Hola Chicas, lamento mucho haberme atrasado, estaba teniendo dificultades creativas, pero creo que ya salió, espero que lo disfruten.

No estoy cambiando mis tiempos para publicar, es solo que a veces la vida sucede y no me permite llegar a la meta a tiempo.

Un abrazo

RAA

Capítulo 11

Okinawa, Pacífico Sur.

Albert no dijo nada y solo la guio dentro. La habitación era espectacular, la vista divina, todo era lujoso, estaban en un bungalow privado con alberca y jacuzzi propios, situado directamente frente al mar y con una especie de pasarela de madera que conducía directo a una plataforma justo sobre el mar, ambos conocían de sobra los folletos, esa era para masajes, tomar las comidas, tal vez una cena romántica.

La cama era enorme, con finas sábanas de seda color blanco, y un dosel, el baño de una piedra local, y toda la madera utilizada era ecológicamente sustentable.

¿No te molesta?

Te apuesto lo que quieras a que no es un error de él, sino de quien hizo la lista de invitados, ahora bien, se trabajó en tener las habitaciones necesarias disponibles, sabes bien que sería una ofensa monumental haberse equivocado de esa forma… - le respondió Albert.

¿Investigarás quien fue?

Claro, y a su debido tiempo pagará por esta broma, tu y yo juntos decidiremos el castigo, pero por ahora señora Andrew, disfrutemos de la mejor habitación disponible. – le dijo él con una sonrisa coqueta.

Señora Andrew, sonaba tan bien en sus labios. Se dieron un baño, y se cambiaron, para reunirse con los demás para la comida, sin embargo, fueron sorprendidos con comida en su terraza, justo cuando se disponían a salir.

¿No comerán los señores? – preguntó confundido el mesero que venía con sus platos.

Para allá nos dirigíamos. – le respondió Candy con una sonrisa.

Disculpen, debemos estar confundidos, su reservación dice que la mayoría de sus comidas las harán en pareja, ya que se encuentran de luna de miel, pero, si gustan cambiamos instrucciones… -

Candy sintió pena por el chico quien se veía verdaderamente angustiado ante la posibilidad de haber cometido un error de esa magnitud con ellos, ella sabía de sobra que cada uno de los empleados estaba consciente de quienes eran, así que decidió salvarlo, después de todo, el error no era de ellos.

Cariño, lo olvidé por completo, eso fue justo lo que pedí, ¿te molesta? – le dijo ella a Albert con mirada encantadora.

Por supuesto que no, princesa, vamos.

El chico sonrió ante la amable pareja, y se dirigió a hacer su trabajo, puso una sencilla, pero elegante mesa, con todo tipo de manjares, afrodisiacos, ese era el menú ordenado, aunque por un lado, no dejaba de preguntarse como es que ese hombre podía necesitar afrodisiacos para complacer a tan bella mujer.

Espero todo sea de su agrado, y aquí está su itinerario, para los próximos días, por si quisieran hacer algún cambio, o por si acaso cometimos algún error. ¿Les puedo servir en algo más?

No, gracias, Haruki, todo se ve delicioso.

Es el menú afrodisiaco, aquí está su descripción, y la explicación de las propiedades de cada uno de los elementos, que lo disfruten.

Candy se sonrojó ante el breve guiño que Haruki le dedicó antes de salir, y volteó a ver a Albert.

¿Así que estamos de luna de miel, es una mas de tus ocurrencias? – le preguntó ella con seriedad, y aunque a Albert le hubiese gustado que lo fuera, la realidad, era que él no había tenido nada que ver con ello.

No, te juro que no, pero ve este itinerario. – le dijo con una sonrisa, esperando a ver su reacción, para saber cómo actuar al respecto.

Jajajajajaja, masaje tántrico, clases de tango, paseo romántico a caballo, tratamientos de spa, yoga en pareja… Dios… ¿qué vamos a hacer?

Matar a mi hermana, por supuesto.

¿Crees que fue Rose?

Nadie más se atrevería a hacerme esto, hacernos esto.

Anne…

A ti si, pero no a mí. Pero, por ahora, agradezcamos, que no tenemos que soportar a las amigas de Anne. – le dijo él con una sonrisa que iluminaba el lugar.

Jajajajaja, me parece perfecto. – le respondió ella mientras tomaba una ostra del plato y la llevaba sensualmente a su boca. – tal vez deberíamos seguir las instrucciones. – le dijo ella coqueta.

¿Instrucciones? – le preguntó el confundido.

Nada puedes comerlo por ti mismo, todo tiene que dártelo tu pareja en la boca. – le dijo ella mientras le ofrecía un camarón, él sonrió, y lo tomó. Ella no pudo evitar reír, las sillas estaban acomodadas no frente a frente, sino a los lados, así que la cercanía era inevitable.

Mi turno. – le dijo él tomando un poco de langosta y ofreciéndosela tentadoramente cerca de su boca, cuando Candy estaba a punto de tomarlo, él lo quitó, causando que ella riera y lo intentara de nuevo.

Siguieron con su juego, saboreando las exquisiteces que les habían presentado, y charlando entre risas y camaradería. Cuando la hora del postre llegó, Albert tomó una fresa y la sumergió en chocolate para ofrecerla a Candy, quien sabiendo de sobra que él la quitaría de nuevo, tomó su mano, y lo obligó a llevar la fresa hasta su boca, atrapando no solo la fresa, sino su dedo entre sus dientes, sin pensarlo, chupó el chocolate restante de su dedo, recorriéndolo con su lengua en una forma inconscientemente provocativa que hizo que Albert tuviese problemas para articular dos palabras seguidas, debido al hecho de que la sangre había dejado de circular hacia su cerebro, para circular hacia otro lado.

Tragó en seco ante su atrevimiento, completamente consciente de que ella actuaba, y luego pensaba, no queriendo hacerla sentir incómoda, le acercó la copa de champagne a la boca, para continuar alimentándola, pero sin querer vacío parte del contenido sobre su vestido color blanco, exponiendo parte de su ropa interior y sus senos. Esto se volvía cada vez más complicado.

Lo siento. –

Descuida, haremos que Rose pague la tintorería. – le respondió ella con una sonrisa, aun ajena a las sensaciones que había despertado en él.

Albert tuvo que pensar en muchas cosas para conseguir relajarse, antes de ponerse en pie, y poder caminar con ella a lo largo de la playa, ella jugueteaba con las olas, ignorando el hecho de que su vestido estaba terminando empapado, y él procuraba mantener su distancia, su voluptuoso cuerpo jugando en el agua era una tentación, pero al parecer, el champagne se le había subido, y su único objetivo era lograr mojar a Albert que hasta el momento se mantenía completamente seco.

Candy sabía de sobra que no podría arrastrarlo al agua, y ningún puchero o ruego, parecía convencerlo de que la siguiera, así que simplemente aprovechó un momento de descuido y se lanzó a su cuello para abrazarlo, él apenas logró atraparla, evitando que callera, y por supuesto, su cuerpo mojado se pegó a él. Albert agradeció el frío del agua, y la aparición de Terrence.

Vaya, vaya parejita, ya veo que se han tomado en serio su papel de luna mieleros. – le dijo con una de sus sonrisas cínicas, mientras dejaba que su mirada recorriera apreciativamente por unos segundos las curvas de la rubia, cuyo vestido era ahora prácticamente transparente.

Y tú escapas de Susana o de Karen, supongo, pero en ese caso deberías escoger otro camino, porque nosotros las eludimos por muy poco, en ese sendero. – le dijo Albert mientras comenzaba a quitarse su camisa, para pasársela Candy para que se cubriera un poco. La rubia, que no se había percatado de la situación la tomó y enrojeció, pero no dudó en ponérsela, Albert pasó su brazo por encima de sus hombros para dar la media vuelta y dirigirse de regreso al bungalow.

Jajajajaja, que sigan disfrutando, y pecosa, creo que un wet tshirt contest sería fabuloso, seguramente serías la ganadora. – le dijo él mientras cambiaba de dirección y se adentraba en las palmeras.

Candy caminaba en silencio, consciente de su situación, Terry había roto un poco de la magia que compartían hasta el momento.

¿Porqué no me dijiste nada? – le preguntó de pronto deteniéndose en seco, bastante apenada con la situación.

Te estabas divirtiendo, quien soy yo para arruinarte eso, y además conmigo siempre puedes sentirte segura y ser tú, no te preocupes, princesa, anda, vamos a que te cambies, que, además, creo que sigue algo en nuestro itinerario. – él la abrazó y la atrajo hacía él, haciendo que su mojado rostro se recargara en su amplio y varonil torso desnudo, ahora ella era la que tenía problemas para articular un par de palabras seguidas.

De alguna forma, esos días se volvieron una prueba de resistencia, el uno para él otro, una especie de juego de póker, en el cuál ambos pretendieron hacer caer al otro en su juego.

En la clase de yoga Candy se estiró frente a Albert, consciente de la vista que el rubio tendría de su trasero en ese momento, y cuando el instructor dio instrucciones de poses acrobáticas, ella no dudó ni por un segundo en colgarse boca abajo, con sus piernas enredadas en el cuello de él, y sus manos pretendiendo alcanzar sus tobillos, de no ser por que Albert sabía controlarse a la perfección, seguramente hubiesen terminado enredados el uno en el otro, de manera mucho más íntima en la habitación.

Eres bueno en el yoga. – le dijo ella al descuido. – Michael nunca logró que me estirará tanto. – una sonrisa traviesa iluminaba su rostro.

Candy… -

¿Acaso dije algo inapropiado? – preguntó con toda la inocencia, mientras se sacaba la blusa y se quedaba en top. – Creo que voy a nadar un rato en el mar, ¿vienes? Por supuesto, se deshizo de sus pantalones y quedó en un pequeño bikini, como si nada, frente a él.

Creo que aprovecharé para ducharme. Ten cuidado. – le dijo Albert, más que consciente que necesitaba de una ducha de agua helada.

Tú te lo pierdes. -le dijo ella, mientras corría rumbo a las olas.

Albert se preguntó no por primera vez esa mañana, si ella lo estaba tentando apropósito, pero si ella estaba jugando, dos podían hacerlo.

Esa noche, les tocaba la lección de tango, habían accedido a hacer todas las actividades, porque Rose había debatido elocuentemente, que debían experimentar cada cosa que estaban ofreciendo, y que a ellos les tocaba ser la pareja casada, evaluar, desde su punto de vista de no pareja, que tan efectivo podía ser ese paquete que ofrecerían a sus futuros clientes y que habían decidido llamar Tentaciones.

Candy salió de la habitación al living, dónde Albert esperaba por ella, vestido impecablemente de traje de lino color claro, debido al clima del lugar, en cuanto entró a la habitación, el exquisito aroma a loción golpeó sus sentidos, las notas eran ricas y sensuales, y Candy nunca se había percatado de ese perfume en él. Ella llevaba un vestido color rojo, halter, con la espalda descubierta, la falda llegaba hasta el piso, y mostraba una gran abertura en uno de los costados, era el atuendo perfecto, para la hazaña de esa noche, su cabello semi recogido, su maquillaje cargado en los ojos, haciendo su mirada más sensual, y sus labios de un color rojo intenso, se veía arrebatadora, pero lo que ella no sabía era que Albert sabía bailar Tango, y conocía los secretos de ese sensual baile, que es prácticamente, un jugueteo sexual con ropas.

Llegaron al salón del hotel, y el instructor, un guapo argentino, y su novia esperaban por ellos, por supuesto, al principio la clase fue divertida, relajada, y Albert pretendió no saber nada, pero después de las instrucciones básicas, las parejas eran dejadas solas, en un salón con luces tenues, música de tango y deliciosos bocadillos a su alcance.

¿Quieres intentarlo? – le preguntó él acercándose por detrás de ella peligrosamente, su aliento rozando su nuca desnuda.

Jajajajaja, ¿eres tan bueno como en el yoga?

Soy mejor. – le dijo él al oído en un tono de voz que definitivamente hizo que las piernas de Candy se sintieran débiles.

Sin esperar su respuesta, y aprovechando que la nueva canción estaba por comenzar, Albert puso su mano en el vientre de ella, y la atrajo hacia él, para comenzar el baile más intencionadamente erótico de su vida, cada movimiento, cada casi caricia, su aliento rozando el de ella, las luces girando a su alrededor, su desbordante virilidad, y el cálido toque de sus manos, en su espalda, su cintura, sus hombros, su muslo, cuando el baile culminó con Albert sosteniendo la pierna de ella al nivel de su cintura, y haciéndola caer hacia atrás, con su aliento rozando sus pechos, Candy tuvo que acallar un grito de placer, ese baile había sido orgásmico.

¿Lo intentamos de nuevo? – preguntó él traviesamente en su oído, completamente consciente de su estado perturbado, negándose a romper la cercanía, y rogando al cielo, que ella lo besara, para así no romper la promesa que él le había hecho hacia no tanto tiempo, de no besarla, hasta no abrir su corazón con ella.

Su boca estaba tan cerca, era tan guapo, ¿y que más daba si solo se entregaban el uno al otro? Después de todo, Candy no podía negar que tenían química, y que, de alguna forma, entre ellos, nunca podría haber solo sexo, sino que ciertamente harían el amor.

Pero la magia del momento fue interrumpida por aplausos, no estaban solos, al parecer habían tenido público y ni cuenta se habían dado.

Hermanita, no te conocía esas habilidades. – le dijo Anne con una sonrisa melosa, pero se detuvo a decir algo más ante la mirada de Albert, que podría haberla congelado en ese momento.

Lo siento gatita, no queríamos interrumpir, pero la música, era exquisita, y… son muy buenos en esto, tal vez deberíamos tomar clases Anne, sería interesante. – le dijo Archie a la que ahora era su novia, tratando de relajar el ambiente.

No interrumpieron nada, solo, hacemos investigación de mercado, pero hoy hay lunada, ¿cierto?

Así es, pero ustedes sigan con lo suyo. – le respondió Archie, tomando a Anne de la mano.

¿Albert? – preguntó Candy volteando a verlo.

Vamos, la lunada, puede ser interesante. – dijo mientras ponía su mano en su cintura y caminaba con ella fuera del salón.

En la playa los esperaba una gran fogata, músicos en vivo ya amenizaban la fiesta, bebidas tropicales, y suculentos platillos estaban presentes en abundancia.

Las parejas fueron recibidas con un rechiflido, para que se unieran a la música, alegre, sensual y provocativa, que ya sonaba, Candy arrastró a Albert al centro de la pista, dónde se entregaron, a un animado baile, tipo caribeño, estaban disfrutando de la noche, cuando alguien arrastró a Albert un poco más allá de la algarabía, él no soltó la mano de Candy, pero siguió a la rubia que lo jalaba, obviamente furiosa.

¿Pero que te has creído? – le espetó Rose en cuanto se alejaron de la gente.

No tengo idea de que hablar Rose, ¿quieres explicarte?

¿En serio? ¡Masaje tántrico con Terry Grandchester! –

Albert sonrió, sabía que Terry no se había propasado con ella, porque le había pedido el favor, y conocía los límites de Terry, era un hablador, un seductor, pero, aún así era un caballero.

Querida Rose, es importante conocer la calidad de nuestros servicios, Candy y yo teníamos clase de Tango, supuse, que, estando tan interesada en que todo fuera evaluado, no tendrías problema en ser voluntaria, y claro, no es lo mismo con tú pareja, que con alguien que no lo es, el amor, no te permite ser objetivo. – le explicó él en tono paciente, usando los mismos argumentos que ella les había dado a ellos.

Candy no pudo evitar soltar la carcajada, ella no había estado enterada, y conociendo de sobra a los hermanos Andrew, sabía bien, que esa era una guerra que aún no terminaba.

¿Cómo se lo permitiste? – le reclamó Rose a Candy.

Rose, ella no estaba enterada. Relájate, vamos a disfrutar de la fiesta, toma, bebe algo, para que puedas entrar en ambiente, y busca a Geroge, para preguntarle cómo le fue a él con Karen en el mudbath. – le dijo Albert mientras le plantaba una bebida en la mano, y tomaba a Candy de la cintura, para guiarla de regreso a la fiesta.

Candy siguió a Albert, la cara de Rosemary Andrew, no tenía precio, por supuesto, Candy sospechaba que habría un contraataque, y que ella terminaría pagando junto con Albert, aún cuando ni siquiera había tenido nada que ver, pero imaginar a la correcta Rosemary Andrew, aguantar toda la sesión de masaje con Terry Grandchester, valía la pena.

Esa era su última noche el paraíso, bailaron y bromearon hasta que el alba rayó el horizonte, a esa hora, todos se dirigieron a sus habitaciones, para descansar, porque en 12 horas más debían partir, cada quien a su rincón del mundo, para continuar con sus deberes.

Ciudad del Cabo, Sudáfrica.

Albert despertó temprano, eran alrededor de la cinco de la mañana del último día de su viaje de negocios, habían sido semanas productivas, ocupadas, satisfactorias, y llenas de ella.

Desde que abordaron ese avión después de verla llegar al lado de Michael, para Albert había sido claro que debía hacer algo por mostrarle que ella era especial, y por confirmar lo que sospechaba desde el segundo en que tenerla frente a él una vez más, convertida en una mujer, elegante y segura de si misma, hizo que su corazón latiera más rápido.

Seis semanas de viaje, seis semanas de citas, tal vez más íntimas que las que había tenido con nadie, y a la vez tan mesuradas, porque él no había siquiera probado el sabor de sus labios desde aquel día en la playa de la casa de los White-Rowan.

A estas alturas, Albert tenía la plena certeza de que la amaba, que no era un espejismo, ni una ilusión del pasado, tampoco una situación conveniente, o mera atracción física, esa mujer lo podía volver loco en un segundo con su forma de ver la vida, sus travesuras, sus ocurrencias e irreverencia, pero no había nada que pudiese hacer que lo hiciera amarla menos, al contrario, todo lo que hacía le parecía encantador.

Como hombre pragmático que era estaba consciente que cualquier psicólogo diría que era la etapa de enamoramiento, pero, también siendo completamente objetivo, Albert se enfrentaba a los hechos, y sabía que a ninguna mujer la conocía tan bien como a Candy, esas semanas y citas juntos, las había dedicado a el reconocimiento mutuo que ahora como adultos debían hacer, y sin duda había llegado a la conclusión de que eran perfectamente compatibles, si debía examinar los riesgos de una relación con ella, sabía bien que de no funcionar se podía crear una ruptura entre las familias… aunque siendo completamente honesto, no veía como generaciones de amistad se podían borrar porque ellos dos fracasaran en su intento amoroso.

Tal vez el riesgo más grande era que ella podía hacer, y obtener de él lo que quisiera, pero a eso no le veía nada de malo, sabía bien que ella no haría nada por lastimarlo, o dañarlo, así que tomó una decisión, esa noche volarían todos juntos a Londres, ahí debían pasar algunos días revisando cosas, y después irían de regreso a su hogar.

Sin darse cuenta New York se había convertido en su hogar, él que por muchos años había sido un ciudadano del mundo, un beduino errante, con penthouses igual de lujosos, modernos e impersonales en varias partes del mundo, ahora añoraba regresar al penthouse que había dejado de ser impersonal, en el cuál había pequeños detalles no perfectamente planeados por un diseñador, sino puestos ahí porque a ella le habían parecido lindos, un atrapa sueños con plumas multicolores colgado en una esquina, un wind chime de cristal que arrojaba destellos de arcoíris y dulces sonidos en la terraza, cojines multicolores y multitexturas, un nuevo tapete, un sinnúmero de cosas curiosas que Candy encontraba en ferias callejeras o exclusivas tiendas de decoración, para ella no importaba el precio ni la procedencia, podía enamorarse de una taza de dos dólares en una feria de antigüedades callejera al mismo tiempo que de un caro jarrón de Limoges.

Su esencia flotando en el aire, sus abrigos colgando en el closet de la entrada, su bolso en alguna mesa, sus joyas en dónde se le hubiese ocurrido quitárselas, todos esos pequeños detalles hacían ahora del sobrio y elegante penthouse un lugar cálido, encantador y personal, Albert no podía imaginarse llevar a nadie que no fuese ella a vivir a ese lugar, y New York siempre le había gustado para vivir, viendo las cosas a futuro, si George y Rose se casaban, el podía ceder el mercado europeo sin problemas y hacerse cargo de la oficina de New York junto con Candy si eso era lo que ella quería, o tomar por completo las riendas, y dejarla entregarse a los proyectos que a ella se le ocurrieran.

Rebuscando en los rincones de su mente recordó una de las tantas platicas íntimas que habían compartido en la habitación en Okinawa, además de las horas que habían pasado tentándose el uno al otro a propósito, habían pasado largas veladas hablando de sus sueños, los lugares que querían conocer, las cosas que querían atestiguar, de tal forma que muchas veces habían perdido la noción del tiempo hablando y llegado tarde a actividades planeadas para todo el grupo, por supuesto que las bromas no se habían hecho esperar y ellos estoicamente habían aguantado, pero anhelaba tenerla para el mismo, sin interrupciones, sin bromas, por más tiempo que sus pequeñas escapadas de un par de días, así que comenzó a planear, a soñar y a asegurarse de que fuera posible perderse en un paraíso terrenal por una semana.

A eso de las 8:00 llamaron a su puerta, había pedido el desayuno para ella y para él, un ramo de tulipanes adornaba un hermoso jarrón de cristal. Revisó todo, y dio una generosa propina, después se dirigió a la puerta de conexión, él no lo había pedido así, pero convenientemente sus suites conectaban en esta ocasión.

Candy escucho que alguien llamaba a la puerta, se había quedado dormida, por supuesto, abrió los ojos y se dio cuenta que eran más de las 8, trató de identificar el lugar de dónde provenía el sonido, se puso en pie, llevaba una larga camisa de algodón de botones color blanca, parecía una camisa de hombre, aunque en realidad la había comprado para que fuera su pijama, buscó su bata, y no la encontró, los llamados se hicieron insistentes, Dios, ¿qué podía ser tan importante a esa hora para que Albert no dejara de llamar? Se dio una mirada rápida en el espejo, trató de hacer algo por acomodar sus rizos, y simplemente decidió darse por vencida, caminó hacia la puerta y la abrió.

Hola bella durmiente. – le dijo él con esa voz que solía enviar escalofríos a lo largo de su cuerpo, él aún en pijama, con un par de pantalones de algodón y una camiseta que se pegaba a su torso deliciosamente. Sacó su brazo de detrás de su espalda y le ofreció un ramo de delicados tulipanes rosas. Sin explicar nada mas empujó un carrito con bandejas encima, en dirección de su habitación, ella se hizo a un lado, sin saber bien que decir, él no le había regalado flores antes.

Su perfecto aroma masculino inundó sus sentidos, y la hizo sentir nerviosa, por alguna razón, así que trató de concentrarse en cosas más mundanas.

¿Eso que huelo es café? –

Así es princesa, tenemos tiempo de desayunar, y hablar sobre la junta de hoy, antes de que debas arreglarte.

Me vas a malacostumbrar, y en unos meses, cuando me abandones, para regresar a tú vida de hombre de negocios independiente, no sabré que hacer sin ti. – le respondió ella con un puchero.

Habrá que hacer algo para evitar que sufras. – le respondió él con un guiño en el ojo mientras le abría la silla para que se sentara después de que terminaron de poner todo en la mesa.

Candy disfrutó los deliciosos aromas, y de la vista que le ofrecía la mesa elegantemente servida en blanca porcelana, con el jarrón lleno de tulipanes color rosa pastel.

Gracias, por hacer de estos meses un tiempo emocionante, divertido, por cada nueva aventura, y por todos los detalles que tienes conmigo.

No tienes nada que agradecer, anda, empieza a comer antes de que se enfríe.

Albert… -

Dime.

Tengo un favor que pedirte, y le he estado dando vueltas… pero…

Ya te dije que, si puedes manejar mis autos, has remodelado nuestro penthouse a tu antojo, y si no me equivoco lograste que dijera que sí a una mascota hace no mucho tiempo, así que no veo porque le das tantas vueltas. –

Candy no dejó de notar el uso del pronombre Nuestro, al referirse al penthouse que compartían en New York, hacía algo más de tres meses desde que ella regresara de África, y parecía que había pasado toda una vida desde entonces.

Bien, accedí a que participáramos dando unas palabras en una gala en favor de la niñez en África.

¿Un discurso, o una especie de recuento de nuestro tiempo ahí?

Lo segundo.

Sabes bien, que no suelo hacerlo público.

Lo sé, pero, no te es ajeno que nuestra sociedad tiende a ser más cooperativa si alguien de ellos mismos les habla de ello.

¿Quieres decir que habrá más donaciones, porque tú y yo apoyamos la causa?

Sí… - le dijo ella con ojos de cachorro, que por supuesto él no podía resistir.

Bien, ¿cuándo es? – le respondió resignado, en realidad había sabido que no le diría que no.

En dos semanas, creo, en realidad, Michael me mandó la información, pero no con tantas cosas, olvidé la fecha exacta.

Michael… esa es la razón por la cual no me lo habías dicho. – le dijo él en tono de reproche y con mirada acusadora.

Bueno, él no es precisamente santo de tu devoción, pero, es una buena causa, ya investigué la organización, y su trabajo es serio, el hospital dónde Michael está trabajando los apoyará con médicos, enfermeras y suministros. Y la lista de invitados es una que Anne no solo aprobaría, sino que envidiaría.

Habrá que comprar una mesa, y asistir, entonces. – le respondió antes de meter una fresa en su boca para morderla, y provocar con esto que por la mente de Candy pasaran un sinnúmero de imágenes de lo que le gustaría que él hiciera con su boca, por supuesto, todas inapropiadas… pero debía concentrarse.

¿Eso es un sí? – le preguntó ella con una luminosa sonrisa.

Sabías perfectamente que te diría que sí, pero, además, sospecho que los programas de dicho evento ya están impresos con nuestro nombre en ellos ¿cierto? – le preguntó él clavando su mirada en la de ella.

Ella comió una fresa y le sonrió mientras le sostenía la mirada.

Gracias. – le dijo con voz suave, casi sin aliento.

Me debes una.

Haré lo que sea necesario para pagar mi deuda, señor Andrew. – le respondió ella un tono más insinuante de lo que había pretendido.

Me aseguraré de que así sea señorita White-Rowan. – le dijo él con mirada de acero y voz aterciopelada.

La mirada de él sobre ella la ponía nerviosa, así que antes de que comenzara a sonrojarse, decidió cambiar de tema, y distraerlo.

Bien, ¿estás listo para abogar en favor de George y de tu hermana de ser necesario?

¿Harán público su noviazgo?

Rose me dijo que George planea hablar con tus padres cuando lleguemos a Londres, no creo que, para pedirles su mano, pero si para dejar claras sus intenciones.

Conoces perfectamente a William y Pauna Andrew, mientras su niña esté feliz, no habrá ningún problema.

Lo sé, pero Rose está nerviosa.

No tiene porque estarlo, ¿quieres que hable con ella?

Por supuesto que no, dirá que estoy traicionando su confianza.

Entonces seguiré pretendiendo ignorancia.

¿Revisaste mi presentación?

Sí, es perfecta, ¿tienes alguna duda?

No, pero supongo que saldrás a mi rescate en caso de ser necesario.

No será necesario, sabes perfectamente que hacer. – le dijo él mientras extendía su mano para tomar la de ella y acariciarla, un gesto que pretendía darle confianza en sí misma, pero que hizo que Candy sintiera un vacío en su estómago, y su corazón acelerarse.

El cambio de tema, y la conversación nerviosa de ella había sido más que evidente, pero Albert llevó la conversación a temas neutrales, y la hizo reír, cuando terminaron su desayuno Albert la dejó para que se arreglara, después de una exitosa junta de negocios, así como todo lo necesario para dejar listos los pendientes y no tener que volver pronto, abordaron el avión con rumbo a Londres, alrededor de las 8 de la noche, llegarían a Londres a eso de las 8 de la mañana.

Londres, Inglaterra.

Cuando descendieron, un chofer de los Andrew y uno de los Grandchester esperaba por ellos.

Bien, ha sido un placer, pecosa, y sí Andrew no decide hacer una propuesta formal, recuerda que tienes una de mi parte, me encantaría que fueras la madre de mis hijos, piénsalo. – le dijo Terry mientras besaba su mano y ponía mirada seductora.

Terry, creo que ni, aunque fueses el último hombre sobre la tierra, pero gracias por la propuesta, supongo. – le dijo la rubia con una sonrisa.

Tú te lo pierdes. Andrew, hazte un favor y pídele matrimonio. Rose, George, suerte con los Andrew. – y con esas palabras el soberbiamente guapo, Terrence Grandchester se despidió para subir a su auto.

Bueno, se han ganado el cielo, después de lidiar con él por seis semanas. – le dijo Rose con una sonrisa a sus tres acompañantes.

Jajajaja, no ha sido tan malo, una vez que aprendes a jugar su juego. – le dijo Candy, mientras tomaba a Rose del brazo para dirigirse a la camioneta que esperaba por ellos.

Los hombres las siguieron mientras las chicas bromeaban, ellas vestían jeans ajustados azul marino, y aunque ambas eran rubias, de ojos verdes, cada una tenía su personalidad desbordante.

Rosemary era la perfecta dama, su estilo inglés clásico era un reflejo de su educación tradicional y elitista, llevaba su 1.78 de estatura con gracia de modelo, esa mañana de verano llevaba una simple camiseta de algodón blanca, y encima un blazer color azul marino, calzaba finos mocasines españoles color vino, su cabello rubio ondulado estaba recogido en una coleta baja y un discreto collar de perlas adornaba su cuello.

Candy siempre había sido un poco más bohemia, ecléctica, tenía un estilo capaz de combinar cosas que para algunos no parecerían del todo lógicas, ese día llevaba una blusa suelta de flores en color rosado claro, y su chaqueta era de piel, perfecta para una biker con un toque glamouroso, de un color burdeos profundo, de fino cuero italiano, era por supuesto creación de una reconocida casa de modas, calzaba tennis, sin importarle su 1.65 de estatura, llevaba una delgada cadena de oro con un dije en forma de ave fénix, su cabello iba revuelto y rizado, para ella el tiempo de relax había comenzado, su tiempo en Londres, esperaba fuera familiar, y definitivamente no quería ver un par de tacones o un traje sastre, a menos que fuese absolutamente necesario.

Abordaron la camioneta y se dirigieron al norte de la ciudad, rumbo a Highgate, una de las zonas más exclusivas de Londres, en realidad, solía ser un pueblo aparte hasta finales de la época victoriana, y ahí en una propiedad de unos 15 acres que incluían un bosque antiguo, jardines, un lago, huertos, y sabría Dios que cosas más se asentaba la mansión señorial que había pertenecido a los Andrew por generaciones.

Aunque Albert tenía su propio apartamento en otra de las exclusivas zonas de la ciudad, estaba consciente de que se esperaba que pasaran al menos un par de días con la familia, y seguramente estarían todos ahí reunidos, incluidos los White Rowan, y podía apostar lo que fuera porque esa noche habría una fiesta para darles la bienvenida, conocía a sus padres a la perfección, y también sabía que lo último que Candy quería era una fiesta más, pero hablaría con ella más tarde, a solas.

La imponente reja de la propiedad ancestral se abrió dando paso a un largo camino de grava, a los lados, árboles flanqueaban la entrada y hermosos tonos de verde inundaban esa mañana estival.

Siempre he amado la casa de tus padres. – le dijo Candy a Rose con cara de ensueño.

Te entiendo, fue mágico crecer aquí. -

Bueno, en realidad creo que fue mágico crecer en cualquiera de las propiedades en las que crecimos, pero está es especial. – le respondió Candy con una sonrisa recordando su niñez, y esperando que ni George ni Albert que viajaban en el asiento de adelante aún hablando de negocios les estuviesen poniendo atención.

Claro, aquí descubriste al príncipe. Tal vez algún día puedas llamarla tu hogar. – le dijo Rose recordando ese verano, 20 años atrás, cuando Candy había visto a Albert vestido en gala escocesa por primera vez, y lo había bautizado como el príncipe.

Rose…. – le dijo ella en tono de amonestación.

La joven mayor solamente rio y volteó a ver a su hermano de reojo, sabía perfectamente que nada de su conversación había pasado desapercibida a Albert Andrew, a demás anticipaba el encuentro con la familia, ella había hablado con su querida tía Elroy, y esperaba que los rubios se verían en aprietos, lo que ella no sabía era que Albert había hecho exactamente lo mismo.

Tal como lo había previsto Albert, al frente de la casa los esperaba la familia con un gran letrero de bienvenidos, al parecer la fiesta no esperaría hasta la noche, sino que comenzaría tan pronto como llegaran.

Albert descendió de la camioneta y ayudó a su hermana y a Candy a hacer lo mismo, de inmediato fueron envueltos en la algarabía de la familia, y hubo que contestar mil y un preguntas, todo había podido manejarse estupendamente sin baches hasta la hora del almuerzo, cuando la imperiosa Elroy Andrew, tía abuela de Albert y Rosemary decidió intervenir.

Elroy Andrew era una mujer en apariencia adusta, elegante, fuerte, una mujer de otra época, con debilidad por su sobrino nieto mayor, y que se había autonombrado guardiana del legado familiar.

¿Así que Rose, cuanto tiempo tenemos para planear tu boda? – preguntó la imperiosa matrona, haciendo que Rose se atragantara.

Tía, no sabría que responderte, si ni siquiera estoy comprometida. – le respondió Rose con tono ligero, mientras apretaba la mano de George que se encontraba a su lado.

¿Y usted joven, no pretende entonces hacer nada al respecto de su situación? – la familia guardaba silencio, no muy seguros de que sucedía. George, un hombre formal, y serio, no tenía problemas con responderle a la venerable anciana.

Madame Elroy, esperaba poder habar con Sir William y Lady Pauna, sobre nuestra relación, pero, a decir verdad, ambos consideramos que es muy pronto para pensar en casarnos, aunque puedo asegurarle que mis intenciones son completamente honorables.

Ni Rose, ni George entendían, muy bien, porque la cara escandalizada de Elroy Andrew.

Y entonces, el primer nieto de la familia simplemente será un bastardo.

¡Tía! – le dijo Rose escandalizada.

Tía, ¿quisieras explicarnos de que hablas? – preguntó William Andrew.

Tú hijo, me llamó diciéndome, que Rose traería un nuevo integrante a la familia, y debo decir que un hijo nacido fuera del matrimonio me parece simplemente escandaloso, sin importar lo que digan estás épocas modernas. –

Jajajaja, tía, lamento haberte dado esa impresión, me refería a George. – aclaró Albert con mirada inocente, mientras Rose, lo fulminaba con la mirada.

Pero su tiempo de disfrutar de su pequeña broma, no duró, porque de pronto se encontró siendo el blanco de su aguerrida parienta. Y la mirada de su hermana sobre él le dejó saber con claridad, quien era la responsable de semejante situación.

Y bien William, ¿cuándo piensas sentar cabeza?

Tía Elroy, te prometo que cuando lo decida serás de las primeras en saberlo. – le respondió Albert con la sonrisa encantadora con la que solía lograr que su madre dejara el tema, pero Elroy Andrew no era Pauna.

Ahórrate tu sonrisa coqueta William, y mejor fija de una vez la fecha de la boda con esta encantadora chiquilla que todos hemos esperado por años escuchar que es tú novia. Dime Candice, ¿te negarías a casarte con mi atolondrado sobrino? –

Candy no sabía dónde meterse, tenía cariño por Elroy, pero siempre le había tenido cierto respeto a la matrona, y desde niña, con ella era con la única con la que exhibía sus mejores modales, y para quién mantenía sus vestidos impecables.

Tía Elroy… -

No sabes ni que contestar niña, sabemos de sobra que la respuesta es sí, pero mi sobrino prefiere andar por el mundo con mujeres inapropiadas. William, Victor, mejor infórmenles que tienen un matrimonio arreglado desde niños y quitémonos de zozobras. Que miren que este par es capaz de salir con la gente más inapropiada para formar parte de la familia, por Dios, una mujer científica y un doctor de clase media, ¿alguien quiere explicarme en que pensaban? – Elroy Andrew se encontraba en una edad en la que hablaba lo que pensaba y punto, a decir verdad, siempre había sido así.

Tía, te hemos dicho, más de una vez que esas son decisiones de los muchachos, y que no vamos a interferir en ello. – le respondió William pacientemente.

Claro, toda esa monserga de que sean felices y sigan sus sueños, pues es lo mismo, no me van a negar que Candice ha soñado con el príncipe, osea, Albert, desde que tiene uso de razón, y Albert, ha pretendido a jugar al hermano mayor, pero no es su hermano. –

Albert volteó a ver a Candy que estaba completamente roja y conociendo a su tía sabía que no pararía, así que se puso en pie y se dirigió a dónde la rubia estaba, se arrodilló frente a ella, y le dijo con una enorme sonrisa.

Candice, démosle felicidad a la querida tía Elroy, ¿aceptas casarte conmigo? – le preguntó en tono serio con un toque de sarcasmo.

Todos guardaron silencio por un momento, y Candy pudo ver en su mirada ese destello que le pedía que confiara en él.

Nada me haría más feliz que ser la señora de William Albert Andrew. – le contestó en el mismo tono.

Si un alfiler hubiese caído en ese momento, seguramente se podría haber escuchado su sonido al caer, nadie estaba seguro de si era un juego o si hablaban en serio, y lo que siguió los sorprendió más.

Familia, acaban de escuchar que accedió a ser mi esposa, así que comprenderán que queremos pasar un tiempo a solas, para platicar los detalles. Tía Elroy, gracias por tu inspiración. – dijo el rubio mientras se ponía de pie, le extendía su mano a Candy para que hiciera lo mismo, y le lanzaba un beso a la anciana.

Antes de que nadie pudiera recobrar la cordura, el par de rubios corría hasta la camioneta estacionada en la entrada, cual chiquillos muriendo de risa después de haber cometido una travesura, y esperando no ser atrapados. Albert abrió la puerta del copiloto y la ayudó a subir, después el mismo manejó hacia afuera de la magnífica propiedad.

Tiempo después, Albert se preguntaría en diferentes ocasiones, si no hubiese sido mejor quedarse en casa, con su familia, y disfrutar de esa preciosa tarde estival, en vez de afrontar, todo lo que esa decisión desencadenaría después. Pero invariablemente la respuesta era la misma, nunca se arrepentiría de haber decidido salir de ahí, tomado de la mano de ella, creyendo que podía ser descaradamente feliz a su lado. Aunque después la vida habría de enseñarle, que a veces, amar, simplemente no es suficiente.