Hola hermosas chicas, no quería dejar pasar el fin de semana sin publicarles el capítulo de RAA, lamento la tardanza y agradezco que hayan preguntado si habría capítulo, como siempre ha sido una semana ocupada, tocó decorar de navidad, ordenar casa, trabajo, juntas y demás, pero logré robar un ratito para ponerme a trabajar en este capítulo, no es muy largo, pero vamos avanzando.

También tengo publicado nuevo fic navideño, "Aunque todo me falte" de ese espero publicar más al rato el capítulo dos, o tal vez mañana, espero que disfruten, y mil gracias por su paciencia.

Un abrazo a todas.

KEYAG

RAA 45

Un par de meses después de que Candy le dijo a Albert que serían padres de nuevo, en el aniversario de su escapada a Islandia.

Candy observó su imagen en el espejo, se veía hermosa, vestía de blanco, un sencillo vestido de seda, su cabello recogido y en lugar de velo hermosas flores prendidas de sus dorados cabellos.

Te ves preciosa hija. – le dijo Katherine apenas capaz de contener las lágrimas.

Mamá no llores, se te arruinará el maquillaje. – le dijo Candy con una sonrisa, su madre aún era atractiva, pero parecía haber envejecido varios años en tan solo un par de meses, al igual que su padre.

No importa, soy feliz de verte, así, vestida de blanco, feliz de saber que pronto tendremos otro nieto…

Nieta, Albert insiste en que será niña.

Nieta, estoy agradecida porque tú y Albert al fin estén juntos, a pesar de…

Mamá, no pienses en ello, por favor…

Lo siento mi niña, solo ha sido muy duro verla… pero tienes razón, hoy es tu día y tenemos motivos de sobra para celebrar… ¿te gustó como quedó todo?

Hiciste mucho más de lo que imaginé sería posible en tan solo un par de meses, tú y Pauna simplemente se superaron a sí mismas una vez más.

Katherine iba a decir algo, pero alguien llamó a su puerta, y cuando entró era su padre, erguido y apuesto, aunque avejentado por su enfermedad y porque al igual que Katherine toda la situación con Anne había cobrado factura.

Candy, mi Candy, me has dejado sin palabras. – la sonrisa de Victor iluminaba su rostro de manera especial.

Papá… - Candy sintió un nudo en la garganta y se arrojó a los brazos de él.

No llores mi amor, solo disfruta.

¿Cómo está Drew? ¿Albert?

Ansiosos de verte, creo que aun más de lo que tú estás por verlos. –

Muero por abrazar a mi niño…

Y por besar a Albert. – le dijo Patty desde la puerta que había entrado justo en el último momento. Candy se ruborizó. – acerté, ¿todos listos?

Sí, todos listos. – le respondió Katherine con una hermosa sonrisa. – vamos Patty, démosle un par de minutos a Victor y a Candy.

Las mujeres salieron, y Victor tomó las manos de su hija para besarlas.

Quiero decirte que estoy muy orgulloso de ti, que te amo con todo mi corazón, y que espero que seas muy feliz mi vida… y también quiero darte esto. – sacó un largo estuche de terciopelo color vino y le dijo. – esto perteneció a mi madre, sé que no la conociste, pero creo que ella te hubiese amado tanto como yo, y quiero que ahora sea tuya. –

Candy abrió el estuche con manos temblorosas, y vio una fina pulsera de diamantes, delicada, y muy hermosa.

Papá, es preciosa, pensé que… -

Las joyas de los White-Rowan deben pasar a la hija mayor, lo sé, esa es la tradición, pero ya no importa… no digas nada, vamos, Albert espera por ti. – besó su frente y le ofreció su brazo para bajar.

El hermoso jardín de la mansión Andrew parecía sacado de un cuento de hadas, Pauna y Katherine habían mandado a hacer enramadas de colgantes flores blancas, dónde se mezclaban cristales y perlas que destellaban con la luz de la tarde estival, la familia y amigos estaban reunidos, era algo sencillo, íntimo, un regalo a sus padres que tanto habían anhelado ser parte de su unión.

El cuarteto de cuerdas sonaba alegremente, y en cuanto la novia apareció en la entrada todo el mundo hizo silencio ante las sublimes notas del Canon de Pachebel, Pauna y Katherine habían diseñado una larga arcada de colgantes flores color blanco y rosa pálido, a propósito, para que Candy se luciera en el largo caminar hacia Albert.

Un suspiro colectivo se alzó en el aire cuando la mirada de adoración de Albert se enlazó con la de embelesamiento de la de Candy, las notas del cello, y los violines flotaban en el aire, el jardín iluminado por los últimos rayos del atardecer, Albert al frente, vestido con gala escocesa, y ella, flotando por el pasillo, su mirada perdida en su príncipe, haciendo su sueño realidad, todo lo que había soñado tendría de pequeña en su boda, todo estaba ahí, pero todo el lujo y los detalles palidecían ante el hecho de que iba a unir su vida a la de Albert frente a su familia y amigos.

Cuando Albert se lo propuso, ella lo había visto con cara de confusión, pensando en que no había razón, ellos ya se habían casado, pero Albert le dijo, aún le debemos a nuestros padres esa boda religiosa que no hemos tenido, y estoy seguro de que la disfrutaran… así había comenzado la locura, y en menos de dos meses, Katherine y Pauna habían hecho cada uno de sus sueños realidad.

Candy llegó frente a Albert, y Victor le dirigió unas palabras a Albert y a Candy.

Sé que mi hija es afortunada al tenerte a su lado, espero de todo corazón que la felicidad que han alcanzado crezca cada día, y que su amor, que ciertamente ha sobrevivido muchas pruebas se haga aún más fuerte. Candy, mi niña, doy gracias al cielo que tu sueño se hace realidad, como padre mi deseo ha sido siempre cumplirlos, y hoy soy un hombre sumamente feliz de ser testigo de su amor. – Victor abrazó a Albert y besó a Candy en la frente con ternura, después se dirigió a su lugar al lado de su esposa.

Albert miró a Candy como si fuese la primera vez, perdido en sus cristalinos ojos verdes, amándola con locura, embelesado con su belleza, perdida e irremediablemente enamorado. De su princesa rubia de ojos verdes.

Me robas el aliento. – le dijo al oído.

Y tú aceleras mi corazón. – le respondió ella.

Ambos rieron cómplices de sus cursilerías y voltearon su vista al frente, el sacerdote dirigió palabras a los presentes, y habló sobre las bondades del amor, después pidió a Candy y Albert que dirigieran palabras el uno al otro.

Albert, mi amor, siento que floto entre nubes, saber que estás a mi lado, que eres mí amado, el padre de mis hijos, nuestro valiente caballero andante, compañero de aventuras y locuras, caminar a tu lado es un privilegio, te amo, y prometo que seré tu apoyo, tu cómplice, tu amiga, compañera, mujer, esposa, amante. Estoy agradecida por la familia que formamos, por estar juntos, por poder caminar tomados de la mano, porque sé que, sin importar la lucha, no estoy sola, y que juntos podemos superarlo todo, gracias por ser mi amigo, mi cómplice, mi amado compañero de batallas, te amo, mi guapo príncipe. – le dijo ella ruborizándose.

Princesa, la culpable de mis desvelos, de mis más crudas batallas, la razón de mis alegrías, el amor de mi vida, la mujer que me roba el aliento, que me vuelve loco con sus ocurrencias, una mujer fuerte, cariñosa, tenaz, amada madre de mis hijos, soy afortunado de tenerte, estoy agradecido de que nuestros sueños se hagan realidad, porque no solo tú soñaste con que un día esto sucediera, también ha sido mi sueño, y simplemente me quedo mudo ante tu belleza, ante tu gran corazón, ante tu fortaleza, te amo, y te juro que caminaremos junto, lucharemos tomados de la mano, y seremos felices.

Intercambiaron anillos, y siguieron cumplieron con todos los ritos acostumbrados en esos casos, el sacerdote bendijo su unión y Albert la tomó de la cintura y la acercó a él para besarla con descarada lentitud, habían pasado tres días separados, y, a decir verdad, habían sido tres días terriblemente largos para ambos, pero ahora estaban dispuestos a perderse uno en el otro.

Solo se separaron cuando los aplausos cesaron y la alegre voz de Anthony recordándoles que aún no estaban de luna de miel los hizo darse cuenta de dónde estaban. Candy se sonrojó, pero no tuvo tiempo de hacer mucho más, porque un pequeño rubio de ojos azules, copia al carbón de su padre corrió hacia ellos y los abrazó a ambos, Albert lo alzó y Drew con toda su ternura usual dijo con su vocecita cantarina.

Papá, beso a mamá. –

Jajajaja, ¿acaso no ha sido suficiente beso? – le preguntó Candy.

No. – respondió el chiquillo imperativamente.

Drew manda, lo sabes. – le dijo su amado mientras la atraía para besarla de nuevo.

Mamá, beso a papá. – Candy se dejó llevar por el momento.

Beso a Drew exigió el pequeño una vez que su madre hubo besado a su padre, y por supuesto fue complacido, y besado en ambas mejillas por sus padres.

El crepúsculo los alcanzó, y en la noche el lugar fue iluminado con velas y extensiones de luces, las notas de Perfect Symphony se escucharon en el aire, y Albert la llevó hasta el centro de la pista para bailar la que era su canción. La atrajo suavemente por la cintura y ella enterró su rostro en el pecho de él.

Esto es mágico… - le dijo ella con ensoñación.

Te amo, ¿cómo estás? –

Estoy bien, no tienes de que preocuparte…

No me preocupo, solo creo que ha sido un día largo, que aún andas en tacones, que…

Shhh no arruines el momento romántico.

Te amo, me tienes loco por ti, y muero por salir de aquí, tomarte en mis brazos, besarte hasta la locura, y hacerte el amor lentamente hasta que amanezca. – la voz ronca de Albert, y sus cálidas manos en su cintura recorriendo su espalda desnuda la hacían delirar.

¿Cuánto tiempo más debemos quedarnos?

No más de unos 40 minutos, el auto está listo, nos hemos tomado fotos, agradecimos a todos…

Jajajaja, quieres escapar antes de que Stear, Archie y Anthony piensen en alguna travesura para divertirse a tu costa.

No aprecio que me levantes falsos, ¿acaso no me crees que lo que más quiero es perderme entre las pecas de tus hombros, y trazar caminos hacia el sur?

Me tientas…

¿Entonces?

Una hora, después, nos escapamos.

¿A Islandia?

Jajajaja, ¿hablas en serio?

Sí, llevemos a Drew a Islandia dentro de un par de días.

¿Y antes de eso?

Primero debemos pasar unos cuantos días encerrados en la habitación que reservé en el Savoy.

Candy se sonrojó solo de pensar en las cosas que él le haría en un rato más, terminaron su baile y fueron a mezclarse entre los invitados, todos pertenecientes al círculo cercano, justo una hora después, Albert y Candy se despidieron de los invitados, Elroy Andrew les dijo cuando fueron a hacer lo propio con ella.

Así que esta vez sí tendremos el privilegio de que se despidan.

Jajajaja, tía aún no nos perdonas habernos ido así años atrás.

Hoy les perdono todo…

¿Confesamos las travesuras de niños entonces?

¡JA!, como si no supiera que fueron ustedes quienes rompieron los figurines de cristal de murano, o que fueron los responsables de que Fifí terminará teñido de rosa, también sé que fueron quienes pusieron tortugas en la bañera, ¿continuo? –

Jajajaja, no tía, no es necesario que continúes, ahora que lo pienso es un milagro que Drew sea el ángel de niño que es. – dijo Candy sonrojada ante el recuerdo de sus ocurrencias, la realidad es que ella era la autora intelectual y material de muchas de las travesuras, y Albert solía terminar involucrado en ellas por tratar de evitar que se metiera en problemas. – gracias por todo tu apoyo siempre tía. – le dijo en un rato de sensibilidad, producto de su alegría y de las hormonas de su embarazo.

Ya chiquilla, no tienes nada que agradecer, ahora vayan a terminar de despedirse, para que se vayan, estoy segura de que Candy está cansada, y en su condición debe cuidarse. – dijo Elroy Andrew, sin detenerse a pensar que en su época hubiese sido vergonzoso casarse embarazada, y tener un hijo fuera del matrimonio, los tiempos habían cambiado, y conforme se hacía más vieja Elroy desechaba poco a poco los prejuicios de antaño, y claro, en lo que correspondía al par de rubios siempre había tenido debilidad por ellos.

Por supuesto que obedeceremos de inmediato, mi querida tía. – le dijo Albert con un brillo de algo más en la mirada que hizo que Candy volviera a sonrojarse.

Llévala a descansar primero, ya después se divertirán. – le dijo Elroy sin siquiera inmutarse, abrazó y besó a ambos a modo de despedida, señal inequívoca de que habiendo cumplido con sus obligaciones ahora podían escapar.

Drew dormía en los brazos de Stear, era un cuadro delicioso, Stear cargaba al rubio pequeño, Archie estaba sentado en la misma mesa con Victoria en igualdad de circunstancias, Anthony tenía entre sus brazos a uno de sus hijos, mientras el otro dormía plácidamente en su bambineto, y George tenía en brazos al pequeño al pequeño Aidan, definitivamente los hombres de la familia adoraban a sus hijos, las mujeres estaban cerca charlando animadamente, Patty había incluído a Ally en la conversación, la chica era agradable, y ciertamente amaba a Victoria, eso había ganado el corazón de la familia, aunque se fijaban que tanto Archie como ella hacían lo necesario por guardar la distancia y la compostura, después de todo Archie era un hombre casado.

Candy se acercó al grupo de hombres que charlaban animadamente en tonos bajos tratando de no despertar a los pequeños.

Están perfectos para una foto. –

Gatita, no hay nada extraordinario en cuidar de nuestros hijos, ¿ya se van?

Sí, venía a despedirme, Stear, seguro que tú y Patty…

Ni lo preguntes, Patty muere por cuidar de Drew estos días, además ya sabes que los abuelos también estarán cerca.

Gracias… solo serán un par de días, tenemos cita con el médico esta misma semana.

Bueno, pues entonces terminen de irse, porque Albert ya no puede ocultar que muere por raptarte, le dijo Anthony con su usual insolencia hacia el primo mayor que adoraba.

Esta vez no tengo siquiera como negártelo, así que, gracias por todo, por estar con nosotros, y cualquier cosa solo llamen. –

Cualquier cosa lo resolveremos, no te preocupes. – le aseguró Archie con tono de suficiencia, que produjo una sonrisa divertida en Albert.

Albert tomó de la mano a su amada esposa, y caminó fuera del mágico escenario, sus padres atendían a algunos invitados más, pero ellos sabían que se retirarían, así que sin más la condujo al auto, abrió la puerta para que abordara, y la besó con suavidad.

Te amo.

Yo a ti.

Arribaron al Savoy en poco tiempo, el opulento edificio de finales de 1800 esperaba por ellos con su sosegada majestuosidad, desde los pisos de blanco y negro mármol, sus exclusivos restaurantes, la alta calidad de su servicio, hasta la acogedora y hermosa royal suite que Albert había reservado.

La "habitación" era un penthouse, con su propio comedor, sala, bar, y demás amenidades, decorada en tonos de dorado, marfil y blanco, con acentos de color negro, mullidas alfombras, y magníficas vistas al río y al London Eye, el ambiente del lugar parecía sacado de otra época, y Candy admiró sus alrededores con entusiasmo.

Es bellísimo mi amor. – le dijo a Albert con sinceridad.

Sabía que te gustaría, ¿cómo estás?

Bien…

Cansada, ¿cierto?

Sí, un poco. – admitió ella.

Vamos a prepárate un relajante baño, ven, te ayudaré con el peinado, y después a dormir.

Jajajaja, estoy algo cansada, pero si mal no recuerdo, me prometiste que me besarías hasta que perdiera la cordura.

Y lo haré amor mío, lo haré, pero primero necesitas descansar un poco, no te preocupes, juro que disfrutarás del baño. – le dijo con picardía en su mirada, mientras la besaba recorriendo con sus traviesas manos su anatomía de una manera deliciosa.

La llevó al impresionante cuarto de baño con sus pisos de ajedrez, blanca tina de porcelana rodeada de mármol color verde oscuro, detalles de fina caoba y vista que quitaba el aliento, pero Candy ni siquiera lo notó, porque Albert recorría su cuerpo con besos y sus manos expertas la hacían vibrar.

Albert la escuchó gemir, pero también era consciente de que ella había tenido un día largo, aún llevaba tacones, y antes de agotarla con escarceos amorosos, debía cuidar que ella estuviera bien.

Desde que Albert había sabido que sería padre de nuevo, se desvivía por complacerla, cuidarla y mimarla, aún más de lo usual, lo cual era ya mucho decir, sus primos solían embromarlo diciéndole de que de ser posible él evitaría que el mismo aire la tocara, pero por supuesto Albert estaba tan emocionado con cada nuevo detalle, con las pequeñas cosas que cambiaban en el cuerpo de su adorada esposa, qué simplemente los ignoraba y seguía tratándola como una reina.

Dejó de besarla por un momento y ella lo atrajo, no quería que dejara de hacer lo que estaba haciendo.

Dejáme preparar la tina, ¿quieres?

Sólo si lo haces atractivo visualmente. – le dijo ella traviesa.

¿Atractivo visualmente? ¿bailo? ¿hago striptease?

Desnúdate, y luego la preparas. – le dijo ella con toda seriedad.

Albert le sonrió y mantuvo su mirada en ella por unos segundos, calculando su decisión al respecto, Candy tomó asiento en el opulento diván de seda color ocre se acomodó de lado y mantuvo la mirada de él sin sonrojarse, ya no era una niña, meses atrás había cumplido 30 y conocía a su esposo, y no había nada que él le negaría, además que habían pasado por tanto, que las penas, tabúes y prejuicios eran inexistentes entre ellos.

Albert la vio cómoda y se dio cuenta de que ella no bromeaba, así que decidió cumplir el deseo de su esposa, con tortuosa lentitud se deshizo de la chaqueta y la camisa dejando su magnífico torso de dios griego al descubierto, Candy le sonrió y contempló su figura, complementada aún por la falda escocesa, cambió de parecer.

Por ahora es suficiente, creo que quiero contemplarte así como escocés…

Jajajaja, ¿fantasearas con que soy un salvaje escocés que dirige clanes y lucha batallas?

Mmmm no se necesita fantasear demasiado, eres escocés, un salvaje en la cama cuando se requieres, y has luchado a mi lado cada batalla importante de mi vida, así que, no es fantasía. – La sonrisa tranquila de ella lo desarmó, se acercó y la besó apenas rozando sus labios.

Tus deseos son órdenes amor mío. – contuvo el aliento cuando Candy aprovechó su cercanía para introducir su mano por debajo de la falda escocesa y acarició su muslo con sus suaves manos dirigiéndose al norte de su anatomía con decisión, él detuvo su mano y le dijo, aún no, traviesa, aunque ambos fueron conscientes de que su cuerpo reaccionaba descaradamente ante el toque femenino.

Albert caminó hasta la tina, abrió las doradas llaves y dejó que agua se templara, no podía ser demasiado caliente, ya que estaba contraindicado en el estado de Candy, vació sales y aceites de lavanda y rosas, y una vez que todo estuvo dispuesto a su satisfacción, regresó al lado de Candy, desechó los tacones, y la hizo darle la espalda para abrir uno por uno los satinados y diminutos botones que recorrían el largo de la espalda, besó su nuca y enterró sus dedos en los sedosos cabellos, deshaciendo con cuidado el elaborado peinado y poniendo a un lado las flores, la ayudó aponerse en pie y la desnudó por completo, contemplando con deseo la perfecta anatomía de ella, sus pechos más llenos y sus caderas más redondeadas por su embarazo, aunque su vientre aún era plano, tenía cuatro meses de embarazo, y el disfrutaba cada segundo de ello, la acarició con suavidad, y la llevó hasta la tina dónde se dedicó a recorrer su níveo cuerpo con una esponja, disfrutando del tacto resbaloso de su piel y de cómo se mezclaba el olor de los aceites y las sales en el aire, enjabonó su largo cabello con un shampoo de menta y desenredó los largos rizos.

Acompáñame aquí dentro, ¿quieres? –

Pensé que jamás lo pedirías. – le dijo él poniéndose en pie y terminando de desnudarse con la debida lentitud que le permitiría a ella disfrutar del espectáculo. Candy recorrió con su mirada la masculina anatomía, sin parar de deleitarse, a pesar de que lo conocía de memoria, cada vez que lo veía una sensación de calor subía por su cuerpo, estaba locamente enamorada de él.

Albert entró a la tina y ella se hizo cargo de mimarlo de tal forma de que él no tuvo más remedio que tomarla ahí mismo, su deseo por ella era enorme, la sentó a horcajadas sobre su regazo, puso sus manos a los lados de sus caderas, la guio en una rítmica y deliciosa cadencia mientras sus labios recorrían su piel, y torturaban suavemente sus rosados pezones erguidos ante las caricias y provocaciones de él, la escuchó gemir con placer, la sintió estrecharse y tensarse alrededor de él, un grito de placer acudió a sus labios, mientras las oleadas de sensaciones recorrían su cuerpo y las suaves convulsiones del clímax la invadían, Albert la contempló disfrutar, y sintió el su excitación crecer, mientras sus roncos gemidos acompañaban perfecta sinfonía los de ella. El palpitar de la oleada de placer de él la llevó a ella a un nuevo clímax, y los movimientos cadenciosos y profundos de ella hicieron el de él aún más intenso.

Cuando todo hubo terminado, se besaron con pasión entre suspiros entrecortados, y palabras de amor.

Esa noche y todas las que siguieron durmieron desnudos, piel con piel, dedicándose por un par de días a amarse sin censura o freno, de tal forma que la piel de ella se volvió sensible al tacto, pero aun así de no haber tenido una cita con Martin, se hubiesen quedado uno en brazos del otro por más tiempo.

En el consultorio de Martin Candy y Albert esperaban ansiosos por el resultado de los últimos exámenes. Martin entró con una sonrisa en el rostro que les dijo todo lo que tenían que saber. Candy estalló en llanto, y Albert los abrazó fuerte a ambos.

¿Curado entonces?

Prácticamente podemos decir que sí, no más quimio, si habrá exámenes de rutina y por precaución cada seis meses, pero son libres de llevar una vida normal, viajar, disfrutar del nuevo bebé que viene en camino…

De vivir sin sombras. – dijo ella entre lágrimas.

Sí ahora podrán vivir sin sombras.

Gracias Martin, muchísimas gracias por todo tu apoyo durante este tiempo.

No tienen nada que agradecer, y ahora salgan de aquí y comiencen a vivir todo lo que han deseado hacer y no han hecho.

¿Sabes que ya lo inscribimos en un prescolar? Inicia en un par de semanas. – le dijo Candy con alegría.

Me da gusto, será bueno para él, cualquier cosa llámenme, pero disfruten.

Martin abrazó a Drew una última vez, se despidió efusivamente de Candy y Albert y con alivio los vio partir, habían sucedido algo que pocas veces le tocaba presenciar, un milagro médico.

Esa noche la familia festejó, y al día siguiente Albert llevó a Candy y a Drew a Islandia, disfrutaron de un par de semanas maravillosos, viendo a través de los ojos de Drew el mundo de una manera nueva e inocente.

Cuando regresaron a Londres tuvieron la cita médica de Candy, harían un ultrasonido para descubrir el sexo del bebé, Albert y Drew estaban parados a un lado de la mesa de exploración observando como el obstetra pasaba el aparato y en la pantalla les daba un recorrido guiado sobre el nuevo bebé, les habló de proporciones, contó los deditos, y al final les dedicó una sonrisa.

Será una niña. –

Oíste Drew, papá tenía razón, tendrás una hermanita, Eileen, le dijo Candy con alegría.

Albert le sonrió y apretó su mano, Drew besó a su madre y le habló a su hermanita.

Hola Eieen. – le dijo en su lengua aún balbuceante.

Albert contrató un ejército de diseñadores y compró cada cosa que encontró a su paso para hacer de la habitación de su hija un lugar de ensueño, Candy se burlaba de él diciéndole que iba a chiflar a la niña, y Albert solo le sonreía y respondía, que no más que ella, ya que Candy también estaba loca por conocer a la pequeña. Le hablaba durante el día, ponían música clásica, Drew le cantaba, Albert casi se vuelve loco cuando la sintió moverse por primera vez, y Drew rio con nerviosismo, eran deliciosamente felices.

A principios de septiembre Candy y Albert llevaron a Drew al prescolar, temían que lloraba, pero él simplemente pidió su ritual de besos y después con una enorme sonrisa se adentró en el salón de clases dejándolos ahí, sin saber, si reír o llorar.

Candy se acercaba al sexto mes de embarazo, Albert se acercó y la abrazó por la cintura mientras besaba la curva de su cuello.

Te tengo una propuesta. – le dijo él

Te escucho, pero debemos llegar a casa de mis padres.

Lo sé, tengo todo listo para escaparnos.

¿Escaparnos?

Sí, un par de semanas a Rusia, hay negocios que atender, y quiero llevarte conmigo.

Rusia… la tierra de los zares. – dijo ella con ensoñación.

Sí, aún hay hermosos palacios, ¿Qué dices? Dos semanas, juntos, una especie de luna de miel antes de que llegue nuestra princesa y nos impida dormir… pronto será difícil que viajes conmigo por un tiempo.

Está bien, ¿Drew?

Pues tus padres, los míos, Isabella y Anthony, Pauna y George, incluso Archie se han ofrecido a cuidarlo, Stear y Patty también saldrán de viaje, así que tu escoge.

Sí estás de acuerdo me gustaría que se quedara con mis padres, y que los demás estén al pendiente por si necesitan ayuda, los he visto muy tristes por toda la situación de Anne, cada vez está peor, y creo que les vendría bien una distracción.

Está bien, solo no quisiera que lo llevaran a visitarla.

Se los diremos, eso no es problema, asunto solucionado, ¿cuándo nos vamos?

¿Qué te parece ahora mismo?

¿Hablas en serio?

Jajajaja, solo quería ver qué cara pondrías, el avión estará listo mañana a medio día, ya pedí a Dorothy que prepare tu equipaje.

Al día siguiente Candy y Albert partieron rumbo a la que ellos pensaban sería un sueño romántico, la última escapada antes del nacimiento de su princesa, un viaje perfecto, lleno de aventuras, un sueño más hecho realidad, sin saber que, a la mitad de su viaje, su sueño se convertiría en pesadilla.

Albert odiaba las interrupciones, y era una hora imprudente para llamar, pero seguro no había de que preocuparse, caminó con seguridad hasta el aparato, el que llamaba era Anthony, Albert pensó que ya buscaría la forma de hacer pagar a Anthony la interrupción, Candy había llegado hasta su propio teléfono antes de que el pudiera impedirlo, ella contestó primero, Albert observó todo en cámara lenta, había contestado a Anthony, pero no podía despegar sus ojos de Candy, ella palideció, el no entendía que era lo que Anthony decía, solo podía verla a ella, sus ojos se anegaron en lágrimas, pero trató de mantener la compostura.

Esperaré su llamada. – dijo con voz apenas audible. Bajó el teléfono, y mirando a los ojos a Albert alcanzó a decir una sola palabra antes de desvanecerse… -Drew – Albert apenas pudo evitar que ella diera contra el suelo, había dejado caer su propio teléfono y de pronto su cerebro unía las palabras de Anthony con lo que Candy había dicho, el frío recorrió si cuerpo, y un sentimiento que pocas veces en su vida había experimentado lo invadió por completo, Albert Andrew, estaba paralizado, por el temor.