Hola! Aquí os dejo la 5ª parte. Muchas gracias por los comentarios :)
La enésima alarma despertó a Emma más bruscamente de lo que esperaba. No había querido dormirse cuando se despertó hacía dos horas, pero se tumbó tras hacerle la cura a Regina y debió quedarse dormida mientras le daba vueltas a la cabeza. El reloj marcaba las nueve y cinco. Se desperezó intentando ignorar el dolor que latía suave en su espalda. Apenas si lo notaba ya, no estaba segura de por qué había estado sintiendo el dolor de Regina, imaginaba que tendría que ver con su magia, quizá de tantas veces que la habían combinado. Tendría que esperar que Regina se recuperase para preguntarle.
Emma se levantó de la cama y el movimiento debió despertar a Regina que dejó escapar el más pequeño de los quejidos. Emma rápidamente se agachó a su lado. Pasó la mano por su frente, pero afortunadamente no había ni rastro de fiebre. Suspiró aliviada, las pociones estaban haciendo efecto. Aunque a eso de las cinco de la mañana tuvo que darle las gotas para la fiebre, la temperatura volvía a ser la adecuada.
Poco a poco empezó a retirar las vendas para aplicarle la poción cicatrizante. El efecto de la morfina debía de estar pasando, Regina se tensaba y se removía incómoda.
- Emma… - La voz sonó ronca, apenas fue un susurro, y Emma tardó al menos diez segundos en comprender que Regina la llamaba. Miró hacia su rostro y se perdió en esos ojos que tanto había echado de menos.
- Regina. – Pronunció su nombre con absoluta devoción y a cambio recibió un pequeño gemido de dolor. – Shh, tranquila. Te vas a poner bien, te estás curando. – Emma acariciaba su pelo mientras hablaba.
- Emma… Te quiero. – Regina susurró las palabras mirándola a los ojos mientras los suyos se cerraban lentamente y volvía a caer en su sueño.
- Yo también te quiero, Regina. – Contestó entre lágrimas, aunque ella ya no la escuchaba.
Se quedó bastante tiempo junto a Regina por si volvía a despertar, pero viendo que no abría los ojos decidió prepararse algo de desayunar. Tomó un poco de café solo y unas galletas. Tuvo que añadirle casi tres cucharadas de azúcar para transformarlo en algo bebible. Desayunó acurrucada en el sofá de la pequeña sala con una sonrisita en los labios pensando en lo mucho que desaprobaría Regina que comiese en su sofá. Regina. Un escalofrío le recorrió el cuerpo. Le había dicho que la quería. Emma se sentía en una nube, si tan sólo hubiese sido en una situación diferente… Los sentimientos encontrados se acumulaban en su corazón. La alegría que sentía por la confesión de Regina pujaba por hacerse sitio entre toda la furia que la dominaba por el dolor que le habían causado a la mujer que amaba.
Intentando pensar en otra cosa miró la hora, pasaban de las diez. Quedaba más o menos media hora para que contactaran con ella. Se levantó y decidió darse una ducha rápida. En el armario de Regina todo lo que había parecía ropa nueva, aun así, se decidió por una camisa y la ropa interior, de momento usaría los mismos vaqueros que llevaba puestos.
La ducha la dejó como nueva. Estaba terminando de secarse el pelo cuando la superficie del espejo frente a ella comenzó a ondularse. Emma dejó el secador a un lado y esperó mientras el espejo le devolvía una imagen cada vez más nítida de tres mujeres.
- Belle, me alegro de verte. – Dijo Emma en cuanto la reconoció.
- Lo mismo digo, Emma. – Belle la miró con una pequeña y dulce sonrisa. – Henry está perfectamente y se está portando muy bien. – En la cara de Emma se dibujó una sonrisa al pensar en su hijo.
- ¿Cuándo podré-? – Antes de que acabara la frase, Bella la cortó.
- Ahora mismo está con Ruby. Iba a dejar que hablara contigo, pero primero quería preguntarte. – Emma frunció el ceño. – Lo que quería decirte, Emma, es que Henry ha respetado mucho nuestra decisión de no contarle nada, confía en nosotras y en que tú le explicarás lo ocurrido en cuanto puedas. Así que, si no estás preparada para hablar con él sobre todo lo que está sucediendo, yo te sugeriría que esperases un poco.
Emma vaciló. ¿Qué se suponía que iba a contarle a Henry? Si al menos Regina estuviera allí con ella… Emma suspiró derrotada.
- Está bien. – Dijo algo más desanimada. – Bueno, entonces ¿qué está ocurriendo ahí fuera? ¿Y alguien puede explicarme qué demonios le pasó a Ruby?
Granny se aclaró la garganta y Emma pudo ver cómo le brillaban los ojos. Miró a Belle y a Elara junto a ella y ambas tenían una expresión triste. Granny explicó lo mejor que pudo cómo funcionaba el juramento de lealtad. Era algo bastante común que realizaban los miembros de la corte más allegados a los reyes en el Bosque Encantado, pero era más una tradición que otra cosa, ninguno de los monarcas solía hacer uso del embrujo que le acompañaba.
- El funcionamiento en principio es bastante sencillo. – Dijo Granny. – Es como un seguro de vida hacia el rey o la reina. Si un miembro del consejo, por ejemplo, matase al rey, ya fuera por su propia mano o participando de cualquier manera en el crimen, moriría de igual modo.
- Pero Ruby no ha –
- Déjame terminar. – Emma la miraba cada vez más angustiada. – Como te digo, ese era el uso habitual del juramento de lealtad. Pero hay otra cosa, algo así como una cláusula especial, no se sabe cómo funciona exactamente, pero si el monarca en cuestión sospechase de una posible traición y prohibiese expresamente a una persona hacer o decir cualquier cosa esgrimiendo su derecho de lealtad, y dicha persona lo incumpliese, sería castigada dolorosa y cruelmente.
- Ruby me llamó, ¿es eso no? – Emma las miró horrorizada. – Mis padres le prohibieron a Ruby que hablara conmigo y a pesar de todo ella me avisó. – Emma sentía como el amor por su amiga crecía al mismo tiempo que lo hacía el desprecio hacia sus padres.
- Ella hizo lo correcto. – Granny habló con una clara nota de orgullo en su voz. – Lo único que lamento es no haberlo hecho yo misma el día anterior. Nada de esto habría ocurrido.
- No. No podéis culparos. No habéis hecho otra cosa que ayudarnos. Sin ti, Granny, estaríamos perdidas. – Granny se limitó a asentir en agradecimiento. – Entonces Ruby se pondrá bien, ¿no?
- Estamos en ello. – Estaba vez fue Elara quien contestó. – Belle nos ha ayudado a encontrar un antiguo conjuro que debería ayudarnos a romper el vínculo con el juramento. De todos modos, está muy débil, así que lo mejor es que salga de Storybrooke cuanto antes para cortar el flujo de magia que la está devorando por dentro. Gracias a dios es medio lobo, creo que es lo que la está manteniendo con vida.
Emma se llevó las manos a la cabeza. Todo eso no debería estar pasando. ¡Joder! Le dio una patada al marco de la puerta frustrada. De pronto, un ruido a lo lejos llamó la atención de Emma.
- ¿Qué ha sido eso? – Preguntó Belle.
- Creo que ha sido Regina. Esta mañana ha recuperado la consciencia durante un par de minutos. Voy a ir a ver.
- Emma, espera. – Gritó Elara que veía que Emma salía por la puerta precipitadamente. – Apunta este número y manda un SMS en cuanto puedas contactar de nuevo y yo vendré lo antes posible. – Emma asintió y rápidamente tomó nota del número antes de ir corriendo hasta donde estaba Regina.
Entro precipitadamente en la habitación y encontró a Regina medio incorporada sobre la cama.
- Eh, tranquila, ve despacio. – Le dijo acercándose a ella. Regina la miró y parecía confusa. – Toma, bebe un poco, seguro que tienes sed. – Emma la agarró de uno de los brazos con suavidad y le acercó un vaso de agua. – Bebe despacio. Eso es, poco a poco. – Regina la obedeció y comenzó a beber lentamente, sorbo a sorbo. Sentía la garganta ardiendo y el agua fresca supuso un gran alivio. Parpadeó mirando a su alrededor, estaba completamente desorientada, pero el sitio le era muy familiar. ¿Estaban en su refugio?
- ¿Có…? – Su voz salió rasposa y tuvo que carraspear varias veces antes de poder hablar de nuevo. – ¿Cómo hemos llegado aquí?
- Creo que fue mi magia, o la nuestra, no lo sé con seguridad. – Emma la miraba a los ojos mientras una sonrisa triste se dibujaba en su rostro. – Simplemente deseaba sacarnos de aquel bosque y ponernos a salvo. La magia hizo el resto.
Regina le devolvía la mirada con una expresión ausente. Poco a poco los acontecimientos del día anterior llegaron a su mente. Sus manos comenzaron a temblar incontrolablemente.
- Shh, tranquila, ya estás a salvo. – Emma intentó tranquilizarla, pero los ojos de Regina estaban ya anegados en lágrimas mientras negaba con la cabeza.
- Lo siento. Emma, lo siento tanto. – En la mente de Regina se reproducían una y otra vez imágenes de Emma sufriendo esa tortura. – Es todo culpa mía, lo siento. Lo siento, lo siento…
- Eh, eh, eh, no digas eso, ¿me oyes? – Emma le agarró las manos intentando controlar las lágrimas que amenazaban con caer de sus propios ojos. – Los únicos culpables de esto son mis padres y te aseguro que lo pagarán.
Regina clavó su mirada en los ojos verdes y vio la ira que asomaba en ellos. Se incorporó un poco más y Emma la ayudó a sentarse.
- Emma. – Regina puso sus manos en el rostro de la otra mujer y la acercó hacia ella. – Emma, olvídate de eso, hazme caso, la venganza no es el camino. – Emma intentó rebatirla, pero Regina la cortó con un pequeño beso en los labios. Emma suspiró, no sabía cuánto lo había echado de menos hasta que volvió a sentirlo de nuevo. Se quedaron así durante un buen rato, Emma arrodillada frente a la cama y Regina sentada en el borde, con sus frentes descansando juntas y los ojos cerrados, sintiéndose la una a la otra, disfrutando de su cercanía.
No pasó mucho tiempo antes de que Regina se enderezara con un gemido. Sus heridas no le permitían aguantar mucho en aquella postura. Emma intentó que se acostara nuevamente, pero ella prefirió continuar sentada un rato más.
- Bueno, ¿me vas a contar qué es todo esto? – Preguntó Regina señalando todos los botecitos y vendajes al lado de su cama. Emma sonrió levemente y recordó que era hora de cambiar el vendaje a las heridas.
- Ven, acuéstate y mientras te curo te contaré todo sin dejar detalle alguno. – Regina murmuró en protesta, pero terminó en los pies de la cama echándose sobre una de las almohadas para estar un poco más incorporada.
Con cuidado Emma preparó todo y comenzó a quitarle las vendas. Regina gimió y se revolvió.
- Dios, ¿no podrías darme algo para el dolor?
- Tengo la morfina esta, pero no estoy segura de…
- No. – Regina la cortó. – Algo del botiquín. Debe haber analgésicos, o algún relajante muscular. – Emma asintió y le proporcionó la medicina.
Poco a poco fue relatando cómo había conseguido contactar con Granny y cómo les consiguió ayuda. Le contó sobre Elara y sobre Ruby. Y la tranquilizó sobre Henry.
- Y eso es todo. Estaba hablando con ellas justo cuando he escuchado que despertabas, me pidieron que las contactara en cuanto pudiese. – Dijo Emma terminando su relato. – Estaba pensando en que podía traer el espejo del baño aquí y podrías hablar con ellas tú también.
- Pues entonces, ¿a qué esperas?
- Sí, tienes razón. – Emma sacó el móvil para mandar un SMS al número que había guardado en ese teléfono prehistórico.
- ¿Emma? – Regina pronunció su nombre con un tono divertido. – Me gustaría tener al menos una camiseta antes de hacer cualquier tipo de videoconferencia.
Emma la miró y se sonrojó de golpe. Lo único que Regina llevaba puesto eran unas pequeñas braguitas negras.
- Oh, sí, lo siento. Tu ropa estaba destrozada y yo, bueno eso, tuve que quitarla y la fiebre y –
- Emma, cariño, estás divagando. – Dijo Regina con una sonrisa. – Tráeme la bata que hay en el armario, con eso estaré bien.
Emma asintió y rápidamente agarró la bata y ayudó a Regina a ponérsela. No pudo evitar un gemido de dolor ni al mover los brazos ni cuando la tela rozó su espalda. Regina intentaba esconderlo, pero Emma podía ver el sufrimiento en su rostro.
- Voy a traer el espejo. – Dijo secamente. Regina la miró irse con una expresión triste. Se estaba dando cuenta de lo mucho que había cambiado esta horrible experiencia a Emma.
Al cabo de dos minutos, Emma apareció con el espejo, no es que fuera muy manejable, pero consiguió apañárselas para pasarlo por el "espejo/puerta" de la habitación y colocarlo sobre la cómoda frente a la cama.
Ya había mandado el mensaje a Elara y sólo les quedaba esperar que apareciera de un momento a otro. Mientras esperaban, Emma aprovechó para resolver uno de los mayores misterios de su vida en esos momentos.
- ¿Se puede saber cómo se sale de aquí? – Sin pretenderlo la pregunta salió como un reproche y Regina dejó escapar una risita. – No te rías. – Se quejó Emma. – He mirado por todas partes y no es posible que la única entrada sea con magia, este dinosaurio es de antes de que se rompiera la maldición. – Dijo Emma enseñándole el móvil.
Regina no pudo más que echarse a reír. - ¿Has estado buscando una salida todo este tiempo? Vaya, debes estar realmente frustrada.
- ¡Eh! No todo el tiempo. Cuando no la encontré ayer dejé de buscar, encontré entretenimiento en tu cocina.
- ¡Qué sorpresa! Emma Swan distraída por la comida. Al menos espero que mi cocina siga intacta… – Emma entrecerró los ojos. Y luego ambas se echaron a reír. ¡Cuánto había echado de menos eso!
- Entonces, ¿me lo vas a decir o no? – Emma hizo un puchero y Regina puso los ojos en blanco.
- Hay una trampilla en el techo. – Emma la miró boquiabierta. – Estamos bajo tierra, Emma.
No pudo hacer ningún comentario porque en ese mismo momento una voz las sobresaltó. No habían visto aparecer la imagen de Elara en el espejo y verla allí de pronto frente a ellas les dio un buen susto.
- Siento interrumpir, pero creo que habéis sido vosotras las que habéis llamado. – Dijo Elara con sorna. – Majestad, es un placer ver que habéis mejorado. – Una sonrisa se abrió paso en el rostro de Elara y Regina la igualó.
- Todo gracias a ti, Elara.
- Vaya. – Las cejas de Elara se elevaron en sorpresa fingida. – La mismísima Regina Mills disculpándose con una simple y pobre campesina. – Regina soltó una pequeña risa. Emma miraba de una a otra como en un partido de tenis.
- Pero… ¿Os conocéis?
- Algo así, - dijo Regina. – He pasado por su tienda alguna que otra vez antes y después de la maldición. Creo que es una de las pocas personas que no me odiaba, y tengo que decir que el sentimiento es mutuo.
- Oh, qué honor. – Se mofó Elara. – Bueno, dejémonos de tonterías. En primer lugar, necesito ver tus heridas, Regina. – La mujer al otro lado del espejo la miró con seriedad y Regina suspiró.
- Está bien. – Se dio la vuelta y se colocó de espaldas al espejo lo más cerca posible antes de dejar a la vista las heridas. Elara chasqueó la lengua y Emma tuvo la sensación de que no era bueno.
- La buena noticia es que ya no sangran y no hay posibilidad de infección.
- ¿Y la mala? – Preguntó Emma preocupada.
- De momento no hay una mala noticia, pero la curación será muy muy lenta. He preparado un tónico para que lo bebas cada ocho horas. – Continuó dirigiéndose a ambas. – Ya no es necesario que le apliques la otra poción, y con que cambies las vendas también cada ocho horas irá bien. Aquí tenéis. – Elara señaló junto a ella un frasco y más vendas, y antes de que Emma hiciera cualquier movimiento, Regina ya tenía las provisiones en sus manos.
- Funciona. – Susurró Regina con alivio. Había tenido miedo de usar su magia después de lo indefensa que se había encontrado en el claro del bosque, pero al ver que funcionaba correctamente se sintió mucho más confiada.
- Supongo que Emma te habrá puesto al día. – Continuó Elara. – Antes de que despertaras estaba a punto de informar a Emma sobre las novedades.
Elara empezó a contarles como Snow había comenzado una búsqueda por toda la ciudad desde el alba. Ellas no sabían mucho de lo que ocurría, estaban escondidas en una pequeña cabaña en medio del bosque y la única información que tenían del exterior era a través del marido de Elara. Había sido una suerte que decidieran construir esa casita tras la maldición, Elara echaba de menos vivir en el bosque y aprovechaba los fines de semana para volver a conectar con la naturaleza. En teoría nadie sabía de aquella cabaña, por lo que se sentían bastante a salvo.
No creían tampoco que ninguno de los esbirros de Snow sospechara de Elara. Su marido, que se estaba haciendo cargo de la tienda, dijo a los dos enanos que pasaron a registrarla que su mujer aún dormía pues tenía una pequeña gripe. Y cuando un par de horas más tarde fueron otros dos distintos a registrar su casa, les dijo que ella debía haber salido a hacer algún recado. No había nada que los relacionase con Regina o con Emma y tampoco sabían que Elara era una bruja, así que había muy pocas probabilidades de que Snow averiguase algo.
- He estado hablando con Frank hace apenas diez minutos. – Frank era el marido de Elara, criador de cerdos en el bosque encantado, tesorero adjunto en Storybrooke, otro motivo más por el que estarle agradecido a Regina. – Por lo visto se ha montado una buena escena esta mañana frente al restaurante. Obviamente, Granny no ha abierto y Snow estaba hecha una furia. Sabemos que sospecha que está con Ruby en alguna parte. Aun así, no ha tenido ningún pudor en entrar a la fuerza y buscar por todas partes, tanto allí como en el hostal. Ni que decir tiene que Granny se ha puesto furiosa cuando se lo he contado, me ha costado que entrara en razón, no ha sido nada fácil impedir que se fuera mientras me apuntaba con una ballesta. – Elara intentó aligerar el ambiente con esa pequeña broma, pero Regina se había llevado las manos a la cabeza y escondía su rostro mientras negaba suavemente y Emma por su parte miraba fijamente a la nada, mientras la ira burbujeaba en su interior.
- Creo que es mejor que Granny siga aquí escondida, – continuó Elara, – no creo que tenga nada contra ella, pero sí temo que pueda obligarla a hacer algo por el juramento. De momento, la única que ha salido ha sido Belle, ella nunca juró lealtad a Snow puesto que se conocieron aquí en Storybrooke. Aun así, hemos acordado que tan sólo irá a intentar hablar con Archie, sabemos que él no estaba de acuerdo con nada esto y veremos si podemos obtener más información.
- Entonces lo mejor será que nos quedemos nosotras aquí también escondidas, al menos hasta que Regina esté mejor. – Dijo Emma al fin. – Aunque nos gustaría ver a Henry.
- No.
- ¿No? – Emma miró a Regina asombrada. - ¿No quieres ver a Henry?
- No es eso, Emma. – Regina suspiró y la miró a los ojos con tristeza. – Lo más importante es que esté a salvo, no podemos traerlo aquí con nosotras cuando estamos justo en el punto de mira. Y tampoco quiero que vea lo que me han hecho, lo que nos han hecho…
Emma gruñó por lo bajo. No estaba de acuerdo, aunque sabía que Regina tenía en parte razón.
- ¿Y si lo llamáis por teléfono? Él no os vería, pero sé que se quedaría mucho más tranquilo. – Propuso Elara. – Llamad al mismo número que os di antes y yo le pasaré el teléfono a Henry.
Los ojos de Regina se iluminaron un poco ante la perspectiva de escuchar la voz de su hijo.
- Pero antes de irme… Emma, hay algo que debes saber. – Emma frunció el ceño. – Es David, está actuando raro. Se ha encerrado en la comisaría desde ayer, dicen que lo vieron deambular por la noche desorientado hasta acabar allí, y desde entonces no habla con nadie ni permite que entren.
- Me da exactamente igual.
- Emma…
- No, Regina, después de lo que nos ha hecho no pienso gastar ni uno solo de mis pensamientos en lo que le pueda o no estar pasando.
Elara y Regina compartieron una mirada preocupada.
- De todos modos, creo que deberíamos tenerlo vigilado por si acaso. – Dijo Regina. Elara asintió en acuerdo y Emma bufó.
- Bueno, hablaremos más tarde. Si necesitáis cualquier cosa ya sabéis. – Se despidieron y el espejo volvió a su estado natural.
.
.
.
Que tengais un buen día!
Bss,
S.
