En medio del fragor de la Batalla de Hogwarts, la reversión incompleta de un hechizo provoca que Hermione intuya cuál es su más profundo propósito… y decida luchar por cumplirlo hasta sus últimas consecuencias.

Esta historia constará además, de un final alternativo, el relato denominado 'Los Verdaderos Héroes' que podréis encontrar en mi página próximamente.

El Potterverso pertenece a JK Rowling.

La descripción de las etapas alquímicas a Clarissa Pinkola Estés, de su libro 'Mujeres que corren con los lobos'

Gracias a ambas por sus inspiradoras obras.

Albedo. Revelación.

Albedo: según la alquimia medieval, fase de la iniciación que corresponde a la luz que permite distinguir una cosa de otra, a la nueva sabiduría.

También, por la definición de la RAE: "Proporción existente entre la energía luminosa que incide en una superficie y la que se refleja"

En cuanto la pesada puerta se cerró tras ellos, todo quedó en calma, no se escuchaba ni un eco de la batalla que se libraba afuera.

Hermione abrió los ojos maravillada, nunca había estado en la Sala de Menesteres en su aspecto de almacén. Era una inmensa bóveda, de la que no se veía el fondo, completamente atestada de todo tipo de objetos: muebles viejos de todos los tamaños y formas, de los que asomaban jirones de prendas de siglos pasados; libros cuyo pergamino, de tan viejo, se deshacía en polvo con un soplo; redomas y calderos con el fondo cubierto de la pasta reseca de pociones fallidas; relojes y otros tipos de artefactos mágicos averiados, esculturas desportilladas, lienzos rasgados, escobas… Todo aquello que generaciones de alumnos de Hogwarts habían necesitado ocultar y que ahora se apilaba en precario equilibrio, formando calles a todo lo largo y ancho de la Sala. Iba a ser imposible encontrar nada allí.

-Buscad un busto con peluca y diadema sobre un armario – dijo Harry – No lo puse muy lejos.

Harry, Ron y Hermione se separaron, cada uno en una dirección. La chica giró a la derecha, observando la parte superior de cada uno de los armarios junto a los que pasaba. Casi se cayó al suelo de la impresión cuando detrás de uno de ellos divisó un trol gigante, pero se recuperó enseguida al darse cuenta de que estaba disecado.

Sus pasos resonaban en el silencio de la Sala, roto también por los ecos de las voces de los chicos hablando entre sí, que le llegaban amortiguados.

Estaba llegando al final del corredor, y entonces descubrió, contra la pared del fondo y parcialmente oculto por un alto perchero del que colgaban decenas de túnicas manchadas de quién sabe qué sustancias indelebles, un objeto que reconoció pese a no haberlo visto nunca, pues Harry y Ron se lo habían descrito con todo detalle durante su primer año en Hogwarts.

Se trataba de un espejo majestuoso de al menos diez pies de altura, con un precioso marco dorado de forma oval, en el que había una inscripción tallada: Oesed lenoz aro cute don isara cut se onotse. Hermione entendió que debía leerla de derecha a izquierda, y el mensaje le confirmó sus sospechas: era el espejo de Oesed.

Por un momento olvidó para qué estaba en la Sala de Menesteres y la batalla que se libraba ahí afuera, y pensó en sí misma, lo que no había hecho en mucho tiempo. La guerra había trastocado tanto su vida, le había exigido tantos sacrificios y pérdidas, que ya no sabía quién era ella. En su afán por ayudar a Harry a destruir los horrocruxes, había hecho a sus padres muggles olvidarla y emigrar, para protegerlos; había abandonado sus estudios, su afán por aprender, que era lo que mejor la definía; vivió todo un invierno a la intemperie; la torturaron, estuvo a punto de morir tres veces; había llegado a darle un beso a Ron, pensó con una mueca de disgusto, a quien todavía no había perdonado su abandono temporal de la búsqueda, sólo porque hace un rato la había apoyado en su sugerencia de poner a salvo a los elfos de las cocinas.

Definitivamente, se había perdido a sí misma empujada por las motivaciones de otros, y no era capaz de vislumbrar qué sería de su vida cuando toda esta vorágine, para bien o para mal, acabara. El espejo podría ayudarle a encontrar la respuesta, penetrando a través de sus momentáneas preocupaciones y apremios, dándole la imagen de lo que más profundamente deseaba, una pista para reemprender el camino.

Se acercó lentamente, casi con reverencia, y mientras apartaba a un lado el atiborrado perchero, que casi se volcó, imaginó que tal vez al mirarse vería a sus padres junto a ella donde los vio por última vez, en el sofá de su casa, conversando animadamente sobre lo que habían vivido en esos meses de separación. O quizá se vería a sí misma sentada en la Biblioteca, rodeada por pilas de libros, escribiendo con su pluma, intensamente concentrada.

Dio el último paso, reflejándose por fin en la opaca superficie, y cuando ésta comenzó a animarse, no apareció nada de lo que esperaba. Se vio a sí misma de pie, en la misma postura en la que se encontraba, y a su espalda, muy tenuemente, se perfilaba una sombra, apenas visible en la penumbra de la Sala. Demorándose, como si se tratara de un deseo poco definido o quizá muy recóndito, rescatado de lo más profundo de su subconsciente, la sombra fue tomando forma, hasta convertirse en una figura alta y delgada, de largas vestiduras negras, con el rostro afilado de nariz aguileña enmarcado por mechones de cabello oscuro. Snape la observaba en el reflejo, las pupilas negras como túneles clavadas en las de Hermione.

-¡Ah!

Se llevó el puño a la boca para no gritar, al tiempo que se volteó aterrada, pero ahí no había nadie. Ciertamente aquello era el producto de su mente, desvelado por el espejo. "¿Mi mayor deseo es… que me atrape el mortífago?" pensó. No daba crédito a sus ojos, quizá Oesed se había averiado y ahora debería llamarse Odeim o Rorret.

Sobreponiéndose y no sin cierta temeraria curiosidad, volvió a mirar la superficie bruñida. La imagen de Snape seguía detrás de ella, pero estaba cobrando vida. Sin dejar de clavarle la mirada, adelantó lentamente los brazos, y cruzándolos por delante de Hermione, la rodeó con ellos, posando las manos en la cintura de la joven.

Su sentido común la impelía a apartarse cuanto antes de aquella presencia, conjurada probablemente con Artes Oscuras, pero percibió que el gélido ambiente de la Sala se caldeaba a su alrededor, como si realmente unos brazos invisibles la estrecharan. Esto le produjo una sensación de bienestar que no sentía hacía mucho, al tiempo que una profunda e indefinible añoranza, como un anhelo no realizado u olvidado, la invadió, por lo que decidió resistir y seguir mirando.

Snape inclinaba la cabeza hacia el hombro de Hermione, rozándolo con sus negros cabellos, hundiendo el rostro en sus rizos castaños, aspirando su aroma, y finalmente depositando un leve beso en la base de su cuello, al tiempo que la abrazaba más estrechamente. Hermione habría jurado que sintió el aliento tibio y la huella del beso sobre su piel, y su cuerpo entero se estremeció.

Mientras seguía mirando la amorosa escena en el espejo, por su mente comenzaron a pasar, en rápida sucesión, situaciones vividas durante largos años, acompañadas de las emociones que le produjeron: la eterna frustración en las clases de Pociones, al no sentirse reconocida e incluso despreciada por el profesor al que secretamente admiraba; su defensa a ultranza del mismo cuando Harry y Ron expresaban sus sospechas, camuflando su sincera confianza en él con el argumento de que Dumbledore lo apoyaba; las dudas crecientes con la vuelta de Voldemort, desmentidas en repetidas ocasiones por las acciones de Snape, como la vez que, a espaldas de Umbridge, dio aviso a la Orden para que los rescataran en el Departamento de Misterios…

Con todo eso, ella había formado una imagen de él en su mente, en la que se le aparecía como el héroe en la sombra, el factor oculto del que dependían todas las maniobras, que se guardaba para sí misma, convencida de que, en caso necesario, se podía recurrir a él.

Su castillo en el aire se derrumbó con el asesinato de Dumbledore. Mucho más que para sus amigos, que siempre esperaban lo peor por parte de Snape, fue un verdadero golpe para ella, que durante un tiempo sufrió una lucha interna contra las evidencias, inventando mil razones que justificaran la atrocidad. Harry le había contado su duelo durante la huida del profesor, que habiendo podido matarlo también, solamente se defendió mientras su amigo le lanzaba maleficios. Esto le confirmaba que, en cierta manera, él seguía protegiéndolos.

"Él tuvo que hacerlo… por alguna razón", se decía a menudo, pero con el tiempo terminó sucumbiendo a la lógica aplastante de los hechos desnudos: Snape era un traidor, Harry y Ron se habían dado cuenta desde el principio y era ella quien estaba equivocada.

Así que lo exilió a la parte de su mente que reservaba para el Mal, Voldemort y los mortífagos, todo aquello que debían combatir; se forzó a no pensar en él de otra forma, se arrancó las dudas razonables y comulgó con las ideas de sus amigos, desechando las suyas propias.

Hermione suspiró, echando ligeramente la cabeza atrás; en el reflejo pareció que la recostaba en el hombro de Snape, quien todavía abrazándola, respiraba en sus cabellos con los ojos cerrados.

Era consciente de todo lo vivido, de la negación de sus propias convicciones, pero eso no bastaba para explicar la actitud de la figura silenciosa en el espejo, ni por qué se sentía tan reconfortada…

Como si respondiera a sus pensamientos, la imagen de sus íntimos deseos se movió, acercando la boca a su oído y volviendo a mirarla directamente a los ojos. Vio moverse sus labios, de los que no salió ningún sonido, pero desde algún recóndito lugar de su cerebro, le llegó la voz grave y sedosa: "Recuerda…"

Se rompieron los diques y la mente de Hermione se inundó de imágenes olvidadas, la marea fue tal que tuvo que cerrar los ojos: la mirada atenta del profesor en las lecciones o en la distancia del Gran Comedor, sorprendida en ocasiones por ella; su estremecimiento cuando en alguna ocasión, al entregarle un trabajo en clase, sus dedos se había rozado; su buscarle por los corredores, la emoción al descubrir la silueta oscura… Y más, sueños, o quizá deseos reprimidos en el fondo de su mente: él, apartándole un mechón rizado del rostro; una sonrisa furtiva, seguida de un comentario hiriente sólo en apariencia; palabras dulces dichas a media voz; las manos de ambos entrelazadas en la penumbra de un corredor, caricias, besos…

Hermione no pudo resistirlo más y abrió los ojos, conmocionada. Snape seguía ahí, y ahora lo veía como lo que era, lo que siempre había sido para ella: el maestro admirado que con el tiempo se convirtió en un amor imposible, pues eran muy altos lo muros que debía derribar para llegar hasta él, empezando por los que ella misma había erigido.

Dudó por un momento si lo que había visto en su mente eran meros deseos o si hubo algo más, y entonces la oscura imagen movió los labios de nuevo, pudo sentir el aliento cálido en su oreja, y desde el fondo de su pensamiento: "Te hice olvidar." Y abriéndose paso hasta su consciencia, desdibujada al principio como en el agua del Pensadero y poco a poco haciéndose más nítida, le llegó una escena.

Es noche cerrada, Severus está en su despacho con ella, tomándole las manos, le habla en un tono dulce, pero firme.

-Por petición de Dumbledore, voy a tener que hacer algo atroz, que no comprenderás, que te hará odiarme y renegar de lo que soy para ti. Todos me pondrán en duda, oficialmente estaré en el otro bando, se me acusará de traidor, cobarde y cosas peores. Deberías enfrentarte sola a la opinión de los demás si siguieras creyendo en mí, y al desengaño si no lo hicieras. No quiero hacerte pasar por eso.

Hermione quiere protestar, pero no puede. Él debe haberla hechizado para que lo escuche sin interrumpirlo. Continúa.

-También tu seguridad estará comprometida si cualquiera, de uno u otro lado, te lee la mente. No puedo correr ese riesgo, no contigo – cogiéndole la cabeza con ambas manos, la mira a los ojos con profunda pesadumbre, le da un beso en la frente, la abraza - Siento mucho tener que hacer esto. Perdóname.

Sin dejar de estrecharla, suspira hondamente, saca su varita y apunta a Hermione, susurrando: "Obliviate… reversed per osculum", al tiempo que se aparta de ella.

La escena se disolvió, porque a partir de ahí ya recordaba por sí misma: en aquel momento se encontró un poco confusa, como si hubiera tenido un déjà vu. No entendía qué hacía allí. "¡Ah, sí!". Harry le había pedido que vigilara a Snape mientras él salía con Dumbledore, y ella había acudido a su despacho con la excusa de hacerle unas consultas sobre un libro antes de devolvérselo.

Pero el profesor se encontraba sólo a un paso de ella, apoyado contra el borde de la mesa, con la varita en la mano, escrutándola atentamente. Tras unos segundos, rompió la distancia que los separaba y la enlazó con el brazo libre por la cintura, al tiempo que levantaba la varita y murmuraba: "Desmaius."

Lo siguiente fue despertarse tumbada, cubierta con una manta, en el sofá del despacho, sola. Intentó salir pero no pudo. Snape la había hechizado, dejándola encerrada, burlando así su vigilancia.

Se asomó por la ventana y vio la cabaña de Hagrid pasto del fuego. A la luz de las llamas pudo distinguir al semigigante y a Harry intentando sofocarlo. Cuando lo lograron, se encaminaron hacia el castillo.

Volvió a sentarse en el sofá desconcertada, presentía que algo grave había sucedido. Algo relacionado con Snape, dadas las sospechas de Harry y que éste la había dejado fuera de combate. Un buen rato después, la profesora McGonagall la sacó de allí y la puso al corriente de todo.

-Fue la noche que mataste a Dumbledore… - musitó, y le pareció que por los ojos de la figura del espejo atravesaba una sombra de dolor. Ahora además entendía que él la hechizó para mantenerla al margen de la batalla que se había librado.

Abrumada por las revelaciones, se sintió desfallecer. "Él tuvo que hacerlo", la frase que tanto se había repetido entonces como un mantra, era la reminiscencia de lo que Severus le había explicado. Ni siquiera el Obliviate había socavado su fe en él, pero había acabado asumiendo las opiniones ajenas y se había perdido a sí misma en el proceso. A sí misma y a Severus, el anhelo más arraigado en su corazón.

Se rodeó la cintura con los brazos, buscando los de él que la estrechaban en la imagen, pero ahí no había nada. Las lágrimas acudieron a sus ojos. El lejano grito de Harry la sacó de su ensueño.

-¡Hermione! ¿Dónde te has metido? ¡Ven, la hemos encontrado!

Debía marcharse.

-Te buscaré, volveremos a estar juntos – se despidió del reflejo de su amor perdido, sin pensar que se lo decía a sí misma.

Había hallado su camino.