Capítulo 3. Rubedo. Sacrificio.

Rubedo: esta etapa concierne al color rojo, la cólera, la emoción dinámica, la sangre, el nacimiento, las cosas que brotan, la vida vibrante, el alba.

Cuando Hermione Granger se apareció con Severus Snape, inconsciente y al borde de la muerte, en el Hospital de Enfermedades y Heridas Mágicas de San Mungo, se encontró con un cuadro caótico, debido a la gran cantidad de heridos en la batalla.

Iba a resultar difícil conseguir atención urgente de los medimagos, máxime cuando el primero al que acudió reconoció al director de Hogwarts y se negó a hacer nada por él, alegando que "bastante sobrecarga tenían como para destinar recursos a salvar vidas de mortífagos."

A Hermione, indignada, se le ocurrió apelar a la ley muggle de los Convenios de Ginebra, que aseguraba el tratamiento médico de los heridos de guerra sin importar su bando, pero esta norma no regía en el mundo mágico, más implacable e injusto en muchos aspectos.

También descartó recurrir al argumento que había convencido a Ron, todo el embrollo sobre la propiedad de la Varita de Saúco, porque la historia no era pública y no podía perder un tiempo vital en dar explicaciones: Severus estaba pálido como la cera, tenía la piel gélida y su pulso apenas se percibía.

Con actitud pragmática, decidió que ya que se trataba de asuntos de amor y de guerra, cualquier acción desesperada era doblemente válida, así que modificó ligeramente los rasgos del profesor, sólo lo suficiente para no ser reconocido, y lanzó un Imperius al próximo sanador que pasó por allí, sin importarle que ahora también ella se enfrentaría a una posible condena.

Le ordenó realizar una transfusión al estilo muggle, porque aunque en medimagia existían preparados restituidores de la sangre, consideró este sistema más rápido y eficaz.

Dadas las escasas reservas del banco de sangre del hospital, debido a que este método apenas se utilizaba y a la gran cantidad de heridos, ella misma se ofreció como donante, una vez comprobado que sus grupos, como ya sospechaba, eran compatibles.

Mientras le era extraída la sangre, sabiendo que el bezoar no bastaría, ordenó al curandero hechizado que le proporcionara los ingredientes y material necesarios para elaborar el correspondiente antídoto. Cuando el medimago volvió con ellos, se puso al instante a prepararlo, sorprendiéndose por conocer con tanto detalle la complicada receta y procedimiento. No recordaba haberlo aprendido en clase de Pociones ni en libro alguno.

Mientras tanto, le ordenó que realizara un hechizo multiplicador del plasma, con lo que hubo suficiente para restablecer la corriente vital en las venas del profesor, inyectando también poco después la pócima preparada, pues sabía que el veneno de Nagini se extendería rápidamente al restablecerse la circulación sanguínea.

No se le pasó por alto un último detalle: hizo que aplicara la vía y la inyección en su brazo derecho, sin ser despojado del resto de su ropa, para evitar dejar a la vista la Marca Tenebrosa.

Hermione no se engañaba, no pretendía mantener indefinidamente el anonimato de Snape, misión imposible si tenía en cuenta que aquel medimago que le negó la ayuda ya debía haber dado cuenta de su presencia allí. Sólo había hecho lo posible por ganar el tiempo precioso para salvarle la vida.

Cuando el proceso estuvo completo, el pulso de Severus se hizo firme y recuperó el color, Hermione libró del Imperius al medimago, que confuso, ordenó que desvistieran al paciente, descubriendo así la Marca, lo que unido a que el efecto del hechizo desfigurador estaba pasando, descubrió todo el ardid.

Agotada por las emociones y la tensión, apenas prestó atención a los sanadores y enfermeras que bajo un alud de improperios y descalificaciones, pero obligados a tratar a un paciente ya admitido, trasladaron a Snape a una habitación individual en la primera planta, permitiéndole quedarse con él no por compasión, sino para que respondiera de sus actos ante los aurores que venían de camino para custodiarlo.

A pesar de las injurias y el escarnio, de las miradas de odio y desprecio del personal, Hermione Granger no se dejó amilanar, manteniendo en todo momento una actitud digna y colaboradora, pues fueron muchas las preguntas que tuvo que responder acerca de la naturaleza de las heridas del profesor, y sobre cómo lo había auxiliado para que llegara al hospital con vida.

Un rato después de amanecer llegaron los aurores y despojaron a ambos de sus varitas, atando con magia a Severus, inconsciente, a la cama, por lo que dedujo que Voldemort había caído y el Ministerio ya no estaba en sus manos. No protestó, sólo les pidió que también la mantuvieran a ella allí en custodia, hasta que vinieran a interrogarla y acusarla formalmente. Los aurores se lo permitieron por ser la aliada del 'Elegido', pero también en ellos apreció la mirada dedicada a los renegados.

No le afectó, sabiendo que había hecho lo correcto. Porque aunque la marea de revelaciones que había vivido frente a Oesed se había diluido en el trepidante flujo de los acontecimientos y ya no sabía qué etiqueta poner a sus propios sentimientos, una única convicción profunda había permanecido intacta: que Severus Snape había luchado, el que más, en el bando correcto, y era inocente de las infamias de que lo acusaban.

Confió en que pronto todo se sabría, pero ahora eso no le preocupaba. Lo único que le importaba en este momento, pensó llena de alivio y una calma alegría, es que Severus vivía.

Al tiempo que tomaba la mano, ahora cálida, de su admirado profesor, se preguntó por qué extraña razón, en medio del fragor de la batalla, había sido capaz de saber dónde se hallaba y que se encontraba en peligro, arrastrando así a sus amigos hasta la Casa de los Gritos. Existía alguna misteriosa conexión entre ellos, y decidió hacer lo posible por no separarse de él hasta averiguarla.

Podría haberlo leído, otra cosa que podía hacer sin saber cómo aprendió, ahora que estaba inconsciente no podía ocluir, pero al mismo tiempo tenía la convicción de que no se debía leer más que a los enemigos, o a los aliados sólo en casos de emergencia.

Horas más tarde llegaron funcionarios del Ministerio a interrogarla. Por intercesión de Harry, que tras acabar con Voldemort había indagado el paradero de Hermione y estaba enterado de todo lo ocurrido, no la trasladaron al Wizengamot, sino a un despacho del hospital. Les contó todos los detalles sin omitir nada, excepto lo vislumbrado a través del espejo. Le permitieron asimismo seguir custodiada en la habitación de Snape.

Esa misma tarde Harry fue a visitarles. Su amigo había conocido toda la verdad en el Pensadero y le explicó el complot organizado por Dumbledore con pelos y señales. Ahora consideraba a Snape un héroe y hacía piña con ella en su defensa. Hermione tuvo que morderse la lengua repetidas veces a lo largo de la charla para no espetarle el consabido "ya te lo dije", pero se sintió muy reconfortada al entender que no estaba sola.

Él le relató el final de la batalla, le contó que Ron estaba muy abatido por la pérdida de Fred y había preferido quedarse con su familia, y que también Remus y Tonks habían caído. Lloraron en silencio, tomándose de las manos, por sus amigos.

Harry no necesitó explicaciones cuando ella le comunicó que se quedaría junto a Snape. "Me necesita", le dijo, a lo que el chico simplemente asintió con una mirada de profunda comprensión.

Los días siguientes los pasó en la pequeña habitación, exceptuando los breves períodos en que los sanadores, que paulatinamente habían ido cambiando su actitud hostil inicial por una fría cortesía, llegando incluso en ocasiones a la amabilidad, atendían al paciente, al que mantenían sedado para acelerar su recuperación.

Tras registrarlo a fondo, los aurores le habían permitido conservar su bolsito de cuentas, y pasaba las horas enfrascada en los libros que traía consigo, en especial en uno de psicología muggle, que tenía desde cuarto año, sin recordar cómo llegó a sus manos, y había releído varias veces desde entonces, pero había ignorado por completo durante el viaje, pues no lo había considerado importante para la misión.

Pero sí que lo era, porque releyéndolo se dio cuenta de hasta qué punto se había perdido a sí misma en la vorágine de los hechos, y también fue consciente de las profundas heridas del alma de Severus.

Por las noches, cuando sabía que no sería interrumpida, repetía el conjuro de Lágrimas de Amor para aplicarlas en su herida, derramándolas también en su boca, pues algo le hacía pensar que era más efectivo que cualquier remedio de los medimagos.

Harry volvió de nuevo, esta vez con Ron, a darle buenas noticias, pues por lo demás la mantenían incomunicada. El pelirrojo estaba visiblemente incómodo y Hermione lamentó la frialdad que manifestaba hacia ella, atribuyéndola a la tristeza de su amigo por su hermano muerto. Se mostró cercana, intentando consolarlo, pero el chico no cambió su actitud, y acabó comprendiendo a qué se debía cuando percibió un atisbo de celos en las miradas de reojo que le echaba al profesor.

Así pasaron los días de Hermione, ajena a las celebraciones del final de la guerra, de la destrucción de Voldemort, a la que ella tanto había contribuido.