Hola Chicas, un placer saludarles, mil gracias por su calurosa acogida. Les hago entrega de un capítulo más de esta historia, espero que les guste.
Bendiciones.
C... thanks.
RAA 18
El pasado no quería quedarse en su lugar, dónde le correspondía, Candy caminó hacia la cocina, tomó una copa y se sirvió vino blanco, cerró los ojos tratando de retener el recuerdo de los besos y las caricias de Albert y en no pensar en nada más, pero como siempre, las lágrimas calientes rodaron por sus mejillas y el recuerdo según ella enterrado tanto tiempo atrás salió de su tumba para atormentarla como hacia años que no lo hacía.
Candy se sentó en la semi oscuridad en el sillón favorito de Albert, llevaba puesta su camisa y un par de shorts, aun sentía su masculino aroma sobre su piel, y recordaba su cálido aliento recorriendo su cuerpo y haciéndola sentir amada, única, especial.
Ahora estaba sola, sola por otras tres semanas, extrañándolo, añorándolo y ahora recordando porque estar a su lado no era una buena idea.
10 años atrás, mañana después del cotillion.
Candy se levantó temprano, sabía que Albert no estaría muchos días en New York, así que se arregló con rapidez y bajó las escaleras de dos en dos, habían quedado de desayunar juntos, aún era temprano, pero ella quería prepararle waffles, cuando pasaba por la entrada vio un sobre con su nombre, lo tomó y con curiosidad lo abrió.
Sacó un recorte de periódico la foto de su madre estaba al frente, un hombre la abrazaba, pero no era su padre, Candy no entendía bien de qué se trataba lo que tenía entre sus manos, pero le quedaba claro que no podía leerlo ahí, regresó a su habitación y cerrando la puerta tras de sí comenzó a leer.
Al parecer, no todo es idilio en casa de los White Rowan, la fotografía tomada muestra a la hermosa Katherine White-Rowan, siendo abrazada íntimamente por un hombre, quien definitivamente no es su esposo Victor.
Siempre se les ha considerado la pareja perfecta, y su hermosa hija Anne de apenas dos años es una verdadera princesita, pero al parecer no todo es dicha y felicidad, mucho se ha hablado sobre la crisis matrimonial que vive la pareja, sin embargo, hasta el día de hoy no había pruebas sobre ello. ¿quién será el misterioso hombre en cuyos brazos se refugia Katherine?
Del sobre salieron otros recortes similares, así como fotografías tomadas con un lente periodístico, los artículos y recortes eran obviamente de tabloides, e incluso algunos parecían no haber sido aprobados para su publicación entre ellos, uno dónde se cuestionaba la paternidad de Victor White-Rowan sobre la segunda hija del matrimonio, Candice White-Rowan.
La mente de Candy era un torbellino, y algo más entre el montón de papeles la hicieron sentir como su mundo se desmoronaba a su alrededor. Una prueba de paternidad, que sin duda alguna afirmaba que Victor White-Rowan no era su padre.
Un torbellino de emociones la asaltaban, toda su vida era una mentira, su mundo no era real, las fotografías felices de su madre embarazada y un igualmente feliz Victor no podían ser reales, ella era hija de alguien más, tal vez por eso no se sentía identificada con su madre.
¿Cómo su madre había podido cometer semejante atrocidad? ¿Qué pensaba su padre? ¿Qué debía hacer ella? Por más que daba vueltas en su cabeza, no lograba llegar a una respuesta, se sentía enojada, sucia, traicionada, estúpida por haber cumplido con un arcaico ritual elitista como lo era el cotillion, enferma por la hipocresía, siempre había creído que el matrimonio de sus padres era perfecto, que eran una familia feliz, que ella era una hija amada y deseada, y ahora se enfrentaba con una terrible verdad, era producto de una infidelidad, su madre había humillado a el hombre más bueno e increíble que ella conocía, su padre.
Tal vez si Candy hubiese tenido más de 16 años hubiera reaccionado de forma diferente, enfrentado los hechos, preguntado, pero en ese momento su identidad era fracturada en un momento tan crítico de su vida, su mundo se derrumbaba, y ella simplemente quería huir, estaba enojada, furiosa, a decir verdad, herida y dolida.
Sin pensarlo tomó su bolso y las llaves del hermoso auto que le habían regalado hacia apenas un par de días, y salió cuidando de no ser vista por nadie, abordó el auto y condujo con el rostro empañado en lágrimas, y un torbellino en su mente, la ira se apoderó de ella, y aceleró, manejaba por la carretera costera, tenía poco de haber aprendido a manejar, y su estado de ánimo e inexperiencia al volante le cobraron factura, en una curva pronunciada frenó, por el exceso de velocidad que llevaba, lo cual hizo que perdiera el control de auto, el magnífico BMW rebotó contra las vayas de contención, varias veces, antes de caer en un poco profundo barranco, Candy no supo de ella sino hasta tres días después.
Su mente salió de la bruma de la inconsciencia, su garganta se sentía terriblemente seca, y la luz era demasiado fuerte, pero abrió los ojos y miró a su alrededor, su madre y su padre estaban sentados en el sillón, al lado de su cama, alguien sostenía su mano, mientras le leía algo… uno de sus libros favoritos…enfocó la mirada, y lo vio, Albert, su príncipe estaba sentado a su lado, sosteniendo su mano, mientras sus padres descansaban, obviamente agotados, su madre recargada en el hombro de su padre, mientras él la abrazaba.
El recuerdo de todos los recortes de periódicos que había escondido en su habitación antes de salir hacia el auto la asaltaron, un dolor agudo y penetrante martilló en su sien, obligándola a gemir, el apuesto rubio levantó la vista y sonrió con preocupación cuando vio su rostro lleno de lágrimas.
Pequeña, has vuelto con nosotros. – le dijo mientras depositaba un suave beso en su frente.
¿Qué… sucedió?
Me dejaste plantado para desayunar y de paso destrozaste un hermoso auto. – le dijo él con tono de reproche y sonrisa bromista, pero había preocupación en su mirada.
Antes de que Candy pudiese responder algo, su madre y su padre estaban ahí, sus voces les habían despertado, entre lágrimas y caricias con alivio llamaron al doctor, quien después de revisarla logró tranquilizarlos.
Cuando le preguntaron que había sucedido Candy guardó silencio, y les dijo que no recordaba nada, lo atribuyeron a una leve amnesia selectiva debido al trauma, y cuatro días después, volaba sola a un resort con la excusa de descansar, había convencido a su padre de que quería estar sola, que quería descansar, a regañadientes accedió a que la acompañara su nana, pero Candy aparentó ante todos que nada había sucedido.
No soportaba conocer el engaño, pero tampoco podía con la posibilidad de confrontar a sus padres, porque evidentemente, ellos habían superado lo que fuese que había sucedido, la lógica le decía que ella debía hacer lo mismo, pero, por algún tiempo le pareció imposible, y en su inmadurez se rebeló, se rebeló de la forma que a ella le pareció propicia, simplemente se alejó de todo y de todos, de los planes que habían trazado para ella, de los viajes familiares, de la vida opulenta, convenció a Victor de permitirle llevar una vida relativamente normal, viviendo en dormitorios de la universidad, vistiendo con sencillez y negándose a asistir a cualquier acto de sociedad, al principio se escandalizaron, después se acostumbraron, tuvieron un poco de esperanza cuándo comenzó su relación con John Hadleigh, y la perdieron tiempo después cuando se desapareció en África.
Para cuando regresó a América, ella ya no era una chiquilla, y en algún momento había entendido que la rebeldía de nada le había servido, al final del día había regresado a casa, a la vida que sus padres habían diseñado y planeado para ella, a lo largo de los años Eliza Leagan le había mandado nuevos datos, pequeños y grandes recordatorios, y ella había pretendido ignorarlos todos, Eliza no tenía forma de saber que tan profundamente había herido a Candy, pero no se dio por vencida.
Ahora, volvía, Candy sabía a sus 26 que no podía dejarse amilanar por Eliza, ella era feliz, si era o no hija de Victor era algo que no le importaba, amaba a su padre, y a su madre, y creía firmemente que los problemas entre ellos eran producto del pasado.
Decidida se puso en pie, no había nada que Eliza pudiera decirle que fuera a arruinar su felicidad o eso era lo que ella pensaba.
Apagó las luces y se fue a dormir, tal vez lo más sensato era hablarlo con Albert, pero era un secreto que había guardado para ella misma por tanto tiempo, además no era algo que hablaría por teléfono, tenía que buscar el momento oportuno.
Al día siguiente comenzó su día con un poco de yoga para calmarse, e iniciar el día con su mejor actitud zen, Candy no era una mujer completamente abierta, o que dijera todo lo que pensaba, por muchos años había guardado silencio sobre lo que ella creía era el secreto más horrible de su vida, a nadie le había dicho lo que había sufrido, a nadie le había explicado, que además de darse cuenta que no estaba lista para casarse con John Hadleigh, otro factor para que ella se retirara había sido el temor al escándalo que Eliza le había jurado dejaría caer sobre su familia. No por ella, sino por su familia, por sus padres, por Anne. También un poco por los Andrew, un escándalo los afectaría a todos.
Cuando terminó su rutina de ejercicio se dio una ducha, y se vistió cuidadosamente, ese día su agenda estaba llena, debía revisar cosas con Anthony y con Patty, ya que tenían una comida con Richard Grandchester, siendo diciembre el aire era frío, y la exquisita moda de invierno estaba a su alcance, llevaba un fino vestido corto de lana color vino, con un espectacular abrigo oversized color mostaza, mayas ankle boots de fina piel con altísimos tacones.
Se dio una última mirada en el espejo y salió rumbo al lobby, Anthony iría por ella esa mañana, así aprovecharían para platicar en el auto sobre diversas cosas que debían hacer en las próximas tres semanas antes de viajar a Londres y tomar un merecido descanso.
El portero abrió la puerta del soberbio Alfa Romeo color gris plata que Anthony conducía esa mañana, y él la recibió con un beso en la mejilla y una sonrisa en su guapo y bien afeitado rostro, llevaba un traje color gris, por supuesto ajustado a su magnífica figura y un abrigo de exquisita lana color carbón.
Buenos días, bonita, esperaba encontrarte un poco ojerosa.
Jajajaja, y según tú, ¿por qué sería así?
Porque mi querido primo se fue ayer en la noche.
Pues tenemos mucho que hacer y no hay nada que un magnífico corrector no pueda esconder. Deberías intentarlo de vez en cuando. – le dijo en tono de burla.
Touché. Querida.
¿Qué te ha robado el sueño, mi querido Anthony?
Me quedé trabajando hasta tarde… hay algo que debo decirte, y que tal vez no te gustará tanto.
¿Algún escándalo?
No. Pero no comeremos con Richard, sino con Terry.
Vaya… meses sin ver al agradable Terry Grandchester.
Según escuché aprendiste a manejar su humor oscuro.
Jajajajaja, sí, pero a Albert no le gustó la forma en la que lo logré, así que sin el presente debo comportarme.
Sí, sería lo más sensato. Te mandé al correo algunos puntos que debemos discutir con él, pero supongo que no los has leído, toma el tiempo de hacerlo.
Está bien, tú conduce mientras yo leo.
Candy tomó su ipad y analizó el documento, platicaron de algunas otras cosas y por fin llegaron a las oficinas, cada quién tenía cosas que hacer durante el día, y justo antes de irse alguien llamó a su puerta.
Sin levantar la vista de los documentos que revisaba autorizó la entrada, y el empalagoso aroma de un fino perfume llenó la habitación. Candy levantó la vista y se encontró con una hermosa pelirroja, llevaba un ajustado vestido color azul marino que iba perfecto con la cremosa complexión de su piel, su largo cabello estilizado divinamente, altos tacones, y un fino abrigo de piel, Candy se preguntó, como era que alguien de su generación se atrevía a usar un abrigo como ese, era simplemente políticamente incorrecto, pero si no se equivocaba, a Eliza Leegan eso la tenía sin cuidado, Candy respiró profundo, era sin duda un abrigo de marta cibelina, y sabía bien que no había video que pudiera enseñarle sobre el tratamiento de esos lindos animalitos por la industria peletera que hiciera que la pelirroja se arrepintiera de sus malos caminos.
Eliza.
Candice, ¿recibiste mi nota ayer?
Eliza, no tengo tiempo para tus juegos, creo que hace diez años que debiste dejarlos de lado, a los 16 tiene sentido, querer ser una mean girl, pero a los 26 es ridículo.
Querida, nada es ridículo, creo firmemente que mi deber es salvaguardar el honor de mi familia.
¿Tú familia?
Los Andrew, por supuesto, nuestro linaje es tan antiguo que es una imprudencia de parte de mi querido primo Albert querer manchar el buen nombre de la familia con una unión inadecuada.
Candy quería reírse en su cara, los Leegan eran parientes políticos de los Andrew, porque la tía Elroy se había casado con un viudo que tenía una hija, la madre de Eliza, y por supuesto no había vínculos de sangre entre ellos y los Andrew. Además, en pleno siglo XXI era una estupidez hablar de ello, era tan ridículo como que alguien se atreviera a echar a Neal de la familia por sus claras preferencias sexuales.
Eliza, creo que mancha más el buen nombre de la familia tu abrigo de piel, ya que somos reconocidos como un consorcio ecológico, ético, en pro de la vida animal, etc…
Así que crees que el escándalo no los afectaría.
El escándalo de que mi madre haya tenido un supuesto affaire hace más de 26 años… no, la verdad creo que no nos afectaría… Eliza, no estoy para tus juegos, Albert me ama, y yo lo amo, y nada, absolutamente nada de lo que puedas venir a decirme cambiará ese hecho.
La pelirroja observó a la menuda rubia, menos voluptuosa que ella, y con finas pecas salpicando su rostro siempre le había parecido insignificante, y nunca había entendido como era que su guapísimo tío político se pudiera fijar en ella.
Candice, no me retes, porque sin duda, te pondré en tu lugar.
Eliza, haz el favor de salir de mi oficina antes de que llame a seguridad.
Antes de que Eliza pudiese responder la puerta se abrió, y Sonia Castelán entró. ¿Qué acaso esa mujer no sabía llamar a la puerta jamás?
¿Sonia? – preguntó con una mirada seria.
Lo siento Candy, venía a entregarte lo que me pediste para tu reunión con los Grandchester, pensé que estabas sola.
¿Sonia Castelán, cierto? – preguntó la pelirroja con interés, nunca le había prestado atención a la mujerzuela perteneciente a una minoría racial que había sido novia de Albert, pero, ahora, de pronto le interesaba.
Sí, disculpe, ¿la conozco? – preguntó la morena a la pelirroja.
Eliza Leegan, familiar de William… - dijo tratando de ver la reacción de Candy, no hubo sorpresa alguna, la rubia sabía perfectamente quien era Sonia Castelán.
Sonia, la señorita Leegan es la sobrina política de Albert Andrew. Eliza, Sonia es nuestra directora de investigación. – dijo la rubia resignada a ser cortés.
Mucho gusto señorita Leegan. –
Eliza, por favor. –
Sonia en todo caso…-
Dios, no cabía duda que los lobos se atraían unos a otros pensó Candice, reprendiéndose poco después por su pensamiento, Sonia no le había dado motivos para pensar así de ella.
Eliza, Sonia, lamento interrumpirlas, pero estoy ocupada, ¿Serías tan amable de acompañar a Eliza al elevador? – preguntó a Sonia deseosa de deshacerse de ambas.
Por supuesto, toma, cualquier cosa me llamas.
Eliza, fue un placer verte como siempre. – le dijo con su mejor sonrisa irónica, que sabía ponía furiosa a la pelirroja.
Candice, volveré a visitarte, después de las fiestas, espero que para entonces hayas decidido ser más prudente.
Felices fiestas Eliza.
Dijo la rubia cerrando la puerta tras las mujeres, Dios, eran sin duda un martirio. Puso su atención en los papeles y poco después escuchó que su puerta se abría de nuevo, levantó la vista dispuesta a fulminar con la mirada a quien fuera que se atrevía a entrar a su oficina sin permiso una vez más, pero se encontró con Anthony.
¿Me estoy volviendo loco o vi a Eliza y a Sonia caminar juntas hasta el elevador?
No te estas volviendo loco
¿Qué quería?
¿Eliza?
Sí, Eliza, y ¿cómo conoce a Sonia?
Acaba de conocerla… y quería revivir nuestra adolescencia al parecer… ya sabes actuar como la perfecta Regina George, y pretender que es la reina de la graduación.
Jajajajajaja, ¿vino a molestarte?
Sí, pero, es Eliza, ya estoy acostumbrada a lidiar con ella.
Claro, tal como lidiaste con ella después del cotillion.
No sé de qué hablas
Sí lo sabes, te fuiste por 10 años Candy, y a mi nadie me quita de la cabeza que Eliza tuvo que ver con ello.
¿Cómo llegas a tan magnífica conclusión?
La vi dejar un sobre con tu nombre, temprano, antes del accidente.
Anthony, por Dios, te has inventado toda una historia, era solo una tarjeta de felicitaciones.
¿De parte de Eliza?
Raymond debió obligarla a escribirla.
Eso no lo puedo creer, pero, está bien, como siempre no dirás nada, solo te pido que las pongas en su lugar a ambas de ser necesario.
No te preocupes por mí no soy una niña de 16 años, he crecido, y sé que a las Elizas del mundo es mejor ignorarlas. ¿nos vamos ya?
Sí, ¿te dio Sonia los datos?
Así es, míralos tú mismo.
Vamos, Patty ya espera por nosotros en el lobby.
El par de rubios salió de la oficina, por supuesto que atraían miradas a donde quiera que fueren y a veces, a veces confundían a Anthony con Albert y publicaban fotos de ellos, en vez de fotos de Albert y ella, por supuesto, las fotos con Anthony solían hablar de una posible diferencia entre la pareja, ya que nunca aparecían en actitudes íntimas. Ninguno de los tres se tomaban la molestia de aclarar nada, después de todo sabían de sobra que era consecuencia de vivir en el ojo del público.
Patty esperaba por ellos, como siempre se veía linda, ese día vestía de rojo, engañosamente sencilla como siempre. Sus modernas gafas color azul rey de diseño atrevido conferían un aire chic a su rostro, Patty era una mujer segura de sí misma, moderna, consciente de quien era y lo que quería lograr, en cierto modo era el punto medio entre Anne y Candy, porque asumía su realidad con sencillez y aplomo, mientras Anne era todo menos sencilla, y Candy aún no tenía el aplomo de una mujer acostumbrada a moverse en ese mundo, pero para Patty todo era su realidad, y lo aceptaba con serenidad y compostura, un simple hecho de la vida.
Observó a los rubios acercarse, hablaban con naturalidad entre ellos, eran muy buenos amigos, y un poco de la preocupación que había sentido cuando vio a Eliza y a Sonia juntas se desvaneció, Candy venía de buen humor, sonriente, y como siempre vacilaba con Anthony.
Sonríes porque no te topaste con las brujas asumo.
¿También viste a Eliza?
Sí, ¿Qué quería?
Ya sabes, tenía que venir a soltar un poco de veneno, pero me siento importante de que se tomara la molestia de venir a molestarme hasta mi oficina. – le respondió Candy con una sonrisa burlona.
¿Y Sonia?
Sonia me hizo el favor de acompañarla hacia afuera de mi oficina.
Debiste haber llamado a seguridad, hubiese sido más divertido.
Sí, tal vez, pero ahora, dejémoslo, necesito toda mi actitud zen para lidiar con Terry.
Jajajajaja, bien, mira ya le entregaron el auto a Anthony, vamos.
Anthony les abrió la puerta al par de guapas chicas y les ayudó a subir, para después conducir a uno de los restaurantes más exclusivos de la ciudad, discutieron sobre negocios en el camino, el reporte que le darían a Terry, y un par de propuestas nuevas de negocios, en los meses transcurridos, de alguna forma se habían acoplado como un buen equipo de trabajo.
Llegaron al restaurante un cuarto de hora antes de lo acordado con toda intención, para así revisar que todos los detalles estuviesen listos. Con puntualidad inglesa el apuesto hijo del duque de Grandchester entró al lugar, elegante e impecable como siempre levantó un tributo de miradas y murmullos con su entrada al lugar, se dirigió hasta la mesa dispuesta en un semi privado, alejada del bullicio, y saludó primero a la encantadora rubia, que se veía francamente espectacular, y después a Patty, a ambas les besó la mano y les dijo alguna galantería, y aunque a muchas otras las hubiese hecho sonrojar con sus atenciones el par de mujeres solo le sonrieron con cortesía, lo cual le indicó una vez más a Terrence que este era el tipo de mujeres que valía la pena, en las cuales uno considera para casarse, no para pasar el rato, y como siempre una inesperada ola de respeto corrió por su cuerpo.
Hermosas como siempre mis queridas damas, díganme, ¿me hará el favor alguna de ustedes de sacarme de mi miserable soltería?
Grandchester, no sé porque piensas que es un cumplido pedir algo así a un par de mujeres, es como si dijeras que no importa quien, al final las dos somos lo mismo. – le dijo Patty con toda seriedad.
Jajajajaja, no son lo mismo, pero a decir verdad son de las pocas señoritas decentes que tengo el gusto de conocer, y estoy completamente seguro de que cualquiera de las dos le parecería más que adecuada a mi padre.
Así que al final del día se trata de complacer al duque. – le dijo Candy burlonamente.
Ninguno de los tres podría negarme que al final del día es precisamente de eso de lo que se trata, tú estás aquí por tu padre, Patricia es una chica de sociedad que no aceptará un mal partido por no ofender a sus padres, Anthony, maneja decorosamente las relaciones públicas de la familia en vez de correr autos de carrera, por la misma razón, y yo soy playboy disfrazado de hombre de negocios, porque perseguir una carrera de actor le hubiese resultado escandaloso al duque, así que, ¿qué dicen? ¿me ayudan a cumplir con mi destino?
No gracias Terrence, yo paso. – le dijo Patty con completa seriedad
Opino lo mismo, milord, según recuerdo vinimos a hablar de negocios además de que debo recordarle que yo tengo una feliz relación.
Claro, tú y Albert tenían que ser la excepción, encontraron el amor en el estrato social correcto. – le dijo con una sonrisa burlona mientras daba un sorbo a su whiskey.
Bien, Grandchester, si ya terminaste de filosofar sobre los propósitos de nuestras vidas, y si te parece podemos ordenar, y llevar la comida en paz, mientras te ponemos al día y te damos la propuesta de negocios. – le respondió Anthony, a quién el aristócrata nunca le había parecido especialmente simpático.
Cómo gustes mini Andrew. – le respondió Terrence, haciendo alusión al hecho que siempre utilizaba en contra de Anthony, ser una copia al carbón de Albert Andrew.
Anthony lo ignoró y llamó al mesero, el resto de la comida transcurrió entre pláticas de negocios, después de todo, Terrence si sabía lo que se esperaba de él, y lo cumplía con cabalidad, en algún momento, por azares del destino Candice y él se quedaron solos por un momento, y la rubia lo sorprendió con una pregunta inesperada.
Dime Terry, ¿puedes ponerme en contacto con tus socios personales de negocios?
¿Mis socios personales?
Sé de sobra que hay negocios que se hacen por cuenta propia, no en nombre de la familia.
¿Quieres hacer negocios por tu cuenta?
Claro, es lo que todos hacen.
¿Puedo preguntar porque me lo dices a mí y no a Anthony o a Albert?
Porque ninguno de ellos cree que soy realmente capaz de manejar los negocios por mi cuenta, y quiero darles una sorpresa.
Es un tema delicado Candice…
Nadie sabrá que los contactos vinieron por tu cuenta, ahora bien, puedo buscarlos por mi misma, si o quieres ayudarme.
No puedes negociar ingentes cantidades de dinero con cualquiera.
Lo sé, pero si tu no quieres ayudarme, seguramente alguien más lo hará.
Está bien, pero te pediría que fueras prudente, y que las inversiones que hagas al principio sean módicas… supongo que quieres tratar esto en privado.
Sí, ¿podemos reunirnos más tarde?
Está bien, enviaré un auto por ti, debemos ser discretos si no queremos llamar la atención.
Gracias. – le dijo ella sinceramente, justo antes de que Anthony volviese a la mesa.
Candice White-Rowan iba a demostrarle al mundo que era buena en los negocios, sobre todo haría que Albert estuviese orgulloso de ella, haría negocios por su cuenta, y Terrence o los contactos de Terrence podían ser los cómplices perfectos para su sorpresa.
