Hola a todas, disculpen la impuntualidad, pero he tenido un fin de semana muy lleno de cosas, les dejo por aquí este capítulo de RAA esperando que lo disfruten tanto como yo disfruté escribirlo.
Abrazos y Bendiciones.
RAA 19
Candy esperaba afuera de un anónimo café, vestía sencillamente, jeans, una simple camiseta negra, tennis y un abrigo nada glamouroso, su cabello rubio estaba escondido bajo un enorme gorro tejido color negro también, el aire era frío, y pequeños copos de nieve comenzaban a flotar en el aire.
Un auto común se paró frente a ella, y su sorpresa fue grande cuando divisó a Terry dentro de un modesto Toyota.
Sube antes de que te congeles. – le dijo con su característico acento británico.
Candy subió y le sonrió.
¿Qué haces en algo que no sea un deportivo valuado en cientos de miles de dólares?
Jajajaja, a veces puedo ser un tipo sin pretensiones, y quiero que me acompañes a ver una obra off-Broadway en Long Island.
Jajajaja, ¿lo dices en serio?
Sí, es algo que hago cuando estoy en New York, a veces es bueno, ser un tipo normal.
Vaya milord, jamás creí que vería el día.
Hay muchas cosas que no conoces de mí, ¿Qué dices me acompañas?
¿Te queda claro que solo estoy saliendo contigo porque quiero hablar de negocios?
Sé que no cambiarías a Albert por mí, y prometo comportarme como todo un caballero, y hablar de negocios mientras llegamos a la obra y después de la obra mientras comemos un hot dog callejero. ¿Trato?
Está bien, comienza por decirme en que inviertes.
Jajajajajaja, Candice, no es tan sencillo, debes tener cuidado, además ¿estamos hablando de tu fideicomiso? ¿tu fortuna personal? ¿excedentes de la fortuna familiar?
Terrence, no soy tonta, sé que no puedo arriesgar demasiado…
Está bien, deja te explico…
Cuatro horas después Candice llegaba a su departamento, el teléfono sonaba, y entonces se dio cuenta de que su celular se había descargado, seguramente era Albert, pasaban de las 12 y debía estar sumamente preocupado.
Hola.
Candy, mi amor, ¿dónde estabas? – la voz de Albert se escuchaba ansiosa.
Lo siento Albert, mi celular se descargó… y apenas voy llegando.
¿Estabas en la oficina? – Albert sabía que la respuesta a eso debía ser negativa, él había llamado ya unas 20 veces a todos los números posibles.
No, acompañé a Terry a ver una obra off-Broadway en Long Island, después fuimos por unos hot dogs, y caminamos por Central Park, comenzó a nevar, sabes que amo caminar bajo la nieve… lo siento mi amor, debí avisarte… - le respondió ella con toda franqueza, no había nada que ocultar con respecto a con quien había salido y que habían hecho.
Está bien, estaba preocupado… pero supongo que no debo estarlo si estabas con Terry. – le respondió él tratando de ocultar los celos sin éxito alguno.
Albert, no tienes de que preocuparte mi amor, lo siento, fue algo de último minuto, y en parte creí que debía ser amable con él, ya sabes, es nuestro socio… era algo super low profile, así que nadie nos vio ni nos fotografió… te amo, y solo tú eres importante… ¿me perdonas? – le dijo ella con el tono exacto de coquetería y conciliación.
Con una condición… -le respondió el rubio coqueto.
La que usted guste Sr. Andrew.
Ve por tu ipad y hagamos facetime mientras estás en el jacuzzi.
Jajajajajaja, si esa es mi penitencia con gusto pagaré. – le respondió la rubia seductoramente mientras se dirigía por su ipad y después de encenderlo se quitaba traviesamente el abrigo, bufanda y gorro como si estuviese haciendo un strip tease.
Albert rio ante su ocurrencia, disfrutaron de una buena charla y momentos íntimos por la siguiente hora, cerca de las dos de la mañana se dieron las buenas noches. Y prometieron hablar al día siguiente.
Candy se estiró en su cama pensando en los momentos que acababa de pasar junto a Albert, y lo maravilloso que era ser su novia, pensó en como sorprenderlo, y soñó despierta con algunas posibilidades, tal vez, si trabajaba duro en dos semanas podría escaparse, y raptarlo, pasar un tiempo asolas, aunque fuese un fin de semana antes de volar a Londres para las reuniones familiares.
Se quedó dormida con una sonrisa, soñando en que él estaba a su lado para recorrer su piel con besos y rodearla con sus fuertes y amorosos brazos. Era feliz, simplemente feliz, y nada ni nadie podría robarle eso.
En un café en New York.
Y bien, ¿qué tienes planeado?
He estado pensando Eliza…
¿No crees poder enredar a mi tío?
Albert Andrew es un hombre leal, y sí está enamorado de ella, no habrá nada que lo tiente a serle infiel.
Tú fuiste el amor de su vida, ¿acaso no lo entiendes?
Sí eso es verdad, ¿por qué no me buscó?
Mira Sonia, la verdad no lo sé ni me importa, no estoy aquí para hacerla de tu psiquiatra o tu paño de lágrimas, sí estamos aquí es porque te ofreciste a ayudarme… y porque supongo que viniste a trabajar a la empresa con un propósito.
Bien Eliza, ¿qué es lo que has hecho hasta ahora? ¿y porqué te interesa tanto separarlos?
Es muy sencillo Sonia, Candice White-Rowan no se merece un hombre como Albert Andrew.
¿Porqué?
Porque no es lo que aparenta ser… - le dijo mientras le extendía un sobre. – lee estas notas, ella tiene copias de cada una, y creí que le había enseñado cual era su lugar, pero ha regresado y cree que se merece vivir como vive, sobre todo, tener un hombre como Albert.
¿Sabes que lo que dices es retrogrado?
Creo que eso no importa, léelo y dime si estás dispuesta a ayudarme.
Sonia tomó el sobre, y leyó con atención, sin decir nada, era una mujer inteligente, sabía perfectamente que Eliza Leegan quería usarla, y después buscaría como desecharla, pero ella era más inteligente que Eliza, ella usaría a Eliza.
Bien, déjame pensar en algunas cosas, y te haré saber cual será el plan a seguir… ¿qué gano con ayudarte?
Nombra tu precio, el dinero no es problema.
No solo se trata de dinero.
William Albert Andrew es un precio muy elevado, pero, sí logras ganarlo, y él decide mantenerte a su lado, no hay nada que yo pueda hacer.
Jugarás sucio.
Por supuesto querida, sin embargo, estará en ti ser más inteligente que yo.
Jajajaja, Eliza… bien, encontraré la forma, y te la haré saber, solo ten en cuenta que jugar sucio es una calle de doble sentido… una cosa más ¿por qué la odias tanto? – le preguntó Sonia viéndola por encima de su copa antes de dar un sorbo a su Martini.
¿No te parece que la insulsa rubiecita esa tiene más suerte que la que nadie debiera tener? Aún siendo una bastarda, hija de sabrá Dios quien, se ha criado en cuna de oro, sus padres la adoran, Victor White-Rowan la adora, a pesar de ser quién es, y producto de una infidelidad, Albert, le hizo caso siempre, desde que era una chiquilla, se largó por diez años, los ignoró a todos, y regresó a que le sirvieran la presidencia de una de las multinacionales mas grandes del mundo en bandeja de plata, el apuesto medicucho francés vino tras ella, y no la odia a pesar de que ella se negó a casarse con él y le paseó a mi querido tío por enfrente hasta que se cansó, se fue a vivir con uno de los playboys más famosos del mundo, Albert Andrew, y en vez de ser catalogada como la zorra que es, todos dijeron, awww es que se quieren tanto, son como hermanos, y cuando se volvió evidente que su fraternidad superaba los límites fraternos, resultó que eso no importaba, en vez de sentirse asqueados, todo el mundo se sintió simplemente maravillado de que ella se le haya metido hasta por los ojos, coquetea abiertamente con Anthony… siempre lo ha hecho, pero nunca se dignó en andar con él… ni con ningún otro de los Andrew, que por supuesto morían por ella, la vieja es una zorra calienta huevos, y todo el mundo piensa que es una virgen vestal a quien hay que adorar. – le respondió Eliza con evidente rabia, no había forma de negarlo, estaba furiosa, simplemente furiosa, Sonia pensó que si una serpiente pudiese hablar mientras destilaba veneno, lo haría exactamente como Eliza Leegan lo hacía al hablar de Candice White-Rowan.
Básicamente estás celosa de ella. – le dijo con una sonrisa sardónica, disfrutando de la indignación de la pelirroja, pero la mimada señorita de alta sociedad tendría que tragarse su orgullo si quería su cooperación.
Llámalo como quieras, prefiero pensar que le hago un bien a la humanidad al bajar de su alto pedestal a la mustia esa y ponerla en el lugar correcto… el fango, en otra época hubiese sido enviada a un orfanatorio, o en el mejor de los casos a una casucha en el campo, y su madre confinada a un convento, o repudiada por zorra.
Jajajajajaja, así que eres una especie de justiciera de la alta sociedad.
Guardiana del rancio abolengo de los Andrew… sí. – le respondió Eliza con un orgullo absurdo para Sonia, quien era perfectamente consciente que Eliza la consideraba poco más que una sirvienta a quien manipular y botar.
Muy bien Lady Leegan, purifiquemos la clase alta. – le respondió Sonia con una sonrisa hipócrita, ambas mujeres chocaron sus copas, en señal de acuerdo, y continuaron con su charla, un par de apuestos caballeros experimentados se acercaron a ellas, ambas eran consciente de que los tipos solo aparentaban ser algo que no eran con la esperanza de después utilizarlas, pero ellas eran más listas, utilizar y manipular hombres había sido la carrera de sus vidas desde los 16, y ahora, a los 26 de Eliza y 30 de Sonia, el par de inocentes corderillos iban a meterse voluntariamente con un par de experimentadas lobas vestidas con piel de oveja.
Oficinas neoyorquinas, una semana antes de la fiesta de compromiso de Rosemary y George.
Candy hablaba por teléfono, levantó la vista, y observó que Sonia se asomaba por la puerta, pidiendo permiso para entrar, Candy se preguntó si había tenido tanto contacto con el director de investigador anterior, de sobra sabía la respuesta… no, pero había algo magnético en esa mujer, y en el hecho de que Albert la había amado lo suficiente como para proponerle matrimonio siendo muy joven, y también lo suficiente para dejarla ir tras su sueño.
Y ella, ella parecía que nunca había mirado atrás, Candice a veces se preguntaba ¿cómo se deja a un hombre como Albert Andrew? ¿qué tipo de mujer rechaza vivir con él, ser su esposa, la madre de sus hijos? ¿qué tipo de mujer cambia noches de pasión y romance en los brazos de un verdadero Adonis de carne y hueso, la reencarnación misma de Thor, por un frío laboratorio, y aún más fríos hombres alemanes?
Pasa. – le dijo en un susurro mientras cubría el teléfono y le indicaba una silla para que tomara asiento, estaba hablando con uno de los contactos de Terry, por las fechas, era muy poco lo que lograría invertir, pero al regreso del año, vería que más era posible hacer.
Sonia escuchaba con atención a la rubia sostener una conversación en francés, y era más que evidente que planeaba invertir, una significativa cantidad de dinero, Sonia sabía perfectamente que las inversiones de ese tamaño de la empresa no se hacían por una sola persona, sino se presentaban a consejo, antes de tomar una decisión de esa magnitud, pero al parecer Candice White-Rowan estaba invirtiendo la fortuna personal de la familia, no la de la empresa… eso era interesante, muy interesante, la inteligente mente de Sonia procesaba rápidamente, la mujer era un genio, a decir verdad la ciencia era su pasión, pero habiendo sido novia de Albert Andrew por más de un par de años, le habían enseñado muchas cosas, y no en vano había negociado sola un contrato a prueba de fuego a su favor, Sonia era ante todo una mujer fuerte, independiente, ambiciosa, que había conocido las carencias, y se había forjado una vida opulenta, y un nombre propio a base de esfuerzo, contactos correctos, y mucha astucia femenina, cuando Albert le había ofrecido matrimonio, ella había sabido sin lugar a dudas, que esa sería la cúspide de su vida, incluso de su carrera, de ahí en adelante sería conocida como la señora Andrew, esposa del niño prodigio de los mercados de valores internacionales, porque Albert Andrew era un sol, y le ofrecía ser su luna, pero la ambición de Sonia no le permitía aceptar un papel secundario, ella debía brillar por si sola, ella era lo más importante, y aunque al lado de Albert ganaría todo lo que había soñado en la vida, jamás sería su mérito, ni su nombre, la gente la vería y diría, claro, es la esposa de un hombre poderoso, un adorno más…y Sonia Castelán, había nacido para brillar con luz propia.
Así que con el corazón en la mano, y más valor, y determinación (es decir huevos) de lo que muchos hombres tendrían jamás en su vida, Sonia había dado la espalda a un futuro prometedor, dispuesta a cambiarlo por uno simplemente inigualable, el día que ella volviera por Albert Andrew, la relación sería dictada en sus términos, y no solo dirían es la esposa de Albert Andrew, sino dirían es el esposo de Sonia Castelán, y ese momento había llegado, jugaría el papel de humilde directora de investigación, jugaría en su laboratorios, se haría útil, pero al final del día quitaría de su camino a la chiquilla rubia que no tenía lucha alguna que presentar en su contra.
¿Y bien? ¿tienes los números? – la rubia había terminado con su llamada.
Sí, toma… es una buena inversión para la empresa. – le dijo ligeramente.
Los analizaré más tarde, tengo que dejar todo cerrado en un par de días, porque después saldré de viaje. – le informó la rubia un poco ausente con una sonrisa traviesa mientras revisaba algo en su ipad.
Lindas flores. – Sonia sabía perfectamente de quien provenían.
Gracias. – respondió la rubia sin hacer comentario alguno más allá.
Candice… disculpa, no pude evitar escuchar parte de tu conversación.
¿Y? – preguntó la rubia desafiante, esperando algún tipo de sermón.
No quiero entrometerme solo, sí un día quieres algún contacto o consejo, podría ayudarte, he forjado mi propia fortuna en inversiones arriesgadas, y se lo que le cuesta a una mujer hermosa y joven ser tomada en serio en este mundo… más si esa mujer joven y hermosa es rica no por derecho propio y tiene una relación con un hombre atractivo, joven, y poderoso… Albert Andrew suele opacar a quienes lo rodean… - le dijo en tono confidencial.
Sonia, agradezco tu oferta… pero creo, que para que nuestra relación de trabajo funcione hay varias cosas esenciales, una Albert es un tema que no discutiremos, y dos no somos amigas, eres buena, te admiro como mujer, y como profesional, pero no te traje aquí porque me interesara saber que piensas de Albert, ni si dejaste algo inconcluso con él, te traje aquí porque eres una buena inversión para la empresa, y aunque tengas un contrato en apariencia a prueba de fuego, y me costaría una multa multimillonaria dejarte ir, un cuarto de mi fideicomiso puede resolver eso, claro, a nadie le gustaría dejar ir esa cantidad de dinero, pero si se vuelve necesario, lo haré sin dudar por un segundo. –
Sonia sonrió… la gatita tenía garras y estaba probando a usarlas. Pero Sonia Castelán no era una gatita doméstica.
Nada me gusta más en una mujer que la franqueza sin tapujos. No me veas como una amenaza Candice, puedo ser tu mejor aliada… piénsalo. – le dijo con una sonrisa zalamera mientras se ponía de pie. – por cierto, disfruta de la escapada que tendrás con Albert en algún paraíso terrenal, en un par de días, querida. – le dijo disfrutando del casi imperceptible gesto de sorpresa de la rubia, ante el que ella conociera la información que según no más de un puñado de personas debía saber. – no te preocupes, no lo pondré sobre aviso. – le dijo justo antes de cerrar la puerta implicando justo lo que pretendía implicar, que ella y Albert mantenían comunicación.
Candy observó su puerta cerrarse una llamarada de ira la inundó, pero claro, ¿que esperaba? Había molestado al oso sin necesidad alguna…tendría que escoger una estrategia diferente.
Trabajó hasta tarde, por los siguientes dos días, para después tomar un vuelo comercial rumbo a Münich, dónde el hombre más guapo sobre la tierra estaba por llevarse una gran sorpresa.
Cuando Albert Andrew salió de las oficinas era ya noche, caminó despreocupadamente hacia el auto que lo aguardaba, estaba en uno de los distritos lujosos y seguros del país, acababa de cerrar un gran negocio, y estaba satisfecho consigo mismo, además por si fuera poco en poco menos de una semana podría volar a Londres, dónde se encontraría con Candy.
De pronto, alguien lo sujetó con fuerza y puso una capucha en su cabeza, Albert era un hombre entrenado en krav maga, fuerte y capaz de defenderse a sí mismo, pero debía haber cerca de tres hombres deteniéndolo. Por su mente pasaban un sinnúmero de posibilidades, tratando de pensar como salir de lo que sea que estaba sucediendo.
Tranquilo señor Andrew, solo lo llevaremos a dar un paseo, hay alguien que quiere verlo. – le dijo una voz en perfecto inglés con marcado acento de Europa del Este.
¿Qué es exactamente lo que quiere? ¿Cuánto quiere?
Le aseguro, señor Andrew que nos están pagando tan bien por llevarlo a su destino que no hay forma de que usted pueda superar la oferta, así que coopere con nosotros, no quisiera tener que llevarlo a su destino con algún tipo de desafortunado accidente, porque estoy seguro de que a nuestro jefe no le caería en gracia. Pero puedo asegurarle que no le pasará nada, ni a usted, ni a su linda novia si sigue nuestras instrucciones.
Albert sintió que el alma se le salía del cuerpo, ¿qué tenían que ver estos imbéciles con Candy? respiró profundo, completamente consciente de que en cuanto supiera con quien estaba tratando encontraría la forma de salir de la situación, lo hicieron subir en lo que parecía una camioneta, y un par de fornidos tipos se sentaron a su lado, no estaba seguro de si tenían armas, pero lo mejor era cooperar por el momento.
Fueron los minutos más largos de su vida, a decir verdad, no lo habían tratado mal, solo le habían dejado saber que eran más que él, y habían atado sus manos firmemente, con algo que en honor a la verdad parecía un material suave.
El vehículo se detuvo y los hombres bajaron, lo tomaron de ambos brazos y lo ayudaron a bajar, con fuerza, pero sin dañarlo, Albert pudo sentir como lo llevaron hasta un elevador, y los cuatro hombres subieron con él, no se escuchaba nada más alrededor, el ascensor se abrió y lo llevaron hasta una silla, lo sentaron, ataron sus manos, detrás de la silla, dejaron sus ojos cubiertos.
No ose mover un solo músculo o lo lamentará señor Andrew. – le dijeron antes de dejarlo solo, Albert se debatía en su mente entre si en verdad podría hacer algo o si era mejor esperar.
Escuchó a lo lejos las voces masculinas hablar en francés y soltar una risotada, había una cuarta voz, pero no alcanzaba a distinguirla.
La puerta del lugar se abrió y cerró, y un aroma familiar llegó hasta su nariz, entró en pánico por un momento, ¿qué estaba sucediendo?
Alguien se acercó hasta él, en silencio, el no quería hablar, pero de pronto el aroma se hizo más fuerte.
El aliento de alguien rozó su nuca y una ronca voz le habló al oído de tal forma que hizo que un escalofrío recorriera su cuerpo.
Señor Andrew. –
¿A qué juegas? –
A lo que usted quiera jugar. –
No lo creo, de ser así no estaría atado a una silla. – le respondió él con más seguridad mientras la mujer recargaba sus pechos en su espalda, y besaba lenta y tortuosamente su cuello. A la vez que sus manos recorrían atrevidamente su pecho.
Por lo que veo no le desagrada el juego. – dijo ella mientras sus manos iban un poco más debajo de su abdomen y rozaban muy levemente su masculinidad.
Ese no es el punto, aún no me ha dicho exactamente que es lo que quiere, ni que hace aquí, y mucho menos quienes eran los cuatro gorilas que mandó usted a secuestrarme, ¿sabía usted que el secuestro es un delito?
Señor Andrew, el único crimen que se ha cometido aquí es de parte suya…- le dijo la mujer mientras se paraba frente a él, con una pierna a cada lado de las de Albert y descendía lentamente haciendo que su cuerpo rozara con el de él deliberadamente.
Albert sentía la sangre en sus venas hervir, quería soltar las manos, y tomar su cadera para sentarla posesivamente en su regazo, ¿cómo se atrevía esa mujer a jugar con fuego de esa forma?
¿De qué se me acusa?
Es simple… el primer crimen es ser tan descaradamente guapo que obliga a uno a recurrir a medidas extremas como la del día de hoy, porque no soporta pasar un segundo más sin estar a su lado. – le dijo ella mientras desanudaba la corbata, y utilizaba la misma para atraerlo hacia ella y besarlo levemente, apenas un roce. Él sabía de sobra que era mucho más fuerte que ella, y también estaba consciente de que la seda que anudaba sus muñecas se había aflojado un poco, al parecer los gorilas habían tenido compasión de él.
Bien, ¿algún otro cargo?
Se le acusa de prácticamente dejar morir de hambre a alguien.
¿Ah sí? Habrá que remediar eso. – le respondió el en un susurro ahogado, porque ella desabrochaba botón a botón de su camisa y recorría su pecho con un beso. El delicioso peso de ella sobre su regazo era una tortura en sí y cada movimiento lo hacía sentirse más excitado.
¿Cuál es mi condena entonces?
Deberá cumplir con trabajos forzados.
¿Trabajos forzados? No creo que hacerle el amor hasta que olvide su nombre y solo pueda gemir el mío aplique como trabajos forzados. – le respondió el rubio logrando deshacerse de la atadura de sus manos, y sorprendiendo a la distraída mujer enredándola en un abrazo y llevando sus labios hasta los suyos, atacándola descarada y fieramente con un beso profundo, apasionado, diseñado para dejarla sin aliento… le había dado el susto de su vida, y ahora le tocaría pagar.
Señor Andrew. – dijo ella en un gemido.
Señorita White-Rowan, es usted verdaderamente creativa. – le dijo mientras se daba cuenta al recorrer su espalda que ella llevaba puesto un corsé, y bajando por sus muslos para sentir el liguero de encaje y las medias de seda, todo eso mientras besaba su cuello y descendía al nacimiento de sus senos, buscó a ciegas, pero con certeza el borde de encaje y satín introduciendo traviesamente su lengua entre el lujoso material y su suave carne, haciéndola lanzar un grito ronco de sorpresa y placer.
Albert… -
Quítame la venda, quiero verte. – le dijo él en una mezcla de suplica y orden sencillamente deliciosa.
Eso era hacer el amor con la mujer que amaba, estar dispuesto a todo, a jugar ambos roles, a ser su esclavo y amo a la vez, Albert Andrew sabía que tenía entre sus brazos a una mujer extraordinaria que lo hacía sentir como nunca lo había hecho sentir nadie.
Ella se impulsó hacia adelante dejando sus voluptuosos senos al alcance de su boca, y desanudó la venda, mientras sentía como su corazón se aceleraba ante las caricias y besos que Albert depositaba en su cuerpo. Él la separó un poco.
Ponte de pie y déjame verte. –
Ella le sonrió seductora mientras obedecía y daba un paso atrás, para dejarlo apreciar el exquisito juego de encaje y seda de color palo de rosa. Su cabello estaba perfectamente estilizado, maquillaje natural y favorecedor, y largo collar de perlas daba un par de vueltas en su blanco cuello.
Eres una diosa. - le dijo él antes de que otra idea asaltara su mente. - ¿te vieron así? –
Jajajajajajaja, no, había un vestido encima de esto, pero está por allá tirado.
¿Quiénes eran?
Es un secreto de estado. –
Candy… ¿qué tal sí…?
Mi amor…. Está bien, son cuatro amigos exmilitares con quienes trabajé en África…–
¿Qué les dijiste?
Qué te extrañaba horrores y desearía poder secuestrarte, ofrecí pagar sus vuelos acá, así como los de regreso, y por supuesto una semana de juerga en uno de nuestros complejos turísticos, les pareció una buena broma, y aceptaron cooperar, por supuesto que no les conté todo lo demás que pensaba hacerte…
¿Contrataste mercenarios? – le preguntó él incrédulo.
¿Estás enfadado? – La voz de Candy reflejaba un poco de preocupación.
Un poco, pero, si vienes y te sientas sobre mis piernas una vez más puede que lo olvide. –
Ella le sonrió y se acercó hasta él, sentándose a horcajadas sobre sus piernas, y besándolo lenta y apasionadamente. Su perfume era intoxicante. El gusto de sus bocas, el calor de sus manos.
¿Cuántos días tenemos? ¿pusiste a alguien a cargo?
Sí, Stear se hará cargo de los negocios aquí, y tú y yo tenemos tres días libres antes de que tengamos que volar de regreso a Londres para una junta de cierre de año, y todo lo demás.
¿Tienes algo planeado?
Pasar los tres días en la cama contigo. – le respondió ella descaradamente - ¿tienes alguna objeción.
Jajajajaja, ninguna habrá que saciar tu hambre para que no me acusen de hacerte morir a causa de ella. – le dijo mientras una mano bajaba un poco el encaje del sostén dejando un rosado pezón al descubierto, para posteriormente trazar círculos alrededor de él con su lengua mientras ella arqueaba su espalda hacia atrás.
Mmmm, alto. – le dijo ella suavemente, pero con voz imperativa, mientras ponía su mano en el cuello y lo empujaba hacia atrás. –
¿No te gusta?
Me gusta, pero quiero que me lleves a la cama, y hagas exactamente lo mismo con cada centímetro de mi cuerpo.
¿Algo más ama?
Sí, pensándolo mejor, primero llévame a la cama, y déjame ver como te desvistes para mí.
Albert se puso de pie mientras la tomaba en brazos y la llevaba a la lujosa cama, ¿en dónde diablos estaban? No importaba, no preguntaría más, solo quería amarla. La acomodó entre los mullidos almohadones de seda y Candy lo miró fijamente, había una intensidad inusual en su mirada, una mezcla de lujuria y deseo.
Quítate el saco, lentamente y después ven a darme un beso.
Albert obedeció, dejando en el suelo tirado el carísimo saco hecho a la medida por modistos italianos. Y después se acercó a ella para besarla, poniendo ambos brazos a sus costados sin tocarla, y descendiendo lentamente sobre su boca apenas la rozó con su aliento.
¿Así?
Así está bien por ahora, ahora quiero verte sin esa camisa. –
Él se retiró y desfajó la camisa a la cual le quedaban un par de botones abrochados, la abrió frente a ella y después se giró para quitársela dándole la espalda, Candy recorrió con avidez los marcados músculos de su espalda con la mirada, esa perfecta forma en V, la estrecha cadera…
¿Otro beso?
No, quítate los pantalones justo así.
¿Quieres ver mi formidable trasero?
Quiero ver tu formidable trasero, y que después te des la vuelta lentamente para poder apreciar tu formidable frente.
Sus deseos son órdenes. – le dijo él mientras se inclinaba para sacarse los pantalones dándole una agradable vista a Candy, llevaba unos boxers de algodón negro, pegados a él como una segunda piel. Escuchó suspirar a Candy, y giró lentamente sintiendo la mirada de ella sobre él, consciente de que cierta parte de su anatomía estaba completamente despierta.
Candy lo observó voltearse y apreció el espectáculo, pero no quería nada entre ella y esa deliciosa parte de él.
Déjame verlo.
Solamente verlo.
No, verlo, tocarlo, y probarlo.
¿Qué le vas a hacer?
Apreciaré su firmeza, lo acariciaré un poco, y después recorreré lentamente la punta con mi lengua. – por supuesto que los boxers prácticamente se cayeron solos después de semejante descripción.
Albert se acercó a ella para que hiciera justo lo que había descrito. Pero ella hizo mucho más, simplemente no pudo resistir la tentación de degustar a conciencia tan delicioso manjar mientras apretujaba entre sus manos su apetecible trasero y le propinaba un par de nalgadas traviesas, cuando lo escuchó gemir se retiró, aun no era tiempo.
Creo que me correspondía besar cada centímetro de tu cuerpo.
Así es.
Albert se unió a ella en la cama, recargando el peso de su cuerpo sobre el de ella, mientras comenzaba por invadir su boca con su exquisita lengua, para después continuar su recorrido por su barbilla hasta mordisquear sus lóbulos, besar su cuello, arrancando suspiros de su boca, prosiguió con su tarea, lentamente, repasando sus clavículas, sus montes, se recargó en un codo, y con su mano liberó un poco más sus senos por encima del escote, solo lo justo para poder torturar deliciosamente sus rosados capullos, después prosiguió su camino hasta el sur, sus manos la acercaban a él, y recorrían su espalda, y piernas con maestría, besó su cadera, y los alrededores del monte de Venus antes de hacer a un lado la delicada tela y adentrarse por completo en él para beber de su fuente, mientras sus manos se deleitaban en sus pechos.
La respiración de ella era entrecortada, la temperatura subía, y una urgencia frenética despertaba en ella, quería más, lo quería todo, no solo su lengua y sus manos, quería sentirse llena por él.
Acuéstate, le dijo a media voz. – con ese tono imperativo que tanto lo había excitado, no era una súplica, sino una orden.
Albert obedeció, y ella lentamente acarició cada centímetro de su cuerpo con su propia piel, seda y encajes, su torre descansó por unos momentos entre sus colinas mientras ella besaba su marcado abdomen, y poco a poco fue quedando a horcajadas sobre él. Albert tomó sus caderas entre sus manos posesivamente, para hacerla descender sobre él.
Todavía no. – le dijo mientras lo asaltaba con un beso y se movía tentadoramente sobre él.
Él gimió de placer, y decidió que la haría rogar porqué el entrara en ella, tomó el control de la situación con un par de dedos, explorando su intimidad, mientras su boca bebía de sus pechos, haciéndola gemir en un susurro entrecortado.
Ahora… -
Pídelo bien. –
Ahora… por favor… Dios Albert, lo necesito.
Él le sonrió satisfecho y con un movimiento preciso de cadera se introdujo en ella deliciosamente, llenándola con su grosor.
Y eso fue lo que se dedicaron a hacer durante los siguientes tres días… se amaron desenfrenadamente, de cuanta forma su imaginación y deseó les demandó, siendo esclavos el uno del otro por momentos y despiadados y exigentes amos por otros, disfrutando de las sensaciones, de la libertad, de estar juntos, como nunca habían estado con nadie más, eran la horma perfecta el uno del otro, estaban hechos a la medida.
Cuando dejaron el lujoso penthouse tomados de la mano, Albert Andrew había llegado a una conclusión, no podía vivir sin ella, no quería vivir sin ella, al diablo con el plan de ir lento, quería que ella fuera su esposa, además de su amante, no había duda alguna, al finalizar el año, en un par de semanas Candice White-Rowan aceptaría ser su esposa.
