Hola, wow, los reviews del capítulo pasado la última vez que conté iban en más de 80, pero está vez, más que los números me ha sorprendido leer sus historias, gracias por compartirlas, por abrir su corazón, por ser valientes, hablar de los sinsabores, y de como han salido adelante, es un honor para mi leer sus experiencias, y aprecio su confianza.
Gracias a las que les han hablado de mi historia a sus amigas, a las que comenzaron a leerme porque alguien más les habló de está historia, a las que me escriben lindos reviews, como a una amiga más... creo que he confesado antes que soy mala con los nombres, y suelo hacer un desastre, por ello es que no las menciono por nombre, pero créanme que las leo a cada una de ustedes, que me llegan al corazón, y hacen de esta aventura algo increíble.
Les mando un abrazo, y bendiciones.
Como siempre, a mi muy querida amiga, cómplice, asesora de modas, y compañera de crimen, un abrazo, y millones de gracias.
Key
YNTE
Capítulo 11
Londres, 1923
Albert despertó descansado después de un largo sueño reparador, estaba consciente de que hacía mucho tiempo que no dormía tanto, ni tan bien, se encontraba en la habitación de su piso en Londres, había decidido diversificar sus inversiones, y Europa estaba en plena reconstrucción aún, así que habían dejado su tradicional residencia, Chicago, y se habían mudado a Londres, además, había sido bueno alejarse un poco de los recuerdos, si bien Londres aún le recordaba a ella, no había tantos lugares llenos de memorias como en casa.
Salió de su cama, y se estiró, llevaba solo el pantalón de pijama, iba descalzo, su torso estaba desnudo, y en su mente tenía grabado a fuego el recuerdo de la pelirroja de ojos verdes que lo había cautivado la noche anterior, no había forma de negar que algo había pasado dentro de él durante ese beso, hacia mucho tiempo que Albert había dejado de ser un romántico, era un hombre centrado, realista, objetivo y pragmático, pero a sus 30 años sentía como su corazón saltaba emocionado ante el recuerdo del sabor de los labios de fresa que lo habían besado la noche anterior, tal vez había sido el enorme parecido de los ojos con los de Candy, o el sutil aroma a rosas que la acompañaba, ciertamente aunque tenía su parecido con ella había cosas que eran diferentes, la pelirroja de la noche anterior era una mujer, sus curvas definidas, más alta de lo que Candy había sido, segura de sí misma, y francesa, Albert conocía el acento a la perfección, no había forma de que esa mujer no fuese francesa, su idioma era perfecto, y la suave cadencia característica de la zona sur de Francia se hacia presente en todo momento, eso no podía ser aprendido.
Preparó un baño caliente por sí mismo, su piso estaba equipado con lo más moderno de la época, agua corriente, electricidad, el maravilloso invento que pocos tenían, la caja refrigeradora, todo con tal de ser independiente, y requerir el mínimo número de sirvientes posibles, se sumergió en la espuma, sabía que era tarde, pero si nadie lo había llamado, tal vez, por una vez en la vida todo estaba en orden, su relajante baño fue interrumpido por el constante sonar del timbre, ningún desconocido podía atreverse a llamar con tanta urgencia, lo cual dejaba como opciones a su familia, resignado salió de la bañera, envolvió su cintura en una toalla e indolentemente caminó hacia la puerta, observó por la mirilla, vio a Archie caminar de un lado a otro, su sobrino estaba furioso, Albert respiró profundo, se armó de paciencia y abrió la puerta.
Archibald. – le dijo al impecable hombre parado afuera de su puerta, llevaba un fino traje color tostado y un sobre todo un tono más claro, su cabello, como siempre algo largo, pero impecablemente peinado, y en su mano un sombrero.
William… - Archie notó el atuendo de Albert y se preguntó si por primera vez lo encontraría con alguna mujer, pero no, eso era imposible, él jamás las llevaba a su casa.
Pasa, supongo que es importante.
Lo es, pero no quiero interrumpir nada. – le respondió con un brillo de antaño en sus ojos, era imposible evitar embromar al correcto y reservado hombre cuando era posible.
Solo interrumpiste mi baño, no tengo ni idea de que horas son, pero asumo, por tu propio bien, que es importante. Le dijo mientras se dirigía a su habitación para vestirse.
Archie lo siguió y tomó asiento en uno de los sillones, mientras Albert entraba al vestidor. Archie observó a su alrededor, el piso era lujoso, completamente masculino, y carente en general de detalles personales, no le sorprendía, ese había sido parte del propósito de mudarse a Londres, dejar todo atrás, porque por supuesto qué en la mansión de Chicago, había más de una pintura de ella.
¿Sólo te quedarás ahí sentado, y no me dirás que era tan urgente y te tenía tan furiosos hace algunos minutos? – la profunda voz de Albert se dejó escuchar desde el vestidor.
Ya no la soporto más. – dijo Archie después de llenar de aire sus pulmones, ahí estaba, la verdad que había tratado de ocultar por tanto tiempo.
Albert salió del vestidor, llevaba un pantalón azul marino, camisa blanca, elegante chaleco a cuadros y una corbata roja en su mano, no había terminado de vestirse, pero por el tono de voz de su sobrino, y por lo que había dicho, sabía que no era una conversación sencilla.
¿Quieres decirme de quien hablas exactamente? – le preguntó clavando su mirada azul cielo en las límpidas avellanas de Archivald Cornwell.
De Anne…
Albert no podía creer lo que escuchaba, siempre habían parecido la pareja perfecta, y aunque Albert sabía de sobra que Anne Britter, no era en absoluto perfecta, nunca había dicho nada por que creía a Archie sinceramente enamorado de ella.
Dejó la corbata a un lado y se dirigió a la bandeja de licores, seguía sin saber bien qué hora era, pero sospechaba que Archie necesitaría al menos un trago, sirvió un par de vasos de cristal cortado cortos con una medida del mejor whisky y le pasó su vaso a Archie.
Archie lo recibió y dio un sorbo, después suspiró y guardó silencio.
No puedes soltar una afirmación como esa y no explicarte, así que hazme el favor de hablar. – le dijo Albert seriamente.
Creo que debes saber, que, la razón principal por la cual no tenemos más hijos, es porque hace algún tiempo que ella no es mi mujer… -
Bien, ¿quieres más hijos?
No con ella, pero tampoco puedo hacerle eso a mi hijo…
Archie, necesito que me hables claro, que me digas que quieres y como llegaste a este punto, si es que quieres mi ayuda, sí solo buscas desahogarte, continúa.
No soy ciego, por mucho tiempo he sabido que es superficial, que no le interesa nada más que el dinero y la posición, sé que estaban en la quiebra cuando me casé con ella, que ha dilapidado la fortuna de los Cornwell, que se da aires de grandeza, que mi hijo está siendo educado por mi tía, por ti y por mí, pero no por ella…
Bien, no tengo nada que añadir con respecto a lo que acabas de mencionar.
Sé que hay más, pero no he querido conocer los detalles sórdidos, pero sabiendo que sus compañeras de viaje muchas veces han sido Eliza, Sarah, y su madre, no creo que ha sido una santa.
También tienes razón, y si no quieres conocer los detalles no te los daré… pero dime, cual fue la gota que derramó el vaso.
Nada nuevo, en realidad, me hizo un berrinche monumental, por algo de créditos cancelados, la verdad, ni siquiera terminé de escucharla, aventó cosas, pataleó, y me dijo que viniera acá a exigirte algo, pero no estoy seguro de qué…. La verdad es que me aburre, y no sé qué le hiciste, pero… si crees que era la decisión correcta, no la cuestiono…
Cancelé sus créditos en las boutiques.
Jajajajaja, Me hubiese encantado ver su cara cuando se lo dijiste.
No se lo dije, los encargados de cada una de las tiendas, se lo han tenido que decir en persona.
Eso es aún mejor, aunque no les envidio el trabajo… ¿Te dijo algo?
Sí, fue a mi oficina a reclamarme.
Y por supuesto la pusiste en su lugar, por eso, y por todo…
Es tu esposa, y no quiero hablar mal de ella, pero, básicamente le dejé claro que no seguiré pagando sus cuentas.
¿Qué sugieres?
¿En cuanto a? Aún no me has dicho que es lo que quieres, y no te voy a decir que hacer, porque al final de cuentas es tu decisión, tu familia, tu esposa.
Quiero separarme de ella, pero no quiero sacarla de la vida de mi hijo, no creo que Stear lo sufra, porque en realidad ella no pasa tiempo con él, pero quiero que pueda verla… No sé, aun no he tomado una decisión, en realidad quería hablar contigo sobre hacer algo por recuperar la fortuna de los Cornwell, hoy, mi abogado me mandó un informe, y es verdaderamente terrible.
Albert suspiró, él estaba al tanto de la situación financiera de los Cornwell, y era más que consciente de que sin el rescate de los Andrew estarían en la quiebra muy pronto, pero también era un hombre de negocios, y no iba a tirar dinero a un pozo sin fondos.
Sabes bien, que te ayudaré a recuperar esa fortuna, pero, debe haber condiciones, y una de ellas, es que Anne no puede seguir con su tren de vida, si no has querido o no has podido ponerle límites financieros a tu mujer, tus razones tendrás, pero, aunque la fortuna de los Andrew parezca infinita, vivimos tiempos complicados, y no puedo poner en peligro nuestro legado, por sus caprichos.
Lo entiendo perfectamente, y se hará, tal como tú y los asesores financieros dispongan.
¿Estás dispuesto a aguantar la tormenta?
Sí. Por ahora quiero separarme, pero si pienso dejarle muy claro los términos de nuestra relación, limitar por supuesto su presupuesto…
Quieres darle una segunda oportunidad entonces.
¿Hay alguna razón por la que no debería?
Archie, tú mismo me dijiste que no querías detalles, solo creo, qué como hombre de negocios, debes saber de sobra, que la peor forma de tomar decisiones es no tener el panorama completo.
¿Tienes un informe completo, cierto?
Sí, así como lo tengo de cada uno de los miembros de la familia.
¿Debo leerlo?
¿Me preguntas que haría yo?
Sí.
Yo querría toda la información, y sí a pesar de todo, encuentro que la amo, entonces, lucharía por mi matrimonio.
Bien, me darás el informe…
Sí, pero no lo tengo aquí, sino en la oficina, por lo pronto te invitaré a desayunar al club, ¿te parece?
¿Sigues sin saber qué hora es, cierto?
¿Almorzar, entonces?
Sí, son las 2 de la tarde… Tú nunca duermes tanto. ¿Estás bien? – le preguntó Archie con genuina preocupación.
Estoy de maravilla, anda, vamos.
No sueles disfrutar ir al club.
Tú mismo has sugerido, que sería bueno que me aparezca por ahí de vez en cuando.
Archie no dijo nada, le extrañaba un poco el comportamiento de Albert esa mañana, pero decidió no indagar, si su tío había dormido bien, y estaba de humor para socializar, prefería no cuestionarlo, le daba gusto verlo bien, eran demasiados años de soledad, tal vez, por fin el sol comenzaría a brillar para él.
La atmosfera del lugar era tranquila, a pesar de ser un horario concurrido, el club más exclusivo para caballeros de Londres era un lugar elegante, con ambiente agradable y sobrio, los muebles eran de cedro, tapizados en cuero color verde oscuro, la iluminación era provista por finos candelabros, el piso era de mármol, y muchas de las paredes estaban cubiertas con paneles de madera de ébano.
El olor a finos cigarros o puros flotaba en el aire, y los licores mas caros corrían libremente, aunque raramente se veía un desfiguro, y menos a esa hora, era un club de caballeros ingleses, lo mas refinado de la alta sociedad británica se encontraba ahí, y al parecer los miembros del exclusivo lugar iban a ser testigos de dos asistencias igualmente sorprendentes.
Cuando William Albert Andrew, con su imponente presencia, llegó impecablemente vestido con un traje de fino paño de Costwold en azul marino, al lado de su elegante sobrino las conversaciones se detuvieron por un momento, era común encontrar a Archibald Cornwell en ese lugar, pero el patriarca de los Andrew pocas veces los agraciaba con su presencia, caballeros al fin, disimuladamente regresaron a sus conversaciones, y los dejaron almorzar en paz, ya habría tiempo de presentar sus respetos.
Albert y Archie se dirigieron a una mesa alejada, entre ellos había absoluta camaradería, después de todo, su amistad se extendía a tiempos en los que Albert no era más que un pobre hombre con amnesia cuyo único conocido en el mundo capaz de darle la mano era Archie.
Si bien, nadie podría nunca reemplazar a Stear, Archie había encontrado aún entonces, en Albert a un hombre sensato, inteligente, de agradable compañía que en poco tiempo se volvió su amigo, y después con todo lo que tuvieron que pasar en su hermano.
Los hombres Andrew disfrutaban del exquisito corte de carne, con una copa de buen vino tinto, cuando otro silencio cargó de energía el ambiente, Albert levantó los ojos y se topó con la presencia del duque de Grandchester, lo cual no era inesperado, siendo uno de los nobles más importantes del país, pero, su presencia no era lo que había generado el silencio, Albert no pudo verlo a primera vista, después de todo su pequeña estatura pasaba desapercibida, pero mientras el duque se hacia paso hacia la mesa justo al lado de los Andrew, Albert pudo ver la razón de la conmoción, al lado del imponente hombre con porte altanero y venerables canas caminaba un pequeño, no debía tener más de uno años, iba impecablemente vestido de color verde oscuro, con calcetas cafés, y un sobre todo a juego, era una combinación muy inglesa, por supuesto sus pantalones eran cortos, como era apropiado a un niño de la nobleza.
Richard Grandchester le daba la mano afablemente, y el pequeño saludaba educadamente cuando era presentado, se sentía en confianza sin duda, Albert pudo ver admiración en su mirada dirigida al duque, podía ver su cabello castaño oscuro y piel clara, había algo magnético en ese chiquillo tan solemne y seguro de sí mismo, en cierto momento, mientras esperaba pacientemente, a que el duque terminará con su conversación, volteó a ver a la mesa donde Albert se encontraba, y sonrió, esa sonrisa le hizo perder el aliento, William Andrew, veía sin duda los inconfundibles rasgos de los Grandchester, el niño era la viva imagen de Terry, pero, esa sonrisa, y esos ojos, eran de ella… debía estar alucinando, eso, era, había dormido demás, y el licor lo estaba ofuscando, el juguete que llevaba en la mano se le cayó y rodó justo a los pies de Albert, quien se inclinó para recogerlo y devolverlo a su dueño.
Albert le sonrió al niño, y él soltó la mano del duque por un momento para dirigirse a la mesa del simpático rubio que le había sonreído, se acercó, y Albert pudo notar las pecas que salpicaban su naricita respingona… debía tener la edad justa, sin duda, esa edad debería tener el hijo de ella si hubiese vivido…
Albert sintió una oleada de afecto inesperada, e incomprensible hacia el niño que se acercaba a él, era como sí el destino los estuviese presentando, dándole esperanza, y luz que hacía años le eran desconocidas.
Hola. – le dijo el pequeño con su suave voz cantarina.
Hola, me llamo Albert, y el es Archie, ¿cómo te llamas? – preguntó hipnotizado por su mirada inocente y esos ojos color verdes llenos de alegría.
Soy Richard Alexander Grandchester, señor. – le dijo solemnemente recordando de pronto sus modales, y extendiendo su pequeña mano en un saludo formal, que por supuesto tanto Albert como Archie correspondieron con la misma solemnidad.
Es un placer, lord Grandchester. Sir William Albert Andrew a su servicio, ¿gusta acompañarnos? – preguntó el rubio ante la mirada de confusión de Archie mientras le ofrecía una silla.
Archiebald Cornwell pensó que William se estaba volviendo definitivamente loco, el chiquillo era un Grandchester, pero entonces lo vio también, los ojos, las pecas, y esa sonrisa cálida, y etérea.
El pequeño volteó a ver al duque, y dudó por un momento, su madre le había enseñado que no debía hablar con extraños, pero Richard le había dicho que ese era un lugar de caballeros, que solo la gente honorable podía entrar ahí, así que decidió en fracción de segundos y tomó asiento en la silla que Albert había abierto para él.
Ordenaron una soda italiana, y algo de comida, cuando Richard se percató de que Alexander no estaba a su lado lo buscó por un momento, y se sorprendió un poco de la escena que encontró, el niño se había acomodado en la mesa y ya tomaba una soda, mientras platicaba amigablemente con los dos caballeros que lo observaban con atención.
Ni Albert, ni Archie se atrevían a preguntar justo lo que rondaba su mente, solo escuchaban como Alexander les contaba sobre sus mascotas, su primer caballo que no era un pony, cuanto amaba subir a los árboles y deslizarse por el pasamanos de la gran escalera central de la mansión de Richard. La alegre conversación fue interrumpida por la grave voz de acentos refinados.
Sir William, Archibald…
Mi lord, espero disculpe nuestro atrevimiento, pero, este pequeño caballero, nos contaba sobre su nuevo caballo.
Lamento mucho que los haya interrumpido, pero agradezco que cuidaran de él, Alexander, agradece a los caballeros su amabilidad, y vamos a nuestra mesa.
Pero Richard, apenas iba a contarles sobre los dos cachorros que me darás de regalo cuando vuelva a casa con mamá.
Mi lord, háganos el honor de acompañarnos, su nieto es ciertamente encantador, y sin afán de importunarlo, agradecería que me recomendara la agencia de dónde contrató a su institutriz, mi pequeño Allistear está por comenzar sus primeras clases y…
Richard no es mi abuelo, y no tengo institutriz, mamá se hace cargo de mí, junto con nana, pero pronto tendré un tutor, ¿verdad Richard? –
Richard Grandchester observó el rayo de esperanza cruzar la mirada de los hombres ante la mención de la madre del pequeño, y mantuvo su compostura, debía sacarlos de su error.
Alexander, no es mi nieto, es mi sobrino, el hijo de mi hermano menor, Maximilian.
Sin duda tiene la estampa de los Grandchester.
Así es joven Cornwell.
Entonces los rumores son ciertos, mi lord. – le dijo Albert sin quitar su mirada de Alexander que en ese momento le contaba a Archie sobre uno de los cachorros.
Llámame Richard, es una tontería esto de los títulos entre caballeros como nosotros.
Gracias, Richard, por supuesto, espero que me correspondas y dejes el Sir Andrew de lado.
Bien, William, ¿de qué rumores hablas?
De que tú heredero es un niño.
Es lo natural, es el varón Grandchester en línea directa más cercano.
¿Su padre?
No llegó a conocerlo, traje a la marquesa a vivir a Inglaterra poco después del nacimiento de Alexander, la pobre ha vivido en luto continuo desde entonces, pero hago lo que puedo por ser una figura paterna, y ella es una excelente madre.
No creo haber tenido el honor de conocer a la marquesa.
No William, mi cuñada prefiere el anonimato hasta ahora, pero tal vez un día de estos la convenza y los invité a tomar el té, a ustedes, y a Elroy, por supuesto, tal vez pueda asistir el pequeño Allistear, Alexander no tiene mucha oportunidad de jugar con otros niños aquí en Londres, su mundo es un mundo de adultos, y en Escocia, juega con los niños de la aldea, su madre insiste en ello, aunque a veces creo que no es lo mejor, sin embargo, mientras la marquesa no se decida a socializar, no hay nada que yo pueda hacer al respecto.
Será un honor aceptar una invitación de su parte, y cuando guste, Alexander puede ir a la mansión Andrew a jugar con Allistear, me temo que a mi sobrino le sucede lo mismo que a el suyo.
Pasaron una tarde agradable entre caballeros, si bien, ninguno de los tres bajó la guardia, Richard Grandchester no tenía nada que reprocharle a William Andrew, y lo único que William podía reprocharle era tener por hijo a un patán, pero las cuentas pendientes las saldaría en su momento con Terrence Grandchester.
El día era cálido y hermoso, el cielo de un azul intenso que invitaba a acostarse en el pasto y simplemente contemplarlo, los rayos del sol bañaban el parque y se filtraban entre las ramas de los árboles con retoños verde tierno, definitivamente era un día glorioso.
Una elegante joven pelirroja caminaba sin dejar de observar al pequeño que jugueteaba con un par de cachorros Beagle, sabía bien, que el cochero, esperaba por ella en el elegante carruaje, que el lacayo la seguía de cerca, y que las dos niñeras estaban al pendiente de que Alexander no corriera fuera de su alcance, pero esos eran hechos de la vida, no había como cambiarlos, y no quería cambiarlos, su hijo estaba con ella, y ella era libre de caminar en el exclusivo parque londinense aunque el jardín de la mansión del duque era seguramente un par de veces más grande.
Un apuesto caballero caminaba junto a su tía, mientras su hijo de 4 años iba un poco más adelante, había muchas cosas en su mente, decisiones que tomar, información que procesar, esa tarde se reuniría con Albert para hablar de el plan de rescate financiero para las inversiones de los Cornwell, así como de los acuerdos y medidas que se iban a tomar.
Stear vio un niño un poco más allá de dónde ellos caminaban, el niño era un poco mayor que él y tenía un par de hermosos cachorros tricolores, volteó a ver en dirección a dónde su padre y su tía abuela caminaban pausadamente, y decidió que aunque no lo estaban viendo, no iría demasiado lejos y lo encontrarían fácilmente, con seguridad podía jugar con el niño mayor, y sobre todo con el par de cachorros por un rato antes de que su padre y su tía se dieran cuenta, conociéndolos no era algo que aprobarían, porque sus ropas podrían ensuciarse, era una lástima que el tío Albert no fuera con ellos, seguramente él se uniría al juego si estuviera ahí, sin más preámbulo se acercó al niño y se presentó con una gran sonrisa con la esperanza de simpatizar y ser bien recibido.
Alexander era un niño sociable y amaba tener con quien jugar, esa mañana no había corrido con suerte aún, porque el parque estaba algo vacío, era un día de escuela, pero él no iba a la escuela aún, así que cuando el pequeño de cabellos castaño claro y ojos tan azules como el cielo de esa mañana se presentó como Stear Cornwell con una gran sonrisa Alexander pensó que ese era su día de suerte.
Rose vio la reacción de su hijo ante la inesperada oportunidad de compañía sonrió, y decidió no interrumpir, el pequeño le parecía conocido, esa sonrisa, de inmediato se dio cuenta que era el niño que había conocido días atrás, el que lloraba en la tienda, cuya madre había sido incapaz de consolarlo, buscó a su alrededor y divisó al hombre que obviamente era su padre, el parecido era inconfundible, caminar junto a una mujer mayor, elegante, con porte de reina, y mirada adusta, no parecía haber una sola fibra de debilidad en su cuerpo, era una mujer recia, fuerte, como un roble viejo que ha sufrido estoicamente los embates del tiempo y aun se erige en pie orgullosamente.
Archibald localizó a su hijo, y a pesar de que sabía que terminaría manchado de lodo, esta vez eso no importaba, había reconocido al niño, era el sobrino de Richard Grandchester, buscó alrededor a ver si veía al duque, pero a primera impresión solo pudo darse cuenta de que las dos niñeras y un lacayo habían formado un discreto círculo alrededor de los niños y cachorros que jugaban. Al parecer, ni el duque ni la marquesa acompañaban al pequeño Alexander.
¿Con quien juega Allistear, hijo? – preguntó Elroy, más curiosa que recelosa, ella era quien solía llevar al niño al parque, y se preciaba de conocer a todo quien valiera la pena conocer, sin duda el niño era un pequeño noble, sus ropas, modales y la estampa de sus cachorros se lo decía, y aunque había algo en él que le parecía familiar, no lograba dar con ello.
Sí no me equivoco es el sobrino de el duque de Grandchester tía, William y yo tuvimos la oportunidad de conversar con él hace una semana en el club de caballeros.
¿Con Richard?
Con Richard y con el pequeño, al parecer su madre estaba ocupada ese día, y Richard lo llevó consigo.
Entonces los rumores son ciertos.
Al parecer sí…
Es tan parecido a él, pero dudo que la duquesa le permitiese reconocerlo tan abiertamente si fuera su bastardo.
Es hijo de su hermano menor, Maximilian.
Dicen que la marquesa es hermosa, y que pocas veces deja a su hijo en manos de la servidumbre – dijo Elroy pensativamente buscando a su alrededor quien pudiese ser la famosa mujer, el gran misterio de la alta sociedad inglesa.
Por alguna razón el código entre adultos es dejar que los niños se entiendan entre ellos mientras juegan en un lugar público, tal vez una pequeña inclinación de cabeza, una sonrisa amable, un buenos días o un buenas tardes, pero nadie está obligado a hacer más allá de civilizado con los padres de un nuevo amiguito.
Elroy observó a la espigada figura de una mujer exquisitamente vestida de blanco que se acercó a los niños, y a quien a pesar de sus elegantes movimientos no le importó para nada que los cachorros brincotearan en sus faldas, llevaba un ancho sombrero con velo, algo que no se veía mucho en esos días, pero que a Elroy le pareció de lo más apropiado para proteger lo que seguramente sería una piel blanquísima del sol, sus cabellos rojo fuego se lo garantizaban.
Observó con satisfacción como Allistear saludó con educación, mientras el lacayo extendía una manta para que ella se sentara a la sombra de un árbol, ella se acomodó con un libro y se quedó cerca de los niños.
Creo que debemos ir a presentar nuestros respetos. – le dijo Archie curioso ante la mujer.
Elroy jamás admitiría curiosidad, pero las buenas costumbres le permitían ser un poco curiosa en esta ocasión, después de todo, ella había saludado al niño.
Alexander vio a la pareja que se acercaba, y reconoció a Archie, sin pensarlo dos veces tomó de la mano a Stear y corrió en pos de él para saludarlo.
Archie. – dijo el chiquillo encantado, provocando que su madre levantara la vista de su libro.
Buenos días Alexander, veo que has conocido a mi hijo. –
Sí, ¿dónde está Albert?
Antes de que pudiese responder, la mujer vestida de blanco se acercó a ellos, y con inconfundible acento francés llamó a su hijo al orden.
Alexander, ¿qué modales son esos, hijo? Disculpen, a mi hijo, está muy emocionado de haber encontrado otro niño con quien jugar. Debo presentarme, Rose Grandchester, marquesa de Northhampton. Dijo haciendo una pequeña reverencia en deferencia a Elroy y extendiendo su mano a Archie.
Si bien no podía distinguir muy bien su rostro debajo del velo, no cabía duda que era hermosa, su delicada mano enguantada, su complexión delgada y pequeña, pero con una figura que su vestido suelto no podía disimular. Archiebald Cornwell sintió como su corazón se aceleraba por un momento.
No tenemos nada que disculpar milady, tuve el placer de conocer a su hijo en el club de caballeros el martes pasado cuando Richard lo llevó con él, por eso se acercó familiarmente. Soy Archibald Cornwell, y ella es mi tía, Elroy Andrew, y creo que ya conoció a mi hijo.
Un placer señor Cornwell, Madame Elroy. – sus tonos bien modulados y elegantes no pasaron desapercibidos a la vieja matrona.
Encantada Lady Rose, ¿de casualidad es usted la dueña de un fino pañuelo de encaje que mi sobrino llevó a casa amarrado a su rodilla con un leve rasguño, precisamente el martes pasado? – Nada se le pasaba a la anciana.
Debo confesar que sí madame, me topé con la señora Cornwell en una boutique, haciendo un encargo para usted, mientras yo estaba de compras con Lady Vivian. – Elroy sabía perfectamente como había sido ese encuentro su dama de compañía se lo había hecho saber.
Agradezco que haya ayudado a Allistear, Anne, no suele ser buena en esos casos. – dijo Archie neutralmente.
¿Gustan acompañarme? – preguntó ella cordialmente.
No queremos interrumpir su mañana Lady Rose, a decir verdad, mi sobrino debe regresar a la oficina. –
No papi, yo quiero jugar con Alex. – dijo Stear suplicante al escuchar eso.
Antes de que Archiebald o Elroy pudiesen responder Rose intervino.
Sé que es un atrevimiento de mi parte, pero Alexander estaría encantado de que Stear se quede, ¿me permitiría, llevarlo mas tarde a su casa? Tenemos un picnic preparado… -
Por favor papi… - le dijo el chiquillo con mirada suplicante.
Está bien, si no es demasiada molestia.
Le aseguro que no lo es, si les parece bien, lo llevaré a su casa a la hora de la siesta. ¿a las dos está bien?
A las dos es perfecto Lady Rose, Allistear, compórtate adecuadamente hijo. – le dijo la venerable matrona de los Andrew para después despedirse formalmente.
Antes de subir al auto Archie volteó en dirección donde los niños jugaban, y pudo verla a ella, correteando detrás de los niños, su risa franca y cantarina resonó en sus oídos, y su corazón se encogió ante el recuerdo de una chiquilla de rubios cabellos y ojos verdes que se había robado su corazón hacia toda una vida.
Tres días después, Albert, Archie y Elroy se encontraban en la biblioteca pasando un rato en familia, Allistear parloteaba con su tío sobre los cachorros de su nuevo amigo con la intención de sacarle la promesa de que él también podía tener unos. Albert rio abiertamente ante los motivos evidentes del niño.
Elroy puso los ojos en blanco por un momento, sabía que no valí la pena censurarlo, seguramente al final de esa semana habría dos nuevos habitantes en la mansión Andrew. Pero no sería ella si no lo intentaba al menos.
Ni lo pienses William. – dijo con su acostumbrado tono imperioso.
Su guapo sobrino no tuvo tiempo de responderle, fueron interrumpidos por el mayordomo.
Sir William, lamento la interrupción, ha llegado correspondencia para usted.
Gracias Carl. – le dijo el rubio tomando un elegante sobre color crema con engravado dorado, y lacrado con cera roja con el escudo del duque de Grandchester de la bandeja de plata que le extendían.
Lo abrió y sacó de dentro una invitación de pesado papel de primera calidad. Era una invitación, con cuatro pases personalizados, Sir William Albert Andrew, Madame Elroy Emila Andrew, Sr. Archibald Cornwell y Señora, Allistair Cornwell II, y una nota adjunta. Albert sonrió ante la tarjeta de invitación para su pequeño sobrino.
Londres, 1923. Grandchester Palace.
William, espero puedas acompañarnos a la cena formal que ofreceré en honor de mi cuñada, la marquesa, por supuesto que hago extensiva la misma para tú familia, y a petición expresa de mi sobrino y mi cuñada incluyo al pequeño Allistear.
Richard Grandchester.
Albert Andrew sintió como por sus venas corría expectativa, y emoción, estaba seguro qué la marquesa era la misma pelirroja que lo había cautivado en el baile. Rose Marie Estelle Grandchester, Marquesa de Northhampton. Y si era ella tal vez algún día podría lograr que ella quisiera cambiar su apellido a uno mucho más honorable… Andrew.
