Hola Chicas, una disculpa por la tardanza, me tomó un buen rato cuadrar este capítulo, espero que lo disfruten.
RAA 14
Candy observó a Rosemary Andrew salir de la habitación, su helada furia había drenado sus fuerzas, quería llorar, quería deshacerse de impotencia, pero no aún, debía salir de ahí con la frente en alta, de la mano de Michael, con una sonrisa en su rostro que no permitiera que nadie adivinara que su corazón aún sangraba, por la traición del hombre que más había amado en el mundo.
Candy se observó detenidamente en el espejo de su habitación, observó la cama que había compartido en más de una ocasión con Albert, respiró profundo e hizo lo posible por retocar su maquillaje, su baño aún tenía cosas de ella, la recámara seguía siendo suya, y una parte de ella anheló acurrucarse en la cama, o ir a buscar a su padre, para echarse a sus brazos, y llorar en su hombro como lo había hecho cuando era una niña, volver el tiempo atrás… pero, eso no era posible, levantó el rostro y salió en busca de Michael, para despedirse de sus padres y de los novios.
Caminó en dirección al jardín, aún un poco ausente, Michael la encontró, antes de que saliera, había entrado a buscarla, al parecer había tardado mucho.
¿Estás bien amor? – le preguntó mientras buscaba su mirada, y apoyaba su mano levemente en su vientre.
Sí, solo un poco cansada. – le mintió con una sonrisa.
¿Buscamos a tus padres para despedirnos?
Sí, vamos. –
Michael la tomó de la mano, y salieron al jardín, cuando encontraron a los novios se despidieron de ellos, rápidamente, y después fueron con los padres de Candy.
¿Quieres subir a descansar hija? – preguntó su madre cuando la vio acercarse, se veía cansada y frágil, y aunque habían discutido, su corazón de madre la llamaba hacia ella. Katherine estaba consciente que esa velada le había costado esfuerzo.
No mamá, gracias, pero venimos a despedirnos, si estoy cansada, y regresar a la ciudad nos llevará algún tiempo… -
Candice, quédate esta noche hija, no tiene caso que te canses demás, solo por una necedad. Michael, ¿no crees que sería lo mejor? – insistió Katherine, mientras Victor observaba a su hija, tratando de descifrar y entender que era lo que sucedía y pasaba por su mente, ¿en que momento se habían vuelto en desconocidos?
Katherine, agradecemos el gesto, pero si Candy prefiere regresar a la ciudad, no hay nada más de que hablar, sin embargo, estaremos en New York esta semana, tal vez, podamos vernos en otra ocasión. Le he pasado los datos de nuestro departamento a Victor… -
¿Candy? – preguntó su padre con voz profunda y mirada clavada en sus ojos, esos ojos tan parecidos a los de él.
Papá, lo siento, en verdad no podemos quedarnos… Madre, todo estuvo magnífico, muchas gracias por todo… - les contestó ella mientras se acercaba a su madre para besarla, y a su padre, para abrazarlo, no pudo evitarlo, lo amaba profundamente, y le dolía leer la decepción en sus ojos.
Bien, los acompaño al auto. – dijo Victor, quien sorprendido había respondido al abrazo.
Tomó la mano de su hija, y la acomodó en el hueco de su brazo, mientras comenzaba a avanzar, Michael se despedía de Katherine.
¿Qué sucede hija? –
Papá… te amo, por favor no dudes de eso, y no dudes de que tengo mis razones… -
Nunca he dudado de ninguna de las dos cosas, pero me gustaría entender. Siempre me has dicho todo, no entiendo que fue diferente esta vez. –
No es tú culpa papá, fui yo, perdóname, por favor. –
Mi niña, aquí voy a estar esperando cuando estés lista para confiarme lo que carga tu corazón… dime, ¿será un niño? –
Sí, será un niño… -
¿Eres feliz? –
Tengo todo para ser feliz… -
Bien, no tenemos mucho en estos días, o más bien, no tenemos tanto como antes, pero tu fideicomiso, al igual que el de Anne están intactos, puedes disponer de él, cuando quieras.
No papá, por favor usa ese dinero, no me hace falta nada. Tenemos una hermosa casa en la Riviera, estamos bien. –
Puedes usar alguno de los jets para volar de regreso. –
Gracias papá, pero ya tenemos los vuelos de regreso comprados. – habían llegado hasta el auto de Michael, se detuvieron frente a él, y se abrazaron una vez más. Después su padre la vio seriamente.
Hija, creo que Albert merece respuestas. –
Papá, no hay nada más que hacer ahí, él no quiso ni respuestas ni explicaciones en su momento… ahora, ahora ya no es tiempo… no vi a Sonia. –
A Sonia la sacó del corporativo en cuanto se acabó su contrato hija, pero, eso ya no importa, ahora eres una mujer casada… ¿Cuántos meses tienes de embarazo? ¿siete? –
Candy lo observó preguntándose como era que su padre siempre lo sabía todo.
No, aún no son siete meses… debemos irnos, papá, en verdad estoy cansada… -
Puedes regresar en el helicóptero. –
Papá… ¿qué tan mal están las cosas? –
Estuvieron muy mal, pero Albert ha recuperado mucho, el avión y el helicóptero son de la compañía, los personales los vendí, pero nadie te va a negar que los uses.
Gracias papá, pero, estaré bien. – lo abrazó una vez más, y él le abrió la puerta del auto para ayudarla a subir. –
Estaré esperando. – le dijo antes de cerrar la puerta.
Victor volteo a ver a Michael que esperaba unos metros más allá, el joven médico se acercó, para estrechar la mano de su ahora suegro, al menos Candy había hablado un poco con su padre.
No querrá vernos esta semana, la conozco, no está lista para hablar, pero, si necesitan algo, por favor no dudes en comunicarte conmigo. –
Victor, no le hace falta nada, no tiene los lujos a los que tú la acostumbraste, pero no le falta nada… - le dijo Michael con una nota de orgullo en la voz.
Eres un buen hombre, Michael, pero sé que hay más de lo que se ve, y esa niña mía aún tiene mucho por aprender. Que tengan un buen regreso a la ciudad. – le dijo mientras le extendía la mano para despedirse. Michael la estrechó y se dirigió al auto.
Hicieron el camino de regreso a New York en silencio, Candy se quedó dormida pronto, y Michael se entregó a sus cavilaciones, la amaba, de eso no tenía duda, pero había días que se preguntaba, si a la larga, su amor sería suficiente para los dos.
Esa semana, ella se negó a salir del departamento, y básicamente se la pasó dormida, Michael había esperado que fuese difícil para ella el regresar, y ver a su familia, verlo a él, al hombre que evidentemente aún tenía un lugar en su corazón.
Era su última noche en NY, y Michael había cocinado para ella, había comido poco en esos días, las nauseas habían regresado, y él comenzaba a considerar la necesidad de quedarse en NY, aunque eso significaría que no podrían regresar, o más bien ella no podría regresar a Francia, hasta que naciera su bebé, porque él tenía que volver al trabajo.
Una vez que la mesa estuvo lista, fue a despertarla, era necesario que comiera, y que hablaran, si es que querían un futuro juntos, no podían permitir que las cosas siguieran tal como estaban ahora.
Candy… -
Mmmm. –
Ya está la cena, debes levantarte y comer algo. – le dijo mientras la sacudía un poco, sentado al lado de ella en la cama.
No, no tengo hambre. –
Candy, no es una opción que no comas, debes comer, sí no lo haces tendré que internarte, y puedes ir pensando a quien llamaremos para que te haga compañía, porque yo necesito volver a Francia mañana, al menos para arreglar las cosas, y poder volar de regresó acá para esperar el nacimiento acá. – le dijo seriamente.
No me dejarás aquí sola... – le dijo ella abriendo los ojos de golpe.
No te dejaré sola, llamaremos a tus padres para que te hagan compañía. –
Michael… -
No estás bien, casi ni te has parado de la cama en toda la semana, y sé que no es físico, es emocional, y estoy preparado para lidiar con ello, pero también hay cosas prácticas que debo atender. –
Bien, intentaré comer algo… -
Vamos, hice sopa, un asado, y vegetales. – le dijo mientras le ofrecía su mano para ayudarla a ponerse en pie. –
Él observó su menuda figura, vestía de negro, leggins, camiseta y un largo cardigan calientito, que le llegaba debajo de las rodillas. Su rostro se veía delgado, y pálido, su cabello era una masa de rizos despeinados, ni siquiera se molestó en ponerse zapatos, caminó por la duela del departamento en enormes y confortables calcetas de lana.
Él le abrió la silla y ella tomó asiento, a regañadientes comió un poco en silencio y después de agradecerle con un leve roce en los labios estaba por regresar a la cama.
Tenemos que hablar, puede ser aquí, puede ser en la sala, en la recámara, dónde quieras, pero tenemos que hablar.
Esperemos hasta regresar a casa Michael… -
No Candy, llevas toda la semana aislada del mundo, y de todo, eso no está bien, no puedes seguir evadiendo la realidad… tal vez es tiempo de considerar que lo mejor es hablar, aclarar las cosas, incluso con Albert, especialmente con Albert. – le dijo clavando sus bondadosos ojos color miel en los de ella, en una mirada llena de intención. -Te amo, y estoy aquí para apoyarte, pero no puedo ver como tiras por la borda todo. Así que por favor dime si prefieres quedarte… -
Michael… - Candy lo observó mientras sus ojos se inundaban de lágrimas, sabía que estaba siendo injusta, que lo ponía en una situación sumamente difícil, y que lo que él le pedía era lo justo, pero ella no estaba lista, no podía hablar con Albert. – lo siento amor, tienes razón, no es justo para ti… -
No se trata de mí, se trata de ti, de tus padres, de tus amigos, de tu familia, del bebé que esperas… -
No me dejes, quiero volver a nuestro hogar… por favor. – le dijo ella mientras se le quebraba la voz, y eso fue definitivamente demasiado para él. Se acercó a ella y la abrazó, se veía tan perdida, tan frágil y desolada, y él la amaba tanto, tal vez debían esperar un poco más.
Vamos a que descanses, mañana debemos estar en el aeropuerto a las 12. – le dijo mientras la ayudaba a ponerse de pie y la acompañaba al cuarto, se quedó a su lado hasta que se durmió, acariciando su cabello y espalda, mientras ella lloraba en silencio, era demasiado dolor, y Michael era cada vez más consciente de que él no podía sanarlo.
Costa Azul de Francia, Semana 40 de embarazo.
Candy se movió inquieta en su cama, no lograba encontrar la posición correcta para dormir, no quería despertar a Michael, quien estaba cansado, y había tenido varias cirugías el día anterior, pero no podía seguir en la cama, giró hacia un lado, y se levantó con dificultad, acarició su vientre mientras ceñía su bata, el aire estaba fresco, era noviembre, de pronto anheló salir un rato al jardín, caminó en silencio, cuidando de no pisar los escalones, que ella sabía harían ruido, y salió por el ventanal, observó a los rayos de luna besar la pacífica superficie del mar… caminó entre sus flores, aspirando el olor a lavandas, y tratando de calmar su ansiedad, no estaba segura de porque estaba despierta, pero de pronto, mientras caminaba, sintió líquido caliente recorrer sus piernas, y supo que el momento que tanto había anhelado estaba cercano, siguió caminando por un rato, sintiendo como los primeros dolores iban y venían como una oleada, aún tenue, y espaciada, aún no era tiempo de despertar a Michael, practicó su respiración, y se preguntó si podría caminar a la orilla del mar, estaba indecisa cuando los brazos de su esposo la sorprendieron rodeando su cintura.
¿Estás bien?
No quería despertarte… -
Estás mojada. –
Se rompió mi fuente… -
¿Comenzaste ya con trabajo de parto? -
Los dolores van y vienen, pero aún no son muy fuertes. -
Debes cambiarte, o te resfriaras, ven, te ayudaré. –
Michael veló con ella toda la noche, ayudándola a que pasara lo más intenso de los dolores, ella no quería anestesia, cuando el alba se dibujo en el horizonte, manejaron rumbo al hospital, y tras un par de horas de labor de parto, pusieron en los brazos de Candy un hermoso pequeño rubio, de ojos azules, con piel sonrosada, que lloraba a todo pulmón, su hijo, había llegado al mundo.
Candy acarició la suave pelusa de su cabecita, mientras besaba su frente, y las lágrimas bañaban su rostro, vio a su pequeño, era perfecto, simplemente perfecto. Lo llamó Drew.
Dos semanas después del nacimiento de Drew.
Candy estaba sentada en la mecedora de su habitación, absorta en contemplar a su pequeño alimentarse de su seno, estaba cansada, pero no podía quitar su mirada de él, lo amaba, lo amaba como nunca había amado a nadie, y estaba extasiada con él, no podía dejar de admirarlo.
Eres tan guapo como tu padre mi amor, y serás, grande, fuerte, un buen hombre… -
¿Cómo están mis dos amores? – preguntó Michael mientras entraba sigilosamente.
Bien, casi se queda dormido… y sí es así, tal vez lograré dormir un par de horas y darme un baño ahora que has llegado.
Te tengo una sorpresa. – le dijo él con una sonrisa traviesa en el rostro.
¿Has encontrado la forma de alimentarlo tú y que yo duerma más de dos horas?
No, me temo que no, pero… ok, cierra los ojos.
Michael, estoy alimentando a Drew… -
Por favor amor, cierra los ojos. –
Candy leyó la emoción en los ojos de él y decidió seguir el juego. Cerró los ojos y escuchó como la puerta se abría. Un par de aromas familiares llegaron a su nariz, Chanel no. 5 y un fino perfume de Gucci que ya no estaba en el mercado. Aromas que habían marcado su infancia, su vida, aromas que reconocería en cualquier parte. Su corazón se encogió y saltó de alegría al mismo tiempo, ahí estaban sus padres, Michael los había invitado.
Abrió los ojos, para toparse con sus impecables padres vestidos informalmente, con los ojos clavados en ella y en el pequeño bulto que estaba en sus brazos. Había añorado verlos, pero se sentía sobrecogida, abrumada, dividida entre dejarse llevar por la felicidad de tener a sus padres con ella, o levantar una muralla de protección alrededor de su pequeño.
Madre, padre. – el tono fue apenas tibio.
Candy, oh es hermoso, ¿cómo se llama. - preguntó su madre pasando por alto la falta de entusiasmo de la rubia.
Drew. - les respondió Michael con entusiasmo. – Amor, ya se quedó dormido, seguro tu madre quiere tomarlo en brazos, y tú puedes aprovechar para darle un abrazo a tu padre, y tomar ese baño que tanto anhelas. –
Candy lo vio azorada, su entusiasmo y felicidad eran desbordantes, Candy sabía que amaba a su hijo, pero por alguna razón se sentía intranquila ante la mirada de su padre que aún no había dicho una palabra.
Drew... varonil, en escocés…es un buen nombre. – le dijo Victor mientras Katherine se acercaba para tomar al pequeño en brazos, y lo tomaba con ternura.
-Es hermoso, hija. – le dijo Katherine emocionada, sabía que un varón era el sueño de su esposo, el pequeño era rubio, como su madre y su abuelo, y los ojos eran azules, un tono más brillante que los de ella.
Gracias mamá, papá, bienvenidos… pediré que les preparen la habitación de huéspedes. – dijo mientras se ponía en pie y salía de la habitación sin decir nada más. Michael se disculpó por ella y salió detrás, mientras dejaba a los White-Rowan con su nieto.
La alcanzó en la escalera y la llevó al estudio en la planta inferior.
¿Quieres decirme que te pasa? Fuiste más efusiva al ver a mis padres. –
No esperaba que los invitaras, me tomaste por sorpresa. –
Son tus padres Candy, y se notó que a tu papá le dolió tu recibimiento. –
Les dije que eran bienvenidos, y vine a pedir la habitación, no hice nada malo. –
Ni siquiera le diste un abrazo. –
No los conoces, ¿sabes que están pensando? Están pensando que Drew no parece un bebé prematuro de siete meses, están pensado que Drew fue la razón por la que me casé contigo, por la que vine aquí…
Candy, nada de eso es mentira, Drew fue la razón por la que aceptaste casarte conmigo y venir a vivir aquí. Ahora bien, sabes lo que pienso con respecto a la familia, para mí es muy importante, y creo que, por el bien de Drew, debes tomarte el tiempo y la delicadeza de tener a tus padres cerca. Los invité a quedarse al menos una semana, y tú harás lo necesario para que sea un tiempo agradable para tus padres con su nieto, y no me mires de esa forma, si quieres enojarte y hacer un berrinche adelante, pero hazlo en lo privado, no los hagas sentir incómodos. Ahora regresa a esa habitación, que yo ya le pedí a Celine que se hiciera cargo de todo…
¿No lo entiendes?
¿Qué es lo que no entiendo?
Haré lo que sea por proteger a mi bebé.
Lo mismo haré yo, aunque sea para protegerlo de ti, de las malas decisiones que estás tomando, y de la posibilidad de crecer sin sus abuelos.
Tendrá a tus padres.
Candice, estás hormonal, cansada, privada de sueño, así que no tomaré en cuenta lo que acabas de decir, te ayudaré a tomar las mejores decisiones a pesar de ti. –
Sostuvieron un duelo de miradas, Candy sabía que él estaba en lo correcto, pero le costaba ceder terreno pocas veces en su vida había tenido que hacerlo, siempre había sido la princesita de todo el mundo, y estaba acostumbrada a salirse con la suya.
Bien, pero solo mis padres, no quiero a nadie más. –
Babysteps, my love. – le respondió el mientras salía del estudio y la dejaba sola.
Katherine y Victor se quedaron por tres días, mantuvieron una relación cordial, amable, y distante, por supuesto, el centro era Drew, antes de abordar el auto que esperaba por ellos, Victor habló con su hija seriamente.
No volveremos, está claro que no nos quieres aquí, agradezco que Michael nos haya llamado e invitado a venir, es un buen hombre Candice, y no es justo que le des solo las migajas, si decidiste hacer tu vida con él, lo correcto, y lo mejor para todos sería que te entregues a esta relación, es un hombre paciente, que te ama, y ama a tú hijo, no se que estabas pensando, ni que fue lo que según tú hizo Albert para que lo engañaras con Michael, no sé si fue una noche de copas, un poco de despecho, no sé que te llevó a los brazos de Michael, y me queda claro que hay cosas que escondes, y tú sabes lo que estoy pensando, no hablaré de ello, ni siquiera con tu madre, cualquiera de las dos opciones me parecen, impensables, no las reconozco como acciones de la hija que eduqué, de mi orgullo, de la mujer buena, sensible, sencilla y sensata que creí que eras, pero tal vez nunca fuiste eso, y está eres tú, solo te pido, que hagas lo mejor para Drew, si quieres volver a casa, las puertas están abiertas, si quieres quedarte, entonces, haz lo que te corresponde hacer por tú matrimonio. Una cosa más, Albert se merece la verdad, cualquiera que esta sea. – le dijo con su mirada esmeralda puesta en la de ella.
Qué tengan buen viaje papá, gracias por venir. – le respondió ella, para después dar media vuelta y entrar a la casa.
Esa noche, cuando Michael llegó, encontró su casa en silencio, era obvio que Victor y Katherine se habían ido, suspiró profundamente y decidió darle un poco más de tiempo a Candy, pero no quitaría el dedo del renglón.
Seis meses después del nacimiento de Drew.
Candy acostó al pequeño en su cuna, para que tomara la siesta, era un bebé, regordete y feliz, sus padres lo adoraban, y era un bebé sano, Candy observó a su pequeño dormir por unos minutos, y salió al jardín, a tomar un café, disfrutar de un par de éclaires, y leer un poco, tomó uno de los magazines de moda, y se encontró contemplando el rostro de Rosemary Andrew, divinamente vestida de novia, se veía feliz, al lado de un embelesado George, por supuesto, en la parte interior había fotos de la familia, y Candy no pudo evitar contemplar con nostalgia las fotos de lo que seguramente había sido el evento social del año en Londres, ahí estaban todos, incluidos sus padres y él, William Albert Andrew, vestido en gala escocesa, bailando con su hermana.
Candy se dejó llevar por un momento en los laberintos de sus recuerdos, recordó, 18 meses atrás, cuando su vida era otra, la fiesta de compromiso en esa misma propiedad antigua que había sido el escenario de más de una de sus fantasías, la fiesta de compromiso de Rosemary Andrew y George Johnson.
18 meses atrás, Highgate, Londres.
Candy se observó en el espejo una vez más, llevaba un elegante vestido color vino, de falda recta larga, ajustado al cuerpo, de la cintura hacia abajo, con corte trapecio en la parte superior, la tela fluía hermosamente a su alrededor, en sus brazos y media espalda desnudos el brazalete de zafiros y esmeraldas regalo de Albert, magníficos aretes estilo marquesa de esmeraldas y zafiros en oro viejo, que habían pertenecido a su familia por generaciones, no llevaba anillos, sus manos iban manicuradas en color nude, su cabello en un moño despeinado a un lado, se veía hermosa, y a pesar de que la nieve caía afuera, la temperatura se mantenía cálida dentro, gracias a calefacción central.
Calzaba altísimas zapatillas, y daba los últimos toques a su maquillaje, había acompañado a Rose hasta hacía un rato, y después de ver que se viera perfecta en el hermoso vestido color durazno cremoso que había escogido para esa noche especial, con las orquídeas color blancas prendidas a su cabello, llevando por joyas los hermosos diamantes de la familia, y en su mano izquierda el orgulloso anillo de compromiso, un impresionante diamante rosado con clusters de diamantes blancos a los lados, montado en rose gold.
Candy había observado embelesada a su amiga, reconociendo lo hermosa que era, y pensando que, si se veía así ese día, que era su cena de compromiso, de seguro se vería regia el día de su boda, Candy se imaginó las horas de diversión buscando el vestido perfecto, la fiesta de despedida, y todo lo que harían juntas, Rose, era como una hermana, más hermana que Annie para ella, aunque un par de años mayor que Candy, siempre habían compartido una relación única y especial, y Candy estaba emocionada con todo lo que estaba sucediendo, sabía que George era el hombre perfecto para Rose, caballeroso, apuesto, tal vez un poco serio y formal, pero su amiga lo hacía sonreír de una manera que nadie hubiese creído posible.
Un panel de madera se abrió y la apuesta figura de su novio, William Albert Andrew cruzó el umbral desenfadadamente, vestido en impecable smoking negro, con inmaculada camisa blanca y corbata de moño negra. Se veía arrebatador, apuesto, sobrenaturalmente guapo, no por primera vez Candy pensó que los Andrew debían compartir sangre con el dios Apollo.
Hola princesa, ven acá y déjame verte. – le dijo con esa voz cálida y aterciopelada, que hoy, a cuatro meses de relación aún le hacía sentir escalofríos.
Albert la miró descaradamente, deleitándose en las curvas de su cuerpo, en la suavidad de su piel, en el perfecto contraste del rico color de un buen bourdeoux con el dorado de sus cabellos, y el destello cálido de las joyas.
Te ves hermosa, creo que tal vez debo apoyar a mi hermana y no dejarte salir de aquí para que no le robes la noche. – le dijo mientras la atraía hacía él para besar su cuello y mordisquear deliciosamente su oreja, la envolvió en su calor, los altísimos tacones que de seguro llevaba hacían que sus labios estuviesen un poco más cerca.
Pues, creo que yo debería hacer lo mismo por George… no sé, tal vez deberíamos escaparnos. – le respondió con sonrisa traviesa.
Tus deseos son órdenes, ¿dónde pasaremos navidad? – le preguntó con seriedad, ya que en un par de días mas se celebraban las fiestas.
Nos matarán…
Pues, no lo hicieron después de Islandia, tal vez podríamos regresar casados, y entonces olvidarían que los dejamos abandonados. – le dijo haciendo alusión a su escapada de la mansión cuatro meses atrás, en medio de lo que debía ser su fiesta de bienvenida.
Los sentimientos embargaron a Candy, la felicidad se desbordaba de su ser, ese hombre maravilloso, que alguna vez pensó que solo podría ser su fantasía era el día de hoy su novio, aún recordaba con una sonrisa estúpida en su rostro el primer beso, la primera vez que hicieron el amor, esos dos primeros meses viviendo y trabajando juntos habían sido simplemente deliciosos, aunque ahora, Candy lo extrañaba un poco más cada vez que se iba de viaje, sabía bien que después de las vacaciones no tendrían tanto tiempo para estar juntos, hacía tan solo unas semanas habían tenido su primera pelea, pero Candy no quería pensar en eso ahora que el olor a maderas de su fino perfume intoxicaban sus sentidos. En un impulso y sin importarle el maquillaje, enredó sus dedos en los sedosos cabellos rubios de él, y lo atrajo mientras acariciaba su nuca para besarlo hambrientamente, no se cansaba de sus besos, y menos de sus deliciosas manos cálidas recorriendo la piel desnuda de su espalda. Él la apretó contra su cuerpo, de tal forma que podían sentir la dureza de sus músculos contra la suavidad de sus senos, su fuerza, contra su fragilidad, las manos de él se deslizaron hasta su espalda baja, en busca del zipper de su vestido, y ella lo único que quería era perderse en sus caricias, pero sabía que Rose era capaz de ir a buscarlos, y que no debían faltar a un día tan importante para ella.
-Albert... – le dijo tratando de reencontrar el hilo de sus pensamientos, mientras las manos de él trazaban círculos en su espalda, y se deslizaban suavemente hasta su trasero.
- Mmmm… - alcanzó a responder él, hipnotizado y embriagado por el sabor de sus labios, la suavidad de su piel, su dulce fragancia.
- Debemos parar, te juro que no te dejaré dormir en toda la noche, pero mientras tanto, debemos bajar antes que Rose… - la voz de ella estaba sin aliento, y él quería hacerla gemir de placer, sin embargo, sabía que ella tenía razón. Por supuesto no podrían bajar de inmediato, ella tenía que retocar su maquillaje y su peinado, y él debía esperar que cierta parte de su anatomía se relajara un poco.
- Haré que cumplas esa promesa Candice White-Rowan. – le dijo en un ronco susurro, mientras ella deslizaba su mano hasta su entrepierna para acariciar su formidable erección por encima de la ropa, qué por supuesto lo provocó más que relajarlo, estaban a muy poco de ceder al deseo, cuando alguien llamó a la puerta.
- Gatita, Rose los está buscando, creo que si no quieren que venga y los sorprenda haciendo algo que no quieren que ella vea, deben salir ya. – les dijo Archie con su usual buen humor… - consideró pedirle a la tía Elroy que ella viniera a buscarte, así que ustedes dicen. –
- Ya vamos Archie. – le dijo la rubia mientras alejaba las manos traviesas de Albert de su cuerpo.
- Escapemos… - le susurró él tentadoramente al oído.
- Después de la cena de Rose. –
- Jajajaja, le temes a mi hermana. –
- Pues, me estaría llevando a su hermano de la fiesta, Rosemary Andrew querría mi cabeza en charola de plata si su querido hermano no está en la fiesta. –
Albert la besó una vez más y después renuentemente la alejó de él, ella fue al espejo a intentar reparar lo que su juego furtivo había arruinado, y él comenzó a arreglar sus ropas. La noche fue maravillosa, el ambiente estaba cargado de electricidad, de magia, y todos eran perfectamente felices.
Pasaron nochebuena y navidad en familia, y el 28 de diciembre Albert la llevó a otro lugar mágico, su departamento en New York, querían pasar año nuevo juntos, en el que ahora era su hogar, y del cual él había estado ausente por semanas completas, caminaron en Central Park, patinaron en el Rockefeller Center, y cenaron en un lujoso restaurante en año nuevo.
El lugar se encontraba en el último piso de uno de los más lujosos rascacielos de la ciudad, todo alrededor paredes de cristal permitían una arrebatadora vista de la gran manzana, iluminada, vibrante, activa, eufórica, y convulsa a la vez.
Por supuesto, Albert había reservado la mejor mesa, en un privado, especial, el lugar estaba adornado con velas, y lámparas redondas blancas de diferentes tamaños que colgaban del techo a distintas alturas, además había amapolas rojas en todos lados, cuando estuvieron en Japón, él le había hablado de su simbolismo en ese país, para ellos simbolizan amor, pasión, hablan de jamás olvidarse, sin importar donde se encuentre el otro, amar, más allá de la muerte.
Esa noche ella había escogido un vestido color negro, sencillo, y a la vez hipnotizante, era un modelo cruzado, que se amarraba al cuello, con un sensual escote en v, con tela delicadamente llena de brillos, el largo un poco más corto de enfrente, llegaba unos cuatro dedos encima de la rodilla y de atrás rozaba su pantorrilla, hermosos tacones de Jimmy Choo en negro, su cabello suelto, ahora era un bob más largo, el estilo era despeinado, llevaba unos vistosos aretes dorados de Chopard con diamantes canarios, y habiendo considerado que eran demasiado vistosos, no llevaba más joyas.
Albert con traje gris oscuro, hecho a la medida, a la moda, ajustado en los lugares correctos, camisa blanca y corbata negra, calzaba finos zapatos de cuero italianos.
Cuando entraron al lugar llamaron la atención, pero solo tenían ojos el uno para el otro. Terminaron de cenar, y cercano a las 12, Albert se pudo en pie y la invitó a bailar, el lugar sonaba con música romántica, y él la llevó a una pequeña pista preparada en el privado, justo, al lado de una pared de cristal templado, desde la cual se podía contemplar la ciudad.
La atrajo a él, y ella se dejó llevar por la deliciosa cadencia de sus cuerpos, Perfect Symphony de Ed Sheeran con Andrea Boccelli comenzó a sonar en ese momento, Candy le sonrió, ella pensaba que esa era su canción, la que contaba la historia de sus vidas, de pronto se dio cuenta, que la canción estaba siendo cantada en vivo, por el mismo Ed Sheeran y Andrea Boccelli. Candy volteó a ver a Albert interrogante.
Dijiste que te gustaba la canción, y que te gustaría escucharlos en vivo. – le dijo él por respuesta.
Ella no sabía que responder, lo besó, y lo abrazó con fuerza, llena de emoción ante el gesto que Albert había tenido con ella, él era así, siempre escuchando sus deseos, buscando la forma de complacerla, de hacerla sonreír, sabía que era la mujer más afortunada del planeta, estaba bailando en los brazos del amor de su vida, del hombre que había soñado algún día la amaría de pronto Albert alzó su barbilla, invitándola a verlo a los ojos, mientras entonaba en perfecto italiano.
"Tu stasera, baby, sei perffetta per me." – Candy le sonrió, y él le susurró al oído. – no solo está noche, siempre eres perfecta para mí. –
Te amo, Albert, te amo, como nunca he amado a nadie.
Shhh… - le dijo mientras se inclinaba para rozar sus labios sensualmente, en un beso cargado de amor.
De pronto, dejó de bailar, y mientras la deliciosa melodía de la canción sonaba como perfecto fondo a su idilio, él detuvo la cadencia, y plantando una rodilla en el piso, tomó su mano.
¿Albert? – su voz sonaba nerviosa.
Candy, te amo, hoy sé que lo he hecho desde hace toda una vida, y amor mío, no quiero dejar pasar mucho tiempo más sin poder llamarte mía. Candy, amor mío, mi princesa, el complemento perfecto a mi vida, la mujer a la que quiero darle mi todo, a la que he amado por mucho tiempo más que a mi vida, ¿me concederías el honor de ser mi esposa? –
La voz varonil y profunda de su amado la derretía, lo vio sacar una caja de cuero color rojo, y cuando la abrió le reveló un hermoso anillo estilo art deco, con una enorme esmeralda como piedra central cortada en exquisito corte que hacía cada una de las facetas resplandecer, y a los lados, en perfecta simetría, 8 diamantes más pequeños de cada lado, acomodados en perfecta simetría, la banda de platino estaba grabada con motivos de hojas y ramas, cuyas fluidas formas contrastaban de manera deliciosa con las líneas rectas de la montura de las gemas.
Sí mi amor, quiero ser tu esposa. – le dijo ella con la voz entrecortada con lágrimas de felicidad y de emoción, él tomó el anillo, y lo puso en su dedo anular de la mano izquierda, era de la medida exacta.
Albert se puso de pie y la atrajo para fundirse con ella en un beso, la tomó de la cintura y la alzó para acercarla mucho más a él. El mundo giraba alrededor de ellos, los fuegos artificiales adornaban el cielo, los músicos seguían tocando, y ellos, ellos flotaban en una etérea nube de felicidad. La electricidad recorría sus cuerpos, el deseo los embargaba, y no podían esperar a salir de ahí para zambullirse en un mar de sensaciones que los llevarían a tocar el cielo.
Costa Azul, Francia, tiempo presente.
Michael la encontró con el rostro bañado en lágrimas, que caían libremente sobre la revista que tenía abierta en sus piernas, la foto mostraba un primer plano de Albert bailando con Rosemary.
Por primera vez en un poco más de un año que llevaban de casados Michael se enfureció, los últimos meses habían sido felices, tranquilos, ella casi lo había hecho creer que el pasado había quedado atrás, pero hoy, era más que evidente que el pasado estaba tan presente como siempre.
Ya basta. – le dijo mientras le quitaba la revista de las piernas.
Michael no era un hombre que levantara la voz, pero su tono fue áspero, impotente, ella brincó un poco por la sorpresa, pero no tuvo tiempo de responderle nada, él la levantó y la atrajo hacia él, para besarla con pasión, con amor, con devoción, tratando de encontrar en ella aquello que hacia tiempo se había perdido, pero que cada día anhelaba recibir.
-Te amo, Candy, pero no puedo seguir así, amo a Drew, y quiero que seamos una familia, que seamos felices, pero por favor, manda al diablo nuestro matrimonio y ve tras él… quisiera ver en ti para mí una fracción de la pasión que desperdicias en su recuerdo… -
Candy se abrazó a él, sabía que lo estaba lastimando, y ella en verdad lo quería.
Michael… lo siento… perdóname.
¿Exactamente que debo perdonarte? ¿qué me hayas dejado fuera de tu vida? ¿qué no me ames? ¿qué quieras a Drew solo para ti? Candy, decidimos casarnos, porque pensamos que podríamos realizar los sueños de antes… pero tal vez, tus sueños y mis sueños ya no son los mismos… ¿te avergüenzas de mí? – le preguntó alejándola de él.
¿Cómo puedes preguntar eso? –
Es muy sencillo, no quieres a tú familia cerca de nuestra vida, y lo único que puedo pensar es que la razón soy yo…
Michael, por Dios, por supuesto que no es así, es solo, que ellos no entenderían.
¿No entenderían porque no te casaste con el hombre perfecto? – le preguntó secamente.
Albert no es el hombre perfecto, sabes bien, que él me traicionó, me utilizó… - las lágrimas fluían una vez más.
¿Y entonces, si todo eso es cierto, porqué lloras por él?
No lloro por él…
No te entiendo Candy, en verdad pensé que habíamos logrado algo en estos meses, me casé contigo consciente de que tomaría tiempo, que un amor y una ilusión tan grande como la que tenías por Albert no se borraría de la noche a la mañana, sin embargo, ha pasado un poco más de un año desde que nos casamos, y cada vez te siento más lejos. - le dijo él derrotado.
Candy lo vio a los ojos, tratando de encontrar una respuesta, de ver dentro de ella misma, de entender como había llegado a ese punto, ¿en que momento había pensado que estaba bien lastimar a Michael?, al hombre que lo único que le había dado había sido amor y apoyo incondicional. Tal vez si le explicaba.
Rose se casó… y yo quería estar ahí… no porque quiera verlo a él…-tanto Michael como ella sabían que en parte mentía - sino por ella… ¿sabes? Alguna vez fuimos como hermanas, y yo sabía que las cosas iban a cambiar entre nosotras, pero, nunca pensé que me sacaría por completo de su vida.
Candy, eres una mujer demasiado inteligente como para decirme que no entiendes, tú le hiciste lo mismo, no la invitaste a nuestra boda, ¿acaso le diste la oportunidad de ser tía? pudieses haber estado en esa boda, pero para eso debiste ser clara, acerca de todo y con todos, pero te has empeñado en alejarte, te has encerrado en ti misma, y aun a mi me dejas fuera, yo no puedo seguir así, no puedo seguir amando a una mujer que ama a otro hombre, te dejo libre, olvida tus promesas a mí, y ve por él. – le dijo con un dejo de dolor y amargura mientras hacia el ademán de soltarse de los brazos de ella que se aferraban a su cintura.
Michael, no quiero irme, no es eso, entiende… -
Explícame para poder entender Candy, por favor.
Es difícil dejar atrás todo lo que un día fui, a quienes amo y amé. Creo que, sí hemos sido felices, en estos meses, no es una mentira, pero a veces, a veces la nostalgia puede más que yo… lo siento, no quiero que peleemos. – le dijo con esa mirada que él no podía resistir.
Porque Michael estaba perfectamente consciente de que ella podía hacer con él lo que fuera, su amor por ella era demasiado fuerte, sabía que él era quien amaba más, pero, eso no importaba, si la amaba lo suficiente, un día ella se daría cuenta de ello, y entonces tal vez… tal vez en lugar de anhelar un recuerdo, lo amaría a él, sin reservas, tal como lo había amado antes de que todo sucediera, antes del infarto de su padre, antes de tener que regresar a hacerse cargo de las empresas, antes de que Albert Andrew regresara a su vida, y la trastocara.
Michael creía qué dentro de esa mujer dolida, aún habitaba la linda joven que había cautivado su corazón, la que había abrazado un sueño de libertad, la que años atrás le había jurado amor bajo el naciente sol africano, mientras construían castillos en el aire.
Candy creía que sí se esforzaba, lograría olvidar, olvidar que un día no tan lejano había sido otra, una mujer locamente enamorada del hombre que cuando niña había llamado su príncipe, del hombre que había cambiado su forma de ver el mundo, del hombre al lado del cual todo lo demás palidecía, y que aún hoy, llevaba tatuado en el alma.
