Y aquí está la última parte. Espero que os guste :D
El Sol se hundía lentamente en el horizonte y Snow caminaba frenética por una calle a las afueras de Storybrooke. Seguía dándole vueltas a todo lo que estaba sucediendo sin entender en qué demonios había fallado. Un murmullo de voces le llegó a través del viento. Levantó la vista y vio a lo lejos a un grupo de gente dispersándose.
Había llegado sin darse cuenta al cementerio y desde dónde estaba pudo ver a lo lejos una figura familiar vestida toda de negro. Su mente se movía a toda velocidad, no podía estar pasando.
Conforme se fue acercando la figura, a pesar de estar alejándose en dirección contraria, empezó a hacerse bastante identificable, era sin duda Granny. Temiéndose lo peor, Snow empezó a correr en su dirección hasta que se paró de golpe.
Su mirada pasó de la anciana que se alejaba apenadamente de allí hasta el trozo de tierra recientemente removida. Apenas veinte metros la separaban de la más nueva sepultura. Granny debió sentir su presencia puesto que en ese momento se giró para enfrentarla.
La mirada de la mujer mayor le confirmó lo que ya intuía y negando desesperadamente se arrojó hacia la brillante lápida. Sus lágrimas comenzaron a caer al poner sus manos sobre la pequeña placa en la que estaba escrito el nombre de la que en algún momento fue su mejor amiga.
"Aquí descansa Ruby Lucas, de corazón puro y fiel a la verdad, hasta las últimas consecuencias."
- ¿Qué has hecho? ¡¿Qué has hecho?! – Snow salió de su trance sobresaltada por la voz que gritaba a su espalda. Si tuviera que ser sincera diría que le costó reconocer al hombre que la enfrentaba, pero debajo de toda esa desolación, en alguna parte, seguía estando el amor de su vida.
- David… – Fue apenas un susurro, ella no sabía que decir, no había palabras para expresar lo que sentía ni una excusa que ofrecerle a su marido. Simplemente se quedó allí, con las lágrimas cayendo sin descanso de sus ojos.
- ¿Cómo has podido? Mira lo que has hecho. Lo que nos has hecho. – David agitó la mano que sostenía una botella medio llena de ron derramando algunas gotas. – Yo no puedo más, Snow, sé que no es sólo tu culpa. Debí haberte detenido, lo sé. La culpa me está matando. Nuestra hija está sufriendo ni siquiera sé si volveré a verla. Y Ruby, – hizo un gesto hacia la tumba frente a él, – está muerta. – La última palabra salió más aguda, le costaba trabajo siquiera pensar en ello. – Ya no soporto mirarte, Snow, ¿cómo has podido convertirte en esto? ¡Y delante de mis ojos!
Snow era literalmente incapaz de pronunciar palabra, se encontraba en estado de shock, a duras penas procesando lo que decía su marido.
- Lo siento. Espero que puedas perdonarme por haberte fallado. – Dijo David con más calma. – Adiós, Snow.
Y, el que fuera rey en otros tiempos convertido ahora en alcohólico, se alejó lentamente ignorando el leve destello de una gargantilla colgada de la rama más baja de un ciprés cercano.
- Suficiente. – La voz de Regina la trae de vuelta a la realidad. Habían estado contemplando toda la escena a través de un pequeño espejo en la gargantilla que Elara había colgado en uno de los árboles cercanos.
Emma no dijo una sola palabra. Ver a sus padres sufrir no le había proporcionado la catarsis que ella habría esperado. Miró a Regina que ya tenía puestos sus ojos en ella y a la más leve invitación se dejó caer en sus brazos. Regina no necesitó de palabras para entender cómo se sentía Emma, nadie mejor que ella podía comprender el vacío que dejaba la venganza en el corazón.
En los brazos de la mujer que amaba, Emma se dio cuenta al fin de que, para curarse, debía olvidar y dejar atrás todo aquello.
- Creo que deberíamos irnos. – Regina, confusa por las repentinas palabras de Emma, se separó un poco para mirarla. – Quiero decir que deberíamos salir de este pueblo, ir con nuestro hijo. Lejos de aquí, de mis padres, de la magia. Estoy casi segura de que sanarás por completo una vez que hayamos escapado de toda esta locura.
Regina la miró boquiabierta por unos instantes. Poco a poco una sonrisa se fue dibujando en sus labios.
- ¿Me está pidiendo que vivamos juntas, señorita Swan? – Regina fingió escandalizarse, pero el brillo de sus ojos la delataba.
- Sería todo un honor, majestad. – Emma se agachó cogiendo una de las manos de Regina y besando su dorso.
Se quedaron así durante un momento sin tiempo en el que no hicieron otra cosa que mirarse a los ojos con nada más que puro amor sin adulterar.
- Que así sea, entonces. – Dijo Regina poniéndose en pie a la vez que levantaba a Emma. – Salgamos de aquí.
Las siguientes horas pasaron en un abrir y cerrar de ojos. La mayor de las sorpresas se la llevó Emma cuando por fin salieron de su escondite. Resulta que habían estado todo ese tiempo junto a la mansión de Regina. La entrada del refugio se encontraba en el bosque que lindaba el patio trasero de la propiedad, concretamente en el tronco hueco de un árbol que parecía haber sido partido por un rayo, disimulándola así perfectamente.
Se dirigieron hacia la casa de forma cautelosa a pesar de que Elara les dijera que estaba todo despejado cuando la llamaron para concretar un plan. Sabían que ella y Belle habían recuperado casi todas las cosas de Henry y Regina y Emma recogerían sólo lo esencial.
Entrar en su casa fue un shock para Regina, claramente alguien había entrado por la fuerza y había estado registrando tanto el salón como la sala que usaba de despacho en casa. No pudo evitar la mezcla de pena y resentimiento por tener que abandonar su hermosa casa, después de todo había sido su hogar durante más de treinta años. Pero cuando Emma agarró dulcemente su mano, no pudo más que sonreír al darse cuenta de que su hogar nunca había sido esa casa vacía y solitaria, su hogar era Emma. Ella y Henry, y donde estuvieran ellos, estaría su hogar.
Sin mucha más vacilación consiguió meter casi todas sus pertenencias en un par de maletas. Dio un repaso en general a la casa llevándose con ella los recuerdos más queridos y antes de salir miró con lástima el gabinete donde guardaba su sidra favorita.
- No estaría de más un brindis por nuestro nuevo futuro, ¿no te parece? – Regina se sobresaltó un poco al oír la voz de Emma, pero asintió rápidamente con una sonrisa y vertió un poco de sidra en los vasos.
- Por nosotras y por todo lo bueno que nos espera. – Chocaron sus vasos suavemente mientras una sonrisa se abría paso en sus rostros. Regina bebió un sorbo y se rio suavemente cuando Emma apuró el suyo rápidamente derramando unas gotas por la comisura del labio. – Deja que te ayude con eso. – Agarró su barbilla y recogió con sus labios el líquido derramado sobre la piel de Emma.
El más pequeño de los gemidos se escapó de sus labios y no pudo evitar acercarla más contra su cuerpo, ansiosa por probar sus labios. Y por un momento se olvidó de lo delicado de la espalda de Regina, que gimió de dolor cuando Emma pasó su mano por encima.
- Mierda, lo siento.
- Tranquila, estoy bien. – Murmuró Regina apoyando su cabeza en el hombro de Emma mientras esta suspiraba.
- Vamos, cuanto antes salgamos de aquí antes te curarás. – Regina asintió y volvió a por un par de botellas de sidra. - ¿No llevamos ya muchas cosas?
- Son para Elara, es un pequeño agradecimiento por todo lo que ha hecho por nosotras, además, aquí se echarían a perder.
Reunieron todas las cosas en el salón preparándose para teletransportarse a la cabaña de Elara después de que esta les hubiera dado especificaciones concretas de cómo llegar. Pero mientras se preparaban, Regina se quedó observando su manzano a través de una de las ventanas.
- ¿Por qué no vas a despedirte? – Regina la miró con el ceño fruncido. – Vamos, todos saben que tienes una especie de conexión con ese árbol. Sé cuánto significa para ti, después de todo fui yo quien lo mutiló no hace mucho tiempo, ¿recuerdas?
Regina puso los ojos en blanco, pero no dijo nada más antes de salir al patio.
Emma contempló cómo se acercaba al manzano. Sabía que era una de las cosas que más echaría de menos Regina. Desde donde estaba pudo verla colocar una mano sobre el tronco y las pocas manzanas que tenía en ese momento resplandecieron unos instantes. Con una sonrisa triste, Regina la miró mientras se dirigía de nuevo a la casa, realmente no podía esperar para comenzar su nueva vida.
La cabaña de Elara resultó ser bastante grande y acogedora. Ambas se deshicieron en elogios hacia la mujer que tanto las había ayudado y ella, por su parte, aceptó los cumplidos con elegancia.
- Estoy segura de que la sidra estará deliciosa, lástima que aún tenga que esperar unos cuatro meses para poder probarla. – Todas rieron mientras Elara pasaba su mano por su vientre con cariño. – ¿Seguís pensando en ir a casa de Snow antes de marcharos?
- Sí. – Regina suspiró. – Emma quiere recoger algunas de sus cosas.
Regina no se fiaba de entrar en el apartamento, pero entendía que Emma quisiera recuperar parte de su vida. Continuaron charlando con Elara durante la cena e incluso tuvieron la oportunidad de conocer a su marido, al que también dieron las gracias por la ayuda y la comprensión.
Poco antes de la media noche decidieron que intentarían colarse en casa de Snow. Por las noticias que les había dado Frank, el marido de Elara, nadie había visto a Snow desde lo del cementerio. Pero, aun así, se acercaron lo más sigilosamente posible, teletransportándose hasta la escalera de incendios que daba justo a la habitación de Emma.
- Vamos, prueba tú a abrir la ventana, por si hubiese alguna trampa contra mi magia. – Emma asintió y se dispuso a invocar su magia. No ocurrió nada. Por suerte para ellas, la casa no estaba protegida contra la magia. Una insensatez, si le preguntases a Regina, pero al fin y al cabo estábamos hablando de Snow.
Compartiendo un asentimiento, Emma se deslizó a través de la ventana. Regina se sentó elegantemente en el alféizar observándola mientras empezaba a meter ropa de cualquier manera en la maleta. Emma no tenía gran cantidad de ropa, estaba acostumbrada a llevar siempre lo justo para poder saltar de una casa a otra, de una ciudad a otra. Hizo un rápido barrido para asegurarse de que no se dejaba nada importante. Regina se sorprendió cuando la vio guardar un pequeño cuaderno con la palabra "diario" en la portada, nunca pensó que Emma sería de las que escriben un diario.
Amontonó sus pertenencias junto a la ventana y fue pasándoselas a Regina para que se pudieran teletransportar desde fuera de la habitación. Pero justo cuando Emma se disponía a salir un ruido las hizo parar en seco.
- ¿Qué ha sido eso? – Susurró Emma.
- Shh. – La hizo callar Regina.
Ambas se quedaron muy quietas esperando oír algo más, pero ningún sonido volvió a escucharse. Regina esperaba que Emma saliese al fin, pero en cambio vio cómo se acercaba con cuidado hacia la puerta.
- Emma, pero ¡¿qué haces?! – Susurró enfadada. Emma la ignoró y salió por la puerta sin hacer ruido. Regina resopló y puso los ojos en blanco, pero por muy idiota que pensara que Emma estaba siendo tenía claro que no iba a dejarla deambular por ahí sola. Con gran esfuerzo y dolor debido a sus heridas consiguió entrar por la ventana y comenzó a seguirla.
Emma bajó las escaleras como sumo cuidado sin hacer ni un solo ruido. Ahora que se estaba acercando podía oír sollozos ahogados que venían de la planta baja. Siguió bajando lentamente imaginando que los sonidos provenían del dormitorio de su madre, o, mejor dicho, de Snow ya que se negaba a reconocer a esa mujer como su madre.
Se acercó lentamente hasta la cortina que hacía de puerta y la separó con cuidado. Y allí estaba Snow. Hecha un ovillo en la cama llorando desconsoladamente. Por unos momentos se quedó petrificada contemplando aquella imagen, viendo cómo alguien podía convertirse en el despojo humano como el que parecía ser Snow en aquel momento. Emma sabía que era la imagen de una mujer destrozada, sentía lástima por ella, pero apenas podía sentir culpa. Esto se lo había provocado ella misma, Snow era la única culpable de su propia desgracia.
Estaba ya dándose la vuelta para marcharse cuando oyó un débil gemido.
- ¿Emma? – La voz de Snow era apenas audible y cuando se giró para mirarla a los ojos no vio más que vacío. – ¿Estoy soñando?
Emma no dijo absolutamente nada, se limitó a seguir observándola.
- No eres real… No puedes serlo. – Snow hablaba entre lágrimas. – Eres un fantasma. Un espectro. Sé que has venido a torturarme por lo que le hice a Emma. – Snow siguió sollozando sin apartar la mirada de Emma. – Está bien. Haz lo que tengas que hacer, me lo merezco.
Emma estuvo tentada de hablar, de decirle todo lo que pensaba, contarle todo lo que había sufrido, pero de qué iba a servir eso a ninguna de las dos. Así que simplemente se dio la vuelta dejando caer la cortina tras ella y se alejó de allí.
Regina la esperaba en lo alto de la escalera, desde donde había escuchado toda la conversación. Emma llegó junto a ella y la besó tiernamente en los labios.
- Ya podemos irnos de aquí. – Regina asintió limpiando una lágrima que corría por la mejilla de una sorprendida Emma que no era consciente de haber dejado escapar algunas lágrimas.
De nuevo en la cabaña, Emma intentaba tranquilizar a una Regina que se impacientaba por marcharse de una vez.
- Ya está casi todo listo, relájate.
- Sí, lo sé. – Regina suspiró. – Es sólo que estamos tan cerca de conseguirlo que todavía espero que algo salga mal en el último momento. Y además sabes que no me gusta nada tener que dejar mi coche aquí.
Emma puso los ojos en blanco y sonrió a medias al ver a Regina hacer pucheros. Habían decidido que ir a por el coche de Regina era demasiado arriesgado ya que tendrían que cruzar todo el pueblo desde su casa hasta la línea que marcaba el final de Storybrooke. Además, el coche de alquiler de Emma seguía en el camino del bosque muy cerca de la carretera de salida, exactamente donde ella lo había dejado, lo que lo situaba en una posición perfecta para su inminente huida.
- Ya está todo listo. – Les informó Frank. Habían cargado todas sus cosas en su camioneta para llegar hasta donde estaba el otro coche, él les haría el favor de llevarlas hasta allí.
Las tres mujeres asintieron y comenzaron a despedirse.
- Me gustaría acompañaros, pero tanto traqueteo no creo que sea bueno para el bebé. – Se disculpó Elara con una sonrisa triste.
- No te preocupes, ya habéis hecho demasiado por nosotras, de verdad no tengo palabras para agradeceros. – A Emma le temblaron las palabras al final de la frase y Regina la miró con curiosidad, Emma no era de las que lloran en las despedidas, pero claramente la gran cantidad de emociones vividas en tan poco tiempo la había afectado. Agarró su mano apretándola para transmitirle su apoyo.
- Por favor, mantente en contacto. – Le pidió Regina. – Nos alegraría saber de ti, sobre todo después de que nazca la pequeña. – Dijo con una sonrisa que pocas personas habían recibido de la mismísima Regina Mills. – Ah, por cierto, despídenos de Granny también y pídele que nos mantenga informadas. – Granny había decidido quedarse para cerrar algunos asuntos antes de dejar Storybrooke para siempre y reunirse con su nieta.
- Lo haré, no te preocupes. Ahora marchaos, ya es bastante tarde y os quedan varias horas de camino. Espero que volvamos a vernos. – Las dos mujeres le desearon suerte y Elara sonrió a cambio mientras las veía subir a la camioneta y alejarse por el camino entre los árboles.
No les tomó más de quince minutos llegar al camino dónde Emma había dejado su coche. Rápidamente acomodaron las cosas en el maletero y le dieron las gracias a Frank antes de encaminarse hacia su libertad.
Ninguna de las dos dijo nada mientras se acercaban a la línea pintada en el suelo que delimitaba el pueblo. Cuando la tuvieron a la vista Emma inconscientemente comenzó a ir más despacio, sabía que dejar de sentir la magia de pronto podía ser un golpe duro. Regina sentía su corazón latir más rápido en anticipación.
De pronto sintieron como una fuerza invisible las golpeaba y se quedaron sin aliento por un segundo. Se miraron a los ojos y la sonrisa más grande comenzó a pintarse en cada uno de sus rostros. Eran libres. Por fin, libres de Snow, libres de la magia, libres de su pasado. Libres para comenzar una nueva vida juntas y felices.
Regina respiró hondo sintiendo un alivio inmediato en sus heridas, notaba cómo desaparecía el veneno de su sistema. Estaba a punto de comentarlo con Emma cuando ella se le adelantó.
- ¿Sabes? Todavía hay algo que no entiendo. – Hizo una pausa mientras fruncía el ceño. – Podía sentirlo. Todo lo que te pasó, el secuestro, cada uno de los latigazos. Incluso estando fuera de Storybrooke. ¿Cómo es posible?
Regina se quedó observándola durante un minuto entero, memorizando cada uno de los rasgos de su rostro mientras su sonrisa se hacía más y más grande y sus ojos desbordaban todo el amor que sentía.
- Es una larga historia. – Emma apartó la vista un segundo de la carretera y miró a la mujer que amaba con todo su ser igualando su enorme sonrisa.
- Tenemos todo el tiempo del mundo.
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FIN
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Bueeeno, ¿qué tal? Espero que quien la haya leído lo haya disfrutado al menos un poquito.
A lo mejor escribo un pequeño epílogo. La idea la tengo bastante clara, ahora solo tengo que escribir... Así que ya veremos!
Nos leemos!
Bss,
S.
