Hola chicas, una disculpa por ayer, pero esta semana regresé al trabajo, y fue complicado, espero que lo disfruten.

Bendiciones.

RAA 38

Albert abrió los ojos la habitación se encontraba en penumbras, pero pudo ver la luz del vestidor prendida, todo se encontraba en paz, miró a su alrededor tratando de ubicar dónde estaba y pudo ver a su alrededor los toques de Candy en la habitación, las flores frescas, el delicado Van Gogh en un lugar privilegiado, y sobre todo el perfume de ella flotando en el aire.

Se preguntó dónde estaba ella, porque sabía que debía estar cerca, su lado de la cama aún estaba tibia, y las suaves sábanas de algodón estaban revueltas. Su embriagante fragancia estaba incluso impregnada en su piel.

La suave y redondeada silueta femenina se dibujó en la puerta del vestidor, la luz detrás de ella la hacía parecer que irradiaba un aura dorada a su alrededor, su cabello estaba suelto, llegaba por debajo de sus hombros, sensualmente revuelto.

Albert se deleitó en la hermosa vista que se presentaba frente a él, ella se recargó en el marco de la puerta, contemplándolo de regreso con el mismo descaro que él evaluaba cada una de sus formas.

Su largo cuello blanco, sus delicados hombros, los turgentes, redondeados y voluptuosos senos atrapados dentro de la sencilla camisola blanca dónde los atrevidos pezones se asomaban sin pudor alguno a través de la delgada tela, después lo más maravilloso de todo, su redondeado vientre, la prueba tangible de su amor, sus sinuosas caderas, un poco más anchas, cubiertas por el exquisito bóxer de encaje color rosa pastel, y esas piernas de infarto, divinamente torneadas, era la imagen viviente de afrodita, voluptuosa, deseable, lujuriosa.

Candy le devolvió la mirada cargada de placer, sin importar que habían pasado las primeras horas de la noche retozando entre las sábanas, estaba hambrienta de él, de su toque, de las deliciosas caricias que él experta y devotamente había asaltado su cuerpo hinchado y sensible por el fruto que crecía en su vientre.

Observó su intención de caminar hasta él, y como se sobresaltó cuando imperativamente la detuvo.

No te muevas, déjame contemplarte un poco más, date la vuelta, quiero verlo todo. – le dijo con voz ronca de placer, y ella obedeció tentándola con la lentitud con la que lo hacía, cuando le dio la espalda, él se puso de pie con el sigilo de un majestuoso felino y se acercó hacia ella, abrazándola por la espalda, acariciando con sus fuertes manos su vientre, con ternura y asombro ante el movimiento que hizo evidente la presencia del pequeño cuya llegada esperaban con ansias.

Ella rio en voz alta, una risa cristalina y clara, él besó la curva de su cuello, y recorrió su cuerpo atrevidamente con sus manos, ella giró su rostro, quería girarse por completo, pero el la retuvo firmemente en esa posición, recargando su formidable erección contra su redondeado, firme, y suave trasero. Su deseo por ella era evidente, moría por tenerla en sus brazos, por recorrer con besos y caricias cada centímetro de su piel, pero quería tomarse su tiempo, mimarla, excitarla hasta que ella misma rogara que terminara con la tortura y la invadiera de una vez por todas con su pulsante y aterciopelada masculinidad.

Atrapó su boca en un beso largo, apasionado, hambriento, y ella gimió por las travesuras que sus pulgares hacían con sus pezones, y por el delicioso asalto de su lengua dentro de su boca, su mano derecha descendió hacia el sur de su anatomía, que clamaba por su atención, convulsionándose levemente aún sin ser tocada, el calor la inundaba, y la humedad del deseo era evidente, su mano se introdujo dentro de sus panties de encaje, y separando con delicadeza sus carnosos pétalos para encontrar su delicado botón y acariciándolo tortuosa y lentamente con movimientos circulares.

Ella sintió como sus piernas flaqueaban, su brazo derecho se enredó en el cuello de él, y la mano izquierda se aferró al marco de la puerta para buscar apoyo. Albert la alzó en brazos, y la llevó hasta la cama, depositándola suavemente sobre el mullido colchón, ella le sonrió y le dijo al oído.

Hazme tuya una vez más. – su voz sonaba cálida, sin aliento, deseosa de placer, y él haría lo que fuera por llevarla de la mano al paraíso.

Comenzó a recorrer su cuerpo con besos susurrándole cuanto la amaba, se detuvo en su vientre un momento, con el pecho henchido de amor por ese pequeño que se formaba en su vientre, lo besó con devoción, y le habló al pequeño con ternura, ella enredó sus dedos en su cabello, un gesto tierno, y amoroso, acariciando su hombro.

Te amo Albert…

- Albert… Albert… - un golpeteo insistente y su voz llamándolo, él podía ver la sonrisa de ella, pero sus labios no se movían, volteó a su alrededor confundido, el escenario había cambiado, pesadas cortinas de terciopelo rodeaban su cama, las alfombras eran oscuras, las paredes revestidas de madera, la voz de ella provenía de la puerta, y el constante golpeteo también.

Suspiró profundo, y pasó sus manos por su cara.

Dame un segundo Candy, ya voy.

Eres un dormilón, quedaste que iríamos a pasear con Drew en el poni temprano. –

Albert se dio cuenta que el sur de su anatomía aún presentaba evidencia del embriagante sueño.

Lo siento, me quedé dormido, dame 10 minutos.

Bien, Drew y yo te esperaremos abajo. –

Está bien.

Entró a la ducha y dejó que el agua fría calmara sus deseos, no podía negar que la pasión lo consumía por dentro, pero, además, verla así, embarazada, y saber que el niño que llevaba en su vientre era suyo, saberse el autor de esa vida, era algo que quería vivir con ella. Se vistió en tiempo récord y salió a buscar a los dueños de su corazón, para pasar la mañana a su lado.

Los encontró desayunando, estaban solos en el castillo, el resto de la familia llegaría en el transcurso del día, pero Albert había querido sorprender a Candy y viajaron para llegar la tarde anterior, el deleite en el rostro de la rubia cuando se dio cuenta donde estaban había valido la pena.

Albert la había dejado vagar en sus recuerdos por el castillo, hasta llegar a la magnífica suite que había planeado ocupar con su familia, no se lo había dicho a Candy, pero era la suite que en su momento estaba planeada para el heredero del castillo y su esposa.

Albert se acercó a su familia, con una sonrisa, observando como Candy instaba a Drew a terminar con su desayuno.

Buenos días dormilón, Morfeo te atrapó en sus brazos más tiempo del usual. – le dijo ella en tono provocador.

Cierto, creo que tú también hubieses querido quedarte en brazos de Morfeo si hubieses soñado lo que soñé. – le respondió enigmáticamente con una sonrisa mientras se sentaba a su lado y le hacía una pequeña mueca a Drew.

¿A qué hora llegarán los demás?

Tus padres y mis padres alrededor de medio día, Patty, Stear, Isabella y Anthony a las 2, Archie y Anne no han confirmado la hora, los demás no han dado hora de llegada, solo que en el transcurso del día.

¿Hay que dar instrucciones acerca de la comida, habitaciones?

No te preocupes princesa, ya coordiné todo con Mrs. Hewitt, aunque si tienes antojo de algo o quieres algo en especial solo tiene tienes que mencionarlo.

Saber que soñaste, tu rostro se veía demasiado satisfecho cuando lo mencionaste. – había una sonrisa pícara en su rostro.

Jajajajaj, algún día, pero ahora es tarde y debo tomar video de la cara de Drew cuando vea a Periwinkle, para que mi padre lo vea.

¡Pequeño Drew, tendrás un pony! – le dijo la rubia con emoción y una enorme sonrisa en el rostro.

Pony… - dijo el niño

Periwinkle. – le dijo Albert.

Pewiwikle. – intentó Drew.

Jajajaja, ¿no podían solo llamarlo Pery?

Drew podrá decir Periwinkle pronto, ¿listos?

Sí vamos.

Albert tomó en brazos a su hijo, agradecieron al servicio y salieron por la puerta trasera rumbo a los establos. Drew se emocionó cuando el peludo y regordete animal color castaño lo saludó con un relincho, Albert y Candy le dieron zanahorias para alimentarlo, y pasaron la mañana enseñando a Drew a montar.

Cerca del mediodía, con las mejillas sonrojadas y enormes sonrisas se despidieron del regordete pony que seguramente estaba más agotado que ellos.

Drew correteaba frente a ellos y Albert aprovechó para tomar la mano de Candy mientras caminaban, ella simplemente entrelazó sus dedos con los de él.

Llevaré a Drew a tomar una siesta. – dijo Candy.

No, yo lo llevo, para que puedas disfrutar de la biblioteca un rato. -

Gracias…- le dijo ella, amaba la biblioteca del castillo, y por supuesto quería echarse un clavado y perderse por unas horas en alguno de los libros, viejos amigos de la infancia.

Dale un beso a tu madre hijo, para llevarte a tomar la siesta. – Drew besó a Candy abrazándola fuertemente, después volteó a ver a su padre y demandó.

Beso a mamá. –

Albert sonrió y se inclinó hacia la rubia sorprendiéndola al rozar sus labios en vez de su mejilla, pero ella no protestó solo se sonrojó levemente. Por supuesto el pequeño bribón demandó lo mismo de su madre, quién hizo lo mismo que Albert y poniéndose de puntitas rozó los labios del rubio, antes de dar la media vuelta y dirigirse con esa magnífica cadencia de caderas que volvía loco a Albert con rumbo a la biblioteca.

Atardecer en las Highlands.

Candy caminaba de cara al viento por el risco, el mar se teñía de anaranjado con la puesta del sol, y el frío viento golpeaba su rostro, amaba el paisaje agreste, el olor salado del viento, y el delicioso sonido de las olas golpeando contra las rocas muchos metros por debajo de sus pies, sabía perfectamente que en una noche de tormenta las olas podían fácilmente llegar hasta donde ella estaba, era diciembre, y el sol brillaba un poco aún, pero el frío de pronto calaba hasta sus huesos, debió pensar en ello antes de salir de casa, pero estaba emocionada, vestía una larga túnica celta color verde oscuro y aunque debajo llevaba ropa térmica y botas que habían sido perfectas para mantenerla caliente dentro de los grandes salones de la centenaria construcción que llamaban el castillo ahora comenzaba a comprender que había sido un error salir sin más abrigo, lastima, tendría que cortar su caminata, dio un último vistazo al horizonte, disfrutando de su tan preciada soledad, Drew dormía la siesta vigilado por sus abuelas, y ella, por primera vez en meses tenía un poco de tiempo libre y a solas.

En teoría, iban ganando la guerra, aún era muy pronto, pero todo parecía estar perfecto, no se hablaría de curado sino a la vuelta de un año, entonces podía considerarse que el cáncer estaba en remisión, pero mientras tanto, hoy disfrutaban sin reservas.

Candy caminó aspirando el delicioso aire salado, se paró en lo alto del risco, en el preciso lugar dónde muchas veces soñó que sería su boda junto al príncipe de sus sueños, recordaba las leyendas, las historias, la fantasía mezclada con hechos que William Andrew había entretejido, para ellos cuando niños, la historia del primer Andrew y su amada esposa.

Una mujer hermosa, de rubios cabellos e hipnotizantes ojos verdes, solía decirle el hombre que había sido como un segundo padre para ella, haciendo que su imaginación volara desbocada, mientras Rosemary y ella escuchaban la historia por centésima vez antes de ir a dormir.

Podía ver con claridad la escena, ella y Rose recostadas en una enorme cama con dosel color rosa, y William respondiendo cada una de sus preguntas…

¿Y cómo era el príncipe?

No era un príncipe Candy, pero era el señor de un castillo.

¿Cómo el castillo de Escocia papá? – preguntó Rose con mirada intensa y orgullosa.

Sí hija, el castillo de Escocia ha pertenecido a nuestro clan por muchos años.

¿Pero como era él? – William sabía la respuesta que la chiquilla esperaba.

Rubio y de ojos azules… - le respondió con una sonrisa velada.

Cómo mi hermano, ¿cierto papá?

Sí Rose, los descendientes del primer Andrew somos rubios y de ojos azules.

Y guapos. – dijo Candy ausente.

Rose se desternillo de risa ante la evidente ensoñación de su amiga y el objeto de sus sueños, su hermano mayor, Albert.

Bueno es hora de dormir "lasses" sueñen con sus príncipes azules y descansen, porque mañana es día de fiesta. – les dijo William besando la frente de ambas chiquillas y saliendo de la habitación, de sobra sabía que no se quedarían dormidas, y que si bien les iba permanecerían en la cama, sí es que no habían ya quedado de ir a explorar el bosque con los chicos. William sabía que Pauna y Katherine se escandalizarían si lo supieran, pero los bosques no representaban ningún peligro, los guardias sabían de las andanzas de los niños cuando se quedaban todos juntos a vacacionar, y William estaba seguro de que Albert cuidaría de los ellos, además Victor y él darían un rondín más tarde para asegurarse que los traviesos angelitos habían regresado a sus camas sanos y salvos. Por lo pronto era tiempo de regresar a la fiesta de verano que su esposa y su mejor amiga habían planeado para entretener a amigos, familiares y conocidos, las fiestas organizadas por Pauna Andrew y Katherine White Rowan eran eventos codiciados e impecables.

Las niñas se escurrieron de la cama y se asomaron por la alta balaustra que daba al salón de baile, desde ahí observaron con ensueño y envidia las hermosas mujeres vestidas elegantemente y a los apuestos hombres, entre los cuales sin duda los mas apuestos eran sus padres dijeron entre sí las niñas con adoración.

Otra puerta se abrió sigilosamente, y tres jovenzuelos armados con linternas y mochilas se acercaron al par de rubias.

¿Están listas? –

Sí… pero no hagan ruido, si Anne nos escucha nos acusará con mamá-

Vamos Candy, nosotros impediremos que nada les pase. – propuso Anthony galante, a sus 10 años se sentía todo un adulto.

Candy lo miró con duda, y de pronto su mirada se iluminó, una puerta más se abrió y la espigada figura de su príncipe se esbozó en el umbral, a sus 16 podía haber asistido a la fiesta, pero solo había hecho acto de presencia por unos momentos y ahora se había deshecho de su kilt y estaba ahí listo para escoltar a los chicos en su aventura nocturna, si tan solo hubiesen ido Anthony, Stear y Archie, los hubiese dejado arreglárselas solos, pero Pauna y Candy les acompañarían, y él no iba a permitir que sus adoradas hermanitas anduvieran por el bosque solas con ese trío de despistados.

Albert… -

Vamos princesa, es hora de explorar, Rose, tú y Candy deben mantenerse cerca de mí.

Nosotros podemos cuidar de ellas… - protestó débilmente Archie, Albert le sonrió a su primo de 12 años.

Por supuesto que pueden, pero no puedo perderme la exploración, vamos, ustedes guían la expedición y las chicas y yo los seguimos. – le dijo consolador, los tres chiquillos accedieron y se pusieron en marcha, no podían decirle que no a Albert, él era su héroe, y quien los había llevado en expediciones nocturnas desde que tenían 6 años, así que se pusieron en marcha lo más silenciosamente posible, ajenos al hecho de que en realidad eran seguidos de cerca por un par de guardaespaldas de confianza que en caso de peligro avisarían a su tío.

La luz de luna iluminaba su sendero y Candy iba feliz tomada de la mano de su héroe personal, a vivir una aventura inolvidable.

Candy sonrió al recordar, y de pronto volvió al presente, una enorme luna llena comenzaba a dibujar una senda plateada en el mar y el aire corría más frío, Candy se estremeció, estaba tan perdida en sus recuerdos infantiles que no lo escuchó llegar, solo sintió la cálida manta cubrir sus hombros, y sus brazos amorosos rodearla para acercarla a él y así hacerla entrar en calor.

Candy recargó su cuerpo contra el de Albert, el tartán de los Andrew la envolvía brindando su calor y Albert escondió su rostro entre sus rubios rizos aspirando su delicioso aroma, guardaron silencio disfrutando de la presencia del otro.

¿Cómo supiste?

Es tu lugar favorito gracias a las historias de mi padre.

Gracias por traernos aquí.

Es bueno saber que te gustó la sorpresa.

Me conoces demasiado bien, además confabulaste a todos para que participaran, ahí me tienes empacando para viajar a una isla paradisiaca, y resulta que nada de lo que empaqué fue apropiado.

Sabía que no lo necesitarías.

Eres un extravagante.

¿No te gustó el guardarropa?

Sólo a ti se te ocurriría hacer una navidad temática y mandar a hacer vestimenta medieval.

¿Me vas a negar que es una idea fantástica?

Jajajaja, no, no puedo negarte que es una idea fantástica, además amé cada uno de los vestidos de mi guardarropa.

"Espera a que veas el de navidad" pensó Albert recordando la exquisita creación de terciopelo color verde oscuro y dorado que habían confeccionado para ella, así como la joyería estilo medieval de esmeraldas y diamantes.

Me encanta sentirte así de tranquila, relajada y feliz.

Drew está bien, Albert, ese es regalo suficiente para que yo sea feliz.

Lo sé, cariño, lo sé. – le dijo atrayéndola un poco más.

Guardaron silencio y contemplaron el maravilloso espectáculo de las olas golpeando contra las rocas y la luna entretejiendo sus hilos de plata en el delicioso vaivén.

¿Caminaste hasta aquí?

No, Beowulf está atado a unos 100 metros de aquí, tenía la esperanza de que aceptaras cabalgar conmigo a la luz de la luna. – su voz profundamente masculina lanzaba escalofríos por su cuerpo, esa atracción básica, casi primitiva que había entre ellos hoy era deliciosamente tangible.

¿Qué hay de Drew?

Deja que sus abuelas lo mimen un poco más, vamos princesa, cabalguemos por las highlands. – el brillo seductor de su mirada era irresistible, estaba ahí, parado frente a ella, en su metro noventa y seis de estatura, vistiendo kilt, con ese garbo despreocupado, los rayos de luna jugaban con su dorada cabellera que el viento revolvía. ¿Cómo negarle algo a ese monumento de hombre que la miraba de tal manera que la hacía estremecer?

De pronto era difícil articular palabra, su cercanía e intoxicante masculinidad la envolvían, Candy solo atinó a sonreírle y dejar que él la tomara de la mano para caminar juntos los 100 metros que la llevaron hasta el imponente Clydesdale color negro.

Antes de que pudiese decir algo Albert la tomó de la cintura para alzarla y montarla en la amable y majestuosa bestia, y después con innata habilidad trepó detrás de ella, el kilt dejó al descubierto buena parte de la poderosa musculatura de sus piernas, y sus fuertes brazos tomaron las riendas rodeándola con suavidad y firmeza.

Cabalguemos por la orilla de la playa, abrígate bien, ¿quieres mi chaqueta?

No, estoy bien con el tartán. – le dijo ella arrebujándose en la cálida lana de excelente calidad que formaba el tartán de los Andrew.

Albert hizo cabalgar a su montura en un paso ligeramente rápido, el aire golpeaba sus rostros y la libertad los embriagaba.

Cabalgaron a lo largo de la costa, llenándose de la vitalidad, magia y misterio de una playa salvaje a la luz de la luna, Candy no tenía noción del tiempo, solo sabía que se sentía en el paraíso.

Llegaron a un paraje tranquilo, dónde una manta, velas y una canasta de picnic esperaban por alguien.

¿Qué es esto?

Nuestra cena.

Albert…

Adoras los picnics, está demasiado frío para traer a Drew, pero te juro que todo mundo está cuidando bien de él, ¿me harías el honor de cenar conmigo, princesa? – le dijo mientras desmontaba del caballo y la bajaba lenta y tortuosamente, acercándola peligrosamente a él.

Albert veneraba su suave feminidad, su cabello rizado revuelto traviesamente por el viento, la larga túnica que se pegaba deliciosamente a sus suaves curvas, no llevaba ni una gota de maquillaje, pero era francamente hermosa, la mujer de la que estaba enamorado hasta los huesos.

Candy observó la masculina figura de Albert, sus fuertes brazos, su amplio pecho, sus fuertes piernas, ese rostro que parecía cincelado perfectamente por un artista griego, y los hermosos ojos azul intenso como las tranquilas aguas del mar caribe.

Los brazos de él rodeaban su cintura, y sus miradas se perdían la una en la otra, el magnetismo y la atracción eran innegables y más palpables que nunca, la tentación de perderse en la mirada del otro y de probar nuevamente esos labios era simplemente demasiada, pero también la conciencia de que una vez que dieran rienda suelta al deseo sería difícil dar marcha atrás.

¿Cenamos? – preguntó ella con un hilo de voz, preguntándose si en realidad sería capaz de comer algo.

Claro… -

Tomaron asiento sobre la manta, Candy se maravilló ante lo que tenía enfrente, deliciosos sándwiches de salmón ahumado o cordero en doradas hogazas de pan de centeno, una tentadora ensalada de crujientes lechugas con aceitunas y tomates cherry, por supuesto, un excelente vino blanco y fresas y chocolates de postre. Si había dudado de si lograría comer algo, era evidente que ante semejantes viandas no podría resistirse.

Te ves hermosa esta noche. – le dijo él con profunda voz.

¿Solo esta noche? – preguntó ella con un dejo de coquetería, era imposible no caer en el juego que ellos mismos habían denominado como prohibido.

Siempre, siempre te ves increíblemente hermosa.

Ahora sé que mientes, me has visto en mis peores momentos, sin maquillaje, agotada, ojerosa, con el cabello revuelto en lo que bien podía parecer un nido de ratas, con ropa manchada de vómito… Dios, no quiero ni continuar.

Hermosa, porque cada una de esas cosas sucedieron por causa de nuestro hijo, porque en vez de irte a un spa para relajarte y dejar que las enfermeras o Lena se hicieran cargo de él, tú te paraste en la línea de batalla, dispuesta a defender a Drew contra todo y todos, ¿acaso puedo pedir más?

De pronto era difícil tragar su bocado, escuchar esas palabras de él le provocaban un nudo en la garganta.

No luché sola… -

La verdad es que mucho tiempo luchaste sola, y si pudiera hacer algo para borrar eso, lo haría.

Albert, no luché sola, tú nos trajiste, nos diste un hogar, te consagraste a nosotros, lo demás, los reproches, el enojo, todo, era lógico, ni siquiera quiero pensar en ello, ya no importa.

Me dolió y me duele haberme perdido de la noticia que sería padre, haber sentido sus movimientos dentro de tu vientre, dormir abrazándolos a los dos, verlo nacer… no hace mucho soñé que estábamos en el penthouse en New York, y tu venías a mí embarazada, y llevaba mi mano a tu vientre para sentir como se movía el bebé… fue tan real.

Perdóname, no puedo borrar lo que hice… solo quería protegernos… a todos. –

Lo sé, no lo dije por hacerte sentir mal, solo que fue un sueño demasiado real.

¿Eso soñaste anoche?

Sí, tu estabas embarazada, te veías hermosa, una diosa, con tu cabello revuelto y tu vientre hinchado con el fruto de nuestro amor… - "y te hice el amor hasta que me confesaste que me amabas" moría por añadir eso, pero lo guardó para él.

¿Qué nombre te hubiese gustado? – la pregunta lo tomó por sorpresa.

¿Para Drew?

Sí…

Nunca lo he pensado Candy, solo él es Drew, y punto.

No podía ponerle Albert, y no podía darle el apellido Andrew, fue lo único que se me ocurrió hacer.

No te martirices, es perfecto… - le dijo acariciando su rostro y viéndola intensamente, después bajó la mirada, y tomando una fresa la sumergió en chocolate para llevarla a su boca, jugó tentándola y quitándola de su alcance, con lo que por supuesto manchó su rostro con chocolate.

Olvídalo, puedo tomar mi propia fresa. – la tensión de tan solo unos momentos atrás estaba rota, ella tomó una fresa, y deliberadamente untó el chocolate en el rostro de él.

Vas a pagar por eso. –

Albert la tomó en brazos y se dirigió con ella al mar.

Noooooo, alto, alto, el agua está helada, pescaremos una pulmonía… - le dijo ella mientras se debatía por soltarse, ni en sus sueños creía poder tirarlo ella al agua.

Albert la bajó con cuidado y con su pulgar limpió su rostro lleno de chocolate de una forma no solo cariñosa, sino sugestiva, con intención y sin quitar la vista de sus ojos llevó su pulgar a la boca de ella, Candy le sostuvo la mirada y tomó su pulgar completo con la boca, desde la base de este hasta la punta, lo recorrió con su lengua, Albert casi gimió ante su sensual gesto y sintió la sangre calentarse en sus venas. De pronto ella rompió la tensión sensual con una pregunta en apariencia sencilla.

¿A que estamos jugando, Albert? – la seriedad de su pregunta disipó el coqueteo.

No estoy jugando Candy. – su mirada era intensa, sus palabras llenas de verdad.

¿Entonces?

Creo que sabes de sobra la respuesta.

Albert… prometimos…

¿No enamorarnos? Sabes perfectamente que era una promesa ridícula, sobre todo, porque si no me equivoco nunca hemos dejado de estarlo.

Estoy completamente segura qué más de una vez me has odiado.

He estado muy enojado, y dije e hice cosas que no debía, pero la verdad es que por más que intenté nunca pude dejar de amarte.

Su intensa mirada y el peso de sus palabras era elocuente.

Albert…

¿A qué le temes?

A que lo nuestro no funcione, sabemos quienes somos como padres, y que haríamos lo que fuera por Drew, pero nosotros… ¿en verdad podríamos volver a ser pareja? ¿si no lo logramos cuales serían las consecuencias, para Drew, para nuestras familias, para nosotros?

Albert escuchó un eco de la primera conversación que habían tenido cuando él le pidió que fuera su novia, y recordó que en cierta forma lo había desestimado en ese tiempo, no había hecho lo necesario para construir con ella una relación fuerte a prueba de todo, esta vez no podía ser igual.

Bien, dame una oportunidad de conocerte, mantengámoslo en secreto, iremos tan lento o tan rápido como quieras, y si quieres podemos pactar legalmente los acuerdos que creamos convenientes con respecto a Drew.

Quiero que Drew nos tenga a ambos Albert, y si tu y yo peleamos… no solo eso, nuestras familias.

Candy, princesa, te amo, vamos a pelear mil veces, pero también vamos a encontrar la forma de resolverlo… eso es lo que debimos hacer en un principio. ¿Acaso ya no me amas?

Albert…

Está bien, puedo esperar por tu respuesta, solo quiero que sepas que cada cosa que haga, cada detalle, no es solo porque sí, o porque seas la madre de mi hijo, sino porque eres la mujer con la que sueño pasar el resto de mi vida.

¿Y si nunca llega la respuesta que esperabas?

Llegará mi amor, porque, aunque hoy no estés lista para reconocerlo, la realidad es que voy a hacer hasta lo indecible porque vuelvas a verme como me veías cuando eras solo una chiquilla que soñaba con el príncipe de la colina.

Estaban ahí parados, frente a frente, con las olas rozando sus pies desnudos, la luna como único testigo, el viento paseándose entre ellos, sus miradas entrelazadas, tan cerca que en cualquier momento podían fundirse en un abrazo o un beso, pero sin siquiera rozarse, Candy se preguntaba hasta donde llegarían si cedía tan solo un centímetro, y Albert seguro de sí mismo dejó de preguntarse, tomó su muñeca y la acercó a él, posó sus fuertes manos en su cintura, y tomándola por sorpresa se inclinó para besarla a conciencia, no el leve roce robado semanas atrás o esa mañana por orden de Drew, sino un beso real, profundo, hambriento, sus suaves y sensuales labios asaltaron su boca en donde aún se mezclaban el sabor dulce de las fresas, con el amargo chocolate y ese delicioso toque cítrico del excelente vino blanco que habían degustado.

Una descarga eléctrica recorrió sus cuerpos, él la acercó más a él, sin dejar siquiera un centímetro de espacio entre ellos, Candy podía sentir cada respiración, así como la dureza de sus músculos, ese cuerpo que ella amaba y deseaba, su beso la dejaba sin respiración, sus manos acariciaban su espalda, y sus senos oprimidos contra el pecho de él clamaban por más, por el toque de sus masculinas manos, el suave roce de las yemas de sus dedos sobre sus pezones, era como mantequilla expuesta al calor, simplemente se deshacía en las manos del rubio.

Él se volvía loco tan solo tenerla entre sus brazos y hacía acopio de toda su fuerza de voluntad y autocontrol por no recorrer cada centímetro de su blanca piel con besos ahí mismo, pero por ahora se concentró en sus labios, los degustó lenta y suavemente primero, los rozó con su lengua, y los mordisqueó levemente, después exploró su boca y en algún momento se invirtieron los papeles, ella lo tentaba deliciosamente manteniéndose a la justa distancia para negarle sus labios, él solo la alzó y siguió besándola, hasta que en un suspiro la escuchó gemir su nombre.

Albert…

Te amo.

La sintió estremecerse entre sus brazos. Candy estaba a una nada de decir en voz alta lo que realmente había pensado cuando gimió su nombre "Hazme tuya" pero un destello de fuerza de voluntad, o tal vez de testarudez la hizo entrar en razón.

Vamos con Drew, ¿sí? Pronto será su hora de dormir. – Albert sabía que su hijo sería mimado hasta el cansancio por todos, pero también era consciente de para Candy era importante estar ahí a la hora de dormir de Drew, así que solo le sonrió y accedió a complacerla.

Por supuesto princesa, vamos al castillo.

Entre los dos guardaron todo en una cesta y montaron de regreso en, con ella recargada relajadamente en su pecho, señalándole de vez en cuando algo hermoso, bebiendo la bella y casi mágica naturaleza que los rodeaba.

Desmontaron frente a la entrada principal, y un mozo de cuadra se hizo cargo de Beowulf, entraron al foyer del castillo, dónde una impresionante araña de luces iluminaba cálidamente las pesadas maderas antiguas que revestían las paredes, pisos y techos del lugar.

Iban tomados de la mano, de manera natural, tal como hacían casi todo entre ellos, con esa misma naturalidad que compartían una suite para ellos y Drew.

En la biblioteca estaba reunida la familia, Drew jugaba en el suelo alfombrado por tapetes persas y en ese momento pretendía ser un pequeño caballero medieval, montado en la espalda de Stear, quien jugaba a ser su corcel perseguían a Archie, quien al parecer era el malvado dragón que había raptado a la princesa, Victoria, de un año reía con delicia en brazos de su padre. Y los demás sonreían e intervenían cuando era oportuno en el juego.

Drew vio aparecer a sus padres y pateó las costillas de su tío para que se dirigiera a dónde ellos estaban, demandando ser alzado en brazos por su padre.

Estuvieron juntos por un rato más, pero era tarde para los pequeños que ya cabeceaban en brazos de sus padres.

Lo llevaré a dormir. – ofreció Candy.

Yo lo llevo, tú quédate otro rato, bebe otra taza de chocolate y gánale esa partida a de ajedrez a mi padre. – le dijo Albert azuzando el orgullo de su progenitor.

Soy invencible. – se ufanó William

Tal vez padre, pero esta pequeña hechicera pretende ser débil y encantadora, te hipnotiza con esos verdes ojos y sus sonrisas inocentes, y cuando menos acuerdas ha capturado a tu reina y asesinado a tu rey. –

Jajajajaja, tal vez tengo una ventaja sobre ti mi querido hijo, yo no estoy enamorado de ella. – le regresó William provocando un murmullo de risa en la sala.

Gánale y cállale la boca, princesa. – le dijo Albert con un guiño a la rubia que se había puesto de mil colores ante el comentario de los hombres Andrew.

Albert hizo que Drew se despidiera de todos para llevarlo a la cama, y observó a la pequeña Victoria que también cabeceaba.

Archie, creo que Victoria también necesita dormir, ¿quieres que llame a su nana? –

No, yo me encargo… - dijo Archie de pronto inseguro sobre que debía hacer, pero sintiéndose ridículo de necesitar de una niñera, (que por cierto, no había llevado con él) siendo él el padre… un padre que a decir verdad ni idea tenía de la rutina de la pequeña.

Nosotros podemos ayudarte a llevarla a dormir. - se ofreció Patty, bastante segura de que su cuñado no sabía ni cambiar un pañal.

Sí, vamos, Victoria quiere que su tío favorito le cuente una historia. – intervino Stear poniéndose de pie y haciendo reír a la pequeña.

Los cuatro salieron de la sala en una pequeña algarabía de juegos y cosquillas, Candy regresó su vista al tablero, y atacó la torre de William con un movimiento inesperado que le hizo alzar la ceja al hombre y soltar una carcajada.

Un poco más alejados el grupito restante conversaba, y Katherine se atrevió a hacer la pregunta que rondaba en la mente de todos desde que vieron llegar a Archie esa tarde, solo, con la pequeña Victoria a cuestas y un sinfín de maletas.

¿Cuándo se reunirá Anne con nosotros?

Katherine suspiró, en realidad no había recibido una llamada de su hija mayor, pero Archie le había comentado la razón de la ausencia.

No vendrá… pasará Navidad y año nuevo en New York, al parecer está curando una exposición para el MET. –

Bueno, tendremos que ayudar a Archie. – dijo Pauna con practicidad, sabiendo de sobra que su amiga sufría por la distancia de su hija.

Sí, habrá que enseñarle a cuidar de Victoria… - dijo Katherine aún con semblante preocupado.

No te preocupes Katherine, verás que una vez que se resigne a que su ropa sufra por causa de Victoria, todo será más fácil. – le dijo Anthony con un guiño ligero tratando de disipar la tristeza del aire.

Katherine y Pauna le sonrieron, Victor rellenó las copas y cambiaron de tema a cosas más amenas, esperaban que Rose, George, y Elroy llegaran pronto, Rose había sido dada de alta, y se esperaba dar a luz en Londres, en dos meses más, así que habían emprendido el viaje con un médico a bordo del avión privado y todo lo necesario para una posible emergencia.

Albert regresó una media hora después a la sala familiar, justo a tiempo, para ver a su padre ser derrotado por Candy en la partida, y simplemente alzó en vilo a la rubia que se lanzó a sus brazos ante la emoción de ganarle por primera vez la partida a William.

Poco después de eso se retiraron a descansar, Candy y Albert entraron a la suite que compartían, la cual en sí constaba de dos recámaras, antes de que Candy entrara a su habitación Albert se despidió de ella con un beso en los labios, y ella solo le sonrió y negó con la cabeza antes de desaparecer en su habitación y cerrar la puerta tras de sí, Drew dormía apaciblemente en medio de la cama, ella se desvistió con lentitud, y buscó entre sus cosas una piyama, se recostó y apagó la luz, pensando en el beso que había compartido en la playa con Albert, con una sonrisa en los labios, el príncipe la amaba, y esperaría a que ella estuviera lista.

Candy daba vueltas en la cama veía las horas correr, Morfeo se negaba a acogerla en sus brazos, a la 1 dejó de dar vueltas por temor a despertar a Drew, decidió salir a la terraza a contemplar la luna, tomó la bata de satín y cubrió su delgado camisón de tirantes, salió tratando de no hacer ruido, la sala de la suite estaba fría, Candy se estremeció, y la voz de Albert la sobresaltó.

¿Tampoco podías dormir? – su voz sonaba ronca.

No quería molestarte… -

No molestas, ¿quieres un trago? –

No, regresaré a mi habitación, te dejo… -

Por favor no te vayas. – había algo en su voz que la hizo detenerse, volteó a verlo, la nube que cubría la luz de la luna se movió y le permitió verlo, sentado en el sofá, con un vaso de whiskey en su mano derecha, su torso estaba desnudo, presumiendo descaradamente esos abdominales de dios griego, el amplio y fuerte pecho donde ella tanto amaba recostarse, su regazo se antojaba para sentarse en él, y dejar que la envolviera en con sus cálidos brazos. – ven y siéntate conmigo, por favor, creo que padecemos el mismo mal nocturno.

¿Mal nocturno?

Deseo no satisfecho… o me vas a negar que tu falta de sueño se debe al recuerdo del beso que compartimos en la playa.

Eres un engreído. – Candy quería sonar indignada, pero en vez de eso su voz sonó coqueta.

Te amo, no voy a negar que muero por volver a probar tus labios, pero no solo eso, extraño el sabor de tu piel, quiero recorrer cada rincón con mi lengua, sentir el divino peso de tus senos en mis manos, y el vaivén de tus caderas mientras tu intimidad me devora.

Albert… - odiaba que su voz sonara cada vez más deseosa, en vez de callarlo quería escucharlo decir que más quería hacer con ella. -Solo es sexo lo que deseas. –

No Candy, te equivocas, sexo puedo conseguirlo en donde sea y cuando sea, quiero hacerte el amor, y eso no puedo hacerlo con nadie más que contigo, no es mera necesidad sexual es un hambre que me carcome, un hueco dentro de mi que nadie sino tú puede llenar.

Candy se acercó a él hipnotizada por sus palabras, como si cada sílaba pronunciada la atrajese irremediablemente a él.

No juegues conmigo…

No juego princesa, lo quiero todo de ti, quiero hacer realidad mi sueño, quiero tenerte a mi lado como mi amiga, mi amada, la madre de mi hijo, mi esposa, quiero tener hijos contigo, escuchar ese primer latido, sentir esa primera patada en tu vientre, y mimarte lo indecible. Déjame amarte Candice.

Albert se había puesto en pie y se había acercado peligrosamente a ella, con el deseo escrito en su rostro, su aliento era tan cercano que ella podía aspirar el delicioso aroma de la malta pura de su whiskey escocés.

Sí… - le dijo ella con voz temblorosa.

¿Sí? – el le sonrió impúdicamente y alzo una ceja.

Sí, ámame. – no podía resistirse a ese hombre.

Albert la tomó en brazos y la llevó con él a su habitación, la depositó en la enorme cama de dosel y con reverencia besó sus labios.

¿Estás segura?

Sí, muero por sentir tus caricias, por probar tu piel, me consumo de deseo por ti, y o puedo seguir negando que solo tú puedes saciar lo que siento.

Albert volvió a besarla mientras sus cálidas manos recorrían su cuerpo por encima de su bata de satín, buscando las cintas para desamarrarla, una vez que lo logró, puso su manos sobre su vientre, acariciando suavemente, y subiendo lentamente hasta sus pechos sin dejar de besarla, acarició su pezón por encima de la delgada tela satinada, y sintió como se endurecía ante su toque, pidiendo más, Candy gimió en su boca de puro deseo, Albert deseaba deshacerse de la estorbosa tela y hundirse en ella, su erección pulsaba, tirante, tensa, deseosa de saciar el dolor entre sus seguramente húmedos pliegues, pero lo haría lentamente, la amaría como había deseado amarla por más de dos años.

Descendió de su boca a su cuello, y ella recorrió sus fuertes hombros con sus manos, había frenetismo en su toque, deseo y pasión contenida por demasiado tiempo, ella no quería una lenta sinfonía, quería el clímax, lo besó con pasión y dirigió su mano hacía el sur de su anatomía dónde encontró esa magnífica erección que tan solo de imaginar su miembro dentro de ella la hacía estallar en oleadas de placer, gimió en la boca de Albert, de deseo, quería su boca mordiendo sus pezones, sus manos recorriendo su cuerpo, y su magnífico, aterciopelado, y duro pene introduciéndose dentro de ella, llenándola, saciándola, haciéndola vibrar.

El calor subía por su cuerpo, y lo escuchó gemir ante sus caricias, su mano rodeaba a duras penas su pulsante falo, acariciándolo a todo lo largo, subiendo y bajando rítmicamente, mientras él se había deshecho de la parte superior de su camisón y había atrapado uno de sus pezones en su boca, acariciándolo con su lengua, a veces suave, a veces rápido, a veces mordisqueando, su otra mano se ocupaba de su otro botón de rosa, como si temiese ofenderlo por falta de atención, mientras con su otro brazo se mantenía en vilo sobre ella.

Ella tironeo de su pantalón para deshacerse de él, y el rio mientras la acariciaba.

Vas muy rápido.

Te he deseado por casi tres años Albert, he dormido entre tus brazos rogando no soñar que me haces el amor porque entonces moriría de vergüenza, y lo único que quiero es sentir tu piel desnuda contra la mía.

Tus deseos son órdenes princesa, le dijo ayudándole con el pantalón y desvistiéndola a ella por completo.

Contemplo con deseo su hermoso cuerpo desnudo, y trazó con las yemas de sus dedos los caminos naturales de sus valles y montañas, haciéndola suspirar y gemir, besó su cuello, su pecho, sus costillas, su abdomen, trazó con su lengua alrededor de su ombligo, y sus manos subieron hasta sus senos para apretujarlos y acariciarlos con insistencia.

Candy sentía que se derretía, como mantequilla sobre un sartén caliente, el descendió más y besó su cadera, sus muslos siguió hasta sus pies ignorando a propósito su monte de Venus y disfrutando verla retorcerse de placer, sus verdes ojos estaban oscurecidos de deseo, de pasión de lujuria.

Quiero probarte.

Todavía no. – le dijo él mientras seguía torturándola.

Albert…. – jadeó Candy.

El abría con firmeza sus muslos, y pasó su lengua a lo largo de la entrada a su jardín sin atreverse a entrar aún. La besó, y luego con delicadeza introdujo su lengua saboreando su almizclado gusto, oliendo la característica fragancia de su intimidad.

Su lengua implacablemente acarició esa sensible parte de ella, mientras con cuidado introducía un dedo en su apretada cavidad.

Candy gimió, mientras el frotaba, lamía, entraba y salía rítmicamente, y ella sentía su erección caliente y dura apoyarse en su pierna. Quería tomarlo con su boca, rodear su sensible punta con su lengua, introducirlo lentamente dentro de su boca… saborearlo como el exquisito manjar que era.

Candy se perdió en la olas de placer que la invadían, y gimió ante el primer orgasmo de la noche, estaba segura que no sería el único y deseaba más, hacía más de tres años que su cuerpo anhelaba el contacto con las manos, la lengua, la piel y los besos de Albert, lo amaba y él la amaba de eso estaba completamente segura en ese instante, todo lo demás era pasado, el presente era lo que sucedía en ese instante, en esa habitación y entre los dos, y el futuro, tal vez llegaría con ese pequeño que concebirían esa misma noche y que Albert sintió en sus sueños … quien sabe, después de todo al divorciarse de Michael, hacía más de dos años y con todo el caos que significó la batalla por superar la enfermedad de Drew, no había vuelto a tomar ciertas precauciones al respecto, a decir verdad, ya no importaba, lo amaba con locura, con desesperación, con hambre y con necesidad, tal vez esa noche después de todo solo moriría de placer en sus brazos, sintiéndose amada, protegida, plena y completa por primera vez en mucho tiempo.