Londres, 1923
William Abert Andrew observaba la nieve caer a través de la ventana, acababa de recibir el bendito informe semestral sobre la vida de Terrence Grandchester, y todo parecía marchar justo como lo quería, Terrence estaba en la cima de su carrera, con su ego inflado por los éxitos, y más de una mujer visitando su cama, claro además de la habitual pareja sentimental, Karen Kleiss.
Sabía que le iba a tomar tiempo, pero, la venganza es un plato que se come frío, y hasta el momento había hecho pequeñas cosas en su contra, hacerlo perder un papel que ya creía suyo, perder inversiones en la bolsa, complicar su vida, pero Albert sabía que entre más arriba estás más dura será la caída, y por eso era que ayudaba a que la espuma que sostenía la volátil carrera del actor fuese grandiosa.
¿Escuchaste lo que te dije? –
Albert giró su silla para ver a los ojos a su interlocutor, lo analizó por unos segundos, George Johnson era un hombre de mundo, elegante, poderoso, y reservado, su amistad con él había pasado por diferentes etapas, a la muerte de su padre se había convertido en su sustituto, a su regreso al tomar las riendas del clan la primera vez había sido su mentor, la segunda vez su aliado, y ahora, en su soledad, era su mejor amigo y compañero de juerga.
En estos años desde que enviudó había llegado a conocer a George, el hombre, el que derrochaba encanto francés, y tenía mujeres a sus pies, pero al igual que él, George Johnson sufría el mismo mal, el amor de su vida ya no vagaba por los círculos del mundo.
Rosemary Andrew había muerto hacía cerca de 18 años, y al parecer el corazón de Johnson se había ido con ella.
Cuando Candy murió George la había contado su historia, y le había dicho que debía darse la oportunidad de ser feliz, lo animó a hacer su vida al lado de Evelyn, le hizo creer que podía ser feliz, de nuevo, y Albert le había comprado la idea.
Hoy, a seis años de la muerte de su amada pequeña Albert sabía dos cosas: El amor de su vida había muerto, y nunca podría sacárselo del corazón, Evelyn Vanderbilt había sido solo un espejismo en medio del desierto del dolor. Albert sabía que tal vez hubiese sido razonablemente feliz con ella, pero también se daba cuenta de que su muerte había sido un dolor sobre llevable, que hoy tres años después, su recuerdo era suave y luminoso, pero ya no podía recordar su rostro, y su ausencia ya no le dolía, mientras que la de Candy era un abismo profundo que solo parecía crecer con los años.
¿William? -
Lo siento George, dime.
Hay una fiesta, en el palacio del duque de Grandchester.
No asistiré.
William, es imprescindible que asistas.
No quiero tener nada que ver con los Grandchester.
La invitación ha sido enviada directamente de la cámara de los Lords.
Asegúrate de que Terrence no estará ahí.
Sabes bien, que eso es una imposibilidad.
No me interesa arriesgarme a que sea de otra forma, ahora que el duque no tiene más heredero que Terrence, es muy posible que esté haciendo lo que sea por convencerlo de tomar su lugar.
Se rumora que el título pasará a su sobrino a su muerte.
¿Su sobrino?
Solo un niño, el hermano del duque, la oveja negra de la familia se casó con una francesa durante la guerra, él murió, y podría ser que Richard haya nombrado como heredero al hijo de la marquesa… en realidad son especulaciones, pero, bueno el niño al menos es legítimo, lo que no se puede decir de Terrence.
Bien, tanto mejor.
Es una mascarada.
¿Estás de broma?
No, es una mascarada, una perfecta oportunidad para que la pases bien.
Entonces puedo no ir.
William.
Me iré antes de la media noche.
Bien, seguro encontraras a alguien interesante.
George, encontraré a alguien conveniente para satisfacer ciertas necesidades, pero jamás a alguien interesante. Sospecho que tú ya tienes a alguien interesante por quien me estás obligando a asistir.
Madame Olga está en la ciudad.
Ahora entiendo, amigo mío, bien, ¿cuándo será?
Dentro de dos días.
Confirma nuestra asistencia.
George le sonrió y salió de la oficina dejando a Albert sumido en sus obligaciones, además del reporte de Terry había otras cosas que revisar, y una de ellas eran los gastos de su querida sobrina política, como siempre Annie gastaba en exceso, y Albert comenzaba a cansarse, iba a tomar medidas, medidas contundentes y nada agradables, si quería dilapidar una fortuna, que dilapidara la de los Britter, no la de los Andrew. Además, disfrutaría la cara que pondría cuando viniera a reclamarle que las cuentas de crédito abiertas en sus tiendas favoritas hubiesen sido canceladas.
Albert pasó los días trabajando, había pendientes, decisiones que tomar, viajes que planear, eso era su vida, en eso consistía, en hacer crecer un legado que él ya había decidido jamás sería de sus hijos, ya que no los tendría, sino de su sobrino, el único hijo de Archie, al menos hasta el momento.
La prensa hablaba de él, las mujeres lo asediaban, y a cada rato se le atribuía una nueva conquista, y especulaban sobre las hermosas mujeres que lo habían acompañado los últimos dos años, el primer año había guardado luto por Evelyn.
Albert leía un informe de inversiones cuando de pronto la puerta de su oficina se abrió violentamente, y una hermosa y elegante mujer vestida a la moda, con un vestido color vino, de mangas largas en gasa, corte a la cadera, su cabello perfectamente peinado con suaves ondas artificiales, su cabeza coronada por un coqueto sombrero de día, y tacones de fina piel italianos entraba a su oficina seguida por su secretaría que se deshacía en disculpas por no haberla detenido.
No te preocupes Lizeth, puedes retirarte. – le dijo amablemente mientras centraba su atención en la clásica belleza que tenía frente a él, era evidente que estaba furiosa, y eso definitivamente le divertía.
¿Quieres explicarme quién te crees?
¿Es una pregunta filosófica?
No, es una pregunta real, Albert.
William. – No toleraba escucharla llamarlo como su pequeña lo había hecho.
Está bien, William.
Debes explicarme cuál es el problema.
El problema es que mis cuentas de crédito fueron canceladas, y se les dijo sin rodeos que William Andrew ya no pagaría mis cuentas.
Pues es verdad, no veo el problema, nadie utilizó mi nombre, yo mismo me aseguré de que eso les quedara claro.
Soy parte de la familia, soy la matriarca de los Andrew, la madre del futuro heredero, por supuesto que pagarás mis cuentas.
Jajajajaja, te equivocas Anne, yo no soy tu marido, si quieres derrochar dinero derrocha el de los Cornwell o el de los Britter, claro, lo olvidaba, el de los Britter ya lo dilapidó tú madre, por eso es qué te vendió al mejor postor, Archibald. En cuanto a ser la matriarca, no, no lo eres, mi tía es la matriarca, y tú nunca lo serás, de eso me encargaré yo, eres parte de la familia Andrew, sí, un miembro menor, madre del heredero, por supuesto, pero el importante es el heredero, no tú, y viendo tu incapacidad de producir más herederos yo tendría cuidado de mis actos. – aunque dicho con ligereza, el tono de acero en la voz no podía pasar desapercibido.
Anne, se quedó sin aliento frente al hombre, nunca se le había enfrentado, había tenido desacuerdos, que arreglaba con un berrinche con Archie, pero Archie estaba de viaje, y ella creía que todos los hombres eran como su marido, sin embargo, frente a ella estaba el mejor de los Andrew, el patriarca, el hombre frío e insensible, demasiado guapo, y capaz de volver pecadora a la más pura de las monjas con tan solo mirarla. Anne había intentado insinuársele antes sin éxito alguno.
No entiendes qué habiendo crecido sin nada, comprar es algo que no puedo evitar… - le dijo ella con lánguida mirada tratando de chantajearlo emocionalmente, lo cual por supuesto encendió el mal humor del hombre.
¿Creciste sin nada? Anne, no trates de chantajearme emocionalmente, fuiste adoptada a los 6 años por los Britter y de ahí te dedicaste a ser la mimada hija única, a la que no le importó jamás pasar por encima de nadie, de hecho, fuiste adoptada por los Britter gracias a tus artimañas, pero yo no soy ingenuo.
Anne pasó por alto la acusación y dio la vuelta al escritorio para quedar frente a él, su caminar y mirada cambiaron, Albert no podía negar que era hermosa, pero le resultaba repulsiva.
¿Sabes? No tienes por qué pasar tanto tiempo trabajando, o seguir cargando una antorcha por ella… - le dijo mientras alzaba la mano par rozar el rostro de Albert. – Después de todo, ella solo quiso ser la amante de Terrence, no creas que fue una santa, una mártir, ella quiso entregarse a él, comportarse como una cualquiera, bien sabía del compromiso con Susana, y, aun así, no le importó ser la amante, la querida del gran actor de Broadway. ¿Crees acaso la falsa excusa de que no pasó nada esa noche en los establos del Real Colegio San Pablo, ¿Sí solo estaban hablando, porqué la expulsaron y viajó de polizón para correr tras de Terry? Estoy segura de que no era la primera noche que se comportaba como una zorra, no te olvides de Escocia, y por qué la tía abuela no la vio jamás con buenos ojos, querido Albert, lamento informarte que los muertos no regresan… y Candy era una pequeña zorra disfrazada de alma caritativa, ¿Crees acaso que no fue utilizó sus atributos pada congraciarse con médicos en el Santa Juana? No seas ingenuo, bájala del altar en dónde la pusiste, y en todo caso Terrence te ganó la partida, la hizo su mujer, y cuando todo New York se enteró de la aventura, y con un bastardo a cuestas, ella pensó que podía volver a ti, porque sabía bien que necesitaba un padre para su bastardo… ¿Qué pretendías darle tu apellido? ¿obligar a Terry a cumplirle? él mismo sabía la clase de cualquiera que era, ¿si no, porqué jamás le puso un anillo en el dedo o le habló de compromiso? Terrence sabía perfectamente la calaña de mujer que era esa huérfana estúpida con cara de inocencia que lograba embaucarlos a todos, pero no tiene caso seguir hablando de ella, los vivos seguimos aquí, y nada impide que pasemos un buen rato. – le dijo mientras se inclinaba para rozar su mejilla con sus labios.
¿Qué es exactamente lo que propones, querida? – le preguntó mientras se ponía en pie frente a ella y la acorralaba entre el escritorio y su cuerpo.
Estoy a tú disposición, puedo hacer lo que tú quieras. – le dijo mientras recorría con un dedo el centro de sus pectorales.
¿Lo que yo quiera?
Sí.
¿Y que te daré yo a cambio?
William, hay muchas cosas que un hombre como tú puede darle a una mujer…
¿Regalos, joyas?
Querido, no se trata de eso, sino de que pases un buen rato.
Albert detuvo el viaje de la mano de ella hacia el sur de su anatomía, y se inclinó para hablarle al oído.
Querida Anne, te diré lo que quiero… - le susurró al oído con voz ronca y sensual que hizo que las piernas de la morena temblaran. -Quiero que dejes de comportarte como una ramera, dejes de darte aires de grandeza, que nunca la vuelvas a mencionar, porque no mereces hablar de ella, nunca mereciste su amistad, la acusas de haberse entregado a Terrence, lo hizo por amor, mientras que tú estás dispuesta a venderte al mejor postor, la sociedad de Chicago murmura, sobre tus excesos, tus deslices, y me cuesta muy caro mantener en silencio a la prensa, el día que mejor me parezca, dejaré que te hundas en el fango, tú y tu madre, después de todo seguramente ella fue quién te inició en el negocio, así que utiliza tus artes con tu marido, porque te tengo vigilada, y no dudaré en destruirte, y por último quiero que salgas de mi despacho y no oses a volver a ponerme un dedo encima... ¿Te ha quedado claro querida Anne? Me das asco, te desprecio, no me rebajaría a llevarte a mi cama, porque jamás me has parecido atractiva, y porque la verdad, no me interesan las mujeres que han pasado por todos, y eso es precisamente lo que has hecho tú, recorrer la alta sociedad de Chicago. Sal de aquí. –
¿Cómo te atreves a hablarme así? Nada de lo que dije es mentira, seguramente también se entregó a ti, pero te dejó porque creyó que eras un muerto de hambre sin memoria, eres un idiota William y Candy fue una zorra que a la larga encontró todo lo que merecía, la muerte.- en su voz se asomaban las lágrimas de ira apenas contenida.
Anne, me has aburrido, así que lárgate y procura darle otro par de hijos a mi sobrino, sabes, la infertilidad es causal de divorcio, y Archie muere por más hijos, así que, deja de ofrecerte en todos lados y cumple con tu marido. Deja de gastar la fortuna de los Andrew a lo estúpido, porque por más cosas que te cuelgues y te hagas no dejarás de ser lo que eres, una prostituta barata, deja de hacerme perder el tiempo y desaparece de mi vista. Procura no ponerte en mi camino, porque sin dudarlo por un momento expondré cada uno de tus pecados frente a Archibald, y haré que te repudie. – el desprecio de Albert era más que evidente, pero su tono de voz era totalmente calmado.
Anne tomó su bolso y salió del despacho, se odiaba a sí misma por haberse puesto en sus garras, y lo odiaba a él por haberla hecho sentir estremecerse con su cercanía mientras le susurraba palabras de desprecio al oído.
Albert se sirvió una copa de whiskey, dejó que el sedoso y ardiente líquido se deslizara por su garganta, por fin había hecho lo que hace mucho tenía ganas de hacer, decirle en su cara a Anne Britter Cornwell, o bien Anne Andrew como se hacía llamar ahora, lo que pensaba y sabía de ella.
La sacó de su cabeza y continuó con su trabajo, y después se retiró a su piso en Londres, se negaba a compartir la mansión Andrew con Anne, así que tenía piso de soltero, George le había enviado el disfraz para esa noche, y Albert no pudo contener la risa ante la ironía de su disfraz, el tartán era el tradicional de los Wallace, una gran espada de dos filos, podía imaginar el rostro de los estirados Lords ingleses ante el recordatorio de que Escocia se creía un país libre, y que en realidad pertenecía al Reino Unido por decisión propia.
No cabía duda de que George era brillante, se relajó en la tina, aún tenía tiempo, y con un whisky a su lado dejó que su mente vagara por el pasado, por su tiempo en el Magnolia al lado de Candy, sus ocurrencias, la luz de su sonrisa que iluminaba su mente revuelta y oculta de ese tiempo, y después de su partida la oscuridad de su soledad, de saberse perdido, la impotencia de haber tenido que dejarla ir…
Chicago, 1916, a un mes de la partida de Candy.
Albert se dirigió a abrir la puerta, por la forma de llamar sabía que era Archie, no sabía sí él también había recibido una carta, y sabía que siendo el único familiar que conocía de Candy debía decirle lo que ella le había confesado en la carta.
Archie, pasa.
Hola Albert, ¿cómo estás? Traje cosas para cenar, pero deberás cocinar tú, sabes bien, que eso no se me da. - Le dijo mientras entregaba la bolsa de comestibles que contenía más que suficiente para comer por una semana.
Archie…
No digas nada Albert, sé bien que estás algo apretado, y la verdad es que eres mi amigo, y Candy le pidió a Stear que cuidáramos de ti, y Stear me lo pidió a mí, así que es inútil que protestes.
Gracias.
En serio, no tienes que agradecer, dime ¿hay noticias de Candy?
Sí, pensé que te había escrito.
Tal vez lo hizo, pero seguramente mi tía no dejará que me entreguen cartas de ella, estaba pensando que en tú próxima carta le digas que me escriba aquí, de hecho, hasta estaba pensando mudarme contigo, se vuelve cansado soportar a Neal y a Elisa sin Stear, la mansión es demasiado grande y solitaria sin él.
Puedes hacerlo… ¿pero, y tú tía?
Pretenderá que le dio un infarto, pero, no le dará nada…
Porque no vienes cuando necesites un respiro, pero oficialmente sigues viviendo en la casa de los Andrew, la señora Elroy es una persona mayor. – Albert no estaba seguro porque, pero a pesar de todo lo que había escuchado acerca de la mujer, siempre había algo que lo hacía abogar por ella o tratar de entenderla, aún sin conocerla.
Y bien, ¿qué dice mi gatita?
Se lee feliz…
Más le vale al engreído de Grandchester hacerla feliz, pero ¿cuándo regresa?, ya ha pasado un mes, y… - Archie se interrumpió al ver la mirada de Albert.
No regresará.
¿Se ha casado?
No, no se ha casado…
¿Cuándo lo harán?
No dice cuándo.
Maldito…
¿Qué piensas?
No puedo hacer nada, no hasta que no venga George, y él no volverá sino hasta dentro de seis meses, soy menor de edad, y mi tía no moverá un dedo por hacer que Grandchester haga lo que le corresponde…
No podemos pensar mal, porque es dudar de ella, Archie, ella es inocente…
Sí Albert, ella es inocente, eso es precisamente lo que me preocupa, y sé que a ti también.
Archie había pasado mucho tiempo con Albert en los siguientes meses, las cartas de Candy llegaban llenas de felicidad, y hablaban de lo maravilloso que era su tiempo al lado de Terry, tenían una casa, plantaron flores en primavera… pero no hubo mención de boda.
El tiempo que Archie pasó al lado de Albert se dio cuenta mientras estudiaba para la universidad de que Albert sabía de finanzas, y hablaba al menos tres idiomas más, lo cual por supuesto lo sorprendió y lo hizo decidir pedirle a George que le diera trabajo en cuanto regresara.
Los meses corrieron, y un buen día Archie le había dicho que tenían una cita de trabajo, Albert no estaba precisamente entusiasmado, pero pensó que era una buena oportunidad para hablar con el tutor de Candy, y pedirle que investigara sobre la situación de ella, que se asegurara que Terry la estuviera tratando como se merecía, después de todo, el único que podía reclamar algo era el bisabuelo William.
Entraron a las oficinas del banco de los Andrew, y fueron guiados por una mujer a la oficina del apoderado legal de los Andrew, Archie se había encargado de que Albert estuviese bien vestido, llamaron a la puerta, y una voz perfectamente modulada con lo que Albert reconoció como un rastro de acento francés casi imperceptible dio el pase.
Entraron en la oficina, los paneles de roble, el aroma a puro, y algo más inundaba el lugar, Albert sintió una punzada en la cabeza, pero decidió concentrarse en el hombre frente a ellos, sabía que Archie estaba tratando de hacerle un gran favor, pero, sobre todo, tal vez esta sería su única oportunidad de acercarse al hombre que podía hacer algo por su pequeña.
El hombre de cabellos oscuros y presencia elegante levantó la vista hacia quien esperaba fuera el joven Archibald y un amigo, pero su mirada se clavó en el impresionante hombre rubio que había buscado como un loco desesperado por un año en cada hospital europeo. No entendía, esto debía ser una mala broma, George solía tener un férreo control inglés sobre sus emociones, ahí lo había educado William C. Andrew, pero de vez en cuando, en casos muy extremos su apasionado temperamento francés salía a relucir, y este fue uno de ellos, asumió que William había estado escondiéndose a plena vista de todos, y el llegar de improviso al banco con el joven Cornwell era una broma, una muy mala broma.
Esto es inaudito, jamás lo creí… me da gusto saber que estás bien, pero William, una cosa es hacer lo que sea por mantener tu libertad, y postergar tu toma del control de los negocios y tu puesto como patriarca de los Andrew, y otra es casi matarnos de la angustia por tu desaparición durante casi un año. ¿Qué estabas pensando? – el raro arranque de impotencia y furia se detuvo de pronto al darse cuenta de cómo le estaba hablando al patriarca de los Andrew, pero sobre todo al ver la cara de confusión de ambos jóvenes…
Toda la información y el reclamo del hombre que tenía frente a él lo había tomado por sorpresa… William, ¿Quién era William?
George… este es mi amigo, Albert, te hablé de él… -le dijo Archie dudoso de lo que sucedía.
¿William…. William Andrew… William Albert Andrew? – preguntó el rubio mientras las imágenes lo atacaban y los recuerdos se abalanzaban sobre él.
Archie y George lo observaron, la magnitud de lo que se revelaba frente a él comenzaba a abrirse camino en la mente de Archie, y el peso de saber que él había tenido todo el derecho de detener a Candy, de saber quién era, ser consciente de que podría haberle ofrecido el mundo, y su nombre una vez más, no somo su hija adoptiva, sino como su esposa, confesarle su amor, o simplemente asegurarse de que su ida en busca del amor hubiese sido fructífera cayeron como el peso del mundo sobre el titán Atlas sobre los hombros de William Albert Andrew. El mundo se volvió oscuridad y se desplomó frente a los asombrados ojos de Archibald Cornwell… su sobrino, y George Johnson, su mano derecha, su única figura paterna, y amigo.
Londres, 1923.
Aun ahora, seis años después de esa terrible revelación el peso del hubiera era inmenso, para Albert, no tenía tiempo para seguir recordando, dio un último trago a su whiskey y brindó por ella.
Te lo hubiera dado todo mi princesa, te hubiese traído conmigo, y utilizado mi dinero y poder para acallar los rumores, te hubiese dado un nombre, habría sido el padre de tu hijo… o bien, hubiese desaparecido contigo en algún confín del mundo, donde pudiésemos ser felices, dónde nadie conociera tu pasado, y pudieran creer que ese bebé que crecía en tu vientre era mío, eso era lo que pretendía hacer… Candy… mi princesa, no hay día que no lamente no haber recordado antes, haber sido un necio e insistir irme de vagabundo en vez de quedarme cerca de ti en Londres, hacerme cargo personalmente de tú felicidad… todo hubiese sido tan distinto… perdóname mi amor, perdóname.
Era inútil seguir con ello, lamentarse no la reviviría, y él no se iba a tirar a la depresión, al menos no hasta hacerse cargo de que los culpables de su dolor y desgracia pagaran cada uno de sus pecados.
Se ciñó orgulloso el tartán del héroe de Escocia, su patria, ciñó la gran espada a su costado, y tomó el sencillo antifaz de seda color azul marino para cubrir su rostro, bajó a la hora acordada, George lo esperaba en el auto con chofer… iba disfrazado de Sherlock Holmes, lo cual hizo que Albert sonriera por un momento olvidando las oscuras memorias que había estado reviviendo, así como el desagradable episodio que había protagonizado Anne en su despacho esa tarde.
¿Te encontró la señora Anne?
Sí…
¿Quieres hablar de ello?
No hay mucho de qué hablar…
Le dijiste todo… ¿cierto?
Así es George, estoy cansado, tal vez no era el momento, pero espero que se comporte a partir de ahora…
¿Hablarás con el joven Archibald?
No George.
El merece saberlo.
Sí George, pero no puedo dejar huérfano a tan temprana edad al pequeño Allistear.
¿A qué te refieres?
Sí descubro a Anne frente a Archibald sucederán dos cosas, él la repudiará, y obtendrá la custodia completa de Allistear… y aunque creo que una loba sería mejor madre que Anne, y sé que mi tía es quién se hace cargo de él la mayor parte del tiempo, Anne es su madre, no tengo corazón para arrebatarle eso al pequeño, y, Archie es como mi padre, moriría sin Anne…
Podrías estar equivocado con respecto a Archibald.
Lo dudo George, son la pareja perfecta, basta con pasar una tarde con ellos, lamento que él esté tan ciego, pero yo no estoy dispuesto a quitarle la venda de los ojos, al menos no por ahora.
Bien, hemos llegado, la función debe continuar.
Dilo por ti viejo amigo, y creo que tal vez Madame Olga se alegraría si le ofrecieras un anillo.
Vamos William, no arruines un perfecto affaire con romanticismo, o tendré que sugerir lo mismo para ti.
La diferencia George, es que yo no tengo una relación.
No, solo tienes una mujer por algún tiempo, unos dos meses, y después juras que nunca más, te vuelves célibe por un tiempo, y bueno, después el hambre llama…
A ninguna la he engañado, es meramente físico.
No tienes que explicarme.
Madame Olga y tú tienen tres años en esto, ¿Cuál es el problema?
Tú sabes cuál es el problema.
Por supuesto… no es Rosemary Andrew… básicamente el mismo problema con el que yo me topo con cada mujer… No es Candice White Andrew. – le contestó sombrío mientras descendía del auto y tomaba la gallarda postura acostumbrada mientras ponía en sus labios esa sonrisa cautivadora que solía llevar colgada en el rostro en público, y que pocos sabían que era totalmente vacía y carente de felicidad.
Entraron en la magnífica casa señorial propiedad del duque de Grandchester uno de los nobles más poderosos de Inglaterra, Albert sintió un hueco en su estómago, una sensación rara, de anticipación, de ser observado, culpó a las emociones revividas ese día y procedió a hacer lo que se hacía en una reunión como esa, pretender interés, sonreír sin sentirlo, asentir con amabilidad, bailar con unas cuantas damas, jamás lo suficientemente interesantes, y siempre demasiado interesadas, eran cerca de las 11:30 y esa sensación de ser observado lo había perseguido toda la noche, tal como le había dicho a George había pedido su auto para las 12:00 no le interesaba quedarse más tiempo, de pronto, la vio, y se dio cuenta que la había visto una y otra vez a lo largo de la noche, una hermosa mujer, con cuerpo de diosa, vestida en un elegante vestido de princesa medieval de elegante brocado color oro viejo, el escote cuadrado revelaba sus firmes y redondos senos, su piel de alabastro brillaba, su mirada verde estaba clavada en él, y cuando Albert la miró a los ojos le sostuvo la mirada, el antifaz color esmeralda le cubría la mayor parte del rostro, desde la raíz de los abundantes rizos color cobrizo, casi del tono del cabello de Evelyn, pero con destellos más cálidos, menos chillantes, su mirada parecía llamarle, y Albert sintió que el tiempo se detenía, todos dejaban de existir, caminó hacia ella, no tenía ni idea de quien era, pero sabía que no podía irse sin conocerla.
Acortó la distancia entre ellos sin dejar de sostenerle la mirada, y cuando llegó a su lado el profundo olor a orquídeas asaltó su sentidos, era una fragancia sensual, en su rostro había una sonrisa apenas dibujada, sus labios del color de una fresa madura, o de un profundo vino de burdeos, las joyas que llevaban eran magníficas al igual que su vestido, lo cual le hablaba de su buena cuna, su fisonomía no parecía inglesa, su largo y espeso cabello rizado estaba acomodado en una trenza elaborada con perlas ensartadas en todo su largo y ancho.
Albert deseó deshacer el peinado, y quitarle el pesado brocado, tomarse toda la noche para hacerla conocer las mieles de la pasión y del deseo, porque a pesar de su atrevido escote y penetrante mirada había algo en sus ojos, era una mirada madura, cálida, seductora, pero extrañamente confiada, y con un destello de inocencia que hacía muchos años que no veía en una mujer, al menos no en las mujeres que acostumbraba llevar a su cama, que después de todo jamás eran jovencitas castas y puras, sino mujeres, mujeres con experiencia.
La mujer que tenía frente a él tenía una edad indefinida, era imposible calcularlo con la mayor parte de su rostro cubierto, era pequeña, delicada, menuda, y aun así indudablemente apetecible, Albert dudó por un momento, y sin hablar tomó la mano de la mujer y la besó galantemente sin despegar su mirada azul de la esmeralda de ella… Dios esos ojos…
William...
Sans noms Monsieur. – le dijo ella con sensual voz y perfecto francés con el cultivado acento de la clase alta de Milán.
¿Mademoiselle?
Je ne parle pas anglais, Monsieur.
On peut parler en francais, princesse.
Ne parlons pas, dansons mieux, mon cher prince. –
Albert no pregunto más, supuso que todo le parecía una buena broma a la chica, o tal vez estaba comprometida, casada, o bien era normalmente demasiado tímida y quería aprovechar el anonimato, a él eso no le importaba, después de todo tenía a una hermosa mujer en brazos, una que se amoldaba tan bien a su cuerpo, una que no quería soltar jamás, eso era extraño, demasiado extraño, su mirada no se apartaba de la de él, su fragancia lo intoxicaba, bailó con el dos piezas, era lo permitido, más que eso haría trizas su reputación, y coincidentemente cuando el duque de Grandchester entró al salón de baile ella dio por terminada la pieza y se alejó de él, con un breve
– Merci, mon prince. -Albert la siguió discretamente hasta una gran escalera trasera. La tomó de la muñeca y sin pensarlo ni preguntar nada la atrajo a él para besarla, la diferencia de altura compensada por el par de escalones sobre los que ella se encontraba parada.
Sus labios eran dulces, sus besos tenían un sentido de urgencia, de abandono, de anhelo y deseo que Albert no podía descifrar, nunca lo habían besado de esa forma, ninguna mujer, ni siquiera Evelyn lo había hecho sentir así, apretó el delicado cuerpo contra él, mientras su mano subía por su espalda, quería quitarle el antifaz y ver su rostro completo, cuando ella sintió su mano en su nuca e intuyó lo que él estaba por hacer, se sobresaltó y mordió fuertemente su labio, la punzada de dolor hizo que Albert aflojara el abrazo, y ella aprovechó para soltarse y desaparecer escaleras arriba, estaba dispuesto a seguirla, pero una grave y bien modulada voz lo detuvo.
¿William Andrew? – Albert se volvió para ver de frente al apuesto y propio hombre inglés que era su anfitrión.
Milord.
¿Necesitaba algo Sir Andrew?
No, milord, me temo que se me han pasado las copas y perdí mi camino hacia la salida.
Es una pena que se retire tan temprano, pero permítame acompañarle hasta la puerta. –
Albert no dijo nada más y caminó junto al duque pensativamente.
¿Le ha pasado algo a su labio?
Un accidente propio del excelente whiskey que sirve, milord, nada más.
Lo lamento Sir Andrew, tal vez en otra ocasión pueda enseñarle ese lado de la casa, pero ahora está en remodelación, no tenía ningún caso subir por esa escalera, se hubiese perdido en un laberinto de polvo y escombros.
Descuide milord, en otra ocasión será entonces. ¿se quedarán muchos invitados en su casa?
Los que se encuentren en estado demasiado inconveniente por supuesto, y algunos amigos que han venido de lejos…
¿Algún francés?
¿Acaso no sabe del natural desagrado que existe entre nosotros los ingleses y los franceses?
Cierto, el haber vivido tantos años en América a veces me hace olvidar… Gracias por mostrarme la salida milord.
Un placer Sir Andrew, y permítame decirle que la ironía de su disfraz no se me ha escapado, y me ha parecido sencillamente apropiada a su reputación y legado.
Una excelente fiesta, milord, buenas noches.
Albert se acomodó en el asiento trasero de su auto, y rozó con sus dedos el labio hinchado donde la pequeña princesa francesa había hecho brotar sangre, por primera vez en tres años William Albert Andrew estaba intrigado y ansioso por conocer la identidad de una mujer, por primera vez sintió lo que hace mucho no sentía, atracción, una atracción inaudita, primitiva, inexplicable, tan fuerte que sabía que no podía vivir sin saber quién era esa mujer, necesitaba descubrirlo, y estaba seguro de que no descasaría hasta obtener una respuesta.
Esa noche no tomó el trago de whisky que acostumbraba antes de ir a la cama, se desnudó, y descubrió que su camisa olía a ella, aspiró profundamente y se acostó en su enorme cama con la camisa pegada a su nariz, el recuerdo de su enigmática mirada color verde, y el sabor de sus besos, por primera vez en mucho tiempo Albert Andrew logró conciliar el sueño pronto y dormir toda la noche, por primera vez la mujer que había tenido entre sus brazos había borrado aunque fuera por unos momentos el recuerdo de su pequeña, y extrañamente, a diferencia de cuando besaba a otras mujeres, no se sentía traidor de su recuerdo.
Ella lo visitó en sueños, y lo dejó besarla un poco más, esa noche por un corto tiempo William Andrew volvió a ser Albert, y fue feliz con una mujer en sus brazos, no solo en sus sueños, dónde Candy solía encontrarlo a menudo, sino en la vida real, dónde ella hacía unos seis años había dejado de existir.
