Holaaaa... me tienen sin palabras con su ánimo y entusiasmo, ya me dí un clavado en sus canciones, aún no se que decidir... jajajaj son perfectas para los momentos que mencionaron, pero creo que el objetivo era una canción que envuelva la historia completa... así que aún no tengo una respuesta... porque debo confesar que esta historia tiene una canción que ha servido de inspiración, y que creo que habla perfectamente del amor de Albert por Candy, y esa es TE AMARÉ de Silvio Rodríguez... puedo decirles que muchas de las que han propuesto me gustan, mucho, Perfect de Ed Sheeran... ya lo vieron en RAA... creo que es la hsitoria de Albert y Candy... Te amaré, de Miguel Bosé, los ilustra a la perfección, y fue la canción que bailé en mi boda, Angel... esa canción es totalmente, Candy a Albert, AHHHH me quiere dar algo, no puedo escoger una ganadora...las de Terry... pues cada una bien merecida... propongo que voten, por cual les gusta más, y escuchen la de Silvio que les cuento por favor

En cuanto a los ONE SHOTS, las dos ideas son interesantes, y si están dispuestas a escribir conmigo, con mucho gusto, hacemos las dos (en este mes... jajajaja, lo más pronto posible)

Aquí está el capítulo, es una semana complicada, desde el sábado estamos festejando el cumpleaños de mi hija mayor, y entre hacer pasteles, recibir gente, etc.. he robado ratitos para escribir... espero que les guste, lo disfruten, y en algún momento tendré otro cap de RAA, disculpen que no he publicado precisamente cada semana, pero las dos historias, más un montón de trabajo demandan mucho.

Les mando un abrazo.

Key Ag

YNTE 15

New York, junio 1917.

Albert, mi amado Albert.

Te escribo estas líneas sabiendo que nunca las leerás, pero no puedo más, he sido una tonta, por no haber visto lo que tenía frente a mí y que tú me dabas a manos llenas, amor, y yo por estar soñando con el amor … no escuché la verdad que gritaba mi corazón y que solo comprendí cuando ya me vi perdida, sola y equivocada.

Vine a New York con la ilusión del amor, creyéndome la mujer más dichosa y feliz. Confié en el hombre que creí era el amor de mi vida y le di lo único que tenía para dar, mi corazón y mi cuerpo, creyendo que mi amor era correspondido y que con el amor así sea de uno solo siempre alcanza, pero la realidad de las cosas que han pasado en estos meses me enseñó a valorar todo lo que tenía en casa, nuestro hogar, nuestro pequeño palacio, como solíamos llamarlo a veces y en verdad lo era.

¿Sabes que después de todo, hoy sé que los meses que vivimos en nuestro departamento fui verdaderamente feliz? Estar con Terry y ser su mujer jamás me llenó del todo, siempre me sentí vacía, usada y esa sensación de estar plena jamás la sentí, tuve miedo de indagar el porqué, las razones, lo que mi corazón me repetía a gritos, en el verdadero lenguaje del amor y cuando por fin lo descifré, descubrí que tenía un nombre…el tuyo, mi amado Albert.

Hoy me pregunto ¿porque fui tan idiota?, ¿porque tuve que esperar a que todo estuviera tan mal para darme cuenta de lo obvio?, ¿porque me negué a lo que me decía mi cuerpo, mi corazón y mi alma?… en verdad te destrocé y de paso lo hice conmigo misma en el camino y sin darme cuenta con cada decisión equivocada que tomé, ahondé el abismo entre nosotros y me fui alejando más de ti, de esa vida perfecta que compartíamos, en la que no teníamos mucho en lo material, pero nos sobraba en el amor y hoy estoy más que arrepentida y perdidamente enamorada.

Mi amado Albert, debo confesarte que todos los días comparaba a Terry contigo, y en honor a la verdad, él siempre palideció en la comparación, en algún momento, a lo largo de estos meses me di cuenta de que te amaba, añoraba escuchar tu voz, sentir tus cálidos brazos a mi alrededor, tu fuerza, tu masculinidad, añoré muchas veces hacer el amor contigo, soñaba que eran tus manos y labios los que recorrían mi cuerpo y no los de él, soñaba con ternura y los pequeños detalles que siempre tuviste conmigo , pero ¿cómo regresar a ti, cuando ya no tenía nada que dar? ¿cómo verte a los ojos, y decirte que quería un hogar a tu lado cuando me había entregado a otro?, ¿cómo imponerte la paternidad de un hijo que no era tuyo?, dime, ¿acaso teníamos un futuro juntos, yo tan desdichada y deshonrada y tú siempre tan correcto?

Debes saber que la única culpable de que jamás podamos estar juntos soy yo misma y me duele pensar, que pude ser feliz a tu lado, ya lo era de hecho, que mi mayor error lo cometí aquella última noche en Chicago, cuando te abracé cuando me regalaste ese vestido (que jamás llegué a ponerme) y no me di cuenta que ya te amaba… y luego todo lo hice un embrollo cuando me entregué a Terry.

¿Sabes una cosa?, cuando te escribí que me quedaba a vivir en New York, soñé con la respuesta que en realidad anhelaba escuchar de ti, soñé que me pedías de manera desesperada que regresara, que me necesitabas para ser feliz, para vivir, para respirar, pero ya ves…. Solo me pediste que fuera feliz y te pregunto ¿cómo?, si ahora sé que mi felicidad eras y siempre serás tú.

Hoy sé quién eres en realidad y también sé que eso hace imposible que yo regrese a tu lado, a vivir nuestra vida sencilla, que seamos solamente Candy y Albert en el Magnolia, ya no podría verte a los ojos, no podría pagar todo el bien que me has hecho con tanta ingratitud, tú te mereces una dama, una mujer de buenos principios, que pueda caminar con la frente en alto, digna de ser la matriarca de los Andrew, la esposa del jefe del clan. Pero sobre todo la esposa del mejor hombre que existe en el mundo.

Demasiado tarde me di cuenta de que te amo, y hoy, mis pecados ya no tienen perdón, ni mi estupidez remedio.

Te deseo dicha, y ruego por que encuentres a una mujer que te merezca, y que te ame, sin pasado, sin cargas, sin vergüenza.

En mi corazón llevaré cada momento que pasamos juntos, como el recuerdo más hermoso y preciado de mi vida.

Con todo mi amor, de quien te ha amado y te amará con su último aliento.

Candice White Andrew

Albert leyó la ajada carta con completa devoción, en el único lugar en Londres donde se permitía recordar, el Blue River Zoo, era una mañana clara, luminosa, donde los colores parecían más vivos de lo usual, y simplemente perfectos.

Albert tenía en su corazón una sensación extraña, alegría, esperanza, expectación… pero no podía entregarse del todo a sus recuerdos, porque había un pequeño que ya jalaba de su manga y le pedía impacientemente continuar con su recorrido.

Tío, quiero ver a los leones… -

Vamos, entonces, a ver a los leones. –

El pequeño puso su manita en la fuerte, y cálida mano de su tío, y caminó a su lado parloteando sobre todo lo que veía, Stear amaba que Albert lo llevara a pasear, él solía prestarle toda su atención, y le permitía correr, trepar y ensuciarse sin reproche alguno.

Tío, ¿Cuándo podemos visitar a mi amigo Alexander?

Iremos a su casa en un par de días, habrá una fiesta en honor a su madre.

¿Sabías que es muy bonita?

¿Quién?

Su madre, es la más linda que he visto nunca, cuando sea grande, me casaré con ella… - le dijo el chiquillo lleno de ensoñación.

Albert sonrió ante el buen gusto de su sobrino, y por supuesto ni siquiera se molestó en explicarle que eso no era posible, no había tenido el placer de toparse con la marquesa aún, pero por la descripción de Archie y de su tía, estaba seguro de que ya la conocía, y estaba de acuerdo con Stear.

Iban andando despreocupadamente, vestido informalmente, llevaba unos pantalones color caqui, con camisa blanca, chaleco azul marino, y chaqueta de tweed a cuadros, calzaba botas de montar color café oscuro, su cabello, un poco revuelto. Las mujeres con las que se topaban volteaban a verlo, era una imagen más que agradable, el apuesto hombre, llevando de la mano al pequeño y encantador chiquillo, cuyo rostro irradiaba adoración hacia él.

Se detenían casi cada dos pasos, porque Stear encontraba algo interesante, una roca, un insecto, una flor, y Albert con paciencia le explicaba alguna cosa en particular, o admiraba su pequeño tesoro.

De pronto, mientras andaban, la voz de un niño que gritaba el nombre de Stear, y la algarabía de un par de cachorros que corrían arrastrando a su pequeño dueño interrumpieron sus disertaciones sobre la naturaleza.

Steaaaarrrr. Holaaaa. – gritaba el alegre chiquillo de cabellos oscuros que caían por su frente, con mirada color esmeralda y pecas que salpicaban su naricita.

Albert se dio cuenta que aunque se divertía, los perros eran demasiado para el niño, y buscando a su alrededor, no pudo divisar a nadie. Así que se puso en pie y le dio alcance, tomando la correa de los traviesos cachorros. Alexander sonrió aliviado.

Buenos días Lord Grandchester. Le dijo Albert a modo de broma.

Buenos días Lord Andrew. – le contestó el chiquillo en el mismo tono. – gracias por detener a Rover y a Rex… -

¿Dónde está tu tío? – pregunto Albert mientras Stear se inclinaba a saludar a los perritos, y Alexander se distraía contándole la nueva hazaña de estos a su amigo.

Tío Richard se quedó en casa. – respondió el niño, y antes de que Albert pudiese preguntar quien iba con él esa mañana, una hermosa mujer pelirroja, vestida a la moda, con amplios pantalones de corte alto, azul marino y blusa blanca con cuello de encaje, aparecía por el camino, apurada, llamando a Alexander.

Albert la observó francamente, era más alta que ella, pero su piel era igual de blanca, su rostro más maduro, y sus ojos reflejando un alma más vieja, cabellos rojizos, que contrastaban con su blanca piel, no con rebeldes rizos, sino recogidos a un lado en una sedosa coleta con suaves ondas. De su cuello colgaba una larga tira de perlas antiguas, de un rico color cremoso, redondas y perfectas, y su cuerpo, era definitivamente el de una mujer, delgada, con breve cintura, y agradables curvas. Llevaba uno de esos pequeños sombreros que se usaban de fino fieltro azul marino y con una enorme flor blanca en un costado, sus zapatos apenas llevaban taco, y eran estilo Oxford en color miel. Sus hermosos ojos que él sabía perfectamente eran color verde iban cubiertos por finas gafas de sol redondas en montura de carey. Vio su andar, y algo hizo que se sintiera estático, había una cierta atracción inexplicable, una conexión, un hilo invisible que lo jalaba hacia ella, los conectaba, y Albert no podía dejar de admirarla, de desearla.

En cuanto ella vio a Alexander disminuyó el paso, y trató de recuperar el aliento y la compostura, para llegar junto al apuesto hombre de cabellos rubios que sostenía las correas de los beagles, y escuchaba pacientemente en cuclillas, para estar a su altura a los niños.

Rose Grandchester reconoció de inmediato al hombre que le había quitado el aliento en la fiesta de disfraces, cuyos labios habían asaltado los suyos, de una forma indescriptiblemente fascinante.

Por supuesto que sabía quién era William Albert Andrew, pero, ¿sería que él la reconocería?, ¿o simplemente había sido una mas de las hermosas mujeres que se rumoreaba hacían fila con tal de hacerle compañía al guapísimo noble escocés?, cada una haciendo hasta lo imposible por borrar el recuerdo de su esposa, Evelyn Vanderbilt… o bien, tal vez era como Vivian le había dicho, no era a Evelyn Vanderbilt a quien había que borrar de su mente, sino a la hermosa desconocida por la que él hubiese dado todo, su amor de juventud. Una trágica figura prácticamente olvidada por la sociedad, la hija adoptiva de los Andrew, a quien la misma matriarca había pretendido preparar para que un día tomara el papel de la esposa de la cabeza de los Andrew. Candice White Andrew.

Rose caminó moderadamente hacia dónde se encontraba su hijo, haciendo un esfuerzo supremo por concentrarse en su hijo, y pasar por alto la mirada fija del apuesto hombre que la miraba con intensidad y la hacía estremecerse, miró a su hijo tratando de esconder una sonrisa y el rubor de su rostro, pensó en reprocharle haberse perdido de su vista, pero antes de que pudiese decir nada, su Alexander volteó a verla y corrió a sus brazos, desarmándola por completo.

Mami, pensé que te habías perdido, pero mira, encontré a Stear y a Albert… -

Pequeño bribón, así que fui yo quien se perdió…- le dijo con ese delicioso acento francés que sorprendió a Albert, y que había sido perfectamente descrito por Archibald.

Sí, no corriste lo suficientemente rápido, te presento a Albert. – le dijo naturalmente.

Lady Rose Grandchester. A sus pies, madame, creí que no hablaba inglés. – le dijo el guapo escocés con un brillo travieso en la mirada, y sonrisa coqueta, que hizo que un suave tono rosado subiera por su rostro, gracias a Dios había estado corriendo, y podría pasar por el calor de a la actividad física.

Lord Andrew, me temo que me está confundiendo con alguien más. – le respondió ella en su melodiosa voz mientras le ofrecía su mano y un connato de sonrisa asomaba en su bello rostro.

Albert no podía ver sus ojos detrás de las gafas, pero tomó su blanca mano, donde un hermoso anillo de perla y diamantes reposaba en su dedo medio, y la llevó lentamente hasta sus labios, mirándola intensamente.

Por una pequeña eternidad el mundo dejó de girar y todo a su alrededor se volvió mas brillante. Rose sintió como el alma se le salía del cuerpo, y simplemente deseaba que él la tomara en sus brazos y la acercara a su pecho. La electricidad recorría sus cuerpos, y era como si estuviesen solos, perdidos el uno en el otro, sin poder pensar con claridad, el aliento escapaba, y sus corazones se aceleraban.

Como usted diga princesa. Pero por favor solo llámeme Albert. – le dijo en tono acariciador.

No podría milord, no es correcto. – le dijo ella con una sonrisa encantadora, con un dejo de coquetería

¿Lord William, entonces? – preguntó él siguiendo los estilos de la época.

Está bien, después de todo es amigo y socio de Richard…

Me siento honrado Lady Grandchester. –

Lady Rose por favor.

¿Nos haría el honor de acompañarnos a mi sobrino y a mí en nuestro paseo? –

Por favor mami… - le dijo el chiquillo de forma relajada y traviesa que solo usaba cuando estaban solos, para Rose fue evidente que se sentía en confianza junto al correcto William Andrew.

Con gusto, Lord William, pero debo esperar por Lady Vivian, la dejamos atrás en nuestra loca carrera., ¿verdad, jovencito?

Lo siento mamá… Rex y Rover corrieron muy rápido. –

Albert agradeció al cielo por los imprudentes canes y consideró seriamente regalarle otro par a Alexander. Sin darse cuenta aún retenía la delicada mano de ella entre la calidez de la suya, acariciando suavemente el dorso con su pulgar. Rose sintió como su pulso se aceleraba aún más, ¿Qué se sentiría que sus manos recorrieran cada rincón de su cuerpo? ¿Y que, esa seductora boca susurrara en tonos bajos, llenos de pasión su nombre?

Lady Vivian apareció en el sendero, caminaba pausadamente, y reconoció de inmediato al hombre que acompañaba a Rose y a Alexander y sonrió para sí misma, era simplemente perfecto.

Lady Vivian, un placer encontrarla. – la saludó formalmente el joven caballero.

William, querido, el placer es mío, siempre es un verdadero placer admirar a semejante ejemplar de belleza masculina, ¿no lo crees mi querida Rose? – dijo atrevidamente la mujer a quien su edad y posición le permitían semejantes comentarios, mientras observaba como su joven amiga se sonrojaba.

Invitaba a Lady Rose a acompañarnos a Stear y a mí en nuestro paseo… Stear, saluda a Lady Vivian. –

¿Pueden acompañarnos Lady Vivian? –

Jajajaja, por supuesto que sí jovencito. – le dijo la mujer mayor divertida.

Gracias. – le respondió haciendo una leve reverencia antes de voltear a jugar con Alexander.

A mi tía le daría un paro cardiaco ante tan malos modales, espero lo disculpen. –

Descuide, Lord William, son niños. – le dijo la elegante mujer con buen humor.

Vamos. – le dijo él mientras galantemente ofrecía un brazo a cada una de las mujeres.

Rose respiró profundo y trató de controlar su respiración y calmar su pulso, pero él aroma de él era intoxicante, ese perfume a maderas, ¿qué se sentiría despertar envuelta en sus brazos, oliendo a él?

Albert, sentía la calidez del femenino cuerpo cerca de él, y hacia un esfuerzo supremo por seguir el hilo de sus pensamientos, buscaba desesperadamente reanudar la conversación, y hacer a un lado el anhelo de sacarla de ahí y perderse con ella y en ella.

Caminaron en silencio por un rato mientras los niños correteaban cada uno llevando a un cachorro de la correa, y deteniéndose como antes para recoger cualquier cosa que les llamaba la atención.

Mira mamá, ahí esta Julie. – le dijo Alexander señalando el lago donde había tortugas.

¿Julie? – preguntó Albert interesado, deseando saber…

Una de las tortugas se llama Julie. – le respondió Alexander. Mientras se colgaba del barandal para ver mejor hacia el lago, y Albert dejó a las damas para tomar en brazos a Stear para poder ayudarlo a ver por sobre el barandal.

¿Sabías que mi tío cuidó a Julie, para ayudar a una amiga de mi tía favorita? – le preguntó Stear de la nada a Alexander.

¿Tu tía favorita?

Sí, mi tía Candy, era muy, muy, muy hermosa, y Julie era la mascota de su amiga… pero no la dejaban tenerla en el colegio. – le dijo Stear seriamente, mientras Alexander lo observaba con cara de asombro.

Mi mamá conoce a la amiga de tu tía. – le dijo Alexander.

¿En serio?

Sí, Miss Patricia O' Brian. –

Albert giró a ver a Rose de reojo con una ceja arqueada, no podía estar equivocado. Pero Lady Vivian fue quien le respondió.

Patty es hija de una querida amiga mía. Regresó a Londres cuando terminó la guerra. – le dijo sin decirle lo que ambos sabían, había regresado con el corazón destrozado, por la muerte de Allistear Cornwell.

Me gustaría saludarla. – le dijo Albert con sinceridad.

Podrás hacerlo en la fiesta de Rose. Ahora, si no te molesta te dejaré encargada a Lady Rose y a Alexander, porque debo ir a hacer un mandado no muy lejos de aquí. –

Vivian… - le dijo Rose un poco incómoda, ni siquiera había sido presentada en sociedad, y aunque sabía que no corría ningún peligro al lado de él, no sabía si estaba lista para pasar tiempo a solas, con el maravilloso hombre que había acechado sus sueños.

No pasa nada chiquilla, William es un caballero de lo más correcto, y los niños están con ustedes, además de que, pocos frecuentan este pequeño zoo, volveré en un rato. – le dijo la mujer mayor, despidiéndose de William y caminando en dirección a la salida.

Lo lamento Lord William, Vivian… -

No tiene de que disculparse Lady Rose, para mí es un placer contar con su compañía. Vamos, le dijo ofreciéndole el brazo una vez más, y tomando las correas de los perros con la mano libre, ya que Alexander y Stear los habían olvidado en su interés por todo su alrededor.

Parecían una linda familia, los niños jugando en perfecta armonía, y ellos dos caminando un poco detrás platicando tranquilamente sobre la obra de teatro de moda, después de todo había que seguir con los convencionalismos sociales, y Albert estaba decidido a averiguar la verdad, no para reclamar, sino, simplemente, para hacer lo que fuera necesario porque pudieran estar juntos, y ella pudiera sentirse segura a su lado.

Así que no le gusta el teatro Lady Rose. –

Prefiero la música, o la ópera, pero acompañé a Vivian a ver la obra. –

Debo decirle que ninguno de los rumores que llegaron a mis oídos sobre su belleza le hacen justicia. –

¿Es usted siempre un coqueto? -

Jajajaja, no es coquetería Lady Rose, es sinceridad, es usted una mujer sumamente hermosa.

Ella bajó la mirada y soltó su brazo con la excusa de sacudir un poco el polvo de la ropa de los niños y reacomodar sus camisas. Albert la observó con ternura, otra mujer hubiese seguido con la conversación sobre su belleza, ella la había esquivado.

Mami, tengo hambre. –

Debemos esperar a Lady Vivian… -

Vamos, los invito a almorzar a uno de los mejores lugares de la ciudad. – les dijo Albert.

Lord William, debo esperar a Vivian… -

Le prometo que no tardaremos, confíe en mí. – le dijo con esa mirada honesta y pura como el cielo de primavera, que rara vez podía alguien ver en él.

Está bien. – le dijo ella, dejando que él tomara su mano para ponerla en el hueco de su brazo, y caminando con los niños tomados de la mano caminaron hacia el centro del zoo, donde se erguía un pequeño kiosco, Albert los guio a una de las sencillas mesas de picnic que se encontraba bajo la sombra de un árbol, y después los dejó solos por un momento, cuando regresó llevaba hot dogs y sodas con él, los niños brincaron de alegría, y aplaudieron, ante el inesperado festín, y Rose no pudo evitar sonreír, no había esperado ese gesto sencillo del patriarca de los Andrew.

Gracias. – le dijo sencillamente mientras observaba a los pequeños comer con gusto, limpiaba de la barbilla de uno un poco de cátsup que chorreaba y le advertía al otro que no tomara tanta soda.

Lamento que no sea un fino restaurant… -

Mamá ama los hot dogs, pero es un secreto, porque no es propio de una dama. – le dijo Alexander con inocencia al hombre que de alguna forma consideraba su amigo, nunca había conocido un hombre que le prestara tanta atención, y que se interesara en sus juegos, su tío Richard lo amaba, pero era un caballero propio, que lo educaba con paciencia y cariño en las artes de ser un caballero inglés, cazar, montar a caballo, y por supuesto lo consentía, pero Albert, Albert era divertido. Tal vez así se sentía tener un papá, tendría que preguntárselo después a Stear, Stear si tenía un papá y una mamá.

Comieron alegremente, y después caminaron un rato, mientras los niños observaban las travesuras de los monos Albert desapareció por un momento, regresando con enormes conos de helado, les dio a los pequeños los suyos, y le pasó a Rose uno de fresa, que traviesamente embarró un poco en la respingona nariz de la pelirroja, provocando un ataque de risa de parte de los niños, y una mirada de reproche en ella.

Lord William… - le reprochó ella con sorpresa, pero con una linda sonrisa iluminando su rostro.

Lo siento Lady Rose, no pude evitar la tentación. – sus miradas se encontraron, y se gritaron en silencio, lo que no podían decir en voz alta.

El helado de fresa es el favorito de mamá. – le dijo Alexander observando atentamente como Albert sacaba un pañuelo de su saco y limpiaba cuidadosamente la nariz y el rostro de su madre-

Sus dedos rozaron la mejilla de ella, y una descarga de electricidad los recorrió, Dios, era una mujer exquisita, mucho más hermosa de lo que él había pensado podía llegar a ser.

La guio hacia un claro rodeado de árboles, dónde la ayudó a sentarse en el pasto, y se tumbo al lado de ella, observando a los niños corretear, disfrutando de la intimidad que no había conocido con ninguna otra mujer que no fuera ella. Anhelaba saber, preguntar, escucharla decir su nombre, con ese tono que solo ella sabía darle.

¿Dígame Lady Rose, hace cuanto que llegó al reino?

Después de que se dio por terminada la guerra, antes, hubiese sido peligroso para Alexander y para mí que viajáramos.

Él debió ser un bebé…

Así es, nació cuando la guerra aún estaba en su apogeo, y Richard pensó que lo mejor sería que esperáramos. ¿Y usted Lord William?

¿Cómo sabe que no he vivido toda la vida en el país? – le preguntó curioso y desafiante a la vez.

A diferencia de mí, usted no lleva una vida de recluso, es renuente a socializar, pero, su historia ejerce fascinación entre la gente, y su porte, fortuna y extravagancias son materia de leyenda… - le respondió ella un poco nerviosa.

¿Así que soy guapo?

Jajajajaja, creo que no necesita que una dama confirme lo que el espejo le grita a diario… - ahí estaba de nuevo esa coquetería y atrevimiento de la noche de la mascarada.

Vinimos acá seis meses después de la muerte de mi esposa. – le dijo él con seriedad, mirándola atentamente, viendo su mirada detrás de las gafas color tostado.

Lo lamento mucho… supongo que debió amarla muchísimo como para dejar su hogar con tal de borrar su recuerdo. –

Sí debo ser honesto, tengo que confesar que, amé a Evelyn, sin embargo, su recuerdo nunca me atormentó… -

¿Entonces?

No podía olvidarla a ella, no podía habitar las mansiones que soñé le pertenecieran, ni dejar de admirar los retratos que colgaban de las paredes, visitar su tumba, no podía seguir respirando el aroma de las rosas que llevaban su nombre, y perderme en sus ojos verdes, tan parecidos a los suyos… - le dijo suavemente, mirándola con intención.

Rose guardó silencio, por un momento, su discurso había sido tan apasionado, que había conmovido su alma, deseaba consolarlo, borrar su tristeza, su nostalgia, y llenarlo de alegría.

¿Creó rosas en honor a su esposa? – le preguntó tratando de llenar el silencio.

No, las rosas fueron creadas por mi sobrino, en honor a… ella, Candy.

Rose iba a preguntarle algo más, pero la pregunta se quedó a medio formular porque los niños llegaron corriendo hasta ellos.

Tío, muéstrale a Alexander los rasguños del león… - demandó Stear de la manera más natural del mundo.

Stear dice que tienes rasguños de un león en tu pecho. – le dijo Alexander un poco escéptico.

Y dice la verdad, pero, me temo que sería inapropiado mostrártelas… -

Por favooooorrrr… - le dijeron el par de chiquillos suplicando a coro.

Rose no pudo evitar reírse ante las muecas que hacían los pequeños, así que se puso en pie con la intención de darle unos minutos de privacidad.

Lord William, espero que no le moleste que lo deje a cargo de este par de bribonzuelos por un momento. – le dijo guiñándole el ojo y caminando en dirección al tocador. Albert le sonrió.

Descuide Lady Rose, yo me hago cargo. –

En cuanto los chiquillos vieron a que ella desapareció se volvieron a ver a Albert expectantes.

Ya no está mamá… -

Bien, te mostraré dónde me rasguñó el león… -

Por defender a la princesa. – le dijo Stear emocionado, mientras Albert se despojaba del saco y el chaleco para abrir la camisa y así mostrarle su pecho marcado por las garras de Bongo.

¿Cuál princesa? – preguntó Alexander curioso.

La princesa Candy, por supuesto. – le dijo Stear lógicamente, ¿Qué otra princesa podría haber en la vida?

Alexander iba a preguntar quien era la princesa Candy, pero en ese momento las largas marcas blancas quedaron al descubierto y el niño miró a Albert boquiabierto, el tío de Stear era un verdadero héroe, como el de las historias que su madre le contaba. En las cuales siempre había una princesa que sufría, pero llegaba un príncipe, que sabía como ahuyentar su tristeza, y hacerla feliz.

Trazó con sus manitas las largas líneas y llegó a la conclusión de que Albert debió amar a la princesa.

¿Te casaste con ella? – le preguntó con asombro.

Aún no. – le respondió él con una sonrisa.

Pero la amabas. – no era una pregunta, sino una afirmación.

Rose había regresado, y escuchado las preguntas de Alexander. Albert le respondió viéndola a ella a los ojos.

La amo. – le dijo Albert con una sonrisa llena de seguridad. Mientras arreglaba su ropa para estar presentable frente a ella.

¿Dónde aprendiste a pelear con leones? –

Mi tío fue a África Alex, y cuando sea grande, me llevará con él, a que vea elefantes, cebras, pópotamos… ¿qué más tío? –

Hipópotamos, Stear, verás todos los animales que quieras. –

¿Podemos llevar a Alex y a Lady Rose? –

Por supuesto que podemos llevarlos con nosotros, África es un lugar mágico, lleno de aventuras, historias, y sueños… -

¿Vendrás con nosotros Lady Rose? – preguntó Stear ansioso a la bella mujer.

Rose no pudo resistir la mirada inocente en la de ella, sus ojos eran tan parecidos a los de su madre, pero había en ellos una bondad éterea.

Por supuesto, Stear. –

Iremos en mi avión, yo pilotearé como mi tío… -

¿Cómo tú tío Stear? – le preguntó ella suavemente.

Sí, ¿lo conociste? – le preguntó él emocionado, Stear era la fuente de historias de aventuras e inventos.

Albert la miró detenidamente.

No, Stear, mi amiga Patty lo conoció, y siempre habla de lo maravilloso, valiente, bueno, y ocurrente que era.

Cuando sea grande quiero pilotear aviones como él, y reparar cosas… y quiero saber cuidar animales como el tío Albert, crearé una rosa para la mujer que ame, y me vestiré elegante como papá. – le dijo el niño lleno de inocencia alabando a sus grandes héroes

Estoy segura de que lo harás, ¿sabes? Rex y Rover tienen un par de hermanitos que podrían ser felices con un dueño como tú. - le dijo tentadoramente, llena de ternura y nostalgia.

¿En serio?

Sí, ¿crees que te dejaran tenerlos?

¿Puedo Tío Albert? - Preguntó Stear sabiendo que nadie, diría que no a algo que su tío autorizara.

Puedes, si prometes que aprenderás a cuidarlos.

¿Me enseñarás?

Sí, te enseñaré, ahora ve a jugar. –

Stear obedeció, pero antes se volvió y se lanzó a los brazos de Rose que se encontraba aún en cuclillas tomándola por sorpresa, y haciendo que casi cayera, pero Albert la detuvo poniendo su mano en su espalda, para ayudarla a recuperar el balance, Stear plantó un sonoro beso en la mejilla de su amada y se colgó de su cuello, Rose le regresó el abrazo y acarició sus cabellos. Después él la soltó y fue corriendo con Alexander.

Lo has hecho el niño más feliz del mundo.

¿No habrá problemas en su casa por ello?

No. Archie haría lo que fuera por que su hijo sea feliz, igual mi tía, y Anne… ella no suele meterse en la educación de Stear.

Pero es su madre… – le replicó ella azorada.

No todas nacieron para ser madres Lady Rose. Dígame, ¿qué sintió cuando pusieron a Alexander en sus brazos la primera vez?

Era una pregunta inesperada, íntima, pero, con William Albert Andrew, todas las barreras que había erguido alrededor de su corazón se derrumbaban ante el sonido de su voz. Rose fijó su vista en un punto lejano. Y le respondió pausadamente, como si reviviera ese día.

Lloré. Lloré de alegría, de amor, tenía frente a mí a un pequeño tan perfecto, inocente e indefenso, que supe que mi vida jamás sería la misma, que daría todo por él, por verlo feliz, y bien… -

¿Su padre?

No lo conoció, se perdió la dicha de tenerlo en brazos… tal vez… si lo hubiese cargado, su vida sería otra, pero los hubieras no existen… -

Se siente que el mundo se detiene, y que no quieres vivir por nada más que no sea defenderlos… - le dijo Albert recordando lo que había sentido cuando pusieron en sus brazos por algunos minutos el cuerpo de su bebé, pero para él ya era demasiado tarde, había fallado como padre, no tenía como defenderlo.

Lo siento, lo hice recordar… -

¿También mi hijo es parte de los rumores?

Solo se dice que su madre murió en el parto, y que él la siguió poco después.

Yo no lo vi hasta que todo acabó…

Lo siento tanto. -le dijo cubriendo su mano con la suya, y apretándola levemente, él entrelazó sus dedos con los de ella, y llevó el dorso de su mano a su boca, la besó, no con un leve roce, sino con pasión contenida, viéndola a los ojos, no había necesidad de decir nada… estaban ahí, juntos, con toda una vida por delante.

Al poco rato llegó Lady Vivian, y antes de despedirse Albert decidió que no podía dejar pasar la oportunidad.

Milady, si me lo permite me gustaría invitarlos el día de mañana a la feria. –

Lord William, no sé si… -

Por supuesto que acepta ir contigo William, seguro Richard no tiene inconveniente alguno, y si lo tiene, siempre puede acompañarlos. Gracias por cuidar de ellos esta tarde.

Fue un placer Lady Vivian. – le dijo mientras besaba la mano de la mujer.

Tomó la de Rose, y por primera vez pudo deleitarse en el profundo verde de los ojos de ella, ya que dentro del auto se había deshecho de sus gafas. Esos ojos profundos, vibrantes, inolvidables, que lo habían perseguido en sus más terribles pesadillas, y lo habían deleitado en sus más deliciosos sueños.

Paso por ustedes a las 6 milady. –

Lo estaremos esperando Lord Andrew… - le dijo ella casi sin aliento.

Albert observó al auto alejarse, y caminó con Stear con rumbo a su propio vehículo, eran las tres, y esa tarde tenía una cita importante con Archie.

Dejó al niño en la mansión, y se dirigió a su departamento, para ducharse y esperar por su sobrino. No podía sacarla de su mente, si antes había dudado, ahora estaba seguro, y anhelaba saber como y porque, pero, sobre todo, estaba decidido a que esta vez no la dejaría ir de su lado, era un milagro, un milagro inesperado encontrarla ahora, tal vez ella no recordaba, tal vez, no podía decir nada, por miedo a que la dañaran, pero él se iba a asegurar que nadie pudiese ponerle un solo dedo encima nunca más.

Llamaron a su puerta, Albert abrió, despejando su mente, y tratando de enfocarse en el momento, sabía que sería un momento difícil para Archie, pero era necesario.

Hola querido tío. – le dijo en broma el elegante joven que en realidad lo consideraba como un hermano.

Adelante querido sobrino. – le respondió en el mismo tono sarcástico.

Archie entró y aunque temía lo que vendría después, observó a Albert por un momento, y leyó en él algo que hacia mucho no veía, esperanza.

¿Se puede saber a que se debe tu buen humor? –

Pase una mañana agradable con Allistear… -

Ah, ya entiendo. –

¿Qué entiendes?

Mi hijo no ha parado de parlotear sobre la hermosa lady Rose hasta que sacó de sus casillas a su madre, y hubiese terminado castigado de no ser porque la tía Elroy intervino. – le dijo sombríamente.

Lo siento, ¿está bien Stear?

Sí, la tía lo envió a jugar a su habitación y se quedó discutiendo con Anne.-

Bien, toma asiento, te sirvo un whiskey. – no era una pregunta, lo iba a necesitar, por eso Albert no lo había citado en la oficina, su departamento era una mejor opción.

Archie tomó la bebida que le ofrecía, y dirigió su atención al sobre de cuero color verde oscuro que reposaba sobre la mesa de centro.

Archie… -

Dime. –

Solo te pido que cuando termines de leer me escuches, confíes en mi y me permitas ayudarte en todo. -

Gracias Albert. –

Archiebald tomó el sobre y comenzó a leer, lo que estaba adentro iba más allá de sus peores pesadillas, Albert lo observó empalidecer y apretar los puños con rabia, no dijo nada hasta 40 minutos después cuando terminó de leer el informe y de ver las fotos, tomó el expediente y lo arrojó al piso, Albert no dijo nada, solo le sirvió más whiskey.

¿Por qué no me lo dijiste antes?

No podía Archie, tú la amabas, y yo no estaba dispuesto a perderte a ti y a Stear, no puedo darme el lujo de perder a nadie más.

¿Ella sabe que tú estás enterado?

Recientemente se lo dejé claro, y debo decir que al parecer mi advertencia valió de algo, ha estado muy prudente, digamos.

¡Quiero echarla a la calle, desaparecerla de mi vida, dejarla sin nada! Albert… - Archie estaba tan molesto que no podía ordenar sus pensamientos.

Tengo la forma de que hagamos todo lo que dices, sin embargo, si me lo permites, la venganza es un plato que se come frío, y lo que ella ha hecho, merece mucho más que dejarla en la calle. –

No quiero verla, me da asco. –

Te entiendo… Archie, pero, hay un detalle que por más que queramos su cabeza debemos tomar en cuenta, es la madre de Allistear, y no podemos destrozar su reputación, porque eso repercutirá en él. Lo que hagamos tendrá que ser perfecto.

Archie no respondió solo arrojó el vaso de cristal cortado hacia la chimenea. Una pregunta se formó en su mente.

¿Por qué la investigaste?

Albert suspiró, no podía explicarle, pero podía enseñarle las cartas que Eleanor le había enviado junto con las pocas pertenencias de Candy.

Eleanor me envió estas, cuando regresó a New York, después del funeral… lamentablemente, no tuve el valor de abrirlas en cuanto llegaron, yo me encontraba destrozado, y cuando por fin las leí, era demasiado tarde para ti, ya estabas casado, y Allistear venía en camino, creí que tal vez habían sido celos, inmadurez, de ella, te veías feliz, y yo no iba arruinar tu felicidad… perdóname. – le dijo mientras le extendía las cartas que Anne le había escrito a Candy, sabía bien que sus ganas de deshacerse de ella no iban a desaparecer.

Archiebald las leyó en silencio, mientras sus lágrimas rodaban por sus mejillas, imaginando lo que Candy sintió cuando recibió esas cartas por respuesta, en sus momentos de necesidad, cuando lo que quería era que su hermana la apoyara, y la consolara.

Albert… ella está loca, es maquiavélica… una hipócrita, cualquier juez me dará el divorcio.

Cierto, y si eso quieres te apoyaré. –

Pero tendremos problemas en los negocios, ¿cierto? Y arruinaremos el futuro de Allistear.

Es una posibilidad, pero como te dije estoy dispuesto a apoyarte en lo que sea que tú decidas.

Quiero verla sufrir… -

Comienza por no comprarle un vestido nuevo para la fiesta en honor a Lady Rose mañana.

No solo no le compraré un vestido, la haré usar el que yo quiera. – le dijo Archie enigmáticamente. Mientras se ponía de pie. Albert leyó ira asesina en sus ojos.

Archie… -

¿Sí?

Recuerda que es la madre de Allistear, no hagas nada que tú hijo pueda reprocharte cuando crezca. –

Está bien… no te preocupes, sólo prométeme que tienes un plan. –

Haremos que pague, eso te lo puedo prometer. –

Gracias. –

¿Te quedas a cenar?

No, tengo muchas cosas que pensar.

Albert lo observó desde su ventana, caminaba con las manos en los bolsillos, pensativamente, él sabía de sobra, que no solo estaba furioso, sino destrozado, había creído que Anne era una mujer caprichosa y mimada, pero no que fuera la arpía de cascos ligeros que en verdad era.