Hola chicas, se que ha pasado mucho tiempo, meses desde mi última publicación y mas de un año desde que esta historia fue actualizada. Además por alguna razón no me llegan los correos de sus comentarios, pero, la semana pasada me di cuenta que si los ha habido, y lo agradezco profundamente. En un inicio quise reeditar la historia, porque encontré algunos problemas de fechas, pero la verdad es que no he tenido mucho tiempo y prefiero publicar algo nuevo a re-publicar algo que ya leyeron, tal vez en otra ocasión me daré tiempo de hacerlo.

No sé si publicaré por semana, porque tengo muchísimo trabajo, pero aquí les dejo un capítulo largo, y espero en unas dos semanas tal vez, dependiendo de como avance publicar el siguiente.

Mil gracias por su paciencia, de antemano me disculpo por los clichés o similitudes con otra de mis historias, pero, nacieron al mismo tiempo, y de alguna forma hay partes en dnd parecen cruzarse, espero de todas maneras poder brindar un poco de entretenimiento y tiempo de fantasías a cada una de ustedes.

Les mando un afectuoso abrazo.

Bendiciones.

KeyAg.

YNTE 21

Londres, 1923.

Muy temprano en la mañana, cuando el sol aún ni siquiera rayaba el cielo, apenas unas cuantas horas después de haberse separado, Rose tomó la mano de Albert para subir al auto de él.

¿A dónde vamos? – le preguntó ella curiosa.

Te dije que era una sorpresa. |

Pero, Albert… le respondió ella con un puchero reflejo de antaño.

Sigues siendo igual de curiosa.

Lo siento, no puedo evitarlo… ¿Nos dará tiempo?

No te preocupes princesa, regresaremos at tiempo para el té que acordamos tener con mi tía. Detrás de ti, en un termo hay café y pastelillos, por supuesto que no osaría despertarte tan temprano y no alimentarte. – le respondió él con un guiño travieso.

¡Albert! – le reclamó ella con una mueca de antaño, que hacía muchos años que no aparecía en su rostro.

Vamos, amor, no te enojes, son de chocolate. – le dijo mientras ella destapaba la caja y aspiraba con placer.

Te perdono, pero no pienso compartirte ni uno solo.

Jajajaja, eso ya lo sabía, solo te daba un pretexto para no hacerlo. – le dijo con una sonrisa enorme en su rostro, definitivamente uno de los placeres de su vida era hacerla feliz.

Albert condujo por un tiempo hacia las afueras de Londres, Rose, aunque cansada por la noche anterior, iba emocionada, feliz de ir a su lado, expectante de aventura, ilusionada por los acontecimientos de la noche anterior. Por el futuro delicioso que se vislumbraba en su horizonte.

40 minutos después Albert se estacionó junto a una hermosa y sencilla cottage típica de la campiña inglesa, era una propiedad sin pretensiones, bien cuidada, parecía sacada de un cuento de hadas asentada en medio de un pequeño bosque de ensueño, rodeada de sauces llorones, y con un simpático riachuelo corriendo cerca de ella.

Es preciosa. – le dijo ella casi sin aliento ante tanta belleza.

Es mi refugio personal, y quería compartirlo contigo esta mañana. –

Me recuerda un poco a la cabaña en Lakewood, sé que ni siquiera se parece, pero verte así, informal, tranquilo, despreocupado, en medio de tanta naturaleza me hace recordar ese tiempo. –

¿Cómo crees que me siento yo cuando te veo así? sencillamente vestida en jeans, con esa camisa de cuadros, y tu cabello trenzado, si lo hubieses recogido en dos coletas, y teñido de rubio de nuevo, pensaría que eres una chiquilla nuevamente.

Jajajaja, esas infames coletas, Dios, gracias al cielo ya no soy esa niña. – le dijo con esa elegancia adquirida en esos años, y su mejor tono de voz inglés con acento francés, ahora era parte de ella, y no podía dejarlo ir y venir porque terminaría por revolverse, y a Albert le parecía simplemente encantador.

Preciosa, debemos montar un poco para que puedas ver lo que quiero que veas. – le dijo enigmáticamente.

Con paso seguro se dirigió a los establos, de dónde sacó un soberbio caballo color gris plata. Rose lo observó, apuesto, gallardo, con esa gracilidad y fluidez que lo caracterizaba, vestía como antes, jeans, sweater y su vieja chaqueta, era verdaderamente Albert, su cabello un poco más despeinado e incluso se veía un poco más largo. Lo contempló deliberadamente, y a placer, era un hombre exquisito, un príncipe de carne y hueso, que la amaba, ¿qué más podía pedir?

¿Te importaría si montamos juntos? – le preguntó sacándola de sus cavilaciones.

Jajajaja, ¿cuál crees que es mi respuesta? – le respondió ella coqueta.

Que me amas y no puedes estar ni un segundo lejos de mí. – Rose sintió como él la atraía a él y la besaba sin soltar las riendas del brioso animal.

Por supuesto que quiero montar con mi príncipe de la colina. – lo embromó ella traviesamente.

Te presento a Sir Gawaian. – el orgulloso equino parecía consciente de que hablaban de él y se mantuvo quieto para que ella pudiera acercarse.

Es bellísimo, Albert. – Rose acariciaba suavemente la crin del animal. - ¿aquí traes a todas tus conquistas? – le preguntó de pronto con fingida seriedad.

¿Celosa? – contraatacó él con esa profunda voz masculina que electrizaba su cuerpo.

La forma en la que te miraban ayer… - antes de que ella pudiera terminar la frase él tomó su barbilla para hacerla mirarlo a los ojos y con absoluta sinceridad le dijo.

Este es mi refugio personal, el único lugar donde me he permitido ser yo nuevamente, Lakewood y Chicago después de que te perdí simplemente se volvieron insoportables, solo eran lugares donde debía fingir, hacer dinero y ser todo lo que se espera de mí… este lugar era mi escape, donde finalmente soy Albert, donde me sentía libre de seguirte amando y recordando, no podía permitirme ser descubierto, por eso quiero compartir este lugar contigo, ahora que te he recuperado tiene sentido que vengas conmigo, Candy debes saber que nunca he amado a otra mujer como te amo a ti. Así que no tienes por qué estar celosa, de ninguna mujer… nadie nunca ocupó ese lugar especial en mi corazón, no pretendí volver a casarme, hacer una familia no estaba entre mis planes y ese puesto de patriarca hubiera sido para Stear. Sabes que nunca creí ser verdaderamente feliz nuevamente, ya lo había intentado una vez y no funcionó… solo contigo me siento completo, puedo ser William el implacable hombre de negocios, pero al mismo tiempo el sencillo trotamundos que te ama, soy un hombre dividido, pero solo tú le das sentido a todo esto, me vuelves uno y estoy seguro de que me entiendes mejor que nadie. –

No cabía duda de que él confesaba con el corazón en la mano, y Candy se conmovió hasta los huesos, por supuesto que lo entendía y mejor que nadie lo que era ser dos mujeres en una sola y en todos los aspectos estar enamorada de ese magnífico hombre.

Albert, mi amor, por supuesto que sé lo que es vivir vidas paralelas, ansiando unas cosas, orillado vivir otras, ocultando tus verdaderos sentimientos, amor mío, en verdad lamento todo lo que hice, mis errores, no solo casi me cuestan la vida, en verdad casi me cuestan lo único real, verdadero, auténtico que he tenido, te amo, te he amado siempre… y fui tan tonta, por perseguir utopías cuando juntos ya teníamos un verdadero hogar, me equivoqué de tantas formas, que aún estoy pagando las consecuencias de mis errores. Cuando creí saber que era el amor, la vida y mi corazón me enseñaron cuan equivocada estaba, en los momentos de mayor soledad, cuando tenía que vivir conmigo misma y con el peso de mis decisiones, supe que te amaba, le abrí las puertas a eso que en verdad siempre he sentido por ti, un amor que ha pasado por todas las facetas que transitan los sentimientos, que ha madurado, se ha hecho fuerte y que nunca ha muerto a pesar de los años de ausencia de ti. Albert, amor, se lo que es vivir dos vidas y en ambas amarte como lo hago, eres lo más hermoso que he tenido siempre, tú y mi hijo son todo lo que tengo y te juro que de poder regresar el tiempo escogería haberme quedado a tu lado y ser simplemente Candy y Albert, la enfermera y el vagabundo, hoy sé que mi felicidad únicamente depende de ti y estar a tu lado es lo que le da sentido a esto que soy, dos mujeres, dos mundos que te aman con locura. A tu lado puedo reconciliarlo todo, habitar en la piel de Rose y ser Candy, tu Candy.

Alberto tomó su barbilla, escucharla confesar que él era el amor de su vida henchía su corazón de orgullo. La miró a los ojos en silencio por un momento, sin pensarlo, o dudarlo ella se colgó de su cuello y lo besó dulcemente, eso era justamente lo que había querido escuchar, que él la amaba, como no había amado a nadie más.

Vamos, debemos darnos un poco de prisa. – le dijo él rompiendo renuentemente el abrazo.

Albert la ayudó a subir tomándola por la cintura para ponerla en la parte delantera de la silla y después montó detrás de ella, abrazándola mientras tomaba las riendas. Su fresco perfume floral inundaba sus sentidos, y su masculina loción la hacía sentir a ella en el paraíso. La electricidad cargaba el aire, los sentimientos estaban a flor de piel, era como vivir un sueño, tal vez solo era eso, un sueño, y si lo era, ninguno de los dos quería despertar.

Candy suspiró y recargó su cabeza en el pecho de él mientras observaba la majestuosa naturaleza a su alrededor, su corazón se henchía de amor y no podía contenerse, se pegó más a él, disfrutando de su calor, de su cercanía, y en medio de un suspiro confesó lo que ansiaba gritar a todo pulmón.

Te amo Albert. – su mirada verde esmeralda fija en la de él. El guapo rostro masculino se iluminó con una sonrisa dichosa y después de un breve beso respondió casi sin aliento.

Y yo a ti princesa. -

Cabalgaron por el mágico paisaje disfrutando de la compañía en silencio, escuchando el despertar de los pájaros, el llamado de la naturaleza, los ciervos, iban al paso del caballo, tratando de no interrumpir la paz matutina, sino más bien volviéndose uno con la armonía del lugar.

Subieron una suave colina, en cuyo centro había un enorme árbol. Albert descendió y la tomó en brazos para ayudarla a hacer lo mismo.

¿Te recuerda a algo? – preguntó suavemente.

Jajajaja, ¿Cuántas colinas de Ponny puedo tener? – el sonido de su risa cristalina y la dicha que sin duda la envolvía era música para sus oídos.

Todas las que quieras, aunque sé que ninguna amarás como la original, y ningún otro árbol puede ser el padre árbol, debo confesar que este lugar me recordaba a ti, por eso adquirí la propiedad.

La mirada de ella vagó por los verdes alrededores, perdida en sus recuerdos, en las memorias de una vida que ya no era la suya, la vida que voluntariamente había rendido por amor a su hijo. Titubeante trató de poner en palabras lo que nunca se había atrevido a expresar, sabiendo que él único que podría entenderlo era Albert.

La colina de Ponny… parece… que todo eso sucedió hace toda una vida. Richard estableció un fideicomiso para ellos, y yo me escribo con la señorita Ponny y la hermana María, como Rose Grandchester, no podía olvidarlas, aunque claro regresar a verlas era imposible, ellas me hubiesen descubierto de inmediato, tal como tú lo hiciste. – en la mirada de él había comprensión.

Lo sé, también yo establecí un fideicomiso para ellas… - le confesó él.

Te adoran, escriben sobre ti, y lo maravilloso que eres, aunque claro, se lamentan que no vayas a verlas desde hace algunos años. -

Tendremos que remediar eso… - le dijo él con una sonrisa.

No puedo regresar… - de pronto la tristeza y la solemnidad embargaban el lugar, pero con un optimismo que creía perdido Albert le dio esperanza.

Todo es posible en esta vida mi amor, y yo me encargaré de que tus imposibles se vuelvan posibles. – le dijo con cariño en la mirada, y después le preguntó - ¿Aún recuerdas como trepar? – su sonrisa coqueta, su fuerte presencia levantaron los nubarrones, y ella rio una vez más.

Jajajaja, ¿tú que crees? El último en llegar preparará el desayuno. – le dijo con una sonrisa traviesa ella, mientras pasaba corriendo a su lado para tomar impulso y alcanzar la primera rama.

Albert la observó hipnotizado, la habilidad estaba ahí, intacta, su fogoso espíritu aún vivía, y su ánimo de aventura, era más que evidente. Aunque ahora su silueta no era la de una chiquilla, y sus movimientos si bien hábiles eran mucho más elegantes y controlados, era simplemente cautivante, su amada, su princesa, su mujer, aún no en cuerpo, pero su alma le pertenecía, y era una con la suya.

Le dio ventaja y después la siguió con la misma habilidad, y destreza, ella ya se hallaba en la rama más alta, disfrutando del espectáculo que era verlo trepar, convencida de que no había nada mejor que estar a su lado, cuando por fin se sentó junto a ella y pasó su brazo sobre su hombro ella simplemente pudo emitir tres palabras.

Es magnífico Albert. – la voz de la joven mujer estaba cargada de ensoñación.

Siempre que vengo aquí pienso en ti, una y mil veces soñé con compartir esto contigo, y ahora que te tengo de vuelta no podía esperar más, además en unos minutos podrás ver salir el sol por aquel lado en un espectáculo simplemente sublime. - Le dijo señalando hacía él este. Como si la confesión de su amor eterno no fuese más importante que la salida del sol.

Yo he pensado en ti cada día que hemos estado separados, creo que todo me recuerda a ti, el olor a café, el sabor de las tostadas, las naranjas, trepar un árbol, un río una cascada, tu recuerdo está intercalado con cada momento de mi vida, de tal forma que por seis años no he dejado de pensarte, sin que yo lo supiera te pertenecía mucho antes de siquiera poder admitirlo.

La energía que los rodeaba era magnética, sus corazones latían a la par, sus almas estaban sincronizadas, eran dos perfectas piezas que encajaban con precisión y maestría de forma sublime.

Albert se acomodó en una rama lo suficientemente ancha para los dos. Ella se acurrucó entre sus brazos, y juntos contemplaron el maravilloso amanecer en completo y reverente silencio.

La emoción desbordaba por sus cuerpos. Eran plena y deliciosamente felices. Él tomó sus labios en un suave beso, mientras ella se pegaba más a él, ahí, en su mundo particular, lejos de todo y de todos.

El astro rey tiñó de rosa el cielo de la campiña, y ella recargada en su pecho disfruto del bello espectáculo, mientras el enredaba sus dedos en sus sedosos bucles.

Mi amor, quiero estar así para siempre contigo. – le dijo él en un ronco susurro en su oído.

Y yo contigo mi príncipe. –

Ella nunca pensó que podría sentirse, así como se sentía, no era una atolondrada adolescente ya, sino una mujer joven, plena, que por muchos años había desterrado de su corazón la esperanza de saberse amada de la forma en que lo sabía ahora. Él, que alguna vez se había declarado maldito, no hacía mas que agradecer humildemente a la providencia por regalarle una nueva oportunidad.

Probaron lentamente la calidez de sus labios, el dulce sabor de sus bocas mezclándose, su aliento llenándolo de vida. La pasión corriendo por sus cuerpos, Dios, ciertamente moría por hacerla suya, pero no lo haría ahí, ni lo haría ese día, era un hombre de honor, un hombre en toda la extensión de la palabra, que cuidaría de ella, y le daría su lugar a su lado, antes de atreverse a tomarla como su mujer, no porque tuviese prejuicios o fuese mojigato, sino porque el amor que sentía por ella iba más allá de cualquier deseo carnal, quería hacerla sentir segura, amada, venerada.

Vamos a casa, te haré de desayunar. – le ofreció tentadoramente.

Puedo quedarme aquí arriba si prometes seguir besándome de esa manera. – le dijo ella sin aliento.

Jajajaja, tendría que comerte a besos.

No pongo objeción a ello. – le respondió ella atrevidamente, se había girado para quedar frente a él, sentada a horcajadas en el grueso tronco, recorrió con sus finos dedos el rostro de él, las líneas duras, la incipiente barba de esa mañana, su fuerte quijada, y contempló esos hermosos ojos azules, llenos de bondad, de amor, de paz, carentes de tormenta, al menos ahora que estaba ella con él.

¿Qué piensas? – preguntó Albert curioso ante la luz que iluminaba sus ojos.

Qué soy la mujer más afortunada del mundo. Que quiero llenar de besos tu rostro, recargarme en tu pecho, y no despegarme de ahí jamás… en lo maravilloso que sería un día llevar en mi vientre un hijo tuyo, y que estés conmigo cada noche para sentir como crece, como se mueve… en lo que se sentirá que tus manos recorran mi piel… - entre ellos no había pena, ni inhibiciones, se pertenecían de tantas maneras, que simplemente era natural para Candy compartir con él todo lo que inundaba su alma en ese momento.

Yo soy el hombre más afortunado del mundo, y no solo quiero llenar de besos tu rostro, sino cada rincón de tu cuerpo, quiero tenerte entre mis brazos por siempre, saber que en tu vientre llevas vida, vida que celebra nuestra unión, y quiero posar en tu vientre mis manos, para sentir el milagro tangible de nuestro amor, aunque debo confesar que primero quiero tenerte solo para mí, quiero recorrer tu piel con mis manos, con mi boca, tocar tus formas de mujer, hacerte suspirar de deseo, de amor, de pasión, y escucharte gemir mi nombre, verte perder el control y la sensación de tiempo y de realidad, porque te he llevado al cielo una y otra vez… - él le hablaba tan cerca de ella, con voz ronca, seductora, que la dejaba sin aliento.

Ella robo de sus labios un beso más, y se sentó a horcajadas sobre él.

Hazme tuya. – le imploró, sabiendo que él no la condenaría por semejante atrevimiento.

Princesa, no aquí, no ahora, pero pronto, pronto serás mía, y seré tuyo, llegaremos al cielo tomados de la mano… -

¿Por qué no aquí y no ahora? – una sombra de duda cubrió su mirada, pero él trató de relajar el ambiente.

Jajajaja, para empezar porque terminaríamos estampados en el suelo, estamos muy arriba en el árbol, pero, también porque, te adoro, y el día que te haga mi mujer, no será ni apresurado, ni improvisado, he esperado por ti tanto tiempo, que sería un pecado no adorarte con la devoción que te mereces. Por ahora puedo alimentarte con un suculento desayuno, y mimarte como una reina, así como prometerte que no esperaré mucho más para hacer tus sueños y mis sueños realidad. – le dijo mientras besaba la punta de su nariz.

¿Lo juras?

¿Qué muero por hacerte el amor?

Él no le respondió, simplemente la besó, de una forma profunda, apasionada, embriagadora, mientras con sus manos recorría sus suaves curvas, la piel desnuda de su cuello, sus hombros, su espalda, la cercó más a él, y la apretó contra su varonil marco, sintiendo su perfecta suavidad, robándoles suspiros, besando su cuello, desabrochando un par de botones, para recorrer con sus labios el nacimiento de sus senos. Posó sus manos en sus caderas, y desando el camino andado, besándola cada vez más suavemente, hasta terminar abrazándola y acariciando su cabello, podía sentir su respiración agitada y sin aliento. Para él sería muy fácil hacerlo en ese momento, pero ella era una princesa, que se merecía más que un poco de pasión, se merecía veneración, y eso era algo que no se apresuraba, ni se improvisaba.

Gracias Albert. – le dijo ella al fin rompiendo el silencio.

¿Gracias?

Gracias por amarme, por ser tú, por ser un caballero, por… - ella no pudo decir más, su voz se quebró, se había sentido más amada y deseada con esas caricias hasta cierto punto superficiales, que lo que se había sentido jamás siendo la mujer de Terry.

Shhh… recuerda, solo el hoy y el mañana, nada de ayeres. – le dijo él entendiendo lo que ella no podía poner en palabras. La besó una vez más y después la ayudó a descender para ir a desayunar.

La trató como a una reina, caminaron por la propiedad, disfrutaron de la naturaleza, jugaron en el riachuelo, la mañana pasó volando y de pronto era tiempo de volver.

No quisiera irme nunca de aquí…

Podemos regresar cuantas veces quieras, será nuestro pequeño paraíso, nuestro lugar secreto, nuestro refugio, nuestro nido de amor, lo que tú quieras que sea… - le prometió él.

Está bien, vamos, debemos tomar el té con la tía Elroy y no me atrevo a llegar tarde. – le dijo ella encogiéndose de hombros

Jajajajaja. – la risa franca y deliciosamente masculina de Albert resonó en el bosque.

La besó una vez más hasta dejarla sin aliento, recorriendo con sus manos su cuerpo, haciéndola sentir cosas indescriptibles, y después, la ayudó a subir al auto, para regresar a Londres.

El camino de regreso fue más corto que el de ida, sus corazones iban henchidos de amor e ilusiones, con planes, metas y sueños dibujados en sus mentes, estaban juntos, lucharían juntos por su felicidad, por su amor, sabiendo que mientras estuviera uno al lado del otro, eran simplemente invencibles.

El siguiente par de semanas fueron simplemente increíbles, construyendo paso a paso su relación y la de la familia, pasando tiempo juntos, ellos solos, otras veces con los niños, reencontrándose, disfrutando.

Todos alrededor de Albert se sorprendían del cambio, el hombre serio, reservado, calculador y un poco cínico se esfumaba frente a ellos, y aparecía un hombre simplemente enamorado, que veía el mundo a través de otros ojos. Un hombre feliz, dispuesto a todo por la mujer que amaba, por supuesto fueron la sensación de las fiestas, se les vio en una y otra publicación, siendo los invitados de honor de las tertulias, engalanando los mejores eventos, él un apuesto caballero, ella una dama hipnotizante. Ambos sonrientes, cómodos en su propia piel, seguros el uno del otro.

Los rumores iban y venían, algunos más fantásticos que otros, pero a ellos nada de eso les importaba, estaban juntos, podían disfrutarse, eso era lo único que contaba, era tanta su felicidad, que no notaron las veces que fueron discretamente observados por algún mesero o cochero que volteaba hacia otro lado cuando ellos estaban cerca.

En el jardín de los Grandchester el duque, Lady Vivian y Elroy Andrew observaban al par de jóvenes mujeres perseguir al par de encantadores chiquillos por el amplio terreno, las risas resonaban en el lugar, era una tarde luminosa, agradable, habían tomado el té juntos, como si fuesen una familia, y ahora descansaban a la sombra de una arboleda, mientras los niños correteaban junto con sus cachorros, y las parejas de jóvenes los seguían.

Una velada sonrisa se asomaba en el normalmente semblante adusto de Elroy Andrew y Lady Vivian no dudó en preguntar.

¿Es eso una sonrisa Elroy? –

No lo negaré si juras no divulgarlo, aunque si lo haces seguro no te creerían. – le respondió la mujer mayor con su usual tono de voz elegante y distante.

No te culpo, Elroy, verlos juntos, y felices tiene ese efecto. – le dijo Richard mientras daba un sorbo a su whiskey.

¿Qué hay del otro par? – le preguntó Vivian inquisitiva.

Patricia es una chica encantadora, apropiada, siempre lo fue, y de alguna forma es parte de nuestra familia, sin duda lo sería si mi muchacho siguiera con vida.

¿Qué dice Anne?

No tiene nada que decir, Archiebald solo tiene con ella las atenciones que tendría si fuera su cuñada. Anne por ahora está entregada a sus obras de beneficencia. – el tono digno diseñado para callar preguntas imprudentes no funcionó con Vivian

Jajajajajajaja no tienes por qué fingir con nosotros querida. – le respondió Vivian con ligereza.

Elroy guardó silencio por unos momentos y observó al menor de sus sobrinos, estaba feliz, si bien era cierto que en ese par de semanas había comenzado a disfrutar más de su hijo, también se daba cuenta que su semblante había cambiado, había algo nuevo, y no le era ajeno que ese brillo en los ojos eran producto de una mujer, lo que había respondido era hasta cierto punto cierto, Patricia O´Brian era prácticamente de la familia, y Archiebald la trataba como a una hermana… o eso era lo que ella quería que la gente creyera, que el mundo pensara que era normal, una simple relación filial… pero en lo profundo de su ser sabía que si Archiebald decidía que quería a Patricia en su vida, ella haría lo necesario para liberarle el camino, la realidad era que tenía todo para ganar, y nada que perder, en un mundo regido por hombres, una esposa era desechable, y en el caso de Archiebald, una esposa infiel, no tendría ni siquiera la compasión de los que la rodeaban, la custodia de Allistear por supuesto le correspondía a él. Y una buena mujer que lo hiciera feliz, y que fuera una buena madre para el pequeño por supuesto sería bienvenida por ella a la familia Andrew… al parecer todo caía dónde correspondía al final de cuentas.

No finjo, solo te respondo con la verdad Vivian…

¿Pero lo apoyarás cierto? – afirmó, más que preguntó la otra mujer, una de las pocas que no se amilanaban ante Eleanor Andrew.

Nunca he dejado de apoyarlos Vivian. – le respondió Elroy dando un sorbo a su jerez.

Jajajaja .- Richard Grandchester rio de buena gana ante la respuesta.

¿Se puede saber que es tan gracioso Richard? - le preguntó Vivian.

Tú queriendo sacar prenda de Elroy Andrew, querida mía. – le contestó Richard con cariño.

No es eso Richard, es solo que Patty está quedándose conmigo, y bueno, es mi responsabilidad estar al pendiente de ella.

Puedo asegurarte Vivian, que Archiebald la respetará y no hará nada que deje su honor en entredicho.

No es eso lo que me preocupa Elroy, sino su corazón, sé de primera mano lo difícil que fue superar la muerte de Allistear…

Lo fue para todos Vivian, solo puedo decirte que Archiebald tiene mi apoyo, así como el de Albert, pero, además, apenas tiene un par de semanas de haberse reencontrado, y en todo caso Archiebald tiene una esposa, y uno no se deshace, así como así de las esposas, ¿no es así Richard?

Touchée querida Elroy, uno suele mandarlas a Bath con su amante en turno por una larga temporada… aunque también a veces, uno piensa que no tiene caso seguir pretendiendo, y sabes de sobra que como hombres tenemos todas las ventajas.

Sin lugar a duda, Richard… pero solo el tiempo dirá ¿no es así?

Por supuesto, sobre todo porque no todas las mujeres son como mi querida Vivian, que prefiere su libertad a amarrarse a un hombre. – le respondió Richard mientras tomaba la mano de la hermosa mujer y la besaba, su relación era una relación estable, madura, entrada en años, y ambos estaban felices y cómodos con ella.

Patricia es diferente. –

Vivian, puedo prometerte que pasado un tiempo hablaré con Archiebald, por ahora un par de semanas son muy poco tiempo como para hacerlo, esperemos a ver como se desarrollan las cosas, y tú aconséjala mientras tanto para que sea prudente, y que salga con otros solteros elegibles, después de todo ya no es una niña.

Después de eso la conversación vagó a temas más mundanos, y sobre todo se dedicaron a disfrutar de la alegría y la tranquilidad de la tarde.

Rose… te ves tan feliz.

Lo soy Patty, lo soy… - le confió la pelirroja mientras ambas veían a los hombres jugar una carrera con los niños. - ¿qué hay de ti?

estar juntos me hace recordar otros tiempos.

Patty…

Lo sé, no tienes que decírmelo, puedes confiar en mí, como siempre lo has hecho… aunque no entiendo como es que Archie… -

Soy distante con él, no puedo permitir que muchos lo sepan. –

Con que Albert lo sepa basta y sobra, ¿no? – le respondió la morena con una sonrisa pícara.

A veces pienso que estoy soñando y temo despertar, y otras creo que no lo merezco, es más, estoy segura de que no lo merezco, pero no puedo evitar amarlo… tal vez alguien más sería una mejor mujer para él…

Él no quiere otra mujer sino tú, siempre ha sido así…

Fui tan estúpida…

No tiene caso Rose, lamentarse no cambia las cosas y sin el pasado hoy no tendrías a Alexander.

Lo sé, y sabes cuanto lo amo, sabes que daría mi vida por él…

Diste tu vida por él y por Albert, Rose, así que deja de preguntarte y de culparte, simplemente disfruta, decide ser la mejor mujer que Albert Andrew pueda tener, dedícate a hacerlo feliz. Y sé feliz.

Hacerlo feliz… ese es mi más grande anhelo, voy a luchar contra todo y todos por ser feliz, y por lograr que él lo sea.

Tienes dos hombres poderosos dispuestos a dar su vida por ti, no debes temer.

No quiero que den su vida pro mí, Patty, ese es precisamente el problema… más bien estoy consciente de que voy a desafiarlo, si se atreve a venir, voy a mandarlo al carajo, a ponerlo en su lugar, me robó toda una vez, no volverá a hacerlo, voy a defender a los que amo con uñas y dientes.

Perfecto, esa es precisamente la actitud que esperaba ver en ti, pero también recuerda confiar en ellos, seguro tienen todo bajo control, no olvides quienes son, los ves aquí, tranquilos, apacibles, pero uno es un viejo zorro, el aristócrata con mayor influencia en el país después del rey, y el otro es un hombre firme, noble, inteligente, que comanda una de las fortunas más grandes del mundo, estás segura, créelo.

No basta con creer que estoy segura, debo hacerme cargo de que todos lo estemos… de tomar el lugar que ahora tengo y asegurarme de ser intocable… un simple bastardo venido a menos no va a destruir mi vida, no le permitiré tocar nuestra felicidad, hace años la cedí por qué no encontré otra salida, hoy sé, que vivir sin Albert no era vida… ahora que por fin estoy con él, sé que nunca debí alejarme, no cometeré el mismo error dos veces.

Bien, hazlo feliz, y sé feliz, amiga mía, eso es todo lo que siempre hemos querido para ti, y para él.

Justo en ese momento el par de caballeros regresaron al lado de las damas que se encontraban sentadas en el pasto sobre una fina manta, ambas llevaban vestidos de tarde, y cada una en su estilo se veía simplemente encantadora.

Y bien amor mío, ¿qué has pensado sobre el viaje a Escocia?

Sería increíble, Albert…

¿Pero?

Debo hablarlo con Richard…

Lo haré yo mismo, no tienes que preocuparte de ello, solo tienes que decirme que estás dispuesta a seguirme hasta el fin del mundo. – le dijo él con esa sonrisa hipnotizante.

Albert…estoy dispuesta a seguirte más allá del fin del mundo. – le respondió ella ruborizándose y bajando la mirada.

De lo demás yo me haré cargo, princesa. – le respondió Albert dulcemente mientras besaba su mano.

Archiebald y Patty se habían alejado un poco con la intención de darles espacio, caminaban por el jardín, pausadamente, él le había ofrecido su brazo galantemente, y ella lo había tomado con propiedad, como correspondía a primos, o familiares, el silencio entre ellos era amigable.

¿Qué piensas hacer Patty?

¿Acerca de que Archie?

¿Irás con Rose a Escocia?

Vine a pasar una temporada con ella, y sí ella quiere que la acompañe eso haré.

¿Cómo se conocieron? – preguntó Archie curioso.

Lady Vivian es amiga de mi madre y de mi abuela, vine a pasar una temporada con ella, justo cuando Rose estaba ahí también, Richard recién la había traído de Francia, Alexander era un bebé, y yo era una chiquilla con el corazón roto, ambas lo éramos, a decir verdad, y de alguna forma, nuestra amistad nos ayudó a sanar… -

¿No te recuerda a alguien? – preguntó Archie inquisitivo.

Sus ojos son iguales Archie, pero Rose es mucho más sosegada, no puedo negarte que la quiero tanto como la quise a ella, y que tal vez esa similitud influyó en mis sentimientos, pero hay muchas cosas que son diferentes.

Él amor de Albert por ellas no parece serlo.

Albert merece ser feliz.

Jamás he negado eso, y me da gusto que lo sea…pero ella es una Grandchester…

Terry y su padre no son lo mismo, sé que por años ha habido una enemistad, y el duque cometió muchos errores en el pasado, pero creo que todos los ha reivindicado desde el momento que decidió darle una familia a Rose y a Alexander, él pudo dejarlos abandonados a su suerte, después de todo era la viuda de su hermano menor, a quien no le correspondía nada de la herencia familiar por ser el segundo hijo, sabes bien que las leyes inglesas son así… pero Richard generosamente le dio el título familiar que le correspondería a uno de sus hijos, cuidó de ella y ha hecho a Alexander su heredero…creo que al menos merece el beneficio de la duda. –

Archie observó la pasión de la hermosa mujer que tenía a su lado, sus modales eran firmes, pero delicados, su rostro sosegado, había en ella una seguridad que antes no había tenido, y en sus ojos una madurez y sabiduría más allá de sus años…Patricia O´Brian era hermosa y de pronto se preguntó ¿cómo era que no lo había visto antes? Tal vez porque antes había sido la novia de su hermano, pero ahora podía ver un poco a través de los ojos de Stear y admirar a la mujer sensata, bondadosa e inteligente que tenía frente a él.

¿Lo has olvidado Patty? – entre ellos no era necesario mencionar su nombre.

Creo que nunca lo voy a olvidar Archiebald, pero hoy su recuerdo ya no duele, se ha transformado en algo luminoso, etéreo, creo que él es mi ángel guardián y que siempre habrá algo de él conmigo, pero también sé que a los 16 años uno ama con una intensidad irracional, no sé si nuestro amor hubiese sobrevivido la prueba del tiempo, éramos unos niños… todos lo éramos a decir verdad, todos menos Albert… nosotros jugábamos a ser adultos, mientras que él en verdad lo era, solo que no recordaba…

¿Alguna vez lo intuiste? –

¿Qué era un Andrew? No… pero sí creía que era mucho más de lo que suponíamos, mucho más que un sencillo vagabundo, aunque en ese momento deseché la idea porque pensé que eran fantasías mías, sin embargo, había lago en su porte, en el tono de su voz y modales, que definitivamente hablaban de un hombre cultivado, de un caballero… ¿no crees?

Debo confesar que solo me di cuenta el día que fui a recogerlo para llevarlo con George, cuando lo vi vestido de traje, me recordó a Anthony… fui tan ciego…tal vez si me hubiese dado cuenta antes, habíamos pasado tanto tiempo juntos cuando Candy se fue a New York, se volvió mi mejor amigo…

¿Qué hubiese cambiado? – preguntó Patty curiosa.

Ella no se hubiera ido. –

No estoy tan segura… estaba enamorada del amor…

Sí, pero si Albert hubiese sabido quien era, podría haberla detenido, era el único que tenía el poder para hacerla.

La verdad es que tú y Stear también podrían haberlo hecho, legalmente era tu prima, podrían haber ido por ella, tú podrías haber ido, pero siempre creímos que ella sabía lo que hacía… y que Terry la amaba.

Lo sé, y no hay día que no me culpe de lo que sucedió…

No tiene caso culparse Archie, yo también me culpé, me culpé de no haber sido buena amiga, de no haberle dicho lo que ella no sabía, siempre mandó los convencionalismos a la basura, pero yo sabía perfectamente como es nuestra clase, yo sabía que no podía ser tan libre como quería serlo… pero a todos nos conquistó su sueño de libertad, porque solo ella se atrevió a hacer lo que quería hacer con su vida, mientras nosotros, tú, Stear, Anne y yo, solo éramos los espectadores que vivíamos a través de ella… Stear, tú y yo adorándola y Anne envidiándola… nadie nos atrevimos a detenerla, yo no me ofrecí a acompañarla… pero, dime, ¿Acaso podemos cambiar algo el día de hoy?

No, es como querer evitar que Anthony cayera de ese caballo, o que Stear fuera a la guerra… los sueño, una y otra vez…

¿A los tres?

No, ahora que lo preguntas, no, curiosamente, solo a Anthony y a Stear, Ella nunca me visita en mis sueños… -

Déjalos ir Archie… deben descansar.

Lo sé, pero eran tantos los sueño, tantos los planes, haríamos tantas cosas juntos, y ahora solo quedo yo…

Y Albert…y tienes un hijo maravilloso, es un nuevo comienzo, Archie, hay que ocuparse de los asuntos de los vivos y dejar a los muertos descansar en paz.

¿Cuándo te volviste tan sabia?

Jajajajajaja. – su risa sonaba como un riachuelo saltarín. -Siempre lo he sido, solo que antes ni siquiera sabías que tenía voz, era la amiga tímida de Candy, la silenciosa novia de tu hermano, a quien le resentías que pasara tanto tiempo con él…

Jajajaja, no es cierto.

Sí lo es Archie, creo que hasta estas dos semanas tú y yo nunca habíamos tenido una conversación, íbamos juntos a todos lados, pero éramos completos extraños.

He sido un maleducado, ahora es momento de remediarlo. – le dijo él con la hipnotizante sonrisa Andrew en su guapo rostro.

No Archie, no hagas eso, por favor.

¿Qué no haga qué?

Sonreírme de esa forma… podemos ser amigos, pero tú…

¿Yo?

Eres un hombre casado.

Tú sabías ¿no es cierto?

No sé de qué hablas.

Sabías quien era Anne Britter en verdad.

No Archie, no del todo, sabía que era egoísta, mimada, que siempre le tuvo envidia a Candy… pero jamás creí que…

¿Qué pudiera serme infiel?

Te amaba Archie, ella te amaba… ¿Qué sucedió?

No te equivoques, amaba mi apellido, mi posición social, mi dinero… probablemente le gustaba que fuese quien soy… pero amarme, Anne Britter no sabe lo que es amar, ni siquiera por su hijo, que es un inocente ha pensado en reivindicarse. – le respondió Archiebald con amargura.

Soy tu amiga Archie, y te apoyaré, pero sí debo pedirte una cosa, no seas galante conmigo, no me coquetees no me hagas creer que puede haber algo más… -

Eres una mujer excepcional Patricia, y no me atrevería a jugar contigo, agradezco tu amistad, y te aseguro, que la atesoro como un bien muy preciado, eres lo único que me queda de esos días felices. Te prometo que no haré nada que te lastime… y que no seré sino amigo, casi un hermano… al menos no mientras no sea libre. – le respondió con un brillo en sus ojos avellana.

No me des esperanza.

No te doy esperanza, te doy certeza, mi querida Patty, certeza de que un día no tan lejano, seré un hombre libre, la cruzada por mi libertad ya comenzó, solo es cuestión de tiempo. –

Patty no le respondió nada más, un par de chiquillos vinieron a rogarle a su tía que fuera con ellos a buscar tortugas al arroyo cercano, y Archiebald como todo un caballero le sirvió de apoyo en el camino.

Tres días después.

Los autos de lord Granchester esperaban en fila en la adoquinada entrada principal del palacio, uno de ellos cargado de equipaje, el otro esperaba por la señora del lugar, o más bien por quien fuera la señora por un par de meses, la atmósfera se antojaba sombría, verla partir siempre recordaba el hecho de que la duquesa estaría de regreso pronto.

Richard caminó por los alfombrados pasillos preguntándose no por primera vez porque mantenía la fachada de dignidad, tal vez era tiempo de cambiar las cosas con respecto a Henriette, pero ahora no tenía tiempo de pensar en ello, Albert no tardaría en llegar, y él iría a despedirlos a la estación del tren, había sido invitado a ir a Escocia, y la idea no le desagradaba, pero primero debía arreglar un par de pendientes en la ciudad, había reportes contradictorios que atender, pero de ello no le había dicho nada a Rose o a Albert.

¡Tío Richard, Tío Richard! – el pequeño nieto que iluminaba sus días venía corriendo a él, al parecer había estado agazapado en uno de los asientos próximos a una de las ventanas con el fin de ver hacia el camino principal.

¿Qué sucede Alexander?

¡Ya llegó Albert! Iré a abrirle. – la emoción se desbordaba por el pequeño cuerpo y Richard en un impulso poco acostumbrado en él tomó al pequeño en brazos.

Espera, James se hará cargo, Alexander, quiero hablar contigo un poco, hijo. – Alex se sorprendió de ser tomado en brazos, pero no opuso resistencia, adoraba a su tío.

Richard prosiguió hasta su despacho en la planta alta y tomó asiento junto a Alexander en un fino sofá de cuero color vino.

¿Qué pasa tío? – preguntó Alex un poco confundido ante el ánimo del duque esa mañana.

No pasa nada Alexander, solo quiero hablar contigo de hombre a hombre antes de que te vayas… dime, ¿qué piensas de Albert? –

Es genial, juega conmigo, me cuida, los animales lo aman, no le importa ensuciarse… -

Jajajaja, ya veo es un compañero de juegos. –

Sí y no, ¿sabes? Siempre me pregunté que se sentiría tener un papá, y cuando estoy con él… creo que ya sé lo que es tener un papá tío… ¿estoy en lo correcto?

En cierta forma sí, hijo, ¿sabes que tú madre lo ama?

Sí, la veo sonreír mucho más, todo el tiempo, parece que es feliz…

Yo también creo que es feliz, dime Alex, cuando tu madre y Albert se casen, ¿te gustaría que él te adoptara? –

¿Dejaría de ser un Grandchester? – pregunto con repentina seriedad el chiquillo.

No Alex, no dejarás de ser un Grandchester porque eres el heredero, pero si Albert te adopta, será tu padre legalmente, y podrá hacerse cargo de ti y protegerte mejor… si … un día yo falto.

Tío, hablas como un abuelo.

Jajajaja, tal vez, pero Albert me preguntó si podía adoptarte y quiero saber que piensas la respecto, no tienes que responder hoy, pero piénsalo.

¿Dejarías de ser mi tutor?

No del todo, eres mi heredero, así que aún seré tu tutor.

¿Podré llamar a Albert papá?

La mirada inocente cargada de ilusión sorprendió a Richard, nunca había pensado en cuanto anhelaba el pequeño tener un padre.

Yo creo que a Albert le daría mucho gusto que le llamarás papá, pero ahora, que aún no se han casado tu madre y él, tal vez solo debas hacerlo cuando estén solos, tú sabes cómo es la gente.

Lo sé, el honor, ante todo. – respondió el pequeño con una línea que Richard le había enseñado cuando apenas podía balbucear.

Así es Richard Alexander, el honor, ante todo. – atrajo el pequeño cuerpo a él y besó su cabeza, conocedor de que había renunciado de por vida al derecho de ser llamado abuelo, consciente de cuan parecido era su pequeño Alex a Terrence, pero sobre todo seguro de que esta vez estaba haciendo las cosas bien, debía agradecer a la vida y a Rose la oportunidad de reivindicarse.

¿Podemos bajar?

Sí, vamos.

¿Irás con nosotros a Escocia?

No hoy, tengo asuntos que atender, pero los alcanzaré allá.

¿Llevarás a Vivian?

Vivian irá con ustedes desde ahora, hijo, ella y tu tía Patty.

¡Será divertido!

Lo será, solo recuerda que…

El honor, ante todo. Señor. – le dijo el chicuelo en su mejor tono formal con un brillo pícaro en la mirada tan parecida a la de ella.

Richard lo tomó de la mano y juntos caminaron a encontrarse con los demás, que esperaban por ellos, aún tenían tiempo.

En cuanto Alex estuvo cerca de Albert se lanzó a sus brazos con efusividad y fue recibido con entusiasmo por el hombre, quien lo hizo girar juguetonamente en el aire.

William, buenos días. – saludó el duque.

Buenos días Richard, pasé por la estación esta mañana y ya fueron enganchados nuestros vagones, así que todo está listo, solo quise venir antes, porque… -

Porque no podías esperar más para verla. – le dijo Richard con simpleza al joven hombre.

Jajajaja, no puedo negar eso. – respondió Albert con aplomo abrazando a Rose y besándola suavemente en los labios a pesar del rubor de ella.

Es comprensible, pero, si me disculpas debo robártela por un momento. Te quedas en tu casa, Vivian y Patty no tardarán en venir. ¿Se puede quedar Alexander contigo?

Por supuesto, iremos a revisar que todo esté bien con los autos, y sobre todo que los cachorros vayan cómodos, ¿verdad Alex? –

Él niño le sonrió con adoración y lo siguió fuera de la habitación, ante la mirada atenta de Rose y Richard.

Se adoran. – dijo Richard en voz alta.

¿Te molesta? –

No, Rose, es lo más que podía pedir, ver que Alex y tú sean felices… ven, acompáñame por un momento a mi despacho. –

Rose tomó el brazo de Richard con afecto y lo siguió con paso sosegado, sabía bien que el hombre tenía algo en mente, pero sabía ser paciente y esperar a que él mismo se lo dijera.

Toma asiento querida. – le dijo abriendo la silla frente a su escritorio y dirigiéndose al otro lado de este.

¿Te sientes bien?

¿Por qué lo preguntas?

Te noto un poco… nostálgico tal vez.

No, hija, o bueno, tal vez sí, saber que no los veré por un tiempo, y que tal vez esta será la última vez que podré disfrutar de ustedes como lo vengo haciendo desde varios años atrás, ponen a este viejo un poco nostálgico.

Jajajaja, Richard, ambos sabemos que no eres ningún viejo. -

Tengo 53 años, pero ese no es el punto. Quiero que lleves contigo una copia de mi testamento, así como los códigos de seguridad de las cajas fuertes en los bancos, tu acta de nacimiento, y la de Alexander, si quieres pídele a William que los guarde para ti. O mejor aún que te lleve al banco a Edinburgh y que te asignen una caja de seguridad…

¿Por qué ahora? ¿Qué temes?

Nada en concreto, pero, la realidad es que tal vez cuando regreses de Escocia serás la señora Andrew, Henriette regresará pronto a la casa, y yo prefiero estar seguro de que, si algo llegara a pasarme, ustedes tendrán todo lo que les pertenece, también están los papeles para que William adopte a Alexander, no puede dejar de ser un Grandchester, pero eso le permitirá a William ser su tutor.

Richard…

Ya te dije que no es nada, solo prefiero que esto esté en tus manos, debemos ser inteligentes.

Richard… a mí no me engañas.

Bien no tengo nada en concreto, algunos informes contradictorios, por eso me quedo en Londres, para confirmarlos, y de ser ciertos, tomaremos las medidas necesarias.

¿Albert lo sabe?

No de mi boca, yo apenas los recibí ayer, pero no tienes nada que temer, querida Rose, disfruta, yo me haré cargo. Tú solo sé feliz. Sigues contando conmigo para todo, y deposité otra cantidad en tu cuenta corriente en Escocia, la villa Grandchester está a nombre de Alexander, así que puedes disponer de ella, aunque supongo que preferirás vivir con los Andrew.

Gracias Richard. – le dijo Rose acercándose al hombre y besando su mejilla con verdadero afecto.

Gracias a ti, que has hecho de estos años los mejores, ahora vamos, los acompañaré ala estación para despedirme de ustedes, y en unas tres semanas los alcanzaré, así que no te libraras de mí. – el guiño bromista en la mirada del duque era algo que Rose no había soñado ver antes.

Caminaron juntos, como padre e hija, Richard la ayudo a abordar el auto de los Andrew junto con Patty y él los siguió con Vivian en su propio auto.

Gracias por acompañarlos.

Mi querido duque, sabes que los quiero como a mi familia.

Lo sé Vivian… esta mañana pensaba… una vez que ella se case, tomaré decisiones importantes.

No tienes que hacerlo por mí, sabes que me gusta mi vida.

Lo sé, mi amor, pero, a mi ya no me gusta la mía sin ti a mi lado, así que arreglaré las cosas con Henriette.

Como tu quieras, Richard. –

¿Cuidarás de ellos?

Sabes que sí, de ellos y de Patty, aunque por lo que escuché, Archibald no irá con nosotros hoy. ¿Hay algo en especial de lo que quieras que me encargue?

No, William Andrew es un hombre en toda la extensión de la palabra, él se hará cargo de que ellos estén bien, más bien, hacerle compañía a Elroy para darles oportunidad de escaparse de vez en cuando.

Jajaja, William no es ningún chiquillo y no responde a Elroy.

Lo sé, querida, no importa, voy a extrañarte horrores, pero espero reunirme pronto con ustedes, tal vez si ella quiere puedan ir afinando detalles para la boda, no creo que quieran esperar siquiera los seis meses de los que hablaron.

¿En la villa Grandchester?

Dónde ella quiera, tal vez en la Catedral de Saint Andrew. –

Veremos, por favor cuídate. –

Lo haré, no te preocupes, hemos llegado, vamos.

Veinte minutos después Richard Grandchester observó el tren partir parado en la plataforma de la estación, había alivio en su mirada, no le temía a la soledad y regresar a su vida bien programada y ordenada, aunque ya no tenía encanto alguno era algo que solía hacer cuando Rose y Alex regresaban a Escocia.

Villa Andrew, Escocia 1923.

Rose se detuvo por un momento ante la imponente fortaleza que era el castillo Andrew, era una edificación antigua de más de 400 años, construida en otra época y con otro propósito, por sí misma la construcción era una joya arquitectónica, con sus torres, murallas almenares, escaleras en forma de caracol, un gran patio interior, extensos jardines, y huertos, las viejas piedras parecían resonar con el sonido de las gaitas para darle la bienvenida, de hecho, no estaba imaginando las gaitas, vio arriba, sobre una de las murallas, un cuarteto de gaiteros engalanados con los colores de los Andrew, tocando hábilmente el ancestral instrumento con una canción de bienvenida.

Alexander y Stear habían salido corriendo a explorar el castillo, Patty, Elroy y Vivian, habían saludado discretamente a la servidumbre que estaba en línea esperando recibirlos, pero habían entrado apresuradamente para dejarlos solos.

Rose contempló con ensoñación el magnífico lugar, una sonrisa asomaba en sus labios, Albert se acercó a ella y susurro al oído. Sin importar que tenían espectadores.

¿Te gusta? –

Me encanta. – ella se volvió intempestivamente a él y lo abrazó.

Vamos te presentaré a los empleados, están aquí para darnos la bienvenida. – le dijo él seguro de que ella no se había dado cuenta.

Tenía razón, en segundos ella deshizo el abrazo y tomó el porte correspondiente a la marquesa de Northampton. Albert le ofreció su brazo y se dirigieron hasta el mayordomo que vestido con sus mejores galas esperaba discretamente por ellos, unos pasos delante de la bien ordenada fila de trabajadores. Observó como el rostro de su fiel mayordomo radiaba de felicidad ante la cálida sonrisa que Rose le dirigía.

Milady, te presento a Jameson, el mayordomo del castillo, su familia ha trabajado fielmente para los Andrew por generaciones, Jameson, ella es la marquesa de Northampton, mi prometida, sobra decir que sus deseos son órdenes. –

Por supuesto milord, milady, es un placer conocer a tan bella dama, pero sobre todo a la dama que ha conseguido regresarle la sonrisa a lord Andrew. Estamos a sus pies mi señora. – le dijo con la sencillez característica de un hombre que ha visto crecer a quien ahora es el dueño del castillo.

Gracias Jameson, es un placer. –

Albert y Rose siguieron el protocolo, saludando a cada uno de los empleados, las gaitas seguían resonando al fondo, y todos hacían una reverencia apropiada para esos casos. Después del protocolo, Albert mismo la llevó hasta la habitación que habían preparado para ella.

La habitación era magnífica, llena de luz, decorada en tonos claros, muy femenina, y de exquisito gusto.

Es preciosa Albert. –

No tanto como tú, pero nada se puede comparar a tu belleza. –

Tu galantería no tiene límites, amado mío.

Tú logras lo mejor de mí, no es galantería mi amor… ¿quieres descansar?

No, porque eso implica separarnos, además los niños… -

No te preocupes por los niños mi vida, están bien cuidados, todos saben quienes son, y no pueden salir de las murallas del castillo, aquí dentro es seguro. Además, el ejército de niñeras que trajimos con nosotros debe servir de algo… dime, ¿te gustaron las gaitas?

Fue la bienvenida perfecta, me hizo recordar… -

Stear, Anthony y Archie ¿no?

Al príncipe de la colina en realidad, pero sí, mis tres paladines también los asocio con las gaitas, gracias, fue perfecto. – un bostezo involuntario se escapó de los labios de ella, y él decidió darle excusa para descansar.

Amor mío, debo atender algunas cosas con Jameson, ¿Por qué no descansas un rato? Pediré que tu doncella venga antes de la hora del té, y te prometo que pasaremos una velada magnífica. El viaje fue largo. –

Gracias mi amor… ¿será siempre así? –

¿A qué te refieres?

No es queja, solo que volver a Escocia para mí implicaba una vida más sencilla, al menos en la villa Grandchester…

Será como tu quieras, no tienes que preocuparte por formalismos, pero hoy debía darte la bienvenida que le corresponde a una marquesa, pero sobre todo a mi prometida, mañana, y el resto de los días, será como tu quieras. –

Rose se puso de puntillas mientras rodeaba su cuello con sus brazos y lo besó con ternura. Estar al lado del hombre que amaba con todo su ser era más de lo que nunca había soñado.

Gracias, Albert, por todo, no me cansaré de decírtelo, pero sobre todo de demostrarte cuanto te amo, de hacerte sonreír, de estar a tu lado en las buenas y en las malas.

Rose, mi amada, Rose, tu sola presencia es suficiente. –

Nada es suficiente para demostrar cuanto amo al hombre más maravilloso de la tierra… ¿crees que la tía se escandalice si cocino para ti?

Jajajaja, solo si me envenenas. –

Jajajaja, verás que he aprendido más cosas que solo modales de dama.

Veremos, anda, descansa un poco, enviaré a tu doncella para que te ayude a desvestirte, aunque muero por ser yo quien lo haga. – confesó con voz ronca el magnífico señor del castillo.

Ella enrojeció hasta la raíz ante su insinuación, pero más ante lo que su cercanía le hacía sentir. Por toda respuesta lo besó una vez más.

Pronto mi amor. – le dijo al oído.

Albert la besó nuevamente, y estrujó sus formas de mujer, apretando su cuerpo contra el suyo, se perdieron en oleadas de pasión por un momento, y después poco a poco desaceleraron el ritmo voluntariamente, se habían prometido esperar. Él la mantuvo pegada a él por algunos segundos más y después salió de la habitación para dejarla descansar.

Esa noche cenaron formalmente a manera de bienvenida en el imperioso comedor, Albert vestido de gala escocesa completa esperaba al pie de la escalera por las damas, un par de jovenzuelos estaban con él, orgullosos de ser admitidos en el ritual de los adultos, Allistear vestido con el tartán de los Andrew, Alexander un pequeño caballero vestido de gala inglesa, habían correteado a su antojo durante la mayor parte del día, pero, en algún momento habían logrado que durmieran un poco, así que sus energías se habían renovado.

Las primeras en descender fueron Elroy y Vivian, ambas vestidas formalmente, Patty descendió un poco después y ellas se llevaron consigo a los pequeños a la sala dónde tomarían los aperitivos.

Albert volteó a lo alto de la escalera y por un momento pensó que el tiempo había retrocedido, ella vestía de verde, y aunque su mente le decía que ya no era rubia, ante sus ojos aparecía como seis años atrás, inocente, hermosa, tal como había imaginado se vería en ese vestido cuando se lo regaló. No llevaba joyas, solo una flor de las muchas que él había mandado poner en su habitación prendida en su cabello, que flotaba suelto en ondas a su alrededor.

Candy… - no pudo evitar que el nombre saliera de sus labios, al menos no había nadie a su alrededor, solo las antiguas piedras eran testigo de su desliz.

Albert. – le respondió ella sin corregirlo.

Te ves justo como imaginé que te verías… no puedo creer que… -

Eleanor lo guardó para mí, nunca lo usé, pero era muy especial para mí, y le pedí que me lo guardara, quería ver tu rostro cuando me vieras con él puesto.

No es el vestido, eres tú mi amor. -

Para mí, eres tú vestido de gala escocesa, así te conocí…justo esta imagen tuya fue mi sueño por mucho tiempo.

¿Ya no lo es?

Ya no eres un sueño, sino una maravillosa realidad. –

Se besaron lenta y deliciosamente hasta que recordaron que esperaban por ellos en el salón. Entraron caminando, tomados de la mano, flotando en su nube particular.

Elroy observó con detenimiento a la hermosa mujer, con el cabello suelto y el sencillo vestido se veía más joven, casi una vulnerable adolescente. Llamó su atención que el vestido no era de la calidad que ella solía usar, pero no podía negar que se le veía estupendo. Y la mirada de su sobrino sobre ella le decía todo.

Cenaron a gusto, como una gran familia, divertidos por las ocurrencias de los pequeños que se sentían honrados en participar del ritual de los mayores, cuando pasaron al salón para tomar el postre y el café los niños se despidieron y fueron llevados a dormir.

Los adultos se quedaron un rato más departiendo agradablemente, pero después de un tiempo Albert se puso de pie y galantemente se excusó con las damas.

Espero nos disculpen, pero hay luna llena, y quisiera que Rose admire el paisaje desde la torre norte. – dijo poniéndose en pie y extendiendo su mano a su amada.

Por supuesto, vayan, solo lleva algo para cubrirte querida mía, porque puede estar fresco. – les respondió Vivian con su acostumbrado tono despreocupado.

William… - Elroy iba a interferir, pero la mirada directa de Albert la detuvo.

¿Sí tía?

Que disfruten de su paseo hijo, supongo no nos veremos sino hasta mañana, que descansen. –

Gracias tía, Vivian, Patty, que disfruten su noche, Patty, prometo que organizaremos eventos para tener más gente joven en casa. –

No es necesario Albert, muchas gracias, con permiso de pasar explorando tu magnífica biblioteca es suficiente.

Por supuesto, todo lo que hay en este lugar está a tu disposición, pero aún así planearemos algo para divertirnos todos. Buenas noches. –

Rose se despidió de las tres mujeres y salió de la habitación con la excusa de ir por su chal. Por supuesto Elroy no desaprovechó su oportunidad para mencionarle puntos importantes a Albert.

Querido, sé que ambos son personas de honor, y que no harás nada que manche su reputación, solo sean prudentes.

Tía, no tienes de que preocuparte, la amo, y su bienestar es lo más importante para mí… aunque tal vez deberías ir pensando en lo que necesitaremos para la boda. – le dijo con una sonrisa.

William… es demasiado pronto.

No quiero esperar, ya he esperado lo suficiente, y el que dirán me tiene sin cuidado.

Richard me pidió lo mismo Elroy, tal vez sea conveniente hacerles caso. – intervino Vivian.

Está bien, será como tú quieras… al diablo con el decoro, eres feliz, eso es más que suficiente. – le dijo Elroy mientras en una inusual muestra de afecto tomaba su mano y la estrechaba. – asegúrate de que no se enferme.

Jajajaja, descansa tía. –

Elroy observó al patriarca de los Andrew salir de la habitación, el milagro que tenía ante sus ojos le hacía agradecer constantemente a la providencia por que al fin se había apiadado de su amado sobrino.

Albert y Rose caminaron abrazados por lo alto de una de las murallas, la luna se dibujaba enorme en el firmamento, miles de estrellas tachonaban el cielo, y todo parecía deliciosamente apacible a su alrededor.

¿Descansaste princesa?

Sí, la cena estuvo exquisita, y tu tía, por un momento pensé que nos prohibiría salir…

No puede prohibirle nada al patriarca ¿sabes?

Aún así, no quiero que te enfrentes con ella por mi causa.

No hubo enfrentamiento mi amor, solo le pedí que nos ayude a planear nuestra boda.

¿Nuestra boda? ¿en serio?

¿No te gusta la idea?

Por supuesto que me gusta, Albert, quiero estar a tu lado todo el tiempo, comenzar el resto de nuestras vidas juntos… -

Hay algo en tu mente.

No es nada… o tal vez es mucho… Richard me dejó pensando.

¿Quieres compartirlo conmigo?

Me entregó copias del testamento, escrituras, todo lo necesario en caso de que le pase algo… y los papeles de adopción de Alexander… -

Mi amor, no piensas que le sucede algo, ¿o sí?

No, se lo pregunté directamente y solo me dijo, que prefería que todo eso estuviese en mi poder de una vez… ¿qué piensas tú?

Richard es un hombre precavido, es lo normal en nuestro círculo, yo mismo he pedido que mi abogado haga modificaciones a mi testamento, porque ahora mismo beneficia a Allistair, y ahora que tú y Alexander están en mi vida, eso no puede seguir así, y en su momento, cuando nos casemos también te daré una copia de todo ello, Archie será el albacea, pero tú debes estar al tanto, es solo por mantener seguras a las personas que amamos, mi amor, estoy seguro de que lo mismo ha hecho por Vivian, pasarle propiedades, establecer cuentas para ella, lo importante es que guardemos todo esto en un lugar seguro, mañana iremos a Edinburgh, para pedir una caja de seguridad a tu nombre y guardarlo todo, y si gustas revisamos los términos de la adopción, y vemos si puedo firmarla desde ahora, o debemos esperar a que nos casemos, estoy seguro de que es por buscar el bien de Alex y el tuyo.

Tienes razón, no debo preocuparme, gracias por ayudarme a poner las cosas en perspectiva, temo que eché a perder tu momento romántico.

Mmmm, no, sigues aquí a mi lado, hermosa, tal como imaginé que te verías en ese vestido, la luna y las estrellas siguen ahí para que las admiremos, no hay nada que arruine nuestro tiempo juntos mi vida. –

Sé como hacer nuestro tiempo juntos aún más interesante. – le dijo ella insinuante.

Estoy abierto a cualquier sugerencia, ¿sabes? Soy tu esclavo.

Rose le sonrió con picardía, y en un movimiento atrevido, tal vez, lo besó pegando su cuerpo al de él con toda intención. Él respondió con la misma intensidad, la danza amorosa se hacía más íntima con cada encuentro, pero, ambos sabían que aún no era tiempo, así que robaban suspiros de pasión de la boca del otro cada vez que podían, mientras seguían caminando juntos por la senda que trazaban en la búsqueda de reconocer en los adultos del día de hoy los adolescentes de antaño.

El tiempo se fugó como agua entre sus dedos, picnics, cenas románticas, escapadas al lago, paseos por Edinburgh, no era raro verlos juntos, todo el pueblo sonreía al verlos pasar, la gente apreciaba su sencillez y calidez, los niños correteaban con ellos, todo era tal cual debió haber sido, perfecto, armonioso, etéreo, Elroy y Vivian planeaban con ellos la próxima boda, y Patty sonreía cada vez que el cartero llegaba… así pasaron el siguiente mes, en completa dicha.

Albert… - el susurro en medio de la noche lo despertó, no estaba seguro de si estaba soñando, se volvió en su cama y la vio, parada frente a él, completamente vestida y con una sonrisa pícara en el rostro.

Candy… ¿qué haces aquí?

Vengo a raptarte en medio de la noche, anda vístete, prometo que valdrá la pena. – le dijo en un susurro.

Albert era capaz de ir con ella al mismo infierno, así que sin poner objeción alguna se puso en pie dejando su magnífico torso desnudo al descubierto, ella lo observó francamente a pesar de que el rubor cubrió sus mejillas, y como si su cuerpo tuviese vida propia se acercó para abrazarse a su cintura y recargar su rostro en el ancho y tibio pecho masculino, Albert tragó seco, mientras la envolvía en un abrazo bastante íntimo,

Mi amor… -

Lo sé, solo no pude resistirme, quería escuchar tu corazón latir… a veces me parece que vivo en un sueño.

No es un sueño. – su mano tomó su mentón para verla a los ojos. – te juro que no es un sueño, y que haremos lo que sea por seguir viviendo esta maravillosa realidad. –

Ella le sonrió confiada, y se apartó un poco consciente de lo difícil que era para ambos separarse.

Vístete, que si no nos apuramos no lograré mostrarte lo que quiero que veas. – le dijo dándole la espalda para no ver su torso desnudo, ni su evidente masculinidad debajo de la delgada tela de su pantalón de pijama.

Albert sonrió y se preparó para la aventura, caminó con ella en sigilo por los antiguos pasillos, le sorprendió lo bien que conocía el lugar a pesar de estar a oscuras, y como lo guio con maestría hacia las escaleras traseras que los llevarían a la cocina, aún era muy temprano, pero ya había gente despierta.

Milady, tenemos listo lo que nos pidió. – le dijo Jameson con una sonrisa.

Gracias Jameson, y gracias Gertrude, ahora vuelvan a la cama, nos haremos cargo de aquí.

Muy bien milady, milord. – dijeron haciendo una reverencia y dejándolos solos.

Albert salió curioso al patio tomado de la mano de ella, afuera, un par de magníficos percherones esperaban por ellos, con las alforjas cargadas.

¿Dos caballos?

Quiero guiarte hasta ahí… y que sea sorpresa, si te digo a donde vamos dejará de serlo.

Jajajaja, bien, vamos entonces. –

La ayudó a montar apreciando su figura en el traje de montar, así como su habilidad para manejar al brioso animal. El mismo subió de un brinco a su montura, y salieron al paso en silencio del patio del castillo, la luna aún se dibujaba en el horizonte.

¿Me llevas a una reunión de elfos?

No, pero me encantaría… es algo más mundano, que aún así te fascinará. –

Cabalgaron al galope por un rato, ella iba segura del camino que debía de seguir y Albert se preguntó a donde se dirigían, era una zona desconocida para él, la característica bruma de las Highland lo cubría todo. El espíritu de aventura corría por sus venas, y ambos disfrutaban del ejercicio y la brisa fría, de pronto ella detuvo el caballo, desmontó hábilmente y ató el caballo a un árbol.

¿Llegamos?

No, pero debemos continuar caminando, los caballos nos descubrirán, vamos. –

Albert la tomó de la mano, todos sus sentidos alerta, no estaba seguro de como se le había ocurrido el paseo, ni de que tramaba. Anduvieron unos 500 metros y ella de pronto se detuvo. Sacó una manta de uno de los bolsos que ambos cargaban y la extendió en el suelo. En un susurro le dijo.

Ven, debemos esperar unos minutos. -él se tiró a su lado en la manta y esperó pacientemente, mientras el alba comenzaba a teñir el firmamento y la suave bruma comenzaba a levantarse, de pronto el sonido de diferentes aves comenzó a llenar el lugar, era como una mágica sinfonía y Albert se percató de que estaban en las orillas de un gran lago.

Mira. – le dijo ella señalando hacía el frente, los rayos del sol iluminaban el lugar y familias de muchos tipos de aves comenzaban su mañana, en el lago, la actividad a esa hora del día era sinigual, era un espectáculo divino, ambos contemplaron la naturaleza embelesados, en completo silencio para mezclarse con el entorno, cuando el sol estuvo más alto las aves parecieron tomar sus rutinas en otros lugares y pudieron observar parvada tras parvada volar majestuosamente. - ¿te gustó?

Me encantó… ¿cómo supiste de este lugar?

A veces era difícil dormir… sobre todo en los primeros años… así que salía a cabalgar de madrugada, así encontré este sitio, y lo primero que pensé es que me encantaría compartirlo contigo un día… -

¿Es parte de las tierras de los Grandchester?

En realidad, no estoy segura, solo sé que nunca me he topado con nadie aquí ni he compartido este lugar con nadie, no lo viste por la bruma, pero está escondido entre colinas, te darás cuenta cuando bajemos, pero por ahora, pensé que podríamos disfrutar de un día a solas, comer, nadar… besarnos.

Me parece perfecto, y habrá que investigar a quien pertenece…

¿Para qué?

Para poder comprárselo, sería estupendo tener una cabaña, escapar del día a día, y refugiarnos aquí.

¿Hay algo en lo que no pienses? Dime, ¿cómo haces para ser tan perfecto?

Te lo dije el otro día, tu eres la razón, estoy seguro de que, nadie más pensaba eso de mí antes, de hecho, la mayoría piensa que soy un monstruo egoísta.

Jajajaja, bueno, desayunemos mi querido monstruo egoísta.

Juntos esparcieron el abundante desayuno que consistía en pan, queso, conservas de fruta, café y cortes de carne fría, así como algo de fruta. Después se tumbaron a la sombra de un árbol, ella recargada en su brazo observaron el vuelo de las aves a su alrededor. Dormitaron por un rato, él despertó primero que ella y la contempló a su lado, durmiendo pacíficamente, así como solía hacerlo cuando vivían juntos en el Magnolia. Algo perturbó su sueño, y abrió lentamente sus ojos esmeraldas, regalándole una sonrisa al verlo al lado de ella.

Me encanta verte dormir, hace algo más de calor, ¿quieres nadar? – le preguntó él poniéndose en pie y comenzando a desabotonar su camisa. Ella lo observó con intensidad.

En realidad, creo que prefiero quedarme aquí y seguir disfrutando de la vista. – su tono pícaro y mirada firme no denotaban asomo alguno de vergüenza y el solo siguió desvistiéndose frente a ella hasta quedar en paños menores.

Es tú turno. – la desafió él.

Tal vez solo disfrutaré de verte nadar.

Candice White Andrew, te meteré vestida al lago si es necesario. – le dijo él con tono amenazadoramente juguetón mientras se acercaba a ella para tomarla en brazos.

Jajajaja, no, para, está bien, iré a nadar contigo. -y sin apartar su mirada de la de él comenzó a desvestirse dejando al descubierto un moderno y sensual traje de baño color azul marino.

El último grito de la moda en la Riviera francesa… estás llena de sorpresas. –

Tal vez aún tengo unas cuantas más… pero por lo pronto el que llegué al final al lago será el esclavo del otro. Le dijo emprendiendo carrera, Albert decidió que por verla correr en ese traje de baño valía la pena convertirse en esclavo.

Ella corrió y sin miedo se lanzó en el lago en un perfecto clavado. Y emergió con una gran sonrisa.

Ven acá a hacerme compañía o pensaré que tienes miedo, Lord Andrew. –

He enfrentado y vencido mi mayor temor en la vida, princesa. –

Acto seguido se lanzó al agua y de un par de brazadas la alcanzó para tomarla en sus brazos y besarla sin reservas, ella correspondió y se dedicaron a tentarse el uno al otro el resto del día, cuando el sol comenzaba a bajar en el horizonte, él acaricio suavemente la línea de su nariz con la yema del dedo, habían retozado todo el día, así como comido y bebido, para después descansar en la orilla recibiendo el tibio calor del sol, había sido un día perfecto, primaveral, los árboles de tierno verde, montículos cubiertos de flores silvestres, pasto tan esmeralda como los ojos de ella y cielo tan azul como los de él, quería quedarse ahí a su lado, pero era tiempo de regresar, la tía estaría escandalizada, si no es que preocupada.

Mi amor… Candy… Rose, es tiempo de regresar. – todo el día en la soledad de ese lugar secreto ella había vuelto a ser Candy sin reparos, pero pensar en regresar le recordaba que en el mundo real no podía serlo. Ella abrió los ojos y sonrió.

Tienes razón, le prometí a tía Elroy que estaríamos de regreso para la cena.

¿Le avisaste? – el tono de sorpresa fue evidente, ella solo se encogió de hombros.

No quería preocupar a nadie, les conté mi plan, y ellas se hicieron cargo de prepararnos una coartada, en teoría pasamos el día en las tierras Grandchester, porque yo tenía pendientes que revisar… y tal vez no mentimos, y estas son las tierras Grandchester, no lo sé con honestidad. Vamos a vestirnos.

Albert se tomó unos minutos más para observarla ponerse de vuelta el traje de montar y hacerse un moño aceptable en el rojizo cabello.

¿Por sí alguien nos ve de regreso?

Es lo más apropiado, ¿no crees?

Montaron los caballos y emprendieron el camino de regreso, de pronto Albert fue consciente del escarpado camino que habían recorrido en medio de la neblina de la mañana, ella tenía razón, la entrada al lago estaba completamente escondida, una vez más el espíritu independiente y audaz de ella estaba al descubierto. Ella lo observó pensativo y en silencio.

¿Sucede algo?

Pensaba en que sigues siendo la misma mujer intrépida e independiente de siempre.

¿Por qué lo dices?

Recorriste todo este camino sola más de una vez… sin pensarlo dos veces seguramente, así como cuando eras niña no temías trepar árboles, andar en botes, escapar del colegio, refugiar a un amnésico… o ir a New York en busca del amor… no es reproche, te admiro, admiro tu fuerza, porque es la misma que te hizo luchar por tu vida, por la vida de Alexander…

Es la misma fuerza con la que lucharé por hacerte feliz, porque seamos felices, nosotros y todos los que amamos… pero no solo yo soy fuerte, tú has llevado sobre tus hombros una carga enorme desde muy chico, y cuando pudiste darte pro vencido nunca lo hiciste, Albert… seremos felices, porque lucharemos contra lo que sea y quien sea por serlo, ¿no lo crees?

Él acercó el caballo al suyo para tomar las riendas y besarla mientras montaban, el sol comenzaba a teñir el cielo con un naranja atardecer cuando cruzaron el port cullis del castillo Andrew, corría el mes de abril, en un mes sería su cumpleaños, Albert la tomó de la cintura para bajarla del caballo, y ahí mismo se arrodilló frente a ella.

Cásate conmigo para tu cumpleaños… - pidió él con suavidad.

Mi cumpleaños es en junio como el tuyo. – le dijo ella con una sonrisa.

Cásate conmigo el 7 de mayo princesa, no puedo esperar más. ¿qué dices? – Los ojos de ella se llenaron de lágrimas, él le regresaba la posibilidad de celebrar en el día de su cumpleaños.

Acepto.

Elroy Andrew observó la escena con una sonrisa en labios, vio a Albert tomarla en brazos y hacerla dar vueltas por el aire, no había podido escuchar, pero era evidente que tendrían que acelerar los planes de boda, tal vez en la cena le dirían cuanto tiempo le quedaba para hacer preparativos.

Faltaba solo un mes para la boda, el castillo Andrew se volvió un revuelo de preparativos, la alegría inundaba el lugar como no se había visto en mucho tiempo, y Albert y Candy pasaban todo el tiempo posible juntos, reencontrándose, robándose besos y una que otra caricia prohibida, su amor era evidente, y todos sonreían a su alrededor tan solo de verlos caminar tomados de la mano, o corretear en los jardines junto con los niños. Todo era dicha y felicidad plena, sin atisbo alguno de tormenta, al fin, la vida parecía sonreírles, y ellos gustosos disfrutaban de ella haciendo planes, soñando con viajar, con construir una familia juntos.

Albert planeaba en secreto la luna de miel y Rose tenía costureras trabajando día y noche para sorprenderlo con atrevidos diseños parisinos para la noche de bodas y las que habrían de seguir, en medio de todo eso ni una sola nube osaba empañar su felicidad.

En ese tiempo Albert había encontrado al dueño del valle secreto, juntos habían comprado las tierras y mandado a construir con total y completa discreción un sencillo refugio para ellos, era el perfecto comienzo al resto de sus vidas juntos, un símbolo tangible, de su unión y fuerza, un lugar donde podrían ser Albert y Candy.

Abril 1923, Londres, Inglaterra, Mansión Grandchester.

Richard escuchaba con atención a sus abogados y asesores de negocios, tenía una semana para terminar de prepararlo todo, porque el mes de abril se acababa, y él había prometido a Rose que se encontraría con ella la semana antes de la boda.

Había sido un día largo y complicado, había dado órdenes de no ser interrumpido, así que cuando elevó la vista y vio a su mayordomo entrar al salón con una charola frunció el ceño con evidente disgusto.

Lo siento milord, pero me temo que esto no puede esperar, tiene una visita. -le dijo el hombre poniendo frente a él una charola de plata con una tarjeta sobre ella.

Richard la tomó, y la observó por unos momentos.

– Bien, hazle pasar a mi biblioteca, estaré ahí en unos minutos. – el mayordomo hizo una reverencia, no era necesario que le dijeran que debía ser de lo más discreto.

Señores, tienen diez minutos más de mi atención. –

Milord, creo que todo ha quedado finiquitado, en cuanto el señor Andrew firmó la adopción del pequeño Alexander ser hicieron válidas todas las cláusulas previstas.

Los hombres se pusieron de pie y se despidieron con una reverencia, Richard se sirvió otro vaso de Whiskey y lo bebió de un solo sorbo, cuadró los hombros y se dirigió a su biblioteca, no era un encuentro inesperado, después de todo, siempre había sabido que ese día llegaría.