Hola Chicas, un regalito del día del amor y la amistad atrasado... espero que la hayan pasado bien.
A mi amiga, que es cómplice de mi proceso creativo, la que relee mis capítulos infinitas veces, la que no me deja publicar hasta que mis letras no le hagan justicia al príncipe, la que me deja invadir su vida a todas horas, y tiene toda la paciencia del mundo a mi ansia de respuestas inmediatas... Gracias por todo... te quiero mucho, y te mando un abrazo.
RAA
Capítulo 15
22 meses antes. Highgate, Londres.
Jajajajajaja, ¿viste su cara? – Candy moría de la risa.
Sí, la vi. –
Nos van a matar.
O aprenderán a no presionarnos.
¿Tu tía Elroy?... jajajajaja, jamás, la próxima vez nos preguntará cuando le daremos un heredero a la familia.
Tienes razón, mejor no volvamos, porque ella se quedará con mis padres esta semana.
Jajajajaja, ¿y según tú a dónde iremos?
Primero a la ciudad, necesitamos hacer algunas compras.
¿Compras? ¿quedaste de verte con Neal?
No, ya verás.
Candy no podía creer que estaban en un almacén de deportes, pero ahí estaban, y Albert le iba indicando que echar, en cuanto quedó claro que tenía una aventura preparada ella lo detuvo por un segundo.
Ok, tienes algo planeado, y nada me gusta más que una aventura, pero si me dices a dónde vamos, puedo pensar con claridad, y ver que nada se nos olvide.
Arruinaras la sorpresa.
Así que solo debo seguir metiendo en el carro lo que digas.
Básicamente sí, y también debes escoger una de esas chaquetas, ropa para nieve, botas de trekking, toma, aquí está la lista de ropa que ocuparás, ropa cómoda, no quisiera regresar con mis padres por tú maleta, pero si quieres, eso haremos.
¿Puedo ir de compras dónde sea que será nuestro destino?
Por supuesto que sí, pero debemos llevar algo.
Candy no podía rechazar una sorpresa, amaba la aventura, y conociendo a Albert, sabía que sería fantástica, así que puso manos a la obra. Una hora después salieron del almacén cargados con lo necesario incluido un par de maletas, ninguno de sus celulares había parado de sonar, pero, no habían contestado.
¿No les diremos nada?
Mandaré un correo a papá una vez que hayamos despegado, diciendo que nos merecemos una semana de descanso, después de todo lo que hicimos, y que nos comunicaremos con ellos cuando regresemos a New York.
Les va a dar algo.
No te preocupes, Rose los mantendrá entretenidos con el tema de George, este fin de semana, y si no me equivoco Anne, hará lo mismo con tus padres con el tema de Archie, como siempre se alzarán de hombros ante las ocurrencias de su par de hijos rebeldes y se avocarán a planear el perfecto futuro de sus dos perfectas hijas.
Jajajajaja.
Abordaron un pequeño jet privado, y en aproximadamente tres horas aterrizaron en Reykjavik, la capital de Islandia, la ciudad que nunca duerme, en verano, es pintoresca, encantadora y mágica, Candy no podía creer que estaban ahí.
Wow…
¿Es todo lo que dirás?
No sé qué más decir, es agosto, si nos quedamos dos semanas podemos ver la aurora boreal…. Y mientras ver el sol ponerse a media noche…y podemos ir a la laguna azul, y Thingvellir, a las puertas del infierno, Hekla, a la playa de arenas negras, Reynsifjara, y ver los trolls convertidos en roca, y…. tendremos que quedarnos un mes para hacer todo lo que quiero. – le dijo ella con mirada decepcionada.
Jajajaja, si no podemos está vez, prometo que te traeré de nuevo para que veamos todo lo que quieras ver. – le dijo él con ternura ante su infantil emoción por la sorpresa.
Ella no supo que más decir, simplemente se lanzó a sus brazos, colgándose de su cuello, él la alzó del piso para corresponder el abrazo, y ella aprovechando que estaban frente a frente, le plantó un beso en la nariz. Él la apretó un poco más, y después la depositó en el suelo, abrió la puerta del auto compacto que habían rentado y cargado con sus maletas, y se dirigió al hotel.
La arquitectura nórdica, de líneas simples y funcionales predominaban en el lujoso hotel, Albert pidió una suite de dos habitaciones, los pisos eran de madera clara, todo decorado en blanco, con grandes ventanales que daban una vista espectacular de la ciudad, y un poco más allá, el mar.
¿Te gusta?
Es hermoso… ¿hace cuánto planeaste esto?
Ayer, en mi cama en el hotel, pensé que nos quedaríamos unos días en Londres con la familia, y después volaríamos acá, antes de ir a casa, pero, la tía Elroy hizo el favor de darme la excusa perfecta para escapar contigo. – su profunda voz la hizo vibrar.
¿A casa?
A New York, a nuestro penthouse. - le dijo él intencionadamente. Ella prefirió evadir el significado de ello. Aunque su mirada parecía gritarle lo que ella solo había soñado escuchar algún día de sus labios.
¿Qué haremos primero? – le preguntó con emoción.
Podemos dormir un rato, si quieres, descansar, tomarnos las cosas con calma… - le respondió él, sabiendo de sobra que ella tenía energía de sobra.
¿Dormir? – le preguntó un poco decepcionada
Han sido días agotadores, y en casa de mis padres no nos dieron oportunidad de nada, en cuanto llegamos había fiesta ya. – le dijo pacientemente, tratando de contener la risa ante su mirada de decepción.
¿Se estás volviendo viejo Sr. Andrew? –
Jajajajaja, no Srita. White-Rowan, pero quería verla hacer un puchero.
Ella se abalanzó sobre él para hacerle cosquillas y él pretendió luchar con ella, por supuesto, de haber querido hubiese podido contenerla sin esfuerzo, terminaron en el sillón con ella sobre él, muy cerca uno del otro, el cabello de ella se había revuelto, y él acomodó los rizos detrás de su oreja, acariciando suavemente su rostro, la cercanía era absolutamente tentadora. Podía sentir la respiración de ella agitarse, y el latir de su corazón acelerarse, el peso de su menudo cuerpo sobre él, y toda su suave anatomía recargada sobre su duro marco. Sus bocas estaban tan cerca, pero antes de que pudiera besarla, ella se puso de pie rompiendo la magia del momento.
Vamos a recorrer la ciudad, en bici, ¿quieres? – le dijo obviamente nerviosa
Me gusta la idea, vamos. – le respondió poniéndose de pie, aunque en realidad lo que había deseado era quedarse con ella entre sus brazos, para perderse en su aroma, y la suavidad de su cuerpo.
Como siempre, Candy no podía esperar, estaba llena de aventura, de emoción, de energía, así que tomó a Albert de la mano y lo hizo salir del hotel, en el lobby consiguieron un par de bicicletas, y se dedicaron a recorrer la ciudad.
La suave brisa marina golpeaba sus rostros, y su vista se deleitaba con la hermosa, limpia y joven ciudad, era finales de verano, y vibraba llena de jóvenes, ebrios de la belleza natural del país, emocionados y vigorizados por sus paisajes únicos, e inigualables, Candy y Albert se sumaron a esa energía que fluía ininterrumpidamente, algunas veces dejaron las bicicletas y caminaron tomados de la mano, para observar alguna tienda, y para degustar lo que podría ser considerado el platillo tradicional del país, un hot dog, con salchicha de carne de cordero, en un sencillo carro callejero.
Albert la observó degustar su manjar, cerrando los ojos, y disfrutando de la sencillez del lugar y del momento, eso era algo que él amaba de ella, su capacidad de disfrutarlo todo, de ser feliz en un humilde puesto de hot dogs, así como de disfrutar del más exclusivo restaurant gourmet.
Disfrutaron de un festival de música y de artistas callejeros, alrededor de las 11 de la noche manejaron una media hora hacia afuera de la ciudad en busca de un paraje solitario para ver el sol ponerse a la media noche, y el firmamento pintarse de colores, rosados, anaranjados y dorados, como en ningún otro lugar del mundo.
Encontraron un viejo muelle y caminaron hasta el borde, para sentarse, llevaban con ellos un thermo con chocolate caliente, y compartieron la taza, mientras observaban una de las más increíbles maravillas naturales que habían visto hasta entonces, la puesta del sol de medianoche, ella recargó su cabeza en su hombro, y él la abrazó, ambos guardaron silencio, disfrutando de su cercanía, y del magnífico espectáculo natural que atestiguaban por primera vez en sus vidas. Cuando el sol por fin se puso, y el cielo quedó deliciosamente coloreado con tonos que iban del fuego al rosado claro, ella en total complicidad y confianza volteó a verlo.
Estaban muy cerca el uno del otro, él no había dejado de abrazarla, y ella había levantado su rostro hacia él, con una mirada seria.
Albert, necesito preguntarte algo.
Dime.
¿Es cierto que pagaste el rescate de las empresas de John, para evitar que insistiera en casarse conmigo?
Albert guardó silencio, la pregunta lo tomó por sorpresa, además no creía que esa fuera información que muchas personas supieran.
¿Dónde escuchaste eso? – le preguntó seriamente.
Terry me lo dijo no hace mucho.
Es algo que no tenía por qué decirte.
¿Entonces es cierto?
No lo hice por separarte de él, sí eso es lo que estás preguntando.
Terry dijo que fue para salvarme de un mal matrimonio.
Eras joven, ingenua, inocente, y casi puedo asegurar que solo te habías topado con gente buena, no entendías los juegos de poder e influencias de nuestra clase, por eso eras la candidata perfecta para casarte con él… me enteré por accidente, y no podía dejar que eso sucediera, alguna vez cuando eras una niña te prometí que velaría por tu felicidad, y en nombre de esa promesa es que decidí intervenir. Te pido perdón si crees que hice lo incorrecto.
Candy lo miró a los ojos, ese hombre maravilloso que tenía frente a ella era su todo. Guardó silencio por un momento, poniendo a Albert nervioso.
¿Me perdonarás princesa?
No tengo nada que perdonar, pero si tengo algo que decirte, no tenías que pagar por nada, con que hubieses hablado conmigo hubiera sido suficiente, no necesitabas nada más, siempre he escuchado tus consejos…
Lo hubieras hecho antes, pero en ese entonces, hacia años que no teníamos contacto, y no quería que pensaras que me metía donde no me llamaban, así que solo me aseguré de que no salieras lastimada.
Candy lo vio con ojos de ternura, y Albert devolvió la mirada, no habían dejado de abrazarse, y hablaban tranquilamente, de pronto sintió que el momento había llegado, el tenía una cena espectacular planeada para el día siguiente, velas, flores, música, pero sentía que ese momento mágico, íntimo, era justo lo que quería que fuera su declaración de amor por ella.
Su dulce voz lo sacó de sus pensamientos, ella se apretaba un poco más a él y le decía.
Gracias, por traerme hasta aquí, por cada una de las aventuras, por los consejos, por tu apoyo, por darme un hogar, por rescatarme de la tía Elroy, gracias por estar ahí Albert. - sus labios estaban tan cerca, que por poco lo hacían perder la cordura, y el aliento.
Albert respiró profundo, tal cual lo hacía cuando estaba a punto de tirarse de un paracaídas, o lanzarse de un bungee, era tiempo, el momento había llegado.
Candy… Te amo. – le dijo él con voz profunda, y aunque él la sintió tensarse un poco ante la sorpresa de sus palabas no la soltó, sino que la acercó más a él, mientras la tomaba de la barbilla para hacerla levantar su rostro, y obligarla a no esconder su mirada de la de él. – Princesa mía, está vez no es un juego, ni una broma, no es por celos, o por competencia, es porque lo que siento por ti es tan desbordante, que no puedo callarlo más. Debo confesarte que cada una de nuestras escapadas ha sido con el único propósito de demostrarte que no te veo como una niña, de conocerte como mujer, que me conozcas, de compartir nuestros sueños, volver a ser amigos y Candy, he llegado a una conclusión, no quiero vivir sin ti, has cambiado mi mundo por completo, y me has hecho ver que mi vida estaba vacía sin ti en ella antes, quiero que nos demos una oportunidad, hiciste de New York mi hogar, con tu presencia, has cambiado mi vida, sé que me pediste que solo fuera el amigo, y el hermano, en estos meses, para poder sacar adelante los negocios, pero, no quiero perderme de ti, no quiero que pienses que no me importas, y que solo eres una amiga, quiero que sepas que eres la mujer con la que quiero compartir mi vida, no propongo que nos casemos mañana, pero, te pido que seas mi novia, y que nos demos una oportunidad de disfrutar nuestra química, nuestra complicidad, y el amor que sé que nos une. - El la miró con amor en sus límpidos ojos azul cielo, no había dejado de abrazarla, y estaba tan cerca de ella.
Albert… - su voz sonaba sin aliento, las emociones la embargaban, ahí estaba lo que había anhelado escuchar de sus labios por tanto tiempo, una parte de ella quería gritar de emoción, besarlo, sentirlo suyo… y la otra… la otra le gritaba todas las razones por las cuales era una locura siquiera pensar en tener una relación. Él pudo leer un poco de la tormenta en su mirada y acariciando su rostro con voz suave le dijo.
Dime lo que piensas. -
Tengo miedo… - soltó ella con un suspiro, regañándose mentalmente por no haberle dicho primero que también lo amaba.
¿De qué tienes miedo? – le preguntó Albert comprensivo, mientras la atraía para depositar un beso en su frente.
Tengo miedo de que no funcione, que te des cuenta qué no me amas, básicamente vivimos juntos Albert, esto no será empezar de cero, y a la vez sí, es complicado, las familias, los negocios, ¿Qué pasará si no funciona? - él sonrió ante sus palabras, todo eso era solucionable, y estaba en su poder acallar sus miedos.
¿Todo eso quiere decir que si me amas? – le preguntó con una sonrisa descarada y seductora en su rostro.
Albert… - le dijo ella sonrojándose y pretendiendo bajar la mirada una vez más.
Candy. – él sostuvo su barbilla para verla a los ojos. Ella le sonrió.
Te amo, por supuesto que te amo, me vuelves loca, ha sido una tortura y un paraíso estar a tú lado… -
Princesa, te prometí que no te besaría hasta no haber abierto mi corazón contigo, y sé que hay mucho de que hablar, pero por Dios que me has torturado todos estos meses…
Ella levantó su rostro hacia el como respuesta a sus palabras, anhelaba ese beso tanto o más que él. Él se acercó lentamente a su boca, sus cálidos labios asaltaron los de ella, con el dulce sabor del chocolate mezclado entre ellos, el tiempo y el mundo dejaron de existir, estaban ahí juntos, y ese era El Beso, aquel que ella había anhelado tanto, El Beso por el cual él había delirado.
Sellaron sus almas, sus mentes, sus cuerpos, con hambre y sed el uno del otro, con intención, pasión, anhelo, deseo y promesas no formuladas aún.
El asalto de su boca sobre la de ella era la cosa más deliciosa que Candy hubiese probado en su vida, perdieron la noción del tiempo, y por supuesto, cuando llegaron a su hotel era ya de madrugada.
Entraron en su suite, y continuaron con lo que habían puesto en pausa en repetidas ocasiones desde ese primer beso en el tranquilo muelle en lo que parecía, el medio de la nada.
Se acomodaron en el sofá e hicieron lo que hacen los enamorados, besarse, y hablar de nada, pensando que el tiempo no pasa, en algún momento los párpados de ambos comenzaron a sentirse cansados, y sin pensarlo dos veces Albert la tomó en brazos y la llevó a su cama, se quedaron dormidos abrazados, con ella sobre su pecho como tantas otras noches, y él acariciando su cabello, pero esta vez era diferente, esta vez, no había incertidumbre, ni interrogantes, sabían que se pertenecían el uno al otro.
A la mañana siguiente Candy abrió los ojos con ese sentido de irrealidad que a veces lo asalta a uno cuando lo que sucedió el día anterior parece increíble, pero la suave y profunda voz masculina le dijo que todo era real. Ahí estaba él, le había confesado que la amaba, y su corazón de niña, adolescente y mujer veía su más grande sueño imposible, vuelto una realidad, Candy sabía que sonreiría como una boba no solo por el resto del día, sino seguramente, por mucho tiempo, tal vez para toda la vida, estaba en la cama, envuelta en los brazos de su príncipe, ¿qué más podía pedir?
Buenos días preciosa. – le dijo mientras besaba su frente.
Buenos días… -
¿Qué estás pensando? ¿en nuestra aventura del día de hoy?
Tengo una pregunta.
Entonces hazla… aunque no prometo contestar sin un poco de incentivo… -
Y ¿qué espera como incentivo señor Andrew?
Tal vez un par de besos señorita White-Rowan. – le dijo él mientras la atraía a él para asaltarla con sus besos, sus manos recorrieron su espalda, provocando un escalofrío y después se enredaron en su cabello. Sus labios la acariciaron y su lengua exploró su boca, de manera deliciosa, apasionada, Candy estaba segura de que nunca antes la habían besado como él la estaba besando.
¿Lo tenías planeado? – preguntó ella sin dejar de besarlo, e incluso tentándolo al pretender corresponder a su beso, pero manteniéndose a centímetros de su boca.
¿Mmm besarte? Pues planeo besarte todo lo que pueda, siempre.
Jajajaja, no me refería a eso, sino a ayer. – la curiosidad era mucha, quería saber que tan intencional había sido su declaración.
No. No había planeado decírtelo ayer, sino hoy, en una cena romántica, pero si había planeado hacerlo en este viaje, verás princesa, no puedo seguir viviendo contigo siendo una tentación y jugando a que soy tu hermano mayor… ¿sabes cuantas duchas de agua fría he tenido que tomar en estos meses?
Jajajajaja, ¿Sabes cuantas veces he despertado empapada en sudor, porque en mis sueños hicimos cosas más que interesantes? – le replicó ella.
Pues, solo tienes que pedírmelo y haré tus sueños realidad… - le dijo él sugestivamente profundizando sus besos y haciéndolos más demandantes. Candy quería ceder, perderse en él, en las sensaciones, en sus besos, y las caricias de sus manos que viajaban por su cuerpo, suavemente, sin ser atrevidas o inapropiadas aún. Pero quería que hablaran, que se vieran como pareja primero, si habían resistido a Okinawa, y su paquete de Tentaciones, podían esperar un poco más.
Albert… ¿podemos ir lento? Te amo, y te he amado por tanto tiempo, que ya ni siquiera se cuando comencé a amarte, pero, lo que te dije ayer es cierto, tengo miedo, miedo de que no funcione, de que todo sea un espejismo, de perderte…
Mi amor, no vas a perderme, me haré cargo de acallar tus temores, y podemos ir tan lento como quieras… no me gustaría que te mudaras, me sentiría terriblemente solo, pero si es lo que necesitas, te ayudaré a buscar un departamento…pero, mi vida, quiero que lo compartamos todo, formemos la familia perfecta, Candy, no tengo dudas, estoy seguro de que te quiero a mi lado, como todo, hoy mi novia, algún día no muy lejano mi amante, mi mujer, cuando estés lista como mi esposa, la madre de mis hijos, la compañera de mi vida, no tengo dudas. Te amo y lo he callado por tanto tiempo que me rehuso a hacerlo de nuevo, quiero gritarle al mundo que eres mi novia, y hacer a un lado a todos los hombres que sueñan que tienen una oportunidad contigo, porque me voy a asegurar de que no la tengan.
¿Qué le contestas al hombre que no solo te pide que seas su novia, sino su esposa, y compañera de vida? ¿cómo ponerles más atención a tus dudas, a tus temores? Cuando estas en la cama con un hombre como pocos, sensible, amoroso, atento, pecaminosamente guapo… y muy seguramente, tan solo por la forma en que la besaba, y en que sus manos recorrían su cuerpo, un dios en la cama.
No hablemos de mudanzas por ahora, ¿quieres? Mejor bésame y hazme olvidar hasta mi nombre. - la realidad era que ella tampoco quería mudarse, amaba tenerlo cerca, su compañía la intimidad que compartían, siendo ellos, sin pretensiones, ni presiones.
Él le sonrió y volvió a reclamar sus labios, con esa pasión desbordante, con firmeza, con posesión, y ella se rindió a él, ¿qué más se puede pedir del destino, sino al amor de tu vida comiéndote a besos, en una hermosa mañana de verano? por supuesto no pudieron salir de la habitación hasta pasado el mediodía.
Pasaron las siguientes dos semanas visitando todo lo que ella había soñado, fueron a caballo hasta la laguna azul, y se sumergieron en ella, caminaron por la zona volcánica de la llamada puerta al infierno.
Recorrieron los tres parques nacionales, visitaron los geysers, la zona, dónde se une el continente americano con el euroasiático. Ambos tenían más que excelente condición física, y ver la naturaleza, mientras su burbuja particular de amor los cubría, era ciertamente embriagador.
Las parejas mayores sonreían al verlos juntos, caminando ajenos a las miradas de mujeres y hombres que se sentían atraídos por ella o por él, con ojos, solo el uno para el otro, era enternecedor ver a la menuda rubia, con una sonrisa traviesa conseguir lo que fuera del hombre alto, fuerte, y fornido, por cuyas venas, seguramente corría algo de sangre vikinga, de lo cual daba testimonio su altura, rubios cabellos, y ojos azules.
Por supuesto que los teléfonos se llenaron de correos, mensajes y llamadas, y por toda respuesta sus padres obtuvieron una fotografía de ambos besándose en el muelle dónde él le había declarado su amor, con el sol de medianoche de fondo. Después de eso, dejaron de molestarlos, Archie y George viajaron a New York a hacerse cargo de la oficina de allá, por el tiempo que fuese necesario.
Sus padres sabían bien, que no responderían, ni dirían nada, hasta que así lo decidieran, y que esa foto, podía ser tan fácilmente una broma, cómo su fotografía de bodas, así de locos e impulsivos eran Albert y Candy, así que simplemente respiraron profundo, y decidieron esperar a que volvieran.
Al principio de septiembre, él la llevó a la playa de arenas negras, Reynifsjara, tres monumentales formaciones de piedra enfrentan el constante embate de las olas, según la leyenda, son tres descuidados trolls que fueron atrapados por el amanecer y convertidos en piedra por los rayos del sol, ahí, en uno de los firmamentos más profusamente llenos de estrellas de su vida, contemplaron la mágica aurora boreal, con el sonido del mar de fondo, las imponentes formaciones rocosas frente a ellos, se deleitaron en las luces del norte, nadar en ese mar es imposible, pero ellos disfrutaron acampando, después de ahí irían a su último destino antes de volver a casa.
Albert la llevó a un último lugar, Finlandia, para ver la aurora Boreal desde un magnífico escenario, en el lejano norte del país se encuentran las Laplands, hermosos bosques cubiertos de nieve, y ahí, Albert había mandado construir en un área alejada y privada un enorme iglú con domo de cristal.
Candy entró al lugar maravillada, era imposiblemente bello, con pisos forrados en madera clara, y tres espacios habitacionales, lujoso y sencillo a la vez, había cojines, alfombras, frazadas calientitas, y todo el techo era de cristal, era como estar directo en el bosque, pero protegidos de las inclemencias del tiempo.
Albert… -
¿Acaso no es sensacional?
Es más que eso… no sé qué decir…
Dime que me amas. – le respondió él con una sonrisa.
Por toda respuesta ella corrió a sus brazos, él la recibió y la alzó para besarla, se perdieron el uno en el otro por largo rato, saboreando sus bocas, disfrutando de la cercanía, del calor de sus cuerpos, Albert la sostenía con sus fuertes brazos y ella había enredado sus piernas en la cintura de él, cada momento juntos los llevaba un poco más lejos, mas cerca a la intimidad total, las caricias subían de tono, y añoraban explorar todo del otro, pero, no fueron más lejos, porque el estómago de ella rugió con hambre, lo cual los hizo estallar en risa.
Vamos a comer algo, mueres de hambre. – le dijo él de buen humor, relajando un poco el abrazo.
Podemos seguir comiéndonos a besos. – le dijo ella traviesa y sugestivamente.
Nada me gustaría más, pero, no tenemos mas que unos tres días aquí, y no me perdonarás que no te enseñe el hermoso paisaje, además, planeaba cocinar… - le dijo él tentadoramente.
¿Salmón?
Sí, salmón y vegetales…
¿Postre?
Mmm puede que haya planeado que tú seas mi postre. –
¿Habla usted en serio señor Andrew? ¿se atreverá a dejarme sin chocolate? – le preguntó ella con un puchero.
Jajajajaj, no, habrá una deliciosa tarta de chocolate, y fresas, vamos, ayúdame.
Ella lo besó intensamente por otros diez minutos antes de dejarlo ir, y después se dirigieron a la perfectamente equipada cocina, a preparar su almuerzo, mientras lo hacían se alimentaban el uno al otro en la boca, por supuesto Candy no había podido resistir el chocolate o las fresas y comenzaron por ahí, le ofreció una fresa con chocolate y cuando Albert se acercó para tomarla ella embarró el chocolate en su boca en vez de darle la fresa, él dejó lo que hacía para hacer lo mismo, y terminaron en el piso de la cocina, él encima de ella, sosteniendo sus manos con una sola mano, para evitar que se moviera y llevando en la otra un gran pedazo de tarta que intentaba embarrar en el rostro de ella, Candy se movió y el chocolate terminó en su cuello, su pecho subía y bajaba, y Albert podía ver su blanca piel latir, acercó su boca al cuello, y limpió el chocolate con su lengua haciéndola estremecerse de placer sus pechos estaban tan cerca, y el anhelaba recorrer el camino completo… ella jadeaba bajo el peso de su cuerpo, y él la besó una y otra vez, mordisqueando a ratos su lóbulo, recorriendo con besos su cuello, hasta sus clavículas, aflojó las manos de ella, y ella tomó su rostro entre sus manos para acercarlo a ella y besarlo, mientras sus manos recorrían su cuello, y arqueaba su espalda, para acercarlo más a ella. El sonido de la alarma del horno fue el que los hizo separarse, él se puso en pie con renuencia, mientras le extendía la mano para ayudarla a levantarse, Candy pudo divisar su masculinidad haciéndose presente y sintió un escalofrío recorrer su cuerpo, quería que la hiciera suya, sabía que él esperaba por ella, y ella, ya no quería esperar más.
Albert la llevó a pasear por el bosque, después de que almorzaron, caminaron tomados de la mano, disfrutando de la naturaleza, de la soledad, de la compañía del uno del otro, se enfrascaron en una guerra de bolas de nieve, cuando la noche cayó, y el firmamento se llenó de estrellas regresaron a lentamente a su iglú, cansados, y felices. Se deshicieron de la ropa de nieve y las botas en una pequeña antesala especial para eso, y entraron vestidos con ropa deportiva, y calcetas.
Ve a darte un baño y yo prepararé algo de cenar. –
Te ayudo... –
¿No puedes estar un minuto sin mí, princesa? – le dijo él con voz seductora y sonrisa coqueta.
Jajajaja, eres un creído.
Confiésalo… - le dijo él con mirada sincera y divertida.
Ella se acercó a él, y lo miró directo a los ojos.
No, no puedo estar sin ti. – le dijo rozando apenas sus labios.
Ve, prepara la tina, es de hidromasaje, y según me dijeron cuando la instalaron es simplemente deliciosa.
¿Mandaste a construir esto?
Él guardó silencio, no había querido confesar que efectivamente, ninguno de los iglús que le mostraron en fotografías le gustaron, y decidió que sería magnífico tener uno propio… sobre todo, porque soñaba con compartir con ella ese tiempo, así que simplemente adquirió el terreno, y mandó construir el magnífico lugar que ahora disfrutaban.
¿Albert?
Sí, nada de lo que me mostraron me gustó, y estar contigo tenía que ser simplemente perfecto, mágico, así que, mande ingenieros, arquitectos y un equipo de construcción con instrucciones específicas.
Por eso este lugar tiene tantos detalles…
Tomaron fotos del penthouse de New York y decoraron en base a eso.
¿Hay algo que no puedas hacer?
No hay nada que no haría por ti, por nosotros… te amo… - le dijo atrayéndola a él para besarla. – ve a darte una ducha. –
Ella lo dejó por un rato solo, pensando, en lo maravilloso que era estar con él, y en que quisiera nunca irse de ese lugar, era perfecto.
Cuando Candy salió del baño llevaba un par de pantalones de seda y una blusa de tirantes de fino algodón, el ambiente dentro era más que agradable, Albert había encendido la fogata interior, y esparcido velas a su alrededor, el lugar olía a deliciosos aceites esenciales, y él la observó con tal intensidad que ella sintió escalofríos recorrer su cuerpo, se sintió tímida ante él, no era una virgen, ni una chiquilla, sin embargo, el la hacía sentirse así.
Ponte cómoda, regreso en 10 minutos. – le dijo mientras le entregaba una copa de exquisito vino de Madeira.
Candy lo observó desaparecer en el baño, y dio un sorbo a su copa, distinguiendo las notas .de caramelo y café características de un buen Malmsey, Candy buscó la botella ysonrió al darse cuenta qué estaba en lo correcto, era un Extra Reserve, un vino añejado por unos 20 años, simplemente delicioso. Albert había dispuesto en charolas frutos secos, dulces elaborados con almendras y miel, chocolates obscuros, fresas, algo de queso, todo se veía exquisito, Candy apreció las estrellas, y por primera vez se percató de la hermosa aurora boreal que se dibujaba en el cielo, aunque habían visto auroras en Islandia, no dejaba de ser mágico.
Estaba tan embelesada, que no se percató cuando Albert salió del baño, hasta que el aroma de su exquisita loción penetró sus sentidos, él la abrazó por detrás. Atrayendo su delicado cuerpo al de él, sintió que sus brazos estaban un poco fríos y los frotó suavemente con sus manos, esa caricia hizo que ella se estremeciera, sus cálidas manos recorriendo su piel desnuda Albert se sentó con ella en el cómodo sofá, la arropó con una de las finas mantas de cachemira de vibrantes colores que estaban esparcidas por el lugar, la abrazó, acomodándola entre sus piernas, para poder recostarse, y contemplar a través del magnífico domo las estrellas y las luces del norte, el paisaje era arrebatador, Candy estaba recostada sobre su pecho, y él dibujaba caminos por sus brazos y hombros, el suave peso de su cuerpo sobre el de él era excitante.
Esas semanas juntos habían sido increíbles, no solo habían vagado en complicidad, sino que se habían dejado llevar por sus sentimientos y emociones, el uno por el otro, aunque habían compartido la cama desde la primera noche, Albert había cumplido con su petición de llevar todo pausadamente, quería que ella estuviese segura, confiada, decidida, y aunque a veces había sido una tortura, Albert había hecho todo lo necesario, para no ir demasiado rápido.
El ambiente estaba cargado de magia, de belleza, de amor, sus sentidos se encontraban alerta, exacerbados, cada roce de su piel la hacía estremecerse, y desear un poco más.
Esto es simplemente bello. – le dijo ella.
Estar contigo es más que bello, princesa, ¿así te lo imaginaste?
¿Estar contigo?
Sí.
Albert, todo ha sido cien veces más increíble de lo que nunca imaginé, no tienes idea de cuanto te amo, y por cuanto tiempo… prométeme que nunca me dejarás. –
Te lo juro amor mío, nunca te dejaré, si quieres lo firmo en un contrato, me lo tatúo dónde quieras, hago lo que sea con tal de que estés segura de ello. -
Sus palabras la embargaban de emoción, de esperanza, de futuro, serían felices, serían esa pareja de la cual la gente habla sobre como se conocieron de niños, sobre como pasaron años amándose en silencio, y como al final terminaron juntos, tal como el mundo lo esperaba, y como ellos mismos se habían negado a ver antes.
Ella se giró para besarlo, pegando su cuerpo al de él, buscando su calidez y fortaleza, él deslizó su mano a su cintura, dónde su tibia piel lo recibió, en vez de su camiseta, y eso por supuesto, lo hizo sentir un escalofrío. Quería recorrer su piel con sus manos, y hacerle cosas innombrables.
Estaban ahí, tan juntos, tan cerca, tan cómplices, y tan enamorados, que era sencillo perderse en las caricias, en los besos, en la cercanía, esas semanas habían disfrutado el uno del otro, muchas veces rebasando el límite de la cordura, y de lo que algunos podrían llamar decencia, pero no se habían entregado por completo.
La textura de la seda de los pantalones de ella jugaba con la suavidad de su piel, su suave y delgada camiseta se pegaba a su silueta, su beso se hizo más profundo, más hambriento, y demandante, ella estaba sobre él una vez más, amoldando su cuerpo al de él, disfrutando de saber que ese hombre que sabía muchas codiciaban era suyo, suyo y de nadie más.
En algún momento del recorrido de sus manos por la perfecta anatomía del hombre que era su novio, la excitación de él se hizo evidente, lo cual la hizo sentir como la emoción y la adrenalina corrían por su cuerpo, sus besos y su cuerpo eran los responsables de la obvia respuesta del hombre que, por muchos años, para ella había sido un imposible.
En ese momento Candice Whit- Rowan se sintió como una diosa, y lo era, tenía a su merced al hombre más apuesto de la tierra según la revista Forbes, y claro, según ella y según cada mujer que se topaba con él.
Recorrió su torso, levantó la camisa de él y metió sus manos debajo, para acariciar su piel desnuda, quería sentirlo piel con piel, beber de su aroma y embriagarse con el sabor de su cuerpo.
Candy, princesa, debes parar, o no responderé de mí… - le dijo él mientras sus manos recorrían la espalda femenina por debajo de su blusa.
No quiero que pares. Quiero ser tuya, aquí y ahora. – le respondió ella con atrevimiento.
Mi amor…- fue todo lo que él pudo decir, moría por hacerla suya, y esas breves palabras eran todo lo que necesitaba escuchar de ella.
Candy gimió, él la tenía a su merced, se dejó llevar, disfrutando de su provocación, de sus labios recorriendo su cuerpo, y sus manos trazando senderos por su piel, pero eso no era suficiente, todo su ser vibraba y gemía por él.
Albert quería probar su piel, beber de su fuente, recorrer con su lengua lenta y tortuosamente sus pechos, hacerla llorar de placer, y gritar su nombre sin aliento, recorrió traviesamente con su boca cada centímetro de su piel, su lengua exploró sus rincones secretos, y sus manos, la acariciaron, a veces suave, a veces rudamente, estrujando, disfrutando, sintiendo como su suave carne se amoldaba deliciosamente en sus manos, como ella se estremecía bajo su toque, bajo el peso de su cuerpo, como se rendía a su perturbadora masculinidad, mientras él bebía de su fragilidad y desbordante belleza.
Albert la hizo ponerse en pie y mientras la acariciaba se deshizo de su ropa, separándola de él un momento para contemplarla, el fuego prestaba calidez salvaje a su blanca piel, sus pezones se asomaban orgullosamente erguidos a través del encaje de su sujetador, y él acercó su boca a la de él, para recorrer sus labios con su áspera lengua, la delicada caricia la hizo estremecerse, sus manos recorrían su espalda, y con habilidad deshicieron el broche de su sujetador mientras besaba su cuello, y con suavidad deslizaba los tirantes de la delicada prenda, rozando con sus yemas las erguidas protuberancias. Después la hizo voltearse para darle la espalda, y se dedicó a recorrer con su aliento su cuello sus hombros, apenas rozándola, tentándola deliciosamente, ella sentía que no podía contenerse, sintió como la humedad creció dentro de ella, y un dolor vago en su intimidad, que pedía a gritos ser saciado, pero cuando intentó voltearse, sus manos fuertes la detuvieron, y siguieron con su exquisita tortura, besando su nuca, su espina dorsal, hasta dónde la espalda cambia de nombre, y recorrió sus muslos con sus manos, y trazó su camino de regreso hasta su nuca, dejando su cuerpo y su calidez la envolvieran ella, su erección rozando su trasero la hicieron rogar por sentirlo dentro.
Ella se giró, y lo atrajo a ella para besarlo, enredando sus piernas en su cintura, recargando su pelvis contra la de él, buscando ansiosamente esa parte de su anatomía que podría aliviar su ansiedad.
Él gruñó excitado ante su movimiento, y la besó un poco más, trazando sendas con su boca sobre su blanca piel, la depositó con cuidado sobre la mullida alfombra, besó desde su rostro hasta sus pechos, rozó con su lengua sus pezones, los succionó con suavidad, y sus manos descendieron a sus caderas, besó su torso y continuó hasta su pelvis besó su cadera, mientras con sus manos deslizaba sus pantaletas en una larga caricia, regresó por el mismo camino, deteniéndose a besar y mordisquear, sorprendiéndola con su lengua penetrando su intimidad brevemente, la torturó hasta que pudo sentirla rendirse a él, sus sentidos tan despiertos que apenas un roce la hacia gemir, y cuando fue obvio que ninguno de los dos podía esperar más, cuando ella rogó porque su masculinidad entrara en su cálida y estrecha intimidad, él la complació, se puso en pie, y lentamente se deshizo de su ropa ante la mirada atenta de ella.
Candy observó el magnífico cuerpo, que parecía cincelado por Miguel Ángel, se sentó y extendió sus manos para atraerlo a ella, acariciando con sus manos sus firmes líneas envolviendo en ellas su pulsante miembro, su rigidez la excitó y la hizo gemir de placer, el sonido gutural de la garganta de él le dio valentía, y con atrevimiento lo llevó a su boca para recorrerlo con su lengua, él disfrutó por un momento, pero luego la detuvo, y la recostó sobre su espalda para llenarla de besos una vez más, el peso de su varonil cuerpo sobre ella era simplemente delicioso, ella enredó sus piernas en su cintura, y él la penetró con tortuosa lentitud, Candy sentía que perdía todos los sentidos, la ansiedad de tenerlo dentro, mientras movía sus caderas rítmicamente, haciendo que cada centímetro de su intimidad disfrutara de su entrada y su salida.
Albert estaba haciéndole el amor volviéndose uno con ella, no era un simple acto carnal, era sublime, heréticamente glorioso, era una oda al amor, una alabanza al creador, encarnando no solo el deseo, sino el amor, la devoción, la entrega, se amaron lentamente, prolongando cada segundo, yendo cada vez más profundo, llevándola a nuevas alturas, ni siquiera todos los místicos colores de la aurora boreal se comparaban con ese momento, de hacerla suya, de llevarla al cielo, de deslizarse rítmicamente dentro de sus suaves y húmedo pliegues, sintiendo como con cada movimiento él mismo se ensanchaba, y endurecía más allá de lo que ella hubiese creído posible.
Cuando la escuchó gritar y gemir su nombre, recibiendo las evidentes convulsiones de placer que sacudían su delicado cuerpo incontrolablemente, él mandó al demonio el férreo control que había ejercido sobre su cuerpo hasta el momento, para unirse a ella en ese fabulosamente agónico canto de placer.
Pero una vez no era suficiente, no después de tanto tiempo, y de tanta espera, pasaron la noche enredados en los brazos del otro, dedicados a placeres carnales, para algunos, sublimes para ellos, se amaron con calma, con devoción, con intención, ninguno había estado antes así con alguien, fue una primera vez, una primera vez de poder disfrutar en perfecta sincronía, de la arrebatadora armonía de jugar a hacer música con el cuerpo de la persona amada, de hacer el amor en toda la extensión de la palabra, porque más allá del deseo, la pasión y la lujuria, entre ellos había, complicidad, ternura, amor.
Degustaron los placeres de sus cuerpos, hasta tocar el cielo, una y otra vez, hasta qué al fin, saciados, rendidos, y satisfechos de haber consumado su amor después del foreplay más largo de sus vidas, cayeron rendidos, uno, en brazos del otro, con una sonrisa y un te amo en los labios.
Disfrutaron el uno del otro, totalmente ajenos al hecho de que con el inicio de su relación tenían el potencial de cambiar sus vidas, y las de sus familias radicalmente y para siempre.
