Hola Chicas, pues es un placer estar de vuelta, he aquí el siguiente capítulo, espero que lo disfruten.
Gracias por cada uno se sus comentarios, gracias por compartir sus vidas, por su comprensión, por recordarme porque es maravilloso escribir, y en gran parte es por cada uno de sus comentarios.
Un gran abrazo y bendiciones.
For C, just in case you decide to read, luv ya.
RAA 42
Eran cerca de las dos de la mañana, la neblina cobijaba su furtiva huida, porque a pesar de la hora el salón de la gala estaba a punto de reventar, habían triplicado la meta de recaudación, pasado un buen tiempo, y gritado a los cuatro vientos con sus acciones que se pertenecían el uno al otro, y ahora se escapaban una vez más en sus vidas, en busca de aventuras juntos.
Albert ayudó a subir a Candy al auto, ambos estaban cansados, pero sonrientes, la bruma los envolvía, y el aire húmedo podría calar hasta los huesos de frío, pero a ellos esas pequeñeces como el cansancio, o el frío parecían no hacerles mella.
¿A dónde vamos? – preguntó él casualmente.
Jajajajaja, a casa de mis padres… por supuesto. – le dijo ella tratando de desconcertarlo.
¿Y ahí hay un escuadrón de fuerzas especiales para secuestrarnos? – le preguntó él recordándole su travesura en Alemania.
¡Albert!
Se que tienes algo planeado…
¿Qué me delató?
También tengo algo planeado…
¿Es espectacular?
Espectacular es lo que pienso hacerte en cuanto estemos solos.
Jajajajaja, ¿acaso estás bien para manejar?
Mejor que bien… así que dime, ¿tu sorpresa o la mía?
¿Cuál era la tuya? – le preguntó ella traviesa.
Escocia, mi pequeña princesa Celta... ¿Tu plan?
Exactamente el mismo…
¿Hablas en serio?
Sí, el avión está en el hangar.
Vamos entonces. –
Albert tomó su mano y la llevó hasta sus labios para besarla.
Te amo, princesa.
Y yo a ti mi príncipe.
Unas cuantas horas después la puerta del castillo se cerró tras de ellos, Albert la tomó en sus brazos, y la llevó cargada en dirección contraria de donde ella había esperado ir, con la ayuda de Rose había pedido que le prepararan las habitaciones que habían usado durante las navidades, lo que Candy no sabía era que Albert y ella tenían la misma cómplice, así que Rose cedió a lo que Albert le pidió y guardó el secreto.
De pronto se encontraron frente a un elaborado arco de piedra y madera, una enorme puerta antigua estaba cerrada frente a ellos, el castillo parecía desierto, aunque en cada rincón las cálidas luces estaban encendidas, y en las chimeneas crepitaba el delicioso fuego que hacía olvidar nevado paisaje invernal que los había recibido, que contra todo pronóstico brillaba sereno bajo la luz de la luna, en vez de estar envuelto en bruma.
Albert abrió la puerta e intrincadas escaleras de antigua piedra se dibujaron ante ellos, estaban perfectamente iluminadas por la suave luz de las antorchas, y un arome exótico flotaba en el aire, dulce, profundo, sensual.
¿Albert?
En un momento sabrás dónde estamos. – le dijo él con una sonrisa enigmática.
Ella aún llevaba el sensual vestido color rojo que había usado para la gala, Albert le había pedido que no se lo quitara, quería ser el mismo quien se deshiciera de la magnífica prenda con tortuosa lentitud.
Ascendieron entre besos y risas lo que parecía una interminable escalera de caracol, y al final un suntuoso vestíbulo adornado con finas tapicerías medievales, alfombras antiguas y pesados muebles de cedro los esperaba.
Sobre la larga mesa de madera cubierta con un fino mantel de terciopelo color vino se encontraban copas doradas, bandejas del mismo color llenas de exquisitos bocadillos, frutas, postres, cortes, flores seguramente provenientes del invernadero, velas, era una vista magnífica.
Albert la puso en el suelo y la besó, rodeó su cintura con sus brazos y la atrajo hacia la firmeza de su cuerpo, la deseaba con todo su ser, pero iba a tomar las cosas con calma, iba a disfrutar de ella, a llenarla de caricias, a adorarla como la diosa que creía que era.
Candy sintió como las fuerzas la abandonaban tan solo con la calidez de su cercanía, sus hombros anchos, sus amorosos brazos alrededor de ella, sus fuertes manos abarcando su espalda, y sus labios saboreando los de ella con lenta y tortuosa insolencia.
¿Quieres dormir? –
¿Dormir?, después de que me has besado de esa forma, ¿crees que podría dormir? -le preguntó ella incrédula.
Solo quiero darte la opción… - el asomo de sonrisa traviesa en su cara lo delataba por completo, ella lo miró con ternura y le dijo perdiéndose en el azul cielo de sus ojos.
No quiero opciones, Albert, te quiero a ti. – le dijo ella con absoluta seriedad.
Él no tenía que escuchar que se lo pidiera dos veces, la besó con la pasión contenida por tantos meses, esa pasión que en realidad nunca se había ido, la necesitaba, tanto como al aire que respiraba, y hoy ya no iba a negarlo más.
Ella se aferraba a él, mientras sus delicadas manos recorrían su ancha y musculosa espalda, se había sentido incompleta por tanto tiempo, que ahora quería disfrutar a consciencia cada segundo que iban a pasar juntos.
Ven, te serviré algo de vino.
Tus besos son suficientes para embriagarme.
No quiero embriagarte, más bien quiero prolongar esta noche hasta el infinito.
¿Dónde estamos?
¿No puedes adivinarlo? - preguntó él con una sonrisa mientras le extendía una pesada copa.
Candy la tomó y en cuanto la tuvo entre sus manos cayó en cuenta que el cáliz que sostenía no era una chuchería dorada, sino una bella obra de arte medieval incrustada con piedras preciosas y el escudo de los Andrew grabado en él.
Albert… esto… pertenece a un museo. – dijo ella observando con atención su alrededor, reparando en que todos los utensilios de la mesa estaban hechos de mismo valioso material dorado, y que la luz de las velas arrancaban destellos multicolores a las gemas preciosas que los adornaban.
No, pertenecen a la señora de los Andrew.
La señora de los Andrew es tu madre.
Sí, pero un día tu lo serás, y no me pongas esa cara escandalizada, recuerda que la costumbre de los Andrew es ceder el mando al hijo mayor cuando este cumpla 40, no estoy tan lejos de eso.
Sólo si está casado y tiene un heredero… - le dijo ella recordando con una sonrisa toda la historia familiar que William y Albert le habían enseñado a modo de cuento de hadas.
Pues, tengo un heredero varón, y algo me dice que el día que pueda llamarte mi esposa por todas las leyes posibles no está tan lejano.
Estamos… estamos en la torre sur. – dijo ella de pronto entendiendo.
Las ventanas de esa torre daban al mar, y según la leyenda era la torre que el primer Andrew había mandado construir para su bella esposa, ahí había puesto sus habitaciones, la había rodeado de lujos, y resguardado de todo y de todos, decían que los hechizos de amor que unían a esas piedras hacían de la torre un lugar indestructible, y a lo largo de los años, las pequeñas calamidades y catástrofes que habían azotado al castillo siempre habían pasado de largo a la torre de la luna, como la llamaban los locales.
De niña Candy había deseado conocer ese lugar, pero estaba prohibido, cerrado a todos, era un lugar secreto, sagrado, inviolable.
Albert, no deberíamos estar aquí, este lugar le pertenece a tu madre.
No amor mío, el corazón inglés de mi madre nunca amó las leyendas de esta tierra, y para ella la mansión de Londres es su todo. ¿Te he dicho que te ves hermosa en ese vestido?
Más de una vez…- le dijo ella pretendiendo indiferencia mientras le daba un sorbo a su copa. El fuego se reflejaba en sus chispeantes ojos verdes y parecían coronar sus dorados rizos con una etérea aurora. Albert sabía que su aparente compostura era un juego, y que moría por ver lo que había detrás de la hermosa puerta labrada con rosas y la insignia de los Andrew. Pero quería confesarse, así que con voz ronca y sonrisa traviesa continuó tendiendo sus lazos de seducción.
Tal vez no te he dicho que tu costumbre de pedirme que suba el cierre de tu vestido me vuelve loco y me provoca querer bajarlo en vez de subirlo, desde aquella lejana mañana en New York, cuando me hiciste olvidar un idioma entero.
Jajajajaja,- la risa fresca de la rubia que recordaba ese lejano día repiqueteó en las piedras antiguas, y contra atacó con otra pregunta - ¿y qué crees que me provocó despertar vestida con una camiseta tuya, con la fragancia de tu perfume tatuada en mi cerebro?-
No lo sé, dímelo, quiero escucharlo. – pero Albert no se había inmutado, más bien se acercó a ella y le susurró al oído lanzando un escalofrío por su cuerpo, la voz entrecortada de ella le respondió mientras la fuerte mano varonil acariciaba la desnuda y delicada nuca.
Cuando me despertaste ese día soñaba contigo… - el rojo carmín tiñó las mejillas de ella de una manera encantadora.
¿Qué soñabas exactamente?
Soñaba que tu boca recorría mi piel, que tus manos me llevaban a las puertas del paraíso… - le confesó ella.
Y yo soñaba despierto con hacer eso mismo. -
Los labios de él, hambrientos, urgentes y demandantes asaltaban su boca y los de ella respondían a su invitación, su cálido y delicioso aliento se mezclaba con el de ella, y sus lenguas iniciaban una sensual danza entre gemidos y suspiros.
El suelo de madera crujía bajo sus pies, las mullidas alfombras amortiguaban un poco los pasos, Albert la había cargado hasta cruzar el umbral para evitarle el camino complicado en tacones, pero las horas pasadas en ellos comenzaban a pesar.
Amor… -
Dime, preciosa.
Necesito deshacerme de estos tacones. – le dijo con franca sinceridad.
Creo que eso puedo remediarlo. – la tomó en brazos y la llevó a través del umbral a la siguiente cámara, una habitación aún más suntuosa que la anterior, dónde una enorme cama de cuatro postes finamente labrada y cubierta con cortinajes de seda color champagne y dorado esperaba por ellos, caminó con ella en brazos hasta la cama para sentarla al borde de esta.
Tomó asiento a su lado y subió sus piernas sobre las suyas, con reverencia acarició el empeine y siguió hasta los tobillos, paseó las yemas de sus dedos por sus piernas, lanzando escalofríos por su cuerpo, con ternura se deshizo de las torturantes obras de arte que ella calzaba y las dejó caer sobre la mullida alfombra de terciopelo que se extendía alrededor de ellos como un mar de verde musgo.
Masajeó suavemente sus pies, provocando que un gemido involuntario escapara de los labios de la rubia, después la acercó a él y prácticamente sentándola sobre sus piernas, la besó con ternura, mientras una mano la acercaba más a él, ella tomó su rostro entre sus manos, y saboreó de manera consciente el néctar de sus besos.
Albert acarició sus piernas semidesnudas recorriendo cada vez más camino, frotando con su palma, o bien otras veces solo con la yema de sus dedos, trazando círculos suaves llegó hasta sus muslos y acarició la delicada y sensible cara interna de ellos, sin llegar demasiado alto, pero provocando en ella esa deliciosa sensación de cosquilleo y excitación ante su toque.
La húmeda calidez de sus besos que habían bajado de su boca a su cuello y hombros, e incluso a sus pechos por encima de la ropa hacían que la temperatura de su cuerpo aumentara, además de que claramente podía sentir la firme erección de él presionar contra su trasero.
Candy desabotonó la camisa un poco y metió su mano dentro para sentir la suave y caliente piel de su masculino pecho, buscó con intención la excitante protuberancia de su pezón y lo rozó con la punta de su dedo haciendo que este se endureciera, los besos se hacían más intensos, esta vez no habría restricciones, iban a entregarse el uno al otro, a beber de su piel, a saciar el hambre que los tenía famélicos desde hacía demasiado tiempo.
Cada roce, cada sensación, parecía magnificarse a proporciones inauditas, pareciera que mil descargas de placer recorrían sus cuerpos, Candy sintió como Albert buscaba el cierre de su vestido por debajo de la capa, pero lo detuvo con suavidad.
¿Qué sucede mi amor? – preguntó él con premura.
Quiero que hagas tu sueño realidad. – le dijo ella con una sonrisa confiada.
Lo estoy haciendo… - le dijo él confundido.
No, espera. –
Ella se puso en pie desconcertándolo por un minuto al darle la espalda.
¿Qué pretendes?
Qué esta vez olvides todo, no solo un idioma. – le dijo viéndolo con coquetería por encima del hombro.
¿Sabías que eres…? – no pudo completar la idea, porque ella dejó caer al suelo la capa del vestido y su esbelta figura enfundada en el ajustado vestido color rojo, quedó frente a su mirada, su menuda espalda, la estrecha cintura, la tentadora curva de su derriére.
¿Te he hecho olvidar el habla?
Estás a punto de hacerlo, pero no creas que no haré lo mismo contigo. –
Albert se puso de pie detrás de ella, y se inclinó para besar la curva de su cuello, mientras sus manos repasaban los brazos desnudos con caricias de aire, que con apenas rozar su piel provocaban que su piel se erizara en respuesta a su cercanía, pasó de sus brazos a su cintura, repasó su costillas, y encontró las suaves montañas de sus senos, que acunó con sus grandes manos, pellizcando un poco para excitar sus pezones a través de la gruesa tela de su vestido y sostén, sin dejar de llenar de besos su cuello, su nuca, su boca, atrayéndola al firme marco de su cuerpo, fundiéndose como si fuesen uno y pareciendo olvidar por un momento el cierre invisible de su vestido.
Albert… - La voz de Candy estaba cargada de deseo
¿Qué se siente desear tanto y obtener tan poco? – preguntó travieso en referencia a todo el jugueteo que habían vivido en ese tiempo de abstinencia voluntaria.
Morir… ¿Qué hago? ¿suplico? – preguntó ella verdaderamente dispuesta pagar penitencia.
No, solo dime que quieres que te haga, soy tu esclavo. – le dijo él entre besos mientras sus dedos torturaban uno de sus pezones y su otra mano se apoyaba en el vientre de ella.
Ámame, desnúdame, acaríciame con tus manos, con tu mirada, con todo tu ser, reconóceme como tuya. – Candy solo escuchaba su voz entrecortada, el deseo nublaba todo, las caricias que había soñado sentir tantas veces ahora eran una realidad, y ella parecía haber olvidado lo magnífico que era ser amada por ese hombre.
¿Eres mía? – preguntó él en un tono que parecía más una afirmación que un cuestionamiento.
Hasta el último aliento… -
Albert la separó un poco y dejó que su dedo viajara por su nuca, en una caricia divina, hasta llegar al cierre, que se extendía apenas visible hasta más allá de la parte baja de su espalda. Lo bajó lentamente, acompañando cada centímetro descubierto con un beso ardiente sobre la desnuda piel, después recorrió lentamente su cuerpo en una caricia, mientras la ayudaba a deshacerse del vestido y le impidió voltearse como ella pretendía hacer. Pegó su cuerpo semidesnudo al de él y recorrió lenta y tortuosamente con sus manos cada centímetro de sus curvas, sintiendo la suave seda de su piel deslizarse suavemente entre sus dedos, y el fino encaje de su lencería haciendo un juego de texturas delicioso, de pronto paró, se acercó a su oído sin tocarla y le dijo, es tu turno.
Ella lo miró con sonrisa maliciosa, y pegó su cuerpo apenas cubierto por prendas de encaje color negro al de él.
¿Me vas a rogar? – de pronto los papeles se invertían.
En realidad, creo que después de la tortura a la que fui sometido… - le dijo él travieso mientras sus alientos se cruzaban sin tocarse.
Voluntariamente… el sometimiento fue voluntario… - le dijo ella, haciendo como si fuese a besarlo pero manteniéndolo apenas a unos centímetros de ella.
Decía que… después de semejante tortura, creo que más bien merezco dar órdenes. – la mirada azul de él clavada en sus ojos verdes la derretían, ese gesto íntimo, y el amor que irradiaban sus ojos eran suficientes para doblegar cualquier deseo de poder.
Bien, amo, entonces deme órdenes…
Ponme en igualdad de circunstancias. - le dijo con voz ronca y seductora.
Candy pegó su pelvis a la de él, mientras se meneaba lentamente, desabrochando botón por botón y acompañando el acto con un beso en su piel desnuda, tal como él lo había hecho, dejó su torso desnudo y lo recorrió con sus manos y boca, arrancando suspiros de la boca de Albert, e incluso un gemido cuando prestó atención por encima de los pantalones a su descarada masculinidad que se erguía potente y orgullosa, palpitante, aterciopelada, tentadora. Atrapó su boca con la suya y saboreó el prolongado beso que se dieron, mientras sus manos desabrochaban el cinturón y se deshacían de los pantalones de él.
Albert la observó, su peinado se deshacía poco a poco, así que rizos rebeldes escapaban aquí y allá, su piel estaba sonrosada por la excitación y las caricias, y sus ojos resplandecían con una luz que no había visto antes en ella, ahora no había ni siquiera asomo de dudas, había seguridad, certeza, satisfacción, pero sobre todo, amor sin reservas.
Albert la alzó en brazos y la deposito en la cama, dónde procedió a llenarla de besos y caricias, sin darle tregua alguna, degustándola, torturándola, llevándola a los límites de la locura, haciéndola gemir y clamar por más, su traviesa lengua trazó círculos alrededor de sus pezones, su boca lo atrapó para succionarlo, mientras su mano exploraba suavemente su monte de venus jugueteando suavemente con su pliegues, haciendo que el sudor perlara su piel, y que su espalda se arqueara en busca de más cercanía.
Candy suspiraba trémula entre sus brazos, la ropa hacía mucho rato que había sobrado, por supuesto que las horquillas de su peinado ya no sujetaban nada, y ella era una masa convulsa de sensaciones, deseo y placer, la había llevado al clímax tantas veces, que ya había perdido la cuenta, con su boca, con sus dedos, con sus besos, amasando sus pechos en sus manos, apenas rozando su piel con su aliento, no tenía idea de que hora era, ni cuánto tiempo llevaban en ello, pero con cada orgasmo la necesidad de que él entrara en ella crecía, la volvía loca, gemía, se retorcía, la tenía a su merced, y entre gemidos y convulsiones logró decirle.
Basta, por favor… haznos uno. – le dijo con voz jadeante y sin aliento mientras Albert hacía cosas inimaginables a su cuerpo.
Espera… - Candy levantó la vista tratando de entender que tenía que esperar y de pronto entendió, pero la verdad no quería esperar, lo jaló del brazo y le dijo con firmeza.
No quiero esperar. –
Candy… -
Te amo tanto mi amor, que no me importa tener otros 20 hijos contigo… -
Albert la besó, exploró su boca con su lengua y se enterró en ella con lentitud, cada estrecho centímetro de ella se amoldaba a la magnitud de él con la suavidad de la seda, ahí era dónde pertenecía, las lentas embestidas del principio, cambiaron de ritmo, los besos se volvieron más salvajes, su cadencia más urgente, sus cuerpos estaban fundidos en uno, y como si no hubiesen tenido años de pausa, la magnífica sincronía de la que alguna vez disfrutaron los hacía presas del placer a cada momento, el clímax llegó de manera explosiva, las convulsiones de uno potencializando las del otro, los dos se dejaron perder en un mar de placer, en el cual por supuesto pretendían abandonarse nuevamente, tan pronto recuperaran el aliento.
Candy abrió los ojos perezosamente, una suave caricia recorría su espalda desnuda, se hallaba recostada boca abajo entre mullidos almohadones y debajo de la deliciosa y suave manta afelpada, giró su cabeza para ver al culpable de su desvelo, acostado de lado, con el masculino y marcado torso desnudo, su cabeza poyada sobre uno de sus brazos, y la mano libre recorriendo suavemente su femenina anatomía, su mirada parecía perdida, no se había dado cuenta que ella había despertado.
A penny for your thoughts my love. –
Perdóname mi amor, te desperté…
Vale la pena despertar cuando tú estás así, a mi lado. – ella se giró por completo, y una pequeña mueca de dolor cruzó su rostro.
¿Estás bien? – le preguntó él con algo de preocupación.
Sí, es solo la falta de práctica… ser tu amante es un deporte de alto rendimiento. – le dijo ella con una sonrisa pícara.
Pues entonces tal vez debamos entrenar con más ahínco, para recobrar la forma. -
Jajajajajaja, soy materia dispuesta. – le dijo ella mientras se pegaba a él para besarlo, al poco tiempo fue consciente de su masculinidad haciéndose presente ante lo que sus besos y cuerpo desnudo pegado a él provocaban.
Se amaron con lentitud, saboreándose delicada y pacientemente a ratos, fogosa y apasionadamente en otros, a eso de media mañana el vapor inundaba el exquisito mármol de cuarto de baño, Candy observó su imagen envuelta en la inmaculada toalla, su cabello húmedo se rizaba alrededor se ella, y pudo notar en su blanca piel los rastros de los jugueteos de la noche anterior, examinó su labio interno que se mostraba levemente hinchado y amoratado, producto de todas las veces que en medio de los arrebatos de pasión lo había mordido en medio de un gemido, y sonrió, su vida era por fin completa, perfecta, estaban juntos, tenían un hermoso hijo, cuya salud parecía mejorar a pasos agigantados. Vio la imagen de Albert en el espejo, él se acercó y la abrazó por detrás.
¿Qué piensas?
Qué soy la mujer más feliz y afortunada del mundo. – el ruido de protesta de su estómago interrumpió la magia del momento.
Jajajajaja, ven, vamos a vestirnos y a desayunar, después llamemos a tus padres para ver como está Drew, y quizá quieras montar un rato… -
No trajimos maletas, pero sospecho que eso no será problema, ¿cierto?
No, porque planeo no dejarte salir de esta torre.
Jajajaja, acabas de decir que iríamos a montar… ¡Albert! – le gritó ella sonrojándose con placer ante la insinuación de él.
Sabes de sobra que hay todo lo que necesites…
Siempre ha sido así, y siempre me pregunto cómo lo logras.
También sabes que no te aburriré con detalles mundanos como esos, ven.
Una vez que se hubieron vestido, Albert la guio a una de las puertas de la torre, era la salida a una terraza, la vista era espectacular, los bosques nevados, los riscos y acantilados, el mar golpeando suavemente contra los mismos, el sol invernal brillaba en lo alto, y una suntuosa mesa preparada alrededor de un fogón con brasas y discretos calentadores de fuego destinados a mantenerlos a gusto en medio de la mañana invernal. Chocolate caliente en una jarra de plata, panecillos, fruta, toda la comida preferida de ella sobre la mesa, Candy tomó asiento y se arrebujó en su manta, la sensación del aire frío, y el calor del fuego era deliciosa.
Pareciera que estamos en un castillo encantado, todo sucede y nunca se cómo, pero eres capaz de haber comprado hidropropulsores para que volaran hasta aquí Rob y Martha.
Jajajajaja, esa idea es más original que dejarlos entrar mientras nos bañábamos…
Desayunaron como el par de enamorados que eran, dándose de comer en la boca, intercambiando besos y caricias, tomándose de las manos, departiendo con complicidad.
Soy tan feliz que me parece estar soñando.
No es un sueño, mi amor es completamente real.
¿Qué sigue?
Tienen los caballos listos para nosotros, sé cuanto amas cabalgar en los bosques…
No me refería eso, me refería a nosotros.
Sigue amarnos hasta el final de nuestros días, e incluso, más allá de la muerte…
Sabes a lo que me refiero.
Mi amor, soy feliz, te amo, te tengo a mi lado, tenemos a nuestro hijo, nuestras familias, y tal vez después de todo lo que hicimos anoche sin protección pronto seremos cuatro…
Jajajajaja.
Sigue que seamos lo que siempre soñamos, compañeros de vida, de aventuras, cómplices, amigos, amantes… la parte de amantes nos sale de maravilla, por cierto.
Jajajajaja, me volvía loca por estar en tus brazos, por sentirte dentro de mí, tu fuerza, tu pasión, Albert, me has hecho tanta falta, contigo estoy completa….
No mi amor, ya estabas completa tu sola, tu realización como mujer, como madre, como persona no proviene de mí, sino de los cambios que tú misma hiciste, de lo que has aprendido en este arduo camino, eres una mujer admirable, íntegra, valiente, arrojada, amorosa, compasiva, la lista de atributos es demasiado larga…
Los tuyos también. Albert pasó su brazo alrededor de sus hombros y ella se acurrucó a su lado. Él besó sus cabellos y le acercó un plato con chocolates. – no puedo comer más Albert. –
Siempre hay espacio para el chocolate, y ese con la rosa grabada es simplemente exquisito mi amor.
Candy tomó el bombón que él le ofrecía y se dio cuenta que había algo extraño, era hueco, una especie de caja hecha de chocolate.
¿Albert?
Sé mi esposa, por favor di que sí. – le dijo él mientras la melodía de gaitas inundaban el paraje invernal en una conocida balada romántica. Albert se había puesto de rodillas frente a ella, y tomó la caja de sus manos, abrió la caja de chocolate y le mostró su contenido, un magnífico diamante montado en platino, por dentro, de la banda una esmeralda, una alejandrita color azul y una aguamarina incrustadas, los ojos de ella se llenaron de lágrimas ante el detalle.
Incrustaremos más cuando nazcan nuestros demás hijos.
Nuestra familia en piedras preciosas… Albert…
Nuestro amor ha probado ser indestructible como el diamante… ¿qué dices?
Sí, por supuesto que sí…
Después hablaremos de la fecha y demás, que por mí puede ser hoy mismo, un handfasting a la luz de la luna.
Jajajajaja, por mi ahora mismo, en este momento, que estoy segura tienes al sacerdote escondido en algún lado del castillo.
Jajajajaja, no, no lo tengo escondido en ningún lado, por mí puede ser hoy, mañana, pasado, en un mes, en un año, cuando tú quieras, solo debes saber que no te dejaré ir de mi lado, nunca más.
No quiero irme de tu lado nunca más amor mío… esta noche, un handfasting a la luz de la luna, solo tú y yo, después haremos las ceremonias oficiales, ¿quieres?
Un handfasting es oficial, para nosotros los escoceses…
Sabes a lo que me refiero, y no podemos hacer venir a la familia, Rose está demasiado próxima a dar a luz, pero muero por ser tu esposa, esta vez no quiero que nada se interponga entre nosotros...
Bien, sí así lo quieres no hay mas que decir, esta noche, solo tú y yo, un sacerdote, y los documentos legales que te hacen esposa del Laird de estas tierras.
Se besaron con algarabía, la melodía de las gaitas los acompañó durante otra media hora y después salieron a recorrer los bosques, Candy sabía que un ejército de empleados preparaban todo para esa noche, que el abogado de los Andrew volaba al castillo con los papeles necesarios, pero nada de eso importaba, eran ellos dos, juntos, por y para siempre, y es noche se convertirían en marido mujer.
Por la tarde, Martha, el ama de llaves, que a veces parecía ser parte de las mismas piedras de castillo y que conocía la historia familiar a profundidad, además de un par de jovencitas la ayudaron a arreglarse, una hermosa túnica de terciopelo bordada con hilos de oro con intrincados patrones de flores y el águila de los Andrew en ella.
Martha, este vestido es hermoso…
Es el que usó la abuela del joven, milady, su suegra, Lady Pauna no quiso una boda escocesa, ella era después de todo una princesa inglesa, aunque ama a Lord William con locura, los Andrew son hombres de una sola mujer, y una vez que han entregado el corazón, nadie más puede tomar su lugar, así que el niño William se casó con Lady Pauna en una boda estilo inglesa, en una abadía en Londres, si Lord William viejo la hubiera conocido niña, le habría gustado, era muy como el joven Albert, y él seguro está feliz con esta unión. – Candy sonreía mientras las chicas más jóvenes terminaban de arreglarla, y la anciana Martha daba indicaciones como gran señora. – Lo que no me gusta es que no estén aquí los señores, pero, si así lo quieren… - Martha se interrumpió al escuchar que alguien llamó a la puerta, y que esta se abría de inmediato, la imponente figura de Albert vestido en gala escocesa completa se dibujó en el umbral, y los ojos de la rubia resplandecieron al verlo.
No niño, no debes ver a la novia antes de tiempo.
Nana, vengo por mi prometida para que caminemos juntos, sabes bien que no habrá una procesión tradicional.
Por supuesto que la habrá, ¿acaso has creído que iba a permitir que hicieras las cosas así sin más…
Iremos juntos a caballo nana…
Sí, y el pueblo irá delante de ustedes con velas y flores, como corresponde, llevarás un paje con tu espada…
Sí nana, como tu digas, ¿podemos irnos ahora? –
Eres impaciente como siempre niño, pero has estado enamorado de esta chiquilla por tanto tiempo que te lo perdonaré, anda niña, que también mueres de ganas por correr a sus brazos.
Gracias Martha por toda tu ayuda, y gracias chicas. – les dijo ella dando un beso en la ajada mejilla de la anciana con dulzura y caminando hasta Albert.
Albert la cubrió con una pesada capa color blanca y la besó suavemente en los labios.
Te ves más que hermosa, amor mío.
Y tú demasiado apuesto.
Vamos… -
La tomó de la mano y la guio a la entrada, dónde su imponente caballo color negro esperaba por ellos, la montó sin dificultad sobre él, como si se tratase de apenas una niña, y luego montó detrás de ella. Madoc iba engalanado con arreos tradicionales, y un camino de luces ya se dibujaba frente a ellos, un paje llevaba sobre un cojín de terciopelo la espada enfundada que Candy le regalara para navidad, gaiteros con gala completa precedían la marcha.
La luna se dibujaba en lo alto, el horizonte y un camino iluminado por antorchas a ambos lados los llevó hasta lo alto del risco dónde el sacerdote les recibió.
Albert enterró la antigua espada en la tierra y rasgó una parte del tartán ceremonial que llevaba para que el sacerdote atara sus manos, las gaitas y coros celtas retumbaron en los alrededores y las tradicionales bendiciones fueron coreadas por la gente. Pero el punto cumbre de todo aquello que para Candy parecía un sueño fue cuando él, su príncipe la miro a los ojos y con infinita ternura le dijo:
Amor mío, sabiendo lo que es vivir sin ti, quiero decirte, que aunque se que puedo hacerlo, no quiero, quiero vivir a tu lado, amarnos con locura, caminar de la mano a cada paso, y enfrentarlo todo juntos, te amo más que el primer día, y me encuentro con que cada día que pasa mi amor por ti crece, te prometo que nunca estarás sola, que enfrentaremos juntos lo que sea que haya de venir, formaremos un hogar, y una familia con nuestro amado hijo, así como con los que hayan que venir, y andaremos este camino conscientes y agradecidos de que hemos sido bendecidos el uno con el otro. Te amo y humildemente te pido que me aceptes como el compañero de tu vida.
Albert, sabes bien que estar aquí es un sueño hecho realidad, eso eres en mi vida, todos los sueños hechos realidad, te amo, y sé que no hay nadie más con quien quiera pasar mi vida, quiero ser tu compañera de vida, trabajar juntos, soñar juntos, estar a tu lado a cada momento, saber que eres mi familia, y que soy la tuya. Te amo, hagamos cada uno de nuestros sueños realidad.
El sacerdote bendijo la unión y juntos retiraron la espada de la tierra. La gente se acercó para felicitarlos y acompañarlos de regreso con entusiasmo.
¿Celebraremos con ellos?
No, ordené lo necesario para una fiesta en el pueblo, pero tú y yo aún tenemos que firmar los papeles oficiales, y tengo una sorpresa para ti ahí dentro.
¿Una sorpresa?
No me mires con esos ojos, sabes que no te la diré ahora mismo. – Albert la besó y después la tomó en brazos para llevarla a través del umbral. La entrada principal estaba decorada con flores, y todas las arañas de luces del castillo encendidas, Albert la llevó hasta la biblioteca dónde la depositó en el suelo y la atrajo a él para besarla un poco más.
¿Esta es mi sorpresa? – antes de que Albert pudiera responder una pequeña voz gritó mamá, y Candy giró para buscarlo, pero solo se encontró con la imagen de Drew en una pantalla junto con sus padres, Pauna y William.
¡Drew! Mamá, papá…
La ceremonia estuvo divina, Candy. -Pauna la había interrumpido con emoción desbordante.
¿La ceremonia? – preguntó con confusión.
Sabes de sobra que no nos hubiesen perdonado si no los hubiésemos hecho partícipes.
Te amo. – le dijo ella y lo besó una vez más.
¿Contentos familia? – preguntó Albert.
Más que contentos Albert, sabes que estábamos cerca de secuestrarlos y poner como rescate que se casaran. – le dijo Katherine con una sonrisa.
Están vestidos de gala. – le dijo Candy sorprendida.
¿Esperabas algo más de tu madre y de Pauna? Apenas y logramos detenerlas de hacer que su boda fuese televisada. – le dijo William en broma.
Gracias por impedirlo William, y papá…
Mi niña, les deseamos toda la felicidad, y podemos cuidar de Drew por todo el tiempo que quieran para que se vayan de luna de miel. – les dijo Victor con una sonrisa.
Gracias papá, tenemos que hablarlo… -
Bueno, no nos hagan esperar más, firmen esos papeles, John debe estar impaciente por regresar a Londres. – les dijo Pauna conociendo de sobra al muy inglés abogado de la familia.
Jajajaja, está bien madre, haré pasar a John, brindaremos juntos, y después los dejaremos.
El muy formal John Henderson hizo su aparición saludando formalmente a Albert y a Candy, presentó los documentos legales pertinentes que hacían su boda oficial y válida. Con característica flema inglesa bebió una copa a la salud de los novios y después se retiró, el chofer esperaba por él para llevarlo al aeropuerto.
Candy y Albert brindaron con sus padres.
Hijo, e hija… Candy, esperé tanto tiempo para llamarte mi hija de esta forma, no puedo expresar con palabras lo agradecido y feliz que estoy de saber que hoy por fin son marido y mujer, ahora sí ya puedo retirarme de los negocios… (una sonora carcajada se escuchó en todos los presentes.) no, por supuesto que no, ustedes saben que amo trabajar, y quiero que tengan todo el tiempo del mundo para disfrutar de esta nueva etapa, tienen nuestra bendición como padres, nuestro apoyo incondicional, y les abrazamos a la distancia, sabiendo que son felices. Les amo. –
Gracias William… - le respondió Candy con la voz entrecortada. –
Gracias papá, también te amamos.
Bueno, ahora es mi turno, Albert, eres el hijo que nunca tuve, y verte hoy con mi niña, saber que por fin son felices y que estarán el uno junto al otro, llena mi corazón, mi niña, no tengo que decirte que tienes a tu lado a un hombre magnífico, y que te ama con locura, y Albert, tampoco es necesario decirte, que Candy es una mujer como ninguna, que ha estado enamorada de ti toda una vida, y sé que tu de ella, así que ahora les corresponde luchar hombro con hombro por mantener esa magia que los sigue. Les amo, y les deseo una vida llena de amor.
Gracias papá… - la voz de Candy era apenas audible.
Gracias Victor, y espero que sepas que también has sido un padre para mí.
Bueno, ahora me toca a mí… Hijo, Candy, estoy tan feliz… espero un día no muy lejano tengamos nuevas sorpresas, y también espero nos permitirán organizar una recepción digna de la boda que por tantos años planeamos, Candy, siempre fuiste como una hija para mí, y te pido perdón por estos últimos años…
Todo está perdonado Pauna, no es necesario.
Bien, entonces, déjame decirte que te ves hermosa, y definitivamente habrá que hacer una fotografía oficial de ti en ese vestido y con las joyas de la familia, porque Elroy estará escandalizada si no es así, pero también porque ambos se ven como personajes de cuentos de hadas… - la voz de Pauna se quebró y Katherine tomó la mano de su amiga, así como su turno para hablar.
Candy, mi amor, nuestra relación nunca ha sido fácil, pero te amo, te amé desde el primer momento que te tuve en mis brazos, te amé por decisión y porque conquistaste mi corazón, y hoy verte al fin feliz, plena, segura al lado de Albert, no puedo pedir más a la vida, sino tal vez un par de nietos más, y concuerdo con Pauna, debe haber una fiesta, Albert, gracias, gracias por hacernos partícipes, por hacer lo necesario para que pudiéramos verlos aunque fuera en video, y gracias porque siempre has sido un magnífico muchacho, y porque amas a mi hija y a mi nieto de manera ejemplar. Dios los bendiga, mis hijos.
Gracias a ustedes familia por apoyarnos y estar a nuestro lado, por soportar nuestras locuras, y esperemos que ahora que hemos crecido y madurado haya menos locuras, también les amamos… ¿amor? – le dijo Albert a Candy que estaba bañada en lágrimas.
Los amo… gracias por todo… por su amor, por cambiar mi vida… por darme todo, William, Pauna, gracias por aceptarme como parte de su familia, y sí habra que hacer fotos oficiales para la tía Elroy…
Y una boda como Dios manda… en una iglesia. – dijo Pauna.
Jajajajaja, mujer, no seas chantajista, Elroy aprueba el handfasting. – le dijo William con su característico buen humor.
Sí, pero no aprobará no haber estado en la boda…
Hablaremos de eso después madre, ahora brindemos y permítanos retirarnos a descansar, además Drew ya se durmió hace mucho en medio de tanto que no entiende. –
Por su amor. – dijeron a coro los cuatro felices padres y con una sonrisa cortaron la conexión.
Candy se abrazó a Albert con ternura.
Gracias, no sabía que habías mandado transmitir la ceremonia…
Tenía que hacerlo, es su sueño tanto como el nuestro.
Lo sé… y ahora.
Y ahora señora Andrew cenaremos nuestro festín de bodas, porque si no Martha estará ofendida de que no hayamos probado los manjares que hizo preparar para nosotros, vamos que mandó decorar el salón y dejó todo listo antes de ordenar que todos se fueran a festejar al pueblo.
Vamos entonces, aunque conociendo a Martha habrá comida para todo un ejército.
Jajaja, seguramente sí amor mío.
Albert la guio al comedor que se encontraba engalanado con velas y flores blancas como en un sueño, habían hecho colgar guirnaldas de flores del techo, y la mesa resplandecía con los cubiertos y utensilios dorados, toda clase de manjares escoceses y vinos estaban dispuestos, así como un enorme pastel color blanco adornado con flores de azúcar que parecían reales.
Albert, esto es demasiado…
Descuida, ya di ordenes de que se reparta al albergue de niños más cercano, y el pastel es así de grande porque todo mundo en el pueblo recibirá una rebanada, y porque se debe guardar una parte para cuando bauticemos a nuestros hijos, y para el primer aniversario.
Dios, eres tan perfecto…
Jajajaja, sabes que no, más bien, estoy perdidamente enamorado de ti, ven, comamos mi amada señora Andrew.
Candice Andrew… wow, ¿sabes cuantas libretas llené con ese nombre?
Jajajajaja, imagino que todas las de la escuela secundaria.
Aunque te burles, sí, en todos lados estaba ese nombre…
Ahora es tuyo… ¿qué dices? A ¿dónde quieres ir de luna de miel?
A decir verdad, solo quiero que nos quedemos aquí, tal vez por una semana.
¿Quieres que nos encerremos en esa torre y no salgamos de ella en una semana? – le preguntó Albert con picardía y con la intención de hacerla sonrojar.
A decir verdad, lord Andrew, no nos vendría nada mal, hace demasiado tiempo que nos resistimos al amor, es tiempo de reponer el tiempo perdido. – le dijo ella con aplomo y voz seductora.
Albert la besó, disfrutaron de su cena, todo estaba exquisito, partieron el pastel y siguieron la tradición de alimentarse en la boca, después, Albert la tomó de la mano y la llevó de regreso a la alta torre de la luna, la habitación había sido redecorada, nuevas flores y velas esparcidas por el lugar y nuevos cortinajes dorados, así como un suave cubrecama del mismo tono cubrían ahora la cama.
Te amo tanto. –
Y yo a ti princesa. – Albert la abrazó y besó con lentitud, la noche anterior había sido desenfrenada, deliciosa, y está sería aún mejor. Era hora de hacer todos y cada uno de los sueños realidad.
Candy gimió desde su interior, las manos expertas de Albert la recorrían a placer de una forma que nunca pensó posible, hacía mucho rato que había dejado de pensar, y solo se había entregado a sentir, sus besos y caricias la sacaban de este mundo, y ella se retorcía de placer bajo sus atenciones, su mente no conseguía procesar pensamiento alguno, sentía su característico aroma, y su presencia abrumadora sobre ella, inmovilizando su cuerpo, teniéndola a su merced.
Albert volvió a besarla mientras sus cálidas manos recorrían su cuerpo por encima del lujoso y suave terciopelo blanco de su vestido, buscando las cintas traseras para desamarrarlo, una vez que lo logró, dejó caer al suelo la pesada prenda, contemplándola, en un exquisito corset de encaje, puso su manos sobre su vientre, acariciando suavemente, y subiendo lentamente hasta sus pechos sin dejar de besarla, acarició su pezón por encima de la delgada tela satinada, y sintió como se endurecía ante su toque, pidiendo más, Candy gimió en su boca de puro deseo, Albert deseaba deshacerse de la estorbosa tela y hundirse en ella, su erección pulsaba, tirante, tensa, deseosa de saciar el dolor entre sus seguramente húmedos pliegues, pero lo haría lentamente, la amaría como había deseado amarla por más de dos años, y a pesar de que la noche anterior habían hecho el amor incontables veces, hoy ella le pertenecía, hoy era su esposa, su amada mujer… su princesa, la fuente de sus deseos.
Descendió de su boca a su cuello, y ella recorrió sus fuertes hombros con sus manos, había frenetismo en su toque, deseo y pasión contenida por demasiado tiempo, que todo lo que habían hecho el día anterior solo había avivado más, ella no quería una lenta sinfonía, quería el clímax, lo besó con pasión y dirigió su mano hacía el sur de su anatomía dónde encontró esa magnífica erección que tan solo de imaginar su miembro dentro de ella la hacía estallar en oleadas de placer, gimió en la boca de Albert, de deseo, quería su boca mordiendo sus pezones, sus manos recorriendo su cuerpo, y su magnífico, aterciopelado, y duro pene introduciéndose dentro de ella, llenándola, saciándola, haciéndola vibrar.
El calor subía por su cuerpo, y lo escuchó gemir ante sus caricias, su mano rodeaba a duras penas su pulsante falo, acariciándolo a todo lo largo, subiendo y bajando rítmicamente, mientras él se había deshecho de la parte superior de su camisón y había atrapado uno de sus pezones en su boca, acariciándolo con su lengua, a veces suave, a veces rápido, a veces mordisqueando, su otra mano se ocupaba de su otro botón de rosa, como si temiese ofenderlo por falta de atención, mientras con su otro brazo se mantenía en vilo sobre ella.
Ella se deshizo del kilt ceremonial con facilidad, y el rio ante su prisa.
Vas muy rápido.
Te he deseado por tanto tiempo Albert, he dormido entre tus brazos rogando no soñar que me haces el amor porque entonces moriría de vergüenza, y lo único que quiero es sentir tu piel desnuda contra la mía… la noche de ayer no fue suficiente, hoy te anhelo más que ayer.
Tus deseos son órdenes princesa, le dijo ayudándole con su ropa interior y desvistiéndola a ella por completo.
Contemplo con deseo su hermoso cuerpo desnudo, y trazó con las yemas de sus dedos los caminos naturales de sus valles y montañas, haciéndola suspirar y gemir, besó su cuello, su pecho, sus costillas, su abdomen, trazó con su lengua alrededor de su ombligo, y sus manos subieron hasta sus senos para apretujarlos y acariciarlos con insistencia.
Candy sentía que se derretía, como mantequilla sobre un sartén caliente, el descendió más y besó su cadera, sus muslos siguió hasta sus pies ignorando a propósito su monte de Venus y disfrutando verla retorcerse de placer, sus verdes ojos estaban oscurecidos de deseo, de pasión de lujuria.
Quiero probarte.
Todavía no. – le dijo él mientras seguía torturándola.
Albert…. – jadeó Candy.
El abría con firmeza sus muslos, y pasó su lengua a lo largo de la entrada a su jardín sin atreverse a entrar aún. La besó, y luego con delicadeza introdujo su lengua saboreando su almizclado gusto, oliendo la característica fragancia de su intimidad.
Su lengua implacablemente acarició esa sensible parte de ella, mientras con cuidado introducía un dedo en su apretada cavidad.
Candy gimió, mientras el frotaba, lamía, entraba y salía rítmicamente, y ella sentía su erección caliente y dura apoyarse en su pierna. Quería tomarlo con su boca, rodear su sensible punta con su lengua, introducirlo lentamente dentro de su boca… saborearlo como el exquisito manjar que era.
Candy se perdió en la olas de placer que la invadían, y gimió ante el primer orgasmo de la noche, estaba segura que no sería el único y deseaba más, su cuerpo anhelaba el contacto con las manos, la lengua, la piel y los besos de Albert, lo amaba y él la amaba de eso estaba completamente segura, ahora eran marido y mujer, era su esposa, la esposa de su amado Albert, ¿qué más podía pedir a la vida? Tenía un hermoso hijo, que cada día estaba mejor, y en esa habitación hoy consumaban sus más locos sueños, entre los dos el pasado se disolvía, el presente era delicioso, y el futuro, tal vez llegaría con ese pequeño que con un poco de suerte concebirían esa misma noche y que Albert había sentido en sus sueños no hacía tanto tiempo, lo amaba con locura, con desesperación, con hambre y con necesidad, tal vez esa noche después de todo solo moriría de placer en sus brazos, sintiéndose amada, protegida, plena y completa por primera vez en mucho tiempo.
La nieve caía implacablemente fuera de la torre, las olas golpeaban contra los acantilados, la luna brillaba en lo alto, el humo de las antorchas que habían iluminado su camino hasta la cima para jurarse amor eterno se elevaba al cielo, y ellos dos se consumían de pasión, uno en brazos del otro, perfectamente sincronizados, perdidamente enamorados, hambrientos el uno del otro.
Pasaron el resto de la semana prácticamente reclusos en la torre, era el paraíso en la tierra, y sus más locas fantasías se hacían realidad una tras otra, hay quienes dicen que la felicidad es efímera, pero para el par de rubios que habían superado tantas cosas en los últimos años, la felicidad se antojaba eterna, sobre todo, porque estaban el uno en los brazos del otro, poco sabían de lo que habría de venir, o de cuanto camino aún quedaba por recorrer, hoy eran perfectamente felices, completamente amados, y se encontraban totalmente satisfechos.
Seis meses después.
Albert abrió los ojos la habitación se encontraba en penumbras, pero pudo ver la luz del vestidor prendida, todo se encontraba en paz, miró a su alrededor tratando de ubicar dónde estaba y pudo ver a su alrededor los toques de Candy en la habitación, las flores frescas, el delicado Van Gogh en un lugar privilegiado, y sobre todo el perfume de ella flotando en el aire.
Se preguntó dónde estaba ella, porque sabía que debía estar cerca, su lado de la cama aún estaba tibia, y las suaves sábanas de algodón estaban revueltas. Su embriagante fragancia estaba incluso impregnada en su piel.
La suave y redondeada silueta femenina se dibujó en la puerta del vestidor, la luz detrás de ella la hacía parecer que irradiaba un aura dorada a su alrededor, su cabello estaba suelto, llegaba por debajo de sus hombros, sensualmente revuelto.
Albert se deleitó en la hermosa vista que se presentaba frente a él, ella se recargó en el marco de la puerta, contemplándolo de regreso con el mismo descaro que él evaluaba cada una de sus formas.
Su largo cuello blanco, sus delicados hombros, los turgentes, redondeados y voluptuosos senos atrapados dentro de la sencilla camisola blanca dónde los atrevidos pezones se asomaban sin pudor alguno a través de la delgada tela, después lo más maravilloso de todo, su redondeado vientre, la prueba tangible de su amor, sus sinuosas caderas, un poco más anchas, cubiertas por el exquisito bóxer de encaje color rosa pastel, y esas piernas de infarto, divinamente torneadas, era la imagen viviente de afrodita, voluptuosa, deseable, lujuriosa.
Candy le devolvió la mirada cargada de placer, sin importar que habían pasado las primeras horas de la noche retozando entre las sábanas, estaba hambrienta de él, de su toque, de las deliciosas caricias que él experta y devotamente había asaltado su cuerpo hinchado y sensible por el fruto que crecía en su vientre.
Observó su intención de caminar hasta él, y como se sobresaltó cuando imperativamente la detuvo.
No te muevas, déjame contemplarte un poco más, date la vuelta, quiero verlo todo. – le dijo con voz ronca de placer, y ella obedeció tentándola con la lentitud con la que lo hacía, cuando le dio la espalda, él se puso de pie con el sigilo de un majestuoso felino y se acercó hacia ella, abrazándola por la espalda, acariciando con sus fuertes manos su vientre, con ternura y asombro ante el movimiento que hizo evidente la presencia del pequeño cuya llegada esperaban con ansias.
Ella rio en voz alta, una risa cristalina y clara, él besó la curva de su cuello, y recorrió su cuerpo atrevidamente con sus manos, ella giró su rostro, quería girarse por completo, pero él la retuvo firmemente en esa posición, recargando su formidable erección contra su redondeado, firme, y suave trasero. Su deseo por ella era evidente, moría por tenerla en sus brazos, por recorrer con besos y caricias cada centímetro de su piel, pero quería tomarse su tiempo, mimarla, excitarla hasta que ella misma rogara que terminara con la tortura y la invadiera de una vez por todas con su pulsante y aterciopelada masculinidad.
Atrapó su boca en un beso largo, apasionado, hambriento, y ella gimió por las travesuras que sus pulgares hacían con sus pezones, y por el delicioso asalto de su lengua dentro de su boca, su mano derecha descendió hacia el sur de su anatomía, que clamaba por su atención, convulsionándose levemente aún sin ser tocada, el calor la inundaba, y la humedad del deseo era evidente, su mano se introdujo dentro de sus panties de encaje, y separando con delicadeza sus carnosos pétalos para encontrar su delicado botón y acariciándolo tortuosa y lentamente con movimientos circulares.
Ella sintió como sus piernas flaqueaban, su brazo derecho se enredó en el cuello de él, y la mano izquierda se aferró al marco de la puerta para buscar apoyo. Albert la alzó en brazos, y la llevó hasta la cama, depositándola suavemente sobre el mullido colchón, ella le sonrió y le dijo al oído.
Hazme tuya una vez más. – su voz sonaba cálida, sin aliento, deseosa de placer, y él haría lo que fuera por llevarla de la mano al paraíso.
Comenzó a recorrer su cuerpo con besos susurrándole cuanto la amaba, se detuvo en su vientre un momento, con el pecho henchido de amor por ese pequeño que se formaba en su vientre, y que él estaba seguro qué habían concebido durante su noche de bodas, lo besó con devoción, y le habló al pequeño con ternura, ella enredó sus dedos en su cabello, un gesto tierno, y amoroso, acariciando su hombro.
Te amo Albert…
Y yo a ti princesa.
El sonido del celular interrumpió sus caricias, era de madrugada, una llamada era inesperada, pero no del todo rara, estaban a once horas de diferencia de Londres, y muchas veces durante esa semana de vacaciones habían sido despertados por negocios.
Ignóralo. – le dijo Candy traviesa.
Bien, como quieras, ¿en dónde estábamos? – le preguntó Albert mientras continuaba besándola.
Candy no pudo responder, porque su propio celular comenzó a sonar, y tres segundos después el teléfono de la habitación, de pronto sintió un vacío en su estómago, algo no estaba bien, tanta insistencia no era normal. Albert vio el pánico en su rostro y tomó su mano con fuerza para calmarla, jurando para sus adentros que tendría el trabajo de quien fuera que creía que llamar así de insistente era correcto.
Calma amor, seguramente no es nada, voy a contestar mi celular. – le dijo mientras besaba su frente, y a la vez rogaba con todo su corazón no estar equivocado.
Caminó con seguridad hasta el aparato, el que llamaba era Anthony, Candy había llegado hasta su propio teléfono antes de que el pudiera impedirlo, ella contestó primero, Albert observó todo en cámara lenta, había contestado a Anthony, pero no podía despegar sus ojos de Candy, ella palideció, el no entendía que era lo que Anthony decía, solo podía verla a ella, sus ojos se anegaron en lágrimas, pero trató de mantener la compostura.
Esperaré su llamada. – dijo con voz apenas audible. Bajó el teléfono, y mirando a los ojos a Albert alcanzó a decir una sola palabra antes de desvanecerse… -Drew – Albert apenas pudo evitar que ella diera contra el suelo, había dejado caer su propio teléfono y de pronto su cerebro unía las palabras de Anthony con lo que Candy había dicho, el frío recorrió si cuerpo, y un sentimiento que pocas veces en su vida había experimentado lo invadió por completo, Albert Andrew, estaba paralizado, por el temor.
