Hola chicas, lamento la tardanza, aunque a decir verdad había demasiadas voces en mi cabeza con todas las reviews. tuve que tomar distancia para poder escribir, y producir coherentemente.
Ángeles, linda, pública todas las canciones que quieras, a mí no me molesta.
Igual las que tienen preguntas, ustedes pregunten, y si encuentro forma, con gusto las incorporo en la historia.
Yagui, Ever Blue, Reeka21, Mary silenciosa, Lupita Zapata, Enamorada, y muchas, otras a las que me disculpo por no mencionar una por una, mil gracias por su apoyo, no hago la lista completa, porque en verdad solo tengo unos minutos para agradecerles, pero sepan que de todo corazón sus lindas palabras, me han animado a continuar y sobrepasar el bloqueo.
Estoy tratando de producir lo más que puedo, y por ahorita RAA, mi otra historia esta bosquejada, pero aún no he tenido tiempo de sentarme a continuarla, sin embargo, les prometo que también lo haré, sé que sigue, solo que por ahora la musa ha fluido por este lado.
Candyfan777 gracias por aguantarme, y por darme el tough love que necesito para hacer a un lado el estrés y seguir adelante.
Chicas, respeto sobre todo, y no caigamos en provocaciones.
Un gran abrazo, y espero que lo disfruten.
Por cierto, si sé que sigue, y si sé en lo que terminará la historia, así que please, confíen en ello, antes de empezar a reclamar.
Bendicioes Key Ag
YNTE 18
Londres, 1923. Después de la plática entre Archie y Albert.
Archie manejó por las calles de Londres, llovía, y el cielo se había oscurecido, salió del departamento de Albert después de las 9, pero manejaba sin rumbo fijo, estaba muy enojado, tenía mucho tiempo de no sentirse tan furioso.
Después de la muerte de Stear, algo dentro de él simplemente se había roto, Candy le había dolido en lo profundo, su muerte lo había dejado mal herido, y la muerte de Stear había acabado por rematarlo.
¿Había amado a Anne? Sí, la respuesta era sí, sin lugar a dudas, en cierta forma había sido feliz, y ella había estado ahí al principio, había sido su tabla de salvación, el único vínculo que quedaba de sus días felices de adolescencia, Anthony parecía haber existido en otra vida, la gatita había muerto a manos de un desgraciado que no la merecía, y su hermano había sacrificado su vida, por una guerra que tampoco merecía que Stear diera su vida, Patty se había ido, no había podido soportarlo, después de intentar quitarse la vida su abuela se la había llevado lejos, y hacía mucho que no sabía de ella, por supuesto Anne no había mantenido la relación.
Anne había sido su puerto seguro, había sido la mujer apropiada, la madre de su hijo, porque aún a la luz de la verdad, no podía negar que su pequeño Stear era su hijo, bastaba una mirada para ver en él los rasgos tan parecidos a los de su hermano mayor, el hermano mayor que había sido su inseparable compañía, el hombre honorable, bueno, sensible y creativo, que aún hoy, años después de su partida, dolía en lo más profundo.
Se dirigió a las oficinas del consorcio Andrew, no estaba de humor para ir a casa, quería pensar, y eso no sería posible en ningún otro lado. Entró en su oficina, un lugar lujoso y elegante, Archie se había sentido tan orgulloso de su posición, de su imagen ante la sociedad, sin embargo, ante lo que Albert le había mostrado era más que claro que lo que él creía era su imagen, y la de su inmaculada familia simplemente no existía.
Estaba casado con una extraña, una mujer que lo menospreciaba y que se burlaba de él con sus actos… definitivamente debía encontrar una solución, y sabía perfectamente que debía ser sumamente inteligente, estaba su hijo de por medio.
Esa noche no durmió en su casa, pasó la noche tramando, planeando, delineando un contrato y posibilidades, de ahora en adelante Anne Britter tendría que vivir bajo los términos que él dictara, a la mañana siguiente se reuniría temprano con los abogados, para analizar la situación de las empresas Cornwell, retomaría el control de ellas, debía salvar el patrimonio de su hijo.
Sobre todo, debía hacerle ver a Anne que él no era un juguete, que si hasta ese momento se había salido con la suya era debido en parte a su falta de interés, y en parte, a que había creído ciegamente en ella. Pero él era, Archibald Cornwell, un hombre elegante, honorable, poderoso, inteligente, un Andrew, los Andrew solo se rendían a aquellos que amaban, y Anne Britter se había encargado de destruir su amor por ella. La furia de un Andrew herido era algo de temer, algo que Anne debería saber bien no le convenía tener en su contra. Pero ya se encargaría Archiebald Cornwell de dejárselo claro.
Mansión Grandchester, 1923.
Mamá, ¿a que hora vendrá Albert? – preguntó Alexander en la mesa del desayuno, lo cual casi hace que Rose derrame su café.
Richard la observó de reojo, por supuesto que sabía que habían pasado el día anterior con William Andrew, pero ella no había dicho nada al respecto.
¿Albert? – preguntó Richard a Alexander levantando la ceja.
Sí tío, ayer vimos a Albert, y a Stear, y hoy nos invitó de paseo… mamá no estaba segura de aceptar, pero Lady Vivian aceptó por ella. Albert prometió llevarnos a la feria. -le respondió de corrido Alexander, pasando por alto que su madre había enrojecido un poco.
¿Estás bien Rose? Tal vez necesitas descansar esta tarde, pareciera que estás algo afiebrada. – le dijo el duque con una sonrisa oculta, mirando a Alexander con complicidad.
No… sí…- Rose no pudo articular nada más antes de que el par de hombres en la mesa estallaran en risas ante su turbación.
Alexander, si acabaste de desayunar ve un rato a practicar el piano, necesito hablar con tu madre. – le dijo Richard al niño, quien sin dudarlo se puso de pie de un salto, no era precisamente adicto a lo que habían servido ese día de desayuno. Dio un beso a su madre y una formal inclinación de cabeza a su tío, mientras le guiñaba el ojo, su madre no lo hubiese dejado pararse hasta terminar el desayuno.
Richard volteó a ver a Rose detenidamente, tal como le había dicho no mucho tiempo atrás era una mujer muy joven, y muy hermosa, él estaba convencido de que era tiempo que rehiciera su vida, y William Andrew no le parecía un mal partido, en ningún momento, después de todo, era un hombre honorable, poderoso, ciertamente atractivo, sería un buen ejemplo para Alexander, y un buen esposo para Rose, claro él no le impondría nada, pero tampoco tenía nada en contra de propiciar la relación.
Rose pretendió ignorarlo y se concentró en la sección de modas del periódico, se encontraban en un pequeño desayunador informal que Rose adoraba, allí era dónde hacían la mayor parte de sus comidas cuando ella estaba en Londres y no en Escocia, cuando Henriette estaba en Londres, todas las comidas se hacían con toda formalidad.
Hoy se veía especialmente hermosa, llevaba un vestido verde claro, y la luz de la mañana entraba a raudales por uno de los ventanales cubiertos con finas cortinas de gasa, iluminaba sus cabellos cobrizos y le confería una especie de aura hipnotizante.
¿No vas a decir nada? – le preguntó después de un rato.
No se que quieres que te diga Richard.
¿Es cierto lo que Alexander dijo?
Mi querido Richard, ambos sabemos que no hay nada que yo haga de lo cual tú no te enteres.
Jajajaja, touché. ¿Por qué dudaste en aceptar la invitación de William?
Richard, sabes que para mí nada de esto es sencillo, me enamoré siendo una chiquilla, y ambos sabemos perfectamente bien como terminó eso, además, no estoy sola, Alexander está muy entusiasmado… y yo… también tengo que pensar en él, así como en las consecuencias que iniciar una relación con William Andrew pueden traer a nuestras vidas y a la de él.
¿Crees que si creyera que William no es alguien adecuado para ti dudaría en decírtelo?
No lo sé Richard, todo esto es nuevo para mí. Y sabes bien que no solo hablo de que sea adecuado, hay más riesgos que considerar.
Rose, date una oportunidad, y dale una oportunidad, él es un hombre como pocos, y sería un buen padre para Alexander. Deja de temer que el pasado te alcance algún día, y sé feliz. Sabes bien que he hecho lo necesario para asegurarme de que tú y Alexander estén seguros, y fuera del alcance de quien quiera dañarlos, lo mismo hará él.
¿Y quién cuidará de él cuando nuestra relación salga a la luz?
No tienes nada que temer, el manto de protección que brinda el poder de los Grandchester y los Andrew te cubrirá. Sabes de sobra que William está prendado de ustedes, ambos han superado el tiempo de duelo, y en cuanto seas presentada en sociedad sufrirás lo que él sufre cada vez que va a una fiesta.
¿Qué es lo que él sufre cada vez que va a una fiesta? – preguntó Rose curiosa.
Acoso, ¿Crees que hay alguna mujer entre los 15 y los 50 que no quiera casarse con William Andrew? es el soltero más codiciado de nuestra sociedad, y lo mismo sucederá contigo, eres una mujer encantadora, inteligente, hermosa, rica, con un título nobiliario, tendrás muchos hombres a tus pies, pero creo que ahora sabes que no todo lo que brilla es oro… sin embargo, William Andrew, sí vale su peso en oro.
Jajajaja, Richard, eres peor que Vivian.
Sabes perfectamente que ella no dejará de acosarme sí no te convenzo de darle una oportunidad a William.
Así que es por eso. – le dijo mientras sonreía maliciosamente al duque.
No, no es por eso, es porque genuinamente quiero verte feliz, mereces un hombre bueno que te ame, y Alexander merece un buen padre. Así que si no tienes que ponerte ve de compras.
Eso es innecesario, Vivian me hizo escoger ropa suficiente para el resto de mi vida. Por cierto, le prometí a Stear que le regalaríamos un par de cachorros como los de Alexander, tal vez debí consultarte primero…
No tienes nada que consultar, te he dicho una y mil veces que todo lo que tengo es de ustedes, ¿porque no lo invitas a las perreras esta tarde y le dejas escoger los cachorros que quiera?
Estás seguro, se que algunos son tus predilectos.
Soy un hombre adulto, no puedo negarle ese placer a un chiquillo, así como Alexander escogió los suyos, el pequeño Cornwell debe hacer lo mismo. Ahora te dejo, tengo asuntos que atender, llama a Vivian sí quieres que les acompañe, o lleva a Minnie contigo, para que les ayude con los niños y sirva de dama de compañía.
No necesitamos ayuda con los niños… Albert es… - no completo su pensamiento, simplemente suspiró con una sonrisa llena de ilusión.
Sí, ese efecto suele tener en las mujeres, has como quieras, no dudo de su honorabilidad, además los niños van con ustedes, puede que eso sea suficiente para evitar los rumores. Diviértete, supongo que te veré en la cena, invita a William a quedarse a cenar. –
Richard, eres un alcahuete.
No entiendo porque lo dices.
Porque nos mimas hasta el cansancio, ¿acaso crees que no sé que enviaste a Alex a tocar el piano porque odia la avena? Y que seguramente ahora desayuna panecillos y leche. Y a mí, al parecer estas dispuesto a dejarme romper las convenciones sociales.
Sí las convenciones sociales no sirven para hacerte feliz, me parecen inaplicables. Con permiso querida, tal vez el vestido blanco con rayas azul marino sea perfecto para esta tarde. – le dijo mientras besaba su mejilla y abandonaba el desayunador.
Rose lo observó marcharse, ella no había tenido un padre, pero Richard Grandchester había compensado eso con creces durante los años que llevaba viviendo como su protegida. Dio gracias al cielo por él, y fue a ordenar los necesario para la comida y la cena de ese día, cuando estaba en la mansión, fungía como la señora de esta y a decir verdad el personal la amaba a ella, mientras detestaban a la duquesa.
Dos horas antes de las seis Rose comenzó su arreglo, tomó en cuenta la sugerencia de Richard al elegir su vestido, y pidió que dejaran su cabello semi recogido, sus hermosos rizos caían como una cascada por su espalda hasta su cintura, confiriéndole un aire angelical y seductor a la vez. Si bien, la moda de esos tiempos imponía cortes atrevidos, peinados recogidos, ella nunca había sido precisamente esclava de los convencionalismos sociales.
Después de que terminó su arreglo y su mucama salió de la habitación se quedó recordando el día anterior, no había querido hacerlo, porque pensar en el paseo tan perfecto le quietaba el aliento, recordar sus atenciones, sus sonrisas, la naturalidad con la que trataba a Alex, simplemente derretía su corazón, y echaba abajo las barreras que por años había construido a su alrededor.
El recuerdo de su aroma estaba grabado en su mente, su suave toque, su voz grave, ese beso que había depositado en su mano, la conexión que había entre ellos, sin palabras, en el silencio, algo flotaba en el aire estando juntos, de pronto Rose sintió como su corazón dio un vuelco, como dentro de su ser crecía un deseo, un anhelo, una inquietud, y todo eso tenía un nombre, William Albert Andrew.
A las 6 en punto anunciaron la llegada de Sir William Andrew, y ella bajó al salón haciendo un esfuerzo supremo por no correr escaleras abajo a su encuentro, por supuesto, Alex si lo hizo, y entró como un torbellino al salón donde sus invitados esperaban por ellos, anunciando alegremente después de saludar, que Stear podía escoger su propio par de cachorros.
Rose entró en la habitación justo en el preciso momento en que él par de chiquillos gritaban de alegría y giraban dando brincos alrededor el uno del otro, Albert los observaba con una enorme sonrisa en su rostro, sabía de sobra lo que era crecer solo, y esos dos pequeños habían encontrado él uno en él otro el cómplice que hasta el momento la vida les había negado.
Levantó su vista y se topó con el mar esmeralda que eran sus ojos, ella también disfrutaba la escena, también reconocía la soledad, también sabía que los hermanos a veces provienen de distintas madres, y la familia, es la que uno construye.
Aunque ahora ya no era una huérfana, era una poderosa marquesa, una mujer elegante, refinada, que Albert moría por conocer, por descubrir.
Milady. – le dijo en medio de la algarabía de los niños, mientras se acercaba para tomar su mano y depositar un suave beso en ella, sus miradas se encontraron, y se perdieron por unos instantes el uno en el otro, no necesitaban palabras.
Lord Andrew. – le respondió ella después de lo que le pareció una eternidad.
Solo en Escocia, milady, aquí solo me corresponde el título de Sir. – le dijo con una suave sonrisa, disipando un poco el ambiente.
¿Está lista para irnos?
Sí, aunque primero quisiera llevar a Stear a escoger sus cachorros, si no le molesta.
Por supuesto que no, vamos. – le dijo ofreciéndole el brazo para que ella los guiara por el jardín rumbo a las perreras.
Como buen noble inglés, Richard Grandchester tenía afición por los caballos y los perros, sus establos eran legendarios en Londres, y sus perros eran considerados de los mejores en el país, dignos sabuesos de caza. Albert apreció con atención el cuidado lugar al que se dirigían, y vio el rostro de Stear iluminarse ante los cachorros, había unos 15, al parecer más de una perra había tenido una camada.
¿Puedo escoger el que yo quiera? – preguntó Stear viendo a Rose con ojos de adoración.
Sí, los dos que tú quieras. – le dijo con una enorme sonrisa que iluminaba la suave luz de esa tarde. Rose observó con deleite como Alexander se acercaba a las perreras, y uno de los mozos le abría la puerta para que entrara llevando a Stear de la mano.
¿No le molestará a Richard? – preguntó Albert curioso, sabía bien la importancia que se les confería a ese tipo de aficiones dentro de la sociedad, y como los fríos y secos lords muchas veces mostraban más pasión por sus caballos y perros que por sus propias esposas, algo que Albert, aún siendo amante de los animales no alcanzaba a comprender.
No, lo hablé con él esta mañana, y me pidió que hiciera justamente esto, y que te invitara a cenar. - le dijo ella a la ligera, había pasado de la formalidad absoluta a tutearlo, con esa suave cadencia que lo volvía loco.
Acepto la invitación con gusto. – le dijo él con una sonrisa encantadora que hizo que Rose sintiera que flotaba, tal vez Richard tenía razón, no había razón para temer al pasado, el pasado estaba tan lejos ahora.
Stear escogió un par de perritos y se los enseñó orgulloso a su tío. Era completamente feliz, pero por un momento una sombra de duda cruzó por su mente.
¿Crees que mamá me dejará tenerlos? - Preguntó a su tío con su mejor mirada suplicante.
Por supuesto que sí, no tienes que preocuparte de ello. – le dijo con una sonrisa confiada Albert, y Stear sabía que si su tío decía algo siempre lo cumplía.
Rogers, por favor prepare los perritos y envíelos casa de los Andrew, Stephens ya tiene la nota que debe acompañarlos, le dijo Rose amablemente al hombre que se hacía cargo de los perros, le había tomado años, pero por fin había logrado sentirse cómoda con dar órdenes, era la señora de la casa, y nadie lo discutía.
En seguida milady. – le dijo él hombre con una sonrisa, mientras se alejaba a hacer su trabajo.
Albert apreció su seguridad y elegancia, con la que se dirigía a todos, y como obviamente, los sirvientes de la casa la adoraban, ¿acaso habría alguien que pudiese resistirse a su encanto?
¿Nos vamos princesa? – preguntó con un tono más íntimo del que había pretendido usar. Ella se ruborizó un poco ante su mirada, pero no dijo nada, solo bajó la vista tratando de ocultar la obvia emoción que su tono y sus palabras le provocaban.
Por supuesto Lord Andrew. – le dijo suavemente, mientras se tomaba de su brazo para que él la guiara hasta el auto, los niños corrían un poco más alejados de ellos, en dirección al camino principal.
¿Vendrá alguien con nosotros, como su chaperona? – preguntó conociendo las costumbres de su clase.
No, Richard me ha dicho que es usted un hombre honorable, que era innecesario el convencionalismo. – le dijo mientras él abría la puerta del lujoso auto para que ella subiera.
Prometo estar a la altura de la confianza depositada en mí, milady. – le dijo con otra de sus hipnotizantes sonrisas.
La feria era una novedad para ambos chiquillos, había tantas cosas, comida, globos, payasos, concursos, juegos mecánicos, ninguno había estado en una antes, así que todo era magnífico, una aventura, y pasaron los primeros 45 minutos entre gritos de asombro, y llevando a Rose y a Albert de un lugar a otro, quisieron probarlo todo, y jugar a todo por supuesto, y Albert, Albert estaba dispuesto a complacerlos, a hacer lo que fuera por ver a ese par de inocentes felices.
Rose se disculpó un momento y dejó a los hombres solos, cuando regresó a buscarlos los encontró en un juego de tiro al blanco, Albert ayudaba a Stear a tomar el arma, y apuntar al blanco que tenía frente a él, el chiquillo consiguió atinar en el centro y saltó de alegría, era el turno de Alexander, quien volteó a ver a su madre para pedirle permiso con la mirada. Rose no estaba de acuerdo con el uso y manejo de las armas, pero no podía negarle a su hijo la oportunidad de aprender, ni de lucirse frente a su amiguito menor y el hombre por quien había desarrollado una admiración palpable.
Rose le sonrió para darle seguridad, y el niño tomó el arma que Albert le ofrecía, por supuesto que no era real, era solo de salvas, y adecuada a su tamaño, pero Rose contuvo la respiración, Albert le explicaba pacientemente acuclillado a su nivel como sostener el arma, apuntar y disparar, por supuesto que para Rose no pasaba desapercibida la emoción que Alexander estaba experimentando en ese momento, al ser incluido en un ritual que hasta el momento le había estado vedado. Un ritual de hombres, que ella había querido evitar, sin importar las veces que Richard le había dicho que no tenía nada de malo, y que era una actividad esperada en un caballero de su alcurnia.
Albert permitió que Alexander hiciera el primer tiro, y luego otros dos, por supuesto le ayudó a guiarlos y acertó en el blanco, ganando un pequeño oso de felpa que fue y entregó a su madre con cara de puro deleite y un poco de culpabilidad.
Lo siento madre. – le dijo mientras le entregaba el presente.
No tienes porque sentirlo mi niño, lo hiciste de maravilla. – le dijo con una enorme sonrisa y le dio un abrazo. – Vamos al carrusel - les dijo a Stear y a Alexander, quienes echaron a correr delante de ellos felices.
Albert había escuchado la conversación con curiosidad, y no había pasado desapercibida la mirada que Alexander había dado a su madre como pidiendo permiso.
¿Qué fue eso? - Le preguntó curioso.
Verás, tengo aversión a las armas, a la cacería en general, y aunque Richard me ha insistido varias veces que le permita enseñarle a Alex, siempre me he negado… -
A Albert le sorprendió un poco que Richard aceptara lo que ella decidiera con respecto a Alexander, después de todo era su heredero, y no era común en su estrato social preguntarle a una madre si estaba de acuerdo o no en que su hijo fuese instruido en las artes que se consideraban propias de un caballero.
Lo siento, no debí haberles permitido jugar sin tú consentimiento.
No tienes porque disculparte, el rostro de emoción de Alex no tiene precio.
Sabes, Richard tiene razón, es un deporte de caballeros, en lo personal tampoco me gusta la caza, sin embargo, lamentablemente hay muchos tratos de negocios que se cierran en un campo de tiro, o en una reserva de caza...
Lo sé, pero los riesgos…los accidentes suceden… - le dijo ella con su mirada perdida en el horizonte.
La cacería de zorro es algo en que en lo personal me niego a participar, Anthony murió en ella, y yo fui quien la pidió para recibir a Candy en la familia, así que ciertamente me siento culpable. – le dijo él con tristeza y observándola atentamente, no era mentira, él la había ordenado, y no había día que no se preguntara, si Anthony seguiría con ellos de no haber sido por ello.
Anthony… - repitió ella el nombre, casi en la entonación exacta en el que solía repetirlo cuando era solo una niña. – Lo lamento tanto, milord, pero ¿quién es Anthony? – le dijo ella en perfecto tono afrancesado, aunque sus ojos se veían más brillantes.
Anthony, era mi sobrino, el hijo de mi hermana, decían que nos parecíamos tanto, que incluso Candy nos confundió…
Candy… - repitió ella el nombre con afecto, pero como si le fuera ajeno y se tratara de una lejana amiga. – ella es la princesa ¿no milord?
Sí, ella es la princesa, mi princesa. – le dijo él viéndola a los ojos directamente, Rose le sostuvo la mirada, y parecía que iba a añadir algo, pero en ese momento se terminó la vuelta en el carrusel y Alex y Stear llegaron corriendo a ellos.
Ahora queremos remar tío. – dijo Stear exigente, el chiquillo sabía que era la adoración de su tío, y se convertía en su pequeño tirano de vez en cuando.
¿Podemos mami? – preguntó Alexander con su usual dulzura.
Podemos, si Lord William está de acuerdo. - le dijo ella
Ambos caballeritos voltearon a verlo con ojos suplicantes y sonrisas pícaras, en parte producto de su emoción y en parte producto de la cantidad de golosinas que habían consumido hasta el momento.
Podemos. – contestó después de una larga pausa en la que los chiquillos rogaron por un sí.
Caminaron hasta el estanque, y Albert ayudó a Rose a subir primero, para después subir a los dos niños, observó con admiración su tranquilidad y habilidad dentro del bote. Y se sentó frente a ella, tratando de mantener el balance, tomó los remos y comenzó a remar, cuando estaban justo en medio del lago, Stear exclamó alarmado.
¡Tío, el bote hace agua! –
Espero que sepan nadar, porque rescatar a tres no es lo mismo que rescatar a una de una cascada… de seguro el bote lo construyó Stear. – le dijo con un guiño al pequeño
¿Rescataste a alguien de una cascada? – preguntó maravillado Alex.
A la princesa Candy, Alex, a ella, y mi tío Stear hizo botes en Lakewood en forma de cisne, que debían tener una fuente en el medio y en vez de eso, se llenaban de agua, entonces, la princesa Candy siempre terminaba mojada… pero tío, ¿terminaremos mojados? – le dijo Stear emocionado.
Tal vez la princesa Rose sepa lazar, y pueda ayudarnos a llegar a la orilla. – le respondió Albert quien no había quitado la vista de Rose, ante las historias que Stear había contado, esperando leer algo en su mirada.
Jajajajaja. – su risa límpida y cristalina llenó el ambiente, haciendo que un escalofrío recorriera el cuerpo de Albert, esa risa libre, sin afectación, pura y contagios le había estado haciendo falta.
Mamá sabe lazar… pero shhh… es un secreto, no es propio de una dama. – les dijo Alex en tono confidencial.
¡Alex! – lo reprendió Rose con toda dignidad, tratando de ocultar su rubor tras el abanico que llevaba, por supuesto que solo se había sentado ahí, con toda la dignidad y elegancia de una dama. Sin siquiera mirar al par de remos que estaban a su lado.
Milady, al parecer oculta usted muchos secretos. – le dijo él con un guiño coqueto.
Hemos vivido en el campo Milord, digamos que nuestra vida ha sido mucho más sencilla y libre que aquí en Londres. – le respondió ella.
¿Quiere intentarlo? -
No, estoy se gura de que este pequeño bote no se va a hundir, en todo caso, mejor le ayudo a remar. - y sin más preámbulo tomó su par de remos y remó junto a él, perfectamente sincronizado, casi sin esfuerzo, esa apariencia frágil y lánguida era engañosa, estudiada, no cabía duda qué la mujer que tenía frente a él rebosaba energía.
Albert la contempló dubitativamente, dos veces había intentado hacerla caer, tener un desliz, un gesto, algo que le confirmara lo que su corazón le gritaba, que le dijera que no estaba loco, que no alucinaba, que ella era su pequeña, su princesa, el amor de su vida.
Rose, simplemente disfrutaba en silencio el ejercicio, la alegría, la armonía, tenerlo cerca era ciertamente un regalo, un placer, ella que por siete años sehabía decidido enterrar toda esperanza, y a encontrar su contentamiento, en su hijo y la vida que le tocaba vivir ahora, ella, con quien por alguna razón la vida se había ensañado… pero de pronto, como siempre, como cada vez, la vida inesperadamente le tendía algo bello, algo puro, algo mágico, en la figura de un maravilloso, apuesto, y dulce caballero andante… uno que no por primera vez le hacía recordar que la vida valía la pena, y la hacía sentir que la felicidad estaba, quizás al alcance de la mano.
Pasaron una tarde más que agradable, los niños jugaron felices hasta el cansancio, comieron golosinas como nunca en su vida, se subieron al carrusel una vez más, montaron ponnys, ganaron otro oso para Rose, y por supuesto se enorgullecieron de Albert quien era excelente en cualquier prueba de fuerza y destreza, por último, se subieron a la rueda de la fortuna, la vista era espectacular, los dos pequeños iban embelesados. Eran demasiado jóvenes para ir ellos solos en una de las canastillas, así que los cuatro se acomodaron en el reducido espacio, los niños en medio de ellos, Albert pasó su brazo por detrás del asiento, su mano podría fácilmente acariciar su rostro, y eso se moría por hacer.
Stear y Alex parloteaban y exclamaban con júbilo ante la altura, el paisaje, y por supuesto, como producto de la cantidad de azúcar consumida.
De pronto, la rueda se detuvo, Albert volteó a verla mientras estaban en la parte más alta, detenidos, apreciando la hermosa vista del perezoso río que se deslizaba a sus pies, iluminado por la luna que comenzaba a asomarse y el tinte rosado del firmamento mientras se ponía el sol confería un aire mágico, etéreo, estaban ahí tan cerca, y tan lejos de todo, en una tarde tan hermosamente perfecta, con una felicidad, que casi podían palpar, no era difícil saber que quien los veía pensaban que eran una familia, una familia feliz, él apuesto, deliciosamente varonil, fuerte y ágil, ella, hermosa, engañosamente frágil, maternal, y de seguro, su sonrisa iluminaba el mundo de los tres caballeros que la acompañaban.
Albert vio en su mirada un anhelo por el hogar, reconocimiento de su pasado, una ventana de oportunidad.
Es casi tan hermoso como estar en la cima del padre árbol. ¿no es cierto? – preguntó en un susurro ronco por la emoción.
Sí… casi tan hermoso… - respondió ella con descuido, sin darse cuenta de su error por un momento. Cuando cayó en cuenta, volteó a verlo, con los ojos llenos de lágrimas, nunca, en todos esos años había habido un desliz, pero nunca lo había tenido a él a su lado.
Él le sonrió, en su mirada no había reproche, solo gozo indescriptible y eso que ella había notado años atrás, pero que entonces no había sabido leer, Amor... Extendió su mano por encima del hombro de los niños y rozó su mejilla limpiando la traicionera lágrima que se deslizaba por ella.
Eres más linda cuando ríes que cuando lloras. – le dijo en un susurro. Ella le sonrió, sintió que su corazón iba a estallar en millones de aleluyas, deseó, deseó que ese momento fuera eterno, poder hacer su hogar ahí, arriba, lejos de todos, y tan cerca del cielo.
Lo que sentían era demasiado sublime como para ponerlo en palabras, habían vagado por el mundo, anhelándose, deseando verse una vez más, él sabiéndola perdida, y ella sabiéndolo prohibido, pero hoy, hoy ella estaba ahí, él haría lo que fuera por jamás volver a perderla, y ella, ella habiendo conocido lo que era vivir sin él, hoy estaba dispuesta a arriesgarse, con tal de demostrarle cuanto lo amaba, y que su corazón en realidad, siempre había sido suyo… suyo cuando tenía seis años y él le había dicho justo esas palabras para hacerla sonreír, suyo, cuando él la rescató de morir ahogada, suyo, cuando la consoló de la muerte de Anthony, suyo cuando la encontró en Londres, suyo cuando aún amnésico cuidó de ella, suyo cuando la dejó partir en busca de la que ella creía era su felicidad, aunque eso significara perder la suya, suyo cuando se dio cuenta que su felicidad no estaba al lado de Terry, suyo cuando él estuvo dispuesto a ofrecerle un hogar, y un padre para su hijo, pasando por alto todo lo demás, y suyo hoy, que su corazón le había hablado, y su amor por ella la desarmaba… esa era la verdad, ella era suya, ayer, hoy, mañana y siempre… solamente suya, y de nadie más, él ya no tenía que esperar.
La canastilla comenzó a moverse, Albert bajó primero, y ayudó a los niños a hacerlo, después le extendió la mano a ella, sus corazones rebozaban de alegría, discretamente y aprovechando que la feria no era un lugar que sus conocidos frecuentaran, sin decir nada la tomó de la mano, acariciando la suave y delicada piel con su pulgar, Rose disfrutaba de su contacto, de su tierna caricia, de su cálida y fuerte mano sosteniendo la de ella, los niños corrían un poco delante de ellos, jugaron hasta que prácticamente no podían ni caminar, ambos pidieron ser cargados, y con toda naturalidad Albert levantó a Alexander por ser el mayor, aunque Rose le aseguró que aún podía con él, ella tomó a Stear en brazos, y caminaron uno muy cerca del otro rumbo al auto, el cielo se había oscurecido, y para cuando llegaron al vehículo, tanto Stear como Alexander jugaban en el mundo de los sueños.
Albert abrió la puerta trasera y acomodó a cada uno de los niños dentro del auto, después volteó a verla, había requerido mucho de él no tomarla en brazos desde el momento en que descendieron de la rueda de la fortuna, delicadamente la acorraló entre el auto y su magnífico cuerpo, y sin decir nada acarició su rostro, ella intentó bajar la vista, pero él la tomó suavemente por la barbilla, y levantó su rostro para encontrar su mirada.
Por favor no me prives del placer de verte, de contemplarte… te he anhelado y extrañado por tanto tiempo, no hay palabras… solo quiero…eres hermosa, siempre lo has sido, pero, te veo, y me robas el aliento, no puedo pensar en separarme de ti, quiero robarte y llevarte conmigo… – apoyó su frente con la de ella, en un gesto tierno, confiado, amoroso.
Albert… - más que pronunciar su nombre lo gimió sin aliento, la cercanía de él, el delicioso perfume, el aire de libertad corriendo bajo sus alas incitándola a volar, nublaban sus sentidos.
Él se acercó a ella lenta y deliberadamente, quería besarla, pero también quería darle su espacio, y oportunidad de retroceder si no estaba lista, besó su mejilla, muy cerca de la comisura de su boca, y ella dejó escapar un suspiro.
Te extrañé. – le dijo él al oído.
Yo también… -
La distancia entre sus cuerpos se había acortado, él la abrazaba por la cintura, ella lo hacía por la espalda, él tomó su rostro delicadamente con su mano libre y la miró profundamente una vez más.
Creo que me debes la continuación de algo que empezamos no tanto tiempo atrás en un baile de máscaras.
Ella le sonrió, sentía… sentía que iba a estallar, que flotaba en el aire, que… era indescriptible, él acercó su rostro al de ella y la besó suave y delicadamente, apenas un roce, sus alientos entremezclándose deliciosamente, la suave humedad de su boca asaltándola, primero lenta y suavemente, y después profunda y exigentemente, las manos de ella ya no solo lo abrazaban, sino que se habían aferrado a su chaqueta, para no caerse, porque con confiaba en sus propias piernas para sostenerla, pero el brazo de Albert la sostenía firmemente por la cintura, dándole estabilidad y seguridad.
Cuando él dejó de besarla, sintió que el oxígeno le faltaba, y que todo daba vueltas, él la abrazó con ternura, y ella se recostó en su pecho, escuchando el latir de su corazón, aún cuando el suyo propio retumbaba en sus oídos, su pulso estaba acelerado.
Él abrió la puerta del auto para que ella subiera, y después dio la vuelta para subirse en el asiento de piloto, dentro buscó sus labios una vez más, ahora que habían descubierto el adictivo placer era difícil dejarlo a un lado.
Por fin él hizo acopio de sentido común, no podían seguir así en un estacionamiento público, y debían llevar a los niños a casa. La besó una vez más, y luego le susurró al oído.
Te amo princesa. mucho me temo que lo he hecho desde siempre, aun sabiéndote ajena no he podido dejar de amarte por un solo instante simplemente, te amo. –
Yo también, Albert… perdóname por todo, te he amado aún sin saberlo, cuando desconocía que esto que sentía era el amor verdadero- el nudo en su garganta ante la emoción de sus palabras no le permitieron decir más.
Hicieron el camino de regreso en silencio, pero la magia del momento el sabor de sus labios y la certeza de saberse correspondidos los acompañó de vuelta a la mansión de los Grandchester.
