Capítulo 5
New York City 1916
El sonido de una maldición contenida y un gemido de dolor sacó a Candy de la bruma de sus sueños, distinguió la figura de Terry en su habitación, y se dio cuenta que la conmoción había sido porque al parecer en la oscuridad se había golpeado con algo.
¿Terry?
Lo siento, me golpeé con algo, no quería despertarte.
Aún está oscuro.
Sí, pero hoy tengo muchas cosas que hacer… además, nadie debe verme salir de aquí…
La mirada penetrante y significativa hizo que la pequeña rubia que se encontraba desnuda y envuelta entre las sábanas se ruborizara hasta la raíz.
Terry la observó en la penumbra, no podía negar que era hermosa, su sueño se había hecho realidad, la había hecho suya, había sido el primer hombre en la vida de ella. Vio en su rostro la vergüenza y la incertidumbre, y aunque en realidad había pensado en irse sin despertarla, agradeció que no hubiese sido así. Se acercó a ella, y se sentó al borde de la cama por un momento.
Pecosa, debo irme, descansa, y ponte bonita para mí al rato, vendrá un carruaje por ti. – le dijo mientras le daba un breve beso en los labios, sabía bien que no tenía tiempo de más, debía ir a su casa a ducharse y cambiarse para ver a Susana temprano y después ir al teatro, había mucho por hacer antes del estreno.
Candy lo observó salir, se estremeció de frío, y la conciencia de sus actos comenzó a penetrar en ella después de que la nube de ilusión que acompañaba a Terry la dejó. Recordó por un momento la noche anterior, y un parte de ella no podía comprender como ella, Candy White, una chica educada por monjas con altos principios morales había sucumbido a unos cuantos besos de Terry.
Su mente quiso advertirle, gritarle, y ella simplemente la había ignorado, se había dejado llevar por sus urgentes besos, por sus caricias, por su aroma, él no le había preguntado, ni le había dado tiempo de dudar, simplemente la había arrastrado con él.
Después de que el efecto de las hormonas había pasado él se había quedado dormido de inmediato, y Candy se había quedado quieta tratando de no moverse, mientras una revolución pasaba por su mente. No supo en qué momento se quedó dormida, pero su sueño fue inquieto.
Él le había dicho que le parecía hermosa, la había adorado con su cuerpo, le había dicho que la quería, pero no le había pedido que fuera su esposa, ni que se quedara con él en Nueva York, pero Candy hizo a un lado esos pensamientos y sonrió un poco ante el recuerdo de la noche que había pasado en los brazos del hombre que amaba. Después de un rato más el cansancio la venció y se quedó profundamente dormida.
Cuando despertó el sol se encontraba muy alto, decidió darse una ducha y bajar por algo de comer antes de arreglarse para ir al teatro, al ponerse en pie se dio cuenta de que partes de su cuerpo de las que no era consciente que existían estaban adoloridas debido a sus actividades nocturnas y se ruborizó un poco, pero se puso definitivamente de color escarlata al ver las sábanas de la habitación, en fin, no había remedio, en el armario había sábanas limpias, cambió la ropa de cama y la tendió meticulosamente, mientras hacía un bulto ordenado con las otras sábanas, para lanzarlas por el ducto de la lavandería en su camino al restaurant.
Comió con gran apetito, arrepintiéndose después al recordar lo entallado que era el vestido que Terry había escogido para que ella luciera esa noche, y se preguntó como haría para apretar tanto el corsé que forzosamente debía acompañar ese vestido, en eso estaba cuando una hermosa mujer de cabellos castaños se acercó a su mesa y le pidió permiso para acompañarla.
Eleanor… -
Candy, un gusto verte. – la interrumpió la actriz antes de que la atolondrada Candy dijera su nombre completo y echara a perder su disfraz.
Eleanor observó con curiosidad como la chica alegre de antaño, y hasta cierto punto atrevida parecía un poco cohibida, apenas y había levantado la mirada para verla, y en cuanto la reconoció se ruborizó violentamente, en cuestión de segundos Eleanor se vio a si misma casi 20 años atrás había sido una joven inocente deslumbrada por un chico que jugaba a ser hombre, y con certeza supo que la noche anterior, Candy había entregado su inocencia, su único tesoro, siendo una huérfana, a su hijo, al "hombre" que ella creía amar, vio a Candy, pero se vio a sí misma, elevó una plegaria al cielo rogando que su hijo no llegara a ser tan canalla como lo fue en su momento su padre, sintió pena por ella, en cierta manera la historia se repetía, los errores del pasado siempre encuentran la manera de cobrar sus víctimas, sintió miedo de la naturaleza de su propia sangre y en lo más profundo de su alma, un peso se cernió sobre su corazón y se prometió a si misma hacer todo lo posible porque esa chiquilla, que sentía tan sola en el mundo tal como lo había estado ella, saliera bien librada de su propio error.
A mí también me da gusto verla…
Vamos Candy, tutéame, recuerda que somos amigas, ahora bien, cierto conocido mutuo me pidió que viniera esta tarde a recogerte, así que pensé en venir antes por si necesitabas ayuda con tu arreglo, Esther, mi doncella es magnífica. – le dijo con una cálida sonrisa y un tono maternal. Tratando de infundir seguridad en la joven, la iba a necesitar.
Gracias… señora… Eleanor, no debió… debiste molestarte.
No es ninguna molestia, ¿ya terminaste aquí? – preguntó Eleanor, mientras discretamente pedía la cuenta para hacerse cargo.
No es necesario que… -
Lo sé, pero quiero hacerlo, anda vamos. – le dijo ella después de dejar unos dólares más una generosa propina.
Fue con ella hasta su habitación donde una mujer de mediana edad ya esperaba por ellas.
Lamento haberme tomado la confianza de pedir que dejaran entrar a Esther, pero era necesario para que arreglara tus cosas mientras terminabas de comer.
No hay problema. –
Bien, ponte en manos de ella, y ten por seguro que quedarás bellísima, bueno, ya eres muy linda, pero sorprenderemos a Terry aún más. –
Candy se ruborizó y simplemente se dejó hacer como cuando se ponía en manos de alguna doncella en casa de los Andrew, después de hora y media, un sofisticado peinado, y un corsé mucho más ajustado de lo que nunca lo había llevado, Candy se contempló en el espejo preguntándose si Albert, la reconocería si la viera así vestida.
Eleanor la contempló, definitivamente la chica que tenía frente a ella no era la sencilla jovencita que había conocido en Escocia, era cierto que Candy era muy joven, pero era hermosa, y con el vestido y el peinado se veía un poco mayor, aunque si debía ser honesta también se veía incómoda.
Eleanor estaba consciente de que tenía una labor titánica frente a ella, Terry le había pedido que la acompañara para evitar que se enterara de lo ocurrido con Susana, los chismes corrían sin freno alguno, y él aún no le había dicho a Candy lo que había sucedido, por supuesto que Eleanor no estaba del todo de acuerdo, pero Terry era su hijo, su único hijo, y su relación era nueva, la realidad era que más que una madre era una amiga, una cómplice, y por eso aunque en su fuero interno dudaba de la sabiduría de ocultarle los hechos, pero Terry le había dicho que no quería que Candy saliera huyendo, así que había aceptado.
Te ves hermosa. –
Gracias… es un poco escotado, y ceñido.
Es el último grito de la moda.
Eso mismo dijo Terry. – le contestó la pequeña rubia resignada.
Vamos, sonríe, es hora de irnos, toma, traje un abrigo para ti. – le dijo mientras le extendía un exquisito abrigo de piel color blanco.
Es demasiado. –
Va perfecto con el vestido, anda, no tienes que aceptarlo como regalo si te incomoda, pero úsalo esta noche. –
Gracias Eleanor.
No tienes que agradecer Candy, gracias a ti tengo a mi hijo de vuelta, jamás podré estar suficientemente agradecida. Ahora vamos.
Candy siguió la graciosa, elegante e imponente figura de la mujer de edad indefinida que tenía frente a ella, no debía tener más de 36 años, sin duda era joven aún, y era fácil ver cómo el duque de Grandchester se había prendido de ella en su juventud.
Abordaron un lujoso carruaje, al llegar al teatro Eleanor tomó su mano antes de bajar.
Candy, supongo que sabes por la peluca que no soy Eleanor Baker en estos momentos, el mundo no sabe que Terry es mi hijo, y él no quiere que se sepa, así que por favor no salgamos del palco, entraremos directo hasta nuestros lugares y nos iremos cuando el teatro se haya vaciado.
Está bien Eleanor.
Las mujeres descendieron con ayuda del cochero, y por supuesto llamaron la atención, Candy pudo ver de reojo a los Leagan, pero ellos no la reconocieron, caminó erguida y lo más segura de sí misma que pudo a un lado de Eleanor, una vez en el palco tomó su asiento, sentía un nudo en el estómago, la emoción la desbordaba, y las expectativas la rebasaban. Trató de respirar profundo cuando el telón se abrió, pero con el corsé tan apretado era difícil.
Terry apareció en escena y el aire se volvió electrizante, su personalidad era magnética para el ´público, y Candy se sorprendió al ver a Karen Kleiss en vez de a Susana Marlowe en el papel de Julieta, aunque en realidad eso le dio un poco de paz mental.
Pensé que Susana sería Julieta.
Hubo cambio de planes hace cosa de un mes, pero Karen lo está haciendo divinamente.
Sí, supongo que sí.
No dijo nada más y siguió la obra sentada al borde de su asiento, la puesta en escena era simplemente exquisita, y el papel de Romeo le iba de maravilla a Terry, aunque estaba segura de que cualquier papel hubiese sido perfecto para su Terry.
Cuando la obra terminó no dudó en ponerse de pie y aplaudirle con lágrimas en los ojos, Eleanor hizo lo mismo, y la audiencia entera también, al parecer Terry Grandchester acababa de conquistar Broadway, claro hacía falta leer la crítica.
Esperaron a que se vaciara el teatro, y el mismo Terry fue hasta el palco para verlas aún con el vestuario puesto. Al verlo llegar Candy se lanzó a sus brazos.
Él apenas la recibió y la apartó pronto.
Fue maravilloso. – le dijo Candy emocionada.
Gracias pecosa. ¿Eleanor? – le dijo él con el tono jocoso y un poco burlón del San Pablo mientras volteaba a ver a su madre interrogante.
Viste la audiencia de pie ¿no? –
Sí, pero quiero tu opinión de actriz, no la de madre. –
Fue perfecto Terry, simplemente perfecto. –
Muy bien, debo irme, tengo que cambiarme y asistir a la recepción… ¿puedes llevar a Candy contigo Eleanor? –
Las dos lo observaron sorprendidas por un momento. Eleanor percibió la distancia y frialdad de su hijo con Candy, la mujer que él aseguraba querer, y la decepción de la chica que lo idolatraba, y su sangre se heló, ella no había podido verlo en su momento, solo se había dado cuenta cuando había sido demasiado tarde que Richard Grandchester jamás las haría la duquesa.
Tristemente comprobaba con dolor que a menos que ella actuara rápido y con firmeza a esta pobre chica le pasaría exactamente igual que a ella y que sería demasiado tarde cuando comprendiera la verdadera naturaleza de los hombres.
Eleanor sintió pena por Candy, y al mismo tiempo sentía pena de madre, sabiendo que habiendo decidido renunciar a su hijo lo había dejado en manos de su padre… tal vez, si su decisión hubiese sido otra, ahora su hijo no sería tan egoísta e insensible como Richard Grandchester.
Pecosa, debo ir con Karen, es bueno para la prensa que nos vean juntos, de hecho, nos han pedido que pretendamos interés el uno en el otro para atraer más publicidad, y, por otro lado, si te ven a mi lado sabrán quien eres, y estoy seguro de que la venerable Madame Elroy Andrew sufrirá un ataque. –
Tienes razón Terry, no lo había pensado. – le dijo ella con una sonrisa que trataba de esconder su decepción. Pero Eleanor pudo leer claramente el dolor en los ojos de la pequeña rubia.
Vamos Candy, iremos a cenar, y después a mi casa, a donde supongo Terry llegará para esperar las críticas, y después llevarte a tu hotel. – le dijo Eleanor viendo a su hijo a los ojos significativamente y con una pequeña nota de reproche.
Por supuesto, las veré en tu casa Eleanor. – replicó el prácticamente ausente.
Terry besó a Candy en la mejilla con la misma formalidad con la que se besa a una conocida e hizo lo mismo con su madre para después retirarse. Candy sintió como si su burbuja de romanticismo hubiese sido pinchada, pero después recapacitó un poco, él aún estaba trabajando, y estaban frente a su madre, no podía ser de otra forma. Ella no podía saber que entre ellos había intimidad, se moriría de vergüenza su alguien más se enteraba y no podían dar un espectáculo romántico que estaba además condenado por la sociedad.
Eleanor guio a Candy por los pasillos desiertos hasta el carruaje que esperaba por ellas, y la llevó a cenar a un lujoso restaurante dónde fueron tratadas con deferencia y discreción.
Eleanor la hizo hablar sobre su trabajo, sus amigos, Albert, consiguiendo que olvidara por un rato el hecho de que Terry se encontraba en ese momento en una recepción del brazo de Karen Kleiss, aunque Eleanor sospechaba, que solo había hecho la entrada para la prensa y después de la ronda obligatoria había desaparecido para ir a ver a Susana al hospital. Aún recordaba como la cara de ella se había iluminado al explicarle quien era Albert, lo que significaba en su vida, pero así como vio luz, percibió un dejo de tristeza al comprender el tamaño de la culpa que cargaba la chica por su comportamiento, de saber que con esto que sabía había sucedido entre Terry y ella, había quedado una mancha en su virtud y que no podría volver a verle a los ojos con la frente en alto, en el fondo sabía que ella se había condenado a no poder volver a Chicago, a su familia, a sus amigos a su pasado.
Eleanor se preguntó si ese hombre del que ella hablaba con vehemencia, la amaría y que clase de amor sería, si la amaba lo suficiente para apoyarla, aceptarla y si las cosas llegaban al peor de los extremos (y no quería pensar en eso), aceptar criar un hijo de Terry como propio.
Después de la cena se dirigieron a la lujosa brownstone que Eleanor ocupaba en uno de los más exclusivos barrios de la ciudad, tomaron café y pastelillos, y después de un rato Eleanor notó que Candy estaba rendida.
Pediré que te preparen una habitación, lo mejor será que pases la noche aquí, afuera la nevada es fuerte, y no sé si Terry llegará.
No quiero molestar.
Candy, por favor considérame una amiga, no eres una molestia, incluso le había sugerido a Terry que te hospedaras aquí, anda, estás que mueres de sueño, y sé que ese corsé es especialmente ajustado, vete a descansar, yo esperare a Terry, y lo haré pasar la noche aquí, ya mañana pueden celebrar.
Candy obedeció, porque los ojos se le cerraban, y porque las varillas del ajustado corsé comenzaban a encajarse en lugares incómodos, siguió al ama de llaves hasta la habitación y permitió que le ayudara a quitarse el esclavizante vestido, cuando por fin pudo respirar libremente sintió las costillas adoloridas, y llenó con alivio sus pulmones de aire, la cabeza le palpitaba producto del apretado peinado, y desde su punto de vista, ni siquiera había valido la pena, Terry la había admirado por menos de diez minutos, y ahora eran casi las 12 de la noche y él ni siquiera había llegado, se regañó a sí misma por pensar así, después de todo, Terry estaba trabajando, debía ser comprensiva, se recostó en la cama y se quedó dormida de inmediato.
Eleanor esperó por su hijo con una copa en la mano junto al fuego de la chimenea, cerca de la una y media lo sintió llegar y fue a recibirlo.
Eleanor, lo lamento… -
Mandé a Candy a dormir, supongo que o la fiesta fue un éxito, o Susana no te dejaba partir.
Me hizo esperar por las críticas con ella.
Lo imaginé. ¿pasarás el día de mañana con Candy? ¿pido a Alfred que le consiga un boleto a Chicago?
Terry clavó su mirada en Eleanor, no era tonto, y sabía perfectamente que su madre tampoco lo era, así que suspiró de mal humor y se acercó al bar para servirse un vaso de whisky. Dio un largo trago, y después volteó a verla.
No quiero que se vaya. – la mirada de Terry era desafiante, Eleanor le sostuvo la mirada, leyendo en las profundidades atormentadas de sus ojos.
Puede quedarse conmigo.
No.
Terry…
Eleanor, creo que no eres la indicada para juzgarnos.
Candy es muy diferente a mí Terry… ella… ninguna mujer puede vivir con la culpa hijo, y menos una chica como ella que ha sido criada por monjas, que es inherentemente buena e inocente.
En su momento le pediré que sea mi esposa…
Déjala regresar a Chicago, y tráela de regreso cuando tengas algo que ofrecerle, o más bien cuando estés dispuesto a ofrecerle algo más que ser tu amante.
No puedo dejarla ir, la necesito a mi lado, la amo…
Bien, entonces déjame arreglar las cosas con la señora Marlowe, le ofreceré dinero suficiente para que te dejen en paz.
No, porque entonces sabrían quién eres…
Usaré un abogado.
Los Andrew nunca permitirían que ella se case con una estrella de Boradway.
Pero sí con el hijo de un duque.
El hijo bastardo de un duque, la causa por la cual la expulsaron del San Pablo.
Terry, no cometas los mismos errores de tus padres, ella merece todo de ti.
¿Por qué te importa tanto? Tú hiciste lo mismo.
Porque alguna vez yo estuve en su posición, y por eso te exijo, no solo como tú madre, sino como mujer que la trates con dignidad, ya le has robado lo más valioso que tenía, no la rebajes al convertirla en tu amante, déjala volver a los suyos, o hazla tu esposa, pero no seas un canalla. Ella merece un hogar, un futuro, dignidad.
Y lo tendrá Eleanor, lo tendrá, solo necesito tiempo, ahora bien, si no estás de acuerdo mantente al margen. – le dijo con ese aire rebelde y huraño que hacía tiempo no usaba con ella.
No me hables de esa forma, bien sabes que tengo razón, además malabarear tres mujeres no será sencillo. Y ella no se lo merece.
¿Tres?
Bueno, cuatro en realidad, Susana, su madre, Karen y Candy.
Sabes bien que la única que me importa es Candy.
Entonces cásate con ella, aunque sea en secreto, protégela de esa forma contra todo y contra todos.
No soy el duque Eleanor, yo no la dejaré. Deja de ser exagerada, no eres precisamente un ejemplo de moral para reclamarme nada, además, hablas como si yo fuera el peor de los canallas, yo no la obligué, ella se entregó a mí, me ama, y no somos unos niños. Eleanor, sé lo que estoy haciendo. Me casaré con ella cuando sea lo más conveniente.
¿Y cuándo será eso según tú? –
Después de la gira.
Terry, faltan meses para eso, cualquier cosa puede suceder. Las circunstancias te rebasaran. – Eleanor observó la mirada imperturbable de su hijo y supo que era inútil seguir discutiendo por ahora. Tendría que hablar con Candy. -Tu habitación está preparada. –
¿Dónde está ella?
No la pongas en esa situación Terry, tal vez dirás que a mí no tiene por qué importarme, táchame de hipócrita si quieres, pero te exijo respeto para a ella, si la has tomado como mujer, no lo pregones a los 4 vientos, la reputación es lo único que una chica como ella tiene.
Está bien Eleanor, mañana mismo haré los arreglos convenientes. Dejáremos de molestarte.
Eleanor suspiró molesta y resignada, sabía que de nada servía enemistarse con Terry, tenía que mantenerse cerca de Candy, para ayudarla cuando fuese necesario, cuando ella estuviese lista.
Pídele a Sam dinero si necesitas, lo mejor sería una casa alejada, en las afueras…
Pasaría mucho tiempo sola.
Terry, esa es la vida de la amante de un hombre popular. Por eso te digo que mejor la dejes ir y la mandes traer cuando estés dispuesto a hacerla tu esposa, es cierto que ya la hiciste tuya, pero no las has convertido en tu amante, esto puede ser un error, un desliz de pasión y ambos pueden continuar con su vida.
No pienso mandarla de vuelta con él.
¿Él?
Albert, los celos me consumen tan solo de pensar que viven juntos, ella es mía Eleanor, de nadie más.
No seas infantil, no es un juguete, ni es de tu propiedad, es una mujer valiosa, pura, inocente, trabajadora, necesitada de amor, de familia, está sola en este mundo Terry, por Dios, se hombre, compórtate como tal ya que te crees lo suficientemente mayor como para arrastrarla contigo y atarla a ti. Se honesto contigo mismo, por una vez no seas el caprichoso hijo del duque que creció haciendo de sus deseos su voluntad. ¿Acaso no has condenado a tu padre una y otra vez por tratarnos como nos trató? No repitas la historia. Es muy tarde, veo que es inútil seguir hablando contigo, vete a dormir, piensa bien las cosas. La invitaré a quedarse conmigo estos días. Y sí acepta quedarse contigo, no pienso dejarla sola.
Seré discreto. –
Debes cuidarla, no permitas que una criatura inocente sufra lo mismo que tú has sufrido. –
Eleanor, no tienes de que preocuparte, conozco perfectamente lo que debo hacer. –
El tono frío e indiferente de Terry le hizo sentir un escalofrío debía hablar con Candy cuanto antes, Terry estaba jugando un juego peligroso, en su obsesión por hacerla suya buscaría asegurarse de que ella jamás pudiera irse de su lado, su inseguridad e inmadurez se hacían más evidentes a cada segundo que pasaba.
De pronto el peso del mundo cayó sobre sus hombros y se sintió muy cansada, derrotada y supremamente decepcionada. Pero ella lucharía porque su hijo entrara en razón y porque Candy no fuese una víctima más de los caprichos de un hombre.
Eleanor besó a su hijo en la mejilla y lo dejó entregado a sus demonios, no era tonta, estaba plenamente consciente de que dormiría con Candy, subió a su habitación después de dar instrucciones de que no molestaran a ninguno de sus invitados hasta que ellos mismos mandaran llamar a la servidumbre.
