Notas de la autora:
Creo que el anime en sí mismo es una representación genial del comienzo del interés romántico de uno hacia el otro, y decidí que simplemente no reescribiría las escenas que ya hemos visto, sino que me enfocaría en lo que considero que es más importante. Habrá spoilers sobre todos los episodios emitidos.
Hasetsu no existe en la vida real, pero fue fuertemente influenciada por la ciudad de Karatsu, en la prefectura de Saga.
El consultorio del doctor en este capítulo de verdad existe en la vida real, aunque no está en Fukuoka. Cualquiera que viva en Tokyo probablemente será capaz de reconocer esta clínica en particular, así que supongo que es una especie de Easter Egg.
Notas de la traductora:
¡Hola!
Gracias a los que han leído el primer capítulo, acá (al fin, luego de ¡6 meses!) llega la continuación de esta gran historia.
:)
¡Mil gracias a Meliza y Bellatrix por betear el capítulo!
Aún así, cualquier error es de mi absoluta responsabilidad.
Y... ¡Quisiera darle millones de gracias a Hyperion que dejó un hermoso comentario! Lo que vos decís que sentiste fue lo mismo que me pasó al leerla y por eso me animé a intentar traducirla, porque es una historia maravillosa. Te mando un fuerte abrazo y espero que disfrutes de la continuación. ¡Hasta el próximo capi!
Por último, les quiero comentar que esta misma historia traducida la pueden encontrar en AO3 y allí van a encontrar, adjuntos al final de cada capítulo, links que la autora comparte con respecto a los aspectos que toca en la historia. Yo misma dejo algunos links de páginas en español que sean más o menos parecidos a los que deja la autora. Si les interesa este tema del VIH/SIDA, les recomiendo ir a verlos.
Capítulo 2
—¡Vitya! ¡No hagas esto! ¿No lo podemos hablar?
Viktor miró por encima de su hombro, la nieve acariciaba su mejilla como un amante. Ese toque en su nariz hizo que Viktor sonriera; eso era lo más cerca a estar vivo que se había sentido en meses. Podía saborear el frío en el aire como una promesa de dulces sueños al apoyar la cabeza en la almohada. Él no había podido tener un buen sueño desde que el doctor sacó alquitrán negro de sus venas.
—Yakov, eres el mejor coach que he tenido. Nada cambiará eso.
—Si te marchas ahora, nunca podrás regresar.— Había algo en sus palabras, un sentimiento de finalidad. Viktor se giró y caminó en la nieve, siguiendo sus huellas hacia atrás. Dejó caer su equipaje a un costado. Era una sola maleta, con lo suficiente para sacarlo del apuro, hasta que sus cajas llegasen a Japón, pero se sentía como si la hubiera llenado con ladrillos. El ruido sordo que hizo al golpear la nieve le hizo acordar a Viktor al sonido de la tierra que arrojó sobre los ataúdes de su madre y su padre.
—Dasvidaniya. Lo siento, pero esta vez no puedo hacer lo que me dices.— Besó la mejilla del hombre y sintió la piel cálida y áspera con sus labios agrietados. Necesitaba que el hombre supiera, que entendiera.
—¿Por qué le haces esto a un hombre viejo?
Viktor rio. Una risa llena de alivio, dificultosa y llena de vida. —Porque este hombre viejo entiende. Necesito… necesito encontrar una razón para vivir. Me despierto en la mañana y no tengo una razón. Con los doctores y la medicina… Creo que ella tenía razón, esta temporada se acabó para mí.
Viktor extendió el brazo y subió el cierre de su abrigo. —Este año encontraré mi inspiración.
—Pero, ¿qué haré yo sin ti?
—Cuida de Yuri. No va a estar feliz porque me haya ido. Y asegúrate de que Georgi no pierde la cabeza completamente. Los periódicos amarillistas tomaron esas imágenes de su novia haciéndole ojitos a otros hombres. Sabes cómo se pone.
El gruñido que Yakov dejó escapar calentó una parte dentro de Viktor y tuvo que luchar con las ganas que tenía de reír.
—Ese bastardo será mi fin. Ha estado pidiendo mi atención por años. Pero tú eres el mejor patinador del país, Viktor. Sé que quieres llegar a los Juegos Olímpicos, pero, si te retiras este año, podrías no ser capaz de volver a competir.
Pero él ya había tomado una decisión y Viktor no podía permitir que el hombre se hiciera falsas esperanzas. —Yakov… ambos lo sabemos. Mi carrera murió.
—No digas estupideces, Vitya. Eres joven y te pondrás mejor.
Y aún así, todavía había una herida abierta y enorme que aún tenía que cicatrizarse y el sentimiento de culpa lo carcomía por dentro. Con Mikael negándose a contestar cualquiera de sus llamadas… Viktor se vio tentado a simplemente dejar un mensaje en su teléfono, pero, si alguien más lo escuchaba, sin lugar a dudas lo venderían a los periódicos. Era como un puñetazo en el estómago saber que si lo dejaba, que si algo malo le pasaba a Mikael o su esposa, sería su culpa.
¿Qué podía hacer? ¿Qué quedaba por hacer?
Viktor empujó lejos los pensamientos sobre Mikael y su esposa rubia. Después de haber pasado los últimos tres meses como un ermitaño, Viktor necesitaba algo más grande. Necesitaba una promesa, un futuro.
Y eso era Yuri Katsuki.
—Necesito hacer esto. Por favor, perdóname.
—Eres un grano en el culo.
Viktor suspiró y alzó su brazo para acomodarse la bufanda. Necesitaba mantener sus manos ocupadas, mantenerse a sí mismo de pie. —Hay otra cosa que debo pedirte. Necesito un favor.
Yakov parpadeó y extendió su mano para cubrir su cara cuando un viento particularmente fuerte le lanzó nieve a los ojos. —Vitya, ¿qué necesitas?
Viktor frunció los labios. —¿Puedes empezar a depositar mi dinero en mi cuenta en Suiza?— Era vergonzoso pensar que su gobierno fuera capaz de hacer tal crueldad, pero ellos ya habían demostrado que tenían pocos escrúpulos para hacerle eso a otros. Cuando la madre Rusia quiere sangre, la obtiene.
La idea de ser despojado de su vida por completo y de su sustento era… Era algo posible. —La última cosa que necesito es que me dejen sin nada para cuidar de mí mismo.
Yakov inclinó la cabeza, pero aceptó. —Ellos no te harían eso a ti, Vitya. Eres una estrella. La gente te ama, ellos nunca escucharían ni una palabra en contra de ti.
Sin embargo, todo lo que Viktor podía ver era la foto de Mikael y su novia caminando por un interminable pasillo tomados de la mano. La prensa los amaba también…
—Yakov, ¿recuerdas el año pasado, cuando 7 Days y Girl's Tears publicaron esas fotografías?
Por supuesto que no sería difícil para Yakov recordar el caos que cayó sobre sus cabezas durante unas cuantas semanas el año anterior. Dos de las revistas para chicas más populares habían publicado unas fotografías de Viktor y Mikael Loskov caminando tambaleantes por las calles de Moscú. Nadie podría olvidar la tormenta de fuego que estalló y que, al final, quemó todo a su paso.
Viktor todavía podía recordar la sensación de la brisa gentil y el calor en su vientre cuando Mikael tomó su mano y lo empujó contra un edificio de piedra. Estaban fuera de la vista de otros, pero aun así las cámaras lograron conseguir unas cuantas tomas algo inclinadas. Si contenía la respiración, Viktor casi podía sentir los labios del jugador de fútbol contra los suyos.
—Me dijiste que te sentiste mal y que él te estaba ayudando.
Viktor rompió el contacto visual con su coach. —Lo… Lo siento, Dedushka. Sabía que te enojarías.
—Está casado, Viktor. ¿En qué estabas pensando?
El enojo era algo esperable. Yakov siempre le dijo que nunca jugara con una mujer casada. Él debería haber tomado esas palabras en serio.
—No estaba pensando… Él dijo que iba a dejarla.
Yakov resopló. —No confíes en los hombres que dicen que van a dejar a sus esposas porque, si las fueran a dejar, ya lo habrían hecho. No necesitarían decirlo.
Viktor tiró de su manga. —Lo sé… Ahora lo sé.
Las revistas y los blogs explotaron. Viktor esperaba que esa fuera la oportunidad perfecta para que Mikael juntara el valor y respondiera con la verdad. Mientras que la homosexualidad era considerado un tema increíblemente tabú, estar con otro hombre no era ilegal… no técnicamente.
Pero Viktor sabía que era un sueño imposible en ese entonces, así como lo sabía ahora. Mikael podría haber perdido su trabajo, podría haber perdido sus patrocinadores, podría haber perdido la oportunidad de jugar para Rusia en el futuro. Era lo mismo que Viktor temía, era la misma razón por la que se mordió la lengua y se negó a comentar algo para aclarar las cosas cuando su amante salió en una revista riéndose del asunto con un movimiento de manos.
Oh, esa noche. Viktor estaba borracho y vomitó por todos lados. No aguanta bien el licor. Encuentro ofensivo que me llamen petukh y estoy seguro de que Viktor siente lo mismo. No confundan amistad con ese disparate. Mi esposa no lo encuentra divertido y yo tampoco. Quizás Viktor sí, pero él siempre ha tenido un sentido del humor extraño.
—¿Le contaste acerca de esto?
Viktor negó con la cabeza. —No contesta mis llamadas. No hay nada que pueda hacer más que seguir llamando, incluso si él no atiende el teléfono.— Nada más que el mismo Viktor plantándose frente a la puerta del hombre conseguiría obtener la atención de Mikael y él no estaba dispuesto a ir tan lejos. Ser golpeado en la cara nuevamente sería difícilmente algo inesperado.
—Yo… yo no sé qué pasaría si…
Si es que hice que se enfermara.
Era duro para Viktor formar las palabras y dejó que la oración muriera en la punta de su lengua antes de tomar otra respiración profunda y cerrar la boca. Mordió su labio superior con los dientes y se removió de un pie al otro.
—Hiciste lo mejor que pudiste, Vitya. Lo que tenga que pasar, pasará; tú no puedes controlarlo. Está en las manos de Dios ahora.
Las manos de Dios.
Las manos de Dios le dieron forma a él, le dieron forma a la enfermedad en su sangre, le dieron forma al mundo para odiar y temer.
Las manos de Dios no eran amables.
Dios estaba muerto.
Pero Viktor sólo asintió con la cabeza a su coach y le dio una última palmadita en el brazo, obteniendo confort del ceño fruncido en la cara del hombre más viejo. —Espero que tengas razón... y espero que él sea amable.
Viktor tenía esperanza, a pesar de la desolación del paisaje de Rusia. Siempre le gustó Japón, la brisa cálida, el olor dulce de los árboles que guardan tesoros escondidos. Yuri Katsuki le trajo una descarga de energía y la emoción por algo que había perdido hacía largo tiempo, como el sol en la tundra rusa.
Así que recogió todas sus cosas y continuó su camino.
Podía escuchar a Yakov soltando insultos, pero no destilaba veneno como uno esperaría.
Yakov siempre estaba lleno de sorpresas.
Yuri Katsuki era una alma gentil, pero escondido dentro de él había un fuego ardiente.
Viktor podía verlo en la forma en la que el hombre se movía con pasos inseguros y torpes, en sus manos que incómodamente sujetaban su ropa y jugaba con sus uñas, en cómo se trababa con sus palabras a pesar de ser muy versado en el idioma inglés. Su inglés probablemente era mejor que el inglés de Viktor después de haber vivido en América por tanto tiempo, pero, aún así ocasionalmente, usaría una palabra equivocada u olvidaría por completo lo que quería decir.
Solamente era algo esperable, decidió Viktor. Él se sentía casi tan cohibido como Yuri.
Pero ese fuego estaba allí.
Viktor se dio cuenta de ello inmediatamente. No estaba en la manera en la que sus labios temblaban antes de que lo notara, pero sí en la determinación que los mantenía firmes contra sus dientes cuando lo hacía. Su nariz se dilataba cuando Viktor le preguntaba si podía o no lidiar con la presión, aun cuando sus dedos jugaban con sus cutículas hasta que se veía la piel rosa y fresca, expuesta y desnuda al mundo.
Era algo abierto, vulnerable, salvaje.
Debajo de su tierna pelusa y miedo había algo, alguien, que Viktor deseaba conocer.
Tomó tiempo romper el cascarón y, cuando todo salió afuera, Viktor se dio cuenta de que ya estaba metido de cabeza.
Había algo que lo bañó de pies a cabeza en el momento en el que el hombre lo miró a través de sus mechones oscuros y con unos ojos de un profundo color marrón en el onsen. Aquello le habló de una manera en la que nada lo había hecho antes y Viktor supo que Yuri era su salvación y su perdición y todo lo que había entre medio. Él no podía formar palabras, juntar sus pensamientos, racionalizar sus decisiones.
Fue en el Onsen on Ice cuando Viktor supo que se estaba tambaleando sobre una especie de balance, cuando supo que un solo paso en falso podría mandarlo al borde del precipicio. Con la arrolladora actuación, que tenía como único propósito hacer que Viktor se sintiera orgulloso, él se dio cuenta de que no podía esconderse de eso, no de sí mismo al menos. Él sabía cómo esconderse de otros, pero admitírselo a sí mismo hacía que su estómago se revolviera y que todo lo que quisiera hacer fuese descansar su cabeza sobre el hielo y dejar que éste sacara el fuego de su cuerpo.
En cambio, dejó que Yuri lo envolviera entre sus brazos y no pudo hacer nada más que aceptarlo.
Cuando Yuri, el dulce y tímido Yuri, posó su mano en su cabello, fue el momento en el que Viktor supo que Yuri sentía lo mismo. Un toque tan pequeño, pero que para Yuri bien podría haber sido lo mismo que mover una montaña. Esa fue la primera vez que Yuri se atrevió a acercarse y a tocarlo por su propia cuenta, sin pensarlo antes o sin la desesperación que hubo en su abrazo antes del Onsen on Ice. Yuri tenía mucho miedo de que Viktor fuera a desaparecer.
Viktor temía lo mismo también.
Fidelidad.
El fuego ardía caliente y rápido, luego crepitaba ante la posibilidad de que lloviera.
Nadie se quedaba mucho tiempo.
Ploc. Ploc. Ploc.
Viktor se frotó los ojos con la parte posterior de sus manos y bostezó mientras movía sus hombros para deshacerse del calambre que se abría paso en sus músculos. Sin duda, un buen masaje podría haber ayudado, pero no había tiempo para ello ese día. Parecía como si la lluvia que golpeaba su ventana pudiera romper los vidrios, pero ellos se mantenían firmes.
La prefectura de Saga era un lugar precioso, pero la barrera lingüística era algo que hacía que quisiera arrancarse los pelos. No había pensado en ello, Viktor lo admitía para sí. Él asumió que Yuri viviría en algún lugar cerca de Tokyo y, sólo luego de llegar al Aeropuerto de Haneda, se dio cuenta de su error. Oh, y qué error el suyo. Eso significaba que, una vez al mes, Viktor debía encontrar una excusa para hacerse paso a Fukuoka, la ciudad más grande en Kyushu, para ver a más doctores y para que le extrajeran sangre.
Cada ocasión dejaba a Viktor exhausto: era una viaje de tres horas de ida y vuelta por una hora que pasaba en la clínica. Era una lugar agradable; había una área pequeña con alfombras de rompecabezas de arcoíris en un rincón donde los niños reían y jugaban mientras sus padres se sentaban cerca de ellos en unas sillas marrones. Casi siempre había algún joven extranjero por allí cuando Viktor hacía sus visitas, por lo general ellos se encondían en una esquina mientras jugaban nerviosamente con sus teléfonos. Viktor transpiraba cuando los veía del otro lado de la sala de espera y se volvió una costumbre usar uno de los buzos con capucha de Yuri en la oficina ya que le ayudaban a ocultar su cara.
—Éste es uno de los pocos lugares en Fukuoka con personal que sabe hablar inglés— le explicó el doctor al mismo tiempo que le hacía un torniquete en el brazo. —La universidad está a sólo unas cuantas calles. Ignóralos y ellos te ignorarán.
Era sólo un pequeño consuelo para distraerlo del pinchazo de la aguja al deslizarse. La campera fina de Yuri le traía otro tipo de confort esos días, usualmente estaba enrollada en su regazo, como un recordatorio de lo que le esperaba en casa al final del día.
Durante los días de visita a su doctor, Viktor le decía a Yuri que pasara su tiempo libre afuera del hielo, que usara su tiempo para ayudar a su familia o que lo pasara con sus amigos. El hombre hacía un gesto con los hombros cuando Viktor le preguntaba cómo había estado su día, así que no era difícil para él adivinar que Yuri había pasado la mayor parte del día mirando con anhelo el Ice Castle Hasetsu, deseando que sus patines tocaran el hielo en cuanto Viktor regresara.
Yuri intentó preguntarle una vez a Viktor a dónde iba en esos días, pero Viktor acallaba su pregunta deslizando una de sus manos debajo de la mejilla de Yuri y rozando con su pulgar la curva de su mentón. El japonés se derretía bajo su toque y Viktor solamente se sentía un poquitito culpable de usar su sensualidad con una víctima desprevenida.
Hoy era igual. Viktor sonreía mientras posaba gentilmente su mano en la parte baja de la espalda de Yuri durante el desayuno y observó cómo las mejillas de éste enrojecían ante su toque. Viktor no pretendía molestarlo, pero, por alguna razón, la ola de comodidad que provenía de la piel de Yuri hacía que la culpa se desvaneciera.
Pero entonces, la realidad siempre se revelaría a sí misma.
—Está lloviendo bastante fuerte hoy.— Yuri acomodó sus piernas debajo de sí y Viktor vio que la remera del otro se subía y dejaba al descubierto parte de la suave carne de su estómago. Había estrías en su piel que le hacían recordar a Viktor unas uñas marcando su espalda y apartó la mirada. Yuri, dulce Yuri, quien nunca había tenido la experiencia de encontrarse con un amante arañando la pasión en su piel… no tenía ni idea de lo atrayente que era.
Yuri estaba sano. Yuri estaba completo.
—Deberíamos ir al Ice Castle, tuve una idea para mi rutina para las Nacionales de la semana que viene. Quiero ver si consigo hacer un quad Salchow…— Pero, entonces, Yuri frunció el ceño cuando Viktor retiró su mano.
—Lo siento, Yuri. Tengo que ir a la ciudad.
Viktor podía ver la decepción en los ojos de Yuri y no pudo diferenciar correctamente qué le había molestado más, si la pérdida de la calidez de su mano o el hecho de que iba a perderse la sabiduría de Viktor durante la práctica de ese día.
—¿Puedo ir contigo?
Viktor tragó saliva y posó sus manos sobre la mesa mirando determinadamente el bowl con arroz puesto en frente de él. Los palillos negros al lado del tazón reflejaban la luz de la cocina.
Él sabía que la pregunta llegaría un día y el pensar en negarle algo tan simple como viajar con él a Fukuoka hacía que una parte de sí doliera. Yuri no se enojaría, pero sin duda estaría decepcionado… y más que la decepción, nacería la sospecha. ¿Por qué no? ¿Qué había en Fukuoka que Viktor quería esconder del mundo?
—Yo… no creo que eso sea una buena idea, Yuri.— Intentó sonreír, pero todo lo que pudo ver por el rabillo de sus ojos fue el ceño fruncido de Yuri.
Yuri estiró los brazos y se bajó la remera escondiendo esa fracción de piel de la vista de Viktor.
Era lo mejor.
—Sólo serán unas pocas horas. Pasa el tiempo con tu amiga Yuko y las chicas. Estoy seguro de que apreciarán pasar el rato contigo, ¿sí?
—Eso creo. Sólo que… pensé que podríamos pasar algo de tiempo juntos.
Aquellas palabras dolieron. Viktor se estiró y puso su mano sobre la de Yuri, pero no se sorprendió cuando su estudiante se alejó. Dolió, sí, pero no le sorprendió.
Estaba bien.
Viktor sonrió tristemente mientras se levantaba y se dirigía a despeinar el cabello de Yuri, sintió los gruesos mechones rozando sus dedos de la misma forma en que un pintor acaricia el papel con sus pinceles. —Eres como un Monet— Viktor susurró lo suficientemente fuerte como para que Yuri lo escuchara. —No te enfades. Te veré más tarde.
Viktor abrió la puerta, pero se giró cuando escuchó la voz de Yuri.
—Viktor…
La manera en la que su nombre rodó por la lengua de Yuri lo golpeó en un lugar desconocido, un lugar que creía muerto desde su diagnóstico. Era un poco tonto tener tal reacción ante una palabra. Quizás era por el acento japonés que hacía que su nombre sonara entrecortado como el susurro de un amante en la agonía de la pasión. Era erótico e inocente, una contradicción y un enigma que hacía que el corazón de Viktor se hinchara hasta que comprendió que sus sentimientos eran, sin ninguna duda, mutuos.
Esto era lo que se sentía amar y, en las noches, todo lo que podía hacer era soñar con Yuri, con besarse, tocarse, con dejar que sus cuerpos se enredaran en la pasión y el éxtasis. Podía sentir un peso entre sus piernas mientras sus bocas se encontraban llenas de hambre y necesidad y por la manera en la que el dulce Yuri se abría ante el otro hombre. Él no escondía nada.
Y Viktor se despertaba llorando con Makkachin acurrucado a sus pies y su cuerpo temblando por los sollozos y por la humillación de encontrar semen pegajoso en sus piernas. Era blanco perla, un color de burla.
La transpiración nocturna había, mayormente, desaparecido, pero en esas noches siempre asomaba su fea cabeza haciendo que empapara la cama hasta el futón que yacía debajo. En vez de admitir frente a la madre de Yuri este problema, compró una sábana plástica y empezó a cambiar sus propias cosas escondiendo la tela húmeda en el lavarropas antes de que ella tuviera la oportunidad de hacerlo.
Ella siempre le acariciaba la mejilla y le decía "Sweetie boy", que eran unas de las pocas palabras que podía decir en inglés. Eso hacía que Viktor sonriera y empujara la verdad que quería salir disparada. Pero nunca lo hizo; la sonrisa dulce de ella mientras le alcanzaba sábanas nuevas le recordaba las mañanas de domingo que hacía mucho se habían ido. "Sweetie Vii-chan."
—Yuri, no te preocupes por ello. Disfruta tu día libre y nos encontraremos para cenar. Puedes contarme acerca de tus planes ahí.
Yuri asintió rígidamente y regresó a su bowl con arroz.
Viktor intentó esconder sus sentimientos mientras se dirigía de vuelta a su habitación para cambiarse de vestimenta, se aseguró de agarrar el pequeño paraguas que compró en un negocio local y se colocó la correa en su muñeca. Antes de irse, se puso sus auriculares y prendió el cierre de la campera fina que llevaba. Era verano y el aire era como el vapor de las aguas termales, pero sin duda la llegada del otoño y la lluvia harían que se pusiera más fresco en la tarde y noche.
Se puso sus zapatos y se dirigió hacia la estación mientras escuchaba las suaves melodías de las potenciales canciones para la futura rutina libre de Yuri. Había algunas ideas rondando en su cabeza, como invisibles y pequeños pixies picando y presionando desde todos los lugares y era duro para Viktor enfocarse en algo aparte del ceño fruncido y la decepción en la cara de Yuri al irse. Cada Axel y Lutz le hacía recordar la mirada de devastación cuando caía sobre el hielo después de un mal aterrizaje.
Viktor deseaba que hubiera otra forma, pero no podía pensar en nada más que mentiras. Dulces y felices mentiras que harían que Yuri sonriera, pero que sólo lo lastimarían al final.
Estaba acercándose demasiado.
El viaje pasó rápido, las interminables vías del tren le dieron a Viktor tiempo para pensar, tiempo para encontrar la mejor respuesta para lo que estaba pasando entre él y Yuri.
Yuri nunca había estado con un hombre o una mujer antes, ya que dedicó gran parte de su vida al deporte y a Viktor, un dios sobre un pedestal que sólo debía ser adorado desde lejos. Era difícil al principio entender el concepto; en teoría, él entendía que tenía fans. Él se encontró con miles y miles de ellos, incluso ayudó a entrenar a unos cuantos en sus años como juniors. Sabía de las mujeres y los hombres que se lanzarían a sus pies como ramos de flores y recogió los suficientes como para haber recibido las consecuencias como un castigo.
Pero Yuri lo miraba a él de una forma que era completamente diferente a cualquier cosa que Viktor hubiera vivido alguna vez, de una forma en la que le hacía sentir que sus pulmones estaban respirando fuego y evaporaban la humedad del aire.
Él era vida.
La lluvia aún caía fuertemente mientras caminaba desde la estación de Hanaka, y por las sinuosas calles secundarias, hasta la clínica asegurándose de acomodar su campera para ocultar su característico cabello blanquiplateado. Se sacó los auriculares y los guardó en su bolsillo. Nadie lo miró dos veces mientras esquivaba a unas pocas personas que andaban en sus bicicletas, el sonido de sus campanillas repiqueteaba por encima del ruido de la lluvia que caía.
Cuando llegó a la clínica, cerró su paraguas, lo colocó en el paragüero y se resguardó bajo una pasarela para evitar que lo salpicara la lluvia. Se las arregló para pasar por las puertas sin ningún problema mientras veía cómo sus dedos dejaban huellas en el vidrio como una mancha.
La clínica estaba en el tercer piso, pero con el agua en sus pies decidió no tentar a la suerte y, en cambio, decidió dirigirse hasta el ascensor. Era un espacio reducido, justo como para que no subieran más de dos o tres personas, pero era suficiente para él solo.
Viktor presionó el "3" en el panel y esperó a que las puertas se cerraran. Justo cuando comenzaban a cerrarse, algo corrió hacia el ascensor y lo agarró por la muñeca.
Yuri lo miró fijamente, su cabello pegado a la cara y su remera adherida a cada centímetro de su piel. Su cara estaba enrojecida y su respiración salía en jadeos sonoros, probablemente por haber tenido que correr para alcanzarlo a él. Había un tinte rojizo en sus mejillas y en el puente de su nariz y Viktor se preguntaba qué se sentiría si posara sus labios en la piel mojada. ¿Sería tan caliente como parecía?
No. No. Yuri era lo que es bueno en este mundo y Viktor sabía que no había nada que él pudiera darle al otro hombre más que enfermedad y muerte.
—¿Yuri? ¿Qué haces aquí? Te dije que volvería más tar...
—Viktor.
El dulce tono áspero de su voz, la sensación de su mano caliente sobre su brazo, la manera en la que sus ojos brillaban con algo que Viktor únicamente vio en sus peores pesadillas.
La puerta intentó cerrarse nuevamente, pero cuando golpeó el brazo extendido de Yuri, produjo un sonido metálico y se abrió otra vez. Yuri tiró de sí hacia adentro y se empujó contra Viktor presionando sus labios contra los de la boca del otro hombre.
Viktor sintió su corazón galopar hasta su garganta y peleó contra la necesidad de sacarse de encima a Yuri, de alejarse como Yuri ya había hecho una vez con él no hace mucho(,) cuando él se había acercado demasiado.
Eso era lo que debería haber hecho, eso era lo correcto, pero, en cambio, se encontró con que sus manos se estiraban para enredarse en el pelo de Yuri sintiendo los fuertes cabellos en las palmas de sus manos. Apoyó su cabeza sobre la pared del ascensor y permitió que la lengua de Yuri separara sus labios, cediendo el control por un momento, sólo por ese único momento.
Pudo sentir su pasión y su Eros en la forma en la que Yuri posaba su mano sobre su pecho y colocaba la otra contra la pared cerca de su cabeza, aunque esa mano rápidamente se movió para bajar su capucha. Ese no era el mejor beso que Viktor hubiera recibido en su vida; había muchos dientes y ya podía sentir la resbaladiza calidez de la saliva escurriendo por su mentón, pero lo que a Yuri le faltaba en experiencia lo arreglaba con puro y desenfrenado entusiasmo.
Era la cosa más sensual que alguna vez hubiera vivido.
El ascensor subió todo el tramo hasta el tercer piso y las puertas se abrieron. Entonces, se cerraron otra vez antes de que Viktor pudiera apartar a Yuri lejos de él.
—Yu… Yuri— exhaló deseando que hubiera podido encontrar a este hombre frente a él mucho antes, que hubiera podido prometerle el mundo y todas sus maravillas. Él podría haberle ofrecido un amante que estuviera sano y fuera seguro, un par de brazos fuertes para abrazarlo estrechamente.
Él no era nada de eso ahora.
—Vikku.— Yuri murmuró, a la vez que se inclinaba nuevamente y apoyaba su frente en la suya. El hombre de cabello oscuro estaba temblando y no estaba seguro de si era por causa del frío o del beso.
Viktor pasó sus manos por el cabello de Yuri hasta llegar a sus hombros sintiendo cada estremecimiento en sus palmas. —Yuri, no.
Si un corazón hubiese podido romperse en sus manos, lo habría hecho. Podía sentirlo en la manera en la que las piernas de Yuri parecían perder algo de control y en cómo sus manos se sentían a sus costados. Había humedad de la lluvia en las mejillas de Yuri y Viktor se acercó para pasar sus pulgares por debajo de sus mejillas.
—No puedo lastimarte, Yuri. Eres demasiado especial, demasiado importante para mí. No puedo…— Viktor quería llorar; él no había llorado despierto desde hacía mucho tiempo intentando mantener sus miedos para sí mismo. Quería ocultar el dolor en su amor por el patinaje, pero, cuando se subió al avión en San Petersburgo, no había esperado que Yuri fuera de la forma que era.
En el Grand Prix, Viktor recordó el shock que sintió cuando Yuri le dio la espalda y asumió que el chico era como el otro Yuri, con la cabeza un poco demasiado en alto, un poco demasiado seguro de sí mismo. La mayoría de las entrevistas estaban en japonés y, en aquellas que estaban en inglés, su coach era quien hablaba en gran medida. Viktor asumió, ignorantemente, que Yuri no quería molestarse en perder su tiempo con la prensa, pero ese no el caso para nada.
Lo que se encontró no fue nada parecido a lo que había imaginado y Viktor estaba agradecido por cada momento que podía pasar con este Yuri, este sorprendente hombre que ya había crecido tanto en esos pocos meses que habían pasado juntos.
—¿Cómo podrías lastimarme, Viktor?— Yuri susurró, su voz cortando el silencio.
—Yo… yo tengo que entrar ahí, Yuri… Puedes esperarme aquí. ¿Puedes hacer eso?
Yuri separó sus frentes y golpeó con su mano el botón para abrir las puertas dejando que Viktor saliera, pero en el último momento Viktor agarró a Yuri de la mano y lo sacó del ascensor. Sujetaba su mano como si ésa fuera la única cosa entre la vida y la muerte.
Yuri apretaba su mano igual de fuerte y él tuvo que luchar contra la necesidad que sentía de mirar la cara de Yuri. Él no podía desmoronarse, no allí en medio de la sala de espera.
La joven mujer medio japonesa sentada en la mesa redonda de la recepción les lanzó una mirada sorprendida, aunque si era a él o a Yuri no lo podía saber. Sus mejillas se tiñeron de rojo mientras se tropezaba al levantarse de su silla para hacer una reverencia.
—S-Señor Nikiforov, e-encantada de ver que llegó aquí. Papá… Quiero decir, el Doctor Fujimoto estará con usted en un momento. Usted y su… amigo… pueden tomar asiento.— Ella les señaló una hilera de sillas marrones, aunque Yuri miraba a su alrededor incómodo mientras chorreaba agua en el piso.
—Ah… un… eto…— Yuri apretó la mano de Viktor. —¿Toalla? — Le preguntó a la mujer, quien asintió y se levantó de su silla para ir a la parte trasera de la que salió con un manojo de toallas blancas que le alcanzó a Yuri.
Yuri soltó su mano para aceptar las toallas asegurándose de agradecerle a la mujer en inglés, aunque era claro que ambos estaban inseguros sobre qué decirse el uno al otro. Era tierno, realmente, ver a los dos usar un lenguaje que claramente no era su lengua materna para comunicarse simplemente por su bien.
Los dos se dirigieron hacia la sala de espera vacía, Yuri chorreaba agua por todos lados haciendo que Viktor sonriera con cada gota. Se secaron silenciosamente, Viktor se pasaba la toalla por la mancha de agua que el pecho de Yuri había dejado en su campera. Cuando terminó de hacer lo mejor que pudo, se inclinó y frotó la toalla en la cabeza de Yuri.
—Estás todo mojado— murmuró mientras acariciaba su cabello, sintiendo como se ponía de punta bajo sus dedos. El cabello de Yuri era grueso como el pelo de las crines de un caballo, algo que Viktor nunca había experimentado antes. Su propio cabello era fino y suave, como el de una mujer. Ésa era tanto la razón por la que había dejado crecer su pelo, como también era la razón por la que se lo cortó cuando dejó la división junior de patinaje. Lucir demasiado como una mujer atraía un tipo de atención que no era segura.
Su mano rozó la piel de Yuri y la sacó tan rápido como pudo, ya que no quería causarle mucha más vergüenza a su estudiante. Debería haberse apartado mucho antes, él sabía que su relación nunca podría funcionar. Sólo le daba falsas esperanzas a ambos.
Incluso su propio corazón, que latía en su pecho, quería quebrarse, pero no podía dejarle hacerlo. Si se quebraba, él mismo podría rendirse ante la sensación de la piel de Yuri contra la suya, de sus labios encontrándose, de la pasión y el fuego que eran todo lo que Viktor alguna vez soñó que sería.
Y, en sus pesadillas, se deslizaría dentro de Yuri como el monstruo que era, lleno de suciedad y muerte.
Viktor cerró sus manos sobre sus rodillas y se encogió. —Te lo contaré, lo prometo.
—¿Es algo malo?—. Había un tono infantil en su voz, una entonación que le recordaba a Viktor una y otra vez que Yuri no veía el mundo de la misma manera que él. Sus padres estaban vivos, él estaba sano, su mundo estaba completo. Había optimismo en su voz todavía. El mundo aún tenía que apagar eso que llevaba dentro.
—Si estás enfermo, podemos cuidar de ti… Yo puedo cuidar de ti.— Había pánico ahora.
La recepcionista dijo su nombre y Viktor se levantó, mirando inseguro a Yuri. Estaba temblando ahora, todo su cuerpo sacudido por el pánico. Viktor quiso decir algo, pero las palabras no venían a él y recordó el silencio de la playa. Fueron capaces de conectarse tan fácilmente, de entenderse uno al otro tan esencialmente y, aún así, aquí estaban… un abismo abriéndose entre ellos.
¿Querría Yuri que él siguiera siendo su entrenador? ¿Querría siquiera mirarlo? ¿Podría todo esto quemar este cómodo, cálido y perfecto mundo hasta volverlo cenizas?
—Sólo… Por favor, espérame.
Viktor se acercó y pasó sus dedos por la frente de Yuri, corriendo a un lado algunos mechones de cabello que se habían quedado pegados a su piel. Sabiendo que esa podría ser su última oportunidad, él se inclinó y posó sus labios en la frente del otro hombre sintiendo que el temblor disminuía. Intentó sonreír, pero era casi doloroso.
Se alejó y se dirigió hacia la oficina del doctor, bajando el cierre de su abrigo mojado. Un enfermera joven le sonrió mientras le señalaba la silla. Habiendo estado yendo a esta clínica en particular por casi seis meses, él sabía que ella hablaba inglés básico, así que rápidamente se sacó la campera, la colgó en la silla más cercana y se sentó en la otra.
—Brazo.
Viktor tragó saliva y asintió a la vez que estiraba su brazo y veía a la mujer hacer un torniquete ajustando el látex azul alrededor de su brazo. Siempre ardía un poco cuando ella hacía aquello, pero él sabía que no era su culpa.
Las venas debajo de su piel parecían sobresalir en la superficie, azul enfermizo, y ella pasó un algodón con alcohol por el pliegue de su codo. Esta enfermera era su favorita. A pesar de no ser capaz de comunicarse, ella era rápida y nunca fallaba.
Viktor casi vomitó cuando el primer chorro de sangre golpeó el plástico y tuvo que girarse para no ver. Él casi que podía escuchar la sangre llenándolo y eso hizo que su estómago se retorciera. Ella deshizo el torniquete y palmeó su mano cubriéndolo por los hombros con una mantita con pequeños gatitos bebés con su mano desocupada.
El proceso sólo duró unos minutos, pero para el momento en que ella recogió la docena de tubos llenos de sangre, Viktor se sentía mareado. Podría haber sido a causa de la sangre, pero estaba bastante seguro de que tenía más que ver con Yuri. Yuri, pobre Yuri, que estaba sentado afuera en los asientos marrones, como un prisionero esperando su sentencia.
Yuri, que intentaba salvar a su corazón de romperse.
La vida no era justa.
Observó a la enfermera mientras retiraba la aguja, viendo su sangre roja en contraste con la crudeza de su piel. Aún sentía, incluso después de seis meses, como si alquitrán negro fuera a salir de sus venas, pero ahora era un poco más fácil luchar contra el impulso de entrar en pánico cuando la veía. Intentaba imaginar un campo lleno de amapolas, algo que fuera hermoso y puro, algo que no estuviera manchado por sus manos.
Ella lo vendó con una curita de Rilakkuma, el oso lo miraba con sus grandes y negros puntos que hacían de ojos. Viktor sonrió al mismo tiempo que ella le daba una palmadita en su brazo y deseó saber cómo decirle a ella que aquella había sido una buena elección.
—Viktor, es bueno ver que estás bien— el doctor Fujimoto le dijo mientras entraba por la puerta mirándolo a través de sus lentes. Eso le hacía acordar a los lentes de Yuri, por la forma en la que eran un poco grandes para su rostro. —Y vi que trajiste a ¿un amigo? ¿Él es Yuri Katsuki?
Viktor asintió y rápidamente masculló un arigatou a la enfermera, que regresó con un paquete de galletas y una botellita de jugo. Tuvo cuidado de no lastimarse el brazo mientras abría el paquete y tomó una de las galletas, simplemente mirándola con desinterés.
—Sabes que no podemos dejarte ir hasta que te la comas— el doctor Fujimoto bromeó, a la vez que tiraba de su asiento. —Y es bueno que lo hayas traído. Vi que el Campeonato Nacional se acerca... Él va a participar, ¿cierto?
—No sabía que le interesaba el patinaje— Viktor comentó. Él devolvió la galleta a su paquete.
El doctor se rio. Era un hombre despreocupado, las líneas alrededor de su boca mostraban su habilidad para regalar sonrisas sin ningún reparo. Le hacía recordar a Viktor a cómo un joven y feliz Yacov hubiera sido, serio cuando se lo necesitaba, pero aun así feliz. Tan… no como Yakov, en realidad. El opuesto exacto, si era honesto.
—No puedo decir que me interese, pero supuse que sería mejor saber algo sobre ello, ya que eres mi paciente. Sé que es bueno tener otras cosas de las que hablar.
Era verdad. La abrumadora sensación de su enfermedad a veces se sentía como un peso en el pecho que mantenía su cabeza bajo el agua. Y no tener a alguien para hablar… era un aislamiento creado por él mismo.
—¿Él sabe acerca de tu diagnóstico?
Viktor negó con la cabeza. —Yo no… no quería preocuparlo.
—Odio tener que preguntarlo, pero si él es tu compañero sexual, necesitas dejar que lo sepa.
Viktor negó con la cabeza otra vez. —Yo… Nosotros… Yo no…
—Hay cámaras en el ascensor. Le dieron un susto a Mariko-chan.
Viktor podría haber llorado, pero, en cambio, se rio. Era todo lo que podía hacer, como dejar que una represa se rompiera, y se permitió reír incapaz de detenerse.
—Nuestro primer beso en un ascensor… Con mi doctor viéndonos.
El doctor lucía apropiadamente incómodo. —Lo siento, señor Nikiforov.
Viktor negó con la cabeza una vez más. —Él no es mi pareja.
Viktor odió el sabor de esas palabras. Si hubiera sido hace dos años atrás, sin pensarlo, él habría llevado a Yuri a su cama. Yuri no tenía ni idea de cuán tentador era, de cómo su cuerpo se movía perfectamente con la música. Él era la sensualidad en su más pura y natural forma. Era el primer pecado dado sin reservas.
Sin embargo, ahora…
—Voy a contarle después de esto… No va a funcionar. No puedo.
—Viktor, esto no es una sentencia de muerte. Entiendo que ha sido difícil, pero has respondido a tu medicina increíblemente bien. Tu recuento de CD4 está un poco por debajo de los 400 y tu carga viral está descendiendo lentamente.
Viktor miró perplejo al doctor. —No entiendo.— La gracia se había acabado.
—Viktor, estás mejorando. Tu sistema inmunitario sufrió un golpe a causa de la neumonía que tuviste en febrero, pero tus escaneos han salido bien desde julio. Tu sistema inmunitario está volviendo a reencaminarse. Todavía tienes una carga viral relativamente alta, pero está bajando lentamente también.
—Pero, ¿qué significa eso?
—Significa que la medicina está funcionando y que está suprimiendo el virus. No puedo decirte cuánto tiempo te llevará para que tu cuerpo se recupere completamente, pero… Éstas son buenas noticias, Viktor. Son muy buenas noticias.
—¿Estoy curado?
Viktor sabía que eso no era posible. La medicina aún debía crear una cura. Quiso comerse las palabras tan pronto como las dijo y el doctor pareció entender.
—Conoces la respuesta a eso.
Viktor cerró sus ojos y estiró los brazos para tocar la suave manta que cubría sus hombros. —Lo sé… Yo sólo…
El doctor no respondió y, en cambio, posó sus manos en los documentos que estaban esparcidos descuidadamente sobre su escritorio. —Hablé con la doctora Marks en New York.
—Uhm.
—Ella cree que sería mejor para ti que continuaras con el tratamiento que originalmente te prescribió y yo estoy de acuerdo. Parece que te va bien con ellos.
Viktor no sabía qué responder a eso así que tomó un trago de jugo para calmar sus nervios inquietantes.
—Tu carga viral está un poco alta todavía, pero si usas la protección apropiada, entonces la posibilidad de infección disminuye. Hay una pequeña chance de desarrollar resistencia a la droga, pero por ahora lo más importante es hacer que tu carga viral baje. Sé que has estado muy preocupado acerca de contagiar el virus, así que quizás te sientas más cómodo con abstenerte hasta que sea indetectable.
Viktor parpadeó frente al doctor, luego inhaló aire por entre sus dientes cuando lo entendió. —No. No puedo tener sexo con él.
El doctor se acomodó los lentes y miró a Viktor. —No digo que necesites hacerlo, pero, si quieres, existen maneras seguras…
—No voy a matarlo.
—Viktor, nadie está hablando acerca de matarlo...
Pero Viktor sólo podía escuchar la sangre agolpándose en sus oídos al tiempo que se paraba y se tambaleaba por unos momentos, antes de que la enfermera apareciera por la puerta de atrás y lo tomara del brazo para guiarlo gentilmente a su asiento.
—Viktor, cálmate. Tranquilízate.
Podía escuchar las palabras, pero todo era muy confuso. Todo lo que podía escuchar era la voz de Kamkin, sus palabras repitiéndose. El hielo en su voz, el frío helado.
"Usted ya no tiene permitido tener sexo. Si infecta a otra persona, irá a prisión."
Viktor miró fijamente la pared detrás de la cabeza del doctor Fujimoto mientras el hombre hablaba, pero él no podía concentrarse en nada de lo que le decía. Intentó mirar ocasionalmente al doctor, pero fue mucho para él y cerró los ojos sólo por un instante.
Estaba exhausto.
Escuchó el momento en el que el doctor se calló y enfiló hacia la puerta cerrada y, sólo entonces, fue que se permitió abrir los ojos.
Había un paquete nuevo y sin abrir de galletas y otra botella de jugo en la mesa, las migas estaban todavía en el piso, allí donde las últimas galletas debieron haber caído. Odiaba hacer un desastre que las enfermeras luego debían limpiar.
Alguien golpeó la puerta y Viktor hizo un escueto sonido para hacerle saber a la persona que estaba del otro lado que él aún se encontraba allí.
Era el doctor Fujimoto.
El hombre metió una mano en el bolsillo de su bata de trabajo mientras entraba a la habitación asegurándose de cerrar la puerta con un golpe sonoro. —Tu amigo Yuri quiere verte, si es lo que tú deseas. Puedo decirle que espere en la recepción si no estás listo. Pero, si lo estás, podemos llevarte a una de las habitaciones familiares. Es más cómodo allí.
—No sé qué decirle.
Era la verdad. Viktor no tuvo nunca la intención de decirle a Yuri alguna vez que estaba enfermo. Era algo de lo que quería protegerlo, no quería ser jamás la causa por la que él perdiera la chispa de pasión en sus ojos. ¿Por cuánto tiempo había sido el ídolo de Yuri? ¿Y cuán rápido podría destruir ese fuego?
Pero el beso, ese brusco y apasionado beso con demasiados dientes y saliva, hizo que Viktor sintiera algo que no había sentido en meses. En ese corto momento, fue como si fuera una persona nueva. Él no era el viejo Viktor, el playboy con un teléfono lleno de números que nunca había planeado llamar. Él no era el Viktor enfermo, que lloraba en el piso mientras escupía flemas y sangre teñida de negro.
Durante ese momento, él estuvo por encima de todo eso. Era algo de lo que podría haberse sentido orgulloso, el ser ese alguien que sabía que Yuri necesitaba que él fuera.
Yuri lo había vuelto más fuerte.
Y, aún así, allí estaba, débil y asustado.
—Puedes decirle mucho o poco, tanto como creas que es importante.
A Viktor no le gustó esa respuesta. —No quiero que me odie.
—Viktor, tienes una enfermedad. No pretendo saber qué es lo que estás sintiendo ahora mismo, pero lo que sí sé es que he tenido muchos pacientes que han estado en tus zapatos. No recomiendo hacer esto tú solo, especialmente cuando hay alguien que quiere estar a tu lado. Después de todo lo que me has contado acerca de él, no me da la impresión de que sea el tipo de persona que huye de un reto.
—Si lo enfermo, podría ir a prisión.
—¿Quién te dijo eso?
—Mi doctor.
—¿La Doctora Marks?
Viktor frunció el ceño. —No, mi doctor ruso… Él me hizo firmar unos papeles que decían que, si infectaba a alguien, iría a prisión—. Viktor levantó la mirada hacia el Doctor Fujimoto. —Él dijo que no me darán mi medicina. Escuché lo que les pasa a las personas como yo en los lugares como esos. No quiero morir como un petukh.
—¿Un qué?
—En prisión… Es un hombre… Ellos no lo consideran un hombre. Entonces… Lo usan como quieren—. Viktor no pudo seguir hablando con la garganta seca y sus manos temblando. —No puedo vivir así.
—Viktor, esto es Japón. No es Rusia. Mantente tranquilo, no tenemos la intención de mandarte a prisión en el improbable caso de que infectes accidentalmente a tu pareja.
Esas palabras intentaban ser un consuelo, pero Viktor no pudo evitar sentir la preocupación en la boca del estómago. —Yo… yo no creo estar preparado para tener sexo.
—Entonces, sal a una cita.
La respuesta del doctor fue tan simple que Viktor no pudo evitar reírse, esta vez con una risa que no hizo que quisiera entrar en pánico. Cuán cierto… habiendo pasado gran parte de su vida rodeado de sexo, era difícil pensar en una relación sin el toque de un cuerpo caliente contra el suyo, sin la pasión en su vientre mientras unas manos van vagando y las sábanas se mojan por el sudor.
No por el sudor de las pesadillas, sino por el de la más pura adoración.
Pero, ¿una cita? —¿Como ir por un café?
El Doctor Fujimoto se rio y respondió con un "Claro, ¿por qué no?". Pero él estaba sonriendo, algo que el doctor llevaba a todos lados sin ningún miedo. Era tan diferente a Kamkin.
—Viktor, eres un hombre joven. Tienes todo un gran futuro ante ti. Cuídate y vivirás una vida larga y feliz. Y nadie debería vivir una vida larga y feliz solo.
La sinceridad inundaba sus palabras y Viktor quiso creerlas. Más que querer, él podía sentir la desesperación tirando de él desde todas direcciones.
Él necesitaba creerle.
—¿Todavía está lloviendo?
—Eso creo.
—Entonces, me gustaría hablar aquí con él, por favor.
Viktor se tomó su tiempo para levantarse de la silla, sus piernas todavía se sentían un poco débiles. Agarró la campera ya seca de la silla, se la puso y se aferró a ella deseando poder hundirse en el olor del gel de ducha y el aroma de la colonia de Yuri. Siguió al doctor por la puerta opuesta y entró a un pasillo donde vio unas pocas habitaciones pequeñas ocultas. No era una clínica grande, sólo tenía cuatro habitaciones para pacientes, y él se sentía increíblemente afortunado porque la oficina no estuviera llena de gente. No estaba seguro de poder tener esta conversación afuera de la clínica.
—Acá, puedes quedarte tanto tiempo como lo necesites. Es un poco pasado el mediodía y vamos a tener un día tranquilo, así que voy a pasar por acá antes de que cerremos el lugar. Voy a decirle a Mariko-chan que traiga café.
—Gracias, doctor Fujimoto… usted no tiene que hacer todo esto.
El doctor le dio una palmadita en el hombro a Viktor y lo miró seriamente por un momento. —No es ningún problema, señor Nikiforov. Si él tiene alguna pregunta, me haría feliz el responderlas por ti. Sólo házmelo saber.
Viktor asintió y el doctor soltó su hombro y abrió la puerta antes de prender las luces apretando el interruptor al costado de la habitación.
Era tierna. Pequeños ositos pandas adornaban las paredes, del techo colgaban estrellas de papel sobre sus cabezas. Había una luz en la esquina y el equipo médico se encontraba escondido por unas cortinas. Incluso había un pequeño poodle de peluche en el sofá que estaba en un rincón de la habitación.
—La mayoría de las personas se sienten más relajadas aquí que en las otras habitaciones. Es mucho más agradable.
Era difícil imaginar a un niño sintiendo algo malo aquí. Era como aislarse del resto del mundo, sólo por un momento. —Creo que es un buen lugar.
Viktor se dirigió hacia el sofá y agarró el poodle para correr sus manos por la suave tela. No era igual que con Makkachin, pero aun así era un consuelo. Tomó asiento y se quitó los zapatos mojados. No se había dado cuenta de que aún los llevaba puestos, pero se sentía mucho más cómodo poner las piernas sobre el sofá, debajo de él. Podía sentir que los dobladillos de su pantalón estaban un poco húmedos y esperaba que no le hicieran mucho daño al sofá.
Cuando la puerta se abrió con un chasquido, vio la revuelta mata de pelo de Yuri y sus lentes grandes, eso hizo que Viktor quisiera acercarse y pasar su mano por ella, sólo una vez más. Si Yuri quisiera irse, él le dejaría hacerlo, pero todo lo que deseaba en ese momento era sentir su cabello entre sus manos.
—Viktor…— Yuri dijo indeciso mientras cerraba la puerta, dejando el nombre de Viktor flotando en el aire. —Estoy asustado.
—Lamento haberte asustado. Ven aquí.— Viktor palmeó el lugar a su lado. —Yo… esto es difícil para mí.
La ropa de Yuri estaba prácticamente seca, aunque su cabello todavía estaba bastante húmedo. Viktor podía saberlo por la forma en la que Yuri se frotaba la parte de atrás de su cabeza de la misma manera en la que lo hacía cuando el sudor en su cuero cabelludo le hacía sentir frío mientras patinaba. Cuando se sentó, Viktor pudo verlo tiritar.
—¿Tienes frío? Toma.— Viktor se acercó y se sacó la campera de Yuri para ponérsela por encima a él. —No quiero que pesques un resfriado. Tienes las Nacionales la próxima semana, ¿recuerdas?
Yuri levantó la vista y lo miró con sus ojos caídos, ojos que le decían a Viktor que no podría importarle menos el patinaje en ese preciso momento. —Viktor, por favor… sólo dímelo. Dime qué está mal. ¿Puedo arreglarlo?
El aire se le atascó en la garganta y Viktor se acercó para pasar sus manos sobre el rostro de Yuri, su pulgar iba trazando sus labios y su mentón, dejó que sus dedos índices se deslizaran sobre las pecas que salpicaban sus mejillas como las estrellas en una noche en pleno verano.
—No puedes arreglarme, Yuri. Estoy enfermo.
Viktor intentó memorizar cada peca, los agrupamientos contra la piel suave.
—Creí que era invencible, Yuri. Hice un montón de cosas de las que no estoy orgulloso… y ahora…
—Viktor. No te disculpes conmigo. No tienes que hacerlo.
Era duro para Viktor escuchar esas dulces palabras, esas inocentes y ridículas palabras. —Yuri, no, por favor, sólo déjame decir esto.
Yuri parecía luchar con la idea de decir algo antes de asentir con la cabeza. —Bien, Viktor. Esperaré.
Viktor no quería ver la cara de Yuri, pero se obligó a hacerlo. Necesitaba verlo, saber. Era autoflagelación en su estado más puro.
—Yuri, tengo VIH.
El aire se había ido de la habitación y los ojos de Yuri se abrieron enormemente. Viktor quería apartar sus manos, liberar a Yuri de la prisión que significaba su enfermedad, pero otra parte de él quería mantenerlo cautivo. Este era su sol, su fuego, su alegría.
—Pero estás sano.
Viktor parpadeó ante la respuesta. —Estoy medicado… Estuve enfermo en febrero. Mis pulmones… Tuve neumonía.
Viktor no deseaba contarle sobre las flemas y la sensación de estarse ahogando en tierra firme.
—Pero te ves saludable ahora. Yo… no entiendo.
—Lo estoy, estoy tomando mi medicina. Pero eso no significa que no esté enfermo.
Yuri tomó una respiración profunda, sus fosas nasales temblaban. —Pero estás sano. Estás aquí, estás vivo, no pareces enfermo. Patinas como siempre lo has hecho. Sonríes. No te estás muriendo.— Yuri levantó sus manos para agarrar el rostro de Viktor y, sólo entonces, Viktor dejó caer sus manos. —Tú no te estás muriendo… ¿verdad?
—No. No estoy muriendo. No ahora mismo.— Se sentía extraño admitir eso, incluso si él mismo no podía entender las palabras. No importaba cuántas veces los doctores le habían repetido esas mismas palabras, todavía era difícil para él comprenderlas, entenderlas. —Yo… todavía estoy vivo.
Yuri se atragantó con algo y soltó la cara de Viktor. Viktor no sabía cómo responder, dejó que su cuerpo se aflojara y volvió a poner sus manos sobre el poodle de peluche. Así era cómo se sentía el rechazo, ¿no? Se lo había esperado, después de todo. Se lo merecía…
—Vikku.— Ahí estaba otra vez, ese apodo que hacía que Viktor sintiera que se estaba deshaciendo desde adentro, que Yuri había encontrado el hilo para desarmarlo por completo.
—Yo… yo no sé mucho acerca de… esto. Apenas te he besado.
Viktor cerró sus ojos.
—No necesitas besarme para que yo sea tu coach.— Él sabía cuán importante era para Yuri tenerlo allí, cuánto había progresado desde que Viktor se había convertido en su entrenador. Era como ver el sol darse cuenta de que todo giraba a su alrededor. Ya no estaba tan asustado. —Nunca te castigaría… Yo quiero ser tu coach. Yo quiero estar contigo, de cualquier forma en la que tú me quieras.
—No, no, Vikku.
Oh, ¿él no lo quería como su coach tampoco? Él había sido tan afortunado con Yakov. Quizás Yakov estaba en lo cierto acerca de que ir hacia el fuego estaba destinado a quemarlo.
Viktor no quería abrir sus ojos, en cambio, se inclinó hacia adelante y acercó el animal de peluche a su cara.
—Eso salió mal, Vikku. No, por favor.
Viktor bajó el poodle y levantó el rostro abriendo los ojos lo suficiente como para mirar a Yuri.
Las mejillas de Yuri habían perdido su color y estaba claro que estaba al borde de las lágrimas, Viktor ya podía ver el atisbo de algunas en sus pestañas, pero sus puños estaban apretados y sus ojos brillaban como estrellas ardientes. —Viktor. Me quedaré contigo. Yo… yo quiero estar a tu lado.— Llegó hasta él y apartó el poodle de peluche entrelazando sus dedos con los de Viktor.
Estaba asustado, eso era obvio. Sus manos estaban temblando y su respiración salía entrecortada y quebrada, pero, a pesar de ello, Viktor sintió un pulso y un agarre fuerte cuando Yuri tiró de él para acercarlo y dejó caer su cabeza sobre el hombro de Yuri. Era una posición incómoda, pero en ese momento, al sentir el calor irradiando de la piel de Yuri desde debajo de su remera, Viktor hubiera dado cualquier cosa por pasar el resto de su vida de esa manera.
—¿No me odias?
—No, nunca podría.
—¿Te vas a quedar conmigo?
—Si eso es lo que quieres.
Viktor aspiró el aroma de Yuri, que olía como oscuras tardes de primavera. Le hacía recordar la alegría, los fuertes brazos rodeándolo mientras volaba en el aire, la risa de su papá y la cálida piel de su mamá contra la suya mientras ella se acercaba y lo llevaba sobre el hielo. No había nada más que aire limpio, el sonido de sus risas y el sonido del metal chocando contra el hielo.
—Yuri— Viktor susurró contra su cuello al mismo tiempo que pasaba su pulgar por la mano de Yuri, —¿Puedo besarte? ¿Eso estaría bien?— Él podía entender que Yuri dijera no. Esto era extraño, esto era aterrador, esto era infección y enfermedad.
Pero… había una oportunidad para él de vivir, de vivir de verdad.
Y él no quería hacerlo sin Yuri a su lado.
Yuri tragó y Viktor sintió al otro hombre apartarse. Cómo había conseguido no llorar, Viktor sólo podía suponer que fue de la misma manera en la que casi se mantuvo entero y con la promesa de que la mañana llegaría sin importar lo que pasase.
Era un beso titubeante, Viktor lo sabía. Era un beso tan suave que no estaba seguro de que sus labios se estuvieran siquiera tocando. Era un beso de mariposa, uno que fue fugaz y frágil, uno que podría hacerse añicos si tocase sus alas.
Era todo lo que Yuri era y todo lo que Viktor necesitaba.
Viktor no estaba seguro de si debía acercarse para acunar con su mano la mejilla de Yuri y fue bendecido con la liberación de sus pensamientos cuando Yuri presionó con sus dedos el cabello de Viktor pasando sus dedos por él.
Cuando Yuri rompió el beso, apoyó su frente contra la de Viktor.
—Tengo miedo.
—Yo también.
—¿Podemos tener miedo juntos?
Viktor miró dentro de los ojos marrones, profundos e infinitos.
—Creo que eso me gustaría, Yuri.
Viktor podía sentir su corazón latiendo en sus oídos y escuchó cómo la sangre corría por sus venas sin vacilar.
También podía escuchar los latidos del corazón de Yuri.
Notas de la autora:
Noten que Viktor le dijo a Yuri que tiene VIH, no SIDA. Esto fue hecho a propósito. Para muchas personas, el SIDA siempre ha sido considerado una sentencia de muerte. Ser VIH+ es una mejor manera de describir el estado de Viktor, especialmente después de que su neumonía PCP se curó. El SIDA es un síndrome que se manifiesta por sus síntomas. Ésta es una cuestión importante para Viktor porque significa que está aceptando lentamente que va a vivir. La idea fatalista que tiene acerca de su enfermedad será tocada más adelante.
Hay un montón de lágrimas y miedo en estos primeros dos capítulos, pero los próximos serán sobre el progreso de una relación con alguien que es VIH positivo, como así también habrá un cambio sobre el punto de vista, que se alejará de una perspectiva médica y se acercará a uno que se relaciona más con los problemas sociales y políticos de alguien que es VIH+ y el estigma que esto conlleva.
Voy a continuar incluyendo la información relacionada con la enfermedad porque, mientras que el virus de Viktor parece estar bajo control, hay aspectos que analizar sobre su condición. La mayoría de las personas no se dan cuenta de que todavía hay cosas de las que hay que preocuparse cuando el virus está bajo control: la posibilidad de una recaída o reinfección, la resistencia a los medicamentos, el IRIS (Síndrome Inflamatorio de la Reconstitución Inmune, que es básicamente tu cuerpo atacándose a sí mismo), así como también están los efectos de las medicinas (que a veces son bastante tóxicas para el hígado y los riñones).
