Hola niñas, agradezco infinitamente su paciencia, sé que he demorado más, pero además de la vida cotidiana, hay algunos capítulos más fáciles de escribir que otros, y este fluyó lento.

En esta ocasión hay algunos puntos que quiero comentar con ustedes:

1. Con toda la amabilidad del mundo, debo reiterar, que escribo sobre Albert, porque creo que él es la pareja de Candy, no ahondaré en todas mis conclusiones, solo debo decir, si bien, ciertamente en Anatomía de una Infidelidad, hubo una línea dedicada a Terry, y ese Terry fue un sueño, la verdad es que fue un sueño como mejor amigo, basado en lo que algún día viví y soñé… sin embargo, los dos capítulos que escribí sobre él como pareja de Candy… me costaron horrores, algunas de han dado cuenta que de plano tomé cosas que ya había escrito sobre Albert y las acoplé a Terry… Así que no volverá a suceder, si en algún punto estaba indecisa, ya no lo estoy. Soy ALBERTFAN, respeto a todas, no veo el caso ponernos a discutir, escribo porque amo las letras, porque amo leer sus reviews, por muchas cosas, así que agradecería que se respetara ese sentir. Doy la bienvenida a las Terryfans, agradezco que lean y comenten, respeto sus puntos de vista, pero la realidad es que escribo sobre Albert, y sí, Albert siempre será lo más perfecto posible en mis escritos…Candyfan777 se asegura de eso. (menos el de Anatomía)

2. Chicas, no caigamos en provocaciones, ni provoquemos, ni hagamos un conflicto por nimiedades, francamente, creo que todas queremos pasar un buen rato, soñar, sufrir, a veces surgen instintos asesinos… lo sé, y también saben que nunca borro reviews, porque creo en la libre expresión, sin embargo, hago un llamado al respeto, a la tolerancia, a la paz.

3. Este es un ALBERTFIC. Como todos los que he escrito, y pretendo escribir en un futuro, una vez más, repito, no soy Terryfan infiltrada, como más de una vez me han llamado, creo en la simetría perfecta de la obra original, el Príncipe de la Colina, es y será siempre, su principio y su final. He hecho de este Terry un canalla, porque así convenía a la historia, no pretendo hacer de ello una costumbre.

4. Invito a todas las que me leen a que respetemos los gusto y opiniones de todas, y a las mías como escritora, al final de día es mi gusto y mi inspiración escribir sobre Albert, y la verdad no estoy interesada en crear un debate, ni mucho menos discordia por quienes se inclinan hacia otros galanes, cada quien su gusto, no todos podemos pensar igual, somos un universo individual, asumimos las cosas desde diferentes puntos de vista, pero SIEMPRE somos responsables de como expresamos nuestros desacuerdos y opiniones. Así que hago un llamado a respetarnos, dialogar, expresar puntos de vista, pero sin agredir a nadie.

5. Con nada de lo anterior es mi deseo insultar o incomodar a nadie, lo digo en el mejor de los planes, no estoy chantajeando, ni diciendo que dejaré de escribir, solo expreso lo que siento. Disfruto mucho leer su reviews, conocerlas, leer sus historias, una buena crítica, enriquecer mi vida, y esta historia con sus teorías, no se trata de sumar reviews por sumar reviews, aportemos como mujeres inteligentes que somos, disfrutemos, no restemos con insultos e intolerancia el esfuerzo que producir un capítulo semana a semana implica. Lo hago con gusto, y lo disfruto una inmensidad, no es un reclamo…solo una exhortación.

Además de lo anterior, espero que disfruten la lectura, que la espera valga la pena, y como siempre, muero por leer sus comentarios. Gracias por leerme, por compartir sus historias, por animarme, preocuparse por mi tardanza, y compartir ese sueño de locura.

Bendiciones.

YNTE 17

Lakewood 1917

Eleanor escuchaba ausente la misa que se llevaba a cabo, el altar de la pequeña y hermosa capilla estaba cubierto de rosas blancas, a su lado, Terry parecía ausente, y en la banca opuesta, los dos varones Andrew, y la matriarca del clan escuchaban solemnemente las palabras del sacerdote, y repetían el rito prácticamente en automático.

Sabía perfectamente que bajo ese exterior calmado ardía la pasión de la sangre escocesa que corría por sus venas, y que el recuerdo de la rubia estaba tatuado en el alma de los dos hombres que la habían amado más que a su propia vida.

Eleanor dejó de escuchar el sagrado ritual y su mente voló al inicio de toda aquella tragedia que hoy desgarraba sus corazones, y que en definitiva había terminado por costarle a ella, la frágil relación entre ella y su hijo.

No mucho tiempo atrás.

Eleanor había llegado de gira, y aunque apenas había tenido tiempo de cambiarse, pidió que su chofer estuviese listo para salir, durante todo el viaje había habido un solo pensamiento en su mente, Candy… la había invitado a ir con ella, pero la pequeña rubia se había negado, y para Eleanor era más que evidente que no era feliz, dos semanas antes, Eleanor pudo notar que ella se veía pálida, demacrada, y un poco más delgada, sabía bien que los seis meses vividos como amante de su hijo estaban pasando cuota a la alegre, inocente y confiada joven, y eso le dolía Eleanor en lo más profundo.

Aunque no le gustara admitirlo, estaba consciente de que Terrence no pretendía casarse con Candy, y Eleanor había decidido ponerle punto final a todo ese asunto, iría ese día hasta la casa de Candy, y le diría francamente que debía irse, la apoyaría para regresar a Chicago, a los suyos, o bien para iniciar una nueva vida en otro lado, aunque eso le costaría a ella su frágil relación con su hijo.

El conductor condujo hasta los suburbios, y cunado llegó a la casa, pudo darse cuenta de que, al parecer Terry estaba de visita, dudó por un segundo, si mejor irse y regresar más tarde, pero, bajó del auto y se acercó a la casa, no estaba segura de porque, peor algo la incitaba a entrar.

Llegó a la puerta, y escuchó las voces inconfundibles de ambos jóvenes, los gritos eran más que evidentes, en la voz de Candy había temor, rabia y lágrimas, en la de Terry enojo y odio. Alcanzó a escuchar un nombre -William Albert Andrew. – y acusaciones absurdas de parte de Terry, estaba a punto de entrar, cuando un grito heló la sangre que corría por sus venas, y el ruido de un golpe seco la hizo abrir la puerta.

El pequeño vestíbulo estaba iluminado por la luz del medio día, lo primero que Eleanor pudo distinguir a un agitado Terry en la parte alta de la escalera, cuya mirada estaba fija en un punto, Eleanor siguió la dirección de su mirada, y el horror congeló su sangre, al pie de la escalera, estaba ella, gimiendo levemente, y cuando Eleanor se acercó a ella pudo ver la sangre que teñía sus pantalones.

¡Pero, Terry, ¿qué significa esto?! – le dijo con mirada de reproche e ira en su voz.

No tienes nada que hacer aquí Eleanor, esto es entre mi mujer y yo. – le dijo altaneramente, sin moverse de su lugar.

¡Estás loco…y seguramente borracho! - no valía la pena discutir, además, no había tiempo que perder.

Llamó con un grito a su chofer y a su guardaespaldas, quienes entraron en cuestión de segundos. Terry seguía en su lugar, sin decir nada, Eleanor lo ignoró, no tenía ni la energía ni el aplomo para lidiar con él, así que solamente les pidió a sus hombres que la ayudaran, esperar por una ambulancia o un médico era impensable, estaban demasiado lejos, los hombres levantaron a la chica con cuidado y la subieron en el amplio y lujoso carruaje, par después salir de ahí en dirección al hospital lo más rápido posible, Eleanor sostenía a Candy tratando de evitar que fuese sacudida por el carruaje, e inconscientemente le susurraba palabras de ánimo.

Pasó los siguientes tres días al lado de una delirante y afiebrada joven, y por supuesto de Terry, no tenía noticia alguna, cuando por fin le dijeron que Candy estaba fuera de peligro, ella decidió que era tiempo de confrontarlo, dejó a Candy al cuidado de Esther, su dama de compañía, junto con instrucciones precisas, acerca de que hacer en caso de que la prensa, o Terry se aparecieran por ahí.

Y pidió a sus hombres que la llevaran al lujoso departamento de Broadway que era la residencia de Terry.

Eleanor Baker abrió cuidadosamente la puerta del departamento, no sabía con qué iba a encontrarse, y a la vez temía encontrar respuestas a sus preguntas, el lugar era un desastre, había botellas tiradas en el piso, la mesa había sido volcada, el olor a cigarro y alcohol flotaba en el aire, mezclado con algo más, el portero le había dicho que efectivamente Terry se encontraba en el lugar, y amablemente la había acompañado escaleras arriba, para abrirle la puerta.

Eleanor se armó de valor y caminó dentro, las cortinas se encontraban cerradas, a su paso las botellas rodaban, era difícil ver, seguramente estaba durmiendo la borrachera, la puerta de la habitación estaba entreabierta, caminó hasta ella y la abrió sigilosamente, lo que vio dentro no la espantó, pero, si la indignó, en la gran cama al centro de la habitación, dos de las actrices secundarias de la nueva obra de Terry se liaban con él en libidinosos actos, como si nada hubiese pasado, como si él fuese un hombre libre. Eleanor sintió una arcada en su estómago.

¡Terry!

No tienes nada que hacer aquí Eleanor, vete. – le respondió él como si nada, pero el par de chicas saltaron asustadas, sabían bien a quien tenían frente a ellas, esa mujer tenía en sus manos el poder de destruir sus carreras si así lo quería.

Vístanse, y salgan de aquí, tengo que hablar con él. – les dijo a las chicas con frío tono e ignorando la furia de Terry.

¡Pero quien demonios te crees!? ¿Mi madre? – preguntó con sorna y desafío el insolente joven.

¿Quién demonios me creo yo? ¿Quién demonios te crees tú? Estás aquí, ebrio, drogado, y liado con dos mujerzuelas, cuando la mujer que juraste amar yace en una cama de hospital, dime, ¿acaso no te importa? Dónde están las promesas, los buenos propósitos, el amor que según tú sentías, ¿no te han bastado Karen y Susana? ¿Qué tienes que decir?

Eleanor, esto no es de tu incumbencia, pero decidiste intervenir, no soy un chiquillo a quien debas regañar, así que lárgate.

Te exijo saber qué fue lo que pasó… – le preguntó ella con tono de acero.

Fue un accidente. – le dijo él encogiéndose de hombros.

¡¿Cómo puedes decir que fue un accidente?! Yo misma escuché los gritos cuando llegué, los médicos dicen que los golpes de su rostro no son producto de la caída, además de que está deshidratada y débil por falta de comida. Terry, te portaste como un canalla, como la peor escoria con una mujer buena, que te entregó no solo su virtud, y su corazón sino su todo. -

¿Por qué no le preguntas a ella y me dejas a mí en paz? ¡Veamos que tiene que decir! Y deja de hacerla la víctima.

Ni siquiera te ha interesado saber… ¿sabías que está embarazada?

Así que no lo perdió.

Terrence, ¿fue por eso qué…? Dios, eres un canalla, un poco hombre, ¿cómo es posible? ¡Despierta! ¡Date cuenta de que te has convertido en un monstruo!

Le pedí que fuera mi esposa, pero ella se negó, y todo es por culpa del idiota de William. Además, la última que tiene derecho a juzgar mi moral eres tú, después de todo tú me entregaste al duque, como si fuese una mascota, un perro, un gato.

William, ¿quién era William? Eleanor no quería seguir hablando con Terry, pero necesitaba saber la verdad. Aunque en realidad seguramente era tan espantosa como se la imaginaba, sino es que más.

Terry… ella es libre… no tiene por qué aceptarte, y después de esto dudo mucho que te acepte… vine a verte, porque tontamente pensé que estarías preocupado, pero, si ni siquiera te has dignado en preguntar por ella y por tu hijo, queda claro que no te interesa, no quiero verte cerca, cuando ella despierte hablaré con ella, y la apoyaré en todo… estás enfermo, necesitas ayuda, pero no te permitirá que te acerques a ella.

No hay nada que pueda hacer, reconocer que está embarazada y que fue mi mujer acaba con su reputación, lo mejor que puedes hacer es ayudarla a deshacerse del inconveniente, y convencerla de casarse conmigo.

Eleanor no tenía palabras, para responderle a su hijo, o más bien, las que tenía caerían en oídos sordos. Terry estaba tan cerca de ella, sin pensarlo le soltó una tremenda bofetada. Y acto seguido le dijo.

¡Un día te vas a arrepentir de todo esto, y será demasiado tarde para enmendar tus errores, puedes decir lo que quieras sobre mí, sobre tu padre, pero nunca deseamos tu muerte, ni te abandonamos! No tienes derecho a culparme, ni a culparlo, tú mismo has propiciado este infierno, sobre una persona inocente… pagarás en algún momento de tu vida.

Seguramente vivir la existencia miserable y solitaria que viví al lado del duque es mejor que la muerte o ser huérfano según tú.

Estás borracho. No seguiré gastando mi saliva contigo. Candy no está sola, y no permitiré que vuelva contigo… y sí crees que pasar sobre de mí es sencillo, solo te recuerdo que tengo un par de guardaespaldas y un chofer, para los fanáticos indeseables. Si acaso recapacitas, y quieres hacer las cosas como corresponde, entonces búscame, mientras tanto, mantente lejos. No es una pregunta ni una sugerencia.

Eleanor dio media vuelta y se dirigió a la puerta. Una botella pasó cerca de su cabeza y se estrelló en el marco. Acompañada de un grito furioso.

TE ODIO ELEANOR. –

En ese momento se abrió la puerta, y el par de fornidos hombres que eran su seguridad la sacaron de ahí, las lágrimas bañaban su rostro, pero ni siquiera volteó atrás.

Salió del edificio destrozada, pero debía reunirse con un director, así que se recompuso y le pidió a su chofer que la llevara a la cafetería dónde se llevaría a cabo la reunión, iba sumida en sus pensamientos, y un nombre resonaba en su mente "William Albert Andrew", "William" Eleanor había escuchado el nombre el fatídico día en casa de Candy, y ahora, Terry le decía que todo era culpa de William, sabía que Candy era una Andrew, así que tal vez un primo adoptivo que se había enterado de la situación de Candy… el nombre resonaba en su mente, llegó temprano, así que ordenó su café y mientras esperaba tomó uno de los periódicos que le habían llevado en una charola de plata, normalmente se saltaba la sección de finanzas, pero, al frente de esta, había una fotografía que llamaba la atención, un apuesto joven… la curiosidad pudo más que ella, y entonces leyó el artículo… William Albert Andrew… el patriarca del clan… Eleanor observó detenidamente la foto, y recordó la descripción de Candy de su amigo… Albert… Dios, si estaba en lo correcto eran la misma persona, debía comunicarse con él. Dejó una nota para el director que iba a encontrarla ahí, disculpándose por no haber podido esperarlo.

Pidió a su asistente que consiguiera la dirección del corporativo Andrew, y después se dirigió a la oficina de correos para enviar un telegrama.

Candy hospitalizada. Urgente que venga.

Eleanor Baker.

Ella estaba segura que en cuanto William Andrew recibiera el telegrama, tomaría el primer tren rumbo a New York.

Chicago, 1917

Albert, Archie y George esperaban a que el tren partiera, en su exclusivo vagón, era propiedad de los Andrew, iban a New York, dispuestos a arreglarlo todo de una vez, esperaban que no hubiese contratiempos, pero hacía escasos par de meses la guerra había sido declarada, y las oleadas de heridos comenzaban a invadir los hospitales, cada día más y mas soldados se movilizaban hacia el puerto, para embarcarse a Europa.

Los tres hombres iban en silencio, cada uno sumido en sus propios pensamientos, apenas conscientes de su alrededor, en la mente de cada uno había una plegaria, y un deseo común, querían verla bien, feliz.

El tren parecía deslizarse tortuosamente lento a lo largo de las vías, el viaje se hacía lento e interminable, de pronto, inesperadamente después de horas, pero antes de llegar a su destino, se hizo un alto total, no era una parada programada, así que Albert, Archie y George decidieron bajar para investigar la razón.

El calor, y la multitud eran insoportables Archie y Albert esperaron por George por alrededor de 20 minutos, y por fin lo vieron acercarse con un par de soldados de alto rango.

Sr. William, ellos son el Coronel Altwood y el general Grant.

Mucho gusto señores. -el saludo fue formal.

El gusto es nuestro Sr. Andrew, me temo que la causa del retraso de su viaje somos nosotros, y aunque sabemos que es un atrevimiento, venimos a pedirle que nos ceda su tren, señor, verá usted, nos es urgente llegar, y nuestro tren no es suficiente para transportar a las tropas, el barco debe zarpar a tiempo.

Albert se debatió por un momento, sabía que le pedían el favor en deferencia a quien era, pero, también esta consciente de que eran tiempos de guerra, pensó en Stear por un momento, y su lógica le dijo que entre más pronto terminara ese maldito conflicto, más pronto estaría de regreso su sobrino, no era ingenuo tampoco, los dos oficiales eran de muy alto rango, lo pedían como favor, pero también tenían le poder de incautar el vagón, en todo caso, era mejor que el ejército les debiera un favor, a echárselo como enemigo.

Adelante señores, si no hay otra forma… ¿Cuánto tiempo debemos esperar?

Me temo que un par de días, pero pueden quedarse donde nosotros lo hacíamos, agradecemos su disposición.

Albert vio al par de hombres partir, con impotencia y junto con Archie y George fueron por sus pertenencias, no le gustaba retrasarse, debía encontrar otra forma de hacer el recorrido a New York, aún faltaban muchos kilómetros pero algo debían encontrar, tomaron el alojamiento, pero se dedicaron a buscar no había autos disponibles a la venta, y pensar en hacer el recorrido completo no era viable, aunque había carretas a la venta, y Albert estaba dispuesto a lo que fuera, siendo realistas podrían tomar más tiempo en intentar llegar por ese medio que esperar por el tren, no había más opciones por el momento, en cuanto llegaran a New York, buscarían a Candy, y hablarían con ella.

Totalmente ajenos a las circunstancias y al telegrama que Eleanor había enviado, esperaron como leones enjaulados el par de días correspondientes, cuando por fin llegaron a New York, lo primero que hicieron fue pedirle al chofer que los llevara a la dirección que el investigador les había proporcionado como de Candy.

New York, 1917.

Albert descendió del auto, y observó la pequeña casa, se veía bien cuidada, y aunque parecía que le faltaba agua al jardín, se notaba que cada arbusto y flor habían sido plantados con esmero, Albert llenó de aire sus pulmones, y se dirigió a la puerta, su corazón acelerado, apreció los detalles femeninos que encontró a su paso, se notaba que ella había puesto su corazón el ello.

Albert sintió un nudo en la garganta, quería verla, abrazarla, y llevarla con él, pero tal vez debía dejarla ir, entregarla al hombre que amaba, dejarla ser feliz, caminó con paso decidido por el pequeño porche, y llamó a la puerta, esperó y no obtuvo respuesta, lo intentó de nuevo, y nada, después de unos minutos, concluyó que ella no estaba en casa, merodeó por los alrededores, y pudo ver a través de una ventana abierta, que la casa parecía sola.

Regresó sobre sus pasos a dónde Archie y George esperaban por él.

Parece que no hay nadie… ¿Dónde está? ¿George, que dijo el investigador?

Esta es la dirección, William… tal vez salió, es un lugar muy aislado, ni siquiera hay vecinos a quienes preguntarles, pero la encontraremos.

¿Esperaremos? – preguntó Archie con cautela.

Dejaremos un par de hombres aquí para que la esperen, y nos avisen cuanto antes de su regreso, vayamos a la ciudad, nos instalamos en la mansión, y buscamos a Terry… aunque quisiera hablar con ella primero… quiero saber que es lo que ella quiere, no lo que ese malnacido tenga que decir, al final del día tendrá que hacer lo que Candy desee…

Sí, yo pienso igual que tú Albert, debemos hablar con ella primero.

Bien, George, pon un par de hombres a seguir a Terry, y otros a buscarla, que se quede alguien más aquí en la casa esperando por ella, hay que dejar un auto, para que la puedan llevar a la mansión en cuanto aparezca.

Así se hará, descuida.

Manda gente a los hospitales, a revisar las listas de pasajeros, de los barcos, de los trenes, contrata cuanta gente sea necesaria, tenemos que encontrarla lo antes posible.

George dio las instrucciones a los hombres, y después, partieron, rumbo a la mansión Andrew.

Un par de días atrás, en un hospital.

Candy abrió los ojos, le dolía cada centímetro de su cuerpo y no estaba segura de dónde estaba, a su lado pudo distinguir la familiar figura de Eleanor, y los recuerdos la asaltaron, con todo el dolor, y vergüenza que estos collevaban.

Eleanor…

Candy, ya despertaste, ¿cómo te sientes?

¿Mi bebé? – le preguntó ella casi en un grito, mientras las lágrimas corrían por sus mejillas, al recordar todo lo que había sucedido.

Estarás bien, tú y mi nieto estarán bien. – le dijo con la intención de quitarle un peso de encima, y de hacerle las cosas más fáciles.

Entonces, lo sabes…

Lo sé, y debo decirte que cuentas conmigo, me haré cargo de que nada te falte, ni a ti, ni a él.

Eleanor…Terry…

¿Quieres contarme? ¿O prefieres no hablar?

Tengo que contarle a alguien… - le dijo mientras un sollozo cerraba su garganta… - el no quiere… no quiere que tenga al bebé… quiere que lo dé en adopción, o que…. Me deshaga de él…lo odio Eleanor, no quiero saber nada de él, no quiero verlo, fue una gran estupidez venir aquí, si alguna vez lo amé, él acabó con todo, Eleanor… y ahora, ahora no puedo dar marcha atrás… - dijo por fin, con voz apenas audible, y esperó a ver la reacción de Eleanor, después de todo, Terry era su hijo, tal vez si ella sabía que Terry no estaba de acuerdo, no estaría dispuesta a apoyarla.

Candy observó a la hermosa mujer palidecer, y apretar los puños en un gesto de impotencia.

Candy, mi hijo… mi hijo no sabe lo que dice, pero, no hay forma de hacerlo entrar en razón, así que tú y yo resolveremos esto.

No quiero volver a verlo… nunca… - confesó con amargura y los ojos anegados en lágrimas.

Candy… -

Entiendo si no quieres ayudarme, pero, no puedo quedarme a tu lado, sabiendo que lo veré… él… ha sido un canalla, por él estoy aquí… -

No fue un accidente, ¿verdad? – Eleanor ya lo sabía, pero tenía que preguntar, tenía que asegurarse.

No, no fue un accidente, nada fue un accidente, quería obligarme a casarme con él, y a deshacerme de mi hijo.

¿Por qué casarse?

Porque está enfermo, loco, de celos, cree que soy un objeto, que le pertenezco…

¿Tiene celos de Albert?

Sí, siempre los ha tenido.

Pero ahora más…

Ya los sabes, ¿no?

Sí, lo descubrí sin querer… Candy, yo le envié un telegrama, para que viniera por ti.

Candy sintió como su corazón se aceleraba, pronto lo vería… él vendría por ella… pero no, ella no podía verlo, Albert le estaba prohibido, después de todo ella era solo una pequeña ramera, indigna del amor del hombre más bueno, fiel, honesto, y honorable del mundo.

No puedo Eleanor… no puedo volver a Chicago, no puedo volver a casa…

¿Por qué no?

Porque estoy embarazada, porque seré la vergüenza de la familia, pero sobre todo porque lo he decepcionado, si en verdad quieres ayudarme, ayúdame a desaparecer, a comenzar una nueva vida… ya no tengo nada, más que mi hijo, solo por él viviré.

Candy, no te voy a obligar a nada que no quieras, pero, debo decirte, que cuando un hombre con la posición y el poder de William ama a una mujer, no habrá nada que lo detenga, para él tu pasado y presente no son nada. No decidas por ambos, dale la oportunidad de saber lo que está pasando, de decidir que quiere hacer, ya una vez te equivocaste al juzgar a Terry. Ahora no te equivoques al juzgar a Albert, él es tú familia, no te dejará sola… además tú lo amas… ¿o me equivoco?

Con todo mi ser, pero me di cuenta demasiado tarde… Eleanor, yo no puedo hacerle eso, no puedo atarlo a mí…

Sabes que el querrá estar a tu lado….

Eleanor, tengo miedo…

No temas, Candy, esperemos a qué él llegue, habla con él, veamos que dice… y decidas lo que decidas yo te apoyaré… pero Albert merece la oportunidad de escuchar la verdad de tus labios, de saber que lo amas… cuando te mudaste acá no le diste la oportunidad de nada, ahora, tal vez sea tiempo de reivindicarte...

Está bien Eleanor, esperaré por él… le pediré perdón, le diré que lo amo, pero que entiendo si quiere repudiarme…

Eleanor la miró, se sentía traidora a su propio hijo, pero a decir verdad también pensaba en su nieto, y sabía que Terry no estaba en condiciones de ser padre.

Desahógate, despídete, cierra esté círculo, porque tú hijo merece una madre completa, y sana, así qué sácalo todo… debo salir por un rato, pero no estarás sola, Ethel se quedará contigo.

Eleanor besó la frente de la rubia, y se despidió, sin percatarse de qué en la puerta entreabierta, una joven enfermera había escuchado todo. Tampoco supo, que en cuanto ella se fue, la mujer hizo una llamada y repitió palabra por palabra lo que había escuchado.

Un par de días después, Mansión de los Andrew.

Una mujer que cubría su rostro con un velo llamó discretamente a la puerta, y pidió ver al señor de la casa en cuanto le abrieron, el mayordomo dudó por un momento, pero en cuanto se percató de la riqueza de sus ropas, y de su acento refinado, no dudó en hacerla entrar.

¿A quién anunció madame?

Ms. Baker, por favor, Eleanor Baker.

Enseguida. Tome asiento por favor.

Albert Andrew se sentía frustrado e impotente, los investigadores no sabían que decirle, en los hospitales no había rastro de ella, ni de Terry, ¿sería que se habían fugado?

George llegó a él con un telegrama, lo habían reenviado de las oficinas de Chicago, pero se había traspapelado, y estaba fechado días atrás. Albert rasgó el sobre y leyó su contenido.

Candy hospitalizada. Urgente que venga.

Eleanor Baker.

Su corazón se detuvo por unos segundos… a gritos dio orden de que prepararan su auto y buscaran la dirección de la actriz, pero en eso alguien llamó a la puerta.

Señor, Ms. Eleanor Baker está aquí para verlo, señor, ¿qué le digo?

Voy para allá yo mismo.

Albert bajó apresurado, un suave aroma atacó sus sentidos en cuanto traspasó la puerta. Sentada en el sofá estaba una hermosa mujer de edad indefinida, era difícil creer que era madre de Terry, pero Albert sabía que lo era.

Ms. Baker, William Andrew, a sus pies. – Saludó formalmente Albert.

Sr. Andrew, el gusto es mío, lamento haberme aparecido en su casa sin invitación, pero tengo algo urgente que discutir con usted, no sé si lo sabe, pero envié un telegrama… y…

Me temo que acabo de recibir su telegrama, pero dígame, que ha pasado, ¿cómo está ella? Quiero verla de inmediato.

Eleanor pudo leer lo que esperaba leer en el apuesto hombre, Albert amaba a Candy, su nieto estaría seguro, tendría una familia, un buen padre…

Ella está por ser dada de alta… su situación es delicada… ¿qué tanto sabe señor Andrew? – preguntó dudosa, un hombre como él seguro tendría investigadores.

Nada de lo que se me interesa, más que saber que ella está bien… y que es lo que quiere hacer… seré más claro, sé que está embarazada, y sé que Terry se ha negado a casarse, sin embargo, estoy aquí para hacer lo que Candy quiera, si ella quiere volver a Chicago, la llevaré conmigo… -

Disculparás mi atrevimiento, tengo la edad de ser al menso tú hermana mayor… y la edad para ser la madre de Candy, ya que mi propio hijo es un par de años mayor que ella, así que preguntaré como tal… ¿la amas?

La amo, y vine aquí para entregarla a mi rival si eso es su felicidad, o a reclamarla como mi esposa y llevarla de vuelta conmigo a casa, no le faltara nada, ni a ella ni a su pequeño o pequeña… mi dinero, y mi poder cubrirán cualquier escándalo. ¿Puedes ahora responder a mis preguntas? ¿Por qué estás aquí?

Ella… fue empujada de las escaleras… tuvo una hemorragia, ha sufrido maltrato, está débil por el mismo… aunque me duele, creo que sabes que todo esto ha sido de manos del hombre que le juró amor, Terry… mi hijo… y seguramente te preguntarás porque traiciono a mi hijo… no espero que me entiendas, pero te diré mis razones… él no está bien, la ha lastimado, y quiere quitarle a su hijo, si está dispuesto a casarse, pero el precio es el bebé que ella espera… y por supuesto ese es un precio que ella no está dispuesta pagar…

¡Desgraciado! – exclamó Albert con furia.

Escúchame, ella teme tu reacción, no sabe que esperar… tiene vergüenza, cree que no es la mujer que mereces, pero la he convencido de que hable contigo, yo la apoyaré, peor no solo quiero apoyarla, y mantenerla a salvo, quiero que sea feliz…

¿Estás diciendo que ella me ama?

No me corresponde decírtelo, pero, sé que no te costará mucho convencerla de que sea tu esposa…

Vamos con ella, ahora mismo, yo me encargaré de que vea cuanto la amo.

Mañana la dan de alta, y pensaba que fuera a descansar a mi casa de la playa, tengo una casa en un hermoso acantilado, ella aún necesita reposo, no podrá hacer el largo viaje a Chicago de inmediato… prefiero que evites una confrontación con Terry, como te dije, él no está bien, no quiero que cometa una locura…

¿Qué propones entonces?

Te daré la dirección de mi casa… ve allá, mi chofer la llevará a ti, mañana en la tarde… quédense ahí hasta que ella pueda viajar, Terry no conoce esa casa.

¿Estás segura?

Sí Albert… disculpa que te llame así, así te llama ella… yo fui ella… yo amé a un hombre que me estaba prohibido…cometí muchos errores, y por ello sufrí mucho, no quiero que ella viva lo mismo, y sé que Terry no está listo para ser padre… y que ella no lo ama más, se desencantó y hoy sabe que tenía a su lado un hombre que la amaba, a quien ella amaba, y lamenta no haberse dado cuenta antes… por favor, hazla feliz… yo veré que Terry se interne por un tiempo…

Gracias Eleanor.

No tienes nada que agradecer… toma, esta es la dirección, espera por ella ahí. Debo irme, no deben saber que vine a verte.

La dieron de alta, ella caminaba hacia el auto, Eleanor no había podido ir por ella, pero Candy caminaba en una nube, Eleanor le había contado que Albert la vería en su casa de la playa, no le había dicho abiertamente que él pensaba casarse con ella, pero la había tranquilizado, y animado a abrir su corazón con él.

Candy agradeció a la enfermera que empujaba su silla de ruedas, y a escasos metros de la entrada le permitieron ponerse en pie, firmar su salida, caminar hasta el auto que esperaba por ella, entonces lo vio, y su paraíso se derrumbó en un momento, quiso caminar más rápido, pero él fue más rápido que ella y la tomó por la muñeca.

¿A dónde vas?

Eso ya no te importa, suéltame.

No puedes irte, no puedes dejarme.

¡Suéltame! Terry, no quiero verte, eres un desgraciado, un poco hombre que jugo con lo mejor que le pudo haber pasado en la vida, pero no volverás a convencerme con promesas huecas. – le dijo entre dientes tratando de no llamar la atención, pero prácticamente le escupió las palabras, su ser se rebelaba a su toque, no lo quería cerca, así como lo había deseado y alguna vez, todo se había esfumado, y en vez de cariño, ternura, y deseo, ahora había odio y repulsión.

Su voz llamó la atención del chofer y guardaespaldas de Eleanor, quienes se acercaron lo suficiente como para hacer que Terry la soltara.

¡No podrás huir de mí! ¡Eres mía y de nadie más, y si debo gritar a los cuatro vientos que así es, para que te obliguen a casarte conmigo, eso haré…! ¿Acaso crees que no sé qué te irás con él? Le dijiste a mi madre que lo amabas…. pero debes saber que lo mataré, antes que permitir que seas feliz con él, ese hombre no criará a mi hijo, primero se muere él, y tú hijo que permitirles ser felices… ¡Escúchame bien Candy, yo no amenazo en vano! le dijo furioso, mientras ella abordaba el auto.

Terry subió a su propio vehículo para seguirlos, le llevaban ventaja, así que tuvo que manejar de prisa, como un loco desquiciado, manejaba sin escrúpulos, como si fuese poseído, aventando el auto a transeúntes que se atravesaban en su camino, esquivando autos, caballos y carruajes, por fin divisó el elegante y pesado Lincoln del año, propiedad de su madre, la cabellera rubia de Candy se adivinaba en la ventanilla trasera, aumentó la velocidad, salieron de la ciudad hacia un sinuoso camino que subía a la orilla del mar.

-¡Maldita sea Candy, eres mía! No permitiré que te vayas.

Aceleró aún más, la adrenalina corría por su cuerpo, iba desenfrenado, y no tenía noción del peligro, después de todo, había pasado los últimos días tomado, les dio alcance, e hizo varios intentos por cerrarles el paso, pudo ver la cara de terror en el rostro de la rubia que instintivamente llevó su mano a su vientre, como queriendo proteger al pequeño engendro.

El chofer era hábil, ambos iban a alta velocidad, por un camino que seguía la línea del Atlántico Norte, Terry no pensaba con claridad, estaba seguro de que ella iba a encontrarse con Albert, para huir con él, ella volteó, vio su mirada aterrada, y sin pensarlo decidió que los detendría a toda costa, golpeó el auto en la defensa trasera, el chofer hizo maniobras para controlar el auto, una piedra reventó el neumático, e hizo que perdiera el control, de pronto el Lincoln venía sobre él, Terry alcanzó a frenar y a esquivarlo, pero observó impotente, como el Lincoln se volcaba dando tumbos, los vidrios volaron, el olor a humo llenaba el aire, el crujir del metal rechinaba en sus oídos, hasta al fin romper la vaya de contención y salir disparados hacia lo profundo del mar, por supuesto, la pesada carrocería se hundió rápidamente, Terry observó desde la altura de los acantilados, como el auto desaparecía, en cuestión de segundos… cayó de rodillas… un vehículo frenó detrás de él, y cuatro hombres bajaron de inmediato, lo levantaron y lo subieron al auto, cuando la policía, y los bomberos llegaron, no había nada que hacer… la oscura y fría profundidad del Atlántico Norte se había convertido en la tumba de Candy y de su hijo.

Albert sintió como una puñalada atravesaba su corazón, tomó el trago que le ofrecían y lo vació de un solo sorbo, tenía que saber cómo, y porqué.

Los hombres que había contratado habían llegado junto con George, a la mansión de Eleanor, y George acababa de darle la noticia, lo llevaron casi en shock de regreso a la ciudad. George aún no le decía que tenían a Terry con ellos, porque sabía de sobra, que si lo sabía lo mataría en ese momento.

Cuando llegaron a la mansión Andrew, Albert se encerró en su habitación mientras las lágrimas corrían y un grito desgarrador escapaba de sus labios, ella, su pequeña, y su bebé estaban muertos, y con ellos toda esperanza de tenerla para siempre en sus brazos, de hacerla feliz, de darle el hogar y la posición y la familia que se merecía, les había fallado. William Albert Andrew, un hombre capaz, exitoso, y criado para ganar se maldijo por no haber ido el mismo por ella, por dejar todo en manos del destino, lamentaba no solo la pérdida de su pequeña, sino de su felicidad, de todo lo que un día soñó, y que por un santiamén había parecido tan posible, tan real, tan cerca, hoy se sentía solo y derrotado, en las profundidades del embravecido mar no solo yacía el amor de su vida, sino también con ella se había ahogado su esperanza.

Escocia, 1926

Las campanas resonaban lúgubremente en las antiguas piedras de la capilla de los Andrew, las bancas de cedro estaban abarrotadas, y los presentes vestidos de luto riguroso, mantenían la vista al frente, escuchando la misa de difuntos en latín, el féretro de caoba estaba cubierto por el tartán de los Andrew, en el cual, bordado en hilos de oro se encontraba la cresta familiar, y a los costados del féretro en líneas doradas se encontraban grabados los escudos familiares.

La misa era oficiada por el mismísimo obispo de St. Andrew, en deferencia a las dos poderosísimas familias representadas en el lugar, entre los presentes estaban los jefes de los clanes, nobles ingleses, los ancianos del clan, y por supuesto en las primeras filas, se hallaba la familia, dignos, solemnes, con infinita tristeza en la mirada, Rose Marie Estelle G. Andrew estaba muerta, de forma injusta, arbitraria y cruel su vida le había sido arrebatada, Patricia Cornwell sostenía en brazos al pequeño William Anthony, mientras su propia hija era sostenida por una niñera.

Se entonó el último canto, era el adiós a una gran mujer, madre, amiga, esposa, querida en la sociedad, admirada y respetada. Los jefes de los clanes más importantes, así como un par de nobles ingleses se acercaron al ataúd, para levantarlo y llevarlo hasta la carroza fúnebre que esperaba afuera, la gente abrió paso a la familia, quienes encabezarían la procesión, con toda seriedad y solemnidad, Richard Grandchester y Archiebald Cornwell, tomaron su lugar detrás de la carroza, y en medio de ellos se erguía solemne tomando de la mano al pequeño Alexander, el hombre, que hoy más que nunca estaba convencido de que estaba maldito, William Albert Andrew, había llegado demasiado tarde, ahora solo le quedaba enterrar a la mujer de su vida, jurar venganza en su nombre, y velar por sus dos hijos.

Nadie dudaba de que el patriarca estaba destrozado, el dolor en su rostro era evidente, además de que se veía sumamente delgado, su guapo rostro estaba demacrado, y una leve cojera traicionaba las penurias que se rumoraba había vivido durante el último año. Eran muchas las versiones y rumores que corrían, un año de ausencia, incluso había sido declarado muerto, Rose había sufrido lo indecible por él, era obvio que había estado a punto de casarse por amenazas, se decía que su hijo había estado secuestrado, que Albert lo había rescatado, y enviado una nota para impedir la boda, ante la imposibilidad de llegar a tiempo, sin embargo, a su regreso había encontrado que los hados del destino había sembrado terror en su casa, y que su amada esposa, había muerto.

Tomó una rosa blanca en sus manos y se la pasó a Alexander, quién a pesar de los obvios rastros de llanto se mantenía solemne y estoico, como correspondía a un jovencito, criado a la usanza de la nobleza inglesa, caminaron solemnemente detrás de la carroza hasta el cementerio familiar, dónde la fosa abierta esperaba por ellos.

Los últimos ritos se llevaron a cabo, los rezos se elevaron al cielo, y el ataúd descendió hasta su última morada, la primera palada simbólica debía darla él, pero pidió a los presentes que lo dejaran solo, después de presentar sus respetos se retiraron, el féretro yacía cubierto de rosas blancas, él se paró al borde de la fosa, llevaba en sus brazos a Anthony, y Alexander estaba a su lado, dejó caer su rosa blanca. Albert besó al bebé en la frente y se lo entregó a Patty, pasó su brazo alrededor del pequeño hombrecito y le dijo:

Ve con tío Archie, Alexander, nos veremos en la casa.

Sí papá…- contestó el chiquillo tratando de contener las lágrimas.

Llora lo que necesites hijo, ya se fueron todos, y nadie te impedirá que lo hagas… sé que ahora tienes miedo, y que el dolor es muy grande, pero no permitiremos que nada malo te suceda, te juro que nunca más podrán arrancarte de tu familia, Alexander.

¿Cómo lo evitarás?

Hijo, hemos triplicado la seguridad, y los recursos de ese hombre han desaparecido, presentamos las pruebas, y ahora es un fugitivo de la justicia, yo me encargaré personalmente de que estén seguros… anda, dame unos momentos, ve con Archie y con Richard.

Él chiquillo se abrazó a Albert, se sabía amado sin condiciones, y él amaba al hombre que había fungido como su padre, con la adoración de un inocente, que reconoce a un hombre bueno, y con la confianza de que cumpliría con sus promesas.

Albert esperó pacientemente a que se calmara, y por fin Alexander aflojó el abrazo.

Por favor no tardes… ¿sí?

No tardaré, ve.

Alexander le dio un último abrazo y caminó en dirección a donde Archie y Richard esperaban por él, rodeados por media docena de hombres armados.

Albert los observó partir, giró hacia la tumba y dejó caer un ramo de rosas rojas. Que se esparcieron entre las rosas blancas que yacían sobre el tartán.

Juro, que te vengaré, Terrence pagará con su vida, yo mismo terminaré con él, cada segundo de infierno que te hizo sufrir durante este último año, cada minuto que nos robó, su muerte será lenta, dolorosa... perdóname amor mío, debí terminar con su vida años atrás, pero entonces pensé que no era un asesino… hoy, sé que ese fue mi peor error… Te amo, princesa, y sé que algún día estaremos juntos de nuevo, ahora tengo que ser fuerte por nuestros hijos, que me necesitan, pero te juro que nos volveremos a encontrar, si no en esta vida, será en el más allá…lograremos ser felices. – le dijo a su amada, para después dar la vuelta y salir del camposanto.