Lakewood, 1919.

Anne Cornwell estaba sentada frente al espejo, se suponía que debía estar arreglándose para el funeral de la matriarca de los Andrew, Evelyn Vanderbilt Andrew, sin embargo, su mirada estaba perdida, ella no estaba de humor para hablar, el ambiente lúgubre en Lakewood traía otras épocas a su memoria, le hacía pensar, y sobre todo le recordaba a ella... su hermana, su mejor amiga, la mujer que mas había odiado y amado a la vez.

1916 antes del funeral de Candy.

Fuiste una egoísta, le robaste la oportunidad de ser feliz… - ese había sido el reclamo de Archie años atrás, poco antes del fatídico día. Cuando ella le había hecho ver que ir a buscar a Candy, o retar a Terry a un duelo, no era la mejor opción.

Anne sabía que era lo correcto, y conocía perfectamente a la sociedad de la que eran miembros, era una sociedad rígida, anticuada, en la que una mujer deshonrada por haberse convertido en la amante de un actor de teatro, y además embarazada de su bastardo jamás tendría lugar. Y eso era exactamente lo que le había dicho a Archie.

Aún podía sentir el frío de su mirada, el tono de incredulidad.

Yo no le robé nada. Ella fue quién decidió. –

Ella decidió quedarse en el hogar por ti, y tú le clavaste un puñal por la espalda.

Yo era una niña, no puedes reclamarme eso, soñaba con tener un padre y una madre…

¿Y ella no?

Tal vez no lo suficiente.

Te amaba, por eso te dejó irte con los Britter. Pero ese no fue tú único pecado, le rompiste el corazón una y otra vez.

No seas ridículo, Archibald.

No lo soy, es la verdad, la negaste, pretendiste no conocerla, te burlaste de ella, y a pesar de todo ella me pidió que me quedara contigo, por eso iniciamos nuestra relación, Anne, lo menos que podrías hacer es ir a su funeral.

No iré, y tú tampoco lo harás. – le dijo con mirada suplicante.

Por supuesto que lo haré, ¿no lo entiendes? Candy está muerta… mi gatita no volverá jamás… - la voz de Archiebald se había quebrado con genuino dolor y pasión, una pasión que Annie sabía perfectamente ella jamás despertaría en él.

No puedo ir, mi madre, me lo ha prohibido. – sabía que no lo convencería y por dentro había un pensamiento que no se atrevía a externar… Haz lo que quieras, yo no me expondré a las habladurías, es más, agradezco que ella haya terminado como terminó, antes que verla casada con Albert y como matriarca de la familia, con un bastardo como heredero de los Andrew, porque eso era justo lo que iba a suceder el día que volviera.

Anne, ¿Hasta cuándo te controlará tú madre?

Hasta el día que no dependa de ellos, Archie, si fuera tú esposa por supuesto que iría, pero no puedo, lo siento, lloraré en mi habitación… - le dijo mientras permitía que su voz se quebrara.

Anne salió de la mansión hasta el carruaje que esperaba por ella dejando a Archibald a solas, ella lo amaba con locura, estaba perdidamente enamorada de él, y aunque nunca creyó que él la amara tanto como ella a él, jamás pensó que solo se hubiese quedado a su lado por Candy.

Candy, Candy, Candy, siempre se había preguntado qué era lo que la rubia tenía que hacía que todos la amaran, sin importar todo lo que hiciera.

Annie recordaba unos días antes de la muerte de Candy cuando Archie le había revelado lo que estaba pasando con Candy como el pánico se había apoderado de ella al darse cuenta qué con cualquier paso en falso Candy terminaría siendo la matriarca de los Andrew, para ella siempre había sido más que evidente que Albert estaba perdidamente enamorado de ella, y sabía bien que Albert no dudaría ni un segundo en hacer de ella una mujer "honesta".

No entiendo porque estás tan enojado, era el resultado obvio de ser la amante de Terry.

Estoy enojado porque el estúpido inglés ese, se ha aprovechado de ella.

Amor, ella lo ama… No veo como podamos arreglar esto.

Albert está poniéndose en contacto con Eleanor, irá por ella.

Archie… si eso pasa los Andrew caerán en desgracia, mi madre jamás me dejará casarme contigo, y a tu tía le dará un paro cardiaco, podrían hasta quedar en la ruina…

Tal vez tienes razón, puede que haya otra manera…

¿Otra manera?

No todo el mundo sabe que pasó, no ha habido un escándalo, si decimos que está casada… que se casó antes…

¿Con quién?

Con Albert.

Sería la matriarca de los Andrew, y un bastardo el heredero…

Con Stear… antes de que se fuera a la guerra. –

Eso podría funcionar… si las fechas coincidieran.

Demonios Anne, no me importa si tengo que casarme yo con ella, no permitiré que nada le suceda, ni que quede en desgracia. – le dijo Archie sin pensarlo.

Sí eso es lo que piensas, no creo que tenemos nada más de que hablar.

No, lo siento, lo dije sin pensar, es solo que la situación me rebasa. Solo espero que Albert pueda traerla. – le dijo mientras la abrazaba.

Anne pasó los siguientes días en ascuas, sabía bien que su madre jamás le permitiría casarse con Archie si los Andrew caían en desgracia por causa de Candy, por una semana no supo nada, todo se había manejado con la discreción más absoluta, y luego solo supo sobre la tragedia, o la suerte que había tenido, Candy había muerto, Albert regresaría a Lakewood no con ella como su esposa, sino con su cuerpo para enterrarla, la pesadilla se acababa, por supuesto que debería esperar el riguroso periodo de duelo, pero podría casarse con Archie, el dinero de los Andrew había impedido que el chisme se corriera, y la reputación de Candy había sido protegida. Aunque de nada le serviría ya.

No fue a Lakewood, se quedó en su casa en Chicago, el funeral había sido discreto, y Archie no se había aparecido en casa de los Britter después de ello por un mes.

Cuando volvió, lo hizo como si nada hubiese pasado, como si lo más normal del mundo fuese que él volviera después de un mes de negarse a verla, por un segundo Anne quiso mandarlo al carajo, pero luego lo vio, se perdió en su mirada, Archiebald Cornwell era terriblemente guapo, y ella estaba perdidamente enamorada de él.

Seis meses después de la muerte de Candy anunciaron su compromiso, se casarían tres meses después, y Annie recordaba perfectamente como había logrado semejante proeza.

Anne, creo que es tiempo que Archie y tú formalicen su compromiso. – le dijo la señora Britter en ese tono frío y demandante que no dejaba lugar a dudas que no aceptaría un no por respuesta.

Madre, sabes que aún guardan luto por Candy. – le dijo ella insegura, odiaba la confrontación.

Sí y tú sabes que los acreedores de tú padre no esperaran mucho tiempo más. El que esa mujerzuela se haya muerto no debería condenarnos a la pobreza. – le dijo con frialdad la impecable mujer que era su madre desde los seis años.

¿Qué puedo yo hacer por eso? – preguntó Anne desvalida. La mujer se impacientó, pero respiró muy profundo y procedió a explicarle a su ingenua hija la forma en que el mundo funcionaba.

Hija, a veces los hombres necesitan un pequeño empujón, algo que los haga animarse a sentar cabeza… - le dijo la señora Britter insinuante.

Puedo… planear una cena especial… - le dijo Anne dudosa.

Puedes aprovechar que estará deprimido por el aniversario luctuoso de la muerte de su hermano… y ofrecerte a consolarlo. – le dijo con poca paciencia.

Haré un pastel…

No Anne, no eres una ya chiquilla, harás algo que lo comprometa más, algo que lo obligue a casarse contigo. – le dijo viéndola directamente a los ojos y provocando su rubor.

Madre, no insinúas… - le dijo ella sin poder completar el pensamiento, escandalizada y temblorosa ante lo que su madre sugería, y ante el hecho de que lo estuviese sugiriendo ella.

No insinúo, te digo que te acuestes con él, claro, que él piense que fue su idea, y después llorarás por tu virtud perdida, y el como el caballero que es se casará contigo. – estalló la señora Britter ante tanto remilgo.

Madre… - alcanzó a balbucear Anne.

No te escandalices, la virtud es buena, y en este caso nos servirá para no quedar en la ruina, hay veces que debemos sacrificar algo para poder apoyar… en este caso debemos apoyar a tú padre, y la inyección de capital de los Cornwell es lo que necesitamos.

¿Y sí me embarazo? – le preguntó ella con verdadero temor en la voz.

Archibald Cornwell no es el bastardo Grandchester, es un buen hombre, con principios y afecto por ti, así que no tienes de que preocuparte. Mañana mismo te diré como y cuando lo harás, ahora ve a arreglarte para tú cita. Ponte alguno de los vestidos nuevos que te compré, es tiempo de que Archibald vea que eres una mujer apetecible, no una chiquilla remilgada, ese aspecto no enciende a nadie hija. – le dijo viéndola de arriba abajo, con una mirada que delataba lo insignificante que le parecía su apariencia.

Anne había hecho justo lo que su madre le había pedido, y efectivamente el compromiso se dio unos días después de que Archie la había hecho su mujer, y su boda tres meses después, Anne estaba segura de que se casaba enamorada, y de qué tenía todo para ser feliz, si bien su boda no había sido digna de una princesa, como ella hubiese querido, porque el luto que aún llevaban los Andrew se los impedía, ahora era la señora Cornwell, parte de la familia Andrew, y eso la colocaba en lo alto de la pirámide social, especialmente mientras Albert no sé casara, pero al poco tiempo se dio cuenta que la realidad y lo que ella había soñado eran muy diferentes. Ella no podía brillar en sociedad, ni siquiera vestir a la moda mientras no fuese de negro, y por más que intentó hacer razonar a Archie, o ponerlo de su lado, fue simplemente imposible, esas discusiones y desacuerdos abrieron una brecha entre ellos, y la armadura dorada de su príncipe comenzó a mostrar los evidentes signos del desgaste, tal como el príncipe feliz, debajo del dorado recubrimiento había plomo.

No entiendo porque no puedo organizar una fiesta. – le dijo ella con un puchero y cara de fastidio.

Porque Albert no ha levantado el luto, y mientras el no lo levante no ofreceremos fiestas, además la primera fiesta la ofrecerá mi tía. – le dijo Archie con poca paciencia, no era la primera vez que tenían esa conversación, y francamente comenzaba a cansarlo.

Pero amor… seríamos la sensación, el inicio de la temporada, nuestra primera fiesta como recién casados… - intentó ella una vez más melosamente, pegando su cuerpo al de él. Archie la apartó fríamente.

No Annie, no hay mas que discutir, puedes recibir visitas para tomar el té, una cena con tus padres, no más, y debo irme a trabajar. – le dijo mientras rosaba su mejilla con un beso, hacía tiempo que los besos apasionados habían sido olvidados.

La decepción, el cansancio, la soledad y la rutina pronto fueron parte de su vida, el silencio entre ellos podía durar días, solo en público eran la pareja de enamorados que no podían estar lejos el uno del otro.

Y así había sido hasta que Albert se casó, para entonces el matrimonio y pertenecer a los Andrew había perdido un poco de su brillo, pero por un corto período de tiempo hubo felicidad, aunque el hecho de no ser la mujer principal en el clan le pesaba, al menos había fiestas, pero todo había terminado tan abruptamente como comenzó, Evelyn Andrew había muerto, dejando a Albert sumido en el dolor y la desesperanza, y a la familia Andrew, una vez más en el luto y la austeridad.

Mas no todo era desesperanza, a los seis meses se enteró por casualidad que Albert Andrew había nombrado a su hijo Alistair como su heredero, y entonces, la emoción se le había subido a la cabeza, los siguientes seis años se había dedicado a darse aires de gran señora cómo Anne Andrew, aunque oficialmente la matriarca era Elroy Andrew, nada la hacía feliz, nada la llenaba, lo tenía todo y no tenía nada. Temprano descubrió que los sacrificios de la maternidad no eran para ella, y encontrarse con recordatorios de Candy a cada paso que daba por las propiedades Andrew amargaban su día, ser mejor que Candy, y tener todo lo que ella hubiese tenido se convirtió en su obsesión, comenzando por Terrence Grandchester.

Había acompañado a Archie a New York, Albert no iba a esa ciudad a menos que fuese absolutamente necesario, y en una de esas ocasiones había coincidido con Terrence en una gala a la que ella había asistido en representación de los Andrew, Archie se había quedado en la mansión con migraña, y Anne se topó de pronto con el porte altanero y despreocupado de Terrence Grandchester, él era mucho más guapo de lo que ella recordaba, y ya no era un chiquillo, su espalda se veía más ancha, debía tener unos 22 o 23 años era famoso, seductor, un encanto, y la había recordado, se había acercado hasta ella con ese brillo de coquetería en los ojos.

Annie Britter. – le dijo con ese acento inglés y esa mirada penetrante que lanzaba escalofríos.

Señor Grandchester. – le dijo ella un poco seca, después de todo, debía estar indignada con él, ese era el papel que le correspondía.

Sabes bien que mi nombre es Terry.

Usted antes no conocía mi nombre señor, no veo porque…

Eso es, eras la tímida y llorona, pero debo decir que los años te han favorecido. – le dijo con mirada apreciativa.

No puedo decir lo mismo de ti Terrence. - Le dijo ella con indiferencia.

Así que los años no me han mejorado mi estimada señorita Britter. – le dijo él clavando su mirada en ella, seguro de su aspecto y galanura.

Bueno, nunca fuiste terriblemente agraciado Grandchester. –

Claro, Archiebald es mas guapo que yo, seguramente más sensual y experimentado… algo me dice mi querida señora Cornwell que un poco de placer experimentado no le vendría mal. –

¿Cómo se atreve?

Me atrevo, porque es una mujer hermosa, y si no me equivoco Archiebald sigue sin apreciarla en su totalidad, después de todo, hay una cierta rubia de ojos verdes que se queda tatuada en el alma. – le dijo él con tono melancólico y furioso.

¿Porqué no me invitas a bailar?, tal vez encontremos la manera de sacártela del alma. – le dijo ella con tono de calculada coquetería.

Terry abrió los ojos simulando sorpresa, pero la realidad era que sabía leer a las mujeres, y no había esperado equivocarse con Anne Cornwell. Había algo emocionante en acostarse con la mujer de Archibald Cornwell. Los odiaba a todos y cada uno de los Andrew, por culpa de ellos, Candy, su Candy estaba muerta, debieron dejarla en paz, a su lado…

La llevó al centro de la pista y bailo con ella los dos bailes permitidos, antes de dejarla en la orilla susurró a su oído.

Habitación 670. En 15 minutos. – Aunque ella se ruborizó, sabía que no faltaría.

Esa noche Anne Cornwell conoció por primera vez lo que era estar con otro hombre que no fuera su esposo, y no pudo negar que Terrence sabía lo que hacía, que la relación prohibida traía emoción a si vida, que la hacía sentir deseada, hermosa, mujer, no solo esposa y madre, y además tener en su cama al hombre por el que Candy había suspirado la hacía sentir poderosa.

Después de esa ocasión se encontraron cada vez que ella viajaba a New York, aún después de que se enteró que él también tenía encuentros ocasionales con Eliza Leegan, pero, para ese entonces, Terrence Grandchester ya no era su única relación extramarital, aprendió que hay muchas formas de obtener cosas hermosas, y darle buen sexo a un hombre, o incluso mal sexo, pero hacerles creer que son dioses, o dejarles hacer con el cuerpo de una lo que les plazca, era una de las más sencillas, ese arte tenía que agradecérselo a su madre, Eliza y Sarah Leegan.

Las cuatro viajaban a Europa por largas temporadas con el pretexto de ir de compras, mientras su hijo se quedaba a cargo de Elroy y Albert, pero ningún dinero les hubiese alcanzado para sus extravagancias, para eso estaba la nobleza europea, que daba la bienvenida a las cuatro hermosas mujeres y las colmaban de regalos.

Por temporadas se dedicaba a su esposo, y a su hijo, a ojos de la sociedad eran la pareja perfecta, la familia ideal, ellos tan guapos y sofisticados, el niño un encanto, después de todo, nadie debía dudar de la caritativa, fina y modosa señora Andrew, ni de su lugar en la alta sociedad.

Sus encuentros con Terry continuaron hasta una fatídica noche en que él estaba algo pasado de copas y ella sintiendo que lo tenía a su merced demandó lo que había deseado escuchar de sus labios por años.

Dime que soy mejor que ella. -le dijo con voz de mando.

¿Cuál de todas, querida? – preguntó el con sorna.

Candy, dime que soy mejor que Candy. – le dijo mientras se dirigía al sur de su anatomía con besos experimentados.

Jajajajajajaja – la risa burlona de los días del San Pablo, cargada de la vieja amargura que ahora ocultaba bajo una máscara de encanto y seducción resonó en la habitación.

¿De qué te ríes?

No te comparas con ella… - las palabras ambiguas no la convencieron.

Dímelo Terrence. –

Eres más experimentada, definitivamente. – le dijo con una mezcla de coquetería y fastidio.

Anne detuvo lo que hacía justo en el momento más interesante para él. y clavó su profunda mirada en él.

Anne, la estamos pasando bien, no lo arruines. –

Sí era tan buena, ¿Por qué no te casaste con ella? - lo retó ella, quería escuchar que nunca la había amado en realidad, pero la respuesta no fue lo que esperaba.

Porque fui un idiota, debí valorarla, darle su lugar, protegerla, ella no merecía todo lo que vivió, sabes igual que yo que era el alma más pura, la mujer más incomprensiblemente buena…

Aún así no fue lo suficientemente buena como para casarte con ella… ¿Cambiarías algo? – preguntó Anne ahora con verdadera curiosidad.

Lo único que lamento es que haya muerto, pero la verdad…. Es que… yo no quería casarme entonces, y tampoco quería ser padre, eso hubiese terminado con mi carrera… sí tan solo ella hubiese accedido… - dijo Terry más para sí mismo que para ella.

¿Accedido?

A seguir a mi lado, sin complicaciones ni compromisos…

¿Le pediste que…? – le preguntó ella escandalizada.

Sí, era la única forma, podíamos disfrutar, ella podía olvidarse de ser la niña buena, y ser la mujer… - le dijo él anhelante e indiferente a la vez.

Ella jamás accedería a un aborto. Aunque, accedió a ser tu mujerzuela, las buenas enseñanzas de las madres no se habrían esfumado tan fácilmente. – le dijo ella irónica

Le dije que lo diera en adopción. – le dijo él viéndola fijamente.

La magnitud de lo que Terry le decía le caía como balde de agua fría, por eso Candy había decidido dejarlo, un rastro de compasión y humanidad que aún quedaba en ella la hizo detenerse, ella sabía que el mayor anhelo de un huérfano es una familia, Candy jamás le hubiese negado eso a su hijo.

Eres un malnacido. – le dijo mientras se ponía de pie asqueada.

De pronto te ataca la moral…. Jajajaja, que importa, no tienes porque juzgarme, tú misma la orillaste a estar sola, le escribiste diciéndole que no podían ser amigas, que lo mejor era olvidarse, en cambio, yo le ofrecí un hogar a mi lado, solo qué sin hijos, al menos no en ese entonces, tal vez después llegarían hijos, mucho después… - en un raro ataque de sinceridad Terry pidió con la mirada comprensión de la mujer que tal vez podría dársela.

No entiendes, le rompiste el corazón… eres el más vil de los hombres- le dijo con enojo mientras las lágrimas corrían por sus mejillas.

Lárgate, no tienes derecho a juzgarme, no quiero volver a verte, después de todo Eliza es mejor amante que tú. En el fondo sigues siendo una tímida, llorona y mojigata. No vuelvas, o me veré en la necesidad de hacerle saber al caballerito Cornwell que su mujer ha sido mi amante por largo tiempo, créeme disfrutaré ver su rostro cuando se entere, será sublime. Ahora resulta que una mujerzuela doble moral se cree con el derecho de juzgarme. Lárgate – le dijo con ira mientras aventaba una botella vacía contra la pared en un arranque de furia, esta maldita mujer lo había hecho recordar eso que él decidía olvidar cada día, eso que enterraba en el fondo de su ser, el remordimiento, el dolor, la culpa, pero no podía ser el gran actor de Broadway cargando todo eso… así que dio un largo trago directo de la botella de whisky, mientras Anne salía apresurada de la habitación.

Después de eso, por un corto tiempo, Anne tuvo un arranque de remordimiento y falsa piedad, su humillación había sido enorme, la dosis de realidad que su conversación con Terrence le había dejado hizo mella en la poca conciencia que le quedaba, sí seguía su rumbo su hijo podría terminar como ella, huérfano, y sabía bien que sus pecados tal vez podían ser perdonados por Dios, pero jamás por la sociedad en que vivían, llenó sus horas con compras y una que otra obra de caridad de moda, compraba sin pensar, sin importar que la fortuna de los Cornwell fuera cada vez menor, y comenzó a usar la de los Andrew.

Con cada nueva adquisición soñaba con llenar el vacío, y la insatisfacción de su vida, sin darse cuenta, anhelaba todo aquello que Candy había tenido, aún cuando en realidad parecía no haber tenido nada, libertad, amigos, un trabajo, una vida que pocas mujeres de su época vivían, Candy había hablado de encontrar su propio camino, porque en verdad creía que tenía ese poder, Anne Britter sabía que las mujeres de su clase social no tenían poder alguno, su deber era ser hermosas, educadas, discretas, casarse con un buen partido, tener hijos, y dedicarse a ellos. Y aunque alguna vez había creído que eso sería suficiente para ella, su castillo en el aire se había derrumbado, si alguna vez creyó que su amor sería suficiente para mantener la llama de su matrimonio, hoy sabía que estaba equivocada, que Archie no le prestaba más atención que al mobiliario de su casa, y que nunca habían tenido un proyecto compartido, ella solo había sido la mujer convenientemente cerca, y adecuada para ser la señora Cornwell, no más, el amor de su vida, el hombre por el que ella suspiraba, nunca la había amado en verdad, solo se había conformado con ella por complacer a la mujer que en verdad había él amado, Candy… Todo volvía al origen, Candy lo tenía todo, y ella nada, aun cuando estuviese muerta.

En algún momento de su peregrinaje de soledad y desamor Anne Cornwell se dio cuenta que se había casado con el Andrew equivocado, y en su delirio llegó a creer que podría tenerlo a él, al poderoso William Andrew, al hombre sensible que ella había conocido como Albert, no solo era guapo, era la cabeza de los Andrew, el que controlaba todo, el dinero, la agenda social, la posición de cada miembro, un sueño de hombre, un sueño de hombre que se había vuelto en un hombre frío y calculador, exitoso, en apariencia invencible, pero que ella bien sabía vivía a la sombra del amor de su vida, no a la sombra de su difunta esposa, sino a la de la mujer que ni siquiera había llegado a ser suya, Candice White Andrew.

Anne Cornwell entró a su tienda favorita, una boutique especializada en abrigos de piel, vagó por el lugar, se midió unos 20 abrigos, y escogió la mitad de ellos, su costo no importaba, así como tampoco le preocupaba no saber cuantos abrigos tenía en las diferentes mansiones, ni el hecho que muchos de ellos ni siquiera habían sido usados.

Señora Andrew, un placer tenerla con nosotros.

Gracias, Jean Pierre, creo que me llevaré estos.

Muy bien Señora Andrew, se le ven divinos.

Envíalos a la mansión Andrew, y la cuenta al corporativo. – le dijo ella con su acostumbrado tono ligero y con esa luminosa sonrisa que solía usar en público. Notó la incomodidad del hombre, pero la pasó por alto.

Señora Andrew… seguramente es un error… pero… - el hombre tartamudeó en voz baja.

¿Jean Pierre? – preguntó ella en su tono normal de voz, atrayendo sin pensar las miradas de las selectas clientas a su alrededor.

Señora Andrew, tenemos indicaciones de no llevar las cuentas al corporativo Andrew, su línea de crédito respaldada por ellos ha sido cancelada. – dijo el dependiente como pidiendo disculpas.

Debe haber un error, Jean Pierre, pero no te preocupes, tendré la cabeza de quien sea el responsable de esto, ponlos aparte, es más, pon todos los abrigos que me medía aparte, mañana enviaré por ellos. – le dijo ella para que todos escucharan, y salió con la cabeza en alto directo a su tienda de zapatos favorita.

La escena se repitió dos veces más, no quiso intentar una cuarta, en vez de ello se dirigió furiosa a las oficinas de los Andrew, Archie no estaba, pero iría con Albert, quien seguramente se pondría de su lado y corregiría el error, tenía suerte, el estaba solo tal vez hoy sería el día en que se daría cuenta de lo hermosa que era.

Llegó al lugar, caminó sin decir nada hasta encontrarse con la secretaria de Albert, y sin pedir permiso solo le dijo en tono altanero.

Voy a ver a Albert. –

Señora Andrew... el señor… -

La ignoró y abrió la puerta seguida de cerca por la chica, ahí estaba él, su intoxicante esencia llenaba el lugar, su masculinidad era sobrecogedora, y él… a él podría contemplarlo en silencio por largo tiempo. Levantó su mirada azul, y recorrió su figura y porte con ella, el corazón de Anne brincó, él había sonreído levemente, le daba gusto verla… había esperanza.