Hola Chicas, a petición suya, y para dejarlas digerir YNTE, decidí lo de publicar entre semana, así que veamos como funciona, un abrazo a todas, y espero sus comentarios.

RAA

Capítulo 12

14 meses después de la escapada de Londres.

Candice observaba la vista desde su habitación, el pequeño jardín tenía rosales, lavandas y cajones especiales para plantar hierbas de olor y legumbres, las cortinas de gasa blanca ondeaban suavemente, deben ser cerca de las 10 de la mañana, y tenía muchas cosas por hacer, pero no podía dejar de observar su alrededor y asombrarse de donde estaba, no era que no lo supiera, pero cada día parecía asombrarse de ver como su vida había cambiado tanto en tan solo unos meses, el sonido de su celular la sacó de sus pensamientos, observó la pantalla para ver quien llamaba y contestó. La cálida voz de hombre la saludó del otro lado de la línea.

¿Cómo amaneciste hoy preciosa? –

Bien, de hecho, acabo de despertar… -

¿Ya desayunaste?

No… no tengo hambre. –

Debes comer algo, o las nauseas serán peores… dejé en el refri todo preparado para la comida, si no te sientes con ánimos, solo pídele a Celine que se haga cargo.

¿A qué horas llegan tus papás?

Madre dijo que salían de Paris como a las tres.

Bien, no te preocupes, tendré todo listo.

Candy…

¿Sí?

Te amo, disfruta de tu día, y cualquier cosa me llamas. Debo irme. – él no esperó su respuesta, solo cortó la llamada.

Siguió contemplando el jardín por algunos minutos, y seguramente lo hubiese hecho por más tiempo, si alguien no hubiese llamado a su puerta, dio permiso de entrar, y su enérgica y bondadosa ama de llaves entró con una bandeja.

Monsieur llamó y dijo que ya había despertado, que intentara comer algo y tomara sus vitaminas madame.

Gracias Celine…

No me digas que no tienes apetito, niña, anda, bebé el té y come un poco de la avena, y por lo necesario para la cena no te preocupes, todo está listo. – le dijo la mujer de edad mediana mientras ponía la bandeja en la pequeña mesa, para después comenzar a tender la cama y hacer la poca limpieza que la recamara necesitaba.

Candy sabía perfectamente que era un pretexto para quedarse, y que no se iría hasta que la viera comer algo y tomar las vitaminas, caminó hasta la mesa, e hizo un esfuerzo, sabía que era necesario, le dolía la espalda, y por las noches parecía no poder encontrar la posición adecuada para dormir, lo cual era en realidad una tontería, porque a decir verdad ni siquiera había subido de peso y su vientre, a los 7 meses de embarazo se encontraba apenas redondeado.

Se sentó en la mesa, y aprecio la perfecta simetría del desayuno francés que le había sido servido, perfectas rebanadas de pan fresco tostadas con un poco de mantequilla, mermelada casera dispuesta, fruta fresca, una pequeña prensa llena de café, y una infusión de hierbas. Sus pastillas estaban también ahí. Candy agradeció mentalmente por esa mujer que había cuidado de ella durante esos meses, y por el esposo cariñoso que hacía todo lo posible por que ella estuviera más que confortable, los primeros meses habían sido más que complicados, no había parado de vomitar, e incluso había tenido que ser internada, si bien, su embarazo no era precisamente de alto riesgo, no había sido un embarazo cómodo en ningún momento, comió media rebanada de pan, algo de fruta y bebió la taza de té, el café aunque olía delicioso, esa mañana no se le apetecía.

Te preparé el baño, niña, relájate, y tal vez un poco de sol en el jardín podría venirte bien mas al rato, o una caminata por la playa…

Gracias Celine.

Candy entró al baño y se tomó su tiempo, cuando por fin salió, cuarenta minutos después, se sentía un poco mejor, escogió un par de pantalones de mezclilla, que aún le quedaban, y a los cuales solo tenía que dejarles desabrochado el botón, tomó una camiseta de algodón de rayas horizontales blancas con azul, y sus tennis de lona color blanco, su cabello llegaba a media espalda, aplicó un poco de aceite de coco para que no se esponjara demasiado, y se observó por un momento en el espejo, no llevaba ni una gota de maquillaje, y su atuendo era tan relajado, que los tiempos cuando usaba ajustados vestidos y trajes sastre de diseñador parecían ahora muy ahora muy lejanos.

Decidió que compraría flores, para la cena, y tal vez algo de queso y fruta, después de todo, estaban en Francia, y esa era la costumbre, tal vez algunos chocolates, salió de su habitación, y caminó por el pequeño pasillo hasta las escaleras, la casa era hermosa, sencilla, tal vez modesta, pero hermosa, toda la madera pintada en blanco, los pisos alfombrados con el clásico azzure, y toda la decoración en tonos claros los enormes ventanales ya estaban abiertos, y el cálido aire del mediterráneo corría libremente llevando la fragancia de lavandas y rosas al interior de la casa.

Celine, iré al pueblo de compras.

Bien, niña, lleva tu celular, por si Monsieur quiere llamarte.

Sí Celine.

Celine observó a la rubia caminar pausadamente hasta el pequeño Toyota que estaba estacionado afuera de la verja blanca, parecía tener ánimos y energías ese día, y la caminata por el pueblo y el mercado le haría bien.

Candy manejó con precaución por la carretera costera por 20 minutos, embriagándose con la belleza del escenario, bajó la ventanilla para aspirar el aroma del mar, para disfrutar del sonido de las olas estrellándose en los acantilados, y el ocasional grito de las aves marinas que anidaban entre las rocas.

Amaba esa tierra que ahora llamaba su hogar, y el estilo de vida relajado que conllevaba, a veces iba hasta la biblioteca a leer un rato, y cuando él llegaba temprano veían el atardecer en la playa, aprendía un poco de cocina, y cuidaba el jardín, al menos las plantas se le daban, y estaba orgullosa de los vegetales y hierbas de olor que crecían en él.

Llegó al pueblo y buscó donde estacionarse, caminó hasta el usual puesto de fruta y saludó a la anciana que lo atendía junto a su nieto, escogió unas hermosas uvas moradas, manzanas verdes, y frutillas. Llevó sus compras al auto y se dirigió a su siguiente parada, la tienda de vinos, él le había enseñado a escoger los adecuados, y sabía bien que esa noche habría una cena de mariscos, de ahí fue a la pastelería y compró 6 eclaires, sabía bien que él solo hubiese comprado 4, después de todo, ese era precisamente el secreto de la comida y la dieta francesa, de todo fresco, delicioso, y con moderación, pero Candy planeaba comerse uno en el camino de regreso a casa, y tal vez el otro a media noche, regresó sobre sus pasos al auto, para dejar sus compras una vez más, no podía cargar mucho, porque se cansaba pronto, no había día que no se preguntara a donde había ido toda su energía de antaño.

Cruzó la calle y caminó un par de cuadras más allá hasta la florería, dónde escogió un enorme ramo de girasoles, algunas hortensias y unas peonias de color rosado claro, ella misma formaría los ramos, y los distribuiría en la casa, al menos de eso serviría su refinada educación y buen gusto por ahora, había pocas cosas realmente hogareñas que se le dieran, pero acomodar las flores era una de ellas.

Vagó por las tiendas con sus flores en brazos, la gente del pueblo ya la reconocía, y saludaba a la hermosa americana que hablaba perfecto francés con un muy leve acento anglosajón, y no les era desconocida la imagen de el par de rubios caminando tomados de la mano con una sonrisa en el rostro, o sentados en algún café, el bebiendo su espresso y ella deleitándose en postres, claro, era perdonable, estaba embarazada, y tal vez, no hay nada más francés que el hedonismo de una mujer que sabe comer bien, degustar un buen vino de burdeos y comer sin censura un decadente postre que en otro lugar del mundo le estaría prohibido.

De pronto se dio cuenta que el tiempo había pasado, iría hasta su hostería favorita y comería una ensalada con un vaso de vino, llamó a Celine, para decirle que se retrasaría más, tomó asiento y ordenó mientras los rayos del sol entibiaban su cuerpo.

Comió perdida en sus pensamientos, recordando, por alguna razón ese día venía a su mente la mañana de su boda.

Había despertado en el departamento que compartían en NY, él había salido temprano, pero ella se había quedado dormida, encontró la nota que le decía que la recogería a la una. Camino hasta el sencillo vestido que colgaba de la elegante percha de satín, era color blush, de un rosado casi blanco, hermosamente sencillo, apropiado, lo observó por un momento, y una arcada de nauseas la obligó a correr al baño, vació el nulo contenido de su estómago en el lavabo y se enjuagó la boca, todo estaba empacado, esa misma noche partirían rumbo a Paris, su casa y su nueva vida los esperaba.

Se bañó y peinó con maestría sus rubios rizos que ahora eran algo más largos que 10 meses atrás cuando ella había llegado a NY con la intención de conquistar el mundo y convertirse en mujer de negocios, aplicó un maquillaje sencillo y natural, tomó el hermoso anillo de compromiso de oro blanco con un magnífico solitario, así como los aretes que le hacían juego, sencillos broqueles. Salió a la sala y vio en un jarrón corto un hermoso ramo de rosas color pastel y leyó la nota dónde él le decía que la amaba, y que había un detalle para su cabello en el refrigerador, se dirigió ahí, pasando por una taza lista para que ella se sirviera su té, junto a sus vitaminas, medicinas, y ácido fólico, puso la tetera y disfrutó de su té, comió algo de yogurt y enjuago sus platos, nada debía quedar sucio, después de la ceremonia apenas tendrían tiempo para comer algo en el restaurant de lujo dónde habían hecho la reservación y después regresar a casa por sus últimas maletas.

Vio el tocado de sencillos capullos color rosa y se los prendió en el cabello frente al espejo del recibidor.

Se sobresaltó cuando la puerta se abrió y él entró al lugar, lucía gallardo sin duda, con su traje color gris claro y sus rubios cabellos peinados cuidadosamente.

Hola amor. - le dijo mientras recorría su hermosa figura enfundada en el etéreo vestido de gasa.

Hola, ¿qué te parece?

Te ves divina, ¿estás lista?

¿Y nuestros testigos?

Nos encontrarán allá.

Él se acercó a ella y recorrió su nariz con su dedo índice en un gesto de ternura, mientras la besaba con cuidado muy cerca de su boca, tratando de no estropear el maquillaje.

Su cálido aroma varonil la reconfortó, mientras recargaba su rostro en su pecho y se dejaba abrazar por él.

Vamos, no podemos llegar tarde.

La tomó de la mano y la condujo al ascensor, y de ahí hasta el soberbio Mercedes que esperaba por ellos, condujo hasta el juzgado y buscó donde estacionarse.

Volteó a verla por unos segundos, y clavó su mirada en ella, era una mirada cálida, paciente, llena de amor.

¿Estás segura qué esto es lo que quieres? Podemos tener la grandiosa boda que seguro soñaste de pequeña. A tú familia aquí con nosotros…

No vida mía, esto es justo lo que quiero.

Vamos.

Él descendió del auto, le abrió la puerta y la guio a través de la concurrida calle neoyorquina, sus cómplices los vieron llegar y les sonrieron, se saludaron con un abrazo y se dirigieron a presentarse ante el juez que les preguntó si se aceptaban el uno al otro como marido y mujer, ambos prometieron solemnemente sellando su unión con un beso.

Candy recuperó la noción del tiempo, y descubrió que debía regresar a casa, pagó la cuenta y caminó con sus flores de regreso al auto, llegó a casa con el tiempo justo para acomodar sus flores y darse una ducha rápida, escogió un fluido vestido color verde jade que jugaba divinamente con los destellos de sus ojos, y se maquilló un poco, más que nada para borrar las ojeras que las noches de mal dormir le dejaban. Sus pies estaban algo hinchados por la humedad, así que buscó unas sandalias cómodas de tacón bajo. En eso se abrió la puerta y entró él.

Mi amor, te ves encantadora. ¿Cómo pasaste tú día?

Fui al pueblo, compré flores, fue agradable, pero ahora parece que me excedí, mis pies están algo hinchados.

Te daré un masaje, y debes recostarte un rato, mamá y papá tardarán aún un poco en llegar, y si no, de todas formas, lo entenderán. - Le dijo él mientras la conducía a la cama y masajeaba sus hinchados pies con aceites de menta y lavanda.

Candy cerró los ojos y se dejó llevar por las reconfortantes caricias de las manos de su esposo, las fragancias de los aceites relajaron sus sentidos, y su mullida cama se convirtió en un oasis.

De nuevo no dormiste, mi amor.

Este pequeño se mueve mucho durante la noche, pareciera que necesita más espacio, pero…

Tranquila, el médico dijo que todo estaba bien, ¿te sientes mejor?

Sí, gracias…

Duerme, me daré una ducha, Celine estará al pendiente.

Ella ya no le respondió, se había acomodado de lado y abrazaba una almohada. Cuando salió de bañarse se acomodó junto a ella, había empezado su día muy temprano, y se quedó profundamente dormido, de lado, frente a ella, con su mano en su vientre.

Las voces de sus padres lo sacaron de su ensueño. Se puso de pie y decidió dejarla dormir un rato más, se miró en el espejo y bajó a recibirlos.

Michael, hijo, ¿Cómo has estado? – lo saludó Angelique Gerard con una hermosa sonrisa en su rostro, estaba orgullosa de su hijo menor, y feliz de que estuviera casado con el amor de su vida y con un hijo en camino aún cuando todo había sucedido tan rápido.

Bien madre, padre. ¿Cómo les fue en el viaje?

Bien, ¿dónde está Candice?

Está dormida, pero la despertaré en un rato, tuvo una mala noche.

Déjala descansar, dime que falta para la cena y yo me hago cargo.

Todo está listo madre, llevaré su equipaje a la habitación de huéspedes, gracias por venir, la compañía le hará bien a Candy.

Pierre y Angelique observaron a su hijo subir la escalera, no cabía duda quú amaba con devoción a su esposa, y era lógico después de que ella lo había dejado todo, su dinero, sus lujos, su posición, su carrera, amigos y hasta su familia, por casarse con él, Michael Gerard, un simple doctor francés de clase media, que sin duda la amaba con locura.