Hola chicas hermosas, este capítulo está dedicado a las chicas lindas del grupo de face que fueron tan insistentes en que querían saber que seguía, que me convencieron de publicarlo... uds. saben quienes son, sorry, pero sus nicks aquí y los de face son diferentes y no quiero cometer imprudencias.

De antemano una disculpa por mi abrupta ausencia, era necesario descansar, pasar tiempo con la familia, reencontrar mi punto zen, porque la carga de trabajo y actividades había sido inmensa. Estoy trabajando duro para estar presente con la misma constancia de antes, aunque honestamente aún estoy en proceso de adaptación.

Aprecio sus palabras, su apoyo, y siento mucho haberles causado decepción, y dolor a algunas, a la chica que publico hace poco que ya no me esperaba, lo siento... tal vez no me leas ya, tal vez, lo hagas en otro momento, pero en vdd. siento haberte hecho sentir así.

Bendiciones, y como siempre gratitud infinita a mi cómplice.

Key Ag

YNTE 20

Mansión Andrew, 1923.

Anne Cornwell sintió como las sábanas y las cobijas eran arrancadas de encima de ella, no tenía idea de que hora era, y se incorporó furiosa, para encarar a quien se le hubiese ocurrido semejante osadía.

¡¿Cómo te atreves?! – preguntó furiosa, a su marido que por primera vez en mucho tiempo osaba poner un pie en su habitación.

Algo andaba mal, Archiebald Cornwell se veía impecable como siempre, pero había algo en su mirada, hacia un par de días que no dormía en la casa, pero claro, eso Anne no lo sabía, ya que no compartían habitación, y simplemente había pensado que había llegado muy tarde y salido muy temprano.

Me atrevo, porque son las diez de la mañana, y tú no sabes si tu hijo desayunó o no, o a qué horas llegó anoche, además tienes mucho que hacer el día de hoy. – le dijo estirándola para ponerla en pie.

¿Pero qué te pasa Archiebald? Jamás sé que desayuna Stear, sabes que como mujer casada mi prerrogativa es desayunar en mi habitación, y ayer, salió con William, ¿acaso esperabas que le negara a William que llevara a Stear con él?

No, pero esperaba que supieras que no regresó sino hasta después de las 12.

¿Y porque no estás reclamándole a él en vez de a mí? Sabes bien, que aquí se hace lo que la tía Elroy dice, o bien lo que a William Albert se le antoje, no tengo injerencia sobre mi hijo.

No Anne, no tienes interés en tu hijo, sino es para presumirlo en sociedad cuando se espera eso de ti.

Archiebald, sal de mi habitación. – le dijo ella indignada, con la mirada con la que acostumbraba a deshacerse de él cuando la importunaba.

No Anne, tengo que hablar contigo, soy tu esposo, y tú mi querida mujercita, juraste obedecerme, serme fiel, y no sé qué tantas cosas más ante el altar, y ya que definitivamente no me has sido fiel, ni has sido una buena esposa, ni nada de lo demás, hoy te corresponde obedecerme. – el tono despectivo no pasó desapercibido para Anne.

¿Qué clase de mujer piensas que soy? – le preguntó ofendida.

Esa es precisamente mi pregunta Anne, ¿qué clase de mujerzuela eres?

No te permito que…

No Anne, yo no te permito que sigas burlándote de mí, sé todo, absolutamente todo, y sí no te echo de esta casa en este momento es solo por mi hijo, pero a partir de hoy las cosas se harán como yo las diga, y tú vivirás como yo disponga, ya mis abogados tomaron el control de las empresas Cornwell, tu mensualidad ha sido reducida sustancialmente, ¿porque sabes?, te has vuelto religiosa de pronto, piadosa, y has decidido donar tus joyas, tus vestidos, a la caridad, y vestir de manera sencilla, casi, casi puritana, mi querida Anne.

¿Te has vuelto loco?

No, estas son mis condiciones para no echarte de la casa y exhibirte como ramera. Ya hice el anuncio de prensa, ya organicé la donación, y ya ordené tu nuevo guardarropa, a su debido tiempo, te irás a un convento, y ¿sabes por qué? porqué si no lo haces, pediré el divorcio, con todas las pruebas que tengo y no te daré ni un solo quinto. Ahora sí en verdad no te quedará de otra que convertirte en una ramera para sobrevivir. ¿Ha quedado claro? Si no me crees, debes saber que cualquier juez me dará el divorcio, y que te declarará culpable, para que pueda encerrarte en un manicomio, sin chistar, creo que un convento te sería más conveniente. – le dijo él con una mirada que ella nunca había visto en él.

Archie… - le dijo ella con lágrimas en los ojos, las mismas lágrimas que siempre usaba para conseguir de él lo que quisiera.

No sirven de nada esta vez Anne, de nada, te amé, sí, tal vez no fui el mejor hombre, ni el mejor esposo, pero te fui fiel, te di un hogar, cumplí tus caprichos… pero nada era suficiente, nada, dejé que dilapidaras la fortuna de mis padres, y que tu padre casi llevara a la quiebra mis empresas, mi herencia, la herencia de mi hijo. En la mesa dejé un contrato, léelo, si quieres llévalo a tu padre para que te lo explique, las mucamas entrarán en cuanto yo salga, y se encargarán de empacar todo para la casa de subastas y las obras de caridad… no hagas una escena, ten dignidad… por cierto, ahí están tus vestidos, y espero que uno de esos te pongas esta noche para la presentación de Lady Rose. Necesito ese documento firmado para esta noche, si no, sabré que prefieres la otra opción, y espero que uses tus dotes de actriz para hablar sobre tu recién descubierta piedad. – le dijo mientras salía de su habitación.

Tal como le dijo las mucamas entraron, empacaron sus cosas, y colgaron sus nuevos vestidos, la cabeza de Anne daba vueltas, todo lo que Archiebald le había dicho… se acercó, y apenas pudo ahogar un grito de dolor, tenía frente a ella, vestidos negros, de rígido corte, prácticamente victorianos, tela basta, corriente, esos no eran vestidos, eran harapos de viuda.

Anne Britter sintió como el mundo se derrumbaba a sus pies, tomó un vaso y lo aventó contra su espejo, Archiebald Cornwell estaba furioso con ella, y esta vez un par de halagos no la sacarían del apuro.

Archie se dirigió a la biblioteca, una mucama le había avisado que Albert quería verlo, entró y se dio cuenta que al parecer solo esperaban por él, su tía y George estaban sentados conversando sobre el clima.

Lamento la tardanza tenía cosas que hablar con Anne. – les dijo mientras tomaba asiento.

Albert le sirvió un vaso con whiskey y se lo pasó, Gerge y la tía ya tenían algo en sus manos, té por supuesto, aún era temprano, pero seguro Albert intuyó que lo necesitaba después de su charla con Anne.

Bien William, ya estamos los tres, podrías quitar esa cara de travesura y decirnos que es lo que te traes entre manos. – le dijo Elroy con su acostumbrada voz imperiosa.

No sé de que hablas tía, ni porque te parece tan raro que quiera tomar algo de té temprano con mi familia. – le respondió Albert evasivo.

Esa cara de felicidad no es de un negocio bien logrado, a decir verdad los negocios bien logrados te producen indiferencia, hay algo más… que seguro tiene que ver con tú paseo del día de ayer con Stear… y el par de cachorros regalos de la marquesa para él. – le dijo Elroy a quien no se le pasaba una.

Por supuesto que estoy feliz de que Stear tenga un par de chachorros, ¿acaso no lo escuchaste reír esta mañana? Ese debería ser motivo suficiente para hacernos sonreír a todos.

George lo miraba fijamente con una sonrisa a medias, había brillo en su mirada, brillo que hacia mucho no veía en él, Albert estaba feliz, y si eso era producto de la cuñada de Richard Grandchester había que hacer algo por mantener las relaciones entre las familias.

¿Cómo te fue con Anne? – preguntó Albert cambiando de tema.

Está decidida a seguir sus instintos caritativos y piadosos, las mucamas le ayudan a limpiar su habitación, y los nuevos vestidos llegaron esta mañana, estoy seguro qué será una fase más sosegada para todos. – respondió Archie con seriedad y una sonrisa, tanto Albert como George estaban al tanto de cada uno de los planes, pero preferían no incomodar o preocupar a Madame Elroy.

Bueno, y ustedes tres en verdad piensan que soy tonta…pero debo decir que fue una estrategia adecuada, y bien planeada, no tengo grandes esperanzas de que Anne se reforme, pero, al menos nuestro honor como familia se verá salvaguardado. – les dijo sin darle importancia. – ahora bien, William, deja de saborear el momento y dinos la noticia. –

Jajajaja, tía, tía… ¿Por qué no me dejas disfrutar del momento?

Puedes disfrutar del momento tanto como quieras, lo único que digo es que por el rostro que tienes, será bueno saber agradecer a la responsable de semejante semblante. – le dijo Elroy con un brillo en la mirada, su sobrino era feliz, feliz como no lo había sido en un largo tiempo, un muy largo tiempo, y como nunca creyó posible que lo fuera de nuevo.

Bien, me voy a casar. -

Lo sabía. Supongo que ya hablaste con Richard. –

¿No vas a objetar el tiempo? ¿el decoro? ¿algo? – le preguntó Albert un poco extrañado.

Como si eso sirviera de algo… seguro tú y Richard planearon ya que decir al respecto, y el rato que la vimos en el parque, y lo que escucho hablar a Stear de ella, me dejan muy claro que es una mujer extraordinaria, sobre todo, lo más extraordinario es que ponga en tu rostro esa sonrisa que hace años no te veíamos, ¿Qué puedo objetar? ¿Qué tenga un niño? ¿Qué sea viuda? tú también lo eres, y también lo tendrías… en fin, no tiene caso recordar cosas tristes y sin remedio. ¿lo anunciarán esta noche?

Sí, pero primero quería hablar con ustedes, diremos que la he cortejado en secreto por seis meses… -

Porque quieres casarte pronto… me parece bien, ya no eres un chiquillo, y cuanto antes tengamos un heredero para los Andrew será mejor… pero sobre todo será bueno verte sonreír y saber que tienes a tu lado una buena mujer que te hace feliz. – la voz de Elroy Andrew se quebró un poco ante la emoción d ver a su sobrino dichoso al fin.

Albert se acercó y la mujer se permitió algo que rara vez se permitía, abrazó a su sobrino por unos momentos.

Los dejo solos, debo mandar flores y una nota a la marquesa, supongo que nos presentarás oficialmente esta noche, y por supuesto hay que organizar una cena e invitarla a ella y a Richard. Tal vez invitarla a pasar unos días con nosotros en la villa de Escocia, o en algún otro lado… piensa en donde lo prefieres. –

Elroy Andrew comenzaba a planear, y pensaba en como poner manos a la obra, al fin habría una nueva matriarca de los Andrew, y ella una vez más tenía una misión que cumplir. Dio un beso en la mejilla a sus sobrinos y se despidió de George, en cuanto salió de la biblioteca los tres hombres lanzaron una carcajada.

Debo felicitarte mi querido tío, trabajas rápido. – le dijo Archie con la ceja arqueada, a menos claro, que en verdad lleves seis meses saliendo con ella, y no habías querido contárnoslo.

Es una duda con la que tendrás que vivir, mi querido sobrino. ¿No dirás nada George?

Felicidades William, estoy seguro de que has hecho la elección correcta. – le respondió con la usual formalidad.

Supongo que ya tienes en tu cabeza la lista de cosas por investigar acerca de ella, así como prenupciales, y todo lo demás… pero olvídalo, no quiero nada de eso. –

George lo miró atentamente, no le sorprendía, en cierta forma, lo había esperado, sabía que si alguna vez William Andrew volvía a amar lo haría a su manera, dándolo todo… el único inconveniente sería el pequeño Grandchester, había cosas que debían preveer con respecto a él y a su herencia.

Lo que si necesito es que encuentres un acuerdo sensato con el duque acerca de la custodia de Alexander, quiero que legalmente sea mi hijo, pero que mantenga sus derechos de sucesión con respecto al ducado.

¿No crees que vas muy adelante? – preguntó Archie curioso.

No, es algo importante que resolver, por la paz mental de Richard, y sobre todo por Rose y por Alexander. –

Comenzaré a trabajar en eso William. – le dijo con formalidad mientras se dirigí a la puerta, pero luego volteó a verlo. – Debo decir que estoy muy feliz por ti, y espero poder presentarle mis respetos pronto a la futura señora Adnrew. – había un guiño en su mirada, y una sonrisa oculta en su rostro.

Por supuesto, espero que nos acompañes esta noche. –

Ahí estaré William. – ahora había una sonrisa abierta en el rostro del hombre que muchas veces había fungido no solo como su mentor, sino como su padre y amigo.

Archiebald se quedó por un momento sentado en su asiento, Albert le pasó otro vaso de whiskey , y se sentó en silencio, esperando.

Hablé con Anne.

¿Qué te dijo?

No le di oportunidad de decirme algo realmente, le dije como serían las cosas de ahora en adelante.

¿Crees que lo aceptará?

No tiene opciones, al menos no por el momento, aunque seguramente en algún momento se rebelará, sin embargo, para entonces todos los aspectos legales de las empresas Cornwell, y sobre todo de la herencia de Stear estarán cubiertos.

¿Irá esta noche?

Sí, por supuesto que irá.

Cuento contigo para que se comporte, y te pido que si en algún momento hace algo inapropiado la envíes de vuelta aquí, no quiero que nada arruine la noche de Rose.

Archie le sonrió.

Tengo que conocer a la magnífica Rose, más allá de solo saludarla en el parque.

Jajajaja, lo harás, ahora debo dejarte, tengo ir a mi casa a cambiarme, y a comer con ella y el duque.

Terminarás emparentado con los Grandchester… ¿no te parece irónico?

La vida da demasiadas vueltas, pero hay algo que no ha cambiado, Archie, Terrence Grandchester sigo siendo persona non-grata.

¿Y cómo manejarás eso con el duque?

El duque es su padre, pero la herencia de Alexander, y su bienestar son su prioridad, ama a Rose como a una hija, y Terry definitivamente podría representar una amenaza a la paz y la estabilidad de ellos, así qué, aunque, emparentaré con los Grandchester, las cosas no han cambiado.

Serás el padre de Alexander, del hijo de otro hombre, tal como lo hubieses sido si ella no hubiera muerto… - le dijo más para sí mismo que para Albert, recordando que esa había sido la intención inicial de Albert, y todo por amor, su tío era un hombre extraordinario, un hombre tan seguro de sí mismo, que el tipo de tonterías que harían dudar a cualquier otro, e incluso que harían que desistieran de casarse con una mujer, eran las cosas que Albert podía pasar por alto, con la más increíble dignidad, bondad, y aplomo, nadie podría criticarlo por adoptar a Alexander, así como nadie podría haberlo criticado por ser el padre del hijo de la mujer que amaba siete años atrás.

Tú mismo conociste a Alexander, es un chiquillo excepcional…

Tiene los ojos de ella, y sus pecas. – le respondió Archie comprensivo, recordando el magnetismo y la chispa del chiquillo, tan parecidas a la de Candy.

Tiene los ojos de Rose, y las pecas de Rose, tal vez estoy loco, y lo que me atrae a ella es precisamente el recuerdo de Candy, pero Archie, ya me cansé de ser infeliz, de añorarla y desearla, Rose es real, es hermosa, fuerte, elegante, extraordinaria, y la amo Archie. La amo.

Te creo, basta con ver tu mirada, sabes que te apoyo, y no creo que traiciones a Candy por casarte con una buena mujer, es más creo que ella misma te hubiese pedido que fueras feliz.

Creo que Candy aprobaría a Rose. – le dijo Albert con una sonrisa.

Bien, voy a ver a Stear, y a averiguar cómo se llamarán los nuevos inquilinos de la casa, y supongo que a contratar o averiguar quien le ayudará a hacerse cargo de ellos, así como quien le enseñará a entrenarlos.

Richard se ofreció a que enviemos a un mozo para que aprendiera con los hombres que se hacen cargo de sus animales, los cachorros están hasta cierto punto educados, solo hay que saber tratarlos, le dije que tú y yo iríamos junto con Stear y uno de los mozos para así ayudarle al niño. –

Jajajajaj, estás de broma.

No, es tú hijo, y creo que será una buena oportunidad para ambos, además son un par de indefensos cachorros. Sí quieres sacar a Anne de tu vida, y mantener a Stear contento, seguro, y feliz, deberás hacer mucho más de lo que haces como padre, porque si bien, ella no es la madre modelo, la realidad es que a Stear lo ha criado la tía Elroy y la servidumbre y tú y yo hemos estado presentes cuando los negocios nos lo permiten, hablamos del legado de los Andrew, y de la importancia de mantenerlo, pues déjame decirte que hemos errado, el mayor legado de nuestra familia, al día de hoy es Stear, él es la nueva generación, el futuro, y es tiempo de que le demos esa importancia, así que el fin de semana te pondrás ropa práctica, e iremos a aprender junto con él sobre como entrenar ese par de cachorros. – le dijo Albert con voz firme y amable a la vez.

Tienes razón, demasiada razón… voy a ver a mi hijo, y por supuesto que tendré que aprender como apoyarlo con este pequeño proyecto.

No te arrepentirás. – le dijo Albert con una amplia sonrisa.

Ambos hombres salieron un rato al jardín donde Stear ya jugaba con sus beagles, tenía un don nato para los animales, desde la ventana de un elegante salón Elroy Andrew observaba a sus tres hombres, orgullosa de ellos, y sobre todo agradecida al cielo de verlos felices, eso era precisamente por lo que había luchado toda su vida, por su felicidad, y por el legado familiar, que hasta hoy parecían haber todos confundido con los negocios y el dinero, ella misma se había equivocado, pero hoy entendía mejor que nunca, que de nada servía todo eso, si los suyos no amaban y eran amados.

Mansión Grandchester, 9:00 pm. 1923.

Con puntualidad inglesa el gran salón se fue llenando antes de las nueve, la crema y nata de la alta sociedad se encontraba reunida, por supuesto que todos morían por conocer al secreto mejor guardado de la nobleza, la hermosa marquesa, o bueno, los chismes decían que era hermosa, pocos la habían visto alguna vez en realidad.

El ambiente era lujoso, bullicioso, alegre, las mujeres vestían sus mejores galas, el champagne corría, los hombres se veían apuestos, elegantes, y todos esperaban con expectativa.

Un murmullo se levantó alrededor del salón cuando el impecable, guapo y elegante Archiebald Cornwell entró al salón llevando del brazo a una mujer irreconocible, vestida sencilla y anticuadamente, sin una gota de maquillaje y con una simple trenza en el cabello, pero el rumor se hizo peor cuando se dieron cuenta que no era otra que su esposa, Anne Cornwell.

Algunos comentaron el anuncio en primera plana sobre las donaciones a caridad, y como la señora Cornwell había decidido cambiar radicalmente su estilo de vida. Por supuesto que los chismes corrían, y muchos estaban seguros que la recién descubierta piedad de Anne no era más que una fachada para salvar la dignidad, por supuesto que seguiría siendo persona non grata en los salones, y esa noche, a menos que algo radical sucediera, pocos serían los que la saludarían.

Anne se veía pálida, perdida, ausente, lo cual contribuía a los rumores de su falta de control con el alcohol, pero su hijo iba entusiasmado, Elroy Andrew tenía una sonrisa en los labios, e iba del brazo de su amado y apuesto sobrino, quien se veía diferente, había una luz, algo en su mirada. Algo que definitivamente no era usual en él, siempre era correcto, imponente, elegante, pero pocos habrían podido asegurar que era feliz, sin embargo, esa noche, William Albert Andrew se veía más que feliz, cada poro de su cuerpo parecía irradiar de manera insólitamente inexplicable eso que lo había eludido la mayor parte de su vida.

Saludaron formalmente a los conocidos y socios, como una familia, George Johnson también iba con ellos, eran una familia imponente, poderosa, reconocida en el medio, y a nadie le extrañaba su presencia en el lugar, aunque algunos trataban de desenterrar de algún lugar de su memoria la razón por la cual normalmente los Andrew no asistían a las fiestas de los Grandchester, ni viceversa, algo tenía que ver con el bastardo Grandchester… sin embargo, no recordaban, tal vez el mozalbete había sido insolente con la matriarca, o había peleado con los Cornwell en el colegio, después de todo habían asistido al Real Colegio San Pablo todos, o tal vez tenía que ver con la venerada y trágicamente ausente hija adoptiva de los Andrew, lo cierto es que hoy eso no importaba, estaban ahí, y eso aunado a la razón e la fiesta hacía que este prometiera ser el acontecimiento del año.

En lo alto de la escalera, Richard Grandchester apareció llevando de su mano a un pequeño caballerito, que muchos caballeros conocían, pero que pocas damas sabían quién era, lo cierto es que las damas de edad recordaron a otro niño, muy parecido a él, tantos años atrás… pero su mirada era diferente, el otro niño, había tenido una mirada huraña, desafiante, altanera, triste y este, este se veía feliz, miraba confiado a todos lados, sonreía amablemente.

Richard se inclinó para que el niño golpeara su copa con una cuchara de plata y así llamar la atención de los presentes. Un gesto que no pasó desapercibido por nadie, a decir verdad, el orgulloso e imponente Duque Richard Grandcheste había cambiado mucho desde la muerte de sus hijos y la huída de su bastardo, aunque para ser sinceros ninguno de esos dos parecían haber sido los motivos, el cambio había sucedido seis años atrás, justo la edad que debía tener la simpática criatura, tal vez era cierto, que era su hijo y no de Maximiliane, pero la duquesa jamás hubiese permitido una fiesta en honor a la amante del duque bajo sus propias narices, en su propia casa.

Los presentes rieron y aplaudieron ante la gracia del chiquillo, quien regresó escaleras arriba por alguna razón.

Amigos, agradezco su presencia, porque es definitivamente una muestra de su aprecio, aunque seguramente también de su curiosidad. – todos rieron ante su comentario. – Esta noche, es una noche especial, porque tengo el honor de presentar formalmente a dos personas que han llenado este viejo corazón de alegría, muchos han escuchado los rumores, algunos son sórdidos, y esos no los repetiré, pero efectivamente, tengo un heredero, mi sobrino, el hijo de mi hermano Maximiliane, Richard Alexander Grandchester. Él y su madre han llenado mi oscura vida de luz, y esta noche es para presentarlos a ellos, ante ustedes, como mi familia, mis herederos… - dijo mientras un aplauso general llenaba la sala.

Anne observaba furiosa a su alrededor, se sentía humillada, avergonzada, impotente, no había nada que hacer, más que pretender que no le importaba, ser fuerte. Miró a lo alto de la escalera y la observó aparecer, la misma mujer que le había parecido insignificante, llevaba un vestido moderno y atrevido, de color del oro viejo, con pedrería negra, y largos guantes de satín color negro, sus joyas eran exquisitas, llevaba incluso una pequeña tiara de diamantes. La envidia la corroía por dentro. Y juró que se vengaría, de Archiebald, de los Andrew, y por alguna razón, también de ella, aunque no la conocía, ese breve encuentro donde le había recordado su lugar, y sobre todo, el descaro con el que se había ganado el favor de su hijo, hasta un par de cachorros había ahora en la mansión Andrew, y nadie había dicho nada al respecto, pero si esa mujercilla insignificante creía que podía robarle a su marido, estaba muy equivocada, ella era Anne Britter Cornwell, y Archiebald Cornwell Andrew era su mayor conquista, la única mujer podría habérselo quitado se había hecho a un lado creyendo en una hermandad tonta, y ahora estaba muerta, Anne había ganado esa partida, había muerto sola, humillada, deshonrada, justo a tiempo para evitar que los Andrew la rescataran una vez más. Sí ella había podido contra Candice White Andrew, Rose Marie Estelle Grandchester no era rival.

Señores, es un honor para mi presentarles a mi cuñada, y prácticamente mi hija, Lady Rose Marie Estelle Grandchester, Marquesa de Northhampton. – dijo Richard con orgullo ante la hermosa mujer que bajaba la escalera tomada de la mano de su pequeño caballero. – y antes de que comiencen a llegar las invitaciones a bailes , las invitaciones a cenar, y peticiones de cortejo, debo añadir algo más, mi querida Rose, ha encontrado al amor de su vida, un hombre, bueno, digno, honorable, que sin duda la hará feliz, su relación se mantuvo en silencio, porque así lo pidieron, pero esta noche quieren hacer público su compromiso, y yo tengo el honor de anunciarlo, aunque con ello rompa el corazón de hombres y jovencitas. Lord William Albert Andrew, me ha pedido un momento para profesar delante de todos ustedes su devoción. – la sala estalló en murmullos, eso era inaudito, increíble, incomprensible, inesperado.

Anne Cornwell se quedó sin aliento, le costaba respirar, era simplemente una pesadilla, ella era la futura matriarca, no, esa francesa que sabría Dios de donde vendría. Todo comenzó a volverse borroso. La ira y la envidia la corroían por dentro, volteó a ver a su esposo, y a Madame. Elroy, no había sorpresa en sus rostros, sino una enorme sonrisa.

Anne veía rojo de la furia que la consumía, esa mujerzuela advenediza no solo le quitaba su posición en la familia, sino que anulaba toda posibilidad de hacer caer a William en sus redes, y así obtener lo que quisiera de él, conocía perfectamente el carácter del patriarca, si estaba por casarse era solamente por amor, para él no existían los matrimonios convenientes, ni las alianzas comerciales, amaba a esa insignificante mujer, y eso hacía que Anne sintiera como el ácido se vertía en su estómago.

Anne Cornwell una vez hace muchos años había ganado la guerra en contra de una huérfana del hogar de Ponny que creía que era su hermana, esta estúpida y pelirroja francesa no sería obstáculo para sus deseos, esta batalla apenas comenzaba, y como siempre, ella, la irresistible y abnegada Anne sería la única vencedora, y por lo tanto la única que sería llamada Sra. Andrew.

Vieron al inconquistable patriarca caminar con una gran sonrisa con su mirada fija en ella como si solo ellos dos existieran en la habitación, enamorado, embelesado, como nunca lo habían visto.

Se acercó y con una sonrisa besó la mano de Rose, agradeció al duque, saludó a Alexander y se puso de cuclillas a la altura del niño. Causando el suspiro de admiración y el murmullo entre los presentes.

Alexander, esta es una noche especial, y aunque en todo formalismo debo pedir el permiso de tu tío, no quiero dejar de pedir el tuyo, Alex, quiero casarme con tu madre, y darles a ti y a ella un hogar, hacerlos felices, cuidarlos…

¿Llevarnos de paseo? – preguntó el chiquillo con picardía? – que hizo que los presentes rieran ante la inocencia del niño.

Claro, llevarlos de paseo, pero, sobre todo, amarlos, y cuidarlos, para siempre. ¿me concedes el permiso de casarme con tu madre? – preguntó Albert con seriedad.

Ninguno de los presentes podía atreverse a catalogar de ridícula la petición del patriarca a Alexander, ciertamente en su mundo los niños o eran para ser vistos ni escuchados, pero había algo magnético en ese pequeño. Y en el acto de humildad y cariño del guapísimo hombre.

Para las personas cercanas no pasó desapercibido que los hermosos ojos color esmeralda de la marquesa estaban húmedos con lágrimas ante la escena.

Sí, si ella te acepta. – contestó el chiquillo con un guiño para Albert, y una sonrisa luminosa para su madre. Por fin tendría un padre.

Gracias Milord. – le dijo con una sonrisa regresándole el guiño.

Albert hincó una rodilla en el suelo y sacó de su bolsillo un lujoso estuche de terciopelo color azul marino. Tomó la mano de la hermosa marquesa y le dijo.

Lady Rose Marie Estelle Grandchester, ¿me harías el honor de hacerme el hombre más feliz del mundo y aceptar ser mi esposa? – preguntó con esa sonrisa seductora y profunda voz que hizo que más de una mujer sintiera que algo sucedía dentro de ellas.

Sí Lord William Albert Andrew. – le dijo ella con propiedad acompañada de una sonrisa pícara y coqueta.

Él sacó de la caja la hermosa joya.

Este anillo ha sido pasado por generaciones en mi familia, y hoy quiero que sea tuyo, como símbolo de mi amor, por ti. – dijo con sencillez, y con el corazón en la mano. Era una magnífica pieza de esmeraldas, zafiros y diamantes.

Algunos de los presentes suspiraron audiblemente, las mujeres sabían que cuando se casó con Evelyn Vanderbilt le había comprado un lujosísimo anillo de diamantes, pero no le había regalado la reliquia familiar, que según se contaba había pertenecido a la mismísima María Estuardo, Reina de Escocia, y parienta lejana de los Andrew.

Después de poner el anillo en su mano, Albert la tomó en brazos para besarla levemente en los labios, la concurrencia estalló en aplausos, y él la tomó de la mano para llevarla al centro del salón, y abrir el baile, una orquesta fue revelada, y los suaves acordes de un magnífico vals llenaron el aire. Eran perfectos, y estaban tan enamorados.

Un fotógrafo captó la imagen y los titulares de los diarios internacionales gritarían a los cuatro vientos la historia de amor de la pareja.

Después del baile, hubo que aceptar con gracia las felicitaciones de los presentes, sonreír, asentir, y contestar preguntas perfectamente sincronizados.

Cuando cada uno presentó sus respetos, Albert tomó de la mano a Rose, para llevarla a la terraza por un momento. Se aseguró de que no hubiera nadie, y de hacer señas a sus guardias para que no permitieran la entrada de nadie al lugar mientras estaban ahí. La envolvió en sus brazos y la besó con profundidad y pasión.

Te ves hermosa. – es casi imposible pensar con claridad teniéndote a mi lado con ese vestido, le dijo casi sin aliento después de besarla.

Tú te ves increíblemente guapo. –

Ella le regresó el beso. Estaban a solas, por fin a solas, bailar había sido maravilloso, pero se sabían observados, y debían mantener la distancia decorosa, pero aquí, por fin eran solo el uno para el otro.

No puedo creer que al fin seré tu esposa, que podemos estar juntos, gritando a los cuatro vientos que nos pertenecemos, esto es definitivamente mi sueño hecho realidad. – le dijo ella con un suspiro feliz.

Mi amor, princesa, no tienes idea, y a decir verdad quiero que el tiempo pasé pronto y poderte llamar mía en toda la extensión de la palabra, raptarte y dedicarme a consentirte, a mimarte, a presumirte, en verdad me haces el hombre más feliz del mundo amor mío.

Gracias por lo que hiciste con Alex, Albert, no tengo palabras para explicarte lo que sentí, al ver su carita iluminarse.

Será nuestro hijo, él podrá ver en mí a un padre, y seremos una familia, le pedí a George que arreglara los papeles para adoptarlo legalmente, espero que no te moleste.

Me dejas sin palabras Albert, tu amor, tu generosidad, la contundencia de tus actos, hay una parte de mi que se arrepiente de haber huido, si no fuera por mi cobardía hace mucho que podríamos haber sido felices. – le dijo ella bajando la mirada.

Princesa, por favor no pienses en ello, disfrutemos del hoy, y del mañana, el ayer, sus razones tuvo, y al final del día, el destino volvió a reunirnos, de esa maravillosa forma en la que siempre lo hace, con ese hilo invisible que nos reúne al final del camino, sin importar que tan lejos hayamos estado, amémonos, seamos felices, tengamos lo que la vida nos negó por años, una familia propia, juntos, quiero que seas la madre de mis hijos, el amor de mi vida, mi compañera y amiga, ya lo eres…

Jajajajaja, ¿hijos?

Claro, quiero tener hijos contigo, hermosas niñas y apuestos caballeritos… cuatro, una familia grande, que no tengan que crecer solos, sino que sea un bullicio constante… - le dijo con la mirada perdida en el futuro. - ¿Qué piensas?

Me encanta, seríamos una gran familia, esa gran familia que no tuvimos cuando crecíamos… bueno, yo tuve a los chicos del hogar… pero…

Shhh… no pienses en el pasado, solo en el futuro… - le dijo besándola nuevamente de tal forma que era imposible seguir recordando, solo quedaba abandonarse a las sensaciones, al amor, a la calidez de sus labios sobre los suyos, y luego recorriendo suavemente un camino por la delicada piel desnuda de su cuello, mientras sus manos cálidas trazaban círculos en su espalda desnuda, haciendo que su piel se estremeciera…Albert era un hombre apasionado, arrebatador, fieramente masculino, y Rose, Rose nunca había sido amada con tanta intensidad y veneración, sintió como el calor recorría su cuerpo, y como su respiración se aceleraba, lo deseaba tanto como él la deseaba a ella.

Albert hizo acopio de autocontrol cuando la escuchó gemir bajo por las caricias que sus labios propiciaban a su cuello, la amaba, y la deseaba con cada fibra de su ser, pero jamás la humillaría ni le faltaría el respeto tomándola ahí mismo, Rose era su tesoro, su mayor tesoro, y el día que la hiciera su mujer sería de una forma exquisitamente sublime, sin prisas, con veneración, pasión, tratándola como lo que era, una diosa.

Se apartó un poco y la abrazó, esperando que sus respiraciones recuperaran el ritmo y sus corazones se desaceleraran, cuando por fin sintió que se relajaban con el frío aire de la noche le dijo:

Debo llevarte a que conozcas formalmente a mi familia, ¿estarás bien?

La tía Elroy sonreía, ¿quieres explicarme eso?

Está feliz por nosotros.

¿Por qué soy una marquesa?

Porque me haces feliz, sé que lo que conociste de mi tía no fue su lado más amable, pero, cuando supo qué tú me habías rescatado, y se dio cuenta de que estaba enamorado de ti, ella misma me pidió que fuera por ti, que te llevara de regreso a Chicago, ella sabía que te iba a llevar conmigo como mi esposa… dale una oportunidad, no sabe quién eres, pero sabe cuánto te amé y cuanto te amo.

Albert, es tu tía, y cuando Anthony y Stear vivían, hace toda una vida, alguna vez anhelé que me aceptara, y que me amara, si esta es mi oportunidad la tomaré.

Gracias, princesa. También deberás saludar a Anne, Archie y George.

No te preocupes por mí, estaré bien en lo que respecta a Anne, y haré mi mejor esfuerzo por no abrazar a George ni a Archie.

¿Lista entonces?

¿Un beso más para darme valor?

Albert no se hizo del rogar y tomó sus labios una vez más entre los de él, después la tomó de la mano y la llevó dentro del salón.

Localizó a su tía sentada conversando agradablemente con el duque, Archie y George también se encontraban ahí y una mujer que podría pasar por la dama de compañía de Madame Elroy.

Familia. –

William, justo nos preguntábamos dónde se habían metido. – le respondió Elroy, percatándose de inmediato que la pareja de la noche enrojeció ante su comentario.

Si gustan podemos pasar un momento a la biblioteca. – les dijo el duque, discretamente dando instrucciones a su personal. Lady Vivian le sonrió indicándole que ella se haría cargo mientras él se ausentaba.

Una vez que entraron a la biblioteca Richard los invitó a sentarse. Albert Y Rose permanecieron de pie. Y Albert tomó la palabra.

Tía, Archie, George, quiero presentarles formalmente a mi futura esposa Lady Rose Grandchester. – dijo omitiendo a Anne apropósito, y usando el título más que nada por ella. – Princesa, ella es mi tía Elroy Andrew, mi sobrino Archiebald Cornwell, y mi amigo, mentor y mano derecha George Johnson.

Un placer conocerlos y recibirles en casa. – respondió ella amablemente y con porte de reina. Hizo una reverencia en deferencia a Elroy y sonrió a los hombres.

Lady Rose, el honor es nuestro, y espero no dudes en llamarme tía, ya nos iremos conociendo. Pero debo decir que ver a William feliz es suficiente testimonio de la mujer que eres. – le dijo con cariño inesperado en la voz, observándola de cerca, ahora con el rostro descubierto, Elroy sabía que su apreciación había sido correcta, era una mujer hermosa, y sabía que habiendo sido escogida por su sobrino seguramente era toda una joya de mujer. No pudo evitar notar sus ojos verdes, y rasgos finos, en parte ahora entendía porque William se había prendado de ella, solo esperaba que ese embelesamiento durara y se convirtiera en amor.

Gracias, tía. Y por supuesto que espero que vayamos conociéndonos un poco más. – le dijo con una sonrisa franca.

Lady Rose, es un placer saludarla de nuevo, y debo decir que al igual que mi tía estoy feliz por Albert. Por favor llámeme Archie. – le dijo con una sonrisa mientras besaba galantemente su mano, y omitía deliberadamente a su esposa, quién estaba sentada en absoluto silencio, como mera espectadora.

Gracias Archie. Sra. Cornwell. – respondió con una luminosa sonrisa para el primero, y una leve inclinación de cabeza para la segunda, Anne apenas respondió, estaba furiosa, pero sabía que no podía hacer una escena en ese momento ni en ese lugar.

Lady Grandchester, a sus pies, y a su servicio. – le dijo George con formalidad.

Por favor llámame Rose, y muchas gracias, Albert me ha hablado mucho de usted, a decir verdad, de todos ustedes, y estoy emocionada de conocerlos. – dijo con sencillez y una sonrisa arrebatadora que logró arrancar una sonrisa abierta del adusto hombre.

Elory me decía que tal vez te gustaría pasar un tiempo con ellos en su villa en Escocia, Rose. Pero por supuesto le respondí que era como tú quisieras. Por lo pronto este fin de semana estamos invitados a la mansión de los Andrew. – comentó Richard.

Muchísimas gracias Tía… - respondió ella volteando a ver a Albert.

Lo platicaremos tía, y decidiremos que queremos hacer.

Bien, creo que debemos volver a la fiesta, y dejar la conversación para otro día, ya nos hemos ausentado por un rato, bienvenida a la familia Rose, estoy segura de que serás una digna representante de los Andrew, así como lo eres de los Grandchester, hija. – le dijo con una sonrisa, y fiel a su forma de ser y convenciones.

Cuando salieron de la biblioteca un par de torbellinos chocaron con las faldas de Elroy Andrew, y Rose contuvo el aliento por un momento, dispuesta a intervenir de ser necesario en favor de su hijo y de Stear.

Ambos jovencitos voltearon a ver a la adusta matriarca, pero en ninguno de los dos había miedo, eran chiquillos felices y confiados, además Stear adoraba a su tía abuela.

Lo siento tía abuela. – le dijo con una sonrisa y lanzándole un beso.

Yo también Madame Elroy. – Complementó Alexander con una mirada arrepentida.

Esta bien niños, solo fíjense por donde corren. – les dijo en tono calmado la anciana.

¿Tía, como Alex va a ser mi primo, también puede ser tu sobrino? – preguntó Stear con la candidez de su edad.

Por supuesto, Allistear. Alexander, espero que me llames tía, y que sigas teniendo modales exquisitos.

Gracias tía, y cuidaremos por donde corremos. – le dijo el niño con chispa en su mirada color verde que le recordó a la anciana a otra niña igual de atrabancada y simpática, aunque para ella no lo había sido en ese entonces. Por supuesto los niños corrieron hacia otro lado perseguidos por las nanas, y el grupo de los Andrew se mantuvo junto por un momento más.

Lady Vivian se acercó a saludarlos con su amable sonrisa, y seguida de una exquisita mujer de cabellos castaños y espigada figura, vestía de color vino, sus rasgos eran finos, su porte elegante y tranquilo, y sus hermosos ojos color avellana brillaban con bondad. Se acercó con paso firme a la familia que alguna vez había pensado sería suya, pero el destino había decidido otra cosa, ahora la ausencia ya no pesaba, todo era un hermoso recuerdo, Patricia O´Brian había sanado su corazón.

Madame Elroy, es un placer saludarla de nuevo. – le dijo la joven mujer con elegantes y modulados tonos.

Por Dios Patricia, te ves hermosa, niña, y por supuesto que también es un gusto saludarte. – le respondió Elroy con sorpresa, no era para nada la tímida jovencita que apenas podía decir dos palabras seguidas.

Patricia se ruborizó un poco, y tal vez se lo imaginaba, pero Archiebald Cornwell no podía quitar su vista de ella.

Patty, te ves hermosa. – le dijo con genuina admiración en ese tono galante que nunca había usado con ella. Y se acercó para abrazarla con efusividad. Archiebald Cornwell estaba gratamente sorprendido.

Archie. – le dijo ella a modo de saludo.

Patty, debo decir que concuerdo con mi tía y mi sobrino, te ves simplemente encantadora. – le dijo Albert mientras besaba su mano.

Albert, es bueno verte sonreír, supongo que se lo debemos a Rose.

Así es, todo es gracias a esta hermosa mujer. –

Felicidades. – les dijo mientras envolvía a Rose en un abrazo, al parecer eran íntimas amigas. - ¿Dónde está Alex?

Correteando en algún lugar con Stear. – le respondió Rose sin pensar en las implicaciones, Patty volteó a ver a Archie con adoración.

Lo llamaste Stear.

Sí, y es un vivo retrato de mi hermano, ven vamos a buscarlos para que lo conozcas en persona. – le dijo ofreciéndole su brazo, y pasando por alto que Anne no se había acercado a saludarla. Se perdieron entre la multitud, riéndose a carcajadas seguramente con una memoria compartida.

Rose observó a Anne por un momento, estaba ahí sentada, en silencio, se veía sola, triste, y por un momento su corazón dio un vuelco, al pensar en su compañera de la infancia en la niña que ella había llamado su hermana y amado con todo su ser.

Disculpe que no le presenté a mi amiga sra. Cornwell. – le dijo con un dejo de simpatía en la voz.

No era necesario Lady Rose, Patricia O´Brian y yo nos conocemos de mucho tiempo atrás, simplemente ya no nos dirigimos la palabra, sin embargo, mi esposo no lo sabe, después le comunicaré mis razones. – le dijo con dignidad y hostilidad apenas disfrazada.

Bien, entonces la dejo Sra. Cornwell. Si gusta, hay una capilla al fondo del jardín, donde sin duda puede comenzar a practicar su recién adquirida piedad, si mal no recuerdo, el perdón es una de las bases de nuestra religión, y la otra es el amor al prójimo, de nada sirve llevar el atuendo, si no se practican las virtudes también. – le respondió Rose en el mismo tono. Rose estaba decidida a no permitir que nadie la tratara mal, y si Anne quería que esa fuera su actitud para con ella, así sería, además había algo raro, debía preguntarle a Albert, pero no lo haría esa noche, esa noche era suya y de su príncipe.

Anne se quedó sola el resto de la noche rabiando ante las palabras de Rose, y sin poder responderle, la forma en la que la había mirado, de arriba abajo, despreciando su sencillo vestido y su peinado sin gracia, mientras ella parecía una princesa.

Nadie en el lugar le dirigía la palabra, y se sentía tan invisible como parte del mobiliario o peor aún de la servidumbre, entre el montón de mujeres elegantemente vestidas, su marido, no había regresado a su lado, sino que se había quedado al lado de Patricia.

Bajo el manto de protección que el ser la mejor amiga de Lady Rose, y el haber sido prácticamente la cuñada de Archie le proporcionaba, Patricia O´Brian, podía disfrutar de la compañía de Archiebald Cornwell sin temor a los rumores, Archiebald fue extremadamente galante, e incluso compartió más de un par de bailes con ella, rieron toda la noche, a veces solos, pero la mayor parte del tiempo acompañando a Albert y a Rose, o bien platicando con la tía abuela, y con otros matrimonios jóvenes. Stear no se despegaba del lado de su recién descubierta tía, y en algún momento, incluso se quedó dormido en su regazo, mientras Patty platicaba con la familia. Como una más, encajando mucho mejor de lo que ella, nunca había podido hacerlo, y haciendo sonreír a Archiebald, de una manera que ella, su esposa, nunca había logrado.

Anne veía desde su esquina, ajena a todo aquello, recordó la causa de su separación de Patty, poco después de la muerte de Stear.

Mansión Britter, 7 años atrás.

¿Cómo pudiste?

Hice lo que tenía que hacer, tú y yo sabemos que el que ella regresara no era la mejor opción.

Le clavaste un puñal por la espalda, a ella que te amó como su hermana, ella que sacrificó su futuro por ti.

Nadie le dijo que fuera de ramera a revolcarse con Terry.

¿Te estás escuchando? Tú misma pretendes acostarte con Archie para que se case contigo, ¿qué derecho tienes de juzgarla?

Yo soy una señorita, una dama de sociedad. No tenemos comparación.

Tienes razón, jamás la han tenido, Candy era buena, la mejor amiga, bondadosa, sencilla, capaz de dar todo por quienes amaba, y tú, tú solo eres egoísta, manipuladora, te crees merecedora del mundo, y ahora, después de su muerte, y de la de Stear vienes a mí, buscando que te apoye, que te ayude a aliviar tus culpas…

Stear también estaba enamorado de ella. – le dijo con veneno en la voz.

Anne, todos estábamos prendados de ella, la amábamos, pero el problema contigo es que nunca pudiste entender porque, y preferiste malinterpretar todo.

Él se despidió de ella, y no de ti. – le gritó en su cara, la verdad que sabría le dolería más.

Patty la vio en silencio mientras las lágrimas corrían por sus ojos.

Definitivamente, no vale la pena seguir escuchándote, espero que te arrepientas, y te conviertas en una buena mujer, porque Archie no se merece una arpía por esposa. – le dijo dando media vuelta y saliendo de la mansión Britter para nunca regresar.

Cuando por fin se despidieron, Anne Britter, se acercó a Patricia, discretamente, aprovechando que se encontraba sola.

Así que no puedes conseguir a tu propio hombre, y por eso vienes a robarme el mío.

Anne, no se puede robar lo que ya no te pertenece, te lo dije hace años, Archiebald no merece una arpía por esposa, y al parecer ya se dio cuenta de ello. –

Es mi esposo, y tú serás una cualquiera si le sigues el juego.

Querida mía, aquí, la única cualquiera eres tú, ¿acaso crees que tu promiscuidad no es un secreto a voces? Estoy segura qué más de una buena matrona estará feliz de ver a a Archiebald Cornwell al lado de una mujer que valga la pena, y comprenderá, que el pobre decida buscar una buena mujer como madre de su hijo, porque según dicen tú ni para eso has servido. – le dijo sin darle oportunidad de réplica, ya que Archie llegó justo en ese momento, para acompañarla hasta su auto.

La velada fue fantástica, por supuesto que Lady Rose Grandchester fue un éxito y la envidia de las mujeres, y los hombres, los hombres envidiaban a William Andrew, pero eran realistas, ninguno era competencia para él, además la adoración del uno al otro era evidente, no había nada que hacer ahí.

Hacia el final de la noche, cuando habían cumplido con sus deberes Albert y Rose caminaban tranquilamente por el jardín antes de despedirse, tomados de la mano, hablando de todo y de nada, estaban cansados, pero no querían separarse.

Quisiera que te quedarás conmigo esta noche. – le dijo ella sin importarle si sonaba atrevida.

Princesa, te amo, y aunque eso me haría muy feliz, me hace más feliz darte tu lugar, respetarte, y cuidarte. – le dijo cariñosamente provocando que ella enrojeciera ante el atrevimiento que había tenido.

Albert... yo… - intentó decirle, bajando su mirada avergonzada.

No princesa, no tienes nada de que avergonzarte, también te deseo, y anhelo que duermas entre mis brazos… y por supuesto no quiero separarme de ti, te amo…debo irme, pero tengo una sorpresa para mañana, o más bien, para al rato, regreso por ti a eso de las 4 de la mañana, ¿te parece?

¿Qué haremos? – le preguntó ella con la curiosidad de chiquilla intacta.

Es una sorpresa mi amor. Usa ropa cómoda. – le dijo mientras reclamaba sus besos posesivamente, y la pegaba a su cuerpo seductoramente. Rose recorrió su fuerte espalda con sus delicadas manos, abrazándolo, fundiéndose con él de forma deliciosa.

Puerto de New York, 1923.

Un apuesto hombre de cabellos oscuros y porte elegante leía los titulares de uno de los periódicos del reino, su guapo rostro se deformó con ira, apretó los puños, mientras en sus ojos ardía el mismo infierno, la imagen no era muy clara por supuesto, pero él se veía feliz, él que le había arrebatado todo, él que lo había amenazado, y quién un día había pretendido robarle a su mujer, se le había adelantado de nuevo, y anunciaba su compromiso con la mujer que él mismo iba dispuesto a conquistar, la mujer que era la solución a todos sus problemas, por supuesto, que él, Terrence Grandchester, no iba a permitir que William Albert Andrew fuera feliz.

Él barco anunció la última llamada, y él tomó su maleta y su boleto de segunda clase, y abordó el barco con la sed de venganza devorándolo por completo.