Nigredo. Caída.

Nigredo: fase referente al color negro, a la muerte, la oscuridad, el descenso y la pérdida. Pero también a la disolución de los propios valores, al barro fértil, a la noche de la que todas las cosas pueden nacer.

En el interior de la Casa de los Gritos, débilmente iluminado por una única lámpara de aceite y el resplandor de los incendios que consumían Hogsmeade, la parte legible de la mente de Severus Snape parlamentaba con el Señor Tenebroso, mientras la ocluida desesperaba de no poder cumplir la misión crucial que le había encomendado Dumbledore. Nagini se contorsionaba flotando cerca del techo en una jaula de estrellas.

("¡Vil Rata Inmunda! Está diciéndome que no soy indispensable. Va a matarme de un momento a otro, antes de que encuentre a Potter,") pensaba la parte oculta.

-Dejad que vaya a buscar al chico, sé que puedo hallarlo, mi señor. Os lo ruego – decía mientras tanto su mente legible.

En ese momento percibió un leve zumbido, procedente probablemente de un Muffliato, a su derecha, a ras de suelo, tras la trampilla que ocultaba el túnel que comunicaba la Casa con el Sauce Boxeador. Había alguien allí. Temió que el Reptil Rastrero, que se ponía en pie en ese momento, lo detectara, pero éste siguió hablando sin dar signos de notarlo, tan pagado de escuchar su propia horrible voz, que al muy imbécil se le escapaba lo más obvio.

Mientras la mente legible de Snape seguía atendiendo las demandas de Voldemort, tratando de ganar tiempo, la ocluida sondeó quién había conjurado el Muffliato desde el túnel. ("El Trío de Oro. Hermione…")

Aunque sabía que la muchacha se encontraba en el castillo, no había intentado rastrearla, pues había perdido la capacidad de hacerlo hacía meses. El tiempo transcurrido, la distancia y el olvido acabaron rompiendo el Vínculo que los unía.

Sintió un pánico atroz, que le costó dominar. Los del túnel estaban montando un escándalo bárbaro; a este paso, ni con el Muffliato iban a evitar que Tom Riddiculus los descubriera. Al parecer, los dos muchachos trataban de contener a la chica para que no irrumpiera en la habitación. ("Está completamente loca. Pretende suicidarse por Maldición Imperdonable.") Tenía que hacer algo.

-"¡Granger! ¡Quédese donde está, va a echarlo todo a perder!"

Al entrar en la mente de la chica para darle la orden, los pensamientos de ésta, obsesivos e inflexibles, le llegaron en torrente. Se quedó de piedra. ("Ha recordado… me ha rastreado y ha sabido dónde estaba… quiere entrar para salvarme…")

La idea de que Hermione estuviera en grave peligro por su causa, desató en él la desesperación que no sentía ante su propia muerte. En todos estos años de firmeza, había tenido un único momento de debilidad, al obliviarla de modo que recordara por sí misma cuando todo pasara… si él sobrevivía… ante cierto estímulo… En aquel momento, junto a ella, todavía albergaba esperanzas de un futuro sin tinieblas.

("Nunca debí hacerlo. Me pregunto cuál habrá sido el detonante de la reversión… ¿Un sueño quizá? ¿Hasta qué punto sabe?") Ahora que lo suyo ya no tenía remedio, le pareció haber hecho una insensatez muy temeraria. Él ya estaba perdido, pero ella debía vivir. Tenía que decirle algo más, tranquilizarla, mintiéndole si era preciso.

-"Calma Hermione" - proyectó su más sedosa y firme voz mental – "Tengo un plan, saldré de ésta, sólo dame tiempo y no entres a las bravas, se armaría una catástrofe.")

Por un breve instante creyó su propio engaño y los pensamientos de ambos, unidos en uno, se dijeron sin palabras que se amaban. Percibió la repentina quietud al otro lado de la trampilla y supo que la había convencido, pero había sido a costa de confirmarle que los atisbos de su subconsciente tenían una base real, y eso tendría consecuencias más allá de su propia muerte. El Vínculo se había restablecido. Lo había embrollado todo. No debía volver a entrar en su mente.

Pero sí que lo hizo en la de Potter para leerlo. ("¡Bien! Han destruido la copa y la diadema… pero de nuevo han estado a punto de morir emboscados por Draco y sus secuaces… Y aun así han arriesgado vida por salvarlos…")

Mientras todo esto ocurría soterradamente, Voldemort había seguido hablándole, y Snape le respondía, manteniendo la doble corriente de pensamiento. Le había llamado valioso. ("Si tú supieras, Bobo Redomado… Valioso para destruirte, valioso para tus enemigos, aunque ninguno de ellos lo sepa nunca.") Y ahora le hablaba preocupado de su maldita Varita Letal.

("A buenas horas te das cuenta, imbécil, de que no te pertenece, después de casi un año, y aun así tampoco aciertas, pues fue Draco quien desarmó a Dumbledore, y después lo mismo Potter con Malfoy, por lo que la Varita es de Harry y jamás podrás cargártelo con ella.")

Esta información que tan celosamente ocultaba, porque supondría la destrucción de Lord Pestilente, ("Qué lástima no vivir para verlo,") era su propia condena de muerte, pues el necio creía que la Varita de Saúco obedecía a Snape, quien nunca fue su dueño. Y así debía ser, para que se confiara y cometiera el error fatal.

En resumen, un enrevesado argumento digno de una epopeya trágica, donde le había tocado en "¿suerte?" interpretar al héroe disfrazado de villano que entregaba su vida por aquellos que le odiaban. ("Excepto Hermione,") y al pensar esto su sacrificio cobró un nuevo sentido, y decidió que lo hacía sólo por ella.

("Al menos, si no me mata de un Avada quizá pueda pasarle el mensaje a Potter. ¡Condenado viejo! Bien podría haberle legado un frasquito con sus últimas voluntades con la etiqueta 'Usar antes de morir'. Seguro que el gafas hubiera cumplido, siempre tan leal a su querido director.")

El momento se acercaba, y era mejor cuanto antes, pues si el Moco descubría a los mocosos el plan se iría al traste. Le nombró repetidamente a Potter para ponerlo nervioso, y miraba a la serpiente en su jaula de estrellas como sugiriéndole el método de ejecución, mucho más lento y doloroso, pero que con suerte, le daría el tiempo suficiente para largarle todo al 'Elegido'.

Lo único que lamentaba, lo que le reconcomía de todo el pastel que se iba a montar, era que la castaña lo presenciara, ahora que ella había recordado. ("Va a soñar con threstals el resto de su vida.") Y anticipando la pérdida de la inocencia de sus ojos y la frescura de su sonrisa, una punzada de dolor peor que un Crucio le atravesó el pecho. ("Ha vivido cosas peores, es fuerte, se sobrepondrá,") intentó darse ánimos, pero no se convenció.

El Engendro Horripilante llegó al final de su perorata:

-Mientras tú vivas, Severus, la Varita de Saúco no será completamente mía.

Su hora había llegado.

Snape alzó su varita, pero fue un disimulo. También lo fue la angustia que reflejó su rostro cuando el Bastardo Innombrable hizo un pase hacia la jaula de Nagini y ésta bajó sobre su cabeza, cumpliendo sus mejores expectativas. Ahora vendría lo peor, el dolor, la muerte lenta, pero eso no le importaba. Le importaba que Hermione no lo viera. Ya bastante había hecho manteniéndola apartada y mintiéndole para que no interviniera. Conociéndola, sabía que la valerosa Gryffindor no iba a perdonárselo en la vida, ni a él, ni a sí misma.

Mientras su cabeza penetraba en la esfera estrellada, justo antes del ataque mortal, gritó a la mente de Harry:

-"¡Potter! ¡Tápale los ojos!"

Pero no supo si el chico lo obedeció, porque lo siguiente fue sentir los lacerantes colmillos de la serpiente penetrándole el cuello, su mente dejó de estar escindida y sólo quedó espacio para el grito. Perdió la consciencia y cayó al suelo.

Cuando la recuperó momentos después, alertado por la parte de su cerebro que nunca descansaría mientras estuviera vivo, se encontró un pintoresco cuadro: Voldemort se había marchado, dejándolo desangrarse como un perro, recostado contra la pared, y los tres chicos habían salido de su escondite y se encontraban a su alrededor.

Potter, en pie a la derecha, lo miraba estupefacto. "Vaya susto le he dado cuando he gritado en su mente." Weasley y "Hermione…" arrodillados, pringándose los pantalones en el charco de su propia sangre que empezaba a extenderse por el suelo de madera.

El pelirrojo estaba al centro, entre sus piernas, apuntando con un Lumos a la chica a la izquierda, que buscaba afanosa en su bolsito de cuentas con una sola mano, mientras con la otra le mantenía presionado el boquete que el inmundo reptil le había abierto en el cuello. Circunspecta, con los labios apretados y expresión concentrada, tenía los ojos anegados en lágrimas. Extrajo una piedra, y abriéndole los dientes sin miramientos, se la introdujo en la boca.

"Vaya… no ha encontrado el antídoto. Normal, lo he dejado en el despacho y no confiaba en mí. Así que la reversión debe haber sido muy reciente. Al menos esto contendrá el veneno por un tiempo." Tragó el bezoar que él mismo había introducido en su bolsito subrepticiamente mientras ella preparaba en la Madriguera el viaje que emprenderían.

Hermione continuaba revolviendo ansiosa.

"Quizá sí que tiene el antídoto, o esté buscando el díctamo, que no servirá con una herida de Magia Oscura, así que igualmente voy a desangrarme." Pero no se lo dijo, porque creyó que si dejaba que ella lo intentara, más adelante la ayudaría a sentirse mejor. Y además, ahora mismo había un asunto más importante que atender.

Se giró hacia Potter, agarrándolo por la túnica y haciéndolo inclinarse hacia él, y le dijo:

-Cógelo…

Dejó salir en volutas de humo azulado sus pensamientos, todos los infames secretos que Dumbledore se había guardado para que el chico no flaqueara cuando le llegara la hora. El cínico y manipulador director se había reservado el derecho de planear la muerte de Harry, con el fin de destruir el horrocrux que éste contenía, y ése era el mensaje que Snape debía comunicarle.

Pero no se resignó a enviar al hijo de Lily como un cerdo al matadero, como le había ocurrido a él mismo, y añadió de su cosecha toda su historia con su madre, para que confiara en él; que Voldemort destruiría el horrocrux sin matarlo, pues la sangre de su madre que le arrebató seguía protegiéndolo; que la espada de Gryffindor que habían creído perder en Gringotts, aparecería en el momento oportuno para que destruyeran a Nagini, al igual que ocurrió en la Cámara de los Secretos con el basilisco; y también la valiosa información que, habiendo significado su condena, le daría el valor suficiente a Potter en el enfrentamiento definitivo: el embrollo en torno a la dichosa Varita de Saúco, con la que Lord Escabroso nunca lograría asesinarlo. Y todavía algo más, sobre Hermione… para que la consolara tras su muerte.

La sustancia plateada salió por todos sus orificios, en verdad debía ser algo digno de ver, porque los mocosos, incluso Hermione dejó un momento de rebuscar, lo miraban asombrados.

-Cógelo…

Snape se impacientaba, a ver si al final toda la tragedia había sido para nada. El de gafas no reaccionaba, la verdad, no entendía cómo había llegado tan lejos con las pocas luces que tenía. Por fin empuñó la varita y comenzó a arremolinar la sustancia azul con ella, sin saber todavía muy bien qué hacer, hasta que Hermione le puso en las manos un frasco que conjuró al instante. "Esa chica lista, qué buen gusto tengo, ¿qué habríais hecho sin ella, pringados…?"

Cuando Potter terminó de llenar el frasco con los pensamientos de Snape, retumbó en el espacio la voz de Voldemort, anunciando que detendría la batalla durante una hora, y que esperaría a Harry en el Bosque. "Redondo," pensó Snape.

Al acabar el anuncio del Innombrable, Hermione, que había seguido rebuscando, le dijo a su amigo con gran seguridad:

-Todo saldrá bien, Harry - y le ordenó autoritariamente y con una nota de rencor - Venga, al Pensadero, Snape te ha dado instrucciones de lo que tienes que hacer, a ver si al fin te enteras de las Verdades de la Vida.

"Debe haberse peleado de lo lindo con sus amigos desde que comprendió la trama," se dijo el moribundo, y ahora que había cumplido impecablemente su cometido final, se relajó esperando el inminente vacío, sintiéndose afortunado, "qué egoísta," por morir acompañado de la mujer que amaba.

Potter ya había salido por la trampilla.

-Hermione, ¿qué haces? Vámonos con Harry – decía Weasley apremiante, tirándole de la manga a la castaña, y con cierto tono de repulsión – Es Snape…

La chica le habló sin mirarlo, metiendo el brazo hasta el hombro en el diminuto bolsito.

-Ron, vete si quieres, pero no me distraigas, le queda muy poco… Si te vale de excusa, la Varita de Saúco será de Voldemort si muere. Necesito luz, así que si decides irte, acércame primero la lámpara de aceite.

Weasley se quedó mirando alternativamente a Hermione y a la entrada del túnel, indeciso, mientras ella sacaba por fin el brazo del bolsito.

-Supongo que Harry pasará un buen rato en el Pensadero… – parecía que el hábil argumento de Hermione había convencido al pelirrojo.

-¡Haz lo que te dé la gana, pero no me hables! – gritó Hermione a media voz, casi furiosa – Necesito concentración ahora.

Tenía un pequeño libro en las manos, que comenzó a hojear impacientemente, seguramente sus ojos llorosos le impedían ver con claridad. Snape lo reconoció. "¡Vaya! Así que al final no era el antídoto lo que buscaba, parece que tiene un plan. Al menos conseguí conjurar bien el obliviate en lo respectivo a no destruir su aprendizaje." La miró a los ojos llenos de lágrimas.

-Hermione… – dijo con un hilo de voz – Es el penúltimo cuento…

Ella lo miró brevemente, sorprendida, "¡Rayos! He vuelto a llamarla por su nombre, y a darle pistas, sin saber si va a funcionar…" Ella siguió hojeando, al tiempo que decía:

-Ron, acerca la luz a la herida.

Pronto encontró la página que buscaba.

"Sabe lo que hace… de hecho lo está haciendo…"

-¡Ah! – Snape soltó un quejido cuando Hermione, habiéndose empapado los dedos en sus propias lágrimas, dejando rastros de su sangre en torno a sus hermosos ojos, los incrustó en la herida de su cuello, que comenzó a humear.

El conocimiento del remedio había permanecido en la memoria de Hermione, aunque no el hecho de que había sido él mismo quien se lo había enseñado. Aunque Snape lo conocía en teoría, nunca lo había utilizado, ni comprobado si era efectivo. El ingrediente era demasiado escaso y exclusivo. La única vez que lo tuvo disponible en cantidad suficiente fue precisamente porque ya era tarde para usarlo.

"Ahora el conjuro." Las palabras que debían acompañar al acto de derramar lágrimas de amor para sanar una herida de Magia Oscura, formaban parte de uno de los cuentos de Beedle el Bardo, que era el libro que Snape había reconocido en las manos de Hermione. "Un cuento para niños… quizá resulte." El único problema era que en el libro, el conjuro aparecía en su idioma original rúnico… "Pero ella lleva años estudiando esa asignatura. Definitivamente, es una crack."

Hermione se acercó a él, pegándose a su cuerpo, para dejar que las lágrimas que rodaban por sus mejillas cayeran directamente sobre la herida, y poniendo el libro ante sus ojos empañados, comenzó a recitar en la antigua lengua, que traducida, decía:

Dame el dolor de tu amor

"No, no, ¡rayos!, así no servirá. Pero ya me he delatado, al menos tengo que ayudarla a intentarlo."

-Hay que cantarlo, sabeloto… - se le quebró la voz antes de terminar.

- ¿Cantarlo? – Hermione lo miró con ansiedad - ¿Cómo?

"No recuerda la canción, es muy rara y no le dimos demasiada importancia, porque no sabíamos si funcionaba." En ese breve segundo Severus Snape tuvo que tomar una decisión, quizá la más crucial que tomara nunca. Tuvo que elegir entre lo que había considerado su destino inexorable, la aceptación de su propia muerte que impregnaba cada célula de su cuerpo, y la insignificante… remota… y milagrosa posibilidad ya no de vivir, sino de volver a nacer, porque si salía de ésta todo su mundo daría un vuelco de ciento ochenta grados, debería inventarse de nuevo, ser otro hombre.

Severus Snape nunca se echó atrás ante un desafío. "Es lo que tiene ser el hombre más valiente que conoció Potter," pensaría más adelante con una irónica media sonrisa en los labios. Hizo entonces el primer esfuerzo por salvar su propia vida, pero ni siquiera eso lo hizo pensando en sí mismo, sino en la muchacha que hacía un rato había estado dispuesta a llevarse un Avada por él, la que ahora estaba dando lo mejor de sí misma, su amor convertido en lágrimas, por él. Era una buena razón para seguir en el mundo.

Con gran trabajo, comenzó a cantar el conjuro con una extraña melodía, sin similitud alguna con los cánones conocidos, y las palabras del ancestral idioma acompañadas de la música adquirieron un sentido nuevo, entrelazando estrechamente los significados del amor y del dolor, hasta no ser capaz de distinguir uno de otro.

Dame el dolor de tu amor

Dame el amor de tu dolor

En forma de límpidas perlas

De esta manera, la canción provocaba el propio derramamiento de lágrimas, realimentando su poder de sanación, hasta el punto de que Weasley, e incluso el propio Snape, empezaron a llorar en silencio. Hermione, por su parte, semejaba un manantial.

Al comienzo de la segunda estrofa, que repetía la misteriosa melodía, Hermione se le unió.

Toma el dolor de mi amor

Toma el amor de mi dolor

Sano tu herida con ellas

Las abundantes lágrimas que caían sobre su cuello sangrante le causaban un agudo dolor, pero en cuanto dejaban de humear, sentía en cada punto un fresco alivio. "Está funcionando…"

Weasley, que había observado toda la escena con profundo asombro y no había vuelto a decir 'esta boca es mía' desde el rapapolvo de Hermione, no pudo contenerse más y exclamó:

-¡Herms, mira! ¡La herida se está cerrando!

Pero la muchacha no perdió la concentración. Arrodillada en el suelo pero erguida y dejando por fin el libro a un lado, pues de una sola vez había aprendido "recordado", diría Snape, el conjuro, parecía la sacerdotisa de un antiguo rito oculto, cantando, bajo el resplandor del Lumos, derramando lágrimas milagrosas para salvar a su amor de la muerte. Era la Magia Roja personificada. Era la Dadora de Vida.

Snape calló mientras ella seguía cantando, agotado por la grave pérdida de sangre. Por unos instantes, se permitió admirar a la poderosa bruja en que se había convertido Hermione, y después cerró los ojos. Ya podía descansar, aunque no para morir como había esperado. Ahora confiaba en que sobreviviría, porque estaba en buenas manos. "En las mejores. Si no olvidó todo esto, también sabrá lo que tiene que hacer a continuación."

Todavía llegó a escuchar, en el límite de la consciencia, la hermosa voz de su amada que le decía al pelirrojo, apremiante:

-Gracias Ron. Corre, ve con Harry. La herida ya no sangra, pero ha perdido tanta que no vivirá si lo dejamos así. Me lo llevo a San Mungo, cuando pueda vuelvo y os busco…