Hola mis niñas, un placer saludarlas de nuevo, feliz de leer todas sus reviews, mas que contenta que vamos en un poquito más de 700, pero sobre todo, de leerlas satisfechas, emocionadas, enganchadas, con un gran sentimiento de responsabilidad y un poco de temor ante tan altas expectativas.

Mil gracias por darse el tiempo de leer, y de dejar sus comentarios, de hablarme como a a una amiga, mil disculpas que no puedo contestarles uno a uno, porque muchas firman con su nombre, pero son guests... gracias por el apoyo, los ánimos, todo. Gracias por compartir canciones, les comparto que la que me hace pensar en esta pareja, ALbert y Candy, no precisamente la de esta historia, pero ne general, cuando la escucho es Thinking Outloud de Ed Sheeran. Zule, me encantan tus comentarios, me dan mucha risa. Devora, bienvenida a conocerme a través de las historias, Laura, creo que si tengo tú nombre bien, gracias por leerme los domingos en la tarde, a pesar de estar cansada, después de tú trabajo, Ever blue, gracias por siempre echarme porras, Dios, por eso no hago esto porque no me acuerdo de todos los nombres, pero chicas gracias por sus lindos comentarios, y seguire tratando de contestar poco a poco a cada una. Un abrazo a todas.

C, un millón de millón de gracias por la paciencia, por tu amistad, y por compartirme tu fascinante vida. Te quiero mucho.

Bendiciones.

Keyag

YNTE

Capítulo 13

New York, mayo 1917.

Annie:

Sé que me pediste que no te escribiera, y tenías toda la razón en reprocharme mi falta de moral, he respetado tus deseos, pero Annie… estoy destrozada, desesperada, me equivoqué, hoy estoy más consciente que nunca de mi error.

Annie, Terry no se casará conmigo, solo he sido su diversión, su amante, el hazme reír de sus otras dos mujeres, y ahora estoy en un verdadero aprieto.

Estoy embarazada, y Terry no responderá por este bebé, estoy sola, y no tengo a quien recurrir, Annie, ayúdame, necesito salir de aquí, irme lejos, empezar de nuevo en algún lugar, puedo pasar como una viuda de guerra en algún lado, yo lucharé por mi hijo, por darle un hogar, sé que no puedo volver a Chicago, ni con mis madres, no le tengo miedo al trabajo, pero el doctor me ha dicho que mi embarazo es delicado, no te lo pediría si no lo necesitara, pero no sé a quién más pedírselo, necesito dinero para irme, y pasar el tiempo hasta que mi hijo nazca. Te pagaré lo que me prestes, no quiero involucrar a Archie o a Albert, ellos no me dejarían irme, y la deshonra de los Andrew seguro mataría a la tía abuela y al bisabuelo.

Te juro que después de esto jamás volveré a molestarte.

Candice White.

Chicago, junio 1917

Albert escuchó la puerta del departamento abrirse, y con dolor reconoció que seguía esperando que fuese ella, aunque la lógica le decía que debía de ser Archie.

Huele delicioso, sabes, podría lograr que fueses el chef en la mansión. –

Jajajaja, y trabajar para tu tía, no gracias, pero cuando quieras puedes venir a comer. –

Te tengo noticias. –

¿Te escribió? ¿irás a buscarla?

No, ella sigue sin responder, pero, pronto podremos hacer algo.

¿Entonces? ¿Te casas con Annie?

No. No podría casarme, en estos momentos, además hay tanto que aún debo hacer… y espero que ella regrese, y que Stear esté de vuelta, a mi lado, cuando eso suceda. – el semblante de Archie, se entristeció por un segundo.

Lo lamento, no quise arruinar tus noticias. –

No te preocupes, bueno, venía a decirte que tengo una cita de trabajo para ti en el banco, George está de regreso, y aceptó vernos mañana. Así que toma, aquí está un traje, pasaré mañana a las 12 por ti, y no me digas nada, mejor invítame a comer algo de lo que sea que cocinas.

Por supuesto…. Archie, todo te lo pagaré. – le dijo viéndolo directamente a los ojos.

Eres mi hermano, Stear jamás, me pagaba nada, así que, lo mismo aplica para ti, anda hombre, comamos.

Albert no estaba precisamente entusiasmado ante la idea de trabajar en un banco, pero agradecía el apoyo y esfuerzo de Archie, además, era una buena oportunidad para hablar con el tutor de Candy, y pedirle que investigara sobre la situación de ella, que se asegurara que Terry la estuviera tratando como se merecía, después de todo, el único que podía reclamar algo era el bisabuelo William.

Al día siguiente a las 12 en punto, Albert esperaba por Archie, impecablemente vestido en un traje azul marino, de fino corte, con el cabello peinado, y un poco más corto.

Archie no pudo evitar sentir un escalofrío cuando lo vio ahí parado, se veía imponente, elegante, inconscientemente cómodo en ese fino traje que le había quedado a la medida, Archie lo había encontrado junto con mucho otros en un armario, las iniciales bordadas en el interior del saco rezaban WAA, pero Archie estaba consciente, que nadie usaba esos trajes, así que tomó uno, seguro, de que nadie se daría cuenta. Y ahora, por alguna razón no pudo dejar de pensar en Anthony, era como si viese a Albert por primera vez, su porte, su andar, comandaba una autoridad y una seguridad, que Archie no había visto antes en él.

Siendo un joven de gustos refinados y modales elegantes, para Archie nunca había sido más obvio que en ese momento que Albert, tenía la estampa y garbo de un hombre educado en las escuelas más elitistas, y no por primera vez se preguntó, ¿quién sería en realidad Albert?

Entraron a las oficinas del banco, Archie consciente de que llamaban la atención, y que las miradas de las mujeres eran poco disimuladas hacia Albert, después de todo, él Archibald Cornwell, a sus 19 años, debía parecer un chiquillo al lado de él.

La joven secretaria, los guio hasta una fina puerta de nogal, Albert agradeció la amabilidad de la chica, provocando con ello que se sonrojara, y entonces, Archie llamó a la puerta, Albert escucho una voz perfectamente modulada decirles que podían pasar, y sin saber, cómo ni porqué tuvo la certeza de que había un rastro de acento francés casi imperceptible en la educada voz masculina, pero así era su vida, sabía cosas con plena certeza, pero nunca sabía dónde las había aprendido. Archie le había ayudado a descubrir que podía hablar, francés, alemán e italiano a la perfección, también sabía hacer un perfecto análisis financiero, y un balance de cuentas de manera impecable, solo que no tenía ningún documento que respaldara su identidad, ni sus conocimientos, por eso debían ir directamente con George.

Entraron en la oficina, los paneles de roble, el aroma a puro, y algo más inundaba el lugar, Albert sintió una punzada en la cabeza, pero decidió concentrarse en el hombre frente a ellos, sabía que Archie estaba tratando de hacerle un gran favor, pero, sobre todo, tal vez esta sería su única oportunidad de acercarse al hombre que podía hacer algo por su pequeña.

El hombre de cabellos oscuros y presencia elegante levantó la vista hacia quien esperaba fuera el joven Archibald y un amigo, pero su mirada se clavó en el impresionante hombre rubio que había buscado como un loco desesperado por un año en cada hospital europeo.

No entendía, esto debía ser una mala broma, George solía tener un férreo control inglés sobre sus emociones, ahí lo había educado William C. Andrew, pero de vez en cuando, en casos muy extremos su apasionado temperamento francés salía a relucir, y este fue uno de ellos, asumió que William había estado escondiéndose a plena vista de todos, y el llegar de improviso al banco con el joven Cornwell era una broma, una muy mala broma.

Esto es inaudito, jamás lo creí… me da gusto saber que estás bien, pero William, una cosa es hacer lo que sea por mantener tu libertad, y postergar tu toma del control de los negocios y tu puesto como patriarca de los Andrew, y otra es casi matarnos de la angustia por tu desaparición durante casi un año. ¿Qué estabas pensando? – el raro arranque de impotencia y furia se detuvo de pronto al darse cuenta de cómo le estaba hablando al patriarca de los Andrew, pero sobre todo al ver la cara de confusión de ambos jóvenes…

Albert sentía su cabeza a punto de estallar, toda la información y el reclamo del hombre que tenía frente a él lo había tomado por sorpresa… William, ¿Quién era William? Imágenes bombardeaban su cabeza, las luces eran demasiado brillantes, Archie trató de explicar.

George… este es mi amigo, Albert, te hablé de él… -le dijo Archie dudoso de lo que sucedía.

¿William…. William Andrew… William Albert Andrew? – preguntó el rubio mientras las imágenes lo atacaban y los recuerdos se abalanzaban sobre él.

Archie y George lo observaron, la magnitud de lo que se revelaba frente a él comenzaba a abrirse camino en la mente de Archie, y el peso de saber que él había tenido todo el derecho de detener a Candy, de saber quién era, ser consciente de que podría haberle ofrecido el mundo, y su nombre una vez más, no somo su hija adoptiva, sino como su esposa, confesarle su amor, o simplemente asegurarse de que su ida en busca del amor hubiese sido fructífera cayeron como el peso del mundo sobre el titán Atlas sobre los hombros de William Albert Andrew. El mundo se volvió oscuridad y se desplomó frente a los asombrados ojos de Archibald Cornwell… su sobrino, y George Johnson, su mano derecha, su única figura paterna, y amigo.

George llamó al médico familiar discretamente, y procedió a interrogar al asombrado joven Cornwell.

¿Cómo lo conoció?

¿A Albert? George, ¿quién es el en realidad?

Primero debe explicarme Joven Archibald.

Lo conozco… lo conozco desde Londres, Candy nos lo presentó alguna vez, es un amigo de ella, pero ella lo conoce desde mucho tiempo antes, desde que trabajaba para los Leegan.

Archie no continuó porque el rubio que por el momento habían movido lo menos posible comenzaba a moverse.

Albert, ¿Estás bien? Candy me matará si algo te pasa… bueno, tal vez eso la haga venir. –

¿William?

Albert escuchaba las voces, las imágenes habían dejado de atacarlo, pero el dolor de cabeza seguía ahí, William… William Albert Andrew, ese era su nombre, no era un donnadie, no era un chef, ni un lava platos, tampoco era un cuidador de animales, era el patriarca de la familia Andrew, hablaba no cuatro, sino cinco idiomas, porque el otro era el gaélico, sabía de finanzas por la simple y sencilla razón de que para eso había sido educado, su refinado paladar y buen gusto eran producto de años de una buena vida. Después de todo, no por nada era el heredero de una de las más grandes fortunas de su tiempo.

Entreabrió los ojos, y la luz fue demasiado.

¿William? Mandé llamar al doctor Rogers.

Manda a llamar al doctor Martin, George… Archie, dile dónde encontrarlo. – le dijo con los ojos aún cerrados, pero con una inflexión en su voz que Archie no había escuchado antes, esa era la voz de un hombre acostumbrado a mandar.

Archie despachó a un chofer por el doctor Martin, y se sentó en el suelo al lado de Albert.

¿Albert, estás bien? – le preguntó en tono preocupado.

Sé quien soy. – le respondió con mirada intensa.

¿Qué quiere decir con eso? – preguntó George desesperado a Archie, no acababa de entender que era lo que estaba sucediendo...

George, Albert es amigo de Candy, lo encontró en el hospital, cuando lo trajeron mal herido del frente italiano, y desde entonces ha padecido amnesia.

George comenzaba a entender…pero ¿dónde estaba la señorita Candy? la mente de George comenzó a funcionar con la lista de pendientes que sin duda tenían que resolver ante la aparición del patriarca que habían comenzado a preparase para dar por muerto.

William, es necesario que te vea el doctor Rogers, y que avisemos a la señora Elroy…

Alto George, - una vez más ese tono de voz imperioso, que seguramente hasta a la misma tía Elroy haría detenerse.

William, tú no entiendes… hay mucho por hacer…

No George, tú no entiendes, he pasado un año de mi vida sin saber quién soy, y en este momento, no quiero preguntas, ni un desfile de sirvientes, y menos la interminable junta que seguro tendré que tener con el consejo.

¿Albert? ¿quién eres? – le preguntó Archie muy bajo, recordando platicas con Anthony, y cada página del viejo libro familiar, ¿quién era exactamente el chico que era solo unos cuantos años mayor que él mismo, y que ahora más que nunca se parecía tanto a su primo muerto. No entendía como no se había dado cuenta antes, los ojos azules del mismo tono, el cabello rubio…

Mi nombre es William Albert Andrew, para efectos familiares y formales, soy tu tío, tú madre es mi prima, y Rosemary, la mamá de Anthony era mi hermana, pero espero que no me llames tío...

¿Eres el tío abuelo? – Archie comenzaba a entender, cada una de las cosas que le habían llamado la atención sobre el hombre que se había convertido en su hermano en los últimos meses.

Sí, soy el hombre que hemos deseado contactar para poder ayudarla a ella. – el tono de frustración y dolor no pasó desapercibido para ninguno de los dos hombres.

El doctor Martin llegó primero que el doctor Rogers, examinó a Albert y le dio medicamento para el dolor.

Debes descansar muchacho.

Lo haré doctor… en cuanto pueda.

No, hijo, no en cuanto puedas, tres días de reposo y descanso.

No tengo el lujo de tomarme tres días.

Entonces habrá que sedarte para obligarte a tomártelos, el cerebro es un órgano caprichoso, y podría resultar dañino.

Deje los sedantes y las instrucciones doctor Martin, de otra forma, será imposible acallar mi cerebro.

Bien, iré a verte.

Estaré en el magnolia los próximos tres días doctor, gracias.

Ni Archie, ni George habían intervenido en la conversación, pero en cuanto el médico se fue, ayudaron a Albert a sentarse y lo llevaron al mullido sillón de cuero.

Anda George, suelta lo que estás pensando, te conozco. – le dijo el joven con mirada seria.

Me disculpo por la forma en que te hablé William, pero hemos estado completamente angustiados, pensé… pensé que…

Que era otra de mis escapadas.

Pensamos que estabas muerto… y sí cuando te vi ahí parado tan campante con el joven Archie a tu lado, sí pensé que era una broma de muy mal gusto.

No estoy muerto, y no fue una broma, George, venía de regreso, porque me escribiste que Candy se había escapado del San Pablo, y yo simplemente tenía que volver para estar cerca de ella… y al parecer lo hice, solo que la que me cuidó y curó fue ella a mí, viví con ella hasta hace seis meses, cuando ella… se fue.

¿A dónde fue la señorita Candy, William? Madame Elroy me ha estado preguntando sobre ello, y no tengo una respuesta.

Sigue sin darle una respuesta George… pero sí tienes trabajo que hacer al respecto.

Archie estaba sentado en un sillón con la mirada perdida escuchando a medias, y con su mente trabajando al 100.

¿Iremos por ella? – preguntó levantando la vista y viendo fijamente a Albert.

Sí, si eso es lo que ella quiere, pero para poder saberlo, necesitamos saber exactamente cuales son las condiciones actuales. Y Archie, no solo iremos por ella, también haremos todo lo posible por traer a Stear de vuelta, te lo prometo.

Gracias…

Albert, Archie, siempre seré Albert, somo hermanos, ¿recuerdas?

La tía no estará de acuerdo con que te llame Albert.

Después hablaremos con la tía, Archie, por ahora, creo que necesito uno de los sedantes del doctor Martin, e ir a casa. – le dijo el apuesto rubio tocando su cabeza con un gesto de dolor.

William, no pensarás regresar al departamento dónde vivías.

Eso e precisamente lo que pretendo hacer, si necesito tres días de descanso, no los tomaré en ningún otro lugar.

Pero, podemos reservar una habitación en algún hotel discretamente…

¿No lo entiendes George?, por ahora es lo único que me queda de Ella… necesito que hagas los trámites para comprar el edificio, no es necesario que se vayan los inquilinos, pero quiero tener control sobre la propiedad.

Bien, sabes que tus deseos don órdenes. ¿Y en cuanto a la señorita Candy?

Contrata in investigador privado, el mejor investigador privado, que la busque, está en New York… con Terrence Grandchester.

George guardó silencio ante las implicaciones de la afirmación de William, para él no era ningún secreto lo que su muchacho sentía por ella, y desde cuanto tiempo atrás cargaba con ello.

¿Quieres que el investigador la traiga? – preguntó con cautela.

No necesariamente, George, quiero que sea feliz, así que lo que necesito saber es si en realidad lo es.

William, tenemos mucho de que hablar, y no puedes quedarte solo, enviare a Timothy para que te ayude, además de un chofer, y ….

George, no quiero a nadie… puedes quedarte tú conmigo, sí quieres asegurarte de que no desapareceré, pero no pienso salir de mi habitación.

No puedo irme ahora mismo contigo…

Yo me quedaré con él hasta que tú llegues, George. – le dijo Archie.

Bien, señorito Archie, yo resolveré lo más que pueda mientras tanto.

Vamos a casa Albert. – le dijo Archie.

Espera, escribiré una nota para la tía, y después de pasados estos días, hablaremos, los tres juntos.

William Albert Andrew se puso de pie, Archie pudo percibir que parecía haber envejecido unos cuantos años, no se veía precisamente viejo, pero antes había representado a un joven de edad indefinida, ahora, representaba al hombre de 25 años, que sabía que le peso de toda una familia y un legado estaba sobre sus hombros, y que de haber sabido antes, habría podido detenerla, para ofrecerle no solo un nombre, un hogar, para repagar cada una de las carencias de las que ella lo había librado, sino para abrir su corazón, y decirle que la amaba.

George se había encargado de darle la noticia a Elroy Andrew de que su sobrino había aparecido, pero a petición de William, se había reservado los detalles, solo le había dicho que estaba bien, y que pronto iría a verla. Después le entregó la nota de puño y letra de su sobrino, y la dejó sola.

Elroy Andrew se había mantenido inconmovible, a lo largo de tantas desgracias, que sabía con certeza, que más de uno pensaba que era de hielo, pero en cuanto George salió del salón, las lágrimas comenzaron a correr por la mejilla de la mujer, eran lágrimas de alivio, porque su sobrino estaba con vida, de dolor, porque algo le decía que aún había mucho que no le decían, y que este años de ausencia no había sido una más de las escapadas de él, algo debía haberle sucedido, pero, no podía saber con certeza qué, hasta que lo tuviera con ella.

Con manos temblorosas abrió el sobre que George le había entregado, y pudo notar la nítida y elegante caligrafía de su amado sobrino, respiró profundo, antes de comenzar a leer.

Chicago, Junio 1917

Quería tía Elroy:

Escribo estas palabras, no como un mero formulismo, sino como una realidad, y aunque se de sobra lo que piensas de las demostraciones de afecto, espero que en esta ocasión me perdones, y aceptes que las tenga contigo.

De alguna manera imagino el calvario que viviste este año, con tantas cosas sobre tus hombros, la huida de Candy del colegio (qué, aunque sé no es tú persona favorita en el mundo, también estoy seguro de que esto causó en ti preocupación) mi desaparición, la incertidumbre de mi destino y paradero, así como la partida de Stear, y lamento mucho primero, haber sido causa de tu angustia, y segundo, no haber estado a tú lado para ayudarte a sobrellevarlo todo.

Tía, lamento no presentarme de inmediato contigo, pero tengo algunos asuntos que atender, sé que tienes muchas preguntas, y te prometo que pronto iré a casa para responder a cada una de ellas.

Con afecto,

William Albert Andrew.

Elroy Andrew cerró la nota, mil y un posibilidades venían a su cabeza, sobre dónde, y con quién había estado su sobrino todo ese tiempo, y que era lo que tenía que resolver, hacia seis meses que tampoco sabía nada de Candy, y por un momento temió que el asunto que arreglar fuese precisamente ella, ¿se atrevería William a volver a casa con ella como su esposa? Elroy decidió que no lucharía más, si su sobrino regresaba con la chiquilla a su lado, ella se encargaría de cumplir la promesa hecha a sus sobrinos años atrás, haría un esfuerzo, y la educaría para que tomara su lugar en la familia, después de todo, ella era la heredera universal de los Andrew.

Cerró la nota, y fue a dormir, por primera vez en un año, había al menos una buena noticia, tal vez ahora, que William estaba de regreso, todo caería en su lugar.

Tres días después, Elroy estaba sentada en su salón, sin darse cuenta había dormitado, pero una suave presión en su hombro la hizo despertar, y frente a ella estaba lo que en ese momento pensó era una aparición, su hermano, su querido hermano, William C. Andrew, apuesto, gallardo, con esa mirada pura y limpia, pero en su cara no había la eterna sonrisa despreocupada.

Tía. – la suave voz la trajo al presente.

William… - la mujer no pudo evitarlo, y simplemente se lanzó a su cuello. – no puedo creer que estás aquí. - Él le devolvió el abrazo, y la contuvo hasta que recobró la compostura.

Dignamente secó sus lagrimas y se sentó perfectamente erguida en su sillón.

No deberías estar aquí, Archibald…

Archibald sabe quien soy, él me llevó ante George, tía, no más secretos, no con él.

Está bien, cuéntamelo…

Albert procedió a relatarle su accidente, y como Candy lo había encontrado, y ayudado, hizo hincapié en su amnesia, y que había hecho durante ese año. Después de escuchar el relato, tanto de William, como de Archie, Elroy decidió que no podía seguir con la incertidumbre.

¿Tú eras con quien ella vivía? – Elroy palideció, pensando en todo lo que Elisa y Neal habían propuesto hacer para complicarle la existencia ala chiquilla. -William, ¿la has traído contigo? ¿la hiciste tu esposa? - Elroy no podía creerse equivocada, escucharlo hablar de ella, lehabía dejado claro que el corazón de su sobrino latía por la pequeña rubia, y ahora, sabiendo, que solo gracias a ella William estaba de vuelta, Elroy no tenía nada que objetar.

No tía, Candy no está conmigo, ni tampoco es mi esposa…

Pero se lo has pedido. –

No tía, Candy está en New York…

¿New York? ¿cómo? Con el bastardo del duque, ¿cierto?

Sí tía.

Tráela de regreso William, ella es una Andrew, y si no me equivoco, es la mujer de la que te has enamorado, así que haremos lo necesario por convertirla en la mujer apropiada.

Albert no podía creer lo que escuchaba de boca de su tía, estaba dispuesta a aceptar a Candy como su esposa, sin preguntas ni reproches. Archie tenía la boca abierta, jamás creyó que el día en que Elroy Andrew doblaría las manos llegaría.

No me miren con esa cara, reconozco que la chiquilla es encantadora, impulsiva, pero encantadora, no en vano cada uno de los hombres Andrew se enamoraron de ella, y si a ella le debemos tu vida y tu bienestar, no hay nada más que decir, si está con el bastardo del duque, no ha habido escándalo alguno, así que no habrá problemas, y por lo que he visto en las revistas, no debe estarla pasando bien con los enredos de faldas en los que él está metido. Asumo que tenemos un investigador privado haciéndose cargo.

Así es tía, en cuanto tengamos noticias, te las haremos saber.

William, haz lo que sea necesario por traerla a casa, y por mantener el honor de los Andrew.

Mansión Britter. Dos semanas después.

Anne estaba furiosa, Archie no se había dignado en ir a verla en dos semanas, y ahora que estaba ahí ni siquiera la había besado, había comenzado a hablar de Candy y… ¿qué era lo que Archie estaba diciéndole?

¿Qué has dicho? – Annie luchaba con todo su ser por no mostrar lo que su mente comenzaba a comprender.

Lo que escuchaste, Albert, en realidad es el abuelo William, por fin podremos ayudar a Candy…

¿Por qué no me lo dijiste antes? ¿desde cuándo lo sabes?

No podía decírtelo, pero mañana saldrá el comunicado de prensa, con una foto en todos los periódicos del país, así que por eso he venido a decírtelo… - Archiebald siguió hablando, pero ella dejó de prestar atención.

La mente de Annie trabajaba en forma vertiginosa, sabía perfectamente lo que sucedería a continuación, Albert iría por Candy, y sí Terry se negaba a casarse con ella, él se encargaría de que su reputación estuviese intacta. Haría lo que fuera por ella, y el escándalo no le importaría, Albert era capaz de mandar todo al diablo porque ella fuera feliz… debía responder la carta que hasta el momento había ignorado.

Chicago, Junio 1917.

Te envío todo lo que he podido juntar, está demás decirte que no espero que me lo pagues, solo que desaparezcas, y olvides que alguna vez nos conocimos. Recuerda que los pecados de los padres recaen en los hijos hasta la tercera y cuarta generación.

Anne.

Anne selló la carta y se miró al espejo, no podía creerlo, no cabía duda de que, había mujeres que nacían con suerte, y Candy, era definitivamente una de ellas. Para Anne, aún era díficil de creer que durante el último año habían tenido entre ellos al poderoso, joven y guapo magnate, se reprochó su falta de sagacidad, después de todo, Albert nunca había tenido la pinta de tan solo un miserable lava trastes, era guapo, alto, imponente, un hombre en toda la extensión de la palabra, un hombre en el que ella, Anne Britter no podía dignarse en pensar, claro, a ella la había deslumbrado el porte elegante, y el apellido de Archibald Cornwell, pero como siempre Candy había logrado mucho más, mientras Anne estaba en una relación con el Andrew incorrecto, Candy había obtenido al más poderoso de todos, el sentimiento de enojo y frustración creció dentro de su pecho, y esperaba que su querida hermana se refundiera en algún lugar perdido del país, para no aparecer nunca más en sus vidas.

Aunque claro, uno no debe dejar ese tipo de cosas al destino, debía planear cuidadosamente su jugada.

Oficinas del banco de los Andrew, una semana después.

Archie, debo hablar contigo y con Albert… -

Anne apareció en el dintel de la puerta de la oficina de Archie, hermosamente engalanada, con su cara arrebolada y sus enormes ojos azules destellando inocencia. Pero Archie apenas levantó su vista de los papeles que tenía frente a él.

Estamos un poco ocupados, esperando que George nos diga el estado real de las cosas, en cuanto los investigadores nos den los resultados iremos a New York.

Pero, es de ella precisamente de quien quiero hablar… Candy…. – le dijo ella acercándose al sillón dónde su novio leía un informe.

¿Candy, qué? – preguntó una profunda y melodiosa voz masculina a la entrada de la oficina de Archie.

Oh, Albert, tengo que hablar con ustedes…

¿Tienes noticias de ella? – preguntó Albert.

¿Qué te ha dicho? – le siguió Archie.

La penetrante mirada del par de apuestos caballeros estaba puesta sobre ella, la ansiedad era evidente, ella sabía perfectamente que ambos la idolatraban, y una cierta emoción corría por sus venas tan solo de pensar de soltarles la bomba, quería ver su imagen de santa derrumbada, el asco en sus miradas, la certeza de que su pura, virginal, y bondadosa pequeña gatita, era en realidad desde hace meses la amante de la estrella de Broadway del momento.

Me avergüenza hablar de esto… - les respondió ella sonrojándose ante la mirada expectante de ellos.

Annie, debemos saber cómo ayudarla. – le dijo Albert con cálida mirada comprensiva, al parecer sus peores temores se harían realidad.

Ella me escribió hace meses… poco después de que se fue… ella…ella, se entregó a Terry… por eso no volvió… dijo que se casarían… pero él no le ha propuesto matrimonio, y ahora, su reputación está arruinada… es horrible, ha sido la amante de Terry…

¿Por qué no me dijiste nada antes? – le reclamó Archie.

Es mi amiga… además, no debería hablar de esto con ustedes… soy una dama…

¿Te ha dicho si Terry le ha pedido matrimonio? – preguntó Albert ansioso.

No… él no le ha pedido matrimonio… -

Iré por ella, el escándalo no ha salido a la prensa… nadie tiene porque saber que Terry y ella tuvieron algo que ver. – dijo Albert seguro de sí mismo, él la ayudaría a sanar, a creer en el amor, a tener esperanza, a saber, que era valiosa.

Albert… no puedes… - le dijo Annie conteniendo las lágrimas de impotencia, y esperando que su tono de voz quebrado pasara por tristeza.

Annie, ¿ella quiere quedarse? – preguntó Albert clavando su mirada en ella, Anne no podía decirle que ella quería quedarse.

No. Pero, Albert… ella ya no es digna de ser una Andrew… -

Candy siempre será digna de ser una Andrew. – dijo Archie decidido.

No pueden traerla de regreso, y pretender que nada pasó…

Anne, nadie tiene porque saber, nadie lo sabrá, callaré con dinero cualquier rumor. – le dijo Albert rogando que solo fuera por prejuicios que Anne le decía que ella no podía volver.

No puedes esconder su pecado… -

Anne, deja de darle vueltas, y dime lo que no estás diciendo. – Albert comenzaba a perder la paciencia.

Ella va a tener un hijo de Terry… -

La noticia cayó como balde de agua hirviente a los hombres Andrew, un pesado silencio inundó la oficina, y Anne vio ira asesina en la mirada de ambos, sus mandíbulas tensas, su rostro desencajado, había asestado la puñalada final…

MALDITO BASTARDO. – Archie fue el primero en romper el silencio, golpeó con furia el escritorio y volteó ver a Albert esperando que le dijera que tomarían el primer tren a New York y le caerían a golpes al desgraciado.

Albert respiro profundo, tragó en seco y viendo al vacío preguntó.

¿Aún no le ha pedido casarse con él? ¿Cuántos meses tiene? – el tono de acero en su voz le advirtió a Anne que debía dejar a un lado los remilgos.

Él no le ha pedido casarse, y creo que debe tener unos dos meses de embarazo.

¿Albert? – le preguntó Archie ante el silencio del rubio.

No es una pregunta, si Candy lo ama, él se va a casar con ella, y sí ella no quiere casarse, entonces la traeré de vuelta a Chicago, por mí la ciudad puede arder en llamas con el chisme si lo desean. – dijo mientras salía de la oficina cerrando la puerta suavemente.

Su tono de voz había sido controlado, sus movimientos suaves, al igual que Archie quería desfigurar al maldito, pero, la edad, las experiencias, y la educación recibida debido a su posición le decía que aún no era el momento. Había una profunda herida en su corazón, sangraba por ella, y juró que le haría pagar cada lágrima que ella hubiese derramado a ese maldito.

Chicago, junio 1917

Terry,

En una semana estaré en New York, para hacer los trámites necesarios para la boda de mi protegida, Candice White Andrew no está sola, mi amnesia me había impedido exigirte que hicieras lo que te corresponde, pero con un hijo en camino no daré más tiempo.

Mis abogados están preparando los papeles necesarios, la dote de Candy es generosa, después de todo ella es mi heredera universal, les alcanzará para vivir más que bien, y aunque sé que ella se negará a aceptarlo, confío en que tú la harás entrar en razón., y te encargarás de ver por ella.

No estoy preguntando si te casarás con ella, te estoy informando que en una semana estaré ahí para ver que lo hagas, sí eso es lo que ella quiere y te recuerdo qué tengo el poder y el dinero suficientes para hacer tú vida complicada y miserable, lo cual te mereces, pero por ella no haré nada.

Y te advierto que sí no la haces feliz pagarás muy cara tu ignominia.

William Albert Andrew.