tal como ella te lo sugirió ¿no? – le dijo ella con esa sonrisa traviesa que siempre lo desarmaba.

Así que me manipularon…

Vamos querido Bert, todos en esta mesa sabemos que no se necesita mucho para que Candy haga de ti lo que quiera.

No diré nada al respecto, George, yo me hago cargo de los pendientes, llévate a mi hermana de aquí, que después de todo no vino a verme a mí, ni a Candy, y mucho menos a Terry…

Por supuesto que vino a verme… ¿no es así mi hermosa Rosemary Andrew? – dijo el británico mientras tomaba su mano y la besaba teatralmente, sabía perfectamente que eso no le haría gracia a ninguno de los dos hombres, y lo disfrutaba. – Dime, querida mía, ¿te parece bien cenar a las 9?

No cambias Grandchester, ¿porque no te haces un favor y le propones matrimonio a Susana Marlowe, o a Karen Klaisse?

Querida Rosemary, me ofendes, yo profesando a los cuatro vientos mi amor por ti, y tú rechazándome tan abiertamente…

Así que hoy amas a Rosemary, pero anoche mientras me tenías en tus brazos no podías sino jurar que yo era la única. –

La voz de la rubia los tomó por sorpresa a todos, y más por lo que dijo. Había aprendido que la mejor forma de lidiar con Terry era jugar en su terreno, eso rara vez se lo esperaba, el aristócrata amaba sacar a las personas de quicio, incomodarlas, y justo ahora la afirmación de ella lo había tomado con la guardia abajo. La mirada de Albert clavada en ella era penetrante, y tanto Rose como George la voltearon a ver incrédulos.

Querida mía, no pensé que querías que se supiera, pero ya que lo has dicho, tal vez debamos volver a tú habitación y continuar lo que iniciamos anoche. – dijo él descaradamente, consciente de que Albert estaba muriendo por molerlo a golpes.

No, gracias, la verdad es que ya me deshice de mi curiosidad y he tenido mejores propuestas. – le contestó ella con indiferencia mientras tomaba asiento al lado de Albert y observaba su menú ignorando la mirada de todos.

Terry tomó asiento en la cabecera cerca de ella e hizo lo mismo. Albert estaba desconcertado, pero recobró su aplomo, seguramente era solo una broma, y no soportaba la mirada de Rose sobre él, así que volvió a su conversación anterior.

George, te decía antes de que el par de amantes nos interrumpieran, tómate el día libre, yo me hago cargo de los pendientes… ustedes pueden hacer lo mismo. – dijo volteando a ver a Candy. – Dale a Grandchester la oportunidad de redimirse, tal vez supere tus expectativas.

¿Celoso? – preguntó Candy con una sonrisa.

No tendría porque estarlo, solo espero que sepas en lo que te metes. –

Jajajajaja, tú rostro no tiene precio, pero para que dejes de hacerte telarañas por supuesto que no se acostó conmigo, creo que primero se muere, se vuelve monja o lo que sea… - le aclaró Terry, no tenía animo de pasar el día al lado de los dos ciegos mientras uno estaba viendo verde y la otra mantenía su charada solo por hacerlo admitir que estaba celoso.

Rose, llévate a George, disfruten, yo me quedo de niñero del aristócrata y de Candy.

La rubia lo fulminó con sus esmeraldas, ¿de cuando acá necesitaba un niñero?

Bien Bert, diviértete, tal vez Grandchester se pierda y puedan tener un día tranquilo. – dijo ella viendo al moreno con intención.

Por ti lo que sea mi querida Rosemary. – le contestó el aludido con su mejor acento posh, mientras levantaba su copa de mimosa simulando brindar por ella.

Vamos querida, te mostraré algo que te encantará. – le dijo George mientras la tomaba de la mano y la conducía caballerosamente a la salida del restaurant.

Tan pronto como estuvieron en el auto él se inclinó para besarla…

Gracias por sorprenderme, dime, ¿ahora sí puedo hablar con tus padres?

George, vamos tan rápido.

Fue amor a primera vista Rose… además tendremos el resto de la vida para conocernos, te amo.

Yo también te amo, vamos, llévame a ese lugar, que quieres que vea, los acompañaré por el resto del viaje, papá está encantado de que me interese en los negocios y mamá, quiere que haga hasta lo imposible porque Albert le declare a Candy su amor…

Deja que Albert haga lo que cree correcto, la ama, pero quiere conquistarla, y sobre todo que ella esté segura qué quiere una vida con él. Pero no hablemos de ellos, vamos, disfrutemos de nuestro tiempo juntos. –

Rose le sonrió mientras el la besaba tiernamente una vez más, después arrancó el auto y la llevó al The Imperial Palace East Garden, los jardines japoneses son de otro mundo, la paz, la simetría, la belleza y la estética se conjugan para crear pequeños paraísos terrenales que parecen hacerte olvidar que estás en una de las ciudades más grandes del país, Tokyo.

Pasaron la mañana caminando tomados de la mano, soñando despiertos, construyendo castillos en el aire, habían tenido pocas citas en persona, y tenían muy poco de conocerse, pero tal cual Albert lo había intuido, eran el uno para el otro, sabían que en teoría debían esperar tiempo, conocerse más, pero los dos sabían con certeza que no querían a nadie más.

Mientras tanto el desayuno se desarrollaba en silencio en el hotel, Albert estaba contestando correos en su celular, y Candy revisaba algunos presupuestos, Terry se aburría soberanamente, así que se disculpó con el pretexto de hacer una llamada y los dejó solos. Candy suspiró y observó al hombre sentado a su lado, se veía tan guapo como siempre, con su traje, color gris claro, su rostro bien afeitado, su cabello pulcramente peinado, pero esta vez la ignoraba deliberadamente, y Candy se preguntó si sus celos eran reales o simplemente estaba enojado por lo poco apropiada que había sido su broma.

Albert…

Mmm… – contestó él sin quitar la vista de la pantalla de su celular mientras tecleaba su email.

Solo quería quitar la atención de Grandchester sobre Rose… ella y George tiene poco saliendo, y…

Y lo mejor que se te ocurrió es anunciar que te acostaste con él…

Supuse que todos sabrían que era una broma.

Japón es un país tradicional, patriarcal, dónde el honor lo es todo, no puedes ir por ahí haciendo ese tipo de bromas, eres la presidenta del consorcio en New York, ya de por sí será difícil que quieran negociar contigo, si tu reputación, tu honor, tu moral se ponen en entredicho podríamos perder a nuestros inversionistas.

No estamos en una reunión de inversionistas, y no osaría decir algo así más allá de nuestro círculo íntimo, me estás dando una excusa, haciéndome sentir una niña irresponsable solo por cubrir que te molestó pensar que en verdad pude haberme acostado con Terry… pero claro, Albert Andrew jamás admitiría que está celoso. Se me quitó el apetito, voy a mi habitación por mi bolso y mis cosas, te veo en la entrada en 10 minutos, para ir a nuestra junta de inversionistas, por cierto, ¿te parece apropiado mi atuendo? –

Esa última era una pregunta real, había leído lo suficiente sobre la etiqueta de negocios japonesa como para estar preocupada por ello.

Albert olvidó su malhumor ante su nerviosismo y le sonrió, ella vestía un exquisito vestido formal de color blanco y chaqueta a juego con un detalle en negro en las solapas, el largo era debajo de la rodilla y calzaba flats de Chanel con el clásico diseño en blanco y negro, su cabello iba cuidadosamente planchado y lo había recortado el día anterior, para que quedara perfecto, las únicas joyas que llevaba era un par de broqueles de perlas color gris de 9 mm, sus manos iban perfectamente manicuradas con un discreto esmalte color nude, no había forma de ocultar su belleza, pero se veía profesional, y perfecta.

Estás perfecta, solo procura que tu bolso también sea discreto, y no uses labial que no sea nude.

Lo sé, hice mi tarea, por cierto, el corte de cabello te sienta bien también… lamento haber sido imprudente, lo recordare…

Lamento haber sido un ogro, termina tu desayuno por favor.

¿Dejarás tú teléfono de lado?

Sí, pero debes contarme que más te dijo mi hermana que me dijeras.

Jajajaja, solo me pidió lo de la habitación y que te dijera que sorprendería a George, creyó que lo tomarías mejor viniendo de mí…

Todos parecen creer que no hay algo que pueda negarte…. No olvides poner tus tarjetas de presentación en tú bolso.

¿Crees que Terry será un problema?

No lo creo, sabe comportarse y si te fijaste vestía impecablemente de azul marino, y se recogió el cabello de tal manera que casi olvidas que lo tiene largo. ¿Terminaste?

Sí, vamos.

Albert le retiró caballerosamente la silla y caminaron juntos hasta el elevador para ir a sus habitaciones y se reencontraron en el lobby, Terry también llegó formal y serio, después de todo los tres habían sido educados para jugar su papel adecuadamente en las empresas familiares, para Candy era la primera vez conduciendo negocios en Japón, pero era una mujer preparada, y dejó su nerviosismo a un lado por un momento. Abordaron el lujoso auto con chofer que esperaba por ellos cortesía de los inversionistas con los que se reunirían, fue una mañana solemne, llena de protocolo y formalismos, pero los tres jóvenes supieron sacarla adelante, la impecable reputación de su empresa, y de sus familias hablaban por ellos, una vez terminada la reunión y con todos los contratos firmados regresaron al hotel, al día siguiente partirían al lugar donde en realidad se llevaba acabo al construcción, Okinawa, un paraíso tropical localizado a mil kilómetros de Tokyo, el lugar perfecto para desarrollar su complejo turístico, habían comprado toda una isla del archipiélago y planeaban poner en el mapa de los viajeros de lujo internacionales un lugar hasta ahora no muy popular.

Albert sabía que Candy no conocía el lugar, pero estaba ansioso por enseñarle otro paraíso terrenal, esa noche no había planes grupales, Rose y George estaban perdidos en algún lugar, Terry había dormido temprano ya que planeaba visitar uno de los clubs nocturnos más famosos de Tokyo, y Albert se le había perdido de su radar toda la tarde, Candy se estiró en la cama tratando de decidir si pedir servicio al cuarto, no cenar o bajar al restaurant, estaba a punto de decidir dormir cuando alguien llamó a su puerta, su corazón se aceleró tan solo escuchar el familiar y firme llamado en su puerta, tomó su bata de seda color vino con estampado de flores orientales y se lo puso sobre el pijama de seda de pantalón y blusa de tirantes color negro con pájaros dorados estampados, que llevaba, era ridículo hasta cierto punto, el la había visto con mucho menos que eso, pero también recordaba que todas esas noches compartiendo habitación, ella siempre había llevado camiseta y un par de shorts o yoga pants, su pijama había sido un impulso en la lujosa tienda del hotel, era pura seda china, y ella no había podido resistirlo, abrió la puerta, y ahí estaba él, con pantalones de lino y una camiseta, traía en sus manos tote bags color negro con caracteres japoneses en color rojo.

Buenas noches princesa, su cena está aquí. – le dijo haciendo una pequeña reverencia.

Buenas noches, señor Andrew, imaginaba que se iría de farra con su amigo el hijo del duque.

Jajajaja, no, prefiero pasar la velada comiendo contigo el mejor sushi del mundo y maravillándonos con la televisión asiática, o ver alguna película, mientras lo hacemos, ha sido una semana de mucho trabajo para ambos, pero valió la pena ¿no crees?

Ver la cara del inversionista senior cuando comencé la presentación valió la pena, creo que hasta ese momento seguían creyendo que era tu secretaria.

Aprenderán a respetarte, primero por ser hija de quien eres, por la familia de la que provienes, con los años por tu capacidad profesional, y por quién eres. Ven, no bromeo cuando te digo que es el mejor sushi del mundo. – le dijo él mientras sacaba varias cajas color negro y palillos.

El estómago de Candy rugió ante la comida y se acomodó al lado de él en el mullido y lujoso sofá de terciopelo color negro de su habitación, frente a la enorme pantalla de última generación, Candy observó la selección de sushi y platos calientes que tenía frente a ella mientras Albert le servía un poco del licor tradicional.

Brindemos. –

Por nosotros, por que tengo el mejor tutor de negocios, y amigo del mundo. – le dijo ella mientras chocaba su pequeño vaso de fina porcelana y lo tomaba de golpe. Albert no dijo nada, no esperaba que ella dijera abiertamente que lo veía como hombre, sabía que aún estaba un poco lejos de eso.

Prueba esto. - Le dijo él mientras tomaba una pieza de sushi, la sumergía levemente en una de las salsas y se lo acercaba a la boca, era simplemente delicioso, la comida se basaba en mariscos, deliciosos camarones, sashimi de atún, pulpo a las brazas, era un festín digno de reyes. Cuando dieron cuenta de todo lo que Albert había comprado ella se puso en pie y trajo del mini bar una botella de champagne y una caja de fresas con chocolate.

¿Postre?

Por supuesto. – dijo él mientras abría la boca para recibir la fresa que ella le acercaba, mientras la mordía ella besó levemente su nariz.

Gracias por la magnífica cena, comenzaba a resignarme a dormir sin cenar.

Jajajajaja, ¿tú? ¡jamás!

Lo iba a intentar, para que mañana te sintieras culpable por haberme abandonado a mi suerte toda la tarde… tuve que ir de compras.

Veo que hiciste una buena elección. – le dijo él jugueteando con la larga cinta de su bata. -estaba ultimando detalles para mañana, son aproximadamente dos horas y media de vuelo, y de ahí otro trayecto corto en yate a la isla, pero aproveche para planear algunas cosas más.

Te compré algo. – dijo ella poniéndose de pie, porque comenzaba a ver embobada sus labios y lo que más quería era saborearlos, sentir sus manos deslizando la suave seda fuera de su cuerpo y sus cálidos labios recorriendo su piel.

Albert la observó caminar hasta el closet y volver con una bolsa que le entregó, del cual salió un juego de pijamas del mismo color que las de ella, aunque el estampado de su bata eran dragones en vez de flores, y su pijama era de seda negra con bordes dorados.

¿Nos compraste pijamas a juego? – le preguntó él con una sonrisa sorprendido.

La tela es maravillosa… y te van los mismos colores que a mí, así que… - ¿cómo se le había ocurrido semejante cosa? Ahora se daba cuenta de lo que había hecho. – sí no te gusta puedo regresarla. –

Me gusta, gracias. – le dijo él mientras le hacía un ademán para que se acercara y se sentara a su lado. Ella se sentó junto a él, escogieron una película y ella se acurrucó en su hombro para verla.

Ella se quedó dormida, Albert la tomó en brazos para llevarla a la cama, y la depositó suavemente, entre los mullidos almohadones, la cubrió con la fina cubrecama de pluma de ganso color blanca, y se inclinó para besar su frente, ella lo tomó por sorpresa atrapando sus labios con los de ella, su bata se había abierto revelando su hombro desnudo ya que uno de los delgados tirantes se había corrido, y a través de la seda se asomaba un pezón tímidamente erecto. Albert la besó lentamente, y ella lo atrajo hacia la cama, deslizó sus manos por debajo de su camiseta de algodón para tocar ese fabuloso abdomen y deslizo sus manos hasta su amplio pecho varonil.

Candy… -

Shhh, no quiero pensar, quiero sentirte, quiero que me hagas el amor, que te des cuenta qué no soy una niña, sino una mujer… -

Princesa… -

Él no podía pensar con claridad, su aroma lo llenaba, y ella recorría su anatomía con sus finas manos indiscriminadamente, mientras le quitaba la camiseta y continuaba con su camino hacia el sur de su anatomía.

Tenía que detenerla, pero su cuerpo respondía a sus caricias, y cuando ella rodeó su miembro aterciopelado con sus manos supo que estaba perdido. Desabrochó la suave bata y recorrió con sus labios su cuello, la escuchó gemir ante el roce de su aliento y su suave piel de alabastro, sus manos rozaban su cintura y se colaban por debajo de la blusa para acariciar su espalda, besó sus hombros, su cuello, y continuó con su recorrido hasta sus pezones que ahora se dibujaban descaradamente en la seda color negro, besó sus pechos por encima de la tela, y trazó círculos con su lengua, mientras sentía como se endurecían y se erguían aún más ante sus atenciones, siguió acariciándola, quería hacerla temblar, perder la razón y escucharla admitir que lo amaba, ella a su vez se dejó hacer, estar así en sus brazos era un sueño, una fantasía el cielo y el infierno a la vez, ella acariciaba su cálida piel, y enredaba sus piernas en su cintra atrayéndolo a él para sentir su erección rozar su intimidad, él gimió roncamente ante ese acto, y redobló sus besos, mientras tomaba su boca y la exploraba con su lengua se deshizo de la parte superior de su pijama, ahora ambos tenían el torso desnudo, y él la separó un momento para admirar su belleza, su delicada feminidad, la miró con una intensidad que la hizo sonrojarse por un segundo, pero decidió hacer más, se puso de pie sobra la cama y se deshizo del resto de su ropa hasta quedar completamente desnuda frente a él, él se puso de rodillas y la abrazó por la cintura recostando su rostro en su abdomen plano y besando su ombligo, sosteniendo sus caderas con sus fuertes manso mientras la provocaba con su lengua entre sus piernas, Candy sentía que no podría mantenerse en pie, sus piernas eran de gelatina, sus manos y sus besos la volvían loca, pero él la mantenía en esa postura, acarició con sus manos su ancha y musculosa espalda, mientras sentía las oleadas de su primer orgasmo atacarla, él la obligó a mantenerse en pie y la llevó cada vez más lejos, cuando ella por fin se desplomó sobre la cama, él la cubrió con su cuerpo y besó sus labios, los cuales se encontraban rojos e hinchados por tantos besos, recorrió suavemente su cuerpo, haciéndola estremecerse, ella sentía la punta de su miembro rozar la pequeña protuberancia que era su centro de placer, la estaba torturando, ella moría por tenerlo dentro, perfectamente consciente que con ese tamaño y grosor la experiencia sería simplemente sublime, no era virgen, pero era pequeña, y el príncipe de sus sueños estaba monumentalmente bien dotado.

Quiero tenerte dentro… -

Dime que me amas. –

Albert…-

Dímelo pequeña bribona, admite que me amas, que no quieres una vida con el francés, sino conmigo… -

Dios, eres imposiblemente celoso, primero admite que te mueres por hacerme tuya desde el primer día que me viste de nuevo… -

Candy, no solo muero por hacerte mía desde ese día, muero por decirte, que mi vida sin ti no tiene sentido, que te amo, y que eres la mujer con la que quiero pasar el resto de mis días… -

Te amo… - le dijo ella mientras lo atraía para besarlo y rodeaba sus caderas con sus piernas, comenzaron una danza sublime, y el lentamente introdujo centímetro a centímetro de su poderosa envergadura en la húmeda estrechez de ella, ella creía que iba a perder el conocimiento, era delicioso saberse amada, y sentirlo suyo, sentir como él la tomaba y la hacía alcanzar el cielo.

Un grito de placer escapó de sus labios mientras sentía como las convulsiones de ambos se complementaban y éxtasis los hacía caer rendidos uno en brazos del otro.

Los rayos del sol penetraron en su habitación, las sabanas estaban revueltas a su alrededor, ella estaba en el centro de la cama, completamente vestida y sola.